Para recordar a Luis Thonis / Laura Estrin

“Se produce una cierta indiscreción cuando uno se acerca a un rostro humano” (Herzog)
“Quisiera poner en el cuadro mi apreciación, el amor que le tengo” (Tsvietáieva)

 Luis Thonis era insoportable. O más bien inhumano. Había que quererlo, entender y ahí empezaba todo. Luis era bueno. Si decía alguna maldad se reía un ratito después, como un chico, escondiéndose un poco. No sé si lo conocí mucho, lo traté entre mediados de los 90 y los últimos años. Luis hablaba, confundía y se arrebataba. Luis peleaba, algo que ver con el boxeo tuvo. Luis podía arruinar un cumpleaños en un patio chico (como el de casa) o en un jardín grande (como el de Liliana Guaragno). Pero lo queríamos, le decíamos Luisito para nombrarlo si no estaba y si estaba, para apaciguarlo. Desmelenaba al más pintado. Había leído todo. Mucho. Antes que nadie a algunos autores que se pusieron de moda después. Últimamente le pedíamos más literatura. Las volteretas de su conversación iban de Bush a Irak según los años. Para Luis hablar y pensar eran un atletismo y la literatura una guerra, de ahí Un guante para Osvaldo Lamborghini. Luis tenía sus obsesiones, su loco ensimismamiento. Cuando lo empecé a ver en el café o en casa de algunos amigos, recuerdo que hablaba de las geishas, le daba vueltas a Mishima  y a El libro de la almohada. Pero Luis no hablaba, peroraba, sometía, pero nuevamente,  también, se reía bajito cada vez que terminaba de decir violentamente algo. En El estaño o en Premier, los pocos sábados que venía, se sentaba al final de la mesa, un poco agachado y entonces corría electricidad entre Zelarayán y él. Luis decía cosas para desafiarlo y Zelarayán preguntaba con mala cara: “¿¡qué dice!?”. Se conocían.

 En algún lugar de mi Diario anoto que Thonis es un atropellado y después, en un cumpleaños que le festeja una amiga escribo: “A Luis Thonis lo vi bueno”. En otra entrada digo que leo un cuento inédito suyo que me da Savino y cito: “Parece un lujo carecer de identidad en una ciudad en la que no estoy expulsado, soy considerado una suerte de cómplice de un estafador, o, peor, un idiota útil. Me empeño vanamente en el trabajo de volverme anónimo. Es imposible. El vecino me niega ese derecho radical…”

 Thonis escribe muy bien, muy justo, a tiro de lo mejor y es a Savino a quien retrata en un juego y un relato, en “El vuelo del narrador”. Ahí hay un justiciero, escribe Thonis: “Era un hombre optimista y a mi pesimismo lo consideró un gaje de oficio: yo era alguien que necesitaba que algunas cosas fueran mal en el mundo para decidirme a escribirlas”, con eso me identifico, son ya anotaciones viejas.

 A Luis lo puse en la genealogía de Murena que en la literatura argentina no tiene muchos descendientes. Y él entonces respondió que yo escribía como en los diarios del interior antes y que era ´una bomba a punto de estallar´. En otro momento, anoto: “mientras leo el excesivo libro de relatos de Luis Thonis, El vuelo del narrador, recuerdo una frase de Milita que usó para definirme alguna vez pero ahora la siento cercana a Luis: ´está pagando su camino´”. Él dijo una vez como un juego: “Laura golpea, Milita mata”. Otra tarde, después de encontrarme con él en Sócrates, el viejo bar de Puán al que ya no vamos, escribo: “Ayer con Thonis: risa, inteligencia y saciedad.”

 Otros años, otro recuerdo anotado: “casi al mediodía llama Luis Thonis. Dice que mañana va solo a escuchar a la Casa de la Poesía a Nicolás, yo le respondo, para marcarlo un poco, que seguro voy acompañada. Milita me dirá luego: “es peor que un marido”. También tengo en el Diario una escena donde Luis perora en la casa de Sofía y como nadie de las mujeres lo seguimos en su político ditirambo, grita: “Andrés, ¡¿me escuchás?!”.  Y recuerdo, porque lo leo en mi Diario, que cuando publicó el Alberdi, peleamos un poco por el título del libro pero ahora con Viento agrio reivindica cualquier otro nombre de tan lindo que es ese.

 Thonis vocifera y explica. Pone nerviosos a casi todos. Nicolás Rosa una vez creo que le dijo: “o se va Ud. o me voy yo”. Por esos años, cuando leo la correspondencia Claudel/Gide, anoto que “Luis Thonis es un Claudel”. De un mail suyo del 2007 me dice: “(nunca encontré la vuelta para elogiarte, preferí la diatriba), no estás enclaustrada en un límite retórico, tenés el resto de una dimensión litoral que te salva de golpe del zarpazo social feminista antifálico y podés pasar sin prejuicio por esa constelación de fractales donde se termina comiendo cabrito bajo la luna…”

 Así hablaba Luis, por ese tiempo yo leía Antes de que anochezca de Arenas y escribí en el Diario: “Acá uno entiende porque Thonis se volvió loco, la injusticia mata”. Por esos días, Savino en una carta me decía que no importa si Luis estaba loco, y citándolo agregaba:

“Como dice Thonis, por ahora van ganando algunas batallas, pero saben las que están perdiendo, y eso les duele mucho, los hace resentidos y canas (…)  Thonis con su capacidad distorsiva sabe mucho más” –cerraba Hugo.

 Luis era super inteligente, nos conocía a todos, a Hugo, cuando se fue a España, lo apodó “Yahveh, el que mueve los hilos desde allá”. Era muy justo, veía bien, una vez me susurró –era su modo de complicidad- que Roberto (Raschella) “va a ganar el premio Nobel y al día siguiente estará quejándose de la boleta de gas…”; Luis también reconocía muy bien a los poetas oficiales, incluso muchos años antes de serlo.

  Luego vinieron tiempos, hace quizá más de 10 años, en que nos juntábamos con Luis y Rodrigo Grimaldi. Dos hombres muy sabios. Yo muchas veces no entendía a Luis, Rodrigo sabía hablar con él, lo ayudó con “autores peligrosos”, su blog. Hay muy pocos interlocutores tan rápidos como ellos. Cuando ahora le mando este retrato a Rodrigo me responde: “La imagen que prevalece en mi cabeza al leer lo que escribís es la de vernos los tres sentados – vos, Luis y yo con el pretexto de Yahveh circundando la mesa – en un café, creo que en Palermo cerca del Botánico. Ese día habíamos dado en la tecla los tres juntos. Y eso no lo borra nada.”

 Lo primero que yo había leído de Luis fueron sus “Sonetos a Shakespeare”, escritos geniales de su primer libro, quedé tomada por esa obra inaudita en nuestra literatura, mucho después un ensayo sobre Giacometti/Genet, me devolvió esa gran perfección que Luis Thonis tenía, la increíble lectura que escribió en “La vigilia de las estatuas”.

 En el Diario encuentro una carta suya posterior a la presentación que Luis hizo de las cartas de Chejov, que armamos con Irina Bogdaschevski: allí me cuenta la escena y entre otras cosas dice: “a los 18 años escribí una versión del Diablo Cojuelo- cambiándole el sexo- para niños que se dio en el Larreta con tanto éxito que llegó al San Martín, Mujica Láinez insistía en que vaya a su casa pero no lo hice porque vi que sus intenciones no tenían que ver con el arte,

 Kive Staif me ofreció una sala para que escriba la obra que quisiera, había empezado una Juana de Arco- la pensaba más próxima a Peguy que a Claudel… pero estábamos en el 73”.

 Con Hugo siempre recordamos que una vez Jorge Panesi escribió: “Tal vez la única crítica que yo recuerde como enloquecida es la de Luis Thonis, una crítica que resulta muchas veces deslumbrante, arriesgada en sus gustos, en sus falacias ideológicas.” Luis no era ni un marginal, ni un vanguardista, él lo había visto en Kafka, Joyce y Beckett a los que había leído como “ateos de la vanguardia”. Para Thonis el mundo era una horrorosa comedia interminable. Quizá fue un prematuro en el sentido, también, en que pudo ver que las lecturas de Piglia atrasaban. Luis no se mentía, por eso fue un solo. Puede decirse bien de él lo que escribió de Osvaldo Lamborghini: “Carecía, hay que decirlo, de los celos de la peor especie: los que le envidian a uno su relación con la verdad.”

  Sofía G.Bonorino, a la que Luis quería muchísimo, y lo recuerdo “de mi lado” en el lío que armamos cuando con Hugo presentamos La quema, Sofía a su muerte escribió: “El mundo, que le pertenecía, se quedó sin Thonis”.

Nota: La ausencia de Luis me trae la de Liliana Guaragno, la de Noemí Ulla. En un mail donde le pregunto por Noemí, Luis me cuenta:

“Se fue la viajera perdida.

El domingo pasado agonizaba y Hugo, su marido, me llamó: quería verme.
Se animó bastante, fluyeron algunos recuerdos y no se olvidó de quienes como Fogwill la difamaron- qué cana literario era el tipo- sin que nadie la defendiera porque el clown posmoderno era intocable y luego nos reímos mucho. Pero ya era tarde para todo. Estudiosa del tango y de los árboles, admirada por Roa Bastos y Onetti, amiga de David Viñas que, diferencias aparte, eran escritores de otra especie.

La muerte es uno de los hechos más normales que existen: ella vino al mundo y tuvo el talento de poder decir lo suyo como en el relato de su último libro, Bailarina de tres brazos: “Tratamos de convencer al miedo para que se disfrace de timidez, decimos ´cohiben´, para borrar la fuerza de ´aterran´. Si alguna luz se prende en los alrededores, largaremos los caballos y el miedo animal se desvanecerá en riendas que ellos no frenan. Nos han dado vuelta y ahora son ellos los que cabalgan. Mientras ellos resoplan en su largo trote de crines sueltas vamos encontrando eso que llamamos alma, descalza sobre los campos, perdida sobre la tierra.”

Y esa luz fue la última sonrisa que me regaló la viajera perdida.”

 Laura Estrin