Una visita a Thomas Hardy / Virginia Woolf

Thomas Hardy y su mujer, Florence

Al principio he pensado que era Hardy, pero resultó ser la camarera, muchacha menuda y delgada, con limpia cofia. Entró con las bandejas de plata con pastelitos, y todo lo demás. La señora Hardy nos habló de su perro.

¿Cuánto tiempo podíamos estar allí? Puede dar largos paseos el señor Hardy, etcétera. Pregunté para animar la conversación, como sabía me correspondía. La señora Hardy tiene los grandes y tristes ojos sin brillo propios de la mujer sin hijos; da muestras de gran docilidad y atención, como si hubiera aprendido a interpretar su papel; no parece muy dispuesta a recibir más visitantes, pero parece resignada; va con un vestido de gasa con adornos rameados, zapatos negros y gargantilla. Ahora no podemos ir muy lejos, dijo, aunque todos los días damos un paseo, debido a que nuestro perro no puede andar mucho. Muerde, nos ha dicho. Se comportó con más naturalidad y animación al hablar del perro, que evidentemente es el verdadero centro de sus pensamientos. Entonces entró la camarera. Después volvió a abrirse la puerta, en movimiento más enérgico, y entró al trote un viejecito alegre y con mejillas redondeadas, y se dirigió a nosotros con aire de hombre animado y con sentido práctico, como un viejo médico o abogado, diciendo «Qué tal…», o algo parecido, al estrecharnos la mano. Iba con un traje de gruesa tela gris, y corbata a rayas. La nariz es de línea quebrada, y la punta se le curva hacia dentro. La cara redondeada y blanquecina, los ojos, ahora, empañados y húmedos, pero con una expresión general de alegría y vigor. Se sentó en una silla de asiento triangular (con tantas idas y venidas estoy fatigada y sólo puedo consignar hechos), ante una mesa de tablero circular, donde estaban las bandejas con pasteles; un gran pastel de chocolate; en fin, lo que se llama un buen té; pero Hardy sólo bebió una taza, sentado en su silla triangular. Se mostró extremadamente afable y consciente de sus deberes de anfitrión. Hizo lo preciso para que la conversación no decayera, y no desdeñó iniciar conversaciones. Habló de mi padre; dijo que me había visto, aunque quizá fuera mi hermana, pero creía que era yo, en la cuna. Estuvo en Hyde Park Place, oh no, Gate era. Una calle muy tranquila. Esta era la razón por la que gustaba a mi padre. Era raro que, en el curso de tantos años, jamás hubiera vuelto a esa calle. Iba allá a menudo. Su padre defendió mi novela Far From the Madding Crowd. Luchamos codo con codo contra el público inglés en lo referente a ciertas materias que se abordaban en esta novela. Ouizás haya oído hablar de ello. Luego su padre dijo que otra novela que iba a aparecer no podría aparecer, porque el paquete se perdió en el camino, desde Francia, cosa nada rara, observó su padre, y el paquete con el original era grande; y me pidió que le mandase mi libro. Me parece que su padre quebrantó todas las normas de Cornhill, al no leer el libro entero; el caso es que yo fui mandándoselo por capítulos, uno tras otro, y nunca me retrasé en las entregas. ¡La juventud es maravillosa! No cabe la menor duda de que yo llevaba ya el libro en la cabeza, pero jamás tuve dudas al escribirlo. Iba saliendo todos los meses. Estaba nervioso, por culpa de la señorita Thackeray me parece. Decía que había quedado paralizada, y que no podía escribir ni media palabra tan pronto oía la prensa. Creo que es malo que una novela se publique de esta manera. Uno comienza a pensar en lo que es bueno para la revista, y no en lo que es bueno para la novela.

—Se piensa en una portada atractiva —dijo alegremente la señora Hardy.

La señora Hardy estaba inclinada sobre la mesa de té, sin comer, mirando hacia fuera.

Después hablamos de originales. La señora Smith encontró el manuscrito de from the M.C. en un cajón, durante la guerra, y lo vendió para dar el producto de la venta a la Cruz Roja. Ahora Thomas Hardy ha recuperado todos sus manuscritos, y un impresor se encarga de borrar todas las marcas. Pero Hardy quisiera que las dejaran, ya que demuestran la autenticidad de los manuscritos.

Hardy baja la cabeza, como una vieja paloma buchona. Tiene la cabeza muy alargada; y ojos interrogantes y vivos, sí, porque, cuando habla, sus ojos adquieren viveza. Dijo que cuando estaba en el Strand, hace seis años, apenas sabía dónde se encontraba, aun cuando lo conocía a fondo. Nos dijo que solía comprar libros de lance —ninguno valioso— en Wyck Street. Luego se preguntó a santo de qué Great James Street tenía que ser tan estrecho y Bedford Row tan ancho. Se lo preguntaba a menudo. De seguir así, Londres pronto sería irreconocible. Pero jamás volvería allá. La señora Hardy intentó convencerle de que se trataba de un viaje muy corto, unas seis horas solamente. Pregunté a la señora Hardy si le gustaba Londres, y la señora Hardy dijo que Granville Barker le había dicho que, cuando ella estuvo en la clínica, pasó la «mejor temporada de su vida». Conocía a todos los habitantes de Dorchester, pero consideraba que en Londres había gente más interesante. ¿Había yo frecuentado el piso de Siegfried’? Contesté que no. Luego preguntó por Siegfried y por Morgan, y dijo que éste era muy caro de ver, como si gozara con sus visitas. Le dije que el señor Wells me había dicho que el señor Hardy había ido a Londres para ver un bombardeo aéreo. «¡Hay que ver qué cosas se dicen!—dijo el señor Hardy—. Fue mi mujer. Hubo un bombardeo aéreo, una noche, mientras nos encontrábamos en casa de Barrie. Sólo oímos una pequeña explosión a lo lejos. Los focos eran bonitos. Y, ahora que pienso en ello, si en estos momentos cayera una bomba en esta casa, cuántos escritores perdería el mundo…» Hardy sonrió a su manera, con expresión espontánea pero un poco sarcástica; y astuta. Desde luego, en mi mente no quedaba ya ni rastro de la idea de un sencillo campesino. Parecía tener plena conciencia de todo; sin dudas ni vacilaciones; con ideas definidas; y habiendo ya producido toda su obra, por lo que tampoco tenía dudas al respecto. Sus novelas no le interesaban gran cosa, y las novelas de los demás tampoco; lo aceptaba todo de una manera fácil y natural. «Nunca les dediqué mucho tiempo», dijo. «La más larga fue The Dinnasts (pronunciado así).» «Pero ésta eran tres libros en realidad», dijo la señora Hardy. «Sí, y me llevó seis años, aunque con interrupciones.» «¿Puede escribir poesía con regularidad?», le pregunté. (Se lo pregunté con el deseo de oírle decir algo sobre sus libros; pero la conversación siempre acababa centrándose en el perro. Que mordía; que vino un inspector; que estaba enfermo; y que no podían curarle.) «¿Le molestaría que le dejara entrar?», dijo la señora Hardy. Y entró Wessex, con el pelo muy revuelto, áspero, castaño y blanco, perro de razas mezcladas. La señora H. dice que el perro tiene la misión de guardar la casa, por lo que es natural que muerda. Hardy, de manera perfectamente natural y sin dar, al parecer, tampoco gran importancia a sus versos, dijo: «La verdad es que no lo sé». «¿Escribía poesía cuando escribía novelas?», le pregunté. «No. Escribí gran número de poemas. Y los mandaba a sitios, pero siempre me los devolvían.» Después de decir estas palabras se rió. Añadió: «En aquellos tiempos, tenía fe en los editores. Muchos poemas se perdieron, todas las versiones definitivas se perdieron. Pero encontraba las notas, y, basándome en ellas, los volvía a escribir. Siempre encontraba las notas. Hace un par de días encontré una de esas hojas. Pero me parece que no encontraré más. Siegfried alquiló un piso cerca de aquí, y dijo que se proponía trabajar mucho, pero pronto se fue. E. M. Forster tarda mucho en acabar algo. Siete años».

Después de decir estas palabras Hardy se rió, lo cual causó la fuerte impresión de que trabajaba con gran facilidad. «Creo que Far From the Madding Crowd hubiera sido mucho mejor si la hubiera escrito de manera diferente», dijo. Pero lo dijo como si no pudiera remediarse y careciera de importancia.

Solía visitar a los Lushington, en Kensington Square, y allí veía a mi madre: «Su madre solía entrar y salir, mientras yo hablaba con el padre de usted».

Quería que hablara aunque fuera sólo un poco acerca de su literatura, antes de irnos, y se me ocurrió preguntarle cuál de sus libros escogería si, hallándose en mi caso, tuviera que elegir uno para leer en el tren. Yo me había llevado Mayor of Casterbridge. La señora Hardy observó: «Ahora están haciendo la versión teatral de este libro». Y a continuación la señora Hardy trajo Li[e’s Little Ironies. «¿Y el libro ha mantenido su interés?, me preguntó Hardy. Tartamudeando le dije que no había podido dejarlo, lo cual era verdad, pero sonó mal. De todas maneras, Hardy se resistió a que le sonsacara, y pasó a hablar de un regalo de bodas para una señorita, diciendo: «Ninguno de mis libros sirve como regalo de bodas». «Tienes que dar a la señora Woolf uno de tus libros», dijo, como no podía dejar de ser, la señora Hardy. «Sí, desde luego», dijo Hardy, «pero mucho me temo que tendrá que ser en la edición esa, delgada y con tapas de papel». Protesté diciendo que con eso me bastaba, siempre y cuando me lo firmara (entonces Hardy pareció quedar vagamente incómodo).

Después de la Mare salió en la conversación. Su último libro de relatos les parecía una verdadera lástima. Algunos de los versos de de la Mare habían gustado mucho a Hardy. La gente decía que de la Mare forzosamente tenía que ser un hombre siniestro por escribir semejantes relatos. Pero es un hombre muy agradable, verdaderamente muy agradable. A un amigo que le suplicó que no abandonara la poesía, le contestó: «Mucho temo que es la poesía quien me ha abandonado a mí». Ciertamente es un hombre muy amable que recibe a todos los que quieren verle. A veces recibe a dieciséis personas en un solo día.

«Cree que se puede escribir poesía, si se recibe a gente?» pregunté. «Creo que uno debiera poder. Realmente no veo por qué no. Se trata de una cuestión de fortaleza física.» Pero era evidente que él prefería la soledad. Sin embargo, Hardy siempre decía algo sensato y sincero, con lo cual daba un carácter un tanto desagradable a la evidente obligación de tributarle alabanzas. Causaba la impresión de ser un hombre que se hubiera liberado de esa clase de asuntos; con una mente muy activa; con afición a describir personalidades; y no a hablar en términos abstractos; por ejemplo, el coronel Lawrence iba en bicicleta desde Lincoln a casa de Hardy, con el brazo roto, y «llevándolo así», y a hurtadillas escuchaba a través de la puerta para averiguar si había alguien dentro. La señora Hardy, pensativa, inclinada todavía sobre las tazas de cosas así, aunque esto nunca lo ha dicho a las claras. Pero tiene arrugas azulencas alrededor de los ojos. Se califica a sí mismo de Shaw del ejército. Nadie puede saber dónde se encuentra. Pero los periódicos se enteraron». «Me prometió no dedicarse a volar», dijo Hardy. Y la señora Hardy observó: «Mi marido no quiere tener nada que ver con el aire».

Ahora comenzamos a mirar el reloj de péndulo en el rincón. Dijimos que teníamos que irnos, intentamos confesar que teníamos que regresar aquel mismo día. He olvidado decir que Hardy ofreció a L. whisky con agua, con lo que demostró ser tan competente como anfitrión cual en todo lo demás. Nos levantamos y firmamos en el libro de visitantes de la señora Hardy; y Hardy fue a buscar un ejemplar de Li[e’s Little Ironies para mí, y regresó trotando, con el ejemplar firmado; habiendo escrito Wolff en vez de Woolf, lo cual, me atrevo a decir, indica que quizás el apellido le preocupó. Luego, volvió a entrar Wessex. Pregunté a Hardy si él podía acariciar a Wessex. Acto seguido Hardy se inclinó y acarició a Wessex, tal como podía hacerlo por ser el amo de la casa. Y Wessex se quedó allí, jadeando.

En momento alguno advertí el más leve rastro de deferencia hacia los editores, ni de respeto al rango, ni de excesiva sencillez. Me impresionó la libertad de Hardy, su vitalidad, su desenvoltura. Me pareció muy «Gran Victoriano», todo expresado mediante un movimiento de la mano en el aire (tiene manos pequeñas, curvadas hacia arriba), y siempre sin dar gran importancia a la literatura; pero inmensamente interesado en los hechos; en las anécdotas; y, cabe suponer, naturalmente inclinado a imaginar y a crear sin pensar que ello sea difícil o meritorio; llegando a obsesionarse; viviendo en la imaginación. La señora Hardy le puso el viejo sombrero gris en las manos, y Hardy, a pasos menudos, nos acompañó hasta la carretera. Indicándole unos árboles agrupados, en la colina que se alza frente a su casa, ya que vive en las afueras, en el campo abierto (delante y detrás de la casa se levantan pesadas colinas coronadas de arbolillos), le pregunté: «¿Qué es esto?». «Esto es Weymouth», contestó evidentemente interesado. «Por la noche vemos las luces de Weymouth, bueno, no vemos las luces en sí, sino su resplandor.»

Nos fuimos, y Hardy regresó a su casa, a pasos menudos.

También le pregunté si podía mostrarme el retrato de Tess, que Morgan me había descrito, y que era un viejo cuadro, y entonces Hardy me llevó ante un horroroso grabado que representaba a Tess entrando en un cuarto, grabado en un cuadro debido a Herkomer. «Esa era la idea que yo tenía de ella», dijo Hardy. Yo le dije que me habían dicho que tenía un viejo cuadro, y Hardy repuso: «Es inventado. De vez en cuando, veía a personas con rasgos de Tess».

«¿Conoce a Aldous Huxley?», me preguntó también la señora Hardy. Le dije que sí. Los Hardy habían leído su libro, y la señora Hardy lo consideraba «muy inteligente». Pero Hardy no se acordaba; dijo que su esposa tenía que leer para él, en voz alta, ya que tenía la vista muy debilitada. «Ahora lo han cambiado todo. Antes creíamos que había un principio, una parte media y un final. Teníamos fe en la doctrina de Aristóteles. Y ahora uno de estos relatos termina cuando una mujer sale de un cuarto.»

Se rió. Pero ha dejado de leer novelas. Todo ese asunto, la literatura, las novelas, etcétera, le parecía una diversión, algo lejano, que apenas podía tomarse en serio. Sin embargo, Hardy contemplaba con comprensión y piedad a aquellos que seguían entregados a aquel menester. Pero, cuáles son sus secretos intereses, a qué ocupación se dirigió a pasos menudos cuando nos dejó, esto es algo que ignoro. Chicos de corta edad le escriben desde Nueva Zelanda, y hay que contestarles. Un periódico japonés publicó un «Número dedicado a Hardy», y Hardy nos lo muestra. También han hablado de Blunden. Me parece que la señora Hardy le tiene informado de los trabajos de los jóvenes poetas.

Virginia Woolf / Diario, domingo, 25 de julio, 1926
Editorial Lumen, 1982
Traducción Andrés Bosch