Guy Debord – Memorias / Lucía Mazzinghi

                                                         

La memoria solo se inventa cuando la perdemos.
Dantec.

Corre el año 1959 y el joven Guy Debord de veintiocho años y el pintor Asger Jorn de cuarenta y cinco años, enfrentan juntos el invierno crudísimo de Copenhague encerrados en el estudio de Jorn, con los torsos inclinados sobre una mesa larga, absortos en el despliegue de recortes de diario, libros, pinceles, acuarelas, tijeras, libretas con anotaciones y álbumes de fotos. Los ceniceros se llenan y las botellas se vacían a un ritmo sostenido. Afuera la nieve cae ininterrumpidamente, el aire helado se cuela por los chifletes, Debord ajusta sobre el puente de su nariz ancha de boxeador los anteojos culo de botella empañados por el contraste de la temperatura y fondea el último trago de vino. Asger Jorn se acaricia la barba en medio del estudio abarrotado, le da golpecitos a la pipa, la mordisquea y la abandona entre los dientes. Sus manos se mueven rápidas pero seguras sobre el material desperdigado sobre la mesa, entre el humo del tabaco y el vapor que sale de las bocas Debord elige la primera frase: ¿acordarme de vos? Sí, quiero.

Así, con ese sí con ecos mollybloomescos, arranca MemoriasGuy Debord / Asger Jorn publicado en esa ciudad con una tirada de doscientos ejemplares que abarcan los meses de junio y diciembre de 1952 y el mes de septiembre de 1953, el tiempo que Debord formó parte de la Internacional Letrista antes de alejarse y fundar la Internacional Situacionista en 1957 y unos cuantos años después volver a separarse y a seguir siempre a resguardo de una celebridad que lo hubiese arruinado por completo. Así transcurrió sus días, uniéndose y separándose, formando parte de grupos que basaban su existencia real en el rechazo deliberado de lo universalmente admitido, juntándose en bares y calles, conversando, caminando, escribiendo, echando leña al fuego de una París que ardía irremediablemente.

Esos meses del año cincuenta y dos anotados en las Memorias son de la misma época en la que proyecta su primera película: Aullidos a favor de Sade, una película hecha prescindiendo completamente de las imágenes y apoyándose solo en voces en off, una conversación entre cinco personas de la cual él mismo forma parte. La pantalla se mantiene en blanco cuando hay palabras y en negro cuando no las hay. En el final una voz dice: vivimos como niños perdidos nuestras aventuras incompletas, y el último plano es una secuencia negra y muda de veinticuatro minutos de duración. En las Memorias anota como epígrafe de una ilustración donde se ve a una persona (él mismo) señalando la pantalla en blanco parado frente a un público que lo mira incrédulo: Cine Club: vamos a proyectar el primer fracaso cinematográfico. Fragmentos del título en mayúscula y un conjunto de manchas y líneas rojas virando a violetas. El público se sintió ofendido y se puso a gritar a lo loco. Se oyeron los chillidos de las señoras y los insultos de los hombres. Hijos de puta, farsantes, cerdos, asesinos, carniceros, trinaban.

¿Quién es Debord? ¿Qué es? Ni crítico, ni periodista y menos que menos filósofo. ¿Cineasta? ¿Poeta? ¿Revolucionario?

Lee muchísimo. Sabe de estrategia, de discreción y secretos.

Sabe de escándalos, de provocaciones y sabotajes.

Sabe de ir solo también, el viejo lobo.

Qué guerra extraña la de vivir.

Debord tiene un deseo fuertísimo de sacudir las aguas estancadas de la moral y el dogmatismo de la vieja Europa sinvergüenza. Contra los zombies que van y vienen, trabajan, se divierten, no saben que van a morir y están siempre listos para aceptar cualquier cosa que les den. El mundo ya está filmado, ahora se trata de transformarlo.

Las artes futuras serán perturbaciones de situaciones o no serán nada.

Vuelvo al libro, a su materialidad. Empiezo por el exterior: la tapa y contratapa de las Memorias están hechas con papel kraft de 200 gr forrado con papel de lija negra para paredes y madera de 72 p. Una tapa que fricciona, incomoda en su textura áspera y de color opaco. En total oposición a los libros que inundan las librerías con tapas de papel satinado, suaves al tacto y de colores atractivos y brillantes el libro de Debord te raspa las yemas de los dedos, pincha, incomoda. Al que le toque estar al lado de estas Memorias resultará arañado por la lija, desgastados los bordes por la fricción.

Un libro que es más que un libro.

Es también una herramienta de construcción.  

Hay que superar ese primer obstáculo.

Y entrar.

Una vez adentro, es otra cosa: una explosión de colores y formas. Las manchas y líneas hechas por Asger Jorn son como dendritas que terminan en frases electrizantes que se combinan y recombinan con otras, se cruzan, se acercan a otras frases ondulantes como olas que suben y bajan rítmicas, se cortan en seco, se encadenan con otras que al tocarse cambian su forma y su sentido. Frases registradas, gritadas, apenas insinuadas, escupidas y cantadas. Hay dibujos y mapas de ciudades y plantas de edificios y fotos de personas, hay fotogramas, tiras cómicas, publicidades, fragmentos sacados de manuales escolares de geografía e historia, de artículos científicos de psicología y arquitectura; de novelas policiales, noticias de diarios y publicaciones de revistas sobre moda y cine; incluso de textos antiguos escritos por el propio Debord y otros letristas. Hay hechos históricos enunciados al pasar, fragmentos de canciones, escenas eróticas, versos sueltos. Superposiciones, simultaneidad, interferencias, enredos. Condensación, desplazamiento y muchos intervalos en blanco. Todo vale.

La función de una dendrita es transmitir las señales eléctricas que recibe de otras células, pasa una información, un hecho, una opinión, un desencuentro, un enigma, algunos instantes, uno junto al otro. La acción dramática está ausente, lo anuncia desde la primera página. El material es abundante y las direcciones múltiples. Las frases son flechas disparadas en cualquier sentido.   

En el primer punto de la Sociedad del espectáculo Debord denuncia que todo lo que antes se vivía directamente ahora se alejó en una representación. Las imágenes sirven de mediación en todas las relaciones sociales, incluso en la relación con nosotros mismos y esto produce una distancia que nos aleja de la experiencia, nos deja como meros espectadores pasivos negando toda dimensión poética de la vida. Cada vez más lejos de las experiencias auténticas, estamos perdidos respecto a descubrir nuestro propio deseo. El éxito de la sociedad del espectáculo es habernos ganado definitivamente la sintaxis, hay relatos por doquier pero lo más propio de cada uno se perdió. Para Debord el lenguaje se conserva y desarrolla en los libros y en la conversación, justo las dos cosas que están casi muertas hoy. Solo algunos inadaptados a la época todavía encuentran gusto en estas prácticas, se dejan llevar por ellas sin seguir las indicaciones tranquilizadoras de los expertos en cualquier cosa…

Con los ojos entrecerrados por el humo, Debord conversa con Jorn, medita a Marx, se hunde en los manuales del arte de la guerra y la estrategia de Sun Tsu, del Cardenal de Retz, de Clausewitz, ironiza con Swift, devora a Lowry y al Quijote, contempla y anota con Dante… En sus Memorias manipula imágenes y citas, va contra el intento actual de instalar un presente eterno que solo busca la sucesión de novedades instalando el olvido y suprimiendo la historia. Se sabe que las personas que carecen de todo sentido histórico pueden ser fácilmente manipuladas. Debord recupera la historia, las voces de otros, los restos desperdigados. Se niega rotundamente a hacer concesiones al lector.

Si uno quiere puede seguir el rastro de las citas, buscarlas en Google, encontrar su origen y su contexto (a la manera de los libros de David Markson) o puede decidir no hacerlo en absoluto. Leer de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, desde arriba hacia abajo, desde abajo hacia arriba: cada uno se arma su propio mapa. No hay indicaciones ni modos correctos o incorrectos. Este planteo angustia mucho a quienes  están acostumbrados a leer con maestros y guías, los confunde, incluso los enoja.

En algún lado dijo: para saber escribir hay que saber leer, y para saber leer hay que saber vivir. Para Debord la memoria es un entramado de recuerdos, obsesiones, pensamientos vagos, reflexiones, percepciones, que chisporrotean y se recombinan de una manera singular y así dan cuenta del teatro que es la vida. El pasado se reescribe, mosaico que cambia, la historia empieza, se interrumpe, se reanuda, no tiene fin. Algo pasa con el tiempo a la vez que el tiempo no deja nunca de pasar. Las referencias a la juventud que envejece son muchas. No todo vuelve, hay cosas que se pierden para siempre. La sensación del paso del tiempo era muy fuerte en él. No le tengo miedo a la muerte. A lo que le temo es a no poder vivir. Y para él vivir es aceptar la pérdida. Esto significa poner en acto todas las formas posibles de la búsqueda y la exploración: trastornar, trastocar, transponer. El lugar del azar es central, la manera en la que uno va maniobrando con lo que aparece, cómo transforma, contextualiza y recontextualiza, ahí está la cuestión, el juego, la diferencia. La invención. Como dice Bishop, es el arte de arreglárselas con lo que hay.

¿Cómo se construyen los recuerdos? ¿Qué es lo propio y qué es lo ajeno? Difícil saberlo. El pasado se mezcla con la ensoñación apunta Celine, hay recuerdos de otros que se hacen propios, cancioncitas que perfilan luces y sombras.

Que nadie diga que no he dicho nada nuevo, la novedad está en la disposición de los materiales. Cada frase y cada foto recortadas y pegadas en las Memorias fueron meditadas. Son fechas exactas, momentos, lugares: alguien supo pescar todo lo que los sostiene y los rodea. Es una nueva manera de escribir la historia. Un riesgo, una toma de posición en libertad. Nada más que agregar Señor Juez (cae el martillo y la condena es inminente). Hay algo sadiano en esa búsqueda de libertad hasta las últimas consecuencias, en el desafío a las normas y la exploración de los límites. Debord persiste, con pipa y paciencia, orgulloso de ser odiado por una sociedad que desprecia.

Se trata de producirnos a nosotros mismos, y no cosas que no nos sirven escribe en su tesis sobre la revolución cultural. Abrumados por la inmensa producción de cosas, consumidos por ellas, exhaustos, nerviosos, atiborrados, quedamos perdidos. Leer las memorias de Debord es zambullirse en un mar de preguntas, ir a la deriva en ese mar sin orilla. ¿Quién es el dueño de las palabras? ¿Qué es la verdad? ¿Hablamos? ¿Somos hablados? ¿Qué es leer? ¿Qué es escribir?     

Luchaba contra la obediencia pasiva de la sociedad moderna, a la que deben decirle qué leer y cómo. Luchaba contra la melancolía. Annie Le Brun cuenta que lo que le gustó de él cuando lo conoció es que era alegre. Desde las diez de la mañana hasta las dos o tres de la noche, hablamos de todo y nos reímos mucho. Y, algo que podrá asombrar, la poesía nunca estuvo lejos. La cuestión de la poesía era fundamental para él. El poema como una actividad que transforma la vida. Potencia y belleza del lenguaje.

Lo subversivo de la experiencia lectora, lo que resiste al espectáculo integrado, no es tan sólo un qué (lo que se lee), sino un cómo: la lectura como operación. Actualización permanente mediante el desvío, potencia clarificadora de la comprensión crítica y belleza contagiosa de la leyenda, dice Amador Fernández Savater sobre lo que significa leer-escribir para Debord, que era un lector voraz.

Los situacionistas usaban dos estrategias de intervención: la deriva (vagar sin rumbo por la ciudad en busca de signos de atracción o de rechazo) y la desviación (extraer artefactos estéticos de su contexto y reutilizarlos en una creación propia, transformándolos en otra cosa). Para Debord desviar es apoderarse de fragmentos y citas y recombinarlos. Dominar las variaciones, calcular posibilidades, tomar conciencia de las fijaciones para crear nuevas condiciones. Desviar es recuperar la belleza, la simplicidad, el caos y el azar de la vida cotidiana. El lenguaje existe en los libros y en las conversaciones, es materia viva y fluida, la operación consiste en reapropiárselo, pasarlo por las tripas y escribir oponiéndonos al lugar de espectadores pasivos a quienes se nos pide que callemos y sigamos consumiendo lo que nos dan.

Inventar y transformar.

Interpelar, historizar, incluír lo borrado, lo oculto, lo que está en el margen. Así se va armando la memoria.

No entramos solos en la historia, escribe. El pensamiento, el lenguaje es con otros. El destino maldito consiste en terminar siendo un entretenimiento para los que vendrán. Tratan de escapar de ese destino a toda costa. Hay que incomodar, despertar, generar algo que produzca algún tipo de transformación. Relanzar el deseo, construir experiencia, leer y contar, el amor, la amistad, caminar las ciudades despilfarrando tiempo a la deriva en conversaciones encadenadas sin fin, conversaciones que en su deriva construyen pensamiento, razón y diálogo. La violencia es señal de que los corazones están vacíos.

Escribe en sus notas: El lenguaje no existe, no se conserva y no se desarrolla, más que en los libros y la conversación. Y son las dos cosas que han sido proscritas por la sociedad del espectáculo. Los libros, la conversación, el debate, lugares donde el lenguaje está vivo y desde donde se lucha contra el lenguaje de la comunicación: utilitario, maquinal, frío y eficiente. Una reflexión caótica acerca de la vida en temas revisitados una y mil veces mientras las botellas tintinean y se acuestan y los colores cambian de una página a la otra porque lo que él llama gente linda es la que se mueve en un universo de colores imprevisibles.

Amigos, camaradas, secuaces, los que se reconocen como compañeros en la Búsqueda, esos que nunca pierden la capacidad de asombro y se preguntan ¿dónde estaremos mañana? Ninguna teoría por más perfecta que parezca garantiza el acontecimiento, al contrario, es el acto el que es garante de la teoría y esto implica asumir riesgos y aceptar las consecuencias, planear sobre los grupos, solitario, explorando, husmeando, detectando los peligros camuflados. Quién sabe dónde estaremos mañana.

Giramos en la noche y somos consumidos por el fuego, es un palíndromo medieval (en latín) que Debord usa como título de su última película, representada veintiséis años después de escribir Memorias. Cada uno ve girar al mundo desde su perspectiva, situado en algún lugar. Arranca la película diciendo que nunca hizo concesiones a las ideas dominantes de su época ni a ninguno de los poderes existentes. Insiste: en el fluir infinito de imágenes, hábitos y palabras, de repente el fuego de la revolución, salirse de la norma, el resplandor del instante y volver al comienzo, retomar una y otra vez el fluir y el ardor, siendo conscientes de que la sabiduría jamás llegará. Esto no impide que uno decida asumir el riesgo y afirmar con Clausewitz que en la guerra uno siempre se halla en la incertidumbre.

Ese es el terreno: un tembladeral.

Se ha vuelto ingobernable esta ‘tierra quemada’ en la que los nuevos sufrimientos se disfrazan con nombres de viejos placeres, y donde la gente tiene tanto miedo. Van dando vueltas en la noche y son devorados por el fuego. Se despiertan espantados y buscan a tientas la vida. Corre el rumor de que quienes la expropiaban, para colmo la han extraviado.

No hay creación sin destrucción, el gesto de destruir, borrar, recontextualizar, desviar o intervenir las imágenes es necesario cuando se ha aplastado la potencia del deseo. Se necesita romper con lo establecido, con la pasividad esclavizante para liberar de nuevo la poesía y la imaginación, para recuperar el deseo y los afectos y dar lugar al acto de creación. Entonces sostiene el cigarrito entre los labios aplastándolo con las yemas del índice y el pulgar, pita fuerte con los ojos entrecerrados como hacen los actores de Hollywood pero sin la parte del glamour y los millones, con la mirada calma, concentrada y penetrante de alguien que piensa. Seguramente le comenta algo a su amigo Asger, se ríen y se frotan las manos para darles calor, vuelve a pitar fuerte, larga el humo por la nariz ancha de boxeador, agarra una tijera y recorta esta frase: en mayor o menor medida todos somos un viajero que atravesó una vastedad. La pega en el centro de una mancha blanca sobre fondo azul.

Arder y con el mismo deseo, evocar, si es necesario extremar el método, un terrible, magnífico y desesperado desorden y anotar las visiones sabiendo que el sentido del espacio y del tiempo se alteran, la verdad se confunde con la ficción, la vigilia con el sueño, las palabras de uno con las de otro.

Que cada uno interprete lo que le parezca y construya su memoria con lo que tenga a mano.

Lucía Mazzinghi
Ph /  Michèle Bernstein, Asger Jorn, Colette Caillard y Guy Debord