Gris al fondo (XX) / Hugo Savino

Riachuelo, hoy el agua tiene color del coñac. Es muy temprano y me voy a caminar por  el borde. Hasta el Nicolás Avellaneda. 

Roque Juan llevó a los primos de Chivilcoy a pasear por La Boca, y la mañana se nublaba para ellos, les traía todo el gris del cielo, y el único rayo de sol se perdía en el negro del puente, y nos metimos en las escaleras mecánicas y la prima Ángela no pudo poner el pie, se asustó. Nos esperó abajo. Se quedó en el misterio por un ratito.

Cuaderno de Luis Cardoso. Entre los que hacen que no se enteran de nada y los angustiados del saber. Toda esa roña en ese agujero de la normativa. Vuelvo a educarme solo. Le pido a Orlando que me ubique esa página sobre el desorden. No la encuentro. ¿La soñé? Bajás y en la esquina te espera una crítica. Viejo, muy viejo. La máquinas de los celos. Me lo sé de memoria, pero igual lo registro. Casi todo lo escribo aquí. Carta de Elia. No muy larga. Informativa. Le gusta el correo, su chifladura. Elia hace cuaderno y nunca muestra la pata. Y si me la muestra es cuando habla bien de mí. Esconde sus alcahueterías. Se caga en las patas. Delira entre diarios, memorias y cuadernos. (Lunes 16 de febrero)

Vamos a ver una exposición de estampas japonesas. Impresionantes. Una sobre todo, una figura rodeada de hombres y mujeres grises más chicas, casi figurines, que van y vienen a su alrededor. Tal vez, Celia cuando  caminando por Lima hacia el centro.

El adoquinado solitario de la calle, ni una luz, todo duerme cuando Celia doble por Isabel la Católica y se mete en su casa. Hasta su casa.

Claro, le dice Gloria, hay pasado abollado, pero ahí está. Hay lo que no se encuentra pero tampoco se perdió. El barrio cambia Celia.

Rutina del mate en el corralón de los gallegos. Muchas tardes de visita con Irma como guía.

Agarrado a la maldita mudez, y a ladrido de perro y voces en la otra pieza y a enciende la lámpara y se pone a leer, mate y pava. Hoy, todo el día en casa. 

Cuaderno de Luis Cardoso. Del elogio mentiroso a la lectura ciega que se come todos los matices. (Lunes 2 de marzo)

Miseria gris. Hoyo gris de la  desesperación o toque naranja y  verde y blanco en  el gris.

Cuervea esa mirada, no me gusta. Me hiere, esconde una roña, una mentira.

Inmovilidad del domingo y tironeo a gris ceniciento sin matices. Ese balcón de sol en el que viví todas las mañanas durante una semana

¿Qué más? Aceptarlo así como vino. Había un agujero en esos días y cada uno lo vivió a su manera.  Una semana de verano, en febrero.

Y a mí me tocó esa idea de sentirme un extraño que encontré en un poema. Solo que yo no tenía «ropa vieja y rota». Y ahí, en ese balcón que daba a una alambrada supe que esa «historia cuya línea solo yo sabía» no tenía que contarla. 

Y el nombre de todos los vientos posibles. ¿Un capítulo de vientos?

¿Y otro de grises? Como «esos ojos de un gris claro infinito» del mismo poema.

Termina un libro y en la esquina lo espera la malicia, la capúa del murmullo serpiente, todos los matices de la envidia y lo tiñoso.

Hay que colgar las frases y olvidarse, no escuchar los propios ecos.

Celia me contó que cruzaba el Puente y alguien la llamó por su nombre y eso la sorprendió y la emocionó escucharlo en esa voz que hablaba en verso tucumano en la mañana de cruce.

La casa  chorizo de Olavarría y Patricios no tenía un patio lacámera. Pelada de macetas. Sombras de la mañana que salían de las piezas y se iban  caminando entre dos veredas.  ¿Dónde estaba la cocina? Olvidé todo de esa casa.  Ni una uña de recuerdo. ¿Y si el gris viene de ahí? Pregunta en el aire, sin respuesta. Solo recuerdo esa pera en  una mesa.

Después una luz blanca grisácea con toque a naranja de arco iris y me voy hasta el bar de Parque  Lezama y me siento en una mesa y leo esa novela sobre un tipo que se embarca por primera vez. Meses de novelas sobre el mar.   

Celia compra ese libro de bolsillo en la librería de  Sarmiento y Montevideo. ¿Un poco de temblor o de reverencia? Luis Cardoso piensa que Celia a veces se pone esa máscara. No se sabe. Celia lo miró de reojo, lo chiruseó y se enamoró de esa frase primera sobre la desintegración de una lengua, sobre cómo se te agota, te cansa. Y lo compró. Y fue a casa, agarró un diccionario y empezó a leer. Mate amargo y lectura. ¿Lugar común? Puede ser. Pero lee. Casi en cuarto nadezhda. Solo que ella no fumaba como un escuerzo. Celia no tiene maestro.

Nota de Gloria. Vivo rodeada de gente que tiene tantas reglas para leer y escribir, tantas lecciones que dar, angustiados perdidos en la selva de los lugares comunes, barriales, convencidos de las puebladas literarias. Me olvido de mí misma en esa novela, la del tipo que se embarca por primera vez.

El pulguiento trabajo de los justicieros, de los normalizadores, que te tironean a lo ya hecho, a la regla, que te comen la invención, el proverbio, la adivinanza, los silencios, todo lo que leés, todo lo que escribís, droguetas de las formas, del estilo, lúgubres, charlatanes, tediosos, imbéciles de la esencia, del presente, lunáticos del origen.

Celia a patitas por el tiempo.

Y Celia ya no volverá al nido, ya sueña aquí, ya tiene estos rincones.

Cuaderno de Luis Cardoso. Todos los bonchas de la literalidad se juntan en esa esquina. La de la cortada que sale de la calle Bernardo de Irigoyen. Y ahí cotorreo, re-cotorreo hasta el pañuelo del llorón. Cambiar de vereda. (Viernes 6 de marzo)

Por esa dirección hacia el Paso del Noroeste. Eso se mantiene. Regla de vida. Es como la salida del sol, es sí o sí. Ella se hará notar sí o sí, porque no hay alternativa. Ahora estaba en Lima y Avenida Independencia, lejos de la cortada, lejos en la cabeza, donde ahora flota la gallina de Lucía que tal vez dormía en una jaula o gallinero expuesto al noroeste. Lucía le hizo la lista definitiva de las páginas en las que aparecía. Otros gallineros miraban al sudoeste. Celia, una habitación semi-patio de inquilinato. Solo cama, silla y mesa. Más lámpara. Más ventana al patio.

Todo empezó con el viento y el sol insistente. Sí, un poco bíblico, pero hasta el humor. Un esfuerzo, o hay otros libros. Y no se quejen, reconozcan que empujan hacia donde el sol se calla. Dejaron de escribir y solo empujan y tironean.  O el terreno de la opinión o escribir. Me escucho el chirrido de mis zapatos que entra en el patio.

Y al final la edad de oro vuelve, pero con su venganza a cuestas, y todo se vuelve claro y transparente como querían, pero con su odio a cuestas, tampoco voy a  hacer una lista de los días y de mis anotaciones, no, hoy no. Yo también hago mi cuaderno. Empiezo por la palabra mate, casi todos los días. Hasta casi todos los días. Después registro la claridad o la poca luz de la mañana, depende de la estación, alguna nota de lectura y más tarde lo que salta, lo que viene. Es un poco tedioso. Como esos auditores sentados en la primera fila mientras daba una charla sobre unos de mis dioses, John Cassavetes. Iba por los diez minutos y dije ya está. Todos respiramos aliviados. Yo estaba un poco ofendido, pero se me pasó. Ellos miraban el reloj, ellos pusieron el punto final.  Nos fuimos cada uno por su lado.  Lo mío no era un decir algo, era una tentativa de hacer oír. 

Desde el fondo de un circo, en la última fila de la tribuna, a la rastra de Luisa y sus amigas, en 1952, mes desconocido para siempre, nombre del circo a rebuscar en los diarios de la época, desde ese culo del tiempo, llega esa claridad de recuerdo. ¿Dónde estaba armada la carpa? ¿En qué terreno baldío de Avellaneda?

En esas tres cocinas de sórdidas hasta no verlas más, fuerza de la costumbre, sobre cemento, todas chapas de cartón 0.60, bien armadas a lo largo del patio, cada una con su cocina a kerosén y su calentador, y ahí nadie podía sentase. Estrictamente cocinar. Era el fondo del tiempo, casi pegado al tiempo del circo de Luisa, solo cocinaban las mujeres. ¿Y si fue un tiempo bendito ese 1952 o 1953?

Todavía no  hablé de ese pájaro rojo-gris colgado de una barra en un rincón del jaulón. Tampoco sé mucho de él  y ahí se queda.

A Elia, rengo de secundario, nunca se le pasó por la cabeza que el viento puede medirse.

El gris y sus variantes vinieron mucho después -en el principio solo el gris uniforme de la casa de ca calle Olavarría, gris de guardapolvo de empleado de fábrica o de ferretería, acentuado en su grisura sin grietas por la fábrica Alpargatas y la casa a la que nos mudamos en Patricios y Lamadrid. Después: febrero del 52, esa mudanza llena de luz. Y el gris uniforme se fue al saco gris de trabajo de Roque Juan con toques de blanco difuminado. El gris recontra-uniforme del guardapolvo de empleado de fábrica ya está registrado. Más tarde hubo rescate, llegó el gris Gorky y todos los grises del pasado se vinieron al presente, pero con toques naranja, o rojo o verde o amarillos o negros o blancos. Elia no renegó del gris uniforme, lo anota, lo registra, se le hace leyenda. También estuvo el gris conventillo que irrita tanto.  

En mi caso no se trata de gato moteado, era pelirrojo y algo salvaje. No comía sobre ninguna losa, tenía la comida en un rincón de la cocina. Y andaba por toda la casa. No había liebre domesticada. No había conejo.  El conejo es del pasado de la casa de Sarandí. Conejo y conejera. Años después Enrique me dijo que era un ex-padre, que sus hijos se fueron como tres conejos por un agujero de la cerca de su jardín.

Ya no ando por ese gris al fondo, no lo extraño, lo evoco, quedó en algún rincón del tiempo, tampoco mando onda gris, lo matizo a ese gris, no es que le ponga limite, lo sigo en su transformación. Eso, así, a secas.

Hoy extraño a mi gato pelirrojo. Hoy extraño casi todo. 

Irma en la primera cocina, pegada a la sala. Sin ventanas, puerta corrediza de madera terciada, sola,  no vencida, brazos a los costados mientras vigilia el arroz, se  murmuraba historias  mientras el perro de Mateo la miraba. Brazos al cielo y sonrisa al perro.

Pipa e´Moco estaba solo, mirando por la ventana, taza de café y libro sobre la mesa, más diario de ayer, más un cuaderno, más un lapicero. Más reproducción de naturaleza muerta, frutas en papel de diario que las envolvía, pegada a la pared, 1940.

Todo queda flotando, hay más de cuatro direcciones, muchas más, no hay plagio, hay mezcla, desorden, todo entremezclado, no hay esoterismo,  no hay teosofía, todo entrevisto, todo se pierde y se encuentra y rezongo de repetición, desde el galpón de Alpargatas en la calle Paláa hasta la casi frontera de Lima e Independencia. O atravesarla o a libro de los cagones. Se llama  barrido del tiempo o caída en el agujero del tiempo.  Y cada uno por sí mismo.

¿Hacia qué otros? ¿Hasta dónde? ¿Hasta qué paciencia?

Un sobretodo de paño inglés gris topo, viejo para viejo, que lo esconda en invierno, para que las miradas no se lo traguen. Las mangas llegan hasta la punta de los dedos y el largo casi hasta los tobillos. Mirada de viejo al árbol de la puerta y a la calle casi vacía, mirada de viejo que no es mirada de borracho, es mirada de tiempo que espera patios  asoleados de mate amargo y pava en una silla.

El sobretodo fue nuevo alguna vez. Y legó viejo a Pipa e´Moco. Todo llegaba de segunda mano a la calle Paláa.  Por aquí, en esta cuadra, en estos cien metros de una u otra vereda, nos contamos historias a nosotros mismos. Todo arranca muy temprano en la mañana de los negros. Y todo es evocación y cuentos de la evocación hasta la hora de ir a dormir.

En octubre del 67 esta no-banda improvisada, suelta, esquiva, sin maestro a foco, empezó a llamar la atención y hubo cambios de escenario. La dirección se mantiene. No hubo manifiesto, no ese «lo consideraban crucial». Solo hubo desplazamiento. Si está en desorden no hay moscardón. No hay colado ni boncha de la literalidad. Solo hay crotos en el alama,  solo hay organización invisible. Hay propuesta de «sueño» y ahí estaba la cosa banco de carpintero para hacer y deshacer.

Lola y su nacimiento quedan en la oscuridad, en el misterio,  un día apareció, sentada en el patio del taller del Negro Jorge, a la tarde, ¿a las cinco? y ordenaba unos papeles, con desidia, ningún interés en dar pruebas de su existencia, no levantaba la cabeza, no miraba a nade, nadie la miraba, estaba incorporada al tiempo  del patio, tampoco se podía preguntar quién era y de dónde venía. Solo su nombre. Vestido de verano levantado hasta las rodillas, piernas abiertas, un poco chuecas, allí, en ese banco , sola.  

La gallina más audaz siempre se arriesgaba un poco más allá del gallinero, hasta la quinta, a su izquierda, – paso prohibido por una especie de puerta de poca altura, y a su derecha, a dos metros, la cocina, el ante-patio cubierto de  parras y el patio –diez metros hasta la jaula de los pájaros pegada a la puerta de entrada. La gallina daba vueltas por la cocina con el permiso de Enriqueta. Al acecho del maíz que cae de la  mano.  Anaranjada con cresta roja se perdió en la memoria de todos. Plumas ruidosas que  terminaban en el silencio de cualquier mañana. 

Cuaderno de Luis Cardoso. Si no hay plata no hay reconciliación posible. ¿Con quién? ¿Y si voy de ingenuidad a ingenuidad? Ingenuo: me pierdo ahí, me la creo, me escucho el eco de mis giladas, hay tironeo de olvido y me subo a ese carro –dirección equivocada. (Jueves 12 de marzo)

Elia nació en un  círculo de voces que venían de otras piezas y nunca dejó de escucharlas. Y olores mezclados a los gritos de la mañana,  y de casi todo el día con pausas de silencio.

También está la guerra de sueños. Cada uno la carga de pasado y de novelas y de guías de caminos y de historias de viajeros. A veces va a guerra maldita. Es invasión de sequía, de contar los pesos, de queja en el boliche vacío de Barracas Norte. Lejos de invasiones y apretones de mano. Olga trae los cafés y desaparece. Hay silencio que no llega a languidez, es solo pausa, para recomponer la escapada. Hay asedio de sociedad, de rumores, de indiscreción, de soplón. Así que hacemos tarde luminosa y casi terminante.

Hay un gran desorden en estas historias que se juntan y se desjuntan. Hay poca lectura de esta  leyenda, poquísima, y hay que aguantar. Y hay sequía de bolsillo y nadie con quién hablar. ¿Y?

Cuaderno de Luis Cardoso. Elia, rasqueta que coqueteó con mancos de la escritura por un poquito de reconocimiento, por una migaja de espacio en un suplemento, por un lugarcito, ese poquito de corrupción de su alma me irrita. Raqueta que no puede editar sus libros. Re-comprar su máquina de escribir, pagar para que pasen sus libretas tapas rojas o verdes que lo ponían al borde del orgullo. Ridículo entre ridículos becados. Ahora tiene anteojos nuevos. Quizás se escuche menos y se vea mejor.   (Sábado 14 de marzo)  

Poca plata y mucho tiempo libre. Mucho bar y restaurantes mantel de papel. Ahora esa leyenda cayó en manos de historiadores subvencionados. Se comen todo. Hay que dejar de contar en orden.   Ni siquiera a uno solo. Hay mucho empuje a orden. Y poca conversación. Hay mucho monólogo. Hay ninguneo de nombre. Esta madeja de conversaciones desordenadas no se puede  seguir. Hay resignación a falta de explicación. Hay espera. Hay rincones. Me los reconvoco. Hay un irse cuando llega el amargado mata leyenda, el que se pega  a todas las proximidades, el que no sabe alejarse, el que va adonde no lo quieren, fatalmente.

Pero no se pueden negar los caprichos del gris, su movimiento. En los días de uno y en los días de los otros. Porque hay día de los otros. Los días de los otros llegan por la ventana, en forma de luz o de malicia o de escarcha, de ruido de puertas que se cierran, o pasos con suela de goma. Son los ruidos del silencio que Luis Cardoso oía desde la ventana de la casa de enfrente. Luis Cardoso, sus ruidos, Pipa e´ Moco,  los propios. Cada uno su silencio.  El Cuaderno, ese, registro día por día de algo de lo que hace, nada en el tintero, ni un minuto, ni un descanso. Anotación. Pero está Gloria, que se dejó poner la mano, o la llevó ella, y eso es imposición de tentativa. 

Círculo de los puritanos de la impotencia.

¿Otros tiempos? ¿Dónde?

Clásico: los anti-pedagogos son más pedagogos. Llenos de reglas, de pendejadas. Nunca dejan de hablar, siempre al acecho. Nunca releen. Tienen miedo. Siempre juntos, franela  a franela. 

A mí me gusta el desorden de esos lugares y de esos libros y de la re-memoria de los rincones, así como vienen. Sí, también les tengo miedo. Pero son líneas que no se completan, que no cierran.

En El Bazar, escena que llegó mucho tiempo después: Luis Cardoso sale a fumar y nos sentamos en el alféizar de la ventana. Once de la noche, verano.  

Los recuerdos borrosos siguen ahí, no están perdidos, no, tiro del hilo y a veces se hacen visibles, a veces.  

Notas: las casas, de una a la otra, lo borrado, las ventanas de los café, las mesas pegadas a esas ventanas, la gente que pasa, las lágrimas de esa chica en un parque, a la que Aquiles estuvo a punto de ayudar, «no era posible», la cara en el subte de esa mujer a ser inventariada por algún sociólogo, el tipo que vende caramelos, una línea negra sobre fondo blanco, Lola cuando sale de su casa,  y a la noche cuando citó: «un lugar donde estar» y todos se callaron.

Mierda a la palabra ser, a lo que se llama lo auténtico del ser, dejar de leer en el acto a los que usan esa figura.

Hay taconeo a felicidad, intimísimo, incontable, que entra en lo  claro que Luis Cardoso registra.  Hay ruidos de pasos que van a despedida, es taconeo de abandono.

No es el mismo gris. No insistan. Miren más allá.  ¿Y leyenda? Quiere decir lo que debe ser leído. Leyenda de los matices del gris.

Gris a rojo. Gris a verde tocado de blanco. Gris a negro tocado de blanco. Gris a negro tocado de verde.

Celia condenada a la madeja de su pasado que no le quita su presente. No se deja correr por los que la difaman de melancolía. Nunca se creyó  invisible, se miraba en el despertar de la criada,  o en tristessa perdida, lista de novelas para protegerse. Ese imán que no era maldito, no, era lo contrario.

Hay que empujarse a toco de novela. 

Cuaderno de Luis Cardoso. Hoy: café con Orlando. Oído implacable para descubrir al   payaso de la espiritualidad. Orlando y su escepticismo, que no le regala a nadie, y en la otra vereda los entusiastas de la explicación.   (Sábado 28 de marzo)

¿Lo mío, lo tuyo? Todo entra aquí. Bajo, y en la esquina ya hay uno que me señala algo y trata de tironearme a su banda de sonido de ideas generales.  

No es que me corro: es que no voy. A secas. No me subo a esas invitaciones. Seguí en la cosa babieca de creerte especial como lector y desde esa altura no oís que aquí no hay tema, no hay juicios, no hay testimonio.

Hay los que se creen lectores. Plaga de policía del pensamiento.

Cuaderno de Luis Cardoso. Ni comunidad provisoria, ni confidencias, menos que menos círculos, ni asomo de orientación, ni pertenencia a generación, ni palabra de maestro, ni obligación de rendir cuentas, solo compartimento estanco, tampoco flujos místicos. (Viernes 10 de marzo)

De familias que terminan en la changa. Que chapotean en la changa.

Pipa e´ Moco, al menos él, tenía asegurada la pieza. Cama o catre, mesa junto a la ventana, lámpara, calentador, ropero, mate y yerba. Sombrero de lluvia colgado del perchero. Millones de años de diferencia pero íntimo de  Elia.

Entonces, ventana al patio chorizo.

No quiero probar nada, nunca quise. Pero te sospechan, te cuelgan San Benitos de un saber, de un esoterismo, de una alianza a complot. Guerra del lenguaje es otra cosa. Pipa e´ Moco es avellanedense. Porteño anclado en Paláa entre Lavalle y Berutti. Ninguna franela con la  naturaleza, ni un asomo de cuis o de sauce o de río. Adherente de anti-culto al compadrito. Ahora, solo le conozco esa banda de ociosos y pasivos,  que se arrinconan en el bar de Don Antonio. No lo miro por el ojo de la cerradura, no, lo veo y lo escucho. Esa esquina no lo suelta, no lo deja pasar el Puente. Tampoco quiere. Perro de barrio. Que solito tu alma se hace un interior. 

Su poetería burguesa, que me da lecciones.

Celia, terminante: no da explicaciones de nada. Y menos a los moscardones que no pueden cerrar la boca.

El asfalto empezaba donde terminaban las abolladuras del suelo, arrancaba en en Berutti y Colon.

Y la vi a Lola, acurrucada, casi terminando la tarde, en Los Leones, lejana, metida en su bufanda, las manos sobre la mesa, mirando hacia Avenida Garay. Para ser vista desde la otra vereda.  

¿Un resentido tiñoso, fatalmente clásico? ¿Ofensa  del alcahuete que busca lugares y llora porque no  le abren la puerta? ¿Mucho pataleo y finalmente socio de becados por la familia? ¿Filósofos que derivan a brujo ontológico?

Cuaderno de Luis Cardoso. Pete Carini era lector  libre. Leía y leyó siempre por afuera de la plomería crítica. Devorador de novelas y biografías, me hizo leer una montaña de libros increíbles. Era católico apostólico romano.  (Martes 24 de marzo)

Y por ahora estamos anclados en esta franja.  Con toques a más allá de Plaza Constitución. Pero mucho más allá. Son toques de sueños. Espero a Gloria en un bar de Barracas Norte como dice Orlando.  Que  no viene. Tal vez hay extravío,  o intento de lejanía, de escape. Hoy el sol está apagado,  rengo.  Es viernes. Los de la luz, en la esquina,  reunidos alrededor de una carpa, uno trabaja el resto conversa, ronda de mate. El barrio se nos cayó encima. ¿Se cerró sobre nosotros? ¿Voy al voleo? El humo de la máquina de café es el único ruido del mundo, hoy a la mañana. ¿Camino de salida? Se verá. Hay siempre acecho de renuncio, de agachada. El alcahuete te quiere arrastrar a alcahuete.  Como dice Orlando: hay dificultad de salida.  Chucho de miedo, de cagarse en las patas.  Pero hay algo más que relato.

Cuaderno de Luis Cardoso. La indiferencia a lo que hago es el motor. ¿Por qué no decirlo? Todo este rechazo. Y toda esta no-banda improvisada y perezosa y callada y solitaria y sin futuro y rumbo a nada, y sin carrera y lejos, lejísimo de la re-franela artista moderno. No-banda de ninguna élite. Contra el balbuceo programado.  Hoy, esta cita: «Aquella pobreza extrema era algo así como lo más importante  en nuestras vidas juntos».(Miércoles 25 de marzo)

Encuentro un dado de mi pasado, un hilo si quieren,. Goyo me paga la traducción y derivaos en hablar de la pulga de conventillo. 

Caminata en el sol a pico por Plaza Constitución hacia Los Leones. Esperaba a Orlando, dos payasos  bíblicos que desayunan brioche con café doble.  Orlando hace tienda en Avellaneda y Elia hace corretaje de ferretería. Juntos esa mañana como otras. Cónclave de dúo. Orlando viene a patas desde Patricios y Suarez, unas cuantas cuadras de cielo azul limpio hasta el punto de reunión de siempre. No hablaron de nada en particular. Derivaron. Todo a los manotazos, según la conversación. Salvo la política, eso era para gente con puestos, con sueldo.  Elia  insiste con el sueño del irse, de seguir alejándose, apuesta a días remotos, a salida, a juntar ejemplos para reiterar la figura del Paso del Noroeste. ¿Elia, y si solo es toque de gallina de Sarandí que se pasea del jaulón con pájaros a la quinta del fondo? ¿Que va de puerta de entrada hasta el alambrado donde termina la casa? Apenas cincuenta metros de terreno. ¿Y si solo es sueño de rasca que leyó algunos libros y llena cuadernos? 

Y Elia, pegado a esa imagen que pasa sin arrugas, un conejo que no deja de salir por el agujero del alambrado.

Hay calentar de pava a mate amargo

Lola mantiene el cotorro. 

Nos visitábamos unos a otros y nos arrastrábamos a un café. Larga noche de la conversación.

Y está la figura del «sueño» hasta el Paso del Noroeste.

Y los que se juntan improvisadamente, rasquetas de changas, boca cerrada y oído atento. Novelas que son  manuales de guerra, pescados en otras orillas, lejos lejísimo. De los controles. 

Y hay desolación en pieza de pensión y hay fijación de esquina y anotación de cuaderno y conversación alrededor y una mesa reservada varias veces a la semana, hay trabajo a cuenta gotas, hay economía desquiciada, hay más y todo inventariado.

Cuaderno de Luis Cardoso. ¿Qué recuerdos no paralelos pusimos cada uno encima de la mesa en esa noche de viernes? El de cada uno de nuestros familiares, arco de abuelos a padres. Ni uno arrimó el tiempo de un recuerdo personal. Nadie contrastó nada y tampoco se puso en duda lo contado. Orlando trajo toda Besarabia y se llevó la noche. Hizo preguntas y las respondió. Yo amagué y no quise hablar.  Lola hizo historia de madre colifata. Celia, clásica, figura estrambótica del abuelo. Elia, padre que fundió un comercio y se fundió. Gloria habló de los novios de su madre. (Sábado 11 de abril)  

Más Cuaderno. Esa noche, Gloria, también insistió en la figura del que te espera en la esquina para destruir lo que escribiste. O lo que tradujiste.  Mecánica rutinaria y miserable de los que se muerden la cola, los que confunden, según Pipa e´Moco, el relato de la Creación y el relato de la organización invisible. Ruta de las lecturas de Pipa e´ Moco en las que navega Gloria.  ¿Recomendó Gloria alguna lectura? No es su manera. (Sábado 11 de abril)

¿Nombre? Orlando Romano. Empleado. Sedería Romano, sucursal Avellaneda, Avenida Mitre esquina  Alsina. Todas las mañanas oigo las campanadas de la Catedral, y me gusta escucharlas. Es algo melancólico, a veces. Por ahora no salgo de este camino de ida y vuelta,  aunque me sueño a bordo de un barco, novelas de infancia que me llenaron la cabeza. Por ahora no era libre a la medida de esas leyendas.

Pipa e´ Moco lustra sus zapatos que van más bien a borceguíes, marrón oscuro, para su pisada silenciosa cuando da sus vueltas manzanas o pasea por Plaza Alsina a eso de la medianoche.

Hay insistencia de figura. Hay tentativa de desobediencia. De desorden. De no dejarse arrastrar a definiciones, a situarse, a contar lecturas, a todos los matices del acartonamiemto.

Hay que insistir en la tentativa de desorden.

Luisa me contó que a la Turca no-suicida de Roque Juan la vieron en el mercado de Constitución varias veces. Una sombra del pasado. Una variante de alguien que baja de la leyenda. Lleva bolsa de rejilla con alguna compra ya hecha,  blusa blanca, hombros marcados,  alta y pelo negro. Una descripción algo lavada. Y otra  vez a perderse.

La pelirroja no tenía corset, ni media agujereadas, ni andrajos. Era otro siglo, otra época. Era una colorada de barrio, pecosa y con vestido corto y novio. Empleada en el Banco Provincia. 

Nota de Gloria. Y están los sectarios de la no-generación: anclados a esquina, antiguos de toda antigüedad, irreconciliables, mater en camiseta, se quedaron ahí, metidos en sus piyamas y sus  chinelas  de lana  estampa escocesa. Tampoco se quedaron en el zaguán, como cacofónicos anti-porteños, no, se eligieron enemigos de la sociedad. No nos perdimos de vista. Voy a esa  trastienda.

Hay un lugar donde se juntan, sí, el de los cagones, el de los achuchados que no deciden nada, que  esperan en el territorio de la aprobación.

Celia caminó un rato, noche cerradísima, por  Australia de cara hacia Avenida Patricios, sola, re-sola, no-taconeo de mocasines, desorientada, extravío sin grieta, ni un sonido, agarrada a su nombre, el dique contra la llamada de amuchamineto, siguió por la vereda,  con bajada a las vías del tranvía, ya iba por Patricios, algunos zaguanes estaban iluminados, lamparitas de mala muerte, luz amarilla, luz imprecisa. Celia seguía por las vías para evitar las escaleras de la veredas altas, caminaba a contra-inundación … hasta una frontera de luz diurna.

Hugo Savino
Ph / Facundo de Zuviría, Constitución (Estampas porteñas, 1996)