Gris al fondo (XIII) / Hugo Savino

El gris a naranja y a toque de rayas negras de esa mañana de Avellaneda, con el sol que viene del otro lado, en ese rincón a metros de la estación.

Hubo una vez ese boliche patio chorizo entre Montevideo y Rodriguez Peña y nos sentamos en las últimas mesas y nos quedábamos horas arrinconados sábados a la tarde.  

Uno va de visita a esa casa para terminar en la picota de la burla y la difamación, la ronda de los artistas, de los angustiados. Esa cosa marmota, no agrietada, que los empuja, me irrita, me saca de las casillas. Y me voy antes de ir. Alguna vez imaginé otra cosa.

La amenaza de lo monocorde que te come la voz. 

El canto del tero mañanero vuelve y vuelve. Por ahora ninguno de estos se mueve de Barracas. Están ellos mangas de camisa arremangadas y ellas soleras hombros desnudos pegados los seis a la ventana de una tarde a noche de verano. En un rato salen para lo de Negro Jorge. Otra noche de canto en el corralón de Pompeya. Son los caminantes de la vida contemporánea o al menos se lo creen. Todos hacen cuadro  gorky camino a otro barrio.  Todos ahí, mujeres y solera, hombres y mangas de camisa arremangadas. Nadie salió de cuadro. Celia contuvo una lágrima repentina que se guardó, Orlando la vio de reojo y desvió la vista, testigo único de esa lágrima a nocturna que será un misterio.

El viento seca las manos al toque, seca lágrimas, como fue escrito, enfría el fondo del aire, como se dice, te despeina, como fue dicho por Irma, vuela el techo del galponcito de las herramientas en el fondo de la casa de Sarandí, como fue contado, asusta a las gallinas del pasado, como fue criticado, te mete arena en los ojos en la playa de Necochea, como nunca se se sabrá, también en el pasado intimísimo, y deja todo patas arriba en la casa de la calle Constitución en Avellaneda. Viento del pasado que sigue ahí, en el mes de todos los septiembres. 

Retrato de Orlando.

Que sale de caminata en el gris grafa de alguna mañana, a tranco entre flotante. Habla poco de su vida. Pero salen cosas, viejas, siempre hay invento de un origen o de varios y siempre alguien prefiere no hablar de eso. Movimiento acelerado con Talmud en el bolsillo y un catálogo de Eugenio Daneri siempre a mano. Va rondando, va de aproximación, hoy va así. Repasa caras, perfiles, imágenes, pliegues de la memoria. Es un ejercicio de concentración. Memoriza una combinación: un toque de cebada, uno de azafrán, y un poco de sal. Macerar y listo. Más el trabajo de mañana: redecorar la vidriera de la sedería de la calle Alsina en Avellaneda. La de Patricios, dentro de diez días. En el camino cruza a su primo hermano, el hombre más honesto que conoció, veinte años más que él. Toco de pintura argentina en la cabeza.  Vivía en Constitución en otro patio chorizo con sus hermanas y maridos y sobrinos y en los verano insensatos, casi todos, armaban  ronda de limonada y bizcocho de naranja y a Orlando no le ladraba el perro y era bien recibido.   

Cuaderno de Luis Cardoso. Aburridísima retórica de las ruinas, de lo ruinoso, del rascar con estilo. Supercherías de los clisés, del estilo. Orlando remezcla la cosa que está ahí. Detesta al artista gritón con su bolsa de explicaciones. De acuerdo. Gloria empuja para más atrás lo que está atrás de ella, quiero decir, abuelos tías y tíos, primas y primos, colinas que imagina, todo transoceánico, va y viene del pasado. Y el ambiente se le hace solitario de pasado, osea, esquivo. Hay que seguir  en soledad. Celia no cuenta nada. Provinciana del mate amargo y yerba fuerte. Hasta ahora no había encontrado gente hecha para la discreción. (Jueves 29 de febrero)

Mirar en ese cruce de líneas el punto incandescente. 

Los grandilocuentes arruinan las citas. Hay que arráncarselas. Solo quieren ser nombres de la cultura. Qué se cocinen en esa salsa. 

Los viajes están solo en mi cabeza. Una idea del Norte. En el medio del puente miraba cómo el viento juntaba las partes de sus figuras, ese campo recurrente para todos los escapes. No se le puede decir nada a nadie Elia. Que no termina de aceptarlo.

Los viejos cretinos siguen ahí, sentados en su reino, los veo al pasar, se auto-homenajean re-petrificados mientras escuchan a sus discípulos, vampiros que pronuncian el discurso previo acentuando las mentiras que no vivieron, repugnantes historiadores que viven por procuración, funcionarios que croniquean la bosta de los viejos reyes con discípulos sustitutos. 

Ardilla modista en una casa de modas de la calle Suipacha con taller de ventanal al patio lleno de macetas y un árbol naranjero en una esquina.

Luis Cardoso estaba en el puente, era ese momento de la noche de pocos autos, cada tanto pasaban el puente, una circulación tranquila, los camiones ya estaban estacionados debajo, del lado de Avellaneda, y él pobre idiota, sin un peso, iba con esa novela policial en el bolsillo, como Nadezhda se las devoraba, una por día. Esperaba no tener «esa minúscula semilla de esperanza. La esperanza siempre te manda de cabeza a la trampa.» Hoy salió con esa cita en el bolsillo. Se le pegó desde el mate. El puente ya era irreal.

Una panadería abierta a esas horas, otro mundo, un oasis en el paisaje, otro tiempo, otra re-memoria. ¿La panadería de Marie Claire?  

Cuaderno de Luis Cardoso. La discreción no es para cualquiera.  Hay gente que no entiende por qué uno está en guerra con ciertas cosas y con determinados hijos de puta. No se les puede explicar nada. Sistema nervioso del lado oficial. Muy metidos en la analogía. Rasquetas de algún puesto. Poco curiosos. «Casi nunca se entiende lo que le pasa a los otros.» Llevar también esta cita en el bolsillo hasta que no se diluya. Tratar de bajar la idea tan alta que tengo de mí mismo. (Sábado 23 de marzo).

Tomo café con Daniel y le pregunto por la casa de Paláa. Me dice que sigue ahí, demolida y tapiada. Curiosidad a melancolía. Campanas del pasado. Estas semanas solo novelas policiales. Y es difícil meterse en la propia soledad, inventársela. El viento cambió de dirección y me llegó el olor de las curtiembres que habían desaparecido. El Beto seguía viviendo en el conventillo chorizo de   enfrente al lado de la peluquería. Cascajo solterón metido en una pieza. No tiene calendario ni reloj. De desasosiego a sombra de ninguna parte. El viento barrió primero la copa de los árboles y después entró al patio chorizo y todos se encerraron en sus piezas y se metieron en el olvido.

Elia camina por el tiempo. Como todos. Pero a su manera. El instinto de venganza en el bolsillo, al alcance de la mano. Cruza la línea que separa Barracas de Constitución y las luces amarillas de los faroles se encienden y resaltan la humedad de las veredas de Montes de Oca. La gente está de vuelta hacia su casa en ese clima de cálido a frío poco intenso. En el camino cruzó a la madre de Orlando, siempre bien vestida, pollera corta y un suéter color ladrillo y la punta de un pañuelo de encaje que le salía del puño de la mano izquierda. Irma tenía la misma costumbre. Hablamos de bueyes perdidos y de libros. Decía que yo tenía conejos en la galera. Llevaba un bolso enorme. Siempre eran así, cada vez más grandes. Lo contrario de ella. Teníamos en común, la gente desmesurada, gesticulante, monigotes de la irreverencia, nos aburría mucho. Y no nos asustaba. Finalmente, gente que buscaba encajar, guardianes del mantenimiento del orden. No es fácil dejar de querer encajar. Nos despedimos y me dijo que no tenía que curtir a tipos que no entienden lo que es haber clausurado el pasado de los que se sentaban a una barra de zinc. Le dije que no curto a casi nadie, que no hay nada que decirle a nadie. Dora Romero me dio la novela que llevaba en el bolso. «Con devolución». 

Cuaderno de Luis Cardoso. Te quedás seco y se arma un soltarse recíproco. Se instala una irritación, una desconfianza, toda la amistad mentirosa, la único que existe, se hace re-polvo. Se vuelve escuálida, aburrida, te sueltan, los soltás, se angustian, te perdonan la vida, hoy, mañana, un poco de paciencia y al final te van dejando en la banquina, le hablan a la humanidad en general, y un paso más y creen que algo hiciste mal, que te lo buscaste, y otro dos pasos más, y tratan de convencerte de que te lo merecés. Elia tiene una novela que flota en algún lado y escribe otra. Yo hago cuaderno. (Sábado 6 de abril).

Cuaderno de Luis Cardoso. Pierdo mucho tiempo con pelotudos que invierten la demanda. Que te dejan en el umbral de lo que parecía una conversación. Y no, era su propia farsa de loros barranqueros. Solo te quieren contar sus delirios. Mejor sigo metiéndome en el pasado, y trato de que no me coma. Ahora perdí mi sitio y tengo que arreglármelas con eso. Remiendos, rascar remiendos. Todos seguíamos estancados en Barracas, otro barrio, pero barrio al fin. Ningún viaje había empezado. El toco lowry estaba casi inédito. El toco macedonio ya estaba activo.  (Domingo 7 de abril).

Lo soñado viaje contra la franela barrial. Lo soñado vía libro contra la generala segura de la crítica literaria. La Biblia de la anarquía contra el chamuyo de los becados por la familia. El agua de la canilla contra la vociferación alcohólica. Alcohol, por qué no, vociferación, tedio. Animales sentimentales al acecho que te cobran deudas que no firmaste.

Hoy es lunes y me levanto temprano y me enredo en la paranoia y me peleo con todo el mundo y me quedo en este rincón y hago mi cuaderno bien fechado como si alguien lo fuera a leer. Plaga de hacer cuaderno. Anoto la lectura de ayer: la declaración del autor que acompaña la novela. Es una trama de malos tratos, insultos, apretadas de funcionarios y de mentiras que solo se arreglan soltando la coima. Cuenta su travesía en el mar burocrático de una lengua que no conoce. Hago columna de citas y voy a cambiar la yerba. Cita del día: «La enorme tontería francesa por excelencia: que solo el alemán y el griego dicen la verdad.» (Goldschmidt).

Y ahora, hoy, leo vida de Sonny Liston. Un tipo que nació sin defensa. Y que se abre camino en el gallinero del boxeo, manejado por ellos, ese racket que tiene defensa (es decir: dinero) y que te emplea por alguna capacidad concreta. Sonny Liston destruía a los rivales. Era una futura gallina de los huevos de oro. Mi boxeador preferido. Uno de mis dioses.

Escribo un artículo, lo publico y ya sé que empieza la represión, salvo si agradezco tres veces por anticipado algún elogio futuro al pasar.  

Nick Tosches da a entender que a Sonny Liston lo mataron, y lo mataron esos amigos que, como se dice en Sicilia, te rodean, amigos de amigos: «el gran círculo de los amigos. Se aseguraba que te dejaran un diario ante la puerta de gente que ni sabía leer; enviaba agentes anónimos para verificar que estabas bien. La amistad. Qué cosa maravillosa.»

Solo hay que escribir novelas, y cuaderno de notas que acompañen, y fichas con nombres y dibujos, todo el día, de la mañana a la noche. 

Un viento negro de tormenta y desasosiego, anti-paródico, que larga toxinas del paraíso que entran en la garganta y tosés tres veces hasta el vaso de agua, y los nubarrones grises con toques verdes y naranja iban de Barracas hacia el sur,  sin prestigio, perdidos.

Doña Lidia. Manos de dedos finos y largos. Piel arrugada. ¿La edad, el trabajo de sirvienta, destino clavado del trabajo sin defensa? ¿Tres toques metafísicos, tres signos para estudiosos del afecto y del devenir? No sé. Tres registros en una sola persona. Doña Lidia era un átomo libre de la mañana. No un pájaro, quede claro. Un átomo libre disfrazado de esclava de las señoras que la empleaban.  

La gallina y el gallo del recuerdo que hacían más conventillo el pasado que no termina de irse. ¿Por qué tendría que irse? No obedecer la orden de matarlo. Entonces: ¿gallo acorralado en el gallinero del pasado?

O el asalto de la nostalgia de algo preciso que hay que proteger  del rumor, de los angustiados, de los sentimentales. Esa noche especial de una caminata hacia el barrio de Constitución.

Leo un artículo en un diario y dice que la luz del Norte es frágil. Lo recorto y me lo guardo para pegarlo en mi libro de contabilidad. Justo cuando termino de leer la nota llega Celia, y me cuenta la historia de su mejor amiga en los bailes del barrio: era alta y nadie la sacaba a bailar. La cosa jirafa. Celia me dice que anoche di muchas vueltas en la cama —sueños contaminados— dijo.  Miró al pasado y no habló más.

Celia detestaba las referencias al pasado histórico, prefería el de ella, vestido de lino más abajo de las rodillas y guillerminas los domingos. Por el viejo camino a través del campo de hojas de lechugas verdísimas rumbo al Sur soñado, en busca de algo que no tuvo. 

En cualquier lugar un puente que da sobre el Riachuelo no es el mismo que en esta frontera entre Avellaneda-Barracas.

Esclavos del cacareo en traducciones de la lengua alemana.

Los lapsus no se interpretan, se registran, como las citas. Y se sigue rigurosamente lo que indican. No vengas Elia, no vengas a esta reunión, pero no te agrandes, no sos una molestia, no te marginamos, sos un seco y un aburrido. Aquí nada de lo tuyo vale, nada interesa. Tu epopeya de barrio es para días grises, café con facturas en casas con tufo a viejo. Piso de adoquines, corralón de algún pasado. No vengas. No estás invitado.

Tomo nota y me abro, finalmente aprendí a abrirme, anti-mendigo del reconocimiento, me meto en el gabán azul, levanto las solapas, lo cierro hasta el cuello y cruzo para el lado de Barracas, es muy temprano, amanece y hay piar de pájaros increíblemente sonoros y repetitivos, desde Avenida Mitre piar que se diluye, salgo de la conejera de la irritación, entro en una onda de espirales sin olvido, tengo que afirmar mis códigos de la distancia, mis principios de defensa, la discreción, evitar el tironeo a respetabilidad, a correspondencia, a contar, a franela. La mañana no está lejos, ya está el ruido de la terminal del 12, de los que cruzan en sentido Frigorífico La Negra, y se meten en las calles del olvido, no sé lo que queda atrás, no sé, escribiría algo muy general, vamos abrigados al yugo por monedas, en el chucho de frío de ese día.

Siempre me paro en la mitad del puente, yo también quiero ver los remolcadores oxidados, solo que no me inclino, no apoyo los antebrazos, me agarro con la manos a la baranda y los sigo en la estela que van dejando. Está esa línea que habla de «lo que tira de uno», me la leo y releo y la dejo en su misterio. Me aburrí de darme lecciones. Solo leer líneas.

La peste de la memoria acumulada. Sentimiento de persecución. ¿De soledad? No. ¿De incomprensión? No, es un sentimiento ridículo, te hace perder tiempo.

Gilda, una panadera que se llama Gilda a pocas cuadra de Constitución es posible,  y no es pelirroja, es alta, eso sí, tirando a pelo castaño y ojos marrones, clásico y hasta fatal. Linda. Compro todos los días el pan y nunca le pregunto por qué le pusieron ese nombre. No me animo. Tiene un bebé y tenía un perro y ya no lo tiene, y no me animo a preguntarle qué hizo con el perro.   

Hoy floto en mi memoria, floto con el sentimiento no atenuado de odio, me desconcentra, me pierdo en escenas fijas, las mismas, aburridas, y que ya me conté. Domingo. Llueve mucho. No se entiende muy bien lo que digo. Lo sé y recontra sé. Estoy encerrado en la rememoración, así que me pongo a releer ese diario inmenso que tengo hace años, y me pierdo ahí. Trata de justificar algo y no puede y yo estoy en la misma onda. Justificar qué. La época te mira, los moscardones estudiosos que cumplen los encargos sociales te miran, te marcan el camino, te reprochan desagradecimiento, ¿y si te asustan?, no pueden estar solos, los que no pueden es estar solos, y van pescan mendigos de algún reconocimiento.

Hoy cruza el puente a eso de las ocho y ve los faroles del otro lado, luz amarilla muy baja y muy antigua, como de una ciudad de la que le hablaron en una sobremesa continua, y mucha gente mirando. Y repentina añoranza de lo que no conoce. Lo azul intenso que aquí no existe.   

Venir de la figura batallón de los apaleados es un continuo de terrores, de sobresaltos asmáticos, insomnios aplacados con té de tilo, madre que desespera y te lleva al psiquiatra, ruinoso adolescente obligado a ser amigo de cretinos destinados a Gornfeld, a pedir permiso al gonorroico rey del Barrio elevado a gallo afortunado, al que baraja los premios, al viejo langa de aforismos gastados. ¿Es el único camino? Inadmisible para el Elia paranoico y caprichoso, casi esclarecido desde la infancia y que no se deja evaluar por los mensajeros fallados del reino de las letras. Es lunes por la mañana y sale y flota por las veredas de Barracas y Gloria le puso plata en el bolsillo, un toco para él, y baja por Australia  casi  Patricios, casi seguro un café con Orlando en el bar de Olavarría y Patricios. A esa hora escasa de clientes. Mesa del fondo, lejos de la puerta. 

Hoy, variaciones sobre gallos. Mañana, puedo seguir. ¿En diálogo con quién?

No le gusta leer, le gusta dar lecciones. Pero no le pongo voz a esta figura, ya me la sé de memoria, se engendró un aburrimiento recíproco, hay que soltar, mejor sigo por la evocación de Florencio y las caminatas que hacíamos.

Y O. me manda una carta y me cuenta que llega la una de la madrugada y ya no hay más TV y que ese fundido que deja un punto sobre la pantalla  se lo chupa y se queda clavado en el sofá. Y me dice que no hay formas nuevas de tomar, solo hay tomarse todo hasta las cuatro de la mañana. Hoy encontré la carta en una carpeta. También me hace una crítica de los gallos. Nunca resolveremos ese punto.

Nunca tiene necesidad de verdadera soledad, nunca busca al que se arrincona alma bella detrás de esa marioneta llamada lector profesional.

Seco, reseco: apestado: circular menos. O casi nada hasta que te olviden. Desarroller más capacidad de generar olvido. Hasta recontraolvido. Atenuar lo arisco y lo caprichoso por teatralidad aburrida y excesiva. Tachar de la lista a los mamarrachos del teatro de la gestualidad. Volver con la memoria al living de mi tía María y al momento en que el devoto de Allan Kardec sube la escalera y aparece y me regala Los quinientos millones de la Begún. Buscar en el diccionario la palabra constelación y tratar de entender por qué no existen y que solo existen las estrellas. Hoy es sábado al mediodía y estoy leyendo en La Capellana de Montes de Oca y Lola hace lo mismo y salimos de lo redundante y ella mira por la ventana y hace un rato se quejó metida en su campera jean de los años que iba a cumplir y yo no le dije nada porque volvió a  su libro novela policial francesa de un asesino profesional que escribe sus normas de vida con en el centro la concentración, figura de Lola por excelencia, cada concentrado es una escuela en sí misma, cada marmota una escuela de desconcentación que pide explicaciones todo el tiempo, es enemigo de la sugerencia y casi está por ocupar todo el terreno. Lola aprendió a callar y a callarse en el momento justo, a controlar impulso a aplicar punto de crueldad, a salir del cacareo y de la franela del amor.

Un poco más tarde, el mismo día, en la cocina de su casa, mate listo, Lola me contó estrictamente en detalle su novela policial.

El sueño era un empleo y lejos de la chusma ruidosa que anda por los pasillos de lo que sea, ningún contacto con esa gente delicada, solapada e informada, otro sueño, imposible. Arruinada figura de un empleo positivo se llegó a la conclusión de que todos amaban el viento y que Elias era el más informado.

Temblor de manos generalizado en la mañana de la sala del desayuno del hotel  en la novela que leo. El ventanal da al mar y la monotonía se amplifica a medida que llegan los huéspedes. Vienen de la borrachera de la noche y se meten en los rayos de sol y toman café y sueñan con volver a las ocho de la noche.

Cuaderno de Luis Cardoso. El libro va quedando en el tintero. Rebota de uno a otro. Duerme meses y cada tanto hay una noticia y todo vuelve a esa calma oceánica, a esa cáscara de nuez que se pierde de vista. (Martes 23 de abril)

Murmullo de loro, que entra por la ventana y viene de la vereda. Y mi oído se deja tentar, es fatal. Sí, ese murmullo de la calle.

Lola: Muchos libros. ¿Los leíste todos?

Elia: Casi todos. Y también hay música aquí. Mucha. 

No encontraba consuelo para su soledad. No tenía agujero para refugiarse. Agujero donde no le hable nadie. Lo perdí de vista por unos segundos ¿minutos?, mientras hablaba con la banda, y lo recuperé en ese rincón eterno sentado a la mesa eterna que daba a la otra ventana, retirado, metido en su falta de consuelo. Soledad meticulosa del viejo y su vaso de vino. Un poco de viento soplaba por los huecos y por una banderola en la esquina derecha, entonces pullover más saco mangas poco gastadas y silencio contra la Civilización.  

Viejos malhumorados en sus retiros, viejos misteriosos que no cuentan su pasado, viejos de rostros matutinos que no son los mismos que viejos de retiro de la tarde y tampoco igual a los viejos de retiro nocturno. Hasta la desaparición de la estrella de la noche.

Exageradamente metido en la pasión era imposible en una mesa de café. Terminaba llamando la atención de la policía. Fue una de nuestras grandes charlas acerca de la gente que imanta a la yuta en tiempos de rondas sin intermitencias.  Tedioso loro de lo pasional atrae tedio policial de la ronda.

Cuaderno de Luis Cardoso. Elia, que es devoto de SW, y lo aprendió de él, se lo toma con humor: artista=mala persona. Insoportables vanidosos, infantiles, llorones, te tiran lo que escriben por la cabeza, angustiados, maestros ciruela, chupamedias, sobre todo, hablan, hablan mucho. Sí, no tratarlos. La propia monotonía de lo que me falta y les falta nos lleva a ese tedio mayúsculo,  «la estética general». Tedio a re-tedio. Pot hoy basta.  (Sábado 27 de abril)

El café estaba siempre ahí, un salto y todos adentro, protegidos.

Hugo Savino
Ph / Gilbert Garcin