Al lao del río / Néstor Torres

 

NESTOR SANCHEZ FINAL

 

El artista es alguien que se queda

para siempre jugando con su infancia,

porque es lo único

que le pertenece para siempre.

 

 

Al lao del río.

 

 

Un hospital con galerías bordeando los pabellones,

las paredes blancas,

las puertas y las columnas de madera

pintadas de verde agua.

Enfermeras muy blancas y almidonadas,

(como en esas películas de guerra

que pasaba Canal 13,

los sábados por la tarde).

Una marea de silencio: verde y agua.

Jardines interiores y un paredón con su reja de lanzas,

donde se enredaba un rosal trepador

lleno de pequeñas flores pálidas.

Cruzando la calle, bajando la barranca, está el río.

Era en verano, temprano para evitar el calor.

Hace poco mataron a Kennedy,

el Papa Juan moría con gran herencia

y María Callas era la fea

más hermosa del planeta.

Las cosas empezaban a cambiar.

Al lao del río.

 

 

Cuando todo se convierte en material de la hermosura

cesa el dolor.

El río sereno y persistente nos hacía creer que la vida

se había detenido allí.

Mis padres eran jóvenes, pensaban que el mundo

cambiaba vertiginosamente en el sentido del bien

y pocos se permitían dudar

de la imparable marcha del progreso.

 

 

Al lao del río.

 

 

La casa solariega. Era de una sola planta,

con ventanas enrejadas a la calle y vereda de ladrillos.

El frente pintado de rosa y las columnas de blanco tiza.

Una puerta de madera con aldabón en forma de mano

y herrajes de bronce.

Se entraba por un zaguán de techo alto

del que colgaba un cubo de opalina blanca

La puerta, que llamábamos cancel,

o más bien mi abuela la llamaba así,

daba a un hall que cambió de mobiliario

con el tiempo

pero que en esos días lucía

un jueguito de sillones estilo “bambi”,

tapizados de cuero naranja con ribetes blancos.

En la esquina frente a la puerta una biblioteca

con la colección completa de Austral.

 

 

Y sobre la estufa de leña

un busto de un hombre de frente despejada y

/luengas barbas,

padre del padre de mi padre,

un español de Granada, que vivió en La Paz,

noventa kilómetros aguas arriba.

En aquel pequeño saloncito de recibir

había un espejo redondo biselado

colgado de unos cordones gris perla con borlas

sobre un andresoir de hierro forjado.

Había también un cuadro:

un dibujo a plumín hecho por mi abuelo,

“el milagro de las rosas de santa Casilda”

la mora de Toledo,

que abriendo su paño derramaba rosas sobre los cautivos.

A la izquierda una puerta con una cortina marrón oscuro

de paño de algodón un tanto rústico

conduce a la habitación de ellos.

Una gran cama con espaldar de cortinado de la misma tela

y sobre él un Cristo crucificado de madera.

Una buena talla, un torturado, tan hermoso

como atormentado.

 

 

La Farmacia y su viejo laboratorio lleno de drogas

en frascos mágicos,

polvos raros

y etiquetas amarillentas.

El Paraíso perdido es El Paraíso,

por eso me pertenece para siempre.

En ese pueblo, al lao del río, en la fiesta de la Primavera,

todas las flores son de árboles del Paraíso.

Era el sábado más cercano al 21 de septiembre.

Por la tarde yo visitaba los galpones donde se ultimaban

las carrozas para el desfile de la noche.

En el momento en que la tarde se hace tardecita,

(ése era un límite solar

que yo en aquella época sabía percibir),

decidí volver a casa.

La luz cambiaba del dorado al naranja y los rayos del sol

se inclinaban y caían recostándose en las cosas.

Entré por la vereda del costado, la que bordeaba la casa

hasta la galería del fondo. El ligustro florecía y la casa

renacía verde y perfumada.

No había nadie pero todas las puertas estaban abiertas.

Me habían comprado una remera a rayas,

verdes, azules y amarillas,

y quería sentir su olor de ropa nueva

sobre mi piel recién lavada.

Salí a buscarlos. Tenían un Fiat blanco.

Por la noche voy con abuela Delia al baile del colegio.

Ella es La Rectora.

Ella y mi abuelo

tenían vidas públicas completamente separadas,

él no acudía a eventos sociales con ella,

ni ella con él.

Quería tener mucho tiempo para disfrutar la espera.

La encontré vistiéndose para el desfile,

después de la cena,

volvería a cambiarse para el baile.

Mi abuela era la señora más guapa del pueblo

y la más elegante.

El año anterior se había puesto un vestido negro

con mangas de encaje muy sueltas y un collar de perlas

casi del mismo color que su melena platinada.

Todo olía a flores de Paraíso.

 

 

Yo gané una muñeca de plástico verde

en un parque de diversiones.

Se la regalé a mi prima Victoria, porque ella atravesó

una puerta de vidrio.

Corría por entre las mesas del restaurante,

con su vestidito blanco corto de forma geométrica

y la vincha también blanca sobre el lacio pelo mate.

El cristal estalló en mil pedazos crispados.

 

 

En la Espuma… a Magdalena, en Córdoba,

cuando tenía rulitos,

los monos la agarraron de los pelos.

De verdad.

Se acercó a la reja demasiado, el mono sacó su mano negra

y la agarró.

El abuelo le hizo paf! con el canto de la mano

y el mono la soltó. Ella lloraba.

Creo que aún se pone triste si se lo recuerdan.

Cuando salimos del túnel, en el camino de la isla,

era de tardecita.

Él me preguntó si estaba triste. Yo estaba melancólico.

Muy pronto me sacaron de casa para que fuera

un chico independiente: un desalmado.

Empecé a encontrar algo bello en esa tristeza mía.

Y mis alrededores eran salvajes.

Yo amaba ese paisaje y pensaba con dolor en el día

en que tuviera, inevitablemente que abandonarlo.

Me gustaba el silencio, el aburrimiento, la lluvia,

las sombras, el nublado.

Poéticamente le dije, que aquí no quedaba nada,

que se fuera tranquila.

Ojalá no sea cierto.

Nunca será cierto. Que se vaya, si quiere, tranquila.

Tranquilo me iré yo también pero queda, claro que queda

¡Ahí está!

Sólo hay que verlo.

Al lao del río es el río al que nunca se vuelve.

 

 

Nunca te bañes en el mismo río. No hay posibilidad.

Yo lo vi, sentado frente al agua.

El agua me enseñaba a hacer silencio, la escuchaba callar.

Yo le ponía el oído para que hablara.

Vimos al hombre llegar a la Luna, al lao del río.

De la mano. De su mano.

Y también un plato volador, en plena noche,

a un costado de la ruta.

Era fuerte y húmedo el olor de los yuyos cuando bajamos.

Era verano.

Un olor salvaje, oscuro, muy fresco.

No podía ser casual: detrás de esto hay una idea. ¿Por qué

/es hermoso?

(si bien podría ser feo).

Nos preguntábamos por Dios al lao del río

y éramos muy serios a este respecto.

Visitábamos a unos ingleses que cultivaban rosas.

Ella era Maggie.

Un rosedal tenían en plena selva de Montiel.

Había cosas que pasaban. Sordos rumores.

Alguien contó en la mesa que encontraban cadáveres

dentro de barriles de combustible echados al río.

Abuelo Miguel se levantó indignado de la mesa

cuando dijo que el Ejército Argentino era el ejecutor.

 

 

Había guerrillas, pero no en el río, en la selva.

Por el río flotaban los deshechos. O no flotaban.

Agua de la que bebimos.

Al lao del río se quedó allí. Yo no.

Todos los ríos son al lao del río.

 

 

Manuela contaba cuentos de al lao del río,

de cabezas que rodaban y niños asados y tiernos.

Garay se llamaba, igual que el conquistador.

Secuestraba niños de los pueblos de la costa y en su canoa

se los llevaba atados hasta la isla donde los cocinaba.

A la parrilla.

Largas sobremesas, la tentación de la charla seria.

La pasión en el debate, la victoria o la derrota dialéctica.

Grandes gestos de indignación moral había por todo.

Había en la cocina un jarro de aluminio para tomar agua.

Recuerdo el sabor del agua en el jarro de aluminio.

Yo sé que a él le gustaba tener la sobremesa conmigo.

Yo era el único que le preguntaba: ¿por qué?

Y siempre le creía.

Rodolfo era Don Diego de la Vega.

Y Pablo el Hijo del Sol Naciente.

Al lao del río.

 

 

Las noches de tormenta Manuela hacía cruces de sal

sobre el suelo del patio,

Abuela María no hacia cruces de sal,

ella cortaba las tormentas con un hacha

de frente al nubarrón.

Y castigaba a los santos cuando no le cumplían,

los ponía de cara a la pared.

Yo tenía miedo que se cayera el ciprés.

El viento rechinaba como los dientes

de todos los condenados de la historia.

Se cortaba la electricidad,

el gran silencio de la noche como bajo continuo.

Rayos, centellas y furias desatadas.

Mientras el ciprés resistiera, nada malo pasaría.

El sol se ponía sobre el río.

Había muchos colores por ese lado.

Me dejaba engañar por la ilusión de la luz sobre las nubes.

Aprendí a dejarme engañar, aprendo el arte.

Ensimismado me vuelvo en mí:

Gusano (de seda).

Cuánta piedad sentía yo por la pobre gente de la ciudad:

Ustedes se pierden los atardeceres, pensaba en voz baja:

A mí me pierden.

 

 

Los católicos no asumían al río como una divinidad.

Adoraban ídolos de yeso.

Nosotros éramos católicos, mas adorábamos en el río.

Con el tiempo no pudimos seguir siéndolo,

adorábamos el río.

 

 

El pino de Navidad de bisabuela Cata era un gran aromo

o en su defecto un chañar.

Un árbol que cortaba tío Viruta en secreto por el monte.

Al salir la primera estrella

se abrían los portones del gran patio embaldosado

cubierto de Santa Rita

y corriendo entrabamos a los gritos

un malón de nietos y bisnietos.

El gran árbol lleno de luces en medio y detrás de él

su figura sentada en un sillón de mimbre.

Se había roto la cadera y caminaba con muletas.

Regalos para todos que habían sido comprados

en Tienda Los Gallegos en Mar del Plata,

por su encargo.

Los empleados la llamaban Sra. Cata.

El árbol tenía espinas y colgaban chocolates y guirnaldas.

Algunas eran como pequeños farolitos chinos de papel.

Y hacía mucho calor.

Ella había sido la dueña del yeso con que los católicos

fabricaban sus ídolos.

 

 

La fábrica estaba al lao del río.

Pero no había pesebre porque eran suizos.

Al río fui por barro y lo amasé.

Arcilla carne de río: un dios nacido de mis manos.

Manuela emborrachaba al pavo de Navidad

antes de matarlo,

supongo que por ahorrarle sufrimientos.

De postre: Tocino del Cielo.

De un lao del río la barranca ruborizada de ocres y enfrente

islas y bancos de arena ahítos de rayas.

Hubo jaguares, pumas y yacarés. Ya no había.

Había una lancha, Irupé, y otro barquito, Jaguar,

que hizo con sus manos Don Emilio el carpintero.

Pasábamos por la carpintería después de comer

con el gusto de las naranjas otoñales en la boca.

Olor a resina de pino. Nos revolcábamos en el aserrín.

Atrás había una fragua.

Tengo fotos.

Al Cristo de madera de la cabecera de mis abuelos

le desapareció un brazo.

Creo que fue la izquierda. Nunca apareció.

Todos mintieron.

El que nació en el Ganges nunca adoró ídolos de yeso.

 

 

Él se sentaba bajo la higuera.

La higuera blanca, toda sombras, las dulces brevas gordas.

La negra era más modesta pero de frutos más apreciados.

Un patio de delicias: en mi ventana el lapacho,

sobre el muro ligustrina, más allá dos árboles del paraíso,

un damasco, un duraznero ,

el banano, el gran pino y al fondo el cañaveral.

Y los cuatro gigantescos cipreses del frente de la casa.

Frutos, flores y perfumes. Y dioses. ¡Ah dioses…!

Al lao del río.

 

 

El que nació en el Ganges no necesita peregrinar a él,

más bien irá a la Montaña Santa:

Águila Solitaria.

El desorbitado ojo de Dios: feroz.

Al lao del río.

La siesta era tierra de nadie: tierra nuestra.

Cuando llovía yo revisaba papeles.

Hurgaba por una historia.

Maldición de argentino querer tener identidad.

Esas tardes de lluvia, mis tardes,

eran pequeños jardines cerrados,

solo conmigo y con misterios que no conocía.

Podía sentir la energía de aquellos objetos, había vidas ahí.

Vidas que ya no estaban pero que habían dejado

un halo eléctrico que yo percibía.

Preguntaba mucho y me llamaban curioso y culismecho.

Y llovía, llovía, no paraba de llover.

Una densa humedad todo lo espesaba.

Manuela deshacía el rodete, soltaba la trenza.

Lavaba con agua dulce su cabellera.

Ceniza.

Silencio… es la siesta, al halo del río.

Había que luchar contra el aburrimiento o dejarse aburrir:

a mí me gustaba.

Íbamos al cementerio. Nos gustaba un panteón viejo

con urnas abiertas y huesos expuestos.

No conocíamos, aún, la muerte, al lao del río.

Una siesta, pero de sol y en otoño,

fuimos a visitar la ciudad de los muertos,

el Camposanto como lo llamaba el cura.

Tomamos el camino antiguo que pasaba

por detrás de la abandonada fábrica de yute.

Todo era dorado por los campos y el sol seco del otoño

hacía que pareciera que la vida no tuviese fin,

¡el cielo era tan azul!

y no había una sola nube para que Dios habitase.

Era curiosidad por la muerte, por el fin de las cosas,

lo que nos arrastraba.

 

 

Queríamos ver el blanco de nuestros futuros huesos.

Había un panteón que bien hubiera pintado Poe:

Los féretros eran negro caoba, estaban abiertos

y telarañas había, y polvo,

Y vimos el blanco lunar de nuestro futuro.

 

 

Él dejó el piano, porque el mar le dislocó el hombro

en Mar del Plata.

Ahogo de sonatas y airecitos criollos.

Muy pocas veces le oí tocar.

Contaban que cuando ensayaba cerraba las cortinas

y exigía silencio.

Cuando murió Luis, tocó toda la tarde

la misma marcha de dolor.

Su desesperación se expandía por la casa como las notas

de la lóbrega música:

hay quienes nacen para la noche.

Me despertó de madrugada y envuelto

en una manta de lana me sacó a que viera

el lucero del alba y el cometa.

En sus brazos me alzó y me mostró Ítaca:

de su mano.

Y así andaba yo triste por la casa

como un libro que nadie toca

y me propuse tocar

todos los libros que se me pusieran a mano.

Y aquí sigo todavía, desentristeciendo.

En la antesala de la Biblioteca.

A Manuela le gustaba Beethoven y con él hablaba

del canto de los zorzales.

Habían plantado ligustros para que comieran de su fruto.

Florecían por Navidad y era un olor dulce, blanco cremita.

A veces, a la siesta, nos íbamos al río.

Cuando no me encuentres… búscame en el río.

Águila Solitaria.

A las seis de la tarde, en invierno, nos poníamos tristes.

Era normal a esa hora de la tarde.

Las casas eran frías, al lao del río.

Cuando volvía de la escuela, a las cinco de la tarde,

Manuela hacía azúcar quemada

con un hierro que calentaba al rojo

en la estufa de leña del comedor.

Vahos.

Humos almibarados.

Había que endulzar esa tristeza, tan natural,

tan del paisaje.

El invierno es triste en cualquier parte.

El marrón oscuro todo lo invadía

y miles de árboles esqueletizados

 

 

eran la presencia viva de la muerte.

Sólo el olor del pan tostado y el café con leche,

el recogimiento de aquellas casas calentadas a leña

hacía que perdiéramos de a poquito

el miedo de la noche que se avecinaba.

Y que al cuidado de nuestras numerosas madres

encontráramos consuelo

a la prematura angustia del que siente sin entender.

 

 

Y cuando cortaban un árbol,

yo pensaba que todo cambiaba para mal,

o mejor dicho para más feo.

Me equivocaba poco,

al lao del río.

Pobrecitos… mirábamos todo como quien se despide.

Al atardecer, la luna, como una gran toronja sobre una

/fuente azul.

Teníamos horizonte por los cuatro costados.

Todo lo que brillara en el cielo lo podíamos ver.

Mirábamos al horizonte y no veíamos, más que eso:

horizonte.

Granadas rojas donde de noche cantan los ruiseñores

por el llanto de abuela Trinidad.

 

 

La que se fue para no volver,

la que lloraba como mora por su Alhambra.

Aprendíamos a reírnos de nuestra gran tristeza.

En el tiempo de los asesinos, los turros, los tunantes,

los garcas, los violentos,

el de los torturadores, los necios,

los coimeros, los oportunistas,

el de los negociadores, el de los lobistas,

el de los banqueros, el de los fascistas.

Él se arregla solo con sus libritos: odiaban mi soledad.

Oigo el sonido seco de sus dientes rechinando de furia.

No pueden soportarlo, nunca podrán.

La eterna acción del asesinato del poeta, decía la rusa.

No les gusta el cuerpo. No les gusta la forma.

No les gusta la elegancia, ni los modales:

algo huele mal en el país de los jazmines del país.

Yo no entendía porque odiaban la belleza.

Todo lo que había bueno, todo lo que había hermoso,

todo lo que había noble, se lo cargaban de a poquito.

Ojalá alguien se los demandara.

Los que embellecían la vida ya no están.

Y era mi país: el del sol poniente.

 

 

El ciprés exuda, llora lágrimas de resina.

Camalotes, islas de Jacinto del agua,

A la deriva.

Mamá le copiaba los vestiditos a Jaquelin

y era un regalo para los ojos.

La modista tenía la cara como picada de viruela.

Y en el taller un marquito de madera con la leyenda:

“home, sweet home”

 

 

Les resultaba sospechoso que leyera.

No van a poder dominarme, no van a decirme qué pensar,

Yo soy “solo”, y así me va.

El reino es mío, aquí y ahora. Tomo el Poder.

Velo, velo. Al lao del río.

Las ruinas de la Utopía. El Miní. Paraisito.

Tricornios de Jesuitas florecían por los montes.

El río y nuestra cruz a cuestas.

Me siento de cara a la pared.

Pienso lo que pienso. Me gusta como suena.

Nunca estoy solo conmigo. Lo malo es cuando me voy.

 

 

Entonces no hay nadie.

Un patio donde era hermoso ver llover.

Un patio andaluz en la ribera del río.

Las paredes cubiertas de enamorada del muro.

Una pérgola con parra,

la Santa Rita,

grandes macetas, helechos.

Y un mosaico:

la Virgen de la Merced.

Primero de julio de 1974.

Bisabuela Cata está feliz mientras el país lo llora.

Dios lo guarde en una guampa de orín, dice:

Perón ha muerto.

Creo que fue como a las tres de la tarde.

Fuimos por la tarde al funeral.

El cura hizo el panegírico

como si el difunto lo fuera a oír.

Había un ramito de junquillos sobre al catafalco,

ausente de cadáver.

Por la noche el silencio daba miedo.

El Paraná murmura en sueños

Vía láctea, río celeste:

esperma del Padre de todos los dioses.

 

 

Algún barco pasaba navegando las estrellas.

La casa de la palmera y un tesoro de luces malas

y aparecidos.

Al lao del río.

Mediodía de invierno, fuego en la estufa, el sol dora la mesa.

Mi abuelo de saco espigado la preside,

mi abuela a su derecha con melenita de plata.

 

 

Las campanillas en el alambrado no son hojas, son

corazones verdes, inmaduros.

El Mburucuyá es la fruta del dolor de Dios.

La pérgola inmensa de bisabuela Cata,

de la que llueven luces,

Corríamos pateando montañas de flores

como de papel morado

Ajedrez y canastas en su costurero.

Ella apuntaba la vida en cuadernos de tapa dura,

Viruta los quemó en una hoguera que ardió 94 años.

Al final ya no ardía,

era humo que se desvanecía lentamente.

La lata de los caramelos siempre llena.

Ceniza.

 

 

Manuela vivió treinta años en la casa.

Era una criolla retacona y tan graciosa… con el pelo tirante

recogido en una trenza hecha rodete.

Heredera de los falansterios barrocos de los jesuitas,

poseía una inteligencia natural que le permitía sentir

y pensar.

Ese guaranítico catolicismo, donde el arte era:

“Dios con nosotros”.

En otoño, quemábamos la hojarasca, por la tarde,

cuando el sol caía.

Incienso del que arde en los altares del Sentado. Para ella.

Las campanas llaman a la Misa de la tarde,

galopan el aire del norte.

Veía mi corazón palidecer, sentía luego pensaba.

El río, agitado, rojo de furia. Ira tremenda.

Aprendí a ser cruel hasta la ternura.

La fuerza, la impermanencia, el renacimiento.

Aprendí que lo que pasa, pasa.

Y a dejar pasar.

Al lao del río.

Sentenciaba como un loco, borracho de agua clara.

 

 

Un ángel sobrevolando quien sabe qué vapores.

Y no podía callar…

Tuve que aprender.

Sopla el pampero, bandera erecta,

mástiles y símbolos patrios.

Otra vez con ese cuento, provincianito bruto.

 

 

El azul río oficial y su sayo mercedario,

ruido de cadenas y grilletes.

Marrón, a veces colorado.

No esperen ya nada del dios muerto

y vayan tomando las riendas del asunto.

Si hay alguna forma de vivir,

Habrá que ir buscando alguna.

Se repartieron sus vestidos y jugaron su túnica a los dados.

Ese jueguito fundó una clase social:

Más bien casta.

La lucha de clases adquiere caracteres delictivos.

Callan de oír, callan de ver.

El silencio truena, los cadáveres hablan.

Nostalgia de papá. Ya no hay manga de tu pantalón.

Abandonarte. Partirme

 

 

Talaron mi bosque santo

para que nadie más leyera bajo su sombra.

Y porque odiaban la belleza.

La siguen odiando.

Josefa todavía plancha

mientras mira el roble por la ventana enrejada.

Y me mira leer.

Las malabaristas eran gordas

y llevaban bikinis de lentejuelas rosas.

Los leones eran tristes, malolientes y ya no rugían.

El último circo criollo, yo lo vi, con estos ojos.

Por la noche en el baldío.

Luego de la función había teatro.

Día del Señor del Río.

Flores de tipa.

Flor de pasión.

Flores de aromo y chañar.

Todas suyas.

¡Truena antiprímula, acaba con tanto pétalo y mariposa!

Y tronó, tronó fiero.

Había cigarreras al lao del río: cármenes amargas,

negras y oscuras como nubes de tormenta:

 

 

Un olor acre las precedía.

Flotaban por el pueblo como una presencia.

Solas. Olvidadas por el tiempo.

Al arzobispo no le constaba la tortura. ¡Esa tórtola!

Cuando mi hermano lo vio, preguntó quién era esa señora.

Los murciélagos sobrevolaban la cabeza de los fieles.

Al lao del río.

 

 

El pasto recién cortado huele bien, sobre todo al atardecer

o los domingos de mañana.

En La Paz, donde mis bisabuelos se deshacen;

había una vieja

vestida de negro que los conoció

y que cuando tenía quince años

caminó por el lomo de una ballena muerta

en una bahía del sur de país.

Repetía esa historia cada vez que podía.

Se volvió loca la noche en que Félix, su vecino,

hermano de abuelo Miguel,

el último que quedaba en la casa solariega,

se pegó un tiro y se mató.

Su perro aulló toda la noche interminable de dolor.

Ella no pudo resistirlo y resignó la razón.

 

 

Tenía una hija a la que no quería

porque el padre era un gaucho que la violó en un maizal.

Durante la revolución de los Kennedy,

pasearon los cadáveres en un carro

colgados de los pies.

Me lo contó él, que lo vio desde la reja.

En el matadero todo es sangre.

Los pobres animales se quejan como si intuyeran el fin.

Sale humo de la carne caliente.

Al principio la sangre es rojo vivo pero se va oscureciendo

en coágulos purpuras, cardenalicios.

Muchos decidieron acabarse, recuerdo varios.

Empezaron a morirse.

Otros lo hicieron de muerte natural.

Los que embellecían la vida huyeron al cielo.

Empezó a haber gente que yo no conocía.

En las siestas de invierno, si hay viento suave, el río es:

un espejo quebrado.

Inagotable, serás mi descanso. La mar de olvido.

Soñar,

dormir.

Olvidarme.

 

 

¿Por qué abandonamos el río? Siendo tan… de al lao del río.

Ya nadie se mata por honor.

Buenas costumbres perdidas o vilmente calumniadas.

Aquellos míticos intentos de suicidio.

El boticario que nunca dio con la dosis necesaria.

Internado en Santa Fe inundada,

tuvimos que llegar en lancha para verle.

 

 

Las chicharras serruchan la tarde. Y un magnolio

que más bien es una droga.

Una laguna como de cuento de Poe.

El dios de la zarza tronaba bajo los árboles. Y el sol partía.

Al lao del río.

Los truenos, las tormentas y los atardeceres,

indudablemente, eran dioses.

Conocíamos un calor estilo Tennesse.

Ese calor en el tejado de cinc caliente.

Yo me llamaba a callar. Quería saber oír el terrible silencio

del que algunos libros hablan.

La isla: refugio de prófugos de la Justicia y de víctimas de

la Justicia prófuga.

 

 

El extraño asesinato del masón,

el cadáver era un carboncito.

Inauguramos una época de crímenes sin autor.

Nunca más se supo, nos gusta el silencio… mejor no saber

aunque sepa mal.

Bisabuela Cata contaba: a mi hermano lo mató un gaucho.

¡Por gringo!

Bailes al halo del río. Guirnaldas de lamparitas de colores.

Chicha cose lentejuelas rosas, mientras la radio escucha.

A la siesta, los sábados, se hace la toca.

A veces se plancha el pelo en la tabla de planchar.

Sandro le dice rosa maravillosa. Mística.

Se recorta las cutículas del alma. Se pone linda.

Se pinta las uñas de los pies.

Los perfumes dulces que se usaban en aquella época,

ella me los daba de probar

sentados sobre pisos de listones largos

encerados por su mano.

Después se ponía cremas para salir a bailar.

Al lao del río.

Dulce de higos, hervores de largas tardes. Horno

y vainilla caliente, almíbar y azúcar quemada.

Siempre estaba haciendo dulces y licores.

 

 

A la sombra de las persianas, sus eternos solitarios.

Tañir de campanas, trotidos de bronce

sobre la superficie del agua.

¡Cómo se puede estar crucificado a esta hora de la tarde!

El Viernes Santo era en otoño y generalmente el sol

bañaba con dulzura el rostro desencajado del Nazareno.

Yo me preguntaba:

¿Dios no debiera estar gozando y en paz?

 

 

Hay que ver un río correr para saber.

Hay que verlo en América del Sur.

Hay que sentarse:

Al lao del río.

Empezaron a sonar las hachas. Raro gusto el del progreso.

No quieren dejarme en paz, se ensañan conmigo. Me voy,

pero no me muevo.

Dejé de sacrificar a los ídolos:

me siento y quemo incienso a mi postura.

Veo la vida pasar, con templo. ¡No mover! ¡No mover!

Al lao del río.

 

 

Si se callaran podría oírles su silencio.

Los monjes negros la perseguían porque tomaba cocaína.

Se relamían por un pedacito de vida privada. Les gusta

desgarrar la carne íntima.

Carroña.

Me siento solo.

Al lao del río.

Profunda es la huella. Muchos han andado por aquí.

El jacarandá se puso morado, le dio vergüenza la belleza

desnuda de la tarde.

Gobelino de chañares perfumado, sobre la barranca.

Sobre el río.

Veo planear aves de presa: íntimos a mí.

Irme no es irme de un país.

No en vano la tierra me ofrece sus hierbas curativas:

Savia con que nos alivia del dolor de morir.

Aquí, encerrado, la visión sublime.

Tan ligado al pasado.

Tengo historia y cultura, al lao del río.

Las siestas se duermen

desde San Martín de Tours a San José.

 

 

Y ella siempre lo cumplía.

La lluvia, amansa las tardes.

Ave de gracia plena una garza sola como yo.

 

 

Me gustan los márgenes, las orillas. Los elijo.

Las periferias,

los suburbios,

las covachas

donde los delincuentes del sueño,

donde el fin, donde la fuerza, donde la nada.

Larvas azules de las charcas orilleras: efímeras, suicidas.

Yo soy éste

y al que no le guste

¡que se asuste!

Primero conmigo, siempre fiel. Solo me quedé.

Al lao del río.

Irupé espinoso. Victoria Regia.

Soledad también es una prima.

Nació en el año de los Montoneros.

Al año siguiente aprendí la palabra “imberbe”.

Y el Líder los expulsó del Ágora.

Al lao del río hacen ingentes esfuerzos por volver a creer

en Dios.

 

 

Quieren tener fe pero no la tienen.

Si nunca están solos… ¿cuándo piensan?

¿Salvarse de qué? ¿Qué clase de pecado busca redención?

¿Qué culpa?

No hubieras podido no comer del árbol

de la ciencia del Bien y del Mal.

Breva dulce, almibarada.

Yo no creo que haya habido un Paraíso terrenal.

Sí hubo tiempos en que se vivió mejor.

El río suena. Sin explicar. Es marrón como un león y ruge.

Calla y aún callado dice.

En los setenta había esperanza social

y las chicas usaban capelinas y bikinis minimalistas

tejidas al crochet.

Ella odiaba las barbas y los pelos largos

y militaba contra los hippies.

Pero tejía pequeños triangulitos de pudor.

Comprábamos anillos con piedras de colores

en Playa de los ingleses.

El ojo de Dios era un pájaro enloquecido

engarzado entre las filigranas de un colgante.

 

 

Yo voy con los que van conmigo. No me pidan que vuelva.

Siempre hay una plaza que aplaude la degollina.

Esos hombres no tenían escamas

y eran buenos padres de familia.

Si al menos hubiera un dios que interviniera…

pero ¿cómo volver a creer…?

Habrán de pasar milenios de olvido.

 

 

Me fui del río, sigo yéndome.

A veces pienso en volver, pero sólo haré eso:

recordar.

Y excluido de tanto Paraíso, apareces.

Y sigues siempre allí entre la ruina del tiempo:

Águila Solitaria.

 

 

Nestor Torres / Al lao del río /  Letranómada 2010

Ph / Facundo de Zuviría, Paraná Ra’ Angá, 2010-2013