Gigamesh.net / Pablo Capanna

Lectura de Gigamesh.net de Stanislaw Lem

 

Un fantasma recorre el mundo: el espectro de Gi(l)games(h). 

Como el Espíritu hegeliano, Gilgamés nació en el Oriente y desde la remota Acadia emprendió su majestuoso tránsito hacia el Poniente. Unos cinco mil años  más tarde reapareció en Polonia, invocado por Stanislav Lem, quien lo hizo irlandés y émulo de Joyce. Años después siguió su curso hacia el Mediterráneo y tuvo por exégeta a Luis Goytisolo. En su marcha solar e irrefrenable, ha llegado al fin a tierras americanas.

Es sabido que Lem tuvo el mérito de ser el primero en señalar la importancia de Patrick Hannahan, el único escritor que había tenido la osadía de remedar a Joyce. Aunque quizás hubiera hecho mucho más que eso. 

Al fin y al cabo Joyce, con su ilegible Ulises, se había limitado a alimentar la morbosidad erudita, convocando a un torneo hermenéutico (sin premios), que ocupó a varias generaciones de escoliastas. En cambio parecería que Hannahan se hubiera propuesto la definitiva superación hegeliana de autor, crítico, editor, impresor y lector, para construir la obra abierta a todos los vientos, inacabada e inacabable.

Notemos que en aquel texto Lem se limitaba simplemente a informar que Joyce había sido superado, con la displicencia que merece una mera recensión o una escueta nota bibliográfica.

Tomando como pre-texto una mera anécdota policial que no excede los últimos treinta y seis minutos de un condenado al pie del patíbulo, Hannahan se había propuesto crear el meta-texto, el inter-texto definitivo y babélico que fuera capaz de dar cabida a todo, desde el saber iniciático hasta las más deleznables irrelevancias. 

Dejando a otros el dudoso mérito de haber escrito novelas en subjuntivo, en segunda persona del plural o conforme al fluir de la conciencia,  Hannahan fue más lejos. Logró perforar las fronteras de lo meramente narrativo y tuvo el atrevimiento de escribir un prólogo que triplica al relato propiamente dicho. No sólo eso: tejió una red de significaciones hipertextuales que se enriquece cada vez que interactúa con sus comentaristas. Desde entonces, no ha hecho otra cosa que crecer.

Por si aun quedaban dudas, Goytisolo nos dio la prueba de que Hannahan existió, o quizás aún existe en alguna parte. También hay que agradecerle su decisiva contribución a la hermenéutica del libro descubierto por Lem, frente al cual no sólo el Ulises sino toda gran literatura queda rebajada a la altura de un folletín.

Semejante desmesura, confesaba Lem hace más de treinta años, sólo cabía explicarla apelando a una audaz estratagema del autor. Hannahan —sugería el polaco—  se había beneficiado con el soporte informático de IBM, que le había permitido abrevar en los enormes recursos de la Biblioteca del Congreso.

Algo sabía Lem de cibernética. Tenía en su haber una  Cyberiada, una Summa Technologiae, y citaba descaradamente a Shannon, aunque en ningún momento a Wiener. Pero cuando hizo su impresionante recensión de Gigamesh, aún todos vivíamos en los viejos tiempos modernos. Entonces recién estaban comenzando a tejerse las primeras mallas de esa WWW que con el tiempo llegaría a ser la Sibila electrónica, el I Ching y la Biblioteca babélica de nuestro tiempo. Ante sus recursos, la ridícula suma de 23 millones de volúmenes con que Lem nos pretendía pasmar, ya no logra que siquiera nos inmutemos.

A Goytisolo, que retomó la pesquisa unos diez años más tarde, le costó bastante trabajo perseguir a libreros y catálogos o hurgar en polvorientos anaqueles en busca de Hannahan, hasta que se topó con una entera mesa de saldos colmada de ejemplares en rústica de Gigamesh.

Mucha agua ha corrido bajo los puentes, para no hablar de las sequías. Vivimos en otro siglo, en otro milenio y en otra era. Quizás haya llegado la hora de volver a emprender la búsqueda del Grial novelesco apelando a  los recursos de la más avanzada tecnología posmoderna: la Internet , el browser, la gematría y el Tarot.

De hecho,  es recién ahora cuando el enigmático título (“Gigamesh”) comienza a aclararse. Si a Lem no se le ocurría nada mejor que mencionar al gigawatt para explicarle a sus ingenuos lectores qué significa el prefijo GIGA de “Gigamesh”, ¿quién no está hoy familiarizado con el gigabyte? Son apenas mil millones de bytes, una brizna de saber perdida en la Red.

Fue de este modo que confiando en la Web y en los motores de búsqueda,  pude atreverme a reanudar aquella pesquisa. Consciente de ser apenas un enano que sólo logra ver más lejos porque está trepado en hombros de gigantes (mis ilustres predecesores) me lancé pues a las rutas del ciberespacio, en busca de Gigamesh. Con un par de enérgicos clics emprendí viaje por el insondable piélago y puse proa al vellocino irlandés.

Obtener mi ejemplar de Gigamesh no me fue difícil. Lo vende Amazon.com y viene en un paquete promocional que incluye dos versiones distintas del Necronomicon y hasta un Libro Rojo de la Marca del Oeste. El precio hasta se diría moderado, teniendo en  cuenta que se trata de un incunable.

Encargué el libro, y cuando tenga tiempo lo leeré, aunque desde ya sospecho que es tan apócrifo como los Necronomicones. Le reservé un lugar en mi biblioteca y volví a sumergirme en las aguas del abismo informático. Invoqué a Google y lo encaminé tras las huellas de Gigamesh (o Gilgamés), el sumerio errante. 

Al retirar las redes, lo primero que apareció fueron muchas referencias históricas y eruditas (algunas bastante fantásticas) sobre el Poema de Gilgamesh. Alguien lo había escrito sin “l” y el browser no dejaba de detectarlo. Había otros que ofrecían un robot a pilas llamado Gigmesh 3806 (en este caso se habían olvidado la “a”) pero como lo recomendaban para niños de hasta 9 años, me di cuenta de podía llegar a extraviarme. 

Por un buen rato estuve a punto de perderme en una selva de textos que aludían a Stanislav Lem y a Gigamesh (parece que en Barcelona hay una librería o algo así que lleva ese nombre), pero opté por ir al grano. Azucé pues al sabueso Google para que no perdiera las pisadas de Hannahan.

Cuál no sería mi sorpresa cuando ¡un alud de datos comenzó a atiborrar mi disco rígido! Los Hannahan eran legión.

Encontré un joven Patrick Hannahan que figuraba en el cuadro de honor de la St.Xavier High School de Cincinnati, y un tal (Mattew) Patrick Hannahan que había recibido un premio por su aplicación en la Universidad de Miami.

Que hubiera varios irlandeses llamados Patricio no sorprendía demasiado. Tampoco que al incursionar en una página dedicada a la heráldica alguien intentara venderme el escudo nobiliario de los Hannahan, bordado a mano en un gallardete de seda o bien pintado con laca indeleble. 

Pero hete aquí que quien más menciones registraba era un dentista, el Dr. Patrick Hannahan DDS, que dirige una clínica de endodoncia en Mobile (Alabama). No solo eso: en Charleston hasta le habían puesto por nombre “Hanahan” (con una sola “n”) a un condado entero.

Lo más desconcertante me sucedió cuando tuve acceso a un acta de casamiento que se conserva en la Catedral Anglicana St. John the Baptist (South Avalon). Allí consta que Patrick Hannahan se había casado con Nancy Dwyer el 19 de diciembre de 1777 (¡!)

Después de ver Highlander sabía que hay escoceses inmortales. ¿También habría irlandeses perennes y quizás hasta sumerios eternos? ¿Cómo era posible que alguien que había celebrado sus nupcias en vísperas de la Revolución Francesa (ignoro si todavía seguiría unido a su Nancy) podía estar atendiendo un consultorio odontológico en las comarcas de Faulkner?

Igual de inquietante me resultó el blasón de los Hannahan a pesar de su aspecto, tan sobrio como señorial. Consistía en un escudo cuartelado en cruz, en oro y gules, con una banda diagonal en la cual se inscriben tres cruces garfadas (no confundir con las de Malta). Lo que llama la atención  era que las tres juntas componen la triple cruz, que es el signo del Gran Maestre en el rito masónico escocés. ¿Habría quizás un rito irlandés?

Gilgamés, el héroe sumerio, buscaba la inmortalidad. ¿No había llegado la hora de hacerse a la idea de que podía haberla conseguido?

Lem daba por sentado que Hannahan había escrito Gigamesh como respuesta al reto del Ulises de Joyce. Pero luego explicaba que el Bloom irlandés no era más que un avatar del Odiseo de Homero, y que la Odisea no pasaba de ser un plagio del Poema de Gilgamés babilónico. Gilgamés era el héroe que se había entrevistado con Noé (entonces llamado Utnapishtim) y había obtenido de él la primicia exclusiva del Diluvio Universal. Pero al parecer, Gigamesh había sido plagiado por los autores del Génesis. Todo comenzaba a parecerse a uno de esos premios literarios que terminan en los Tribunales.

El héroe del relato seminal de Hannahan (una excusa para justificar la verdadera obra, que es el prólogo) es un tal G.I.J.Maesch. El nombre es una patente transliteración de “Gilgamesh”. No dejemos de notar, de paso, la “M” de Maesch. La falta de espacio me impide mencionar todas las referencias, pero ¿acaso la M no evoca el ominoso logo de Mac Donald’s (¡un escocés!) como también la “M” de Microsoft y la de Movistar?

Cualquiera que haya leído a Lem es capaz de entender que detrás de G.I.J. Maesch y N. Kiddy se ocultan respectivamente los mitológicos Gilgamés y Enkidu. Pero ¿por qué razón —me pregunto— el ginecólogo asesinado tenía que llamarse “Cross B. Androidss”?

Astutamente, Lem intenta distraer nuestra atención haciendo derivar “Androidss” de anthropos, con lo cual de paso le hace un guiño a Theodor W. Adorno. En cambio, Goytisolo insiste sobre lo de “Cross”, para desviarnos hacia la Biblia.  Pero cualquiera sabe que Blade Runner se basaba en una novela de Philip K. Dick, cuyo título era precisamente Do Androids Dream of Electric Sheep? Lem no podía creer que fuéramos tan ingenuos como para olvidar que fue precisamente él quien descubrió a Dick, y hasta lo llamó “un visionario entre charlatanes.” Digamos que nunca estuvo mejor empleada la palabra “visionario”, tratándose de alguien como Dick, a quien Valis le transmitía por las noches la gnosis universal, la Pansofía por entregas. Dicen que Dick solía apelar a la Enciclopedia Británica, que entonces era un voluminoso mamotreto, pero es que todavía no existía la banda ancha.

Ambos exégetas ponen cierto malicioso empeño en desmitificar la obra de Hannahan. Lem no vacila en calificar a Gigamesh como un logogrifo o una charada, cuando no lo moteja de entimema y hasta de rompecabezas. Goytisolo añade el acróstico y las lecturas cruzadas, pero concuerda con Lem en que todo es un game, un juego.

Por cierto, no se trata de una broma inocua, y el mismo Lem deja deslizar otra pista cuando dice que ese Juego inefable apunta a discernir “la omnisciencia y la omnitécnica, es decir la Pangnosis”.

¿De dónde sale esta misteriosa Pangnosis? Pues de la Pansofía del checo Jan Amós Comenio, que fue discípulo de Johann Valentin Andreae, reputado como el fundador de la secta de los Rosacruces. Y los Rosacruces, como es sabido, heredaron el saber de los Templarios, de Hermes Trismegisto, de los misterios eleusinos, de los cultos mesopotámicos, del propio Gilgamés.

Llegados a este punto, la pesquisa se torna más difícil y nos obliga por un momento a trasladarnos a las húmedas orillas del Río de la Plata.

Fue el propio Borges quien confesó como había sido que él y Bioy Casares descubrieron a Tlön durante una destemplada tarde, en una casona de la calle Gaona. Quizás no estuvieran muy lejos de otra casa de la misma calle (Gaona), aquella donde los anarco-alquimistas de Roberto Arlt se desvelaban por crear la Rosa de Cobre.

El lector recordará las fortuitas circunstancias en las que ambos, al consultar una dudosa enciclopedia (que no era la Británica), se toparon con la primera mención de Tlön. Antes de que la ficción comenzara a emponzoñar al mundo real, los atónitos escribientes descubrían que Tlön había sido un juego (a game) concebido por una sociedad secreta, que había fundado nada menos que Johann Valentin Andreae.

Si los lectores me han seguido hasta aquí, verán cómo todo comienza a aclararse.

Irónico como siempre, Borges pretendió hacernos creer que había malgastado semejante tema usándolo tan sólo para un exitoso cuento. Si realmente se atrevió a componer una novela (que quizás sería el proto-Gigamesh, el Ur-Gigamesh) sólo María Kodama puede saberlo.

Pero quizás Kodama no sea la única. Se recordará que el ex presidente Menem, asiduo lector de los escritos de Sócrates, aseguró alguna vez que había leído todas las novelas de Borges. Pese a la opinión en contrario de exégetas y críticos, si esas novelas existieron los servicios de inteligencia argentinos debían conocerlas.

Sabemos que Borges nunca dejaba de hacer alusiones (un tanto despectivas) a los nacionalistas y revolucionarios irlandeses. Cabe pues sospechar que hubo un encuentro clandestino de Borges y Hannahan en algún oscuro cafetín de Buenos Aires. ¿A qué aludía el bibliotecario ciego cuando hablaba de la Biblioteca de Babel? ¿Acaso Babel no estaba en Sumeria, la patria de Gilgamés?

¿Cuáles serían las contribuciones que Borges habría hecho a la Gran Obra de Hannahan? Puede que sigan enterradas en un archivo secreto que nunca llegará a desclasificarse. Pero sólo contamos con los indicios que nos dejó  Lem.

¿Qué aportes habrá hecho, por fin, aquel otro visionario cómplice de Borges, el pintor Xul Solar, que no sólo inventó el idioma Neocriollo sino también la Panlengua y el Panajedrez? Según sostiene Álvaro Abós, Schulz Solari perteneció a la cofradía de los Rosacruces, de manera que algo debía saber de Johann Valentin Andreae.

No deja de resultar bastante maliciosa la insistencia con que tanto Lem como Goytisolo sugieren leer una suerte de dialéctica de la inversión (sacrílega) en el libro, aventurando que la letra “l” omitida en el nombre de la obra alude a Lucifer. Con ello, infieren, todo podría llegar a tener un sentido inverso al que aparenta. 

Hay otros que han sugerido leer el texto de derecha a izquierda, rastrear acrósticos y hasta avanzar zigzagueando por la página, a la manera del bustrophedon griego. Pero los dos mayores exégetas coinciden en aconsejarnos que para entender mejor el libro es preciso ponerlo cabeza abajo. 

Recordemos que el asesino Maesch es (presumiblemente) ahorcado, lo cual, en palabras de Lem, lo convierte en “un estilita à rebours, que no se mantiene sobre su columna sino que cuelga debajo de ella.” Observemos que en ningún momento se dice que el reo sea ahorcado; más bien se insinúa que es colgado cabeza abajo. ¿Cómo no ver que Hannahan nos está señalando al Colgado (The Hanged Man) que es el número 12 en la baraja del Tarot de Ridder? El Colgado, según la Dra. Rachel Pollack, pende de un árbol que es a la vez una letra Tau y una Crux Ansata; simboliza el Mundo. ¿Qué mejor jeroglífico que este Arcano Mayor para simbolizar la Pansofía (el Gigamesh), que abarcaría todo el saber mundano?

En algunas monografías inéditas que me han hecho llegar empeñosos intérpretes,  se propone desentrañar la red de niveles (hiper) textuales del Gigamesh recurriendo no sólo al marxismo, a Lacan y al esquizoanálisis, sino al Código Bíblico y al Código Da Vinci. 

Sin embargo, hasta ahora nadie pensó en el Código Postal. Precisamente aquí es donde puede llegar a sernos útil la Numerología. 

Según Lem, el libro consta de un desmesurado prólogo de 847 folios y unos 395 más de narración, lo cual da un total de 1242 páginas. 

El número del Colgado, en el Tarot, es el 12. Elevándolo al cuadrado, obtenemos 144.

Si invertimos el “12”, como admite y recomienda hacer la doctora Pollack, tendremos 21. 

Notemos que el 21 de junio marca el solsticio de verano en el hemisferio Norte. Tengamos presente que todo el Ulises de Joyce transcurre durante el día 16 de ese mes, en vísperas del solsticio. El lector admitirá una tolerancia de cinco días, teniendo en cuenta que la exégesis no es una ciencia exacta.

Sumamos pues 1242 + 144 + 21 y obtenemos 1407. 

Aquí es donde aparece la clave, en cuanto recurrimos a la Guía de Números Postales de la República Argentina. En sus páginas podremos constatar que la clave “1407” corresponde a los domicilios que están entre el 3851 y el 5200 de la calle Gaona, precisamente donde estaba la casona en la cual Borges y Bioy descubrieron a Tlön. 

Quod Erat Demonstrandum.

Recordemos, por otra parte, que Goytisolo se veía en apuros cuando intentaba explicar como podía ser posible que el fatídico texto aludiera al atentado contra el almirante Carrero Blanco o insinuara una mención al  bandolero conocido como El Lute. Realista al fin, el autor español no hallaba otra salida para explicar este enigma que atribuirle al Gigamesh una fecha de redacción anterior a 1971, la datación habitual del libro de Lem.

Todo esto es muy poco convincente. ¿Por qué resistirse ante todas las evidencias (numerológicas, tarotísticas, borgeanas e informáticas) que hasta ahora hemos logrado reunir, y no admitir que Hannahan es un seudónimo irlandés del propio Gilgamés, el sumerio inmortal?

En una novela de ciencia ficción  de 1953 (The Time Masters, de Wilson Tucker) Gilgamés ya aparecía como un extraterrestre inmortal que se oculta bajo el patente seudónimo “Gilbert Nash” (“G.I.J. Maesch” resulta un poco más ingenioso) pero la mención de esta coincidencia fue omitida en la enciclopedia de Clute y McNicholls (¡más escoceses!). 

Vuelvo a zambullirme una vez más en las procelosas aguas de la Red y esta vez logro pescar más evidencias en una página de “ciencia”. Se dice allí que según el Dr. Zacarías Sitchin los sumerios inventaron la numeración sexagesimal porque tenían seis dedos en cada mano. Obviamente, eran fruto del mestizaje de unos extraterrestres venidos de Nibiru (el duodécimo planeta) con “las hijas de los hombres”. Los sumerios los llamaban Annunaki: Anachim llamaba la Biblia a los gigantes. ¿Será “Hannahan” una transliteración de “Annunaki”? ¿O aludirá a otra de sus personificaciones, la diosa Hannahanna, que era adorada en Anatolia?

A primera vista, Hannahan parece un inocente nombre irlandés. Pero si suprimimos el sufijo “an” nos quedará HANNAH (¿Hannah Arendt? ¿Hannah y sus hermanas?). “Hannah” es una de esas palabras que en griego se llaman palíndromos y en catalán (rioplantense) “capicúa”: una cifra que puede invertirse sin que pierda su valor simbólico, como aconseja el Tarot. 

Si Maesch (o Nash) es Gigamesh y N.Kiddy es Enkidu,  Hannahan tiene que ser Annunaki, el colectivo de los dioses sumerios. Pero en ese caso, qué hace Patrick Hannahan practicando tratamientos de endodoncia en Alabama? Quizás esté buscando en la muela del juicio la clave de la inmortalidad. El “Juicio” en  cuestión ¿no aludirá a la sabiduría ancestral y definitiva, a la Pansofía?

A esta altura de las cosas, la sombra de la sospecha comienza pues a cubrir a los propios exégetas que han echado a correr este descomunal embrollo (GIGAntic MESS). ¿Quién es en realidad Lem? No es desatinado suponer que se trate  del seudónimo tras el cual se oculta algún prestigioso académico polaco. La Enciclopedia Británica se toma el trabajo de aclarar (para que al lector no le quepan dudas) que Lem escribe serious science fiction, no esas pamplinas que andan por ahí. ¿A qué viene, si no, aquella ironía de ex ungue leonem? 

Alevosamente, Lem introduce toda una bizantina argumentación para demostrar que la “l” omitida en Gigamesh pertenece a Lucifer, cuando en realidad no se trata de otra cosa que de la inicial de su propio nombre. ¿Acaso no ironizó alguna vez con que LEM era el acrónimo de Lunar Excursion Module, un artilugio de la NASA? ¿Qué intenciones ocultaría, con tanto ocultamiento?

¿Y Goytisolo? Mi enciclopedia registra por lo menos tres escritores hispanos con el mismo apellido, sin mencionar a todos aquellos otros Goytisolo que habrán elegido profesiones más respetables que las letras.

Es de lamentar que esta indagación arroje más preguntas que respuestas definitivas. Por lo que a este cronista respecta,  sólo deberá tomarse como una modesta contribución a la confusión general, un minúsculo grano de arena puesto en los aceitados engranajes de una gran máquina generadora de sentido.

Pablo Capanna

 

ph/ Stanislaw Lem