Alucinar y confesar / Osvaldo Baigorria

                                                                 “Desconocía que en la base de toda introspección hay placer de contemplarse y en el fondo de toda confesión, deseo de ser absuelto” (Michel Leiris, De la literatura considerada como una tauromaquia) 

 

En preparación para este coloquio me puse a revisar las notas que fui tomando durante las primeras etapas de mi investigación sobre Néstor Sánchez, muchas de las cuales quedaron descartadas, y me sorprendió encontrar esa cita, apuntada tal vez alrededor del 2005-2006, cuando aún creía que iba a hacer una biografía de este escritor. Cuando advertí lo improbable de esa empresa, e intenté escribir un ensayo y una novela y una crónica en base al diario que llevaba durante la investigación, aquella cita quedó sepultada bajo otros apuntes pero ahora veo que me estaba diciendo algo sobre el futuro.

En realidad, no sé cuánto de razón tiene esa frase -en traducción de Alejandra Pizarnik y Silvia Delpy (1)- pero me sigue pareciendo armónica y auténtica, al mismo tiempo elegante y despojada de todo artificio. Pese a que me repugnan las corridas de toros, no puedo sino admirar el arte con que esa oración, como estocada de torero, quedó clavada en un papel de notas y es capaz de llegarme años después a modo de golpe en la nuca. Tal vez gracias a su propia armonía es que hoy también puedo recuperarla como leve escudo o capa liviana ante ese toro de lidia que fue y sigue siendo Néstor Sánchez en la arena, campo, pantano o “espacio biográfico” (2) donde campean y se estudian las diversas formas de contar una vida.

¿Por qué habría un deseo de ser absuelto? Creo que es porque en este campo, y sobre todo ante este caso concreto, nunca dejo de sentirme un extranjero, un migrante ilegal que en cualquier momento puede ser descubierto y deportado. Quienes lo leyeron saben que Sobre Sánchez es ante todo el relato de una investigación que fracasa o colapsa. En “About”, la advertencia inicial del libro publicado por Mansalva, se lo anuncia como biografía fallida que también tiene esquirlas de ensayo colapsado y astillas de novela a medio terminar. Quizá en otra reescritura modificaría el paratexto, porque hoy veo que esta criatura también puede ser leída como algo monstruoso, un freak producto de la manipulación genética de una biografía ajena para injertar una autobiografía. A veces siento que podría ser considerado un texto transgenérico, no transgénero, porque si bien sufrió operaciones de cambio de género durante el seguimiento del recorrido de Néstor Sánchez y durante el proceso de escritura, también devino en un agenciamiento de géneros -agenciamiento en sentido de apropiación y no sólo de cruza-: una biografía que se hizo ensayo y luego crónica y más tarde se empezó a sentir novela ambientada en el delta del Paraná, ámbito donde se produjo la escritura que presenta retazos o restos de todos esos intentos.

¿Y por qué la investigación fracasa y colapsa? Porque pronto descubrí que el núcleo duro, el corazón o el secreto de la historia de Néstor Sánchez se hallaba justamente en los años oscuros, enigmáticos en los que dejó de escribir, renunció a su consagración como escritor y se hizo vagabundo, metiéndose de cabeza en una búsqueda corpoespiritual que lo llevó a vivir como linyera en París, Nueva York y Los Ángeles. Dar cuenta de esos años resultó una empresa inabordable, por distintos factores que trataré de explicitar.

A mediados de los ´70, Néstor Sánchez parecía una de las grandes revelaciones de la literatura argentina -junto a Puig y Cortázar-, habiendo publicado cuatro novelas, dos de ellas traducidas al francés. En el período en que trabajaba como traductor y lector para la editorial Seix Barral, primero en Barcelona, después en París, de pronto abandonó su trabajo, destruyó todo lazo con colegas, editores, agentes literarios, amigos, familiares y desapareció de la escena. En todos los registros y testimonios de quienes lo conocieron, su búsqueda interior emerge como algo demencial, algo que rayaba o bordeaba la demencia. Seguir ese rastro, observar las huellas de ese viaje implicó en mi caso vérselas con la locura y el miedo a la locura, sea ante la locura divina del pensamiento clásico o la más prosaica de la psiquiatría; ciertamente, tuve que vérmelas con mi propio miedo a la locura.

¿Cómo fue, dónde estuvo, de qué vivió, que hizo en esos ocho, nueve o diez años en los que se convirtió para muchos en un fantasma o en un “desaparecido”? Todavía me hago esas preguntas. Si alguna vez alguien se pone realmente a escribir una biografía de Néstor Sánchez, tendrá que vérselas con ese período que contiene la cifra imprecisa de toda una vida.

Así que solo pude hacer lo que algunos dirán que es una biografía “parcial” (3) o “conjetural” (4). Claro que una figura de escritor tan esquiva como la de Sánchez abría la puerta a tantas posibilidades de imaginar peripecias, trayectos, encuentros y escenas que era inevitable sentir la tentación de la novela. Pero rechacé de entrada la opción de ficcionar ante lo que se me planteó como “disyuntiva ética”, en términos del propio Sánchez. En un artículo de 1971, este expuso con precisión sus ideas sobre la escritura y la vida, proponiendo una decantación que llevaría a “un rechazo paulatino de aquello que no debe hacerse”. Allí enumera: “no contar una historia”, “no traicionar la riqueza potencial de un instrumento (el lenguaje) a fin de volverlo noticia, chisme, ilustración y comentario” y definitivamente “no ficcionar para ilustrar una tesis o por ficcionar en sí porque ¿en qué momento un hombre recurre a la ficción, así sentado solo frente una máquina de escribir? Tal vez cuando su vida… no puede convertirse ella misma en materia estética” (5).

Crear un personaje que tuviera el nombre de Sánchez, que deambulara entre otros “personajes consecuentes” realizando acciones “que irán fatalmente a cumplirse” nunca podría haber captado ni siquiera por aproximación el temperamento, creencias y visión del mundo que llevó a Néstor Sánchez a escribir como lo hizo y a dejar de escribir como lo hizo: “Nunca en mis libros inventé una historia. Todo ha sido en base a mi vida presente o pasada y esto ahora ya no puede ser: me quedé sin épica” (6).

Sabía que en el proceso de toda research sobre una vida es inevitable formarse una imagen de esa vida pero también que la deliberada construcción de una ficción es algo que sí puede evitarse. Es decir, la imaginación puede ser de alguna manera controlada, limitada, contrastada con los documentos y toda la verificación disponible. Lo difícil de controlar es la alucinación.

Reinaldo Arenas escribió en la primera página de El mundo alucinante la siguiente advertencia: “Esta es la vida de Fray Servando Teresa de Mier tal como fue, tal como pudo haber sido, tal como a mí me hubiese gustado que hubiera sido”(7). La frase, sumada a la introducción “Fray Servando, víctima infatigable” en un libro cuyo subtítulo es “una novela de aventuras”, inicia y enmarca un texto que parece producto de la subjetividad alucinada de alguien (Arenas) que tomó las crónicas y memorias históricas de otro (Fray Servando)… y alucinó. O sea, no sólo imaginó peripecias, huidas y calamidades del sujeto en cuestión sino que se sumergió en las visiones y atravesó los posibles delirios de ese sujeto hasta llegar al punto de visualizar y prefigurar involuntariamente su propio destino. Néstor Perlongher denominó “realismo alucinante” a esa operación que él asociaba a la expresión “lancinante”, una palabra rescatada del portugués que había aprendido en Brasil, pero que desde luego también existe en castellano aunque con significado algo distinto: “Lancinar es como hacer una estocada, como desgarrar, tiene que ver con la experiencia de la alucinación pero no deja de instaurar un plano que también es de lo Real, de lo molecular… El problema es si vos respetás lo real constituido como tal o lo invadís” (8).

Ahora bien: lejos de la maravillosa operación barroca que hizo Arenas sobre la historia de Fray Servando, y sin haberme propuesto participar de ningún modo en un programa que podría llevar a invadir, intervenir, o desgarrar con fábulas y relatos fantásticos el material documental que logré reunir sobre la vida de Néstor Sánchez, no obstante algo del orden de la alucinación terminó colándose o metiendo la cola en el texto. Esa intromisión me tomó por sorpresa, no fue planeada y tampoco produjo necesariamente el mejor resultado. Quizá debería haber tenido a mano las sustancias con las contaba Perlongher, o acaso el propio Arenas, y una mínima dosis de esos talentos para pasar al plano del discurso lo que puede percibirse en el plano de la fuerza alucinatoria.

En un punto crucial de la pesquisa, sentí que para acompañar el viaje de Néstor Sánchez tenía que excavar de mi memoria aquello que me relacionaba a ese viaje. Lo cual me llevó a un cuestionamiento de mi propia identidad, de lo que era o creía que era en el momento en que me puse a escribir. Podría decirse que este fue un libro “con” Sánchez en vez de “sobre” Sánchez en el sentido de que intenté acompañar el periplo interior de Sánchez, fundirme con su búsqueda tal como ésta aparecía en el material documental. Para entenderlo, para comprender ese viaje, tuve que hacer una arqueología personal en el recuerdo de esos años de experimentación en los que este autor se consagró como escritor y luego dejó completamente de escribir, una tarea que incluyó ejercicios de recapitulación, meditaciones y otras formas de alteración –o expansión, según se lo mire- de la percepción. Pero al tratar de llevar a la escritura el impacto que produjo en mi propio cuerpo ese “hacer memoria” en paralelo con el conocimiento de los gestos extremos de renunciamiento de Sánchez, el proyecto –y todo aquello que se jugaba de mi autoidentidad dentro de él- se enfrentó a la alternativa de morir o mutar en forma definitiva.

Para reponer lo que había investigado en algún tipo de semblanza biográfica, me sometí a la siguiente regla: mantener las riendas sobre la imaginación, no ficcionar, no inventar nada en relación a la vida de Néstor Sánchez pero sí soltarme al recordar y poner en paralelo, en la sección del libro llamada “Notas al pie”, todas mis memorias de viajes y sujetos inmersos en búsquedas semejantes con los que me encontré en América del Sur, Centro y Norte en las décadas del 70 y 80. Sujetos –representados en el relato como personajes- que exploraron diversas formas de renuncia, deserción o abandono de sus lugares y funciones establecidas. En inglés, drop-outs. Aquellos que, lo supieran o no, habrían seguido el lema de Breton: “Dejen todo. Partan por los caminos”. Es lo que, de alguna manera, hizo Néstor Sánchez, quien renunció a escribir y a publicar al menos dos veces: una cuando se hizo clochard, nómade o vagabundo a mediados de los años 70, y otra –ya definitiva- en los 90 después de haber publicado su último título, La condición efímera.

Las preguntas que guiaron mi investigación fueran las siguientes: 1) Cómo se gestó la renuncia de Sanchez a la escritura (no solo “por qué” ya que esto él mismo lo explicó de diversas formas en artículos y entrevistas, sino cómo empezó y se desarrolló esa renuncia, ese abandono de la escritura). 2) Qué fue de Sánchez (qué le ocurrió, cómo vivió) durante los años en los que se supone que devino en vagabundo. Ambos interrogantes, obviamente conectados entre sí, apuntarían a desentrañar un misterio que trasciende a una vida particular y que está relacionado con el interrogante mayor que puede hacerse un escritor, “para qué escribir”, y desde luego con la pregunta de fondo que puede hacerse todo ser humano: “para qué vivir”.

En función de no provocar una ruptura drástica del pacto de lectura, me propuse mantener la “ilusión referencial” o la “superstición realista” (9) en la semblanza propiamente dicha de Sánchez pero solté o dejé caer todo aquello que podía ser resultado de mi percepción alterada o expandida en las páginas de relato autobiográfico que aparece en esas “notas al pie” (una división no tajante porque el contenido de algunas de estas cruzan a las otras páginas y viceversa). Quiero decir que cierto plano de la alucinación intervino en la crónica o diario que acompañó a la pesquisa. Y ello no solo porque “cuando confieso mi intimidad, invento, imagino” (10) sino porque al recurrir a mi memoria para contar anécdotas personales lejanas en el tiempo, cuyo recuerdo también fue modificándose y reescribiéndose gracias a la acción permanente del tiempo -ese gran editor que siempre tiene la última palabra- allí de pronto se sobreimpuso la imagen alucinada de lo que podía ocurrirle a un escritor que decide investigar y escribir sobre Néstor Sánchez. Por eso también daría la impresión de que resultaron dos libros en uno o un libro en el que se cruzan dos vidas, la del biógrafo y la del biografiado, pero narradas tal como –parafraseando a Arenas- esas vidas pudieron haber sido o como a mí me hubiera gustado (y temido) que hubiesen sido.

Ese “mí”, ese “yo” aquí no tiene vueltas; en este lugar, el sujeto que habla es el autor, con perdón por la palabra: el autor que en la historia de la crítica fue declarado muerto, reducido a función o ficción y luego resucitado, hoy puede hablar, por ejemplo, de una de sus obras. Siguiendo la clásica y ya escolar distinción de Leujenne, la autobiografía se definiría por la identidad entre autor, narrador y personaje principal (11). La diferencia con una ficción autobiográfica no sería significativa, y solo se apoyaría en la afirmación de esa identidad autor-narrador-personaje: “Todos los procedimientos que emplea la autobiografía para convencernos de la autenticidad de su narración, la novela puede imitarlos y lo ha hecho con frecuencia… El pacto autobiográfico es la afirmación en el texto de esa identidad” (12). Al mismo tiempo, conocemos bien esta paradoja: todo lo que uno es, en cierto sentido, está compuesto de recuerdos; y sin embargo, esos recuerdos están siempre sujetos a revisión, a reescritura, a reedición. Yo puedo ser el autor, yo puedo ser esto o aquello, pero ¿quién realmente soy?

En cuanto a la crónica –que, como se sabe, en cierto modo parecido a las autobiografías y a las biografías escritas en primera persona, puede incluir un narrador identificado con el autor- en Sobre Sánchez es una textura definitivamente cruzada por la ficción. Porque en la crónica de la investigación que aparece en esas “notas al pie” y que luego también se derrama en distintas páginas del libro, hay un narrador-personaje que de pronto se separa del autor. Hay un desdoblamiento. Un narrador relata anécdotas de viaje según las recuerda este autor, anécdotas de mis viajes, algunas de las cuales podrían ser consideradas “novelescas” por derecho propio pero que son recuerdos verdaderos, al menos tal como los pude recordar al momento de escribirlos: anécdotas en las rutas y en los bosques donde viví varios años, relatadas con algunos cambios mínimos de nombres y lugares para proteger la intimidad de personas realmente existentes y aún con vida. Pero además ocurrió que, mientras escribía, a este autor le rozó lo que Barthes llama “el ala del no escribir”, ese “ala negra de la desdicha” que también podría convertirse, con suerte, en “ala dulce de la sabiduría”. En La preparación de la novela, Barthes sugiere que la renuncia a escribir suele llamar la atención de un escritor cada vez que siente a la escritura como un deseo que fue llevado a la violencia por la manipulación. “Viene entonces la tentación de suspender toda obra como si fuera… una empresa, una ofensiva, una dominación; viene el deseo de ya no hablar, de anular toda ambición” (13).

Todo esto empezó con mi mudanza a una zona de islas del delta de Paraná en el partido bonaerense de Tigre justo al principio de mi proyecto de biografía. La coincidencia fue en parte producto de un gran error, ya que una cosa es fantasear con que uno se encierra en una isla para escribir, o sea “se aisla”, y otra creer que es posible iniciar una investigación compleja, que requiere muchas fuentes, mucha documentación, mucho contacto con personas que habían conocido y/o habían leído a Sánchez, etc., en un lugar de aislamiento, una tierra inestable desde la que es difícil o fatigoso viajar, debiendo tomar lancha colectiva, después tren a Buenos Aires, etc., en fin: un lugar donde tampoco hay buenas comunicaciones, teléfonos que funcionan más o menos, un internet precario y que depende de la lluvia o el viento, o sea que presentaba, como fui descubriendo, condiciones adversas de producción.

Al darme y dar cuenta de estas condiciones, resultó inevitable que apareciese en el texto un narrador que lucha por escribir recluido en una isla mientras el sudeste sopla y el terreno se inunda; ese narrador rema y rema pero de pronto se quiebra, decide abandonar la escritura y dedicarse a vivir de la pesca y de la siembra. Bien, pues esto es lo que aluciné que podría ocurrir realmente si continuaba mi investigación sobre Néstor Sánchez. No digo “aluciné” en un sentido banal o coloquial: esa es la visión que apareció con nitidez como opción de futuro cuando sentí desfallecer las fuerzas que me habían llevado a escribir. El personaje se sintió real, en sentido macedoniano pero también en un sentido fuerte de absorber al autor recluido en la isla. Más tarde, Sobre Sánchez podría ser leído como uno de esos textos de “realidadficción”, siguiendo a Josefina Ludmer, en los cuales “los sujetos definen su identidad por su pertenencia a ciertos territorios” (14).  Pero más allá, tal vez se necesitaría a la genética para determinar precisamente cómo fue cambiando este texto mientras seguía “los movimientos de la creación, de la representación y de las metamorfosis del ‘yo’”(15).

En otras palabras, la disyuntiva de dejar de escribir fue algo que sentí con la fuerza de una vivencia absolutamente real. Lo que me pasó al encontrarme con el material de vida y obra de Néstor Sánchez (sus novelas, las entrevistas que concedió, los testimonios de quienes lo conocieron), fue así de fuerte. Por la dificultad en hallar las claves biográficas de su período más oscuro y que al mismo tiempo podía arrojar más luz sobre su vida; por la lectura de una obra tan compleja, basada en la improvisación, en el free-jazz, en la cual la historia casi no importa, o importa menos que el lenguaje; y también por las ideas de Sánchez sobre la literatura, la sociedad, el mercado, lo sagrado, lo profano, la vida y la muerte, de pronto ese proyecto -y con él toda identidad de escritor- se me cayó de las manos. Sentí casi de inmediato que podía y tal vez debía abandonar toda escritura, incluidos los trabajos de periodista free lance. Podía ganarme la vida de otras formas. No era la primera vez, de hecho nunca llegué a tomarme esa auto identidad de manera tan sagrada como para pensar que debía sacrificarlo todo para seguir escribiendo. Pero esta parecía la definitiva. Así es que un día me dije: ¿y si no escribo más? ¿Para qué escribir? Si por alguna razón moría al poco tiempo, otros hubieran dicho: “dejó de escribir para siempre”.

Releo entre las notas que fui tomando a medida que empezaba la escritura de Sobre Sánchez, que en aquel momento se llamaba “La condición de la experiencia” lo siguiente:

El llamado de la isla. El llamado a aislarse. A veces lo escucho. A veces lo sigo. No es como el llamado del camino, esa voz que incita a fugarse, a ponerse en movimiento, los pies en polvorosa.  En esta isla los pies están en barrosa, chapotean y se hunden. Aquí abajo todo es barro y agua. Mi casa sobre esta masa de barro y agua a la que llegué desde la ciudad con mis libros y mi notebook en la mochila, y en la que me encierro con la intención de escribir. Pero todo me distrae. Los pájaros que cantan a las cinco de la mañana me distraen. La lluvia me distrae. El viento me distrae. A veces me despiertan los pájaros, la lluvia o el viento y a veces me despierta el silencio. Son las cuatro de la mañana, no se oye absolutamente nada, y me despierto. El silencio me abruma. Y el silencio me llama. Pero no me llama a escribir. Me llama a silencio.

Ahora bien: paradójicamente, solo pude encontrar la forma y la fuerza para escribir después del momento en que decidí dejar de escribir. De pronto, dos o tres años más tarde, la escritura salió sola y pude procesar aquella experiencia en un libro. ¿Qué quiero decir con salió “sola”? Que salió sin “proyecto”, sin “modelo” y sin “autopercepción de escritor” puesta en juego. Todos los libros que me habían estimulado desde el inicio y que consideré modélicos en uno u otro sentido –desde Pálido fuego de Nabokov hasta La orquesta de cristal de Enrique Lihn y Los subterráneos de Kerouac- habían sido ya fagocitados, digeridos y desechados para poder avanzar sin imponer un plan sobre el terreno. La escritura tuvo que apoyarse en la inclinación y altura del suelo, en la capacidad de absorción de la isla, en los detalles que permiten que las cosas, como el agua de los ríos, fluyan en una dirección y no en otra.

En otras palabras, parece que tuve que abandonar la escritura para encontrar la escritura. Por etapas: primero renuncié a escribir una biografía, luego descarté escribir una novela basada en un personaje inspirado en Néstor Sánchez, más tarde renuncié a escribir un ensayo sobre la obra de este autor, más tarde y por último abandoné mi interés y mi compulsión a escribir por completo, pero no como movimiento estratégico a la espera del momento propicio para recomenzar, sino como un abandono real, un basta que implicó decir: ahora estoy en el delta, voy a la ciudad a dar clases un par de veces por semana, con esto me alcanza, me contento, no tengo por qué escribir ni un solo libro más a lo largo de mi vida. Así es como más adelante salió la escritura, sola y abandonada por el “yo” que se pretendía escritor.

O sea que no fue un “tomar al toro por las astas” ni una acción temeraria como la del que verdaderamente expone su propio cuerpo a la muerte ante una fiera. Tampoco sé si todas estas operaciones salvajes en torno a la escritura tienen que ver con aquella cita de Michel Leiris en De la literatura considerada como una tauromaquia. Aun así espero que me disculpen la intromisión en esta arena y que siga pensando que hay tanta belleza como verdad en la sugerencia de que en el fondo de toda introspección hay placer de contemplarse y en la base de toda confesión, deseo de ser absuelto.

 

Osvaldo Baigorria

ph/ Goya, Tauromaquia                                                                                             

Exposición para el coloquio Un arte vulnerable : la biografía como forma, realizado en la ciudad de Rosario, Argentina, el 11 y 12 de noviembre de 2016 por el Centro de Estudios de Teoría y Crítica, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario.

 

                                                    

 

Notas

 

 

1- Leiris, Michelle (1968), Rev. Sur N° 31, Buenos Aires, pp. 12-31

2- Arfuch, Leonor (2007), El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

3- Strafacce, Ricardo (2012), contratapa de Sobre Sánchez, Mansalva, Bs. As.

4- Mendoza, Juan José (2013), “Primero hay que saber partir”, Radar 27/01/13, Bs. As.

5- Sánchez, Néstor (1971), “Sobre otro monólogo”, Revista Textual, Lima (el artículo ha sido reeditado en 2013 en Ojo de rapiña. Monólogos sobre una experiencia de escritura, La Comarca Libros, Bs.As.)

6- Sánchez, Néstor (2001). “El sobreviviente de sí mismo”, entrevista de Lautaro Ortiz, Radar 01/01/01/, Bs. As.

7- Arenas, Reinaldo (2001), El mundo alucinante. Una novela de aventuras, Tusquets, Barcelona.

8- Perlongher, Nestor (2004), Papeles insumisos, Santiago Arcos, Bs. As. (entrevista de Pablo Dreizik, “Neobarroso y realismo alucinante”, publicada originalmente en el diario Tiempo Argentino, 03/08/86). Debe notarse que la noción de “real” en Perlongher no se confinaba al orden de lo social, histórico, fáctico y documentable, sino que abarcaba a las literaturas y retóricas que construían ese orden, sobre todo las realismos en Latinoamérica que él veía “invadidos” en sentido positivo por la operación de Arenas, con todos sus “juegos, artificios y volutas”. La propuesta de Perlongher era “invadir el orden de las escrituras realistas, sociales, digamos, los estilos de las escrituras más organizadas en formaciones discursivas” (op.cit).

9- Giordano, Alberto (2008). El giro autobiográfico de la literatura actual, Mansalva, Bs.As. p.49. “Así como hay lectores a los que la certidumbre de un mundo absolutamente inventado los exalta –recuerdo a Pizarnik, que en su Diario registra la desazón que le provoca saber que el mundo prodigioso y genial de la Recherche es en gran parte documental-, hay otros que se abandonan a los derroteros de la ilusión referencial porque entonces sienten con más fuerza”.

10- Link, Daniel (2009), “Yo” en Fantasmas, imaginación y sociedad, Eterna Cadencia, Bs. As. (texto cuya primera versión fue leída como “La imaginación intimista” en el encuentro “En la era de la intimidad”, Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria de la UNR y Beatriz Viterbo Editora en el Centro Cultural Rojas, Bs. As. 2007)

11- Leujenne, Philipe (1991) “El pacto autobiográfico” en AAVV, La autobiografía y sus problemas teóricos, Suplemento/29 de Antropos, Barcelona

12- Ibíd.

13- Barthes, Roland (2005). La preparación de la novela, Siglo XXI editores, p.212, Bs. As.

14- Ludmer, Josefina (2010), “Literaturas posautónomas” en Aquí América Latina. Una especulación, Eterna Cadencia, Bs. As. p. 149.

15- Viollet, Catherine (2005) “Pequeña cosmogonía de escritos autobiográficos (Génesis y escritura de sí mismo). Archipiélago/69, Barcelona.