Un escritor que busca aprender oficio manual para independizar su trabajo de novelista (Entrevista a Néstor Sánchez, 1968) / Carlos Días Sosa

UN ESCRITOR QUE BUSCA APRENDER OFICIO MANUAL PARA INDEPENDIZAR SU TRABAJO DE NOVELISTA. (Conversaciones de Buenos Aires)

Dos Novelas del escritor argentino Néstor Sánchez (1935) las leí en Caracas. “Nosotros dos” que lleva a manera de epígrafe un fragmento tomado de la narrativa de Julio Cortázar: “¿Por qué, a ciertas horas, es tan necesario decir: amé esto? Amé unos blues, una imagen en la calle, un pobre río seco del norte”; y “Siberia blues”, que lleva a manera de epígrafe un fragmento de Charlie Parker y que dice: “Sí, esta noche improvisé durante mucho tiempo sobre “Cherokee”. Mientras lo hacía, me di cuenta de que, al utilizar los intervalos superiores de la armonía como línea melódica colocando debajo armonías nuevas más o menos afines, podía tocar aquello que por tanto tiempo había oído dentro de mí. Me llené de vida”.

Estos epígrafes –desde luego- tanto en la primera como en la segunda novela, tienen mucho que ver con lo que de inmediato se va a narrar, y también con la forma de como se va a narrar.

Desde mi llegada a Buenos Aires traté de comunicarme con Néstor Sánchez; sospecho que una entrevista con Jorge Luis Borges pudo ser más fácil de conseguir, que dar con el paradero de este joven escritor. Le pregunté por Néstor Sánchez a un editor, y éste me dio una mala respuesta. También le pregunté a dos muy importantes novelistas argentinos, uno me dijo que no lo conocía, y el otro que sabía de su nombre pero que no lo había leído. Un novelista joven serio y muy importante intelectualmente, se excusó diciendo que nunca sabe por donde andan ni que hacen los más jóvenes. Otro novelista me dio muy malas razones intelectuales de Néstor. Todos estos factores aumentaban mi interés, al reafirmar el criterio muy personal que después de haber leído su obra, me he formado de Sánchez. En una gran librería donde exhiben fotos firmadas de escritores importantes de Argentina, volví a preguntar, fue entonces cuando una señora muy amable que allí trabaja, me dijo que el novelista va algunas veces por ese sitio, y que tres días antes había dejado un número de teléfono. Llamé a ese número una y otra vez, por fin obtuve respuesta, me dieron su dirección: calle Echeverría N°1444, 7mo. Piso, apartamento N°62. Y fue el último día y a la última hora de mi permanencia en Buenos Aires, cuando logré hablar con el escritor.

Un hombre joven, con una gravedad expresada en el rostro, me abrió la puerta de aquel modesto piso de un solo ambiente. Y también su esposa, una joven mujer que trabaja para mantener el equilibrio económico de un matrimonio que no tiene hijos.

Tener hijos, en la Argentina, como me lo decía un dirigente sindical, “es un lujo”.

Buscaba algo que rompiera el estatismo de la conversación, para hacerla girar sobre la literatura, y de manera muy particular sobre su obra de novelista. Él permanecía allí sentado, y solamente se levantó para abrir una ventana desde donde se descubre la ciudad, como tratando de buscar una explicación de esa irrupción en cierto caso novelesca, en su apartamento, en horas relativamente tempranas. Vive el novelista, como medio se lo permite un ambiente que cada vez oprime más, desde todos los ángulos que la situación se mire. Es posible que los grandes de la literatura argentina no sepan nada de él, o no quieran saber nada de él, pero Sánchez sí sabe de ellos. Y confieso que más que sus novelas, fueron unas declaraciones suyas, publicadas originalmente no sé donde, y reproducidas fragmentariamente en la página de un diario de Caracas, lo que me dio un tanto la medida de su naturaleza intelectual.

Julio Cortázar también se fue cuando ya no pudo más con todo aquello.

Ahora son unos cuantos los novelistas jóvenes argentinos y entre ellos Néstor Sánchez es uno de los más discutidos en el extranjero. Es posible que más tarde su nombre y su obra se proyecten de afuera hacia adentro. No habrá nada de nuevo en esa circunstancia, ni en Argentina ni en otro país, antes, ahora y después. Mientras tanto, Sánchez trabaja con una idea fija sobre lo que piensa deba ser la novela. Ahora espera la traducción de sus obras al inglés y el francés. Es una espera inquietante, alrededor de un propósito ya en marcha. Y fue así, informalmente después que un amigo pintor y de Venezuela le hizo un chiste sobre la condición del argentino, como se inició la entrevista. Buenos Aires continuaba extendiéndose más allá, como lo advertíamos desde la ventana del apartamento.

La entrevista se desarrolló en una atmósfera donde parecía estar diluido cierto nerviosismo. De mi parte, porque ya me marchaba y el avión siempre es inquietante, y de parte del novelista, tal vez por lo imprevisto de la visita. Conversábamos de uno a otro extremo dela mesa.

“Más de cuatro años acompañándome a las librerías, entrando a saco en todas las librería y los cineclubs. Escuchábamos a Borges hablándole a la niebla en el edificio inmundo de la calle Méjico, en piezas al azar detrás de las ventanas en ruinas leímos juntos toda la literatura argentina y seguiste mi miseria por el arte, mis novelas truncas que pasabas después de hora en la Underwood del escribano Ramirez, a dos espacios con margen para carpeta solo atreviéndote a dudar de algún que otro que, algún que otro verbo subrayado por vos levemente a lápiz y consultado con tu tono de reserva para los grandes acontecimientos” de la primera novela Nosotros dos.

-¿Qué es lo que usted pretende hacer como novelista?-y la pregunta me salió así, de improviso, como también le llegó al joven escritor que me miraba un poco de soslayo, sin haber dominado su turbación.

La cosa para mí es bastante compleja a partir de mi segunda novela, porque me preocupa mucho el lenguaje, la escritura de la novela, y sobre todo oponerme a la novela tradicional.

-¿Podría explicarme ahora la forma como pretende tratar la estructura de la novela, que ya es una primera razón para oponerse a la novela tradicional, como usted lo dice?

En el tratamiento de la estructura hay algo que tiene que ver con la poesía. Con la forma abierta trabajo buscando que la novela se escriba y me escriba.

“…se escriba y me escriba” ¿……?

Haciendo de la novela una experiencia de vida, fue lo que dijo Sánchez.

-Anteriormente a la novela ¿usted llegó a escribir cuentos?

Llegué a la novela por asfixia. Me siento muy cerrado en el cuento, y me parece que el cuento es un género muy estricto, y yo (para el lenguaje) necesito otro tipo de experiencia. Entonces hay una especie de ligazón con el automatismo, en la búsqueda de la escritura, hay énfasis puesto en el ritmo. Fundamentalmente. Y una idea muy vaga inicial.

-Hablemos del ritmo, como problema literario dentro de la novela.

El ritmo de lo que ocurre, no es el ritmo en sí mismo.

-¿Hay algunos otros escritores jóvenes que en la Argentina estén trabajando en ese mismo sentido?

Yo no tengo idea. Creo que hay algunos, pero tal vez no han publicado, gente todavía más joven. Aquí hay una especie de mediación a partir de Cortázar, hay un cambio de visión, y después queda una cantidad de escritores más tradicionales, aún cuando todavía no se sabe bien qué va a pasar. En general, yo no lo percibo, no hay en el aire una tendencia hacia el cambio.

-¿Qué diferenciaciones estéticas establece usted entre “Nosotros dos” y “Siberia blues”?

La primera novela tiene como característica una búsqueda de estilo, y todavía no es una voz en sí misma. Ocurre con la segunda novela que se trata del mito, y por lo tanto de esa cosa oscura, casi impenetrable, que es el mito en uno: el mito en mí. Por lo tanto no hay una posibilidad de explicitación del mito.

-Usted habla de la atmósfera poética en sus obras. ¿Es posible que, como Cortázar, usted haya escrito anteriormente poesía?

Yo escribí poesía durante mucho tiempo. No publiqué esa poesía, pero mi aprendizaje con el lenguaje fue a través de la poesía.

-Usted habló anteriormente de una mediación que ocurre en la Argentina a partir de Cortázar. Cierto ¿pero esa mediación será a partir de “Rayuela”?

A partir de “Rayuela” exactamente.

-¿Me quiere dar una opinión sobre esa obra?

“Rayuela” me parece una obra dispareja, que abre muchas perspectivas, todo depende de qué se busca en ella, para encontrar el punto de partida.

-¿Para qué le sirvió a usted?

Me sirvió para un punto de partida, pero a otros les sirve para algo diferente. Es una especie de mosaico…

-Carlos Fuentes dice de Cortázar: “Cortázar, en primer lugar, que para mí es casi un Bolívar de la novela latinoamericana…”

Se rió Néstor cuando escuchó citar la frase, y luego dijo que su obra tiene vinculación con la poesía, una condición que considera poco común entre los escritores argentinos.

Hay una división muy mecánica entre poesía y prosa que para mí es una división académica y nada más. Esa división no tiene demasiado sentido.

-¿Y el problema del tiempo, en su novelística?

El problema del tiempo, si no nos atenemos a la tradición faulkneriana, Joyceana, es algo que se integra y se hace una sola cosa de lo que uno trabaja. El tiempo y el espacio en una novela cuyo enfoque no sea tradicional, se integran en el trabajo mismo.

-¿Cómo comenzaría a explicarse el interés internacional que de repente ha comenzado a tener la narrativa latinoamericana? ¿A qué se debe? Y es muy importante tomar en cuenta que, en sentido general, esa novelística está escrita por gente muy joven…

Yo he pensado mucho sobre eso. No sé bien, además no puedo encontrar una coherencia… tal vez encuentro una coherencia en el sentido de que es una cultura que nace. No encuentro una coherencia en las distintas experiencias que se hacen con esa narrativa. Hay una diferencia de fondo en cada uno de los escritores. Además tenga en cuenta que la literatura europea y norteamericana han entrado en un callejón sin salida. Que es también expectativa para todo lo que se haga; aspirar un poco más por la literatura latinoamericana, de manera que esas cosas pueden llevar a enfatizar demasiado la importancia de la experiencia que se está haciendo.

-Qué contar, siempre ha habido en América; se habla de lo real maravilloso, pero no obstante esa circunstancia, ahora parece como si el escritor latinoamericano aprendiera su oficio, y lo que es más, se dispone a la aventura, a la experimentación…

Eso es verdad, se empieza a trabajar desde el mundo propio en la literatura latinoamericana. Es evidente. Antes se trabajaba de otra manera. Además ya no hay modelos para seguir en las literaturas europeas y norteamericanas, que se tenían como moldes; a mi entender ahora están en un estancamiento, es una literatura aburrida, sin sangre; toda la experiencia objetivista, toda la experiencia italiana. Entonces ya no sé, tengo miedo de enfatizar en la experiencia.

-¿De la experiencia latinoamericana?

Sí, de la experiencia latinoamericana porque siento que hay muchas líneas, y yo no podría encontrar el punto de contacto en muchas experiencias entre todos esos escritores que han trabajado sin saber que otros estaban haciendo lo mismo. Han trabajado independientemente y de pronto apareció esa especie de “boom”. Entre ellos algunos tienen que ver entre sí, otros no.

-Digame Sánchez: ¿lo que usted hace ahora tiene correspondencia dentro del proceso lógico de la literatura argentina? ¿Lo suyo será consecuencia de lo otro?

No se puede desconocer la literatura del país donde uno escribe. Sobre todo, porque el lenguaje proviene estrictamente de la tradición que el lenguaje ha tenido en el país donde uno trabaja, de una o de otra manera. Después hay que revitalizarlo, descubrirlo, revalorizarlo. Tal vez sea esa la misión que tenemos o la que yo siento tener.

-Piensa usted que los novelistas, ahora más que nunca, además de críticos sociales, deberán ser críticos literarios muy alertas ante un mundo cambiante, tendiente hacia la proposición en el orden de la creación literaria…

Eso es evidente. Cuando uno escribe, es aquella cosa de Pavese, todo ha sucedido ya. Uno debe confiar en la visión que tiene del mundo. No enfatizarla, y la relación es absolutamente libre con el material que uno trabaja. Quiero decir, alejarse lo más posible de la literatura pensada. Yo me niego a pensar cuando escribo.

-Miedo a pensar… ¿me aclara esa posición tomada?

Me niego a pensar (ideológicamente). Si la cosa se da, quiere decir que yo tengo una visión suficiente para que también en mi acto de escribir aparezca. Hay una experiencia de conocimiento en la escritura misma, que me lleva a algo que no tenía previsto cuando comencé a escribir.

-A propósito de la necesidad de manejar preferentemente el lenguaje, como tienden a hacerlo ahora los narradores ¿esa disposición no exige de parte del escritor un extraordinario conocimiento del lenguaje, como instrumento de trabajo?

Bueno, eso es evidente y al mismo tiempo es una de las cosas más descuidadas. El conocimiento del lenguaje desde un punto de vista más profundo que el conocimiento en sí de la diversidad del lenguaje, me refiero a esa cosa sutil que tiene cada palabra.

-Juan Goytisolo se quejaba tal vez en términos dramáticos, del tratamiento que la crítica y los académicos españoles, dan a su obra novelística.

(“Así he introducido en la novela una serie de materiales sin integrarlos del todo en su estructura, los he dejado un poco con el culo al aire para que se vea casi la carpintería, y esto lo he hecho deliberadamente como Cervantes cuando intercala novelillas, por ejemplo la del curioso impertinente, en la historia de Don Quijote o Mateo Alemán la de Ozmín y Daraja en Guzmán de Alfarache. Es decir…”Declaraciones de Goytisolo publicadas en el N°12 de Nuevo Mundo).

Pero Goytisolo se vincula a una experiencia del lenguaje conversacional, y justamente por eso debe ser. Una narrativa que tenga la respiración de quien habla, si tiene de común casi toda la literatura latinoamericana. Es un hombre quien le habla a otro hombre.

-Yo quisiera me hablara de la situación que enfrenta  un escritor joven como usted, aquí en la Argentina, especialmente cuando comienza a buscar nuevas formas de expresarse.

Es cuestión casi, yo diría, de trabajar sin esperanzas de comunicación inmediata, y el resultado (generalmente) es la soledad de ese trabajo. Es un trabajo que paulatinamente va llenado la vida de uno, de manera que no quedan resquicios. Incluso la necesidad de que la vida corra pareja a la experiencia del escritor. Es una de las cosas que más faltan, en general; o sea que uno encuentra una gran diferencia entre el escritor por un lado, y por el otro el hombre. Yo creo también, en la ética del lenguaje. En el sentido último.

-Si me dice algo sobre la ética del lenguaje, se lo agradecería.

Creo que hay una ética… Tratando mucho tiempo con el lenguaje, uno se da cuenta de que termina  necesitando vivir de una determinada manera para que sufra y se alcance con la vida. Y ya no haya fisura. Mi vida y mi obra van parejas, no tengo por qué desosegarme por ninguna de las dos en particular.

-Cuando escribe ¿tiene fe en el lector?

Eso es muy difícil, porque ahí aparece una cantidad de problemas. Es muy difícil de contestar (medita un poco Néstor), es muy difícil decir la verdad. Cuando uno escribe lo hace para un lector que supuestamente es como uno.

Muchas obras de la literatura venezolana son inaccesibles para el púbico. Hay un artista argentino, Julio Le Parc, que hace un arte de vanguardia de primera calidad que al mismo tiempo, ha resultado el más comunicativo para el público. Sus experiencias logran despertar el goce estético, no importa que sea esa la primera vez que ese espectador esté frente a una obra de arte.

Yo no sé, porque eso es bastante grave. Uno podría hablar de que se dirige a un público más vasto. Hay que ver cual es el resultado real. Yo creo que el divorcio sigue y que la literatura como actividad humana es demasiado precaria como para resolver ese problema de la cultura. De manera que sería una aspiración bastante mesiánica. Podemos declararlo, pero en el fondo sabemos que no es cierto. Creo que se debe cambiar de estructura, cambiar la sociedad en que vivimos, para que se produzca ese fenómeno.

-¿En que medida esas posibilidades de cambio de estructuras puedan estarse dando aquí en América latina?

Yo siento que acá faltan muchos años todavía. En mi país por ejemplo. El escritor tenía algo más dramático que agregar. Es tan vergonzante que no se pueda decir una palabra. Desde el punto de vista cultural primario, quedaba la universidad, ahora ya no queda nada de eso.

-Le haría una pregunta imprudente ¿Cómo logra subsistir, si no escribe en los periódicos y las otras posibilidades de trabajo, al margen de su obra literaria, son nulas?

Estoy haciendo traducciones. Es un trabajo muy mal pagado. Cobro algunos pocos derechos. Mi mujer trabaja y tengo muchas ganas de tener un oficio manual.

¡Un escritor como usted, en procura de un oficio manual! No lo entiendo…

Hacer algo con las manos.

-¿Cómo qué?

Carpintería, cuero… se pueden hacer cosas con suela, algo muy burdo como sandalias. Para independizar totalmente mi actividad de escritor. Toda la actividad que uno pueda hacer acá, está muy bien paga, además en el periodismo, ese es otro de los peligros.

-¿Peligro en que sentido?

Porque uno tiene siempre una partecita corrupta. Tal vez, en el sentido económico. Y quiero no pensar en eso. Una nota para una revista, sobre un escritor que me interese, pero con cierta libertad. La relación aquí del escritor con las editoriales es absolutamente menesterosa. Nos hacen un favor y no se sabe ni siquiera cuantos ejemplares se editan.

Aquí Néstor Sánchez dijo que la Argentina tiene una sorprendente capacidad de deterioro. Una capacidad de deterioro de la gente.

El caso de Leopoldo Marechal, un hombre que estuvo dieciocho años sin ser conocido, y ahora porque era negocio editorial, lo sacaron a relucir.

Sánchez quisiera escribir crónicas de cada experiencia que hace en el campo de la novela, porque trabajando en su obra, le queda un material útil como para ensayos.

Llevo cuadernos de notas, crónicas de cada experiencia que hago, y tengo la idea de publicar un libro sobre toda esa experiencia. Es un material que acerca al lector y le da elementos para entender la experiencia.

-Finalmente ¿me quiere hablar de la novela que está escribiendo?

La tercera novela sería una especie de apertura mayor. Me alcancé a mí mismo, o sea que se acabó el mito, que va a la par de la vida.

-¿Que me dice de “Paradiso” de Lezama Lima y “Cambio de piel” de Carlos Fuentes?

Con “Paradiso” estoy peleando un poco, porque es un escritor muy barroco, pero me interesa más que “Cambio de piel” porque me da más cosas. Yo con Fuentes nunca tuve muy buenas relaciones, la literatura de Fuentes la siento un poco de gabinete. A pesar de todo, siento que el intelectual está detrás, molestando su trabajo. “Paradiso” es una novela muy vasta, la estoy releyendo, pero ahí el escritor –de pronto- está un poco traicionado. Un gran descuido por el trabajo. Las ideas están allí en estado de ebullición, hay muchas cosas que decir, hay una gran voluptuosidad que de pronto se percibe. No hay una economía de medios.

-¿Cómo puede cumplir el escritor latinoamericano con su época y sus circunstancias?

Nunca. No puedo hablar de que donde están las obligaciones, pueda estar la mejor gente, la gente que uno quiere, y eso confunde también las cosas. Yo tengo experiencia de militancia previa, y, fue casi una estafa eso.

Diario El NacionalPapel Literario 

Carlos Días Sosa – Caracas 1968