Kato Molinari: Vidas y Milagros de ciertas provincianas / Sandro Barrella 

¿Cuál es el secreto, si lo hay, en estos cuentos que Kato reúne en Vidas y milagros de ciertas provincianas, (y sin querer abusar de las gastadas metáforas, no diré: “como quien enhebra cuentas de un collar”), digo, cuál sería el secreto para que la lectura resulte como algo más que la suma de sus partes y el conjunto se imponga, más allá de las tramas, figuras o, “zanahorias”, dispuestas para que quienes lean vayan sin querer dejar de ir, y que, eh allí el secreto, quizás, trasciende el mero contar, porque en verdad, la construcción mayor de estos relatos parece ser, o estar, determinada, por una cadena subterránea o evidente, como  lo es, una percepción afinada de la lengua en estado de alta gracia (un chiste parecido ya lo hice en la presentación de otro libro de Kato), algo como la sintonía fina de los viejos televisores, que funcionaba a pulso, para nada remoto o a distancia o sujeto a algoritmos; digo, es un decir, como se decía antiguamente: ¿será, que hay en estos cuentos de Kato, un saber que la lengua sabe y que puesta a contar, como ya lo supimos de la lengua de Kato puesta a poetizar, digo, una captación del fenómeno humano, sus emociones, sus sentires, desdichas y anhelos, sus pasiones, bajas y altas, digamos, la envoltura que muestra u oculta, los dones del vivir, incluidos sus pequeñas o grandes catástrofes?

O bien: Si se atendiera al título del libro desde la distancia que dicta la vidriera de una librería, incauta, la mirada lectora podría verse arrastrada a creer que lo que tiene frente a sí, bien podría tratarse de un manual, inspirado e inspirador, en las ejemplares existencias de ciertos seres de probada virtud; pequeñas biografías o semblanzas con las que procurar consuelo o sabiduría. El milagro—o su posibilidad—siempre es razón de alboroto. Un alma sensible, no puede menos que sentirse atraída, más allá de que al final del camino la espere la superchería o el fraude. Bien: una vez con el libro en la mano, quienes acudan al llamado de la curiosidad, no se verán defraudados, aunque sea difuso, o poco probable, discernir dónde están y donde no, lo milagros que se mentan en el título. Ciertamente que en cada relato, sí es posible dar cuenta, de manera ejemplar, del punto donde el drama se abre a una verdad, por lo general, concentrada en detalles de la vida amorosa. El fenómeno erótico es la fuente inagotable de agravios, desencuentros, miserias, y alguna que otra satisfacción. La pasión amorosa tratada en sus detalles, (no en aquellos que ilustran el triste teatro de la carne, no los que glorifican la proeza de lo seres que se funden en una sola masa molecular; no la de halagada comunión de cuerpo y alma, sino esa trama invisible que por detrás de la escena, sostiene y derrumba el plano físico, eso que es estructura, psiquis, imaginario o poética del sentido), decíamos, esa pasión, en la escritura de Kato, revela el milagro ominoso de que aun exista mundo. Debo estar exagerando o en todo caso, también es cierto que cuando todo parece destinado a desencadenar la total disolución, Kato pone el freno de mano y prodiga su insidiosa y benevolente sonrisa, y la ironía cubre la escena y cierto equilibrio retorna.

Digresión: ¿Por qué nos gusta tanto el título elegido por Kato? Seguramente llevamos en los oídos, alguna de las más maravillosas músicas que Kato evoca con su Vidas y milagros de ciertas provincianas. Por ejemplo, la de Plutarco, y sus paralelas, que se juntan en los lectores; o aquellas imaginarias que proclamaba Marcel Schwob. No falta a la cita el eco de Borges, si bien en su caso, lo que recordamos de inmediato es cierta propensión a la infamia. Como sea, Kato prodiga en breves páginas cada vez, la concentrada circunstancia que cifra una determinada vida, y con maestría despliega y disuelve en un abrir y cerrar de ojos todo cuanto pueda o deba saberse para que lo dicho no derive en pretendidas moralejas o catecismos al paso. Por otra parte, la palabra Vida como anuncio de biografía, es siempre una promesa excitante que aguijonea nuestro espíritu fisgón, nos empuja al deseo de conocimientos maledicentes,  invita al ojo, hacia la cerradura de intimidades ajenas.

A ciertas referencias que Kato, decidida, muestra con nombres propios, por caso, Cortázar o Katherine Mansfield (y obsérvese aquí que nuestra cordobesa comparte  con la escritora nacida en Wellington, Nueva Zelanda, además de la profundidad de campo para entrar en el alma humana, un detalle de color, a saber: ambas son KM, un detalle por cierto inofensivo, pero que ilustra el siglo de las siglas), me gustaría agregar dos que, entiendo, sobrevuelan estos cuentos. Una es la del inefable y muy querido por Kato, Felisberto Hernández, con su especial manera de captar, y crear la extrañeza del mundo en que vivimos. El otro, es Virgilio el cubano, Virgilio Piñera, en cuyos cuentos, el absurdo, la crueldad, y hasta una marcada mirada nihilista, son la esencia que habita paisajes y criaturas. El pozo negro, del libro de Kato, es acaso el mejor ejemplo de esto que digo.

Por lo demás, y para ir terminando (Oh, Gerundio: bestia negra de la lengua), diremos que: el folletín, la picaresca, cierto aire de radioteatro, sobrevuelan el espacio aéreo de los cuentos de Kato. Más aun, por momentos, no es difícil figurarse que en el vasto territorio de nuestra querida patria, en los talleres mecánicos, en cocinas y almacenes, en los patios de colegios secundarios, durante el recreo; en los gimnasios donde los cuerpos adquieren tonicidad para el amor; en las bibliotecas populares de los barrios del centro y periferia; junto a las máquinas de coser; como inefable compañía de los estudiantes de las universidades estatales y privadas, cada día, a la hora señalada, se encienden las radios, para escuchar un nuevo capítulo de las Vidas y milagros de ciertas provincianas.

Sandro Barrella, 2019

“Vidas y Milagros de ciertas provincianas”  / Kato Molinari / ediciones la yunta