Elia (IV) / Hugo Savino

 

También hay una tradición del tiempo. Sí. A veces encerrada en cajita de repisa. O polvera de maricastaña. O bolsillo de delantal olvidado.

 

Almas errantes de la esquina del viento. Viento que es un viento de prodigio.

 

Acá no llega nadie desde afuera, ya están todos los que se quieren ir, ahí reunidos. El terrón de azúcar espera su mosca. La discusión su pausa. La memoria de cada uno estrangulada tratará de no largar el humo de su recuerdo.

 

¿Será conocido el extravío y dónde y cuándo se han extraviado? La asamblea – la amenaza de que se conozca ese extravío.

 

Salto en el tiempo: las María Ángeles se paseaban por plaza Alsina en pleno nacimiento del erotismo de hombros desnudos y soleras.

 

Una suerte de Academia de verano da la vuelta al perro.

 

Gloria anotó: «una noche de verano».

 

Gloria anotó : «no quiero seguir preguntando, no quiero seguir en el zarpazo de lo obvio. ¿Te gusta?»

 

Ando perdido. También. No sé nada. Algo tira para atrás, ¿los que se quedan? – se les hace tarde y no hacen la valija. Tironean. Rascás, y salta el marco del verosímil. Necesitan referencias. Irse no es un estereotipo. Y yo no sé escribir estereotipos. No me sale.

 

Lo provisorio que va a definitivo o nació definitivo. Un patio de inquilinato llama a otro patio de inquilinato. Gota de agua llama a gota de agua que cae de la canilla del patio. La dialéctica compasional tiene su historia novelesca.

 

En el diario salió una nota sobre la limpieza del riachuelo. En el Café Maipú fue tema del mediodía. Saco el poema de mi bolsillo  Lectores del diario. A nadie le interesa. No lo menciono más. Ya aprendí a no seguir con lo que no tiene continuidad. Ya aprendí a oír que cada uno solo quiere hablar de lo que hace. Me recito ¿Quién lee? y no murmuro más. Me ofendí.

 

Hay destellos de luciérnagas, aquí, en la orilla de este lado, redestellos no lejanos. En el fondo Elia se alegraba vanidosamente de haber nacido en el agujero del otro lado. Aprendió a esquivar órdenes. La maldita cadena de órdenes.

 

Elia a Gloria, de silla a silla : – «Gloria, chaparrón o sol?»

– «Sol.»

 

Gloria, ardilla de barrio y de pausas re-prolongadas de silencio.

 

Gloria: nota de cuaderno: «Casi nadie debe saber de qué no se habla aquí

 

Infinito mar de la malicia que se arma el murmullo en su mente y duerme en la lengua de la tiña.

 

Me voy a la línea de las cosas, el color, la gracia de Gloria, su caminar, su cosa ardilla. Tratar de escribir ese movimiento.  Me harta el feísmo, o la confesión, el circo romano de la confesión directa, sin color, la sibila de la poesía y su aburridísimo plan normativo. La banda no quiere volver a casa, a la canilla de gota de agua, al viento de otoño de los patios, a la radio mañanera y gritona. En esas piezas no hay repisa con perro de porcelana o cajita de música o algún vetusto Chopin, ni un rincón con  vitrina.  Los domingos de gloria eran escasísimos. Acá, en esta mesa, a pasos de la orilla del riachuelo sin flamencos holandeses, solo barcaza y remolcador, y algún remero suelto, esta congregación de almas se olvida del ayer de mudanza, esa tiña que nos transportó de Olavarría y Patricios a Paláa y Berutti.

 

Ruinas poéticas y retrograbadas de la Avenida Montes de Oca. Mansilla y Eduardo Wilde bajaban por ahí y sus ojos miraron esas casonas, no eran Keats o Goethe en Roma, no, no eran. Y sobre todo no quiero evocar sombras, me niego a zigzaguear detrás del señuelo que rasca lo mismo de lo mismo.

 

El ras-ras de la chancleta no se excluye de estas escenas.

 

En el Café Maipú dicho un poco pomposo no había simiente de futuro. Todas las academias tomaron sus precauciones. Estaba decretado: el más maldito de los escritores tenía que salir de una buena familia. Y un respeto a la filosofería. Cerrada la importación de cuentos de hadas para otra vez.

 

Nadie habló del asesinato de la calle Paláa al fondo. Habían pasado dos años. La asesina iba a juicio, con esa cara de novia de barrio. Y nadie dijo nada. Y el rumor era que ahí, en ese café, nadie hablaba de eso. Y entonces el mito crecía. Andaba por todos los oídos. Silencios del prodigio del mediodía en la bajada del Puente. La mudez excesiva llevaba al aire, al abandono de la mesa, y un poco más adentro, a la izquierda del café, doscientos metros hacia el riachuelo, pegado a la orilla, terreno blando, medio pantano con ramos de juncos muy altos desparramados. Iban a protegerse de la ausencia de extravagancias familiares propias. Del olor de la casa chorizo aconventillada, olor a brocoli o a repollo, a encierro, a ajo, a yerba. Rutina de los lamentos inconfesables. Padres engatusados para que trabajen por la gloria, padres del traje color café con leche  regalado contra padres e hijos del futuro. Pared limón pálido con claros de ladrillo al aire contra pared de la magia decoradora.

 

Elia no lleva el latín en la sangre. Solo dialectos que no entiende. ¿O ese es su latín? Y la acusación de haber manchado la lengua argentina. Batalla del ratón y la rana. Estaba aburrido de las lecturas sistemáticas ordenadas desde un arriba que su alma autodidacta acató alguna vez. Ahora entre pasado rengo y presente para estetas. Estamos en el mismo río. Ellos y yo. Ese miedo paralítico a la opinión. Acatamiento de las prevenciones de la estética. Que te amenaza con darte la espalda. Amenaza de nombre borrado. Maldito y esclavizante nombre. Hilos bordados del nombre, de la impostura, de la maraña del reconocimiento, de los lectores que corrigen, que calculan de una entrega a otra. Ponerle una vela al humor del lector. Veletas que te dejan en cuanto les murmura el capricho. No pude en ese momento salir de esa esquina y cruzar el puente. Un balde con no sé qué subía del remolcador por una cuerda. Soga, mejor. En el horizonte casas baratas mal hechas, y en la punta del puente lado Barracas un tipo con una bolsa de pan por Pedro de Mendoza. Elia, en camisa celeste descolorida miraba esa escena. Ese día había sol y no era el mismo río de la inundación. Estaba quieto en su envoltura de petróleo. ¿Esa calma de imposibilidades enfureció para siempre el pasado de Elia?

 

Y buscó redesesperadamente un secuaz del mismo río que le trajera ese inquietante pasado de las dos orillas. Un secuaz del mismo instante.

 

Pero siempre está el alma difamante, encuentran a uno y no paran. Chacales del rumor bizquean, se bañan varias veces en el río del pacto de la difamación.

 

Elia lee y sabe que la gentileza te deja en la estacada, sos esa ruina que las mujeres de Balzac adoran. O que mandan a trabajar. Mira el río y se murmura en un interior de resentimiento inconfesable.

 

Sé que corto mucho este relato o novela o nouvelle, sé, lo sé. Es que salí de la pretensión poética – la tuve – y ando en este ritmo. Es el pasado que insiste y me anclo en el barrio, escuela primaria, diploma, boletín tirando a bueno, pequeños rasgos de historia. Ya no insisto en el tribunal de la aprobación. Podemos olvidarnos uno del otro. Pareja flaubertiana que no llegó a la adoración del cuello. La correspondencia no dio para eso.

 

Gloria era mujer de imagen en la calle – solo tenía que pasar, que caminar, que saludar. Y todos quedaban santificados, colgados de sus ojos. Pero en este barrio todo se carga de epopeya. Les basta un grupo en la esquina y todo se infla. Se amplía, se eleva y se marmotiza en anécdotas y nadie sabe cómo fue. La manía fabuladora sube la escalera. Y de ahí a mito. Y se pierde hasta que lo rescato y lo vuelvo a perder. Hasta el hastío. Y hay que buscar el silencio. Y se impone un cronista.

 

Los rumores del barrio entran al altar de la memoria. Insisten, se pegan, vuelven, se fijan. Y entonces aparecía la esperanza, escondida y al acecho, y de la esperanza pasaban al consejo, Elia todavía soportaba esa insistencia de los que no hacen nada, esa crueldad de los que le acomodan la vida. Era la parásita cantilena de las Marianas que se excitan en el fervor del consejo. Sean hombre o mujer.

 

Y en la mesa del terrón de azúcar se desconvocaba toda esperanza, toda lectura del diario, no se le daba silla a ninguno de los «roedores» de poesía que moscardeaban,  bajo esa mesa solo «serpenteaba» una enormísima sequía. Un desasosiego de imposibilidad de cruzar el Puente.

 

Pero hay que reconocer que hay un sopor de anti-poeta, de anti-escritor, de excluido, un sopor que se hace oficial, mendicante de lugar, de podio. Un folklore que te duerme. Elia es caprichoso de alejamiento, de soledad. Solo el huir de «la inquisición organizada».

 

El poeta aspiracional, tembleque al ritmo, quiere saber si todo termina en burocracia mágica.

 

En mi leyenda la inundación creció hacia el sur. El cielo era gris plomo. Y en este ahora surge esa escena de melodrama argentino, barrial: Negro Jorge se levanta en el patio del fondo del taller mecánico y dice al aire, al viento, al sol:  «hoy quiero cantar un tango – Los mareados –» ¿un adiós definitivo al amor? No escribo delgadísimas memorias, rechazo esa malicia. Negro Jorge evoca a la mujer desafortunada, ahí, atrapado en el melodrama de la mujer perdida. No la que se fue. La que se pierde. Son distintas. ¿La perdida no entra en el pasado? Sigue ahí. Obstinadísimo recuerdo. Y no se sabe por qué. Lo que leés no se va de la cabeza.

 

El aroma de dulzura de los árboles de Paláa y Berutti. Es lo primero. Antes de entrar en el día de la vida social. Y la ley de siempre contra la pereza de esta mesa antes de volver en algún momento a las moradas. La mesa es nuestra carpa del encuentro.

 

Gloria: no anoto del lado de lo permitido.

 

Escena de la llamada: «cuando un alma se extravía por error de todos los mandamientos». En esta punta del Puente se complica la expiación. Orlando cuenta que la carne se desangra con sal gruesa. Ley de siempre, remata, ni grasa ni sangre comemos en casa. Desasna, desde su Y él ha llamado, a toda la banda huidiza.

 

Y la mirada siempre es hacia el norte – dejar atrás pan con manteca espolvoreado con azúcar, aceite recocinado, mitología de la yerba lavada, futuro con pantufla, puntas de vanidad de la revolución, mentira de ciertas ofrendas, ¿hay que agradecer eternamente un poco  de harina y aceite?

 

Hay pasado, hay miles de maneras de no contar el pasado, y hay amarroco de ocultamiento de culpa, hay documentos falsos, hay chinita que espera a uno de estos en la esquina, hay un misionero recién llegado, se mezcla lo porteño, hay ruso con violín y se arruina lo provinciano, se hace difícil la devoción, hay memoria que se achica, o sueño de cabarute,  hay historias que son escucha de oídas,  y no se descarta ortiba en otras mesas, hay pataleo y hay ilusión de desamarre a mesa.

 

Y hay enredos cronológicos.

 

¿No hay ancestros de Elia? ¿Ni antiguos artesanos que podrían darle una mano? No hay. Solo hay gente que huye en la leyenda. En el santoral familiar está la abuela que le clava tenedor en el ojo a la madrastra. Un Grimm adaptado entre nubes que corren. Y hay otra fuga, en 1898. También los anti-novelistas tenían sus aburridas doctrinas. No hay en el pasado de Elia ni un artesano legendario. Así que hay mucho ruido de voces. De ciudad transoceánica cercada a  salida clausurada. De mitologías que no nacían a mitología de esquina avellaneda.

 

Cada tanto cruce de co-inquilinos en la esquina o en el mercado o en la bajada o subida del Puente, según los lleve el viento. Y cruce de  miradas o de indiferencias. Hay mañanas de reticencias melancólicas  y nadie abre la boca. Hay suma de desconfianza chiruseada, señales huidizas de paranoia barrial, frases a medias, que no terminan, ambiguas, intencionadas, sañosas.

 

Mucho viento embolsado ese día, lluvia, cielo casi gris plomo con rayas verde amarillentas que van y vienen, destellos, mal humor de goteras y gárgolas.

 

Epopeyizado el salto de Lola al otro lado  del riachuelo, la envidia y las fábulas cruzaron con ella y volvieron solas,  las bovary que rondan la presa soltaron la lengua y la travesía fue de oído en oído, imparable y el nombre Lola rompió su étimo, reunió el nombrar y el sugerir y se abandonó al murmullo. Que remontó hasta su fuente, la cima de lo conventillo desaforado, y se hizo movimiento.

 

Las chirusas hicieron esquina de Plaza Alsina, las Rosa, las Teresa, las María, las Ana y tardaron un tiempo, metidas en la tiña del rencor. Lola había desamarrado.

 

A tientas, de esbozo a nota, de intento de unir figura a  fondo, de acusación de traicionar lo inmigrado a retorcer la figura en cuanto se hace clara. Tampoco me interesan los puntos de fuga, ese anzuelo de burócratas, solo me interesa el raspado, picar la superficie si está muy lisa.

 

Sonidos de la noche del verano que flotaban en la orilla: chapoteo aceitoso, ruido del remolcador cuando golpea contra el muelle, voz que llega del otro lado, dos voces de una cena en otro barco, claras, muchas estrellas colgadas del cielo, y el viento que vuelve a esa hora de la mirada y lo empuja a Elia, lo empuja. Viento de la noche estriado de naranja.

 

De ciudad de anclados a grupo de yerbata marmota, mismo tedio de lo tramposo aullado o fumado. Y ahí, en la orilla escucha toque de piano y acorde de viento.

 

Dante escribió una nota en su cuaderno sobre lo imperdonable de la maldad. O la malicia. Elia en tercera persona se pregunta si el perdón es una posibilidad. Así son a veces las charlas con Dante. Se deliran hasta Vettori y Nicolo en un café.

 

Acá no hay vientos huracanados. Elia los junta en todas las novelas que lee. Libro de todos los vientos del planeta. Más los espejismos del pertenecer.

 

Acá no hay ninguna hermandad del árbol seco. No hay cofradía. Hay pactos precisos.

 

Hay que salir del lector sonámbulo, ese que mide entre una entrega y otra, te empuja a mimo, a historia del arte, quiere ver la costura, se caga en las patas cuando aparece el movimiento, te quiere en la huella de su oreja hueca que languidece de una imitación a otra. Elia los detesta, su bestia negra, exégetas de lo no leído, y corre hacia el boliche, y entra en el gran silencio de la sala medio vacía, mesa y ventana, café y agua. Refugio. Persiana rojo naranja levantada y visión despejada a la calle calmísima de la casi noche.

 

El viejo Pipa e´Moco no vivía en un zapato, solo se sentaba en el umbral de la puerta, con su bolsa marrón. A la noche entraba en la casa chorizo y se metía en su pieza. Camita de viejo, de solo, de ex pecoso, colcha azul verdoso muy limpia, mesa de luz, velador y libro. Aguantadero.

 

Lo desarraigo. Más lo concha de la lora. Más lo tufo nacionalismo. Más lo toco moralina. ¿Enemigo o amigo?

 

Amanda abandona. ¿De qué se hartó? Más fácil encauzar un río que retener a una mujer que se aburre de un hombre.

 

Sucesiva entrada al café de Orlando, y de Luis Cardoso, y Gloria con dos minutos de diferencia. Mesa de intensísimo silencio y de isla a-barrial. Más café. Más un antialcohol no predicado de base. En este lugar: contarlo. Aquí.

 

Pies descalzos sobre zapatos por debajo del cuadrado mesa. Otra vez la tentación del terrón de azúcar. Pero no había mucho en el bolsillo.

 

Entonces: contar esto: y aquí éramos la plebe ultramarina que jodió el nacimiento de esa lengua nacional chismosa y fiscal.

 

Café Maipú: obvios acuerdos de soledad y clandestinidades y de fidelidades de silencio y de rechazo de las habladurías y de lo reptante y lecturas secretísimas y libros en el bolsillo.

 

Escena dickens: Gloria tenía una canasta de conocimientos inútiles. No valían nada en el mercado pulgoso y desabrido del mercado del saber. Su fama de inútil la precedía. La renovada secuencia moscardona de consejo acelerada por su ex llanto volvía cada tanto. Al final se fue a vivir sola sus latidos mabélicos sinceros y románticos.

 

Elia: y volví a pasar por la calle Paláa, me tenté, la nostalgia me tiraba a sentimentalismo, pasé por el frente, y todo estaba caído, apenas las dos puertas, milagro, sostenidas por paredes agujereadas, todo era baldío, escombros, o vaho de vaho, pero nadie tiró ni una bomba, no, fue el tiempo el que se los comió a todos, los dispersó, banda de andrajosos conventilleros desparramados, fue la lluvia y el viento, y el tiempo. Trinidad sálmica. Robert Burton me mira desde el fondo del patio, sentado en la ex-ventana del galpón que fue ex-Alpargatas. Y ahora miro, desde la vereda de enfrente – desde el ex-conventillo de la mañana de los negros– y veo ese pozo gran abertura al infinito del abandono invadido de ortigas, zarzamora, gama de espinos y el ex-banco de cemento trono vacío. Todo está ahí y el viento se lo lleva por fragmentos. De a poco. Generosidad de los elementos. Temprano en la mañana de la vereda de los negros. Miro la calle.

 

En la hora del no sol el ex amor de Amanda se hizo fuerza,  cantó sus notas y se liberó de Elia. Fue un ocaso repentino para él, cándido de la mañana a la noche, todo se le fue en ese día de gotas de primavera. Ella, Amanda, desolada, calma, desensoñada para siempre, cruzó a la otra vereda. Elia me dijo: «nunca le hice preguntas, nunca recibí mentiras.» ¿Te suena? Amanda se fue a zapatos más lustrados, tenía razón. Elia ya era retrato de tipo no conquistado. ¿O de fracaso no recuperado?

 

Elia: ¿Sos la única piedra en la playa?

 

Elia no siempre negaba, a veces, solo se alejaba de las afirmaciones.

 

Las tres planchadoras reaparecen en una foto desde el fondo del silencio. Amanda guarda esa reliquia de familia en una caja de madera forrada de seda. ¿Tías? ¿Primas? ¿Vecinas de madre? Nunca dice nada. Tres gracias que vienen del fondo del silencio misionero.

 

Escena del pasado inmediato: Rafael, Aníbal y Elia comían como un trivium porteño en una parrilla de Florida y evocaban en el presente lo perdido que ya es pasado y que nunca será futuro pero será siempre presente en la evocación.

 

Aníbal llama al mozo, y yo miro la carta, y Rafael manda mensajes y el mozo viene corriendo, no sé por qué, mientras yo elijo mi pizza, y Rafael deja los mensajes cifrados –¿a quién le escribe?– y elige, y Aníbal no se decide y yo lo apuro y llega el vino y agrego agua con gas al pedido mientras nos acomodamos para comer en ese mediodía de viernes.

 

Escena dickens: había en Elia un cloqueo de desesperación. Miedo y capricho. La cabeza llena de libros le daba esa arrogancia tímida y solapada. Como no ángel que era, se sentía un ratón. Y no llegó a abogado.  Ni a dirigentísimo. Solo amigos limosneados. Elia, que siempre llevaba la cita de Carlo Emilio Gadda en el bolsillo: «A Hegel lo he leído pero no entero. Está ligado al marxismo y, sabe usted, por ahí vamos por mal camino.», sintió reforzado su resentimiento, se hizo promesas de soledad, de no contar nada, de reglas levíticas.

 

Insistir en la buena idea de la repetición.

 

No eran dos casas. Era una con dos puertas. Roque Juan insistió para que hicieran una pared en el medio. Eso dio dos casas con ruidos y murmullos que iban por la pared de una a otra. Iba y volvía. La casa pasó de conventillo a patio de inquilinato. Hay un refinamiento que crece con la leyenda fabulada. Lo conté a medias en Viento del Noroeste.  La calle Paláa enciende las luces esquineras y se prepara para dormir.

 

De bife licuado a vino tinto, de la electricidad a vino  blanco. Para Elia: ni vino blanco ni vino tinto. Ni la electricidad ni el jugo de bife licuado. Santa ridiculez del culto al vino.

 

Pasó el cartero de las 10 de la mañana. Hoy no trajo nada. Ayer no trajo nada. Mañana se verá.

 

Hijo de extranjero admitido a trabajo hormiga. Y de ahí, siempre a inquilino tolerado.

 

Complaciente viento sobre el adoquinado del pasado de Barracas. Laberinto y camino con los fantasmas descarriados que no sé dónde están.

 

Infinita crónica barrial. En el reino de la narración sin voz, de la ficción enseñada, de la eficacia charleta de los pico de oro.  De crónica barrial berreta a no temática barrial.

 

Escucho en el hueco prospectivo de la voz de Lola.

 

Esta crónica ilegítima de acontecimientos ilegítimos de gente ilegítima no subvencionada está muy lejos de la memoria oficial del reino, no tiene aprobación oficial, voz venenosa, voz vengativa, voz de capas y capas, todo sin lógica ni sentido, caótico, por estos saltimbanquis que no hacen historia. Y están los reproches o la acusación que salgo del marco, y justamente de esos que dicen no escribir la marquesa salió a las cinco, y sí, escriben solo eso, van de marquesa a señora, de señora a ancestro y de ahí a tema, chapotean en el lado gurú de la cosa. Crónica de personas no de temas, no tengo tema.

 

Escena dickens: nadie quiere hablar de dinero, de ese que falta, del que no se gana por la inutilidad. Y ahí, todos los espirituales son inamovibles, avechuchas de la poesía del consejo. Insisten. Y hay un hartazgo del limosnero llorón, o del limosnero  literario. El consejo lo ahuyenta, único espantapájaro. Gloria sabía bien su Balzac. El gran error es pensar que te deben algo. Pero las ilusiones están colgadas en el tiempo.

 

Se escapa de la acumulación de pasados. Las oye en la memoria y en la no-memoria. Y en las incertidumbres. En los cluecos antepasados que se caen de la leyenda. Y Elia construye  sobre una roca pelada.

 

En alguna esquina se rehace la cotidiana reunión de las comadres archivadas. Viejas perdidas de vista en esa luz mañanera, luz que llega del norte, viejas del cine mudo en esa esquina que es su efimerísima  isla de libertad.

 

¿Dónde están todos estos perdidos? ¿Se volvieron fantasmas? ¿La rutina de las cosas? ¿Chupados a cueva del tiempo?

 

Mesa secreta de la deseducación de la disculpa, del pedir perdón,  el único eterno retorno es estar demás, siempre.

 

Elia: lo casi menesteroso arrinconado. Me quedo ahí, quieto. Y solo. Casi todos van ahí donde nadie los quiere. Es casi una manía. Y rascan. Algo sacan. Y me alejo. Desconfianza bendita. Estoy en proceso de abatatado mutismo, chucho no muy esplendoroso. Tanteo. Pero siempre el dinero. No voy a entrar en aforismos.

 

Trabajo de zapa para sacarse de encima a los falsos dioses.

 

Toco de la reminiscencia: gallo de la mañana (clásico de muchas novelas), cloqueo de las gallinas de Francisco, y el grito del tero en el jardín de Sarandí o en el trasfondo del caserón de Banfield. El tero sarandí era inconsecuente con su deber de chillido. El tero banfield era más darwinesco. Solo se emperraba en no gritar cuando había invitados.

 

Hugo Savino, 2020

Ph / Leonardo Gotleyb, Estructuras reveladas, 2018