Elia (III) / Hugo Savino

juncos

Hay vientos del noroeste. Y también hay vientos del sur. Que soplan y traen ruidos y rumores y conventillos de amores. Y hay noches de viento.

 

 

¿Elia la usó como código secreto con Lola? Esa hoja con la línea un abandono vuelve a veces a su rincón.

 

 

¿Qué leyó Lola? Dante tiene esa lista y no la larga. Inextorsionable. ¿La anotó en su Cuaderno?

 

 

Elia: tengo que pensar en la calaña de todos estos tipos. Sé que vienen de madres que van a la iglesia a rezar y contar chismes. Eso es algo. Sé que rondan la salida del puente. Es un poco más. Y a todos les encanta el silencio. Viven cansados. Y yo empiezo a leer. Y Luis Cardoso empieza a leer. Cada uno por su lado lee todo el día. Luis Cardoso puede leer ocho horas seguidas. No puede trabajar las mismas horas. No es un rasgo bohemio, por favor, no. Luis Cardoso detesta lo festivo, la murga franelera de la yerbata y el vodka. Detestaba esas formas de la educación. No a la sinfonía pregonera. A los amigos que se sacan la corbata y suben a la tribuna. Luis Cardoso va de luz a contraluz, de la pajarera de la mañana a la pava ancestral de la literatura argentina. Esa, sobre un banquito en el patio. Otro amateur de patio. Re-reconstruye ese ayer no nacido. Se lo pasa de libro a cuaderno. Eso sí: ahí, en el cuaderno, nunca cayó en la pasión expresiva, acaramelada, sota, solo la sentida. Y cómica, incluso la del viejo cucaracha del umbral. Indolente.

 

 

La peluquera Amanda se levanta todos los días en su nube de ensueños y así, baño y peinado, sale a la calle, camina pegada al cordón de la vereda,  y nada ni nadie, ni coches, ni vecinas, ni verduleros, ni el imprentero de la esquina, la sacan de esa nube. Su huelga es mallarmeana radical, ningún ofrecimiento la tienta.  Ayer barrió y lavó el piso. ¿Lo que se pierde dónde esta? Se lo pregunta varias veces al día. O lo pierde en la casa, o en la peluquería o en la cabeza. Elia la cruza y la saluda. Los dos en la sordina del viento de la mañana alimonada, hacia puntos extremos. Los dos corsamente ignorantes se educaron en lo descascarado, lo tenedor frágil, lo mantel de hule. Nada extraordinario de esas calles del recontra culo de este lado del río.

 

 

¿Pero quién puede descartar que no tuviera un ojo chiruso en las agitaciones desmemoriadas de la calle Pavón? ¿Y el otro? ¿En su ensoñación?

 

 

La ciudad se vuelve ciudad burguesa y los vecinos ciudadanos. Los hijos esconderán a sus viejas madres  pañoleta y rodete. Los estadísticos miden e incluyen o tiran al riachuelo, llega la educación y estos no hablan ni crecimiento ni desarrollo. No hay rama de almendro cerca. Habrá que leerlo después. Ese impulsísimo elan francés del reverdecimiento del futuro no existe en el origen Elia.  Solo carga de pasado que espera. Barrios del suburbio.

 

 

El origen, entonces, empezó en el momento de la deseducación de Elia en el servilismo idolatrante.

 

 

Breve nota dickens: hubo que expulsar lo Elia para que nazca una ciudad. Elia quedó excluido del amor cívico. Himno, plaza, guardapolvo y caravana.

 

 

Del baño en tacho de zinc a la ducha gota escuálida de agua con alcuza. Pero, asfalto contra calle de barro es otra cosa.

 

 

Elia mira el río mira la otra orilla mira los remolcadores mira la inundación se va para Wilde por el terraplén la gente allá arriba todavía son puntos que se juntan con el cielo azul de octubre ¿lo va a escribir? – error, hay que quedarse en cuaderno de notas escribir es la peor idiotez que se le puede ocurrir a alguien explicar esperar un editor mendigar que publiquen una nota sobre el libro que editaste  o un afiche para un curso todos se olvidan Amanda es más concreta no sueña solo quiere vacaciones hace bien Elia habla y sabe que nada más hablar o apenas querés publicar aparece la camarilla de la sintaxis que te exige que lo hagas humilde que no te quejes que finalmente tus libros no se venden. Y eso lo sé. Lo sé de sobra. Pero no hablo de eso. Digo que Elia mira el río y Amanda lo mira a él mirando el río.

 

 

Los recuerdos del niño marmota quedan ahí, fijados, van y vienen, atormentan, alucinan, camino a desvarío.

 

 

En lo dickensiano familiar no había oficio, y todos los recovecos de rebusque se cerraron a cal y canto.

 

 

Secuencia dickens: hay varios mercados, no hay un mercado central de la traducción, hay mayoristas que fijan el precio, lo rebajan al extremo, lo exprimen, lo ponen en el límite de la tentación y el adicto va, sube a ese colectivo. Traduce, firma, es un lugar, es la mendicidad de los lugares. Se trata siempre de cuidar la digestión del burgués, darle libros. Tiene aspiraciones de arcángel escritor. Alguno será miembro de esa jauría. No se descarta la quema de maniquíes vestidos de santos.

 

 

Elia: y no me volví un solapado, manco que solo escribe a sueldo del poder. Me hablo a mí mismo en mi cuaderno. Después se lo paso a Dante. Mi único secuaz. Los otros se perdieron en el camino. Ex-hermanos de la sombra enero del 50 Berutti y Paláa. Y se pierden.

 

 

Gloria es la ardilla del mostrador. No custodia el poder de nadie. Solo vende relojes y anillos. Sabe muy qué odia con toda su alma. Hay una tribu sobre todo, a esa la detesta en la libertad de su silencio. Su divisa: no participar. Clanes cérdicos del mantenimiento del orden. Gloria atesora y archiva sus mentiras de sociedad.

 

 

Bueno, sí, acepto, agarro un material y lo retuerzo. ¿Y? Lo aprendí de otros.

 

 

Escena dickens: desde la casa patio de inquilinato Elia niño miraba a contraluz la casa del futuro abogado futuro alumno del Colegio Normal – el checo que lo haría morir de envidia, el abogado que llegaría lejos en la fabricación de narraciones para almas bellas. Memoria agarrada de los pelos, pobrísima, y llena de la alimaña de la venganza.  Era la época de pesos justos en el monedero de Irma. Sodero, pan, almacenero. Libreta de deudas. ¿Año de lo que cuento? No sé. ¿Contemporáneo de quién? Agrego el canto del gallo que viene del otro lado del río. Estratos del tiempo si lo quieren más elaborado.

 

 

Escena dickens: todo estuvo casi listo a las 2 de la tarde. Bajaron los muebles, los buenos y los descolados, la Singer, la cama de dos plazas, las camitas, la caja con la vajilla, la porcelana berreta de los cuarenta con alguna azucarera años treinta, las cajas con la ropa, todo eso iba a entrar en el pasado de nuestras vidas, pilchas más algunos libros menos lagrimeo a corazón. Caídos del mapa – Leila me escribe una carta sobre su familia, y de repente somos contemporáneos en descarríos de familia. Todo eso va entrar en el pasado, en el pasado de mi vida discontinua. De claro a claroscuro, ahí sentado, culo en la silla, mientras los sushetas de conventillo se preparan para salir.  Pero ya se mudaron en La mañana sol de limón. Así que ahora los agarro en la dispersión.

 

 

Los años sonoros de ese territorio de bajada del puente. Bajada Avellaneda. Bajada Barracas. Olor de riachuelo contra la jazminoide de la pared izquierda del puente, contra el relente de los pollos rotisados, la panadería y el amago mañanero de tostadas. Una cosmética de mitad de siglo. Ni encaje ni sombrero, solo ropas que pasaban de uno a otro. Lo zapatillesco en sí. Lo incendio de esa esquina. No faltaba, dos cuadras más adentro, el viejo respetable, guía imaginario de cultores del barrio sindicado. Había una guerra sorda en esa combustión de buenos sentimientos. Los madrugadores de la mañana más temprana compraban algo para comer. Todo el secreto consiste en encontrar la calle amada de esos años. Calle secreta y desierta. Y ahí está el que inventó  el ruido del tiempo. Pero acá se trata de buscar ese paso, ese agujero en la pared. Esto no es San Petersburgo.

 

 

Media hora más allá, avenida Mitre hasta el viaducto y de ahí a la derecha, cacarean unas gallinas, también dispuestas a entrar en el pasado de sus vidas. Tero, gallina y gallo se resisten a los pintores de costumbres del futuro, es un orgullo de modelos insensatos que cacarean desde los jardines, modelos que resisten a los ardores poéticos de la literatura, no aspiran a Méry Laurent de Sarandí. Saben en su alma, zancudas y gallinas, lo saben en su interior, que el sendero del tiempo se extravía.

 

 

Orlando entraba en la pausa del mediodía, se cruzaba en Alsina y Avenida Mitre con su ex-amigo el turco Héctor, ex-bastardo, ex-secuaz, no se saludan porque se conocieron alguna vez, se cruzan y re-amontonan odio a lo lejos, de una vereda la otra, y venía al Café Maipú. Travesía desde Mitre y Alsina a Mitre y Pavón. Dejaba la conversación entre tenderos, el olor de retazos y entraba en el reino de la soñación. Luis Cardoso, cadete en la sastrería en la que Irma compraba la ropa a Elia, ya estaba ahí. Pausa de yugo. Los viejos desocupados venían a escuchar a esa banda. Había una vida cotidiana: todos los desocupados, las Irmas de Avellaneda con su monedero, las reviejas del siglo pasado ancladas ahí y abandonadas, las Marías sublimes, todos, caminaban confundiendo tiempo por la vereda. Taconeos, saludos, desaires, miradas de chirusas, vidrieras, vendedores en las puertas. No quiero caer en la antología que todo lo disloca, catálogo de lustros, guerra de las malicias. Elia, sentado siempre en la ventana mira la belleza tristona de las Marías italianas que desfilan un poco más rápido y buscan con los ojos. Es un caos mañanero murmurado.

 

 

Elia es un sonámbulo de la anotación.

 

 

El relojeo argentino de Amanda.

 

 

Recordar la «mistificación de unidad» cuando te corren o te cuerean por atrás, o te dan lata etimológica. Solo silencio, no responder, y está la otra lección, no retrucarle al que no sabe leer. Peleo contra el vicio del retruque.

 

 

¿Ya hablé del quilombo en Quilmes? Solo en una esquina. Encallado. Disimulado en la pared violeta pálido. O algo así. Perdido, cerca del río.

 

 

Intentos de salir de la naftalina. Algunos se metieron en el mutismo tartamudeante. Aferrados a tacita de café, plato y cucharita, terrón, ese sonido. ¿Cómo explicarle a un lelo del verosímil que Gloria leía su Nadezhda? Una corrección de editor aconseja sacarlo. No habrá edición. Pero la María vieja, abuela, rondaba esa esquina, con vestido más moderno, largo, y más que caminar, trotaba hacia algún infinito que Elia olvidó. Había otras viejas, vestido  amarillo canario, o violeta, o pollera escocesa. Viraje a color. Y yo estaba cansado no solo de la frase argentina, estaba harto de la frase burlona argentina. En su impostura  alambicada de mierda finalmente solo había sujeto–verbo–predicado. Ninguna sonoridad.

 

 

Nadezhda contra los predicadores de la legitimidad. Se junta con el lema de Gloria: «Siempre hay otras».

 

 

De naftalina a sueños de salida, las variantes soñadoras del  Café Maipú no incluían eso que llaman la época. No había ambición a sumarse. A nada. En esa mesa de terrón de azúcar que espera la mosca y de banca modesta, solo pura resistencia a la exigencia de salir de ahí para la qcaravana de la composición ordenada y sarmientina. Cada vez que Elia subía a un tranvía o a un colectivo caía en la escena dickens: se le sentaba el checoslovaco futuro triunfador pitman avellanedense que logró ir al Colegio Normal y le contaba toda su coherencia lógica. Un arrinconamiento de colectivo pedagógico. O era la salida por el Puerto o Ruta Panamericana o alucinación Paso del Noroeste: esa trinidad daba vueltas en la conversación. Es muy porteño, lo sé. Poco tanguero, lo sé. Todos eran tipos arruinados por la lectura.

 

 

Y está la voz de café amarronado cobre del mozo.

 

 

Una herida de trabajo sin defensa, la mínima parcela, satura toda la casa. Y años sin cocina, esa de comer, mesa y dos sillas. Satura la vida entera. ¡Qué no llore (modo imperativo)! : esa buena conciencia de lo compasional. Almas bellas que erran en las nubes de amor. Adoran lo heroico. Está Balzac, les cuento, policía más dinero más mierda más urraca más discurseo más retórica más resoplido del maestro más los amos del sentimiento. Desorden balzac, contra los encendidos predicadores del desorden.

 

 

No una unidad, no, es mucho eso, es muy heroico, no, acá solo salir de «la familia social» enconchada en la esquina. Snobs de barrio que se mueven como si tuvieran herencia. Ni un terrenito en Gonet. Nada. Elia no tiene ningún sueño argentino.

 

 

Cada época tiene su loro Boileau. Insistente, vigilante, príncipe de verdades triviales y obvias. Tiene el brazo más largo que cualquiera y lo aprovecha.

 

 

El aire, la luz, las voces, todo eso queda colgado y hay que escribirlo, por fragmentos. Al final, todo se juega en el murmullo.

 

 

Elia anota cita : los recuerdos del pibe siempre son como si fuera ayer. Él se lo lee como una resistencia, tartamuda, puede ser, al mutismo de esas vanguardias.

 

 

Hay que ser rico para escribir, o medio rico o casi rico, hay que editarse, o masacre de horas en la noria del trabajo, ese, la traducción, te convocan a trabajar gratis, te dejás convencer de que tenés un nombre, de mierda, hecho a base de traducir, del prestigio de una lengua extranjera.

 

 

Los escritores de costumbres roncan en el realismo.

 

 

Y hay una capúa del privilegio siempre al acecho, burócratas al acecho, cretinos en cierne, a la espera de incorporarse. Y eso hay que escribirlo, a contra-corriente de esa generación.

 

 

Elia busca el paso imperceptible de la salida.

 

 

¡Oh! tres veces ante la clandestinidad de Gloria, ojos de cordero, la ilegalidad de sus ideas, la belleza de sus mentiras y verdades. Todos los soplones del barrio, los alcahuetes sinceros, se cagaban en las patas cuando Gloria los miraba al pasar. Irreversiblemente desobediente tuvo que tener esas memorias como libro de cabecera.

 

 

Gloria, clandestinamente, tiene ese gusto holandés por los salones ordenados. O cama de plaza y media bien hecha. Pero siempre tapa el ojo de la cerradura.

 

 

Su madre todos los días a la iglesia, el círculo de los chimentos se reúne en la Plaza Alsina, banco justo enfrente de la Iglesia. Acá el tiempo no se cuenta en dinastías, leyendas heroicas, padre gaucho o coronel del ejército, no hay ancestros, ni foto en repisa, ni piano, no hay ensayo argentino, no hay nada. Ni esencia. Ni un espejo tremó de la abuela. Ni un príncipe de los obreros. Ni una cueva esotérica. Círculo encantado de los extraviados.

 

 

¿Qué hubo en ese comienzo pulguiento? La mesa enlonada con un retazo del negocio de Olavarría. Encima el Atlas de Elia. Sueños de viaje. Pero nunca la ilusión de estar asociado a la historia. Tampoco pidió entrada al Club de los Vigías de la Poesía. Siempre caminó por esa línea amarillo limón de la mañana de febrero de 1950. No era un recuerdo engañador. No. Era línea divisoria.

 

 

Este tramo de Avda. Pavón se camina, se puede decir, como  una calle irresponsable. Es decir, comercial y parasitaria. Chismosa. Conventillera. Planchadora, panadería, pizzería, Café Maipú, negocio de filatelia, relojería, carnicería, todos  indiferentes al acontecimiento. Acá todo sigue su curso. Gatos panza arriba. Lustrabotas del café Maipú y el susurro de la franela.

 

 

También había carros que hacían sonar un cencerro (¿conocía esa palabra?).

 

 

¿Todo esto es un alejamiento del pasado? ¿Al pasado una mueca de asco? Sí, los libros que uno lee. Si naciste en una familia que tartamudea, algún día, chocarás con esos hijos que nacen en familias que mandan.

 

 

No. Travesía de ese ayer que todavía no es, volcán apagado en la punta del puente, ruido de tranvía cuando lo sube, el Pueyrredón, no el otro, ese día lo escribo yo. Hay alguna escena dickens. Estoy aburrido.

 

 

De lo que no estaba seguro, Elia, era eso que le contaba su madre: que las costureras eran irreprochables.

 

 

También tuve valija con olor a cuero nuevísima en mis corretajes Adrogué-Lavallol-Monte Grande. Viajero no, corredor en el Gran Buenos Aires. Pésimos antecedentes para ser poeta. Por eso tuve que recurrir a los que recurro. No tuve entrada en la poesía cuentera.

 

 

Gloria nació en alguna calle entre Montes de Oca y Patricios a la altura de Suárez.

 

 

Hay un gallinero de la narración, de la declamación. Sí, medio archisabido pero por qué no escribir lo recontra-archisabido si no se escucha, hay una contra-declamación de vanguardia, programada, destino fijo.

 

 

Tercera parte, Proposición 13, Escolio: «y el odio no es otra cosa que la tristeza acompañada de la idea de una causa exterior.»

 

 

Está bien, viene del fondo el odio como dijo el monstruo, sí, pero está este escolio. Está ese fondo y está este escolio.

 

 

Y está el Cine Roca, grasiento.

 

 

Y otra vez la orilla: agua aceitosa, todos los matices negros del petróleo filtrados por la luz, remolcadores de madera, y yuyos de la orilla. Ahí, mirando, escapando a los días históricos de los que mandan.

 

 

Es muy literario, pero Elia tenía y cuidaba y no se lo prestaba a nadie, ese calentador Primus que había heredado.

 

 

Leyó ese poema que arranca con «¿A quién quejarse?», y le dolió en el alma. Recurrió a la pava y se puso a tomar mate. Finalmente no era ruso, aunque té con un terrón de azúcar y limón le gustaba, como al ruso Orlando, mate amargo de patio de Avellaneda. Garabato contra escritura, y anotar. Esa banda de poetas literarios y mancos y matones maltrataron  al recienvenido. Son los que dan pasaportes de escritura. Ponen los dedos de poetas, dedos como sellos.

 

 

Un murmullo permanente en las piezas del conventillo. No hay memoria que pueda sonorizarlo. Va entre la conversación, crujido de migas de tostadas y tazas de café y radio. Sentados en la mesa no se podía evitar el mito. Pero rascado el pasado, una vez por semana, no había genealogía. No había nada. Definitivo. Había tedio de queja sequía, ¿balbuceo de escasez exagerada?, todos huían de esos Elias quejosos que todavía no rumiaban la idea del Paso del Noroeste, todavía no habían llegado a esos libros. De queja a no queja es de tartamudeo a libertad silenciosa.

 

 

El tendero Boris, padre de Orlando, casa central en Avda Mitre y Alsina, por la calle Alsina frente a la plaza, abrió sucursal en Avda. Pavón justo al lado del cine Roca. Orlando, fauno judío, lo dije, puede hablar horas. Pero para él también, como para Elia y Luis Cardoso todo era libro o iba a parar a libro.

 

 

Franja de cielo color bolsa de arpillera que cae del lado derecho del puente, crujido de curtiembre y olor a café.

 

 

No hago memoria, no sé qué hago, es un desorden, no quiero perderme, ni perderlos, pero está mi odio, una vez traduje Mis odios de Zola. Hay un odio de moda, todos odian casi al mismo y lo mismo, se sientan a odiar. Lo mío es la desconfianza, desde el huevo. Un tartamudo sabe a qué se expone.  No hablo de la tartamudez filosófica, esa estupidez. No. Es casi al borde de la mudez.

 

 

El ermita del patio no deja el mate. Irene renueva la yerba. La tarde se pone color de plata y a voz baja le responde  voz baja.

 

 

No había que cruzar el puente en punta de pie, no hacía falta. Nadie lo retenía pero nadie lo empujaba hacia el otro lado.

 

 

La banda de perdidos tenía un solo origen: sus padres no cobraban nunca cobraron un escuálido sueldo mensual. Así que se reduce el encanto del campo magnético o lo maravilloso, pero puede irradiarse el embrollo, o lo sensible. Doctrinarios de lo sensible, lean, esperen, escuchen el silencio, aquí, se cuela entre las palabras. Padres que llevaban una mancha de aceite en la manga, fatalmente. Lo poético pobre se vuelve escaso como el salario, pobrísimo de representación.

 

 

Viejas italianas del desconsuelo caminan por el Mercado de Abasto de Avellaneda. Nunca sueltan la pañoleta.

 

 

¿Cuándo y dónde aprendió Elia a callarse? ¿Basta con cruzar el puente y dejarlo atrás?

 

 

Y era un día de viento del noroeste, el riachuelo estaba negro con estrías blancas, no entraba ni un azul ni un rojo, lo blanco venía de la luz de la mañana que las pintaba con toques de brocha, un salpicado de rayas blancas.

 

Hugo Savino, 2020

Ph/ Marcos Zimmermann, Juncos, Delta, Provincia de Buenos Aires,1993