La casa helada del pensamiento / Rodolfo Cifarelli

A Martha Lavin

1

Flechas borrachas de oro atmosférico sorteaban el vidrio roto de la ventana. No había más que una sala circular con paredes de estuco y piso de salón de baile, limpios, sin marca alguna. El exterior de la casa era de hormigón y su techo redondo, levemente elevado, de entretejas cobrizas.
–A la casa helada del pensamiento uno entra y espera –dijo el loco.
Entré y esperé escuchando atentamente si se mezclaban pasos de hombre entre los sonidos de mis inhalaciones y exhalaciones y de las frondas de los árboles que las brisas enmarañaban y desenmarañaban.
Nada.
Entré y esperaba.
Era su segunda casa, dijo, antes de recitarme una y otra vez el recorrido para encontrarla.
–Salís por la cuadra de tierra frente al andén oeste de la estación, dejás atrás las vías, vas por la continuación de cuadra de tierra, cuando ves el cartel abollado de Ferroquina Bisleri doblás a la izquierda, por esa calle vas, estrecha y con más baldíos, puede salirte al paso algún perro chusco, tenés la pistola para tirar al aire y si no te hacen caso, a las patas. Quinientos metros y empieza el bosque, no torcés el rumbo, no, bien derechito vas, y en quince o veinte minutos la ves.
Acto seguido, me dio el sobre para el dueño de la casa helada del pensamiento.
–Una nueva dimensión para la humanidad depende de esta carta. Se la das al dueño. Gracias, hermano, gracias a vos, a Benjamin Compson y Vardaman, a Slumberland y Little Nemo, a los demonios tibetanos danzando en la llanura que soñé una noche de verano y a Chuck Berry. No hubiera querido ponerte en este trance, pero no hay nadie más confiable que vos para llegar a donde hay que llegar y yo ya no puedo. No te preocupes por mí, las Madres de la Creación ya raspan en sus cabelleras de diamantes las flautas que preceden al Satori Absoluto.
Calló apretándome la mano, y no hubo un último suspiro ni tiempo para que yo supiera una mínima seña del dueño de la casa a la que debía ir.
Lo velamos en el comedor y transportamos el ataúd a pulso las diez cuadras hacia la fosa del camposanto. Arrojé mi terrón de tierra, volví a casa, a nuestra habitación, me cambié de ropa, preparé un bolso de cosas mínimas para supervivencia, saqué provisiones de la cocina y me fui a la casa helada del pensamiento sin avisarle a papá y mamá, que lloraban en silencio consolados por otros deudos. Sería ese un crepúsculo frío cruzado por cantos de chajás y llantos y mate cocido con tortas fritas.
Nadie me vio salir.

2

El preludio decisivo para que la vida del loco fuese un mapa de enigmáticos gestos y escritos ocurrió cuando a sus cuatro años leyó de corrido y con perfecta dicción, una línea de un ejemplar del Rig Veda que encontró tirado en un montoncito de basura, en la esquina frente a casa, junto al cordón de la vereda de la municipalidad.
–¿Lo habrá desechado algún bibliotecario vitalicio –se preguntaría años después– tras haberlo robado de la biblioteca, con la irritación lógica por haber creído que era el Kamaladhiplava? Gran misterio.
¿Quién sabe y quién puede jurar –lalínea que desató, literalmente, el big bang mental de loco– cómo, cuándo y dónde surgió la creación?
El loco la leyó y se curó inmediatamente la tartamudez y el miedo a la oscuridad. A la semana escribió sus primeras en los espacios en blanco de Vosotras o Radiolandia: Mamá me mima y me mira/Papá no me mima y me mira/Me como las hormigas porque son ricas no porque son hormigas/Las hormigas se comen todo/Las comemos por eso a ellas/¿Si se comen a Papá hacemos una fiesta?
En casa se preguntaban si era un genio o si lo habría poseído una fuerza demoníaca o no. A la luz de la luna, el niño meditaba en posición de loto durante horas y horas, en silencio con los ojos cerrados de frente a la ventana abierta de nuestra habitación. Se le permitió leer, a partir de los diez años, de la biblioteca familiar, no muy amplia aunque generosamente híbrida, lo que quisiera, obras como Martín Fierro («comparable al Rig Veda), Gulliver («genial, fácilmente aplicable a papá y su jefe»), El Crimen de las Figuras de Ceraestos son crímenes, no las bestialidades que leemos en los diarios o vemos en la televisión»), Fin de semanaCorín Tellado es inferior a Ada Miller») El corsario negro («soberbia»), Ivanhoe («insufrible»), Veinte mil leguas de viaje submarino («sicalíptica»), El cielo no tiene favoritos («no es Sin novedad en el frente, pero zafa»), Mujercitas («una bobada deliciosa»), En poder de Barba Azul («torpemente amarga»), El miedo de vivir («una antítesis fastidiosa de Freud»), Recuerdos de provincia («escrito por un Franklin constipado), Muchachas sin besos («obtusamente costumbrista»), Inocencia trágica («alguno copiará el argumento para un film y hasta podría ganarse un Oscar»), y así, sumadas estas a otras, que mi evocación ya no registra, aquella masa fulgores entrañables fueron la nutrición elemental del loco. Agotada esta biblioteca familiar, días antes de su undécimo aniversario, el loco escribió sus primeras fábulas.
Todo esto me fue contado por él, porque yo nací cuando el loco terminaba la escuela primaria, período en el que daba sus primeros pasos como un samurái desaforado en las bibliotecas tanto escolar como municipal. En algunos casos también como raptor desaforado, valgan algunos casos –o ejemplares–: La interpretación de los sueños, Crónicas marcianas, El sonido y la furia, Sudeste, Teorema, Pálido fuego, Confesiones de una máscara, Viaje al fin de la noche, La filosofía del futuro, La reina de las cárceles de Grecia, Sólo ángeles, El discurso del método, Sartoris, Qué significa pensar, Cobra, Una galería de espejos, La noche bengalí, Siberia blues, El ocaso de los ídolos, La cabeza contra el suelo, Tres tristes tigres, Canaima, La República, Otras voces, otros ámbitos, Historia natural de la religión, La novela de un joven pobre, Walden, Hojas de hierba, Una luz muy lejana, Los presocráticos, y un kilométrico catálogo de hurtos asociados a los que cité, que le valieron amenazas de prohibiciones y denuncias, sin penalidad alguna, por una sólida razón: papá era el secretario privado vitalicio del intendente vitalicio.
La escuela secundaria del loco aportó otros incidentes menores –sus composiciones sobre la vaca eran novelas de cien, ciento veinte páginas, sus discusiones con las profesoras de lengua y literatura llegaron a conatos de agresiones, por parte de ellas, no del loco–, y una ambigua compensación para la familia y las autoridades del colegio: un soneto de su autoría, Santo Tomás, el último arapaima, obtuvo el primer premio en un concurso interregional, que consistió en una insulsa pareja textual: Platero y yo y Ramón y yo. El loco no leyó ni uno ni otro, y aprovechó un asado en el fondo de casa para quemarlas. Al terminar quinto año –el loco jamás fue aplazado en ninguna materia, aunque era vago en Educación Física–, ya no quería salir de su habitación.
Nadie en casa sabía bien qué hacer con él, así que se dejó librado a los días y las noches algún evento que lo indujera a abandonar la incesante escritura y el encierro en la habitación, que interrumpía para ir al baño y cenar en el comedor mientras miraba absorto, entre un bocado y otro, las bobadas que desfilaban en la pantalla del televisor.
Una solución, según mi padre, pudo haber sido llevarlo al criadero de sirenas, donde había un plantel que abarcaba desde señoritas veinteañeras e sesentonas aun apetecibles, todas duchas en las artes íntimas de tratar con la libido ajena. La hipótesis que haría entrar al loco mundo adulto de putañeros bucólicos provocó la escandalosa reacción de mamá que rompió un plato de loza contra la cabeza de papá, que de allí en más no propuso nada que tuviera que ver con desencajar al loco de la habitación.
Cuando le comenté aquella hipótesis, el loco, al borde de un ataque de risa, le habló al lápiz al que le estaba sacando punta:
–Nada de eso, mi táctica es vivir y morir como un asceta imperceptible, alimentando mis convicciones de los brotes ígneos de la mansedumbre de la vida pueblerina.
Escribía en libretas, cuadernos, agendas, en los márgenes de revistas, diarios, almanaques y guías telefónicas. Una noche, papá o mamá o ambos –mientras yo dormía en el cama de arriba y el loco en la de abajo- incautaron y quemaron en el fondo de casa, estúpidamente, los escritos para desanimar al loco, que ante tamaña afrenta buscó y rebuscó sus escritos, y al no encontrarlos, convencido de haber caído víctima de un «complot inmundo», se dedicó serenamente a escribir en las paredes de la habitación, en las palmas de sus manos, muslos, antebrazos y mejillas, hasta que agotados los espacios en blanco, salió de su claustro a escribir, siempre serenamente, las paredes del pasillo, aunque no llegaría a las del comedor. Poco tardó en estacionar la ambulancia frente a casa. Cuando le pusieron el chaleco de fuerza, el loco no opuso resistencia, pero se quejó que le ajustaba en la cintura y pidió por el sastre de la familia para que se lo aflojara. Dadas las circunstancias, los dos fornidos enfermeros le explicaron que, lamentablemente, esa posibilidad no era contemplada en sus procedimientos. El loco pataleó, pero se le pasó enseguida.
Dos veces por semana Mamá, papá y yo íbamos a visitarlo a una pequeña fortaleza en las afueras del pueblo, que al atardecer resplandecía como una maqueta de terracota a punto de derrumbarse en su propia luz.
–Mis vacaciones en esta caverna cuasi platónica –decía el loco–, son más lujosas de lo por mí previsto, y me asombra, para bien, la armonía con la que aquí se combinan ciertas supersticiones médicas de fines del siglo XIX y ciertos trucos de feria londinense de la misma época.
Regresó cuando una primavera lluviosa moría a pesar de la savia que destilaban los álamos del fondo y el primer día en casa, con un rictus de ansiedad ineluctable, se reencontró con sus lápices y cuadernos, y observándolos, alisándolos con las yemas de los dedos, lloró en silencio, apretando los dientes, como lloró Fierro cuando murió Cruz. Pasado ese momento de redescubrimiento y emoción, Papá le avisó, como si se estuviera dirigiendo a alguno de sus opacos súbditos, que bastaría un cuarto de letra en las paredes, que en su ausencia habían sido pintadas de pulcro blanco mate, bastaría un punto del tamaño de la cagadita de una mosca que no fuera de una mosca para mandarlo no ya a la pequeña fortaleza de las afueras del pueblo sino a una gran fortaleza en la gran ciudad. El loco consintió en que el planteo era justo y razonable. Al principio, como decía que sí a todo, incluso a la prescripción psiquiátrica de escribir una sola hora por día, estimé que el loco había pergeñado una estratagema oculta cuyos rendimientos aflorarían muy pronto. Y no fue así. Poco tiempo pasó desde su regreso para que vinieran días en que, indeciso y confuso, garabateaba palabras sueltas por unos pocos minutos o no escribía nada. A esta fase de escasez la continuó una peor: desmayos, vómitos y alucinaciones en las que actuaba en el Wissenschaft, modesto circo de la llanura, como el payaso Poguito, que contaba chistes un poco obscenos -en mi opinión- a los infantes, u oía a Brenda Lee cantar Sweet Nothings, a capella y desnuda en el comedor.
El médico de la familia ordenó internarlo urgentemente en el sanatorio municipal, donde le hicieron análisis y radiografías. El diagnóstico fue rápido y catastrófico: un mal incurable se había extendido desde la sangre a huesos y órganos vitales. Tras un mes y medio de internación, los médicos del sanatorio resolvieron que recibiera los últimos tratamientos en casa.
Sus últimas palabras escritas, las que contenía la carta, supongo que las empezó antes de la internación y las terminó cuando ya dormía casi el día entero como un esqueleto viviente. Siete valijas de cartón con candados -las llaves cuelgan en una cadena de plata en mi cuello junto a una cruz celta- recopilan sus textos, collages y dibujos a lápiz sobre papel cartoné.
–A esas jaulas abiertas entrará cualquier espíritu preparado para una real meditación en el Huerto de Getsemaní. Entren uno o miles, el Dharma no alterará ni una brizna de cometa de sus mecanismos. Todo está planeado, hasta el zumbido de ese mosquito que me está rompiendo los cojones desde hace exactamente quince minutos. El primero que entrará a esas serás vos. Te dejo esa tarea. Leé y juzgá qué pájaro merece vivir o no.
No le dije que era una tarea excesiva para mis neuronas ni que no había un solo mosquito en cien kilómetros a la redonda.

3

Como no pude destrabar la cerradura de la puerta de encina con las ganzúas, probé pegándole con golpes de hombros y patadas, y, antes de terminar desmayado, usé la culata de la pistola y rompí el vidrio de una de las cuatro pequeñas ventanas, idénticas y hexagonales, de la casa en un solitario claro de luz ocre.
Me preguntaba cuándo diablos el loco vendría a esta casa en este sector del bosque, y no recordaba un solo momento en que se hubiera ido de casa por medios propios. No digo que mintiera, digo, nada convencido, que la única posibilidad es que el loco saliera subrepticiamente y viniera cuando todos dormíamos.
La casa trocó abruptamente en cápsula sepulcral en la que Morfeo se resistía a rozarme los párpados, y cuando conseguía dormir una o dos horas el loco observaba con los prismáticos de papá, subido al mirador del manicomio una lluvia de cometas rojos en plena noche argentina. Fuera de esos sueños, los días rodaban sobre mí, circulares sus recuerdos que sonaban como la agonía de un cisne de cristal. Yo era y no era Lázaro, Lázaro era, más que yo, el dueño de la casa, pero que no resucitaba. Traté de no desesperarme, a veces pensaba en irme y renunciar a la misión, pero me sentía un canalla que negaba a un hermano. El punto era que las provisiones se me agotaban y yo olía a gato muerto, que debía salir a hacer mis necesidades a un costado de la casa y no había ni un mísero riacho donde bañarme. Me había obligado a cumplir con el loco, pero la cosa se ponía cada vez más difícil.
Una mañana, tras haber cavilado largas horas de la noche entre irme a casa y volver con más provisiones, desperté y una nena, a menos de un metro de mi rincón, me miraba, con los ojos muy abiertos y los brazos cruzados sobre el pecho. Antes de ponerme en pie alcancé, cosa de no asustarla, a esconder la pistola bajo la campera.
–¿Vos rompiste la ventana? –preguntó ella; le dije que sí–. Qué suerte. Yo nunca me animé. ¿Y para qué entraste?
No dije nada. Ella rondaba observando detenidamente las paredes buscando quién sabe qué o sólo sobrellevando sabiamente mi silencio. Tendría diez años. El vestido de algodón blanco, sucio y arrugado y el poncho de vicuña que le cubría los hombritos eran de otra época, como las sandalias rojas y las medias tres cuartos azules. El pelo rubio lucía descolorido, como una peluca robada de un daguerrotipo.
–Esta casa siempre está cerrada –se respondió, muy seria.
–Debe tener un dueño.
–¡Esta casa es una porquería! –rió–. ¡No hay nada!
–Es que es la casa helada del pensamiento.
No le dio importancia a ese alegato decididamente antojadizo.
–Y vos, ¿vivís cerca? –le pregunté.
–Más o menos. ¿No querés venir a casa? Así por lo menos te das un baño.
–Espero al dueño de esta casa.
–Nadie viene acá, ya te lo dije. Venís, te das un baño, te damos provisiones y volvés. Y si el dueño llega, que te espere él a vos.
Era lógico aceptar esa propuesta. Dejamos atrás la casa y el bosque, se abrió un campo con arroyos dispersos, a pesar de los pozos de años luz que nos separaban, la voz del loco, un éxtasis de ausencia y presencia, me corrió en la sangre, libre como el dolor puede serlo. Irene vio mis lágrimas, y su respuesta, cándida e inolvidable, fue apretarme durante un instante la mano mientras sonreía con la melancolía de una mujer adulta que había vivido miles guerras y muertes. Después de aproximadamente una hora de marcha hacia el este llegamos a la zona de las primeras casas del pueblo vecino al mío. Era la primera vez que estaba ahí. Avanzábamos y todo era igual y distinto, y, con la guía de Irene, tras atravesar callejones con rampas donde hombres fornidos empujaban cajones y paquetes hacia las cajas de grandes camiones que los tragaban como pacíficos monstruos marinos, desembocamos en una avenida céntrica dividida en dos carriles por un bulevar de cactus secos. El amanecer batallaba sin prisa ni piedad sumergiéndose en los charcos y el césped remojado, y yo, por esas revueltas de la mente, me pregunté por qué nuestra familia jamás había salido de nuestro pueblo excepto para ir a ver al loco y me respondí que, como el loco afirmaba, el magnetismo del terruño es una maldición para algunos vital y necesaria.
–Estamos por arribar a nuestros aposentos –dijo Irene cuando tras cruzar la calle empedrada pisamos la vereda de una diagonal de tilos altos que proyectaban una sombra cenicienta.
De las casas de frentes seudorenacentistas emanaba las dulzonas reverberaciones del dormir de desconocidos en sus vacíos refugiados hasta donde se pudiera de pesadillas. Ella saltaba los charcos luminosos, giraba, sin marearse, como un trompo, y al cruzar hacia otra diagonal, dijo que estábamos llegando.
Y llegamos. Debajo de cada torreta lateral de la casona se extendía una pequeña terraza con su escalinata de mármol de doble rampa, en el frontis, sostenido por cuatro pilastras agrietadas y recubiertas de musgo ennegrecido, una mano experta había grabado: Ea res tibi emolumento erit.
Irene abrió, con una llave que sacó de su pelo, la puerta de la verja de hierro fundido oxidado, la guardó en el pelo, subimos la escalinata –a sus costados tierra seca desde muchos años atrás-, sacó otra llave, más grande, también del pelo y abrió el alto portón principal, que empujó sin esfuerzo. Pasamos a un hall enorme de piso ajedrezado en el que flotaban ondas de murmullos que parecían venir desde un teatro secreto, aunque no había ningún teatro y sí tres salas iguales, derruidas, cementerios de polillas y escarabajos bombardeados por inofensivas esquirlas de yesos del techo. En sus muros había cuadros apenas visibles de batallas y cazas del zorro, de puentes turbios sobre ríos aún más turbios, de damas y caballeros mirándome con poses de qué mira usted muchachito desarrapado, confundiéndome con un sobreviviente de Waterloo o Caseros.
La cuarta sala, con un piano de cola y una araña gigante colgando del armazón oxidado de una moldura del techo, era la más grande. Irene me dijo que ya volvía. Un rato después, mientras me adormecía sentado en un sillón polvoriento y comodísimo, me pisó suavemente el pie y me dijo que el baño estaba listo. Me señaló una pequeña arcada en un costado de la cuarta sala y allí fui. Irene había preparado todo en cuestión de pocos minutos. Me sumergí en la bañadera humeante para tres o cuatro personas. Me había dejado las ropas secas y planchadas y el calzado de un jardinero que había muerto hacía veinte años, como me diría luego: un pantalón de lona negra, una camisa escocesa gruesa, saco de cuero de cabra, calzoncillos largos, medias de la lana y un par de botas de cuero marrón sin uso.
Cuando estuve vestido salí del baño con la ropa sucia en las manos. Irene me dijo que la dejara en el baño y que fuéramos a la planta superior de la casona. Devolví la ropa sucia al banquito del baño y la seguí hacia el piso superior por la ancha escalera de mármol, evidentemente construida por el mismo arquitecto de la escalinata, hacia el corredor de cinco puertas cerradas y una sola, la de la derecha al final del corredor, abierta.
Le pregunté qué había adentro de las habitaciones cerradas.
–Espejos –respondió Irene.
–¿Y en la abierta?
–Vení.
Ella entró primero, yo después. Las velas apagadas, dispuestas alrededor de una enorme cama con molduras versallescas, en el centro de la habitación, hedían a templo abandonado. En la cama, como una escultura renacentista, clara en su visión e insondable en su percepción, se hallaba una mujer de sesenta años o más, recostada, mirando un libro de tapas de cartón desgajadas, con un vestido largo negro y viejo, de escote cerrado, muy flaca, pecas en las mejillas y en los párpados, pendientes en las orejas, pulseras en los tobillos, anillos en todos los dedos de las manos y de los pies, los dedos huesudos, venosos, recubiertos por una piel tostada y reseca; su cara, bellísima, era la que tendría Irene en su vejez, quizás recluida en la misma cama, en la misma posición, con el mismo vestido.
Luego de mirarnos alternativamente a los intrusos de su reposo, la anciana fijó los ojos en Irene:
–¿De dónde sacaste a este muchachito, nena?
–Estaba en el bosque buscando la casa helada del pensamiento.
–¿Vos?
–No, él.
La anciana le besó la cabeza y le dijo que saliera de la habitación. Irene salió dando saltitos sobre una cuerda imaginaria.
La anciana me miró, muy dulcemente:
–A Padre le gustaba la vainilla, a Madre y a mí el chocolate con almendras. Era la mejor casa de helados de la ciudad, Padre no escatimaba nada para nosotras.
–No, señora. La casa helada del pensamiento.
Permaneció en un aura impenetrable de largo silencio, al que le puso punto final diciendo, dubitativa:
–Estoy tranquila, parecés un buen muchacho. Si fueras él ya nos hubieras matado. La nena es un animalito astuto y está al tanto de los peligros del bosque. Lamento que no escuche mis consejos para que no vaya tanto por ahí, pero recuerdo que a su edad no pocas veces traspasé yo misma los límites de la autoridad de mis mayores.
–Perdón, señora… No vine a matar a nadie. Estoy de paso. Irene me invitó.
–Qué buenita es. ¿Irene? ¿Quién es?
–La nena. ¿No es su nieta?–Ah, sí, sí. Irene. Pobrecita. Hace años nos quedamos solas. Sus padres murieron jóvenes en una epidemia de gripe. Es como si no hubieran existido. La crié como a una hija recordando a mi madre y a mi padre, pero con mucha menos severidad –se sentó ágil y rápida en la cama–. A Irene le gusta bordar y dibujar y yo le enseño. Yo bordaba y dibujaba muy bien, pero la artritis me fue quitando las ganas. Mi madre me decía: Tu deseo no se concede a menos que no sea un deseo, tu deseo se concede si creés en él. Pero mi deseo era que el tiempo no pasara, un poco desmedido, ¿no? Nací en este hogar cuando lo gobernaban las guindas en flor y las voces de la calle, que era entonces la única empedrada de la ciudad y la más concurrida por vendedores de pan, pescado, gallinas, monitos, conejos y mariposas. Lady Thompson, de la casona de enfrente, me regaló uno de esos monitos que un día me mordió y papá lo degolló. Con Doris, la hija mayor de Lady Thompson, tomábamos el té con masitas. Su padre y mi padre jugaban, en nuestro atrio, a las cartas con los soldados muertos, entre botellas de anís de mandarina y habanos holandeses. Eran unitarios y federales, reunidos amistosamente, papá y Mister Thompson eran civilizados bussiness men. Tuvimos el primer fonógrafo y los primeros discos que llegaron a esta ciudad. Odié a Caruso desde el primer momento y me encantaba el fox trot. Los soldados muertos, muy respetuosos, afeitaditos y peinados, asomaban antes del atardecer y partían antes de medianoche. Papá era muy melancólico, todo el tiempo recordaba el resplandor de las hojas de eucalipto al atardecer en los recodos del camino, los patos que revoloteaban en la laguna, los inmensos conos de aluminio que detrás de la estación acopiaban miles de huevos crudos y revueltos. La pasta salía en ferrocarril al puerto de Buenos Aires y luego a la India, para que los legendarios cocineros del Valle de las Flores la usaran como revestimiento de los manjares más exquisitos en las mesas de reyes y príncipes de Oriente y Europa. Papá era mi dios. En sus años finales se la pasaba leyendo a Aristófanes, mientras se excedía con una mezcla de depurativo Richelet y petacas de whisky de centeno. Uno podría hablar siglos sobre esa época en que ciclos y cielos se correspondían –calló un instante y luego habló con un tono confidencial–: ¿Vos podés darnos una manito?–En la medida que pueda, cuente conmigo, señora.
–Es un favor simple. Nos tenés que acompañar a pasear un ratito por el bosque. Cargaré con mi arcabuz por si las moscas.
–No se preocupe, estoy armado.
–¡Gracias a Dios que Irenita trajo a un hombre como los de antes!
Una voz de una cajita de música canturreó fuera de la habitación: London bridge is falling down, falling down. London bridge is falling down, falling down. falling down, falling down.
Cuando la voz dejó de sonar, ella me preguntó
–¿Has venido otra vez para morir otra vez?
–Que yo sepa, señora, nunca morí.
–¿Nunca? –se sorprendió.
–Nunca –me sorprendí.
–El río del olvido está al norte. No cruces ese río. De este lado una muere y renace, del otro lado de ese río, no. Lo sabemos por las cartas naturales y astrales. Eso decía la bruja de la ciudad, muy exitosa ciertamente, que contrató a un famoso arquitecto de la capital para construir esta casona. Mi padre, despreocupado de las habladurías sobre esa mujer, compró la casona cuando vino a instalarse desde Buenos Aires como inversor y supervisor del ferrocarril. La mujer se retiró a vivir al bosque a una casita hecha con restos de meteoritos. Una noche, dicen, enloqueció y salió desnuda a caminar por el bosque iluminándose con un farol de kerosene. Terminó como un montón de trizas. Nació la leyenda, que para mí no lo es, del asesino del hacha, un habitante inmemorial del bosque. Nadie conoce su origen, es una bestia que brota y se evapora como el humo de un fogón en una noche húmeda, salta como un mono desde el suelo hacia las ramas más altas de los árboles y repta como una culebra de río. Dos meses hará que unos perros encontraron los huesos de una mujer que habría ido al bosque a recoger hongos. La cantidad desaparecidos es para algunos alta o para otros no, siempre desaparecen en el bosque. Por muchas estaciones, después de haber muerto Padre, vivimos aterrorizadas en esta casa. Madre decía todo el tiempo que si bien en la ciudad el asesino del hacha no había matado a nadie siempre hay una primera vez. Pues muy bien, muchacho, es más o menos la historia. ¿Podrías ahora salir unos minutos que quiero vestirme?
–Sí, señora.
Al estar el pasillo vacío, bajé y fui de una sala a otra. La busqué en el baño y en la cocina, enorme, con tres viejas cocinas y una mesa larguísima. Irene se habría escurrido hacia un escondite previsible en semejante casona. La cajita de música berreaba unos segundos y se interrumpía, quizás ella era la que la accionaba. Al regresar al piso superior esperé sentado en un sillón sobre el que colgaba un cuadro con la foto en sepia de un general incierto. La anciana, como una aparición repentina, caminó hacia mí vestida de cazadora de zorros y perfumada como una condesa veneciana. El rubor en sus ajadas mejillas la rejuvenecía, le daba un aura de muñeca gringa recién lustrada.
Irene nos esperaba al pie de la escalera. Ella también se había cambiado de ropa. Se había puesto un vestido escocés cerrado hasta el cuello, se había atado una pañoleta roja a la frente y sus botas blancas relucían tanto como sus cordones violetas. Me dio el bolsón de provisiones ante la mirada beneplácita de la anciana.
–Qué buena es Irenita, se porta como yo me portaba con los soldaditos. Las guerras nunca terminan.
Hicimos por la ciudad el mismo trayecto que habíamos hecho con Irene desde la salida del bosque a la casona. Pero torcimos el rumbo que conducía a la casa helada del pensamiento. Descendimos con el terreno hasta que nos detuvimos a pocos centímetros del borde de un cráter de unos veinte metros diámetro y de una profundidad similar.
–Llegamos al hoyo del meteorito, qué felicidad, hacía tanto que no andaba por estos territorios –dijo la anciana–. Gracias, linda. Gracias, joven.
La anciana se había agitado tras media hora de marcha. Irene desanudó mi mano del brazo de su abuela, se puso a sus espaldas y, nada violenta, la empujó. La anciana perdió el equilibrio y aunque estiré la mano para retenerla, el cuerpo rodó por la pendiente cóncava como un ovillo que se desarmaba a medida que iba cayendo, y cuyos fragmentos se fundieron en el fondo fuliginoso del cráter.
A mi costado, Irene, antes de que le dijera nada, se plantó firme.
–Ella va a volver, en breve. Ella decía: «Somos golondrinas con el iris del culito roto moviendo las alitas quebradas, el vuelo duele y como duele nos revive.» Es así, me lo dijo ella, y yo le creo. Y ahora, chau. Volveremos a vernos o no. Cuidate del asesino del hacha.
–Vos lo mismo, por favor.
Se alejó dando saltos como una coneja mientras yo miraba hacia el fondo inerte del cráter.

4

Volví a la casa helada del pensamiento antes de que anocheciera. El silencio del bosque resonaba como el carburador de nuestra camioneta 1970. Me instalé lejos de la ventana rota, encendí una de los velones de las provisiones y despegué cuidadosamente el sobre. No soportaba, aunque consumase una indigna violación de correspondencia, omitir el contenido de la carta, una hoja doblada en dos mitades y manuscrita con esa letra excelsa que con los años fue adquiriendo el loco.

Estimado Maestro:
Dada la circunstancia en la que me involucró el llamado «destino», me involucré de lleno en apurar estas opciones -humildes puntos de partida- del pensar antes del pensar, que pongo a su inequívoca consideración: a) El infinito cala y calla. b) Calla, todo abierto, su reino de sombras radiantes. c) Calla, mientras sus bordes todo calan, sin abrirse, cegados, sus bordes, sus bordes de su reino de sombras llameantes. d) No calla y no lo escuchamos. e) Abierto desde siempre, ES desde SIEMPRE. f) Se evade de la contemplación y viceversa (pero ¿cómo evitarlo? –tema a debatir por usted y sus discípulos).
Suyo, perpetuamente.
Su discípulo estoico.
P. D. 1: No me arrepiento de nada. El arrepentimiento es la piedra basal de la moral de los bárbaros sifilíticos de quienes descendemos, que mataban sin piedad, que violaban sin piedad, que torturaban sin piedad, y luego hacían la enmienda por homicidio, violación y tortura ante sus fofos confesores. La enmienda era así trucada en la habilitación moral para crímenes futuros.
P.D. 2: ESTAMBRE: 1. Hilera, columna, ringlera, rosario. 2. Tirria, aversión, repulsión. Filamento I. Del lat. filamentum < filum = hilo. 1. (sustantivo masculino). Cuerpo filiforme. 2. (sustantivo masculino). Hilo resistente que se pone incandescente al encenderse una bombilla.

Guardé la carta en el sobre y apagué la vela. Nada entendí de lo escrito por el loco. Pero yo era un simple cartero que esa noche dormiría con la pistola en la mano, aunque eso no sirviera de mucho si al asesino del hacha se le ocurría visitarme.
Dormí viendo al loco hablándole a mi madre desde el trasmundo: «No necesitaba que viniera la noche para ver los oropeles felices de tu pelo, reflejos de Andrómeda, truenos en Sirio, no necesitaba oír el ruido de tus tacos en la galería ni soñar con las sotas derretidas de los naipes que se intercambiaban papito y el imberbe indestructible de su jefecito, no necesitaba sentidos ni reflexiones para llorar por cuánto sigilo encubierto en la salubre viscosidad de aquellas noches invernales, saciadas de cantitos impetuosos de los cascarudos de la llanura, que te rodeaban cuando con paños helados aliviabas mi fiebre, ciego y desnudo en la gracia de la desgracia, ahora, libre, libre, libre, soy el humo sucio de los campamentos indios aniquilados soy el vagabundo de la desolación de cualquier prosperidad soy el que despierta antes que todos para admirar la estrella de la mañana. Sin saber me diste los zumos del soma, cuidaste de la ignorancia y otras violencias paternas.»
Cuando desperté, aunque no había amanecido y el interior de la casa tenía menos luminosidad que el fondo de un pozo, advertí de inmediato que alguien rondaba pegado a una de las paredes. Encendí el velón y nos vimos. En una mano blandía el hacha de mango de piedra y filo recto y centelleante, en la otra mi pistola.
Su voz era la de una mascarita, ridícula o fingida:
–No existimos para el universo, señorito, somos sus tumores, sus anomalías, sus virus verbales imposibilitados de dar sentido a una sola sílaba.  Yo limpio el universo.
–Limpiar es… ¿matar?
–Es quitar la basura del medio. Es una misión como cualquier otra.
–No se puede matar en un lugar sagrado como éste.
–¿Sagrado?
–Estamos en la casa helada del pensamiento.
Miró graciosamente alrededor y dijo:
–La casa vacía del pensamiento.
Babeando de sus propias palabras de vencedor indubitable, ahogado en una sonrisa lúbrica, navegaba en quien sabe qué perspectivas de sangre cuando la explosión invadió en la casa y su cuerpo dio una estrambótica cabriola, antes de chocar la cabeza contra la pared que resultó un sonido de quiebre letal. Otra explosión lo levantó del piso, y lo elevó sobre la pared, como a un títere barato, y cayó de rodillas, los ojos abiertos en ese congelamiento de muerte y sorpresa. Por último, cayó de boca, como una bolsa vacía. Dos considerables orificios en la espalda surtían chorros calmosos de sangre.
El enano saltó por la ventana, aferrando la escopeta humeante, y me apuntó:
–Quieto –dijo.
Se acercó al muerto, le quitó el hacha de la mano y se la ajustó debajo de un grueso cinturón de cuero. Observó luego mi pistola debajo del codo doblado.
–¿Es suya? Este animal no usaba más que el hacha.
–Sí, es mía.
La pateó hacia mí y la tomé cautelosamente.
–Y bien, compañero, -dijo el enano, marcial-: La carta.
–¿Usted es el dueño?
–Soy un enviado del dueño.
–La orden que porto en mi conciencia es dársela al dueño.
–El Maestro se ha reunido en otro lugar del bosque y me envió a mí. No está disponible todo el tiempo. Le aseguro que su deseo era venir y conocerlo.
–¿Usted es uno de sus discípulos?
–No –sonrió avergonzado–. Soy un obediente servidor. Le prometo que no bien pueda el Maestro se comunicará con usted.
–¿Cómo se comunicará conmigo?
–Como se comunicaba con su hermano.
–¿Y cómo se comunicaba con mi hermano?
–Se dará cuenta al instante de que el Maestro se comunique con usted.
Le di la carta.
–Cuídese y regrese a su hogar con la satisfacción del deber cumplido –dijo el enano y volvió a saltar por la ventana con la agilidad de una liebre.
Liberado, salí de la casa helada del pensamiento y caminé en dirección contraria a casa. ¿Por qué había tomado esa dirección? Porque intuía que iba hacia el mar, al que vería por primera vez en mi vida. No mucho más tarde su olor crecía, me llenaba los pulmones de soledad e inmensidad, y cuando vi la masa imprevisible de olas y espumas, rodé por los médanos como un niño. La playa desierta se asemejaba a mi idea de paraíso; pero, se sabe, los paraísos no existen, y tal certidumbre me la confirmó una silueta, a lo lejos, extática, que se dibujaba baja y gruesa en la panorámica de mar grisáceo y cielo blanquecino.
El viejo me había visto caminar hacia él, pero ni me dio la hora cuando me paré a hablarle.
–¿Hay pique, jefe? –le pregunté.
Tardó un minuto en responderme, malhumorado:
–Poquísimo.
–Usted debería tener un submarino, jefe –admito que pensé en el loco cuando se lo dije.
–¿Qué decís, pibe? –giró su testa lechosa y me echó una mirada nefasta.
–Que con un submarino pescaría de a toneladas.
–¿De qué ratonera saliste vos? –rió, sarcástico.
– Vine nadando –señalé hacia el mar– desde el submarino del capitán Nemo. En vez de comer tallarines con estofado de pollo, comíamos fideos de merluza con estofado de delfines.
–No digas pavadas, che –el tonito matón del viejo me enervó súbitamente–. Mirá, loco de mierda, tomatelás que me espantás a los peces, rajá, che, rajá o te meto la caña en el culo.
–Mil disculpas, jefe.
Hice como que me iba, volví sobre mis pasos, y a patadas en donde él amenazó meterme la caña, lo puse de cabeza en la cresta de una ola, con caña y todo, y salí corriendo. Me había alejado cientos de metros y el viejo me insultaba a los gritos, lanza en mano.
Subí y bajé médanos, penetré en un bosquecito y tras andar entre los árboles largos minutos vi la curva de una ruta angosta a través un claro. La crucé. Lomas bajas se sucedían unas tras otras. Transitaba, me dije, el prólogo exiguo de la pampa. Vagué esquivando remolinos de hormigas voladoras. Las estrellas fugaces me acompañaban, los grillos cantaban en las puntas de mis dedos un himno letárgico sobre el brumoso y sinuoso azar de toda vida. ¿Qué hacía en esa zona? ¿Era por el loco o por mis ansias de romper la maldición vital? Había perdido el camino a casa. Andaba a campo abierto, sin árboles ni aguadas.
Preguntando se llega a Roma, decía mi mamá, pero allí no había nadie a quién preguntarle nada. No había sino desierto hasta que una arcada de mármol refulgió en esa nada, una arcada solitaria, extraña, una puerta a quien sabe dónde. Y no sin aprensiones, la atravesé, porque no había visto otra cosa durante horas de caminata, y pronto vi la rotonda con el césped cortado que rociaba desde su centro un aspersor girando regularmente. Alrededor de la rotonda, no lejos de ella, había casas dispersas iguales a la casa helada del pensamiento. Las calles habían sido asfaltadas últimamente y el alumbrado de gas de sodio las iluminaba a medida que yo avanzaba. Dependía de mí la iluminación, lo que esto encarnaba para sus creadores no lo sabría de ninguna forma, pero era la primera vez que estaba inmerso en tal fenómeno lumínico mecánico. Me acerqué discretamente a algunas ventanas. Nada más que sombras que no tapaban del todo el interior de las construcciones; y esos interiores, para mi desconcierto, eran también iguales a la casa del bosque.
Di vueltas por una y otra calle. Las casas, las rotondas y sus aspersores y las luces de sodio se multiplicaban sin cambios. Me senté en el cordón de una vereda. Ya no podía más. No era tanto el cansancio físico sino un aturdimiento incontrolable. Me había rendido. Era mi fin. Perdido, desaparecido, y no por el asesino de hacha. Y, sin embargo, cuando creí que no saldría de allí, un rayo impactó en el horizonte y vi la arcada relumbrando como una antorcha en el final de un túnel subterráneo.
La dejé atrás y caminé hacia la Cruz del Sur. No tardé en apreciar dos figuras, tomadas de la mano, que se acercaban aureoladas por una neblina intocable para los primeros zarpazos del amanecer. Eran Irene y su abuela. Entonces me desvié hacia el oeste. Regresaría a casa y abriría las jaulas del loco. Hablaría con sus pájaros, los pondría sobre mis manos, les abriría la ventana para que salieran a los vientos del Dharma.
El sol aleteaba desde un horizonte aún tenue, y no tan lejos ladraban las jaurías rezagadas de la noche.

Rodolfo Cifarelli , 2026
Ph / Shomei Tomatsu Protest, Tokyo1969.