ARDE PARÍS / Diana Sperling

El corazón de Francia y de todo el mundo occidental llora, herido de muerte en uno de sus monumentos más preciados.
La Catedral de Notre Dame es -¿era?- no solo una de las más bellas construcciones artísticas y arquitectónicas de ese mundo, sino también un emblema religioso y un símbolo de la grandiosa cultura europea. Literalmente, una institución. El ideal de eternidad, la aspiración a lo elevado, la espiritualidad apuntando al cielo por encima de lo transitorio y precario de la vida humana…

Notre Dame, construida en plena Edad Media, puso en obra la característica dualidad de nosotros los mortales. Sí, somos finitos pero, a la vez, algo ampara y da sentido a nuestra finitud. Nuestras existencias no acaban cuando sobreviene la muerte. Ya sea que se crea en una vida en el más allá o que se considere que la sucesión de generaciones es la vía por la que se transporta y se transmite algo que excede nuestro ciclo vital. Ya sea que se esté imbuido de fe religiosa o se otorgue fe a las instituciones de la cultura, apostamos a la trascendencia.

Notre Dame representa, pues, no solo una joya del arte y la arquitectura, sino también -y fundamentalmente- una época en que los humanos no se consideraban autosuficientes.
Paralelamente a la caída de la catedral se produce, en forma más silenciosa pero igual de trágica, el derrumbe de otras instituciones: La ley, el padre, la diferencia, el Estado. Ese lugar del Tercero que el jurista llama Referencia, instancia de la que no podemos disponer a nuestro arbitrio porque es ella, precisamente, la que nos instituye. “Nada más difícil -dice Alain Supiot- que advertir lo que nos funda”.

La humanidad parece haber resignado alegremente todos aquellos logros que tardaron siglos y milenios en ser construidos. La paciente y trabajosa elaboración de nuestra condición de “animales legales”, el ingente trabajo de armado de instituciones del Derecho, la conquista de una legalidad que reemplazara los ardores de la venganza especular, el progresivo abandono de lo tribal y el acceso a las formas estatales…
Todo eso parece haberse reducido a cenizas. Ya la Ley retrocede ante la compulsión contractualista: si la Ley, por definición, me antecede y me funda, el contrato es (ilusoriamente, claro) un acuerdo voluntario entre sujetos transparentes, capaces de saber sin defecto acerca de su deseo y dotados para eliminar toda opacidad en las relaciones, todo resabio de angustia. El capitalismo y el avance del discurso de la economía, de la ciencia y las tecnologías nos han convencido de que no hay resto, de que podemos dominar todas las variantes, de que nuestra existencia individual y social (nuestro sexo, nuestro cuerpo, nuestra descendencia) son o deben ser producto exclusivo de decisiones conscientes y autónomas, basadas en el cálculo de utilidades.
No más “deuda de las generaciones”, no más malestar en la cultura, no más tiempos de espera. No más heteronomía. El autoengendramiento y la autorreferencia, lo que Legendre llamó el “autoservicio normativo”, son los ideales míticos que vuelven, enmascarados y amenazantes, desde los más arcaicos tiempos, a instalarse en nuestra dudosa actualidad.

¿Será eso lo que se llora? ¿Derramamos lágrimas ante la tumba de todo lo que nos hizo humanos? ¿Renunciamos a la renuncia, necesaria para cualquier construcción, a favor del “todo se puede”? “Dios ha muerto -dice Nietzsche-, y nosotros lo hemos matado”.
Pero este otro derrumbe parecería no un evento doloroso, sino ocasión festiva. “Sabemos lo que es bueno, pero muchas veces elegimos lo malo” (Spinoza).

Menos visible, menos espectacular, sorda y disfrazada, la debacle de las instituciones no tiene el aspecto catastrófico y apocalíptico del incendio de Notre Dame. Sin embargo no es en absoluto menos ominoso. Nos sumimos en duelo por las magníficas torres y los espléndidos vitrales sin advertir que ellos representan, precisamente, todo ese mundo de valores e instituciones que alumbraron la cultura de la que somos herederos.
Como dice Benjamin, hemos regalado nuestra herencia por unas pocas monedas en la casa de empeño de la modernidad.

La caída de los emblemas -de los que depende la vida social- no es gratuita. La curiosa combinación de omnipotencia -no hay límites, tú puedes- con la impotencia -padres incapaces de cumplir su función como tales- habrá de tener efectos deletéreos en la subjetividad de las generaciones por venir. La locura acecha. “A quien un dios quiere destruir, antes lo enloquece”, dice un antiguo poema griego. Pero ya no tenemos dioses: la destrucción será nuestra propia obra. La chispa que incendió Notre Dame recién empieza a arder.

Diana Sperling
Bs. As., abril 16, 2019