ATADITOS*: una lectura de Milita Molina

A Claudia Rosa

 

                                                                                                            

Se los dejo

 

Laura me pidió que la acompañara esta noche y yo aterrorizada de imaginarme presentado un libro le contesté que la acompañaba bailando pero  que era incapaz de juntar doce palabras sobre un autor. No sé hablar de literatura, la uso, la robo la saqueo, pero me cuesta hablar sobre. Pero Laura insistió en la palabra acompañar y habló de las ganas que tenía de que nos riéramos y entendí que quería que yo amenizara.

 

Es un viejo chiste entre las dos. Un día estábamos en un bar y Nicolás[1] me dijo que por qué me hacía la payasa así y a mí me salió “para amenizar” y se cagó de risa y desde entonces llevamos con nosotras esa palabra. Vengo entonces a amenizar esperando que el bailón sea rápido.

 

Lo del baile no es una broma. Y podría extenderme sobre la figura del bailarín (figura de Nietzsche)  o sobre el saltarín (figura de Kierkegaard) pero baste con decir que si la traigo acá es porque en ambos casos está ligada no a la dogmática ni al sistema sino al milagro de tomar el cielo por asalto, como hace la literatura que no busca explicar, ni ordenar nada (la forma es orden dice Beckett) sino que anota ese milagro  de que el canto salga o no salga como decía Leónidas. Y eso requiere vigilancia extrema y disponibilidad (Cómo si fuera poca cosa estar dispuesto, escribía Rilke). Lo que Baudelaire  tanto insiste: Concentración e idea fija. Volveremos.

 

Cientos de comienzos vanos

 

Escribir por supuesto

 

Hace poco un amigo escritor recordando que Dorothy Parker había dicho alguna vez que sentía más placer en haber escrito que en escribir, puso un tuit en el que preguntaba si uno sentía más placer habiendo escrito o escribiendo. Me llamó la atención que “ganara” la opción haber escrito.

 

Se lo cuento a Laura y le pregunto y me dice rápidamente “Escribir” por supuesto.

 

Estas son las cositas que me interesan. Este presente riesgoso de la escritura. Ese estar ahí como escribe Burroughs de Kerouac, “siempre estaba ahí en riesgo como un torero en el ruedo”. No hay nada previo al canto, ni el cuentito ni las ganas de decir ni las teorías ni las ideas, nada. Y como decía  Leónidas el canto sale o no sale. Y en Ataditos, sale:

 

Escribir a tiempo

en el unsolo tiempo que hay

Ojos para la noche

El único tiempo uno;

Esa nostalgia pasando entre cosas  que van pasando

Va pasando

El paso que damos

Ellos

va pasando

 

Escribe Laura que es como decir que escribe el pasar mismo de “la patraña de días enteros”, se escribe apenas el pasar del pasó esa hora la que el misionero carga Tiempo conmueve la pregunta otra vez.

 

Siempre otra vez, un paso “seguidor como perro de sulky.”

 

Y un pasar que se anota y un pasar anillos “para perderse en tiempo.”

 

Es desesperante ese estirar el tiempo en el pasaje de anillos que es otro modo del pasar y mostrar que el poeta es un ofendido por esa maldita interrupción de la eternidad. Es una desesperación por estirar el tiempo hacia adelante hoy hacia atrás y darle eternidad.

 

Sentido de la oportunidad y no oportunismo, como escribía OL[2]: Y me parece que eso nos puede dejar con algún estupor sobre los planes, las composiciones, los poetas laboriosos, las maquinaciones previas a ese estar ahí, que son inútiles. Todo ocurre entre la mano y la página.

 

No salvar distancias.

 

Si como creo un autor es contemporáneo de los libros que lee, como escribe Savino en La mañana sol de limón, creo que los que leemos a ese autor también debemos “medirlos” como Marina se mide literalmente con Pushkin: sin salvar distancias. Corriendo hasta reventar y sin salvar distancias. Esto me lo enseñaron dos autores Kierkegaard y Leónidas. “No hay Modelo ni Cristo lo fue”, decía Kierkegaard y, más “nuestro”, Leónidas creía que el Modelo (si lo hubiere) está ahí para que abusemos de él y escribamos “labiame tu labia” como “traducción” de  “tell me tell me a about anna livia.” Creo que salvar distancias no va con los espíritus que basan su aristocracia en algo tan mínimo como eso ser contemporáneo de Shklovsky, de Tsvietáieva, de Mastronardi, de Manuel J. Castilla y no salvar distancias entre Shklovsky y Babel colándose en Ataditos junto con un Pedro canoero. En ese sentido Ataditos abandona su posición atadita y deja entrar el mundo, deja entrar el tiempo que sigue y sigue y sigue porque es inexorable y esa inexorabilidad es de la vida y de la literatura al mismo tiempo.

 

Qué hacer con esta desmesura en un mundo de límites.

 

Pero la pregunta que me hacía,  y creo que esa es en verdad mi única idea acá o mi idea fija daba vueltas alrededor de  la frase de Tsvietáieva “¿Qué hacer con esta desmesura en un mundo de límites?” Y pensaba que Tsvietáieva hace desmesura en el sentido del poema río, el que se despliega y quiere decirlo todo y recurre a la concomitancia, el trágico mide, el abismo por el despeñadero.

 

En cambio en los poemas de Laura la vida resulta atadita, la verdad  es atadita, las palabras son ataditas. Pero el que nombra lo atadito puede hacerlo porque está parado frente a la desmesura de lo inconmensurable como pérdida. “No parto de nada/ parto de pérdidas” es una frase clave.

 

Hablé de esto con Laura, hablé de una desmesura que le es natural y de su recato contenido en Ataditos. Y me respondió que eso que yo leía era su pudor.

 

Me gustaría recordar que el pudor para el diccionario es en primer término honestidad y luego recato. Y el recato es reserva. Y de la poesía de Laura Estrin diría lo que dice Beckett “Hay que saber contrastar con el silencio” En este libro se está en contraste con el silencio. No hay bochinche. No hay palabras subidas ni con lustre, casi me atrevería a decir que lejos de buscar algún “efecto” en el sentido que le da Poe en la Filosofía de la Composición, Laura quiere pronunciar las palabras en voz baja como poniéndolas a prueba en su persistir en la dirección que le da Nietzsche al final de Aurora: “Que nadie nos oiga”.

 

Pero esa es una dimensión analítica o formal del pudor de Ataditos.

 

Me interesa más el pudor como una pasión que mueve esta obra, y para eso retrocedo un poco si es que supongo que estamos avanzando y retomo  estos comienzos vanos.

 

Siempre me ando preguntando por las pasiones tristes y por las pasiones alegres, pero aunque en la base de esa pregunta está Spinoza yo me remito más a esa simplicidad conmovedora con que Stendhal anota en  su Diario que la pregunta que más le importa responderse es “¿He sido un hombre triste o un hombre alegre?”

 

Las pasiones alegres: las que potencian, mueven, dan velocidad, hacen perseverar el ser en el ser, llevan a la acción, y las pasiones tristes como las que aminoran, las que nos vuelve pesados para seguir, las que nos vuelven melancólicos, o incluso nos llevan a ese pecado medieval de la acedía que es el pecado de no desear.

 

Y sentía que si bien los sentimientos del libro de Laura son tristes no era un caso de pasiones tristes y que había una enorme potencia y una concentradísima perseverancia del ser en el ser (eso que Nicolás llamaba mismidad y entonces algo se me descolocaba, hasta que me di cuenta en una charla con Adrián Cangi de que me estaba olvidando que la pasión alegre es aquí el escribir mismo, el anotar el paso, el seguir y perseverar y ahí volvía al principio al paso y al pasar pero ahora viendo al poeta como un ofendido por las pasiones tristes, (Si el que escribe es un liberador del dolor, las pasiones que guían son alegres, me dijo Cangi en la conversación que comenté). A Laura no la leo liberando el dolor sino haciéndose cargo del dolor ella solita por todos (“un solo cuerpo para tanta muerte” escribe) y ahí en  estos comienzo vanos vuelvo al pudor y a la ofensa. Y recuerdo a Baudelaire perpetuamente ofendido por la vergüenza del pecado original y que se hacía cargo de las flores del mal como si él mismo las hubiera engendrado. Eso leo en Ataditos, veo al vigía del dolor por el hombre caído, no es joda esto del hombre caído es el que pierde la eternidad, la dicha, la sonrisa.

 

Laura escribe “Riamos Riamos”. La risa es puramente humana: “El sabio, nos recuerda Baudelaire, no ríe sino con temor.” Por eso es más difícil la sonrisa que la risa. Como escribe Osvaldo Lamborghini “La muerte no es para tanto, basta con sonreír.” ¿Pero podremos sonreír?

 

Cuando le conté algo de esto a Laura hablamos del horroreir, de esa risa que ella anima en un atadito, pero concluimos en nuestra deriva que  detrás de todo el libro hay una sonrisa. Ese día de sol día que se nos cuela sin por eso distraerse de ese maldito lugar de vigía de la pena. “No me distraje, Jacinto,/ no me distraje” rezonga Laura que efectivamente no se distrae porque con la grieta se nace, como decía Leónidas que también creía en el hombre caído como Baudelaire y como Laura y llegó a decir de la muestra exitosa de un artista plástico iconoclasta del catolicismo: “¡Pero ese tipo no cree en el infierno!”. Vigía de la pena es un término de Kierkegaard y habla de la desesperación del hombre  por no terminar de morirse (de vaciarse y agotarse en ser un hombre “abandonado a sus fuerzas” (el estadio estético)  y no puede pegar el salto al estadio religioso que es de dicha y nos saca de ese lugar de minusválidos abandonados a su fuerza. Pero acá estamos en la estética y no en lo religioso. Somos en ese preciso sentido “abandonados a nuestra fuerza”, como la Antígona moderna que inventa Kierkegaard para ilustrar ese dolor.

 

“Hay un pudor victorioso”, dice Tsvietáieva. “El mío es un pudor vulnerable”. Creo que es el pudor vulnerable el que nos hace escribir.

 

Un pudor al que todo le hace mella, como a Laura le hacen mella las olitas en las piernas, Y eso no es la vida, contado así ya es literatura. Esto es fundamental. Los escritores tenemos problemas para vivir no para escribir y no debemos confundir la vida con la literatura como está de moda hacer ahora. Claro que el alma va con el cuerpo como dice Spinoza y es ese cuerpo que va con el alma  el que escribe, pero la literatura y la vida no son la misma cosa.

 

Para terminar quiero decir que “esa vida que si es angosta no pasa por vida” como escribe Laura,  no es la de un poeta de fuego como Tsvietáieva sino de un poeta que se va descamando pero es de piedra (“qué hacer con la nostalgia/ volverse piedra/ vivir de nuevo” o “los libros no son botella al mar/ sino una piedra, / una piedra que cae en un mar vacío”). Pero en esa mismidad se aprende a partir de la nada y de la pérdida “aprender a seguir perdiendo/ sacandodejando”)  y se escribe un libro que no es de fuego como los poemas de Tsvietáieva sino de piedras y de hielo, “ese hielo que flota en el océano” y que cierra Ataditos.

 

Y volvemos a lo atado, lo ilimitado-ilimitado. Lo desmesurado y la mesura ¿Qué hacer con todo eso?

 

Laura escribe cerrando su libro:

 

Acomodar

Apretarse

Atar

hacerse atadito.

Y ahí vuelve lo atadito, vuelve la timidez del canto y así.

 

Pero yo también insisto  y vuelvo: ¿qué es el pudor sino el colmo de la intimidad? Y el pudor como intimidad está ahí en lo atadito, es un modo de ver lo inconmensurable, modo que en Anillos toma otra forma, culebrea, se desespera, se desata en ese pasar y pasar en ese seguir y seguir.

 

Y en “la patraña de días enteros” la espera. Poderosa esa espera, tediosa, inexorable, tal vez “sin esperanzas para mí” pero espera espera espera.

Anillos de espera como si la vida

fuese otra cosa y no espera

 

Es tal vez un rasgo romántico de Laura. Pero si lo explico me echan a bolsazos. Tedio, bovarismo y mucho más.

 

Cuando le pregunté a Laura la pregunta de Stendhal me respondió lo que traté de decir:

 

“Escribir, poder hacerlo, es alegría fuerte. Grande. Que ande saliendo una frasecita, una visión. Poder anotarla. Algunas lecturas las acercan, algunos árboles también… como en el video de Leónidas… encontrarse abrazado a un árbol… La risa de los pocos amigos.

 

El sol, la casa, ese anillo, ese otro. Cositas: alegría. Todo eso frente al rictus de mi abuela Clara que también yo tengo… Pero ella también tenía la alegría de la terraza, alma de terraza.

 

La alegría también es dura, sin retorno, sin atenuantes, Néstor Sánchez. Es saberla y luego buscarla siempre. Una salud. La alegría es Kafka en el teatro idish con esos flacos shlemazels (arrastrados por la suerte, literalmente), son las palabras largas del idish que uso, esa lengua que alcanza. El entre-nos que nos aleja de casi todos. Un autor que se descubre, este año el libro de sueños de LGVega. Durísima alegría.

 

La alegría es una velocidad, o la mecánica del café –el que tuvimos alguna tarde aunque seguro no fue tanto. Un lugar donde no hay espacio pero sigue la guerra. De palabras, de encuentros de palabras, mejor. Como dijo la rusa, la alegría es el mitten drinnen, siempre extemporáneo o desaforado o inoportuno”.

 

Milita Molina, 2018

*Laura Estrin, Ataditos, Ediciones Leviatán

[1] Nicolás Rosa

[2] Osvaldo Lamborghini