Reconstruyendo a Batato / Irene Gelfman

VIDEO PROJECT
Clown, travesti, literario. Reconstruyendo a Batato.
Pinta BA Foto / La Rural, Buenos Aires
Domingo 25 de octubre, 17 hs.
Curaduría Irene Gelfman

Salvador Walter Barea no dejó una obra en el sentido habitual; dejó un personaje: «Batato». El nombre nació en el Clú del Claun, a mediados de los años ochenta, fue su invención más duradera, y una que construyó a la vista de todos. Su figura creció durante la primavera democrática, cuando el under porteño floreció en los sótanos y se inventó sus propios lugares y códigos.

Antes de que nadie lo clasificara, él ya se había nombrado como «clown travesti literario». Esta definición reúne tres desplazamientos inseparables. El payaso desarma la autoridad de la escena; lo travesti interrumpe la obligación de coincidir con un género fijo; lo literario convierte la palabra en materia corporal y performática.

Esa construcción empezaba por presentar un cuerpo. Batato construía su figura y su vestuario a partir de los restos y desechos de la ciudad; más tarde intervino su propio cuerpo luciendo senos que, lejos de ocultar, exhibía como una elección. Pero Batato no se travestía para representar correctamente a una mujer: hacía visible la artificialidad de toda corrección. Su cuerpo no confirmaba una identidad estable; la ponía a trabajar.

Sería injusto, sin embargo, quedarse solo con la provocación. Debajo del grotesco y el desparpajo, las performances de Batato guardaban una ternura insólita. En medio del ruido de los sótanos bajaba la voz para recitar poesía, y muy especialmente a las poetisas que amaba: Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Marosa Di Giorgio. En performances como Las poetisas, les prestaba el cuerpo y la voz, las traía al presente con una delicadeza que contrastaba con el estrépito de alrededor. El payaso se volvía médium, y la ternura, su forma más honda de homenaje: una manera de insistir en que la emoción y la belleza también podían habitar el under.

Batato hacía arte instantáneo, performances y «numeritos» de pocos minutos, sin escenario fijo ni libreto, en el Parakultural, en Cemento y en el Rojas. Nada de eso estaba pensado para durar. Lo que sobrevive, hoy, es su imagen: las fotografías, los videos y las apariciones televisivas que lo registraron.

Él le prestó la voz a las poetisas que amaba; hoy son las imágenes las que le prestan la suya a el. Mirarlas es asistir, una vez más, a la construcción de un personaje y comprobar que sigue en pie.

La exposición no busca fijar quién fue Batato; propone seguir como continúa apareciendo en el presente a través de una fotografía, una serie, en una frase, en un cuerpo que se desvía, en una prenda, en una risa, en un objeto absurdo, en una poesía dicha fuera de lugar. Nunca llegamos a ver a la persona verdadera detrás del personaje Batato, el tiempo no lo permitió. Lo que sabemos es que Batato fue la persistente invención de una forma de presencia: una manera de estar en el mundo sin aceptar que el cuerpo, el género, el arte o la identidad deban permanecer quietos.

Esta exhibición es posible gracias al Archivo Batato Barea (Seedy González Paz) y a la galería Cosmocosa.

Ph/ Retrato de Batato Barea / Alejandro Kuropatwa, 1990