Osvaldo Baigorria: Postales de la Contracultura / por Andy Andersen

Generaciones

“Una generación que soñaba con la huida”, dice Osvaldo Baigorria al comienzo de su libro  Postales de la contracultura. Un viaje a la costa oeste 1974-1984, recientemente editado y publicado por Caja Negra.

Libro necesario, porque en él se nos presenta y se nombra otra parte del exilio argentino, latinoamericano, internacional; aquél que no solo escapaba de las dictaduras que asolaban por ese entonces, sino que respondía a otra búsqueda, ésa que de alguna forma se propagó tras el éxito de On the road, de Jack Kerouac; la búsqueda de , posiblemente.

Tiempos revolucionarios, tiempos de cambios, donde la esperanza, la lucha o la investigación estaban en otro lugar, en otro campo. Tiempos de viaje.

Sin embargo, Baigorria desconfía de ese ardor generacional al citar el balbuceo de Roger Daltrey en My generation. Cree en lo singular.

El libro comienza, entonces, trazando un mapa; un plan quizás sin plan: la aventura, lo desconocido. Nos lleva ágilmente, y con belleza, hacia otras cartografías solo conocidas por el autor a través de revistas o relatos de otros viajeros. Un viaje hacia la experiencia, allí donde se aprende haciendo y equivocándose.

Por otra parte, el libro está escrito hoy, mediante la evocación que le provocan algunas fotografías tomadas durante aquél viaje, ya en su departamento de Boedo, a la palidez de los cortes de luz del fin del verano de este año, bajando y subiendo los varios pisos que lo separan de la protesta vecinal ante la falta de suministro eléctrico, ayudando a prender una fogata para la barricada, y reflexiona: “Pienso y no lo digo: qué vulnerables somos a una catástrofe, guerra, atentado, accidente. Y encima hay edificios que están completamente electrificados, gente que vive a más de diez pisos de alto y depende de que el sistema sostenga el suministro. El sistema genera electrodependientes. ¿Cómo llegamos a esta locura de convivir aceptando a criminales que nos gobiernan, dirigen las compañías monopólicas y controlan nuestros enchufes?”. Porque Osvaldo, a esta altura del libro, casi finalizándolo, ya nos ha relatado toda su experiencia comunitaria en el bosque canadiense, siendo parte de ese colectivo imaginario quizá – a su decir -, pero imaginativo si, que es autosuficiente, autogestivo, y que como Thoreau, no depende de la legislación urbana, tiene la propia, y ésta es un acuerdo solidario permanente.

Luego de este viaje iniciado en rutas argentinas que atraviesa toda la América dictatorial, revolucionaria y militarizada, hasta llegar al norte, tras la huella californiana hippie, con una mirada, que parece en algún punto, la de Sebald –quizás por la inclusión de las fotografías epocales– y no la del Kerouac inicial, el evocado, el transformado por Thoreau y la vida misma; regresa a este lugar  que, como entonces, expulsa a sus habitantes, justo ahora, que no hay más adónde ir.

Andy Andersen / 2018

ph/ Ben Zank