Una lectura de Zelarayán mi abuelo, de Pablo Aranda

Por Imanol Hammurabi Rodríguez Mac Lean
Presentación Zelarayán mi abuelo de Pablo Aranda (Ediciones la yunta, 2025)
Escuela Normal de Paraná, miércoles 9 de julio de 2026


Presentar un libro es jugar a hablar la lectura. Sería una tarea sencilla si entre sus tapas se escondiera, agazapado, un texto. Pero en este caso, como si estuviera frente a una tetera, tengo que hablar de un té con limón. Me vendieron lechón pero era jabalí. Y yo compré. Sabiendo que es negra la letra como oscura la carne del chancho salvaje, yo compré. Si siempre me anduve comiendo el verso. Algo que parece que le pasa a Pablo al escribir sobre Zelarayán. Le dijeron que era un escritor pero era su abuelo. Como un gurí resentido, le hace al otro lo que le hicieron a él. Si a vos te embromaron, embromate, pero por lo menos, embromá alguien más. Eso ha de ser el lenguaje como virus que le decía Burroughs. Eso ha de ser cuando te pica la literatura o para decirlo con Pablo un habla que se propaga.

Zelarayán mi abuelo es un libro que contiene un escrito de 27 páginas. Tapa de tres colores: verde, negro y blanco. Metido en la serie narrativa de Ediciones La Yunta. Otro autor de esta serie: Raschella, que es el editor junto a Riquelme y Cesario. Atrás, una contratapa de la francotiradora Estrin. Atrás de la contratapa: un índice en blanco: no-hay-cadáveres. En una solapa, una bio de Pablo, una bio del Zela y un nombre: Olbap Adnara. Año de publicación: 2025. Buenos Aires.

Ahora si queremos jugar el juego de Pablo, tenemos que decir que el libro es de tapas suaves. Que al arrastrar el dedo por las páginas la impresión tipográfica no tiene relieve. Lo encuadernado debe pesar unos cincuenta gramos y el olor es a un papel bastante genérico. En mi ejemplar, sobresalen del lomo unos hilos blancos que podrían ser la cola de un tordillo muy diminuto. Usando otro sentido que no sea la vista, el libro se vuelve un objeto diferente; si se lo lee con otra estrategia que no sea el cálculo, el libro se vuelve un sujeto diferente. Cuando estamos en el baile de la parla, todo puede ser otra cosa: un partido no es solamente un partido, una rama es una espada y la ficción un pedazo de nuestra historia.

Si aún no queda claro lo que estoy diciendo, tírenme un vaso de agua: Zelarayán mi abuelo es un libro infantil. Infantil en el mejor sentido del término, que es el sentido verdadero. Lo que pasa es que ese sentido verdadero se les escapa a muchos adultos y creen que la escritura infantil está en “Composición, tema: La Vaca.” Pero el asunto está en otra parte. Pablo mezcla, siente, se enreda, juega, copia.

Si vamos al comienzo del libro, empieza con un chichón. Un libro que cae en la cabeza y agarrarse a las trompadas con aquél que lo sacó de su siesta: casi una escena que podría salir de Alicia en el país de las maravillas. ¿Es el libro, Pablo, Zelarayán o su abuelo al que hay que agarrar para que no acogote, para que no malmate? Pero además en este té con limón quien narra pone la Piel del Caballo en el suelo, la da vuelta, la patea. Es un libro sensorial y no hay que olvidar que estos son juguetes con los que los bebés se bañan. Libros de tela o plástico que aguantan los embistes de los dientes de leche, los vómitos, la baba, la tierra, el pasto y la infinita serie limitada que puede recorrer una infancia.

Una cita: El cuerpo está ahí. Siempre está, el nuestro y los otros. Personas, objetos, voces, olores, temperaturas, texturas, contundencias. Es desde el cuerpo que nace el misterio y el deseo de descifrarlo. El libro promete o no promete goces, despierta o no sospechas, esperanzas, lanza sus anzuelos desde la tapa, desde su peso, su forma, sus colores, sus dibujos. La voz revela o esconde, sobresalta, seduce.

Ha sido así en los comienzos, cuando las palabras eran solidarias con las cosas. Todos tuvimos un instante de cuerpo a cuerpo, algún hueco en la almohada, un atisbo de libro de tapas rojas. La memoria de esos cuerpos, aunque abrumada por el escombro, todavía nos pertenece. Claro que es más fácil jugar el juego del amo y del esclavo que hacer silencio y dejar que se abra la memoria.

Esta cita, tan cercana a la cabeza está en el cuerpo de Laura Estrin, pertenece a Graciela Montes, la autora de La Frontera Indómita y El Corral de la Infancia, como también de Irulana y el Ogronte o A la sombra de la gran cuchara. A ojo de buen cubero, una de las mejores pensadoras de la literatura en nuestro país. Elegida como estrella señera para seguir el rastro caracolero de Pablo en Zelarayán mi abuelo.

No es azaroso tampoco que el Zela haya publicado (lo cual para el viejo era un montón) el Traveseando. Su libro para todo público. En esos poemas tan acertijantes o adivinanceros, la cercanía con el desparpajo del lenguaje corcoveante nos envía directamente a la sonrisa. Es que el lenguaje, para quienes gustan de él, para quienes lo palmean como a un perro bien macizo, sólo causa un mover la cola. ¿Quién no ha sido sorprendido por la picaresca tan tirafondeada en nuestro país? El libro de Pablo atestigua esto. El punto donde Zelarayán y el abuelo se dan la mano es ahí, en la lenguajería. El resto es provocación de escritura de un libro (que es y no es este). ¿Se escribe una sola obra?

Bueno, al hueso de este sujeto va la Montes cuando dice:

El lenguaje de los primeros años —es fácil atestiguarlo— resulta caprichoso, personal, intenso, cualquier cosa menos un lenguaje oficial. Hay en él un bello, y bellamente inconsciente, desparpajo.

Pienso también en que Pablo ha canalizado dos diccionarios. En 2015 el de Palabras y frases de la costa santafesina, que tuvo muchas ediciones; y el Diccionario de Palabras y frases de lxs nativxs digitales publicado en 2024 por editorial CG. ¿Un OULIPIANO santafesino? Si sabemos que el diccionario es un instrumento de la infancia de la humanidad. Se usa en los primeros años lectores para buscar palabras como pito, caca, culo, teta, pis y reírse a carcajadas o sonrojarse por la vergüenza y sentir culpa. Los que siguen teniendo un aire infantil lo usarán para jugar con la literatura, otros jugarán a inventarlos, como Pablo. Los más extraños lo usarán para jugar al amo y al esclavo con las palabras y sus significados.

Hablando sobre uno de estos diccionarios, en una entrevista en el diario El Litoral de Santa Fé, Pablo dice que se pierde en el camino como Kakashi Hatake, el lector más importante y por quien conocemos las novelas eróticas del autor, también japonés, Gama Sennin Jiraiya. Esto trae otra veta de gurí. En el lenguaje, oral o escrito de Pablo, todo se mezcla. Los límites se difuminan bastante. Zelarayán puede ser un familiar, el abuelo sin libros, una biblioteca. Un mito de la literatura argentina, un amigo. Un antepasado, una nación. Tanto así que en una parte del libro, donde se narra la historia de Zelarayán y del abuelo, los párrafos van dibujando un contrapunto que al comienzo del movimiento, hace que se nos arme un frugal mbojeré. Estoy siendo reiteretante: estos son los síntomas de alguien que tiene todavía la lanceta de cuando le picó la literatura.

Si uno lee Zelarayán mi abuelo, sabe que pretende ser un libro sobre el recuerdo. Pablo no deja de repetirlo. Al punto de que casi épicamente se pronuncia como aquel que recuerda frente a los otros que inventan, imaginan, cambian. No hay escritor, hay nigromante. Está esa locura de que si seguimos de forma tan minuciosa un camino de migajas vamos a llegar a una casa de caramelo. Si leemos tanto Zelarayán vamos a poder abrazar al abuelo.  Pero la trampa es que todo recuerdo es cuento. En este bendito país a aquél que miente se le dice cuentero y algún viejo habrá dicho que los recuerdos son pantallas. La única forma de abrazarnos al abuelo es en sueños y es una bendición. La locura de la escritura es empecinarse en soñar algo dos veces.

Traigo para cerrar una última cita de la Montes

Sucedió en ocasión de mi visita a un jardín de infantes. La maestra me había invitado pensando que a los escuchadores de cuentos —y sus alumnos eran especialmente ávidos— podía interesarles conocer a una persona cuyo oficio era precisamente el de fabricarlos.

Cuando los tuve delante (eran extremadamente pequeños: una salita de tres años) pensé que sólo podíamos encontrarnos en el contar. Y, un poco con la idea de que experimentamos juntos esa “fabricación de historias”, les propuse que construyéramos un relato entre todos. Aceptaron con entusiasmo. Sugerí empezar por una nuez. “Había una vez una nuez…”, así empezaba el cuento. A partir de ahí ellos siguieron arrojando, con la mayor naturalidad, todo tipo de delirios. Yo me limitaba a elegir los que me parecían más llenos de posibilidades narrativas, e hilarlos someramente en el lenguaje. Finalmente resultó una nuez que estaba llena de agua en lugar de estar llena de nuez. En el medio del agua, una isla. En la isla, un señor. El momento dramático no tardó en llegar: alguien rompe la nuez, el agua se derrama, el isleño queda sin protección. Y luego los rescates que surgían simultáneamente desde un montón de cuenteros a la vez, y que eran en general de este tipo “Yo me lo llevé a mi casa”, “yo tengo una tacita que puede servir para que viva el señor en su isla”, “yo lo pongo en otra nuez…”, y así muchos más. Cuando el desorden, que iba en aumento junto al entusiasmo, llegó a su punto más alto, dimos por terminado el cuento, con uno de los finales que más adeptos tuvo. Estaban muy contentos, y más contentos se pusieron cuando la maestra les dijo que ya podían salir al arenero a jugar.

Mientras los demás salían, una niñita muy seria, que había participado poco pero había seguido con gran atención todo lo que se había ido diciendo, se me acercó y en voz baja, casi como quien pide que se lo haga partícipe de un secreto, me preguntó: ¿Y dónde se consiguen de esas nuez?

Ya vieron mucho la galera, ahora les muestro el conejo. Pablo es el abuelo de esa niña. Gracias.