Para sobrevivir a un espejo oscuro / Liliana Ponce

Canción del sobreviviente
Alfredo Rosenbaum
Ed. Hilos Editora
Buenos Aires, 2025

… voces que llaman del pasado
“Yo era” que saluda a “Yo soy” que escribe “Yo seré”

                          “Puesta de sol. S.S.Azemour”, Allen Ginsberg

“Me siento en la puerta de mi casa/a verme/como quien mira pasar el cadáver de su enemigo”. Así comienza “En los reflejos del agua leve”, la primera de las cuatro partes que componen el libro de poemas de Alfredo Rosenbaum Canción del sobreviviente. Los versos reversionan el conocido proverbio popular, de incierto origen, que dice: “Siéntate en el umbral de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. Un dicho que a medida que avanzamos en la lectura, va cobrando más sentido. Indica tal vez un pedido de paciencia o ruega por una serena espera, porque el orden del universo se vengará finalmente de la injusticia, del dolor perversamente infligido.

En las sucesivas y breves estrofas, el agua es soporte de escenas en las que, como suele ocurrir en los sueños, el durmiente se desdobla y a veces es quien se mira a sí mismo, mira su propio cadáver: “Ahora se va/se va mi cuerpo muerto/¿adónde? ¿hasta dónde?/ Yo me quedo mirando/ como un árbol a un río marchito/ mirando/ cómo pasa y se va”; y a veces es quien observa objetos, restos, arrastrados por el flujo de esa agua persistentemente leve: “Guantes, pieles, mortajas: todo me cubre…”

“Ahora / que mi cuerpo muerto/ ha emprendido su propio viaje/ comienzo a ver lo otro…”, dicen otros versos, y ese “ver lo otro” resuena como tomar conciencia, no solo del otro como sujeto diferente, sino de aquello que nos fue ocultado, que era verdad pero por ceguera, quizás involuntaria, no vemos, o no nos animamos a ver.

El agua es representación de múltiples significados. En su Diccionario de símbolos, Cirlot la explora como fuente de vida y regeneración. Pero también puede ser, como expresa Bachelard, símbolo de lo transitorio: tiene un cuerpo, un alma, aunque es inestable y huidiza. Y cómo no pensar desde estos versos en la imagen del agua donde flota la Ofelia de Millais, silenciosa y trágica representación de la muerte.

En esa corriente de agua suelo, de agua escenario, aparece una niña. En un momento, el sujeto poético la sienta en sus rodillas: “Ahora la niña/ sobre mis piernas/ es un teléfono que hace sonar sus propios timbres”. Y ahí, tal vez, otra clave del sentido de lo que ocurre en este cuadro onírico y opresivo: “Senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga”, había escrito Rimbaud. Ahora los recordados versos desplazan su objeto: la Belleza es la niña que sostiene un teléfono de plástico inútil, como instrumento simbólico de la palabra y del lenguaje, pero con su imposibilidad de comunicación, su áspera mudez.

En ese río fantasmal surge también un niño: “Un niño cruza el umbral/ y en esa levedad cree que nada sucedió”. En un nuevo desdoblamiento, el yo poético ahora es un niño, pero distanciado de la natural inocencia, que ha perdido indefectiblemente: “No hay un niño dentro de mí./ Ni siquiera/ hay un niño dentro de mí”, lamenta.

A partir de allí, todos los versos se van embebiendo de perturbadoras secuencias y de mensajes que recuerdan heridas de las que se es, en realidad, un sobreviviente. Sobrevivir para seguir siendo, a pesar de ser escombro o trozo de una mutilación, el mismo, mantener la identidad. “Me envuelvo en el disfraz del odio/ en el disfraz de víctima de monstruo del desprecio/ que oculta sus cicatrices”, afirma.

Los poemas de la sección “Entre el perro y el amo” parecen exponer la paradoja de la relación entre lo humano y lo animal –paradoja que incluye la naturalizada alegoría del poder y el dominado: el hueso que se arroja en la fantasmagoría del afecto y su ambigua respuesta, oscilación entre el apego amoroso y el temor a la dentellada. En estos versos, Rosenbaum logra un velado símbolo del juego dialéctico del amo y el esclavo, con sus trampas de condescendencia y el oculto deseo de liberarse, finalmente, de quien somete.

Una tercera sección, “Por la ciudad “, incluyen los poemas de ‘El hospital se desvanece, yo’, ‘En otra ciudad’ y ‘Pasos de un hombre sobre un puente’.

‘El hospital se desvanece, yo’ convierte a este en un espacio de observación. Para describir “Este travelling/ esta especie de hospital de las memorias”, como enuncia el yo poético –donde hay camas, heridas, vendas–, los sentidos se amplían. Las imágenes ya no son solo visuales, sino que incluyen el sentido olfativo –los olores del alcohol, el formol, la sangre–, y los rastros auditivos, en su presencia –ruidos y voces –, o su ausencia –los silencios de los que desaparecen y se convierten en anónimos e ignorados: los enfermos y el propio sujeto poético: “un bulto soy”, dicen los versos, para nombrar la cruda alusión a ser ya apenas un cuerpo muerto.

En ‘Pasos de un hombre sobre un puente’ aparece la construcción que posibilita ir de un lado a otro. ¿Qué busca? ¿Qué desea ese hombre que no tiene valor para arrojarse acompañado por un pequeño pájaro? Una voz acogedora invita a la verdadera salvación: “Vayamos de puente en puente/ diciendo sí diciéndonos amor”. El amor reclamado no parece ser el de los amantes sino el que emana de un corazón, como el lazo de unión entre el hombre y la máquina que Fritz Lang propone al final de Metrópolis –lazo aún ausente en el mundo. Sin embargo, ese pájaro que acompañaba al hombre sólo busca sobrevivir, y la botella lanzada sin mensaje es otra señal de que aún no hay respuestas.

“Un valsecito” es la sección que cierra el libro con reiterados elementos  –los huesos, la fosa–; el ritmo de sus versos, como pasos musicales de una danza, amortigua con el diminutivo de su título, lo trágico y su oscuridad: va de lo siniestro a lo irónico, del dolor a una escenificación cercana a los fastos de la Catrina, o a la antigua Danza de la Muerte. Y en mirada alerta también, aciagos de la historia argentina –hacer desaparecer, ocultar la identidad, se homologan con la certeza de la finitud humana, como lo hicieron la poesía y el arte en la Edad Media.

Las partes de Canción del sobreviviente, aunque diferenciadas, se integran y conforman un libro donde sobresale la representación de los espacios: el río, la ciudad, el hospital. Y esta característica responde, probablemente, a la percepción artística de Rosenbaum, con amplia trayectoria en el campo de la dramaturgia, su creación y su enseñanza.   

Canción del sobreviviente invita a varias lecturas: aborda lo existencial, la angustia y la alienación del hombre contemporáneo, su soledad y la libertad embozada, sobre todo a través de su metonimia: el propio cuerpo, que se percibe como objeto externo, vivo y muerto, se convierte en niño, domina y es dominado, o es herido y sanado. Pero también los poemas se insertan en lo político, tanto en la cercana historia argentina con indicios y referencias simbólicas –“En la noche del país”, “en la fosa/ en la fosa común”, dicen unos versos de la última parte– , tanto como en la política en su definición filosófica: una forma de ver el mundo, una forma de pensarlo e interrogarlo. La posible puerta de salida será la palabra, nos dice el poeta, siempre la palabra, y ahí el poema, en sigilo, la voz más potente.

Liliana Ponce
Agosto 2026

Ph / Humberto Rivas Flor (1988)