La visión en el oído (Jack Kerouac Visiones de Cody III) / Hugo Savino

Frisco : La cinta grabada

Bull dice sin pestañear: «Soy un artista.», como Guy Debord le dijo a Bessompierre: «Soy un revolucionario profesional.»

Bull solo lee, ahí sentado. Cody lee, sentado junto a Bull. Lee un libro de 1200 páginas. Bull en otra silla «lee todo el santo día».  Así funciona la lectura. O lectura o televisión. O lectura o pantalla. O lectura o alguna de esas formas de comunicación de vigilancia social. O pintura o imagen. Dos tipos, Cody y Bull, leen en silencio, cada uno su libro, sin hablarse, la cabeza metida ahí, ningún entusiasmo por el trabajo, estos dos están lejos de «la vanidad de las revoluciones» como diría Giuseppe Renzi. Solo leen. Estado del alma anudado a libro. Nada que traficar, nada que vender. Además, lo que hacen no se vende. Solos en ese rincón, libro en la mano, sin participar de un programa común,  ya es huelga ante la sociedad.

Paul Claudel: «¡Esperemos que un día se levante un Judas Macabeo que rompa el yugo de nuestra Universidad, repugnante heredera del paganismo y que ya no se deje impresionar por esos dioses de hierro llamados Ciencias y esos dioses de madera llamados las Letras!»

La sordera sobre Kerouac cree que Kerouac se lleva todos los laureles, que es un autor de ficción, y no registra que sus libros recurren constantemente a los libros que lo arman, que lo transforman, eso que se llama historicidad: Balzac, Melville, Joyce o los mapas de los caminos. De ahí tira el hilo para su sentido del poema. Todo ese conjunto es su Leyenda de Duluoz.

Kerouac tiene y juega a ese matiz de profeta:  «profeta no es un vidente, el profeta oye las visiones cuando oye lo que una palabra dice de otra». (Meschonnic)

Me reescribo las lecturas que hago de Jack Kerouac. Me las reescribo en tres lenguas.

Cody descubre que el eco entre las palabras lo lleva a la rememoración, pero también descubre que no la puede escribir. Puede contarla cuando lo escuchan o escribe una carta. Cuenta su visita a Bull, que se viste como un dandy y cuando entra en la sala le pregunta a Cody si llegó el correo. Hay que servirlo. Bull lee todo el día. Tiene el Diario de Kafka sobre las rodillas. Lee. Ya escribirá Bull. Es un déspota como Kafka, y será un escritor sublime como Franz Kafka. Pero Cody no se acuerda de nada, además no lo vuelve loco esa visita a casa de Bull. Intuyo que Bull tampoco. Todo lo que le cuenta a Jack, y que Jack graba, es lo que le contó Irwin. Cody registra el relato de Irwin y se lo cuenta a sí mismo haciendo que se lo cuenta a Jack. Es un contar de contar infinitamente, de los tiempos en que la conversación existía.

A Cody le gusta de Jack el niño que se le parece. Lo secuaz, hasta que dure, está en un rasgo. Que se remonta a la infancia.

Pero Cody no puede escribir su poética :

«Jack. – No puedes mantener algo, sostenerlo.

Cody. – No puedo escribirlo, no puedo decirlo, no puedo, ah, ya sabes, quiero decir que… no puedo hacer nada personal como eso.»

Cody se dice, en voz baja, sus divagaciones. Su concepción de la palabra está vinculada a ese «No puedo escribirlo». O “No puedo expresarlo». O «No puedo escribir eso». O «No se puede escribir eso». Pero finalmente variaciones de un punto de vista sobre el lenguaje. ¿Un tipo que tuvo ideales y ya no quiere hablar de ideales? Cody no quiere consuelos, reacciona a las palabras de Jack: «No estás obligado a escribirlo». A la condescendencia Jack Duluoz, en este caso. Y están las reacciones a las expresiones que uno detesta. Cody Pomeray crea ese espacio de rechazo. Yo detesto la frase es un libro delicioso. El adjetivo delicioso es vomitivo. En un tiempo estuvo de moda. El Buenos Aires de los novelistas coquetos. Tipos que tienen esa cara de humoristas perpetuos  o la gravedad de un pensador de universidad. Esa que Claudel intuyó. Van cambiando según los inviten. Leen todo lo que publican  sus posibles enemigos, pasión policial del fichaje. Las expresiones son como garrapatas.  Cody enseña a sospechar de ciertas expresiones. Parte de un “No puedo expresarlo» y acepta esa aproximación vacilante a las palabras.

«Cody.–  “no puedo expresarlo” queriendo decir… por lo general… escribir.»

Jack busca Body and Soul por Billie Holiday en un juxe-box. –Para volver a escuchar cierto sonido.

Jack Duluoz y Cody Pomeray graban la conversación. No hay esbozo. Cody se cuenta en eco de sus palabras. Se las graba en una cinta.

Hay un idioma de los argentinos, como se dice, pero establecido,  y la regla es repetir el mismo esquema siempre, como si Macedonio Fernández no hubiera escrito, solo le agregan algunas innovaciones de vanguardia. Salvo dos o tres nadie se mide con la paranoia de la época. Si uno intercala una página de Néstor Sánchez o de Ricardo Zelarayán o traduce un poco de Kerouac, para violentar ese argentino, estalla el mantenimiento del orden. Así de mansito está todo. El pretendido idioma argentino se consolidó a academia, a taller literario. Todos esos clisés ya fueron estigmatizados por Claudel con su fosa de piojos. Hay un mercado de la novela y todos se hacen los ingenuos, y se ponen a retoriquear anti-mercado. Todos entran o quieren entrar en «el sistema de mentira de lo novelesco». Que solo exige respetar la trinidad sujeto-verbo-predicado. Los que salen de esa trinidad entran en la inquisición de la crítica. Nada nuevo, pero hay que insistir.

Cody Pomeray y Jack Duluoz son dos escrutadores del tiempo. No escucharon los ruidos e intrigas de ninguna corte, solo y únicamente las voces de la plebe. Eran dos tipos del recitativo, no del relato. No estaban del lado de ninguna vanidad. Duluoz era lector de Balzac, sabía que la policía ya hacía circular, y Cody era proustiano.

Balzac lo dijo claro: «Las leyes de la mayor parte de los países se han hecho para oprimir al desdichado y proteger al poderoso».  Cody Pomeray lo sabía en el cuerpo. Los vanidosos del relato a sueldo saldrán a desmentirlo. Y Balzac les gana siempre en el tiempo.

Y de paso, las legiones de profesores compasionales que le  reprochan a Kerouac no participar de movimientos o colectivos pueden también buscar una respuesta en Balzac: «Todas las asambleas tienden a hacer del soberano un fantasma, y del pueblo un esclavo». Es más que obvio que un lector o traductor de Balzac no participe de asambleas, de franeleos ideológicos. En la próxima quema de libros Visiones de Cody estará junto a La cousine Bette.

En Texas, Bull ponía los aburridísimos valses vieneses, no había manera de moverlo de ahí, todas las tardes, Irwin y Cody  flotaban droguetas en una conversación interminable en «todos esos intercambios de ideas y de emociones, nada concreto ni preciso, pero al final entiendes lo que la persona que está enfrente quiere decir, porque ya te lo había dicho antes – o te lo va a decir: – Exacto es lo que quiero hacerte entender». Es «una enorme complicidad».

Y Bull seguía con los valses vieneses. Y bueno, es un gran escritor Bull. Hasta se le perdona ir al Colón.

Vuelvo a Cody: el colchón era una piltrafa, es más tabique que colchón, para Cody e Irwin. Cody no lo puede ni tocar. Suele pasar, un colchón puede hacer que rechaces al otro, al mundo en su conjunto. No hay «maniobra de aproximación» que valga. Cody se va en jeep y draga a una chica. Flota en Nembutal. Así retoma el hilo de su recitativo frente a la grabadora. Y pone Crazy Rythm por Coleman Hawkins. Y se remontan hasta Chu Berry: Jack Duluoz: «Hawk aprendió con él… […], Chu Berry es el maestro de todos».

Cody a Jack Duluoz le dice que toda su noción del lenguaje es ordinaria, común: «porque después de todo se trata de mí mismo hablando», y es raro y escasísimo alguien que hable por sí mismo, Jack ve con el oído las visiones de Cody y las reescucha en esa cinta, las transcribe: Cody sigue: «sabes, tengo pequeñas ideas comunes, cosas que recuerdo, como ese colchón piltrafa por ejemplo, sabes, cosas que son… es lo que quería decir … ¿ves?… y suenan de ese modo (señalando las palabras del manuscrito) y eso es exactamente lo que son, ¿verdad?» Y otra vez: Cody «oye las visiones cuando oye lo que una palabra dice de otra».

Cody no escribe, no llega a escribir, pero tiene su poética, se la despliega a Jack en la cinta, los profesionales de la lectura se creen los únicos lectores, y los rascás un poco y te das cuenta de que solo leen a Beckett leyendo a Adorno, Cody lee a Proust sin red, lo reescribe en su boca, «lo existe» como se existe el mundo, le cuenta a Jack su continuidad: Cody: « re… regresar a esa memoria y sacarla un poco refundida […] todo lo que recuerdo, en una pequeña línea estructural, algo esqueletizado de… lo que pensé anteriormente, y eso es lo que uno hace, sabes, sabes cuando regresas y recuerdas una cosa que claramente pensaste y merodeaste antes, sabes lo que estoy diciendo, la segunda o la tercera vez o la cuarta vez, lo expresas o dices algo así y sale diferente y se vuelve más y más modificado hasta que se convierte en una cosa pequeñita que decís». Se escucha la infancia en filigrana, se escucha la calle Larimer. Duluoz descubre el sonido Pomeray. Que construye la sala de billar, el neón, los ladrillos rojos de Denver. Duluoz nos cuenta el efecto de la carta Joan Anderson. De la voz Pomeray a las cartas Pomeray que escribía y recibía.

Cody se deja grabar en el salón, el bebé duerme, Evelyn anda por ahí. Ella es la jilguera de Céline, esa que hace la ley,  para Cody, varias jilgueras tratan de ponerle las pantuflas, se resiste.

Cody: «y la memoria, porque los dos estamos interesados en, ah,  la memoria, y tan relajados con Proust y todo eso».

Seguir en la cabeza, porque eso se escribe en la cabeza. Cody hace Proust en la cabeza:  «Cody. – yo lo estoy describiendo ahora, ahora estoy aquí en el proceso de decírtelo a ti, y tú eres  quien lo escribió, entonces estoy diciendo que tú sabes más de esto que yo…

Jack. –No puse la puntuación.

Cody. – No, sabes más que yo… no, pues, de cualquier modo, fue una conversación sin puntuación». El tiempo se escucha con una puntuación que la gramática apenas rasca.»

Y hay que tomar al pie de la letra esa superioridad de Jack Duluoz en la escritura que marca Cody. Cody le encarga a Jack Duluoz, en esta cinta, en ese presente, la misión de escribir con la puntuación que sea. No puse puntuación es una manera de decir puse la mía. No hay otra. El que desgraba puntúa. Jack Duluoz tiene la misión de escribir la leyenda. La conversación grabada muestra dos visiones del tiempo en perpetuo movimiento. Desgrabado y puesto en papel es un deslizamiento perpetuo. Cody la deja escribir porque sabe que texto es igual a movimiento en el tiempo. Entre Cody y Jack hay un tercero como eslabón: Proust. Que hace de guía. Un eslabón para saber de qué se habla. Para improvisar. Un secuaz convocado a la leyenda. Los dos están fuera del templo del saber, ni siquiera se plantean el sarcasmo contra ese templo, no, no es un problema en esta cinta. Para Kerouac el choque con la institución del saber vendrá más tarde. Por ahora hay que escapar de otras instituciones, de otras arrogancias.

Y entra Dostoyevsky. «Suena como… la manera en la que Dostoyevsky empezó las Memorias del subsuelo […] “No me gustas lector” o algo por el estilo». Jack Kerouac nunca descuidó el comienzo de un libro.

«Jack Duluoz.- Ves qué terrible es cuando nadie escucha».

Y entra Céline: «Jack. – Pero de hecho  eso es lo bueno que tiene, puedes escribir cualquier cosa. ¡Eh?

Cody. – Así es. Tiene que ser muy agudo sin embargo. Céline lo hace mucho.

Jack. – ¿Qué hace?

Cody. – Ah, tú sabes, cómo escribe». Jack Kerouac va dejando las marcas de las impregnaciones.»

Y Cody cae en el reproche clásico, ese que separa vida y escritura : «Cody. – … pienso que tu mente está demasiado  metida en la escritura y no tienes tiempo para sentarte y preguntarte por todos esos ataques de los que eres víctima,   sobre toda esa gente que te agrede. […]

Jack. – En… ¡escribiéndolo!

Cody. – Sí, se debe a que estás escribiendo, ves, en realidad solo estás interesado en la escritura.» Cody insiste en su sordera. «Escribiéndolo» para Jack Duluoz es vivirlos, analizarlos, darse una estrategia.

Jack Duluoz: «La cinta se borra cuatro minutos en que continúan hablando, sobre la fama, sobre el deseo de  no ser destruidos, el status, carreras, dominio, ambos extremadamente tristes e íntimos.» Una manera de indicar que no eran dos subjetividades absolutas. No hacer la farsa de la subjetividad absoluta lo puso fuera del círculo de la respetabilidad. ¿También lo acusaron de traidor?

Y Jack Duluoz trae a James Joyce y se hace la pregunta legítima, que él mismo se respondió escribiéndola, toda su vida: «Jack. – James Joyce tenía una gran familia, pero, ah, bueno, no sé cómo pudo escribir tanto.» Otro reproche a Jack Kerouac es que quiere escribir todo, se lo hizo Mardou, se lo hace Cody : «Cody.– No vas a grabar casi nada de esto, sabes.

Jack. – Bueno, eso es la tristeza de todo.»

Por Coleman Hawkins: «Cody.– ¿Ves lo sutil que es? Aquí está, escucha…».

Hay un momento en el que hay que preguntarse como Cody si los tipos que te rodean están en tu orilla del lenguaje o uno anda con gente que está en «el sindicato equivocado». Hay que sostener la paranoia.

El padre de Cody escribe una carta. Pomeray padre escribe cartas enloquecidas, enloquecidas de reclamos. Desde Denver. Padre ido y remerorado por Cody a Jack Duluoz que lo escribe en su imaginación y esboza las imágenes: «Jack. – Carl Rappaport estaba enloquecido con la forma en que yo había hecho las imágenes de lo que tú me habías contado de tu vida y las había proyectado en la pared, todas infladas…

Cody . – Alargadas

Jack. – …y agrietadas, locas. (Cody riéndose). El viejo Bull Balloon, ¿ves? ¿Quién fue en realidad el tipo?… que fue contigo».  El mejor secuaz tiene un padre a misterio, a leyenda.

Jack Kerouac es como De Kooning, de los melodramas baratos hace esbozos sublimes. Y Cody ve en esa madrugada a un tipo con el pito parado que mea y que, además, tiene el dominio de la situación. No   admira a esa clase de tipos. Ese es el aprendizaje, situar en qué lugar del mundo estás situado. Cody sabe que está del lado del Viaje al fin de la noche, que nunca tendrá el dominio de la situación. No lo quiere. Salvo que la estupidez de la corrección llame dominio de la situación a su velocidad. Estamos en el invierno de 1952.

Kerouac existe el mundo a través del oído.

Cody pregunta, quiere saber cómo empezó esa banda: Julien, Bull, Irwin, June, Elly.

Saber elegir un bar. En esos años los mejores bares eran los de pasadores de apuestas. Había uno en Buenos Aires, en 1952, en Olavarría y Patricios.

«Jack. – Te conté alguna vez sobre mi paranoia». Una leyenda es también un registro de las paranoias. Su itinerario, inacabable, porque si hay subjetivación máxima habrá parásitos en el cogote del caballo.

«El elemento tiempo» es la pregunta por un detalle: ¿dónde estabas en esa nochebuena de 1947? Jack Kerouac hace esa pregunta para organizar las aventuras que lo sacan del arte de la ficción, es decir del artesano, para no ser un escritor que hace lo que sabe hacer.

En el elemento tiempo está el paso del tiempo y la falta de rigor de esa especie piojosa claudelianamente hablando llamada lector profesional, gente que cita cualquier cosa, que juzga a Jack Kerouac y nunca leyó el Ulises. O Moby Dick. Y esa gente dará su opinión sin vacilar. Son los que dicen amar la literatura pero en realidad aman otra cosa. ¿Lo dijo Yeats? Yeats que está en las visiones de Cody.

O la cita de Céline sobre el lector: «les hablaba de la edición, ¡esa gran estafa!… ¡y el abominable gusto del público!… y a mí que sin embargo tengo la costumbre de las disecciones y de los temas muy avanzados, el corazón vacila cuando pienso en los libros y en los comentarios… no hay peores ciempiés peludos, en el fondo de los Sargazos, que los lectores muy advertidos… glotones de excrementos dialécticos, que sacan de las algas, y frasíbulas que se hicieron pólipos, `formidables´ mensajes..».

Hay un Cody que vagabundea por el salón de billar, del que todavía no sabe mucho, en el sentido de la rememoración, de su no recordar nada. Hay contrastes, bordes, hay que organizar las líneas, está el olvido, lo preexistente no se invoca con modelos, no es una estructura, su no recordar es una reacción, un rechazo a la ilusión cronológica, no recordar es una de sus maneras de leer Proust.

Hay toda una literatura para profesores de literatura, sostenida y mantenida por ellos, toda una pequeña industria que trata de convencernos de que ellos son los únicos que saben leer. Es algo del orden de lo cultural. Pero todos los días demuestran obstinadamente que solo saben leer lo cultural. Jack Kerouac les resulta inalcanzable. Él puede ir de Shakespeare a Melville, pasando por Céline, solita tu alma. No terminan de aceptar que ahí, en esa travesía está su historicidad, y que la conoce y no la conoce, inseparablemente, y la explora. Y que está siempre abierta. Es su especificidad constantemente en movimiento. Cuando Kerouac escribe Shakespeare el outsider, escribe una reflexión sobre su propia historicidad, es su punto de vista sobre Shakespeare y sobre él mismo en su condición de outsider, de forastero, de extraño. Outsider para Kerouac no es un gesto ligado a la benzedrina o a la mochila, es una relación al poema que construye con el nombre de Leyenda de Duluoz. La dificultad con Kerouac es que nunca hizo didactismo. Ni siquiera didactismo de vanguardia. Nunca simplificó su poema. No cultivó el arte de la ficción. Kerouac no se dejó llevar por ese clisé de lo indecible, hizo al revés, «partió de lo que no se puede decir».

«Cody. – Yo hablaba de forma continua, filosóficamente, interrogantes y razonamientos sobre ciertas cosas, declaraciones sobre todos los temas […] el taxista, me dijo, «Pues, todo eso está muy bien muy bien, Cody, pero ah, tú no tienes nada de DINERO» o algo así que me demostró que todo lo que había dicho no era nada, que no estaba bien, que ese no era el asunto». Ya le va quedando claro a Duluoz que Cody no relata nada, no está en la psicología, no le interesa el momento en que el taxista le dice eso, eso no tiene nada que ver con el elemento tiempo, solo le interesa lo que inscribe de ese encuentro, la relación que le permitirá seguir su exploración, por el infinito de las relaciones.

«Cody. – Y de repente me di cuenta de que el filósofo no era… de que el poeta era más importante que el filósofo ¿ves?

Jack. – ¡Por supuesto!»

Todo está entre el no anotar y el anotar: «Jack. – Recuerdo el nombre del hotelucho, en mis anotaciones, pero ahora no lo tengo…»

Duluoz a diferencia de Cody, piensa «en los problemas del escritor», su anotación le permite descubrir que no hay progreso en la escritura, que solo hay subjetivación, ningún esbozo preexistente.

Hay un Cody que habla de su contar: «Ya he contado esta historia, pero quiero decir, es lo que sucede cuando repites una historia y no hay nada… , no quedas satisfecho, nadie lo está, pues el hecho es, ah, no hay espontaneidad ni nada, no hay, ah, placer, te das cuenta, porque estás revisando… revisando viejos temas».

Jack Kerouac: «Emily baja las escaleras para ver a los adultos como Proust cuando era un niño en la escalera del tiempo y la memoria».

El nudo de la tercera parte, la cinta grabada, es Jack pidiéndole a Cody que le cuente cosas de sus vida, detalles.  Cody conoció «el trabajo sin defensa», supo que poeta es más importante que filósofo pero nunca confundió poeta con poesía. Estacionaba coches como otros iban a trabajar a fábricas de café y chocolates, trabajos de mierda, como cualquier trabajo, pero sabía que eso no era una  hazaña, que si aprendías algo era que había que tener algo en el bolsillo. Nunca quiso ser ejemplo de austeridad para clase dirigente. Cuando se llevó un coche del estacionamiento, por un rato, el encargado le dio un sermón, el mejor de los sermones: «Para qué estás robando coches? Roba algo que no puedan descubrir, roba algo como dinero». Proust también tiene lectores lúmpenes. Digo, gente con conducta y código. Uno de los amigos de Cody fue Tom Watson.

Hugo Savino