
Un recuerdo, en los cafés de doscientas mesas, la agitada pandilla de la orquesta: los doce titulares epilépticos, seis negros, seis pálidos: la salvaje, sincopada nenia del tango, acre, desesperado, auténtico: y el tintineo de una cucharita caída.
Un recuerdo, entre el vaivén de los camareros y de sus sifones, las sueltas sombras de la noche, la gimiente languidez del serrucho, las aceitunas, las papas fritas en el platito de la picada del San Martín: los carozos que quedan.
Luego las luces, después de la cena, de los teatros Sarmiento y Rivadavia, como arcos combinados de espléndidas, fatuas estrellas sobre el vaivén de los humanos: las faldas, las piernas, los billetes del Loto anunciados a todo pulmón por jóvenes harapientos en la vereda frente al teatro: los diarios de la noche, La Razón, El Progreso, El Diario. El tranvía 148 que lleva al Parque Japonés.
Una lejana y elísea dulzura: El Barbero de Sevilla cantado en italiano por Don Bartolo, Don Basilio, por el Conde de Almaviva y por Fígaro: en noruego por Rosina. Luego, de repente, gorjeaba “soy una víbora, soy una víbora”, con su “r” inefable, ¡estupenda y querida criatura! ¡Cuántos besos merecía!
Yo llevaba en la valija un Hamlet de muy buen gusto, mercado en la Librería Inglesa gracias a Ruggero Ruggeri.
Un recuerdo: el Mafalda, buque de migrabundos destinos: (después se fue a pique en la soledad y el horror). La hélice había pulsado dieciocho días, transfiriéndome de las cosas y las personas añoradas a la llegada a Buenos Aires, con pasaportes y certificados. Se descartaba que fuera tuberculoso. O sifilítico.
Había consumido aquellos dieciocho días en compañía de algunos señores de muy evidente puño, con gemelos de oro y malaquita: envueltos cada uno en una nube suya, elegantísima, semidioses perfumados con Coty, depuestos por el Océano en una silla de mimbre. Detrás de sus ojos fijos, una “voluntad tenaz” de poder y deseo. Algunas veces, de tan fijos que estaban, aquellos ojos me parecían abstraídos en la extensión del océano; detrás suyo, la voluntad devenía persistencia física, circulación, respiración, digestión, obra del cólon ocupándose de los cafés con leche, y, en lo más alto de todo, el perdurar de un cerebro despoblado. Eran especuladores de terrenos, o comerciantes de ferreterías: personajes, en suma: por más que los camareros genoveses los llamaran número 45, número 127. “¡Una limonada con hielo al 45!”, escuchaba gritar cada tanto más allá de las vísceras de los corredores y en dirección a la cripta del bar.
Allí, desde tiempos inmemoriales, el barman ocupaba el nicho consagrado al culto de los nombres de las grapas en inglés, oficiando con seriedad implacable el rito de las sonrisas, los chorros de soda, las exquisitas atenciones. En los intervalos del sacerdocio, era un refunfuñón de un barrio de Génova. “¡Un cherry-brandy al 127! ¡Un whisky and soda al 128!”
Mi interlocutor habitual, el 45, llevaba, sobre un torso y piernas de almacenero, camisas y puños de seda, de una blandura lúcida, meliflua: revestido de fronda nueva en el esplendor renovado de cada mañana. A menudo estaban cerca su señora y sus bellísimos hijos.
Inmóvilmente sentado en una silla sobre el puente, inmóvil la cabeza, como si padeciera de tortícolis, se acariciaba, usando la patita derecha con mucho garbo y sosiego, los dedos de la izquierda: luego, usando la izquierda, los dedos de la derecha.
Así de minuto a minuto, hasta que resonara el gong del desayuno o el almuerzo. Parecía el senador al que el galo le tiró la barba, profanada e invadida la Curia. Aquí, a bordo del Mafalda, no el galo invasor, sino el camarero genovés; no la masacre, sino la limonada; y la graciosa, meneante huida del frac.
Solía también, el número 45, mirar oblicua y desdeñosamente al aparato limonífero, inquiriendo rápidamente el conjunto apenas llegaba: bandejota y frasquito de plata, vasote, azucarera, pinzas, cristalería, hielo, cándidos flecos de las servilletas.
Todo estaba encajonado en el fasto del más opulento Renacimiento: salones y plafones: Renacimiento: oros y damascos.
Caía la noche. El océano mutaba en gris y ceniza, con reflejos rosados en la garganta de las olas, y luego en lívida salmuera; el cielo se estriaba de sutiles deshilachaduras de púrpura y desolados pensamientos (¡los abismos, mamá!): y hela aquí, en la proa, sobre el puente, la sucinta muchedumbre de tercera clase entre los cabrestantes y caballetes de las maniobras. Enjuagados sus platitos de estaño después del arroz con porotos, se acostaban en la cubierta: cada uno se envolvía en su frazada gris, sobresalían sus zapatos, mayormente amarillos, como de los de quien fuera repescado de los reinos de la muerte y dispuesto sobre la cubierta. Le huían al calor húmedo y al olor de los dormitorios, al goteo continuo y obsesivo de las letrinas rociadas por un eterno gotear de agua.
El Océano quería atemorizarlos. Pero luego se lo olvida y se duerme: se desprenden con el viento las amargas hojas, arrastradas; así andaban estos, tras fortuna y esperanza, dondequiera que pudieran leer la consueta invitación: “tercera clase”.
¡Un recuerdo! Y todo se volverá memoria. Sólo memoria.
Un recuerdo: mamá, el fulgor vertical de los Alpes esquirlados y empapados, coronados con relámpagos.
Ahora el relente interminable del río y las islas verdes. Parecían barcazas inmensas, cubiertas de inútiles matas, de sauces. ¡Ay! ¡Verdecían, verdecían, como ninguno de nuestros verdurieros llegaría a creer! A lo largo de las orillas fangosas, los cocodrilos se adormecían en la eternidad, dormían atontados: en ese sueño, les parecía que debería llegar alguna carroña de caballo, con la panza hinchada como un feliz globo aerostático: las cuatro patas al aire, un cortejo de moscas verdes, más verdes que cualquier verdura. Pero el olorcito no llegaba. Los cocodrilos se hacían ilusiones.
El Río inmenso fluía, como un aguachirle bíblico y diluvial, en el dédalo de las islas bajas, impregnadas de agua. El Arca, con bielas y émbolos, nos llevaba a salvo a la ribera remota.
El ojo se perdía en las nieblas, lagos lejanos. O en aguaceros de lluvia nunca antes vistos, con fulgores fragorosos y dorados en torno al barco: este pato avanzaba plano, planísimo en el caudal infinito, las ruedas chapoteaban imperturbables el oleaje, con ciertos movimientos no se veía ni se entendía nada.
Bajo la quilla, que debía ser plana como el plastrón de una tortuga, aquel jugo de cocodrilo veteaba con una especie de escalofrío mi dulce somnolencia de animal salvado, mi cabeza remojada en la humedad.
Luego, un río más razonable. Se percibieron —o, mejor todavía, se distinguieron— nítidamente las orillas: cada cien kilómetros había un embarcadero, un vago recuerdo de guerras de independencia, de libertadores, de disparos, de banderas, de caballos, de ponchos, de gauchos movilizados con pistolas en la cintura. Había en el aire “progreso” y “democracia” y el recuerdo de un tal Gutiérrez a todo galope.
Pesqué rápidamente al fondo de mi ánimo el bric-à-brac necesario para decorar esos paisajes previsibles. Y helo aquí, después de tres días y tres noches desde Buenos Aires: el embarcadero de Resistencia.
Así me dijeron, pero no vi la ciudad. La mañana era azul y caliente, la orilla color ocre, una pincelada padana. Sobre el piso que servía para el atraque, hombres de rostros verdosos; otros, por el contrario, cafeterosos, vestidos de claros calzones y franelas, descalzos, muy bien plantados.
El auto del director y el chofer con una divisa color avellana y con el gorro en la mano me esperaban. Me llevaron hacia la fábrica, y lo mismo hicieron con las valijas. El auto, un Ford, era una cucaracha de las más pertinaces. Superaba con increíbles sacudidas la pista, como quien dijera el camino o el recorrido, donde no había ni rastro de grava. Mis entrañas de entonces lo resistieron; mejor, se complacieron en el juego: en la planicie sin confines, el enmarañamiento de las manchas, los charcos de las lagunas color café y el vasto aroma de las hierbas: pero allí no ves un guijarro, o una piedra. Las calles, quince, treinta metros de ancho, corren allí como cañadas, con surcos de medio metro de fondo: son rojas, bellísimas hacia el atardecer y los destinos solitarios. Si el huracán las deja enfangadas y las amorata, recuerdan la laguna Mareótide.
Sentí que amaba aquella tierra carnosa, sin confines, desierta como un sueño de costas paradisíacas, vacía de leyes y de vacas: la imaginé poblada por nuestra gente, y trabajo. Muy pronto empezaron a decirme “señor ingeniero”; llegada la noche, me llevaron al parque público, me trajeron gentilmente el diario local. La crónica decía de mi llegada: “Hoy por la mañana a las 10, con el vapor Guarany, ha llegado a esta Capital el señor ingeniero tal y tal”; que, por lo demás, era yo.
El parque público estaba animadísimo; recuerdo haber pasado una hora serena en la noche cálida. Me presentaron al director del diario, al que le agradecí la cortés atención: era de Calabria. Después escuché hablar al dueño del frigorífico, que era boloñés.
Enormes mariposas se daban la cabeza contra los globos de los faroles; del bosque y de las lagunas llegaba el guà-a del sapo, el croar de las ranas: los grillos irisaban el llano y la oscuridad como una melancolía nuestra, que hubiera sido dilatada hasta el estrépito por parlantes de las nuevas Repúblicas. El boloñés decía, decía. Pasaban muchachas y mujeres vestidas en claros colores, preferidos el rosa, el blanco, el naranja pálido. Tienen una piel blanquísima, la estela de sus perfumes se exaltaba en el paralelo 30. Reían, con dientes de mayólica blanca. Tienen ojos muy bellos, muy brillantes, parecen tener el velo de una diafanísima lágrima.
Su caminar decoroso, como cualquier gentileza o elegancia espontánea, me hechizaba, me consolaba. Pero, tal vez, lo que más acrecentaba la fascinación y la dulzura de aquella hora después perdida en la noche, fue la repentina percepción de la soledad: me venía este pensamiento de a ratos, casi a ráfagas, trayéndome un escalofrío de las ignotas sabanas y de los matorrales de los grillos siderales, de los sapos, de la tiniebla de las serpientes, de los cocodrilos. Un tren estaba partiendo desde la estación de la pequeña ciudad con dirección a Buenos Aires: habría corrido impávido y atravesado ríos y llanuras con las ventanillas iluminadas, como un trencito de juguete: el destino se ocupa cruelmente de las separaciones y se entretiene con los trenes de los hombres.
Dominada por los cielos y las soledades oscuras, aquella gente vivía sin espanto en la infinita llanura, vestía ropas decorosas, se ennoblecía con violentos, sudamericanos perfumes: las mujeres tenían chales y bufandas, con largos flecos de seda. Aquella gente creía en las leyes, observaba una costumbre: el director de la policía la vinculaba al lejano Congreso, a la Presidencia de la Nación.
El telégrafo le refería cada noche los hechos del mundo, donde existían patrias antiguas y refulgentes, perdidos paraísos. Aquella gente hablaba todavía la noble lengua del hidalgo, la lengua que en todas partes y más allá de cualquier soledad de la nueva tierra, hacia la nueva esperanza, se habla a Dios.
Tomado de Le Meraviglie d’Italia. Gli Anni. Milán, Garzanti, 1993.
Traducción de Nicolás Caresano.
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