
Lisboa, ¡el mismo trauma! Por dos veces un sismo que nunca fue más profano y terrestre termina por barrer el cielo. Ayer el Dios benevolente y benefactor se dio por vencido. Hoy, el Dios de la historia se traga su partida de nacimiento. Están en juego la cantidad de víctimas, pero más aún la calidad del acontecimiento. El 1° de noviembre de 1755, la capital de Portugal se derrumbaba, las iglesias aplastan a los fieles que celebran la fiesta de Todos los Santos, el firmamento les cae encima. Voltaire contra Rousseau. Y Kant (aún providencialista) contra Kant (pronto crítico). Goethe tenía 6 años. Retrospectivamente él fecha con este día su nacimiento a la inquietud moral. “Sesenta mil hombres, un instante antes tranquilos y con buena salud, fueron precipitados al mismo tiempo en la nada.”
Cuando aparece El archipiélago Gulag la información propiamente fáctica y cuantitativa no parece determinante. La élite sabe, tanto la izquierda como la derecha. Excepto que Solzhenitsyn pone los puntos sobre las í. La Kolyma hace estragos en el horizonte- “insuperable” si se cree allí al Occidente esclarecido- del marxismo. Si Lisboa, al derrumbarse justo en el momento de Todos los Santos cuestiona la providencia divina, ¿cómo un universo concentracionario que se corona socialista y soviético, no objetaría dos siglos de progresismo muy compartido? Los campos nazis, vaya y pase, fueron rápidamente clasificados como barbarie local, atropello o realización de una sociedad de explotadora. Sonderweg, incluso demencia puntual. Los campos comunistas reclaman para ellos una parte elevada y fuerte del sentido de la historia y de los domingos pedagógicos de la vida, los cuales se encuentran inevitablemente manchados.
Negándose a dorar la píldora, Solzhenitsyn no sacude solo a los marxistas ortodoxos o fanáticos. El Occidente de los años 60 en su conjunto, apuesta la convergencia Este-Oeste de las “sociedades industriales”.
La economía ubicada en el lugar de mando tanto por los liberales como por las diversas capillas socialistas, herencia entera de los sistemas de siglo pasado, pesa en la misma dirección mental: se pronosticó bajo la coexistencia pacífica, la fusión lenta de las “infraestructuras” y de las “tecnoestructuras”. Incluso la ultra izquierda suscribía a ellos, aún a costa de favorecer a los dos bloques, juzgando idénticos en el fondo la “esclavitud” del trabajo asalariado estadounidense y el trabajo concentracionario a la Soviética. (¡Ford=Valkouta!)
El primer volumen de El Archipiélago Gulag tiró la estantería, fracturó el consenso bienpensante.
Los profesionales del optimismo echaron pestes. Son legión aquellos que, a la cola del Pangloss de Candide cumplen la función de no desesperar a Billancourt, se ocupan de no inquietar a Anteúl y Passy, miman a los fieles, adulan al electorado y tranquilizan a la clientela. Más sorprendente a primera vista fue el frente unido de los universitarios de renombre y auxiliares, con la notable excepción de Michel Foucault, todos se la agarran con él. Mientras que Régis Debray apostrofa a las “lloronas de la primavera” y Jean-Francois Lyotard a los “medios de comunicación” que le hacen eco, Gilles Deleuze deposita en las librerías de su preferencia un texto que entrega gratuitamente a sus fieles: allí denuncia “grandes conceptos, tan grandes como las caries de los dientes” y anatemiza a aquellos que “viven de los cadáveres” porque evocan “una martirología, el Gulag y las víctimas del Gulag”. En apariencia se reivindica de izquierda “frente a una derecha que defiende sus pesitos bajo el colchón”. En verdad, la objeción apunta más profundo, glorifica al verdadero filósofo que trabaja en los matices y las delicadezas, fustiga a los chapuceros que derogan blandiendo estas “referencias macizas” medio siglo (ya) de campos y de masacrados por decenas de millones: Deleuze se exaspera: ¡Al humor ‘rive gauche’ le llegó el Apocalipsis”. [1]
Dicho humor desborda un poco las orillas del Sena; mientras el primer tono de El archipiélago alcanza el millón de ejemplares vendidos, el muro de Berlín cae en las cabezas quince años antes de hundirse en la realidad. En 1970 la inteligencia parisina era más o menos marxista. En 1977 apenas recuerda haberlo sido. Sin embargo, para muchos buenos autores, la referencia a El Archipiélago sigue siendo indecente y mal vista en filosofía.
Jacques Derrida reiteró la denuncia del “tono apocalíptico”. [2] Su texto, tan críptico como de costumbre, despacha al buen entendedor su corte de manga. “Sabemos que los escritos apocalípticos se han multiplicado en momentos en que la censura de Estado era muy fuerte en el Imperio Romano”. En el imperio brejneviano a la censura no le va tan mal, por consiguiente, no hay que extrañarse de una disidencia exagerada y … diez años más tarde, cada uno con su capricho, Derrida retorna a Marx; para el Solzhenitsyn no habrá sido más que un místico a lo Swedenborg y El Archipiélago Gulag la versión a la moda de las “ensoñaciones de un visionario”. Nuestros pos-modernos oficiosamente de vuelta de todo y oficialmente no escandalizados por nada, se abandonaban a sus efluvios. Púdica hasta la pudibundez, su mirada, casta y ausente, censura las violencias del siglo como antes la “gentry” victoriana se deslizaba elocuentemente por sobre las cosas del sexo.
¿De dónde viene una reticencia tan universal y tan elitista frente a los combates a mano limpia y cabeza descubierta dirigidos contra el último imperio totalitario europeo? La soledad de los escritores contestatarios del Este fue filosófica. Ellos padecieron la incomprensión compacta y a veces hipócrita del colega de letras. ¡Y con causa! Ellos desestabilizaron algo más que un aparato político y un régimen concentracionario; contradecían una fe fundamental a la cual la Europa del siglo XIX sacrificó tan a menudo su inteligencia crítica, hasta que por su propio impulso nuestro siglo descarrile. ¿Qué fe? No solamente el nazismo, el comunismo, o algunos futuros furores teológicos- étnicos. Más anclada aún está la creencia que nutre una pasividad muy general ante esas pulsiones mórbidas. Todo pasa como si la mayor parte de los europeos permanecieran habitados por la certeza de que nada intrínsecamente corrompido o irremediable, podría advenir. Lisboa escandaliza porque ninguna Jerusalén celestial desciende del firmamento para redimir el desastre. Un Apocalipsis poco prometedor, hecho trozos, roído por su final feliz. Asimismo, la lectura de El Archipiélago Gulag no es edificante, los chicos hambrientos, violados, congelados, revientan sin alas en la espalda. Las Buenas noticias no expulsan a las Malas. Lo peor no es compensado por el Bien que supuestamente se produce por milagro. Solzhenitsyn le deja a Goethe y a Hegel la ilusoria “astucia de la razón” que, como quien no quiere la cosa, entre bastidores, transmuta la desdicha en felicidad. Semejante alquimia teo-neciológica no forma parte de su estilo. Él no consuela. Planta a su lector ante el infierno y le susurra: conócete a ti mismo, la trampa está en ti, tú eres la trampa, y tú eres siempre el único que puede intentar salir de allí, tú eres incluso tú. Ivan Denissovich encarna el anti-Fausto. La salida no se busca del lado del Eterno femenino, ningún sésamo pos-moderno arrastra “hacia lo alto”, solo queda el sentimiento agudo y saludable de una responsabilidad irreductible.
La ruina de una ciudad es cruel; el sistema carnívoro de la deportación es obsceno, nada, lo redime y su insoportabilidad crece a medida que aquellos que lo soportan se descubren como su origen. Antes de Copérnico, el mundo giraba alrededor de la Tierra, que portaba en su centro un foco de corrupción y de basura que el cosmos contenía, comprimía y reprimía por alguna gracia teológica. En el transcurso de los sismos y las erupciones volcánicas la abominación salía a la superficie, el espacio se ahondaba vertiginosamente y el orden del mundo se problematizaba. El Archipiélago renovó el vértigo. La locura de los poderosos y la perseverancia perversa de los bajos fondos que se dan cita en Auschwitz y en la Kolyma burlan la profecía optimista de un sentido de la historia. El Apocalipsis a secas, la muerte sin transfiguración que El Archipiélago Gulag devela, induce a un retorno sobre sí, a una revolución copernicana en la inteligencia de la condición humana… A menos que la resistencia a los fanatismos totalitarios siga siendo todavía una cuestión que nos supera, no nos queda más remedio: ¡Voltaire, Solzhenitsyn, el mismo combate!
Traducción del francés: Daniel Riquelme, 2001
- Los textos de Michael Foucault , Gilles Deleuze, etc. están reunidos en una colección de la época. (S. Boucasse, Faut—il bruler les nouveaux philosophes, 1978?
- Jacques Derrida, D’ un ton apocalyptique adopté naguere en philosophie, 1983
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