A veces me pasa que entro a una librería buscando un libro específico, lo encuentro, lo pago y me voy. Otras veces no tengo tan claro lo que quiero así que me pongo a deambular mirando lo que hay en las mesas de novedades, reviso estantes, me dejo llevar por los títulos, abro libros que me llaman la atención, hojeo, miro y remiro y puede pasar que entre las páginas de un libro cualquiera, de golpe me encuentre con una frase que me toca de un modo que no puedo explicar, una mezcla de promesa y recuerdos, algo me dice que me lo lleve y, sin pensarlo dos veces, lo compro. La decisión de partir rauda tiene que ver con evitar la posibilidad de arrepentirme del impulso y por otro lado con una cierta urgencia por hundirme en las páginas de ese libro desconocido que llegó a mí por la atracción que me produjo quizás una única frase como el canto de una sirena. ¿Será todo bueno el libro o solo vale esa única perla que me tocó de manera misteriosa?
Esto fue exactamente lo que me pasó con el libro de Nadia Gómez. Primero me llamó la atención el formato, es un librito largo y apaisado con las hojas agarradas de un espiral de alambre negro y que se pasan hacia arriba en lugar de hacia el costado. Abrí una página al azar y leí: La desidia es como un polvillo que se nota sobre todo en los bordes de las cortinas largas, cuando entrás en una casa que tiene las puntas de las cortinas sucias, te das cuenta de que ahí hay tristeza.
Chau, listo. Me lo llevé.
En un determinado momento de su vida Nadia Gómez tuvo la idea o sintió la necesidad de crear un club. Un club es una asociación de personas con intereses comunes que se dedica a actividades de distinta especie. Algo como juntos pero haciendo cosas diferentes. Lo interesante es que lo que creó Nadia Gómez es un club de paranoicos y en mi experiencia esto es una rareza difícil de encontrar porque los paranoicos suelen andar solos, solitos con su paranoia a cuestas, desconfiados y esquivos, mirando a todos de costado.
Voy a decir una verdad de perogrullo: cada paranoico –como cada persona humana- conserva su singularidad pero se pueden establecer algunos rasgos compartidos con otros. Los paranoicos interpretan señales, son suspicaces, proyectan, atribuyen, escuchan con muchísima atención y perspicacia, desconfían, esgrimen razones, cuentan, repiten envalentonados, se empecinan. Los paranoicos establecen nexos, conexiones, generalmente desconocidas hasta para ellos mismos, tiran de los hilos, miran las costuras.
Nadia Gómez pertenece al club de los paranoicos, esos que tienen el oído súper desarrollado y hacen foco en el detalle.
Busco información sobre ella en google pero no encuentro nada de su vida, no hay fotos, no sé quién es ni qué hace ni cuántos años tiene. No sé por qué imagino que es joven. Encuentro que escribió un primer libro editado por Palabras Amarillas que se llama Bichos raros y ahora éste segundo libro: Paranoia Club – Notas Urgentes. Acá Nadia construye treinta y cuatro fragmentos hilados con lo que el oído paranoico pesca de lo que sucede alrededor y la mano anota en ese librito alargado y finito que se parece a una libretita para anotar la lista de compras del supermercado.
¿Cómo encadena estos fragmentos? A través de hilos.
Cualquier frase sirve como disparadora:
lo que dice una prostituta disfrazada de Evita,
lo que dice un locutor radial amedrentado por las totas y porotas
o una china harta de la pereza argenta.
Lo que escucha en las mesas de alrededor de la suya en un patio de comidas,
lo que ocurre en una reunión familiar repleta de conspiraciones incorregibles,
en una escuela, en el aula, en la sala de maestros, en los baños, en la dirección, en el patio.
Lo que lee en una revista científica,
lo que se dice y se dibuja frente a una psicóloga en un preocupacional
o en la guardia de un hospital,
lo que mira en la tele,
lo que registran las cámaras de seguridad,
lo que escucha en la calle.
Hay voces: un director, una vice, una maestra, unos chicos, un representante sindical, un taxista triste, un ex combatiente, un médico, una hermana, un compañero de trabajo, una madre, una enfermera, un hijo, etcétera, etcétera, etcétera. Todas esas voces mezcladas con sonidos: las frenadas de los autos, el silbido del tren, el timbre del recreo, las campanitas que delatan el ingreso a un local, un pogo en el piso de abajo de un bar en San Telmo, la plegaria desangelada de un cuchillo desafilado contra la rueda (y el afilador le da cuerda a este feriado irremontable), Ute Lemper canta una canción de cabaret en la televisión, el parloteo de estudiantes en una clase pública en la calle por facultad tomada, los ruidos dentro de un cuerpo gestante.
Una frenada fuerte y todos los bizcochitos se caen al suelo.
Igual ella sigue, anota en su libretita de supermercado siglas UTIFA, CETERA, FONID, YPF, anota apellidos: Peluffo, Longa, Poplawski, Choi, Rivera, Camargo, Cassinotti, anota nombres de tribus: incas, coyas, guaraníes, tobas, arapesh, tchambulis, mundugumores, aimarás.
Con todo eso que anota Nadia arma su trama, tira los hilos. La astucia es granular en las palabras una naturaleza vasta, vivificarla como una sensación física. Las palabras deben pasar del oído a la boca, ser saboreadas ahí, masticadas, mordidas, sorbidas, besadas antes de ser escupidas.
Escribís, no sabés cómo te puede pegar, escribís.
Esa urgencia por anotar de Nadia Gómez es lo que me gusta.
Esa tensión en el cuerpo mientras el calor regurgita, urge.
La búsqueda de ese punto que se escapa, no quitarle los ojos de encima, hacer el esfuerzo por penetrar en las cosas a la manera paranoica, ¿por qué no?
Una madre miente durante treinta años: tiene un punto negro instalado en el iris, niega esa mancha que se agranda, hace todo lo que hacen las madres durante años y años hasta que la ceguera de uno de los ojos se hace total y ese punto negro se convierte en partícula de materia extremadamente densa que explota, y de esa explosión misteriosa surge un universo entero. Big Bang. Gases, colores, materia convertida en energía, agujeros negros que chupan, que se tragan todo. Mundos paralelos. Hay una consigna: pensar tres palabras que nos descubran a los ojos del otro. Hay trampas. Un policía dispara a medio metro en la plaza de los dos Congresos y te deja con los ojos casi sin ver. Están los ciegos y los que no quieren ver y se hacen los boludos, está la pareja de la señora que intenta abrir un sobrecito de azúcar con dos muñones y vuelca el polvo blanco sobre la mesa ante la mirada indiferente de su esposo. El hilo sigue: unos espiados se sienten bien porque alguien los mira. Existen, sean criminales o imbéciles, qué importa, alguien posa la mirada sobre ellos y eso les alcanza para sentirse bien. Pero también existen esos que al ver un punto, rápidamente lo convierten en el carozo de un problema insoportable y convierten ese punto en el motivo de una desdicha. Se empecinan. El síndrome de provocar en el otro el punto que lo desestabiliza.
Este es un ejemplo de algún hilo del que se puede tirar. Hay muchos más. Todos los hilos que no se ven como hilos pero están ahí, esperando a ser manipulados, cruzados, desenrollados.
Dentro del librito hay turros, psicópatas, insatisfechos, impiadosos por todas partes. Hay diabéticos, tumores, leucemia, ciegos, hipoacúsicos, mujeres sin manos, pijicortos. Hay crueldad, ternura, indiferencia, esperanza, confesiones. Hay vida.
Los paranoicos te sueltan sus verdades, te las zampan en la cara sin anestesia. Anoté algunas:
Devenimos capaces de ir contra nosotros mismos.
No ocurre nunca abrir la billetera y encontrar los papeles en el momento preciso en el que se tiene que mostrar una documentación ordenada.
Hay una diferencia entre violencia y crueldad.
El amor es algo que vuelve a empezar.
Anublar significa que anochece sobre el campo.
El estilo es flotar sin esfuerzo.
Las estructuras se tuercen o se modulan aunque las preguntas sean las mismas, o el orden importe, parece que hay un sentido que emana fuera de la suma de las partes.
Los sentimientos no se discuten.
Las cucarachas negras tienen una sabiduría prehistórica. Agachan las patas y se hacen las muertas. Vos te vas y se van caminando lo más bien. Por eso lo que hay que hacer es reventarlas.
La Argentina es una vieja puta a la que vienen violando todos los gobiernos.
¿Qué es la soledad? Una hormiga sin casa. Una aguja sin hilo. Lo más lindo que existe.
Lucía Mazzinghi, Buenos Aires, 2026
Ph / Tatsuo Suzuki, Behind The Window, 2014