Conrad: Nacer es caer al mar / Claudio Magris

Joseph Conrad tenía doce años y se llamaba todavía Teodor Józef Konrad Korzeniowski cuando, como contaría años después, vio a escondidas a su padre Apollo, gran exponente del patriotismo polaco avasallado por la opresión zarista, destruir sus propios manuscritos. En ese recuerdo, el escritor ve a su padre como «un hombre vencido» que cumple con un acto de rendición. Es probable -observa Richard Ambrosini- que se trate más de una fantasía simbólica que de un recuerdo objetivo; muchos escritos del padre se han conservado y sus funerales, pocos días después de aquella destrucción contemplada por el hijo, fueron una apoteosis concurridísima, en absoluto la despedida de un vencido por la vida.

Cuando Conrad evoca ese episodio, ya hacía mucho que había salido de Polonia, había atravesado como marinero y como capitán los mares del mundo y el mar de la vida -sus tempestades, sus bonanzas, su irresistible encanto, sus torbellinos cenagosos-, y había escrito novelas inmortales en lengua inglesa, que jamás consiguió hablar perfectamente. Pero ese retrato del padre -fielmente rescatado por la memoria o inconscientemente falseado en una reelaboración fantástica- contiene algunos de los sentimientos, obsesiones, imágenes, valores y angustias fundamentales de Conrad: la derrota heroica, el coraje impávido al afrontarla y una oscura vocación por la rendición.

Tal vez nadie como Conrad haya comprendido -y representado poéticamente- que el destino del hombre y la ley de la vida son la derrota y que eso no empaña la grandeza de quien, pese a todo, «no concede demasiada importancia a las cosas, sean buenas o malas», y continúa haciendo frente a la suerte, a los propios errores, a las inquietudes de la propia conciencia, como dice el capitán Giles en La línea de sombra.

Muchos personajes de Conrad son derrotados por la vida, por sus fantasmas o por sus propios principios, por las ambigüedades de la historia y del espíritu. Vencidos están Almayer y Willems, el proscrito de las islas; el capitán Lingard con su idea fija; el capitán Whalley, casi ciego, que había sobrevivido a su mundo y acabó en la ruina por el amor a su hija; Nostromo, cuyo coraje y cuya generosidad poco a poco caen en la red de la sórdida degradación de un mecanismo social que corrompe objetivamente ideales y sentimientos; y, por supuesto, no son vencedores de su propio destino ni de su propio corazón los dos personajes conradianos más grandes, Lord Jim y Kurtz en El corazón de las tinieblas.

Este sentimiento de la vida como derrota nace de un profundo pesimismo conservador que siente el tiempo y la historia como una erosión del propio mundo y de los propios valores (el mar que corroe la nave, la tempestad que la hace naufragar). Hay quien permanece orgullosamente fiel a estos valores, aunque los saben perdidos -o quizá precisamente porque los saben perdidos-, negándose a aceptar los cambios del tiempo, es decir, a traicionar. Conrad, en el fondo, no aceptaba ni siquiera la desaparición de la navegación a vela. La fidelidad, uno de sus valores cardinales, es un angustioso amor por la vida que rechaza su cambio, su paso, su muerte y en esa infatigable dedicación se obstina con una perseverancia similar, a su vez, a la muerte.

Ese sentimiento conservador no cree en progreso social alguno; le parece que la fe en el progreso es una falsificación retórica y optimista o incluso un instrumento ideológico de avasallamiento. Como muchos otros grandes escritores de su época, Conrad, en sus explícitas y muchas veces simplistas declaraciones políticas, es un quijotesco y, en ocasiones, patético reaccionario. En ese sentido, escribe Franco Marenco, Conrad expresa «la gran intuición del alma burguesa, en el crepúsculo de su gran momento cultural, de la inhumanidad y de la descomposición que alimenta dentro de sí el cuerpo social». A sus ojos, la evolución de la historia contemporánea neutraliza y omite los más diversos y antitéticos programas políticos, desde el liberalismo al socialismo y a la revolución, en un mecanismo totalitario que tritura o integra cualquier movimiento individual e impide las alternativas reales con la férrea necesidad del antiguo destino. Pero, precisamente, es su sombrío pesimismo histórico-social el que desvela, tal vez mucho más de lo que él sabía o se proponía, las contradicciones y los abismos de la modernidad y hace de él, a su pesar -como sucede con otros grandes escritores ideológicamente reaccionarios-, un revolucionario desmitificador de las certezas y de las falsedades de las que se sirve cualquier poder.

Según Conrad, el absurdo y lo desconocido desafían al individuo en las distintas circunstancias de la vida y del trabajo cotidiano. Ante ese desafío, en el corazón del hombre hay dos verdades igualmente fuertes: la verdad del «buen combate», como lo llama San Pablo, o sea, el deber de dar sentido a la existencia aceptando ese desafío y permaneciendo sobre el puente de la nave también cuando arrecia el temporal, y la verdad de la deserción, de la rendición y de la huida. Conrad ha sentido y narrado ambas, a menudo con extraordinaria poesía. La derrota de sus personajes no está causada únicamente por la disparidad de sus fuerzas con respecto a las de la vida y a las cosas, sino también por sus subterráneas y a veces sórdidas inclinaciones a la autodestrucción, por una simpatía hacia la sombra y la claudicación, por una negligente complacencia en la indignidad cuyo espejo es el adormecido y exuberante paisaje africano y oriental, malayo, traducido a un lenguaje denso e intrincado a veces como una oscura y húmeda jungla. Sin embargo, el mar, narrado con altísima poesía, es el espejo del desafío, de la prueba y del buen combate.

Conrad sintió con intensidad la tendencia a la abyección que, de diversas maneras, subyace en la conciencia y en el inconsciente de los hombres. La traición de Razumov en Bajo los ojos de Occidente, la cobardía de Verloc en El agente secreto, las oscuras perfidias al acecho en muchos relatos, la crueldad de Kurtz o el momento de vileza de Lord Jim nacen de la verdad del alma humana, pero no por infames son menos reales y auténticas. Conrad comprendió que, en medio del «buen combate», al que muchas veces acudimos con fuerzas dispares, se encuentra, quizá inevitable, el impulso de desertar, de huir, de desaparecer, como ese capitán de Lord Jim que desaparece entre el bullicio de la gente en la costa del Pacífico, como el propio Lord Jim que huye de su propia vergüenza a lugares cada vez más perdidos de Oriente, o como Kurtz sumido en la tinieblas africanas y en las del mal. Desertar no es sólo una debilidad o una vileza moral, es una verdad (una de las verdades) del espíritu humano en el que, según se dice en La línea de sombra, hay una «disponibilidad a ser pero también a no ser», una nostalgia de la materia inerte, un deseo de eliminarse y perderse o incluso, como en Kurtz, de mimetizarse con la abyección. Esta propensión a rendirse, a abandonar el puesto, se descubre, más o menos oculta, también en el corazón de todo soldado valiente que sí se mantiene en su puesto.

Y precisamente por haberse empleado a fondo en sus cuentas con el mal, sumiéndose en la oscuridad de las pulsiones, Conrad puede narrar con grandeza y verdad el coraje y la fidelidad de quien acepta el buen combate, de quien como Lord Jim emerge del fondo de la vergüenza, de quien a pesar de la maraña de sentimientos sabe atenerse a la sequedad de los hechos, resumir con exactitud los avisos para navegantes y guiar la nave, quizá sin gran talento, como el limitado capitán MacWhirr en Tifón, pero resistiendo la furia del mar. Todo es y permanece ambiguo, hasta la piedad, en una obra maestra como El negro del «Narciso»; se puede limitar con la infamia, pero sólo el coraje y la lealtad que se enfrentan al mal pueden comprender su esencia. En El copartícipe secreto, el capitán se identifica con el asesino, su turbio sosias, y lo deja en alta mar, pero él permanece firme en su puesto.

Movido por sentimientos homéricos, Conrad se sumerge en los meandros más cenagosos de la modernidad; es una especie de Kafka sacado al aire libre y a los fuertes vientos marinos, que ayuda a comprender mejor el aire viciado de las oficinas kafkianas. Es un escritor clásico que relata la disolución de todos los clasicismos y de toda pureza lineal dentro de un laberinto donde todo se enmaraña; es un maestro que ha creado estructuras narrativas tortuosas y complejas como la vida que cuentan, recuperando de este modo cierta retórica, un turbio énfasis lingüístico y otros límites de su escritura, confusa, por ejemplo, ante el sexo, como otros grandes escritores «coloniales» quizá asustados por las mezcolanzas y los mestizajes de todo tipo que desencadena el eros.

El mar es, para Conrad, como la vida; fascinación y horror, abandono y naufragio, consunción, inmortalidad, destrucción. Nacer, dice Stein en Lord Jim, es como caer al mar, y es necesario saber flotar en este mar sin fondo. No hay un fundamento sólido donde apoyarse, no hay fe ni filosofías precisas que garanticen la elección y la bondad de las acciones. Como Conrad, quizá nosotros no sepamos por qué es justo ser fieles y leales, combatir más que desertar, pero, como él, de alguna forma sabemos que es justo.

Corriere della Sera,
12 de agosto de 2003
De: Alfabetos / Editorial Anagrama, 2010
Traducción: Pilar González Rodríguez
Ph / Marlos Brando en el set de filmación de Apocalipse Now (1979) por Mary Ellen Mark