El regreso de Caracol / Néstor Torres

 

En la escena se ve a la Mujer Sentada sola en el cuadro, el cuadro le queda grande, es como si faltara algo, algo que desequilibra la escena dejando un gran vacío en uno de sus lados.

Hay en la mujer evidentes signos de aburrimiento, descansa la cabeza en el codo y el codo en la rodilla, pero no piensa, solo mira el suelo con la mirada vaga, perdida; una verdadera mirada en lontananza pero sin horizonte, un desenfocar los ojos para mirar más dentro de uno mismo que el punto al que se mira fijamente.

En toda la obra solo aparecerá la Mujer Sentada, el caracol se hará presente a través de su voz en off o repetida por un caracol oculto de la vista de los espectadores.

Se diría la obra de un puestista tuerto que no hubiese podido ver uno de los lados del escenario o de un director realmente desequilibrado para el cual la simetría constituyera un insulto y el equilibrio un vulgar engaño a los sentidos.

De todas formas si aquel fuese una persona extremadamente sensible a la armonía de las proporciones, le concedemos y como única convención capaz de arreglar este entuerto que equilibre de algún modo las cosa , si puede, con una lucecita verde, como un bichito de luz o como la luz de un reproductor de música en la oscuridad.

Aunque lo ideal sería un cuadro realmente desequilibrado, de un lado un presencia, corpórea, un cuerpo presente, y del otro un vacío. Un enorme vacío que solo es capaz de llenar una voz sonora pero oscura y lejana, no palpable, no cercana en el espacio, sí cercana en el tiempo y ni siquiera eso, una voz absolutamente presente.

 

Caracol.–  ¡Hola Mujer Sentada!

 

La Mujer se sobresalta, se endereza súbitamente, es como si los huesos le hicieran ruido.

 

Mujer Sentada.–   ¿Quién es? ¡Dios mío! ¡Oigo voces!

 

Mira hacia arriba y gira la cabeza, con las manos sobre las rodillas, se estira, como si quisiera despegarse de la silla pero permanece fijada en ella por algún tipo de pegamento que la retiene.

 

Mujer Sentada.–   ¿Sos vos Dios? ¿ Sos vos?

Caracol.-  ¡Será boba!

 

Se sobresalta sobre el sobresalto. Sus movimientos son los de una marioneta que un titiritero loco maneja sin hilos.

 

Caracol.-   ¿Piensa realmente que Dios se tomaría la molestia de hablar con usted?

 

Se agarra la cabeza con las manos, se tapa los oídos, está realmente asustada.

 

Mujer Sentada.-   ¡Es él, ningún otro podría hablar así! ¡No puede ser! Es su fantasma que vuelve para atormentarme. ¡Yo no soy Lady Macbeth, no lo soy!

 

Hace el gesto de lavarse las manos. Se frota con fuerza, con gestos quebrados, espasmódicos. Se las seca violentamente en su delantal gris opaco.

 

Mujer Sentada.–   ¡Fuera mancha maldita! ¡Fuera te digo!

 

Está al borde del llanto y en un verdadero ataque de nervios.

 

Caracol.–  Espere que le hago el lamento del búho y el canto de los grillos…

 

El caracol remeda el búho y se ríe.

 

Caracol.–   ¡Deje de flipar China, que voy a ser un fantasma yo! Estoy mutando y en la mutación he adquirido poderes telepáticos. De alguna manera estoy dentro de su cabeza pero usted me oye como voces.

 

Mujer Sentada.-  ¡¡Ayyyyyyyy!!

 

Vuelve a agarrarse la cabeza, se dobla, se retuerce. Lo que le acaba de decir lejos de tranquilizarla, le produce el efecto de la captura, del virus dentro de la sangre, la sensación de perderse para siempre. Se sacude como un perro al salir del agua.

 

Mujer Sentada.-  ¡No puede ser!  ¡Estoy loca! ¡Esquizofrénica!

¡Si lo controlan todo, todo! ¡Esto no puede habérseles escapado! ¡Es demencial! ¡Inaudito!

¡Soy yo misma o un fantasma, cualquier otra alternativa es… antinatural, desquiciante!

Si era solo una mierdita de caracol.

¡Me niego a oír su vocecita machacona todo el día! Bastante tengo con mi eterno diálogo interior.  Una especie de comunicación instantánea entre tres y dentro de mi propia cabecita… ¡Eso si que no! ¡Prefiero el destierro del cuadro para siempre!

 

La voz de Caracol ahora es serena, como si recordara con nostalgia el principio de aquel diálogo, aquellos primeros balbuceos.

 

Caracol.-  – Lo mismo decía del cuadro cuando empezamos. ¡Es tan reacia a los cambios tecnológicos!

 

Se recompone, recobra cierto aplomo respirando profundamente. Como si se inflara. Y toma un calmante.

 

Mujer Sentada.– ¡Bueno basta! ¿Es realmente usted o es su fantasma? (Para sí). Yo estoy segura de haber pisado fuerte.

 

Caracol.-  ¡Soy yo Mujer, vivito y coleando! (Es luminosa la voz del Caracol, tan luminosa como la alegría de seguir vivo).

 

Mujer Sentada.-   ¡Ayyyy! ¡Pero qué gusto no haberlo matado del todo!

 

(Se alegra de verdad, es un ayyyy de felicidad, de encuentro, de sorpresa. Ella acepta por completo la nueva situación en ese mismo instante y la alegría le relaja el cuerpo).

 

¡No sabe como lo lloré!

Usté es así, arrastrado y deslucido; pero qué arte tiene para la charla. Con decirle que he estado casi muda desde que murió, bueno desde que yo creí que había muerto.

Me pone nerviosa no verle la cara.

Caracol.-  ¡Imagínesela!

Mujer Sentada.-  ¿No podría haber imagen? Una visión… ¡Algo!

Caracol.-  ¿En qué época cree que vive? Su anacronismo es natural siendo una artista, incluso saludable y digno de alabanza, pero pretender una visión como si fuese una pitonisa judía es demasiado. Siempre me pide demasiado.

 

Se pone chusca, coqueta, incluso tímida.

 

Mujer Sentada.-  ¡Sería tan lindo! Que yo pudiera verlo de repente, no tocarle, eso no forma parte de nuestros usos (además el dibujante no lo permitiría). Pero verle de repente ahí, al lado, como antes.

Caracol.-  Para eso hay que viajar mucho, mucho tiempo, atravesar océanos llenos de un inmenso vacío. Contentémonos con esto.

Mujer Sentada.-  Y bueno… ¡Si es lo que hay! (Encogiéndose de hombros).

(Dudando). ¿Me lee?  ¿Puede leer mis pensamientos?

Caracol.-  No mujer, solo oigo lo que dice, no lo que piensa. Hay ciertos límites morales.

Mujer Sentada.-  ¡Ay! ¡Menos mal! (Suspira y relaja los hombros). Por un momento me creí completamente descubierta.

Caracol.-  Tranquila, deje el ataquecito y hable, esto es igual que antes solo cambia el diseño de la comunicación.

Mujer Sentada.-  Ah vale, lo intentaré.

 

Se arregla, se alisa la ropa, se pellizca las mejillas y toma un calmante.

 

Caracol.-   He sobrevivido a su intento de poeticidio, intento fallido que me dejó sin caparazón, pero del que logré sobrevivir gracias a nuestra baba regenerativa.

Mujer Sentada.-  ¿Que baba?  (Alarga la frase, le da una entonación completamente artificial. Pone cara de mentirosa, es evidente que sabe de qué habla el caracol).

Caracol.-  Una babita espesa que producimos por nosotros mismos. También la usan las humanas para la piel de sus caras. Se puede conseguir muy fácilmente en Teletienda. Es triste que tenga que morir tanto caracol así, machacado.

Mujer Sentada.–  ¡Qué asco!

 

(De forma furtiva, como escondiéndose de una mirada omnipresente, saca una latita de uno de los bolsillos de su delantal y se unta la cara con una gelatina transparente. La blanquísima cara brilla y ella parece adquirir un halo, un aura, como si se viera más linda, pero no para los demás sino para ella misma).

 

Caracol.-  No sabe lo que dice. (Despectivamente). Es algo casi milagroso, podemos regenerar nuestros propios órganos. Somos capaces de perder el cuerpo y recuperarlo. Podemos crear órganos vitales. Yo estoy cada dos por tres regenerando mi corazón.

 

Se interrumpe como si un sombrío recuerdo le atravesara.

 

Caracol.-  Sabe… tengo una pesadilla que se reitera noche a noche. (Silencio).

Es una escena de una película, “Historia de una camarera”. ¿La vio?

Mujer Sentada.-   ¡Claro que la vi!

Caracol.-  Si ya sé que lo ha visto todo. Ahí sentada no hay nada que se le escape.

Es la escena de la niña en el bosque. Parece Caperucita la muy turrita, inocente, rubia, camina por sobre el colchón de hojas húmedas poblado de caracoles. Ha sido una mañana lluviosa pero ya no llueve y en el sotobosque miles de microorganismos, de insectos e incluso de mamíferos cantan las alabanzas a la vida. Pero ella tiene otros propósitos, lleva una canasta de alambre, se agacha a cada momento y va metiendo caracol a caracol. Yo soy uno más y vago encantado sobre las hojas húmedas hasta que la veo. Veo que se acerca, veo los botines rojos que se acercan a mí. Y se acerca… se acerca…

Mujer Sentada.-  ¿Cómo sabe que eran rojos? La película es en blanco y negro.

Caracol.-  Estoy seguro que son rojos. ¡Tienen que ser rojos!

Mujer Sentada.-  La chica acaba muerta y la canasta olvidada. No hubiera muerto, se hubiera podido escapar.

Caracol.-  Pero esa escena no la veo. ¡Es un sueño muy duro para un caracol!

Mujer Sentada.-   ¿Y qué piensa cuando se despierta?

Caracol.-  En cambiar de aspecto para no terminar machacado en una lata. La demanda de cosméticos se ha disparado y si termino en la canasta ya no podré regenerar nada.

Usted no pisó lo suficiente y de un pedacito de corazón que me quedó pude volver a renacer, pero la machacadora industrial es implacable.

Gracias al inefable poder que nos concedió la naturaleza se salvó usted de llevar en la frente, para siempre, como un sambenito, el infamante título: “Poeticída”, in perpetuam aeternitatis.

Mujer Sentada.-  ¡Qué cuuulto, si hasta sabe latín!

 

Seca y cortante:

 

-¡Esa palabra no existe!  (Despectiva, mirando por encima de su hombro).

Caracol.-  (Seco y rápido). ¡Poeticida!

La inventé para usted.

Mujer Sentada.-  Lo que yo decía, sólo ha vuelto para atormentarme.

Caracol.-  No era esa mi intención, pero sí puede aprender un poco de la experiencia. ¿No le resultó doloroso haber pecado tan gravemente? ¿Le pesaba el corazón? ¿Podía dormir?

Mujer Sentada.-   Pero si era un caracolito insignificante… (Es una niña triste que acaba de asfixiar un pajarito sin quererlo dentro de su puño, mira su mano cerrada y sopla su aliento sobre él).

Caracol.-  Bueno olvídese de eso, la culpa no es cosa de caracoles, funciona muy bien entre ustedes los humanos pero nosotros no solemos perder el tiempo tan inútilmente.

¡Mi vida cambia vertiginosamente, estoy tan ocupado conmigo mismo!

Mujer Sentada.-  ¡Se hace el importante!

¿Sabe lo que yo pienso de “los ocupados”? ¿Quiere saberlo? Los ocupados me chupan el cul.

Caracol.-  ¡Siga nomás! La frase casi parece suya.

Mujer Sentada.-  No me molestaré en pensar una respuesta.

Caracol.-   Estoy muy ocupado y no presumo. Si lo que yo más aprecio es sentarme en una hojita a mirar el día.

Ando de mudanza en mudanza. Cambié caparazón (deslucido y marroncito, decía usted); por una conchita mono ambiente que me compré en Mallorca. La plata no me alcanzó para nácar, y la compré de baquelita. Al paje con quien andaba enredado no le gustó y me dejó por un caracol de mar. Vagué de cala en cala, de arenal en arenal, llorando tanto que la gramilla quedaba completamente mojada y los paisanos decían: “es el rocío”.

Mujer Sentada.-   Sería la baba.

Caracol.-  Eran lágrimas, lágrimas de verdad, humanas. ¡Y cómo me dolían!

Mujer Sentada.-  Pero si los moluscos no lloran.

Caracol.-  No respeta mi dolor.

Mujer Sentada.-  ¿Quiere que corte?

Caracol.-  Usté verá.

Mujer Sentada.-  ¡Ay no Caracol!  Perdóneme, me dejo llevar. Siga, siga. No se vaya del cuadro otra vez.

Caracol.-  Resignado y seco volví a la meseta. Yo nací en el agua dulce. Este clima favorece la mutación que me espera.

Tuve una incontenible necesidad de volver a comunicarme con usted. A pesar de su temible acto, espantoso arranque, su pisotón como al descuido dirigido directamente contra mí.

¡Pobre Mujer Sentada! Estoy convencido de que lo hizo poseída por un espíritu malo. El espíritu horroroso de los celos, quizá.

Pero no es mi intención avergonzarla ni mucho menos condenarla, porque sé que lo hizo al no soportar quererme tanto.

 

Ella escucha mientras se encoge sobre sí misma como una niña arrepentida de su crueldad.

En voz baja, compungida:

 

Mujer Sentada.-   ¿Y ahora qué hace?

Caracol.-  Pienso… pienso en alguien que no está.

Mujer Sentada.-  ¿Le gusta sufrir?

Caracol.-  (En tono desganado). Ya sabe que tomo calmantes. (Recobrándose de un salto).

Pienso en cuándo cambiarán al fin el escaparate en Gucci.

 

Se incorpora de inmediato sorprendida, divertida.

 

Mujer Sentada.-  ¿Le gustan los tacones?

Caracol.-  No dejo de reconocer la belleza de esos fantásticos zapatos, pero no pienso en ellos.

Mujer Sentada. – Es que usté es tan raro… y cómo además es puto… (Se encoge de hombros, marcando la evidencia).

Caracol.-  Mire, me tiene cansado con eso de sacar a cada rato mi condición sexual. Además es un capricho suyo, porque todo el mundo sabe que los caracoles somos hermafroditas.

Mujer Sentada.-  O sea que… con cualquiera… Ji, ji (Se ríe burlona).

Caracol.-  Con todo lo que nos guste y lamento que se sienta disminuida por tener un gusto tan estrecho. Nosotros no le hacemos asco a nada.

 

Lo interrumpe haciendo evidente su desprecio por el argumento de Caracol. Se pone seria.

 

Mujer Sentada.-  ¿Y entonces?

Caracol.-   (Como alguien que ha caído en falta una vez más). Me enamoré del escaparatista.

Mujer Sentada.-   (Moviendo la cabeza hacia los lados y dándose palmadas con las dos manos sobre sus muslos).

¡Ya sabía yo! ¡Otra vez usté y sus necedades amorosas!

Caracol.-  ¡Es tan celosa, Mujer!  Me conmueve profundamente… y sabiendo que lo nuestro es imposible.

 

No lo escucha, adopta un aire de tía curiosa.

 

Mujer Sentada.-  ¿Y quién es ahora el que le ha robado ese corazoncito tan… pequeñajo?

Caracol.-  Se llama Marco, Marco Di Biase.

 

Con estilo de rectora de colegio. Son preguntas a quemarropa destinadas a no dejar pensar.

 

Mujer Sentada.-  ¿Es inteligente? ¿Sensible? ¿Educado? ¿Dónde lo conoció?

Caracol.-  No puedo contárselo, es un secreto.

Mujer Sentada.-  No sería en un sitio muy decente entonces. ¡Usté se arrastra en cada lodazal!

Caracol.-  ¡No le permito! Se toma demasiada confianza conmigo, por donde yo me arrastre es cosa mía. Le recuerdo que el cuadro me acompaña donde voy, así que también usted se arrastra conmigo por esos andurriales.  Siempre anda presente como si fuera conmigo. A veces me invento largas charlas con usted, diálogos inteligentes, respuestas graciosas, chascarrillos, y me río solo, pero escucho también su risa burlona salida de un deslumbramiento fugaz.

Mujer Sentada.-  ¡Cómo se atreve!  (Casi riéndose, complacida pero avergonzada).  Menos mal que no tengo que ver esos lugares. Si tuviera que ver por sus ojos me volvería inmediatamente ciega.

No dejan tener intimidad, ni me dejan estar sola.  Hay que verlo todo, todo el tiempo, las veinticuatro horas del día. ¡Desesperante!

 

Lentamente vuelve en sí y recupera el tono.

 

Mujer Sentada.-  Pero bueno… en verdad…  puede arrastrarse por donde quiera, perdóneme. ¿De dónde es el chico? Ese nombre no parece muy nativo.

Caracol.-   Italiano de Milán, viene a Madrid a cambiar el escaparate.

Mujer Sentada.-   ¡¿Cómo se le ocurre que pueda establecer una relación amorosa con un humano y más si vive tan lejos?!

Caracol.-   No quiere que me quieran. (Con tristeza).  Me quiere sólo para usted. ¡Es tan egoísta! Prefiere verme muerto que con otro.

Mujer Sentada.-   Dijo hace un rato que me había perdonado así que no vuelva con el tema, el rencor es un sentimiento pesado. Ya tiene bastante con el caparazón.

Caracol.-  (Con tonito ilusionado y como contando una buena nueva). A lo mejor… si todo sale bien…  ya no tengo que cargar caparazón, ni de río ni de mar, ni marrón ni nacarado.

Mujer Sentada.-  ¡¿Que está diciendo?!

Pretende lanzarse al mundo así, desprovisto… despojado… con el cuerpito al aire. Que desagradable para el mundo ver ese cuerpito blando y baboso, así… sin nada.

Caracol.-  Voy a someterme a una operación de cambio de especie y convertirme en humano. Es la única forma de mantener una relación sexual placentera con otro humano.

Mujer Sentada.-  ¡¿Quiere ser humano para coger?! (Superada).

¡No me decepcione! Le aseguro Caracol, que usted es mucho más elegante que muchos humanos, no me refiero a su… formita, ya sabe no soy tan simple, me refiero a su vida sencilla, gramínea, tan para usted mismo.

Los humanos son cada vez más… vulgares.

Caracol.-  ¡Pero que dice! (Enfadado, tocado en sus más íntimas convicciones).

¡Blasfema! Contra los millones de años que tardó la vida en generar un bicho tan evolucionado como usted y blasfema contra el mismo Dios. Ahora que la Ciencia me permite de un paso saltarme millones de años de evolución, me pone peros tan absurdos como mi elegancia.

Mujer Sentada.-  Que contestación profunda para un bichito sin alma. (Sin dejar que caracol conteste).

¡Porque ese es el problema! (Sube la voz, como un juez desde lo alto de su estrado, retumba su ronca voz en la madera del estrado inexistente, los movimientos de la mujer son grandes, solemnes, como si una inmensa toga le hubiese caído del cielo para investirla, los enormes pliegues de esa toga divina condicionan todos sus movimientos).

Podrá ponerse un cuerpo humano… ¿Pero el Alma? ¿Dónde se puede conseguir un alma y cómo comprarla? ¿O se cree que podrá conseguirla en Teletienda? Un Alma, un alma verdadera no es baba de caracol.

Caracol.-  ¿Cree realmente que yo no tengo alma? Me ofende profundamente. (Es evidente en el tono la abismal tristeza de Caracol).

Mujer Sentada.- Bueno… almita… (Encogiéndose de hombros rápida y repetidamente).

Caracol.-  ¿A que conoce humanos con menos “almita” que yo? ¿A qué sí?

Mujer Sentada.-  Otra vez tengo que darle la razón. Si va a resultar que todo es relativo.

Caracol.- Esa frase no es digna de su inteligencia. ¡Es un lugar tan común!

Mujer Sentada.-  No empiece de nuevo con eso.

 Caracol.-  El alma me la vengo hilando desde que era un caracolito allá en el río. O piensa que viene Dios y de un soplido la infunde. Yo me curré mi almita, Mujer. Es un manto hecho de retazos inservibles, bien lavados y planchados, unidos con puntadas invisibles de manera que semeje un campo de arroz. Entonces uno puede cubrirse con ese manto del color de la tierra y sentarse al fin.

Mujer Sentada.- (Cambiando rápidamente de tema).

¿Cómo pagará tamaña operación? Si usted es un indigente, un pobretón… que digo,… un… desamparado.

Caracol.-  Me la pagará el Sr. Di Biase.

Mujer Sentada.-  ¿Tan rico es?

Caracol.-   ¿No se dio cuenta por el apellido? Escuche bien: Marco, Marco Di Biase y proviene del pueblo de Biase. Es sencillo darse cuenta de que es hijo del Señor del lugar.

Mujer Sentada.-   ¿Conoce ya sus dominios? (Ríe entre dientes con risa mala).

Caracol.-  (El no la escucha).  Es un pueblo en el centro de la Península, un pueblecito en un peñasco, me imagino. No lo conozco aún, pero supongo que además del castillo y la familia, los demás serán aldeanos y personal de servicio.

Mujer Sentada.-  ¿Y usté me dice anacrónica? ¿En qué mundo cree que vive? ¡Baje al fin! ¡Baje! Seguro que son todas mentiras para obligarle a cambiar de especie. Ya no existen señores en Italia.

Caracol.-  ¡¿Cómo que no?! Se cree que con ese nombre alguien puede ser así nomas del pueblo llano. ¿Por qué siempre tiene que estar dudando de lo que digo?

Mujer Sentada.-   ¡Ay caracol! Su cabecita es tan pequeña pero le caben tantos sueños. Y su tendencia natural al delirio… ¡Yo he leído mucho, Caracol!

¡Un noble italiano montando escaparates!

Caracol.-  ¡Qué sabe usté de la alta sociedad!  Esa gente trabaja para no aburrirse. No ve que incluso la Infanta Elena trabaja de profesora.

Mujer Sentada.-  Es que esa chica… (Se cubre modosita la boca con una de sus manos). Perdón, Infanta, es tan especial.  Siempre me ha caído bien y mire que yo soy republicana.  Se acuerda cuando se vistió de goyesca que mona estaba. Con ese vestido de seda verde con puntillas negras y la redecilla con pompones, negra también.

Caracol.-  Bueno, que los nobles, ahora, también trabajan.

Mujer Sentada.-  ¿Y por qué va a cambiar de especie? ¿No se siente realizado como caracol?

Caracol.-  Son una familia noble. Es muy difícil que acepten que su vástago se case con alguien de otra especie y más tratándose de un caracol de río que ni siquiera tiene concha de nácar. Además todavía no están permitidos los matrimonios entre distintas especies, aunque la Iglesia dice que todo llegará.

Mujer Sentada.-  O sea que para engañar al mundo tomará del mundo la apariencia.

Caracol.-  ¡Pero si habla como la Lady y todo! ¿No estará loca de verdad?

Mujer Sentada.-  (Aparentando no haber oído la frase anterior y haciéndose la seria). Es una operación muy difícil, supongo.

 

Se inclina hacia adelante y se pone un dedo sobre la mejilla.

 

Caracol.-  Y sí, pero se hace por etapas.

Mujer Sentada.-  ¡Ah! ¿Y podrá completarla? ¿No llevará la ruina a la Casa de los Biase? Y lo que sería peor. ¿No se quedará usted a medio camino entre humano y caracol? ¡Sería algo espantoso, una especie de hibrido, un mutante!

Caracol.-  Confío en el amor de mi futura familia.

Mujer Sentada.-  ¡Pero si ni los conoce!

Caracol.-  Me han hablado muy bien de ellos.

Mujer Sentada.-  (Para sí misma).  Seguro que todo es mentira. Quiere que crea que está loco, que me suba al carro de sus delirios. Le voy a seguir la corriente, total, la verdad, es divertido el caracolito.

Caracol    – Es una operación complicada y muy larga, dese cuenta que no puedo cambiarme por cualquier cosa, tengo que cambiar para estar a la altura de mi Principone.

Lo más difícil son los dientes porque carezco de huesos para los implantes.

Mujer Sentada.-  ¡Los implantes son carísimos!

Caracol.-  Es indispensable empezar por los dientes, una vez puestos podré cambiar mi dieta. No se puede desarrollar un cuerpo humano comiendo solo hojita verde, le tengo que hincar el diente a algo más sólido. ¿Entiende?

Mujer Sentada.-  Sí claro.

Caracol.- Y serán de marfil. ¡Eh! Nada de cerámica ni esas porquerías. No olvide que no solo me transformaré en humano, sino en humano noble.

Ella pierde la paciencia y desde lo más hondo de su aburrimiento le espeta:

Mujer Sentada.-  ¡Déjeme de joder ya con la nobleza! ¡Por qué no me chupa la concha!

 

Se destornilla de risa, se echa para atrás, en una carcajada sorda.

 

Caracol.-  Siempre tan basta, no se puede hablar con usté, al primer desacuerdo me manda a chuparle la concha o me pega un pisotón.

¡Mina chancha!

¡Homicida!

Mujer Sentada.-  ¿Homicida? Use palabras más apropiadas. Yo nunca he matado a un hombre. He matado insectos… moluscos… cefalópodos.

Caracol.-   ¡Zorra!

Lo que no puede soportar es que la nobleza me adore. ¡Claro, usté y su republicanismo que no le permite salir de esa pobreza deslucida y tan poco Barroca. Mírese ese delantal… Le voy a regalar un vestido de seda negro, de esos que hacen fru fru al caminar… Claro que como usté no se mueve de esa silla, no sé si hará fru fru o no hará nada

Mujer Sentada.-  Se va del barro al Barroco con una facilidad…

¡¿Hasta cuándo va a seguir operándose y operándose?! ¿Después que sea humano que querrá ser? ¿Por qué no se queda tranquilo con su condición?

Caracol.-  No le voy a contestar. (Declamando). ¡Yo sería capaz de cualquier cosa por amor!

Mujer Sentada.-  Lo que yo decía… ¡Necio del amor! De eso debiera operarse y no de otra cosa. Arrancar de ese corazoncito la tendencia enfermiza que le pone a merced de los demás. Pero bueno usté sabrá.

Y…  ¿La operación es peligrosa? (Se encoje, como si le doliera a sí misma, como si temiera la respuesta).

Caracol.-  Bueno, vamos a hacerlos de a poco. Primero los dientes. Uno después del otro hasta formar un collar de dientes de marfil, blancos, luminosos. ¿Se imagina mi sonrisa?

Mujer Sentada.-  ¿Y dónde se los van a implantar?  Si es todo…así… blandito, sin huesos.

Caracol.-  Primero me injertarán huesos en la mandíbula, el cimiento de mi dentadura y cuando ya tenga todos mis dientes y pueda comer carne, el cambio de mi dieta permitirá que por mí mismo, desarrolle un esqueleto humano y sobre el esqueleto un nuevo cuerpo humano, tan humano como el suyo. Bueno espero que de mejor aspecto. Je je.

 Mujer Sentada.-  Y encima se permite ser irónico conmigo, pobre putito soñador. (Lo dice hacia un costado, como si escupiera, como si el caracol no fuese a oírla).

Caracol.-   (El sigue sin dar importancia al insulto, está verdaderamente entusiasmado y le responde como alguien que relata su propia resurrección).

Cuando la transformación esté acabada, mi Principone vendrá a buscarme para llevarme al castillo de Biase y presentarme a la familia.

¡Se imagina que momento! Yo subiendo las escalinatas del castillo, enfundado en mi nuevo cuerpo de hombre y de hombre noble que tal condición me corresponde en virtud del santo matrimonio. El viento haciendo balancear la hiedra que habrá como en todo castillo que se precie y al final de la escalinata toda mi familia putativa vestida de negro. Me gustaría tanto llegar a ser una especie de Condesa Sanpierina.

Mujer Sentada.-  Una traidora, una arrastrada por amor. ¿Eso quiere ser?

Caracol.-  Traicionando es que he llegado a ser yo mismo.

Mujer Sentada.-  Y todo para comer carne. ¿Se da cuenta que todo el problema es “la carne”?

Menos mal que se fue porque aquí nos estamos por hacer vegetarianos.

Caracol.- ¡Que dice!  ¡¿En la tierra de las vacas?!

Mujer Sentada    – Y sí. (Pone cara y cuerpo de resignación).

El presidente dice que es la única forma de que bajen los precios y además habría más carne para exportar. Con decirle que en el menú de la casa Rosada ya no figura ni el asado de costilla, ni los bifes, ni la entraña, tan nuestra. Nada de carne, nada, casi como usté.

Caracol.-  ¿Y comen pollo?

Mujer Sentada.-  Sí… pero estamos tan acostumbrados a la carne roja y sangrante. (Pone cara de “¡qué problema!”).

Caracol.-  ¡Que problema!  A ver si terminan transformándose en caracoles. Ya se sabe que uno es lo que come. Aunque tampoco es tan malo ser caracol.

Una vez instalado en el castillo, puede venirse a vivir conmigo. Estoy seguro que habrá cientos de habitaciones disponibles. Podría ser mi dama de compañía o mi tutora intelectual y nos pasaríamos hablando y hablando tardes enteras, tomando café en pequeñas tacitas de porcelana del tamaño de un dedal mientras miramos las altas montañas nevadas a través de los enormes ventanales.

Mujer Sentada.-  ¡No me lie con sus sueños! Que digo… ¡Con sus delirios! ¡Le falta tanto para llegar a ser humano!

Caracol.- (Con despecho).  Podría decir lo mismo de usté.

Mujer Sentada.-   ¡Yo tengo huesos! ¡Y dientes! ¡Y concha!

Caracol.-  ¡Ya verá de cuanto soy capaz!

Mujer Sentada.-  Para qué me quiere a su lado si se pasará el día holgazaneando con su Principone. No podría soportarlo, ver a mi amado Caracol transformado en un humano vulgarmente noble. Despertaría de nuevo mis instintos asesinos.

Caracol.-  Usté está loca, usted mata lo que ama… (Para sí mismo). Creo que alguien ya lo dijo.

Mujer Sentada.-  No respondo de mí en esos estados. (Está empacada, pucherea).

Caracol.-  No empecemos de nuevo con eso. ¿No se arrepiente de haberme dado el pisotón?

Mujer Sentada.-  ¡Lo hecho, hecho está! (Vuelve a hacer el gesto de lavarse las manos y secarlas con el delantal color gris ratón).

 Caracol.-  Creo que también eso fue dicho.

Mujer Sentada.-  Mire, no empiece con eso de que todo fue dicho porque lo único que hace es dinamitar cualquier intento de expresar algo. Eso es cosa de holgazanes que en realidad no tienen nada que decir, en todo caso todo estará dicho, mas nunca lo he dicho yo. ¡Carajo!

Caracol    – ¡Viva Perón mierda!

Mujer Sentada    – ¡Viva!

 

Se retuercen de risa, ella hace violentos gestos hacia adelante juntando casi su cabeza con las rodillas, como un judío dice sus oraciones, pero como un judío ultra ortodoxo rezando en medio de un terremoto, los pocos pelos se le agitan como alambres. Ríen por largo rato a risa suelta.

 

Caracol.-  (Con voz finita y tonito de putito soñador, en un suspiro).  Cuánto aprendo de usted Mujer Sentada, cuántas cosas propias de su especie.

Mujer Sentada.-  (Siguiendo con lo que decía e ignorando completamente el halago). Reconózcalo de una vez. ¿No fue ese brutal comportamiento mío lo que lo hizo decidirse al fin a cambiar ese colorcito amarronado que tenía?

Caracol.-  Y si… No tuve más remedio.

Mujer Sentada.-  Ve, no hay mal que por bien no venga.

Vuelven a reír.

Caracol.-  ¿Y usté como anda?

Mujer Sentada.-  Y como quiere que ande… ¡Desesperada!

Caracol.-  ¿Por la culpa?

Mujer Sentada.-  ¡Má qué culpa! Son los Vargas que no me dejan pensar. (Abre las manos y las deja caer a los costados del cuerpo, como aleteos de un ave sin plumas).

Caracol.-  ¿Quiénes son esos?

Mujer Sentada.-   Los de abajo.

Caracol.-  ¿Y por qué no la dejan pensar?

Mujer Sentada.-  Hablan todo el tiempo, hablan, hablan todo el día, nunca hay silencio en esa casa. Han desterrado el silencio de sus vidas. Cuando ya no pueden más, cuando se les acaban los temas o sus gargantas se resecan de tanto parloteo ponen la radio a todo volumen, los atonta. O encienden el televisor, miran la Familia Ingalls. Creo que deben haber comprado todos los capítulos porque los repiten uno tras otro. A menos que haya un canal que a todas horas pase la Familia Ingalls lo que me parece un desatino.

El que más la mira es el Totó.

Caracol.-  Será el Toto.

Mujer Sentada.-  ¡No, no, se llama Totó!

Caracol.-  ¿Es francés?

Mujer Sentada.-  Santiagueño.

Caracol.-  Que nombre raro para un santiagueño.

Mujer Sentada.-  Y… son las excentricidades de la pobreza. Muchas veces me pregunto por qué todo el tiempo la Familia Ingalls. ¿No hay acaso otras series más interesantes? ¿Por qué no “Las chicas Gilmore” o “La Super Nany”?

¿Por qué esa fijación con los Ingalls?

Caracol.-  Es tan inteligente y complicada que no ve lo evidente.

¿No se da cuenta que sueñan con la casita de la pradera? Con “su” casita en la Pradera. Es igual que su chacra en Entre Ríos o su chalecito en Mar del Sur o su casita de piedra en la meseta castellana o su viejo y destartalado hotel en Atlántida, lleno de flores de manzanilla frente al río mar.

Mujer Sentada.-  (Soñando). Es un espejismo que contemplan como si fuera la realidad. (Pausa). Viven en el espejismo, creo que hasta lo hacen realidad, lo cual no está exento de mérito.

Las chicas Vargas pasan largas tardes cosiendo frente al televisor. Hacen cofias como las de las Ingalls.

Caracol.-  ¿En serio? (Muy sorprendido). ¿Y se las ponen?

Mujer Sentada.-  No creo, las deben guardar para cuando tengan su casita en la pradera.

Caracol.-  ¿Se acuerda aquella tarde de sábado que pasamos juntos viendo Lassie en blanco y negro, en la casa de la calle Maza?

Mujer Sentada.-  Ah sí, la recuerdo, pero no llovía.

Caracol.-   No, no llovía.

 

Se relajan, ensueñan juntos. Ella se echa para atrás recostándose en la silla con las piernas estiradas en una postura pretendidamente relajada pero completamente artificial como si se quisiera relajar a un muñeco de alambre.

 

Caracol.-  ¡Que animalito simpático y tan fiel a su casa!  Recuerdo que la llevaban muy lejos, muy lejos de su hogar, no recuerdo por qué, pero seguro que por alguna maldad humana, como su pisotón. (Afirma pi- so- tón, musicalmente).

Mujer Sentada.-  (Enderezándose súbitamente, molesta). ¿Me lo va a recordar a cada cosa que diga?

Caracol.-  Perdone, era solo por poner un ejemplo.

La pobre Lassie después de enormes sufrimientos y desventuras logra volver a su casa. ¿Se acuerda?

¿Qué estaríamos viendo en realidad?

Mujer Sentada.-  A lo mejor un exilio o su eterno viaje a ninguna parte.

Caracol.-  Sería eso.

 

Se quedan en silencio, la mujer piensa y Caracol respeta su silencio.

La mujer adopta la postura del pensador de Rodin, como si fuera el armazón de una futura copia.

Se endereza.

Mira como si mirara su propia cabeza, los ojos están dirigidos hacia un costado, arriba.

 

Mujer Sentada.-  Tantas veces imagino una escena entre usted y yo, una escena que pudiera durar eternamente, donde solo se viera el discurrir del tiempo en los cambios de la luz solar, los dos sobre un gran prado verde, sentados uno al lado del otro, usted jugando con su pequeñez en las gotas de rocío demoradas en una brizna de hierba y yo mirando el horizonte, en silencio, sin necesidad de hablar, compartiendo al fin la misma esfera.

Caracol.-  Es una linda escena. (Entusiasmado).

Trate de ver ese prado verde, identifíquelo, póngale nombre. Y le prometo que algún día montaremos esa escena. Sin necesidad de hablar, una escena donde ya nada pase, donde el público entre y se vaya cuando quiera pero que al vernos digan: esos dos no se aburren juntos. ¡No pasa nada, pero es tan bonito!

 

Suspiran profundamente echan aire a sus pulmones agobiados.

Ella enciende un cigarrillo y fuma con la mirada perdida en la abundante y espesa voluta de humo que flota frente a su cara.

 

Mujer Sentada.-  ¿Cuando vuelve?

Caracol.-   Ni idea.

Mujer Sentada.-  ¿Por qué no abandona ya tanto deambular, tantas vanas ilusiones, tantos amores frustrados y vuelve a casa de una vez?

Caracol.-  ¿Qué casa?

Mujer Sentada.-  Usted tiene una casa. El campito húmedo que lo vio nacer.

Caracol.-  Eso fue hace “long, long time”. (Al borde de atragantarse de angustia).

Los caracoles de mi estirpe tenemos una tradición terrible.

Mujer Sentada.-  ¿Qué es lo que va a revelarme ahora? ¡Por Dios! ¿Hay algún tremendo secreto que no me haya revelado todavía?

Caracol.-  Los caracoles de mi linaje destruimos la casa de nuestros padres. Literalmente acabamos con ella.

Mujer Sentada.-  ¿Por qué lo hacen? ¿Será para no tener donde volver?

Caracol.-  Es un impulso inconsciente. O genético, vaya a saber… A mí todavía no me ha tocado, pero vi lo que hacían con la casa de mi abuelo, que también era caracol. Borraron todo vestigio, talaron un inmenso jardín donde los veranos eran frescos y sombreados, donde las hojas verdes eran tiernas y apetecibles. Sería para que no volviéramos, una vulgar disputa de territorio.

Mujer Sentada.-   ¡Qué pena! Con lo que me gustan las casas que pasan de generación en generación y van acumulando objetos de épocas diversas. Odio ese desesperado gusto por lo nuevo. Me gustan los cuartuchos olvidados donde se apilan, entre el polvo, cajas y baúles. Creo que no hay nada más bonito que meterse en uno de esos cuartos un sábado lluvioso a la hora de la siesta. Nadie debiera ser privado de semejante experiencia, es como entrar en contacto con los muertos. ¿Usted se comunica con el mundo de los muertos?

Caracol.- ¡Amados muertos, más vivos que los vivos!

Mujer Sentada.-  Podría asegurar haber sido poseída.

¿Alguna vez se sintió Rimbaud?

Caracol   – Yo fui él.

Mujer Sentada.-  ¿En otra vida?

Caracol.-  No, en ésta. Solo duró unos momentos.

Mujer Sentada.- ¿Cómo lo logró?

Caracol.-  Leyéndolo una tarde, creo que pude sentir lo que él sentía.

Mujer Sentada.-  ¿Se enamoró?

Caracol.-  Completamente.

Mujer Sentada.-  ¿Sabe que tengo un amigo que se enamora del prestigio? El nunca se hubiera enamorado de Rimbaud.

Caracol.-  Es un amigo digno de abandonar.

Mujer Sentada    – Para usted es muy fácil. ¡Con ese corazoncito tan chiquitito que tiene! ¿Cuántos amigos abandonó, ya? ¡Dígalo, dígalo! Seguro que muchos.

 

Se pone muy nerviosa. Mira en derredor y solo ve el cuadro vacío, se lleva las manos al corazón y baja la cabeza.

 

Mujer Sentada.-  ¿Qué pasará con sus poderes telepáticos cuando al fin sea un ser humano?

Caracol.-  No lo sé.

Mujer Sentada.-  ¡No me diga eso! ¡No me diga eso! (Patalea).

Ahora que al fin podemos comunicarnos casi de espíritu a espíritu… ¿Va a abandonar estas conquistas espirituales por un putito noble?

Caracol.-  No sabe lo que es estar solo.

Mujer Sentada.-  ¿Pero que se cree? ¡Todos estamos solos! (Ella canta ” pero como puedo estar solo con lo guapo que soy”).

Caracol.-   Pero nadie más solo que un caracol. Siempre la casa llena de uno mismo, no sabe lo que es una conchita llena de soledad. Retumba el silencio en los vericuetos de nácar interior.

Mujer Sentada.-   Haga de la soledad su Torre, su plaza fuerte, su refugio. ¡Odio su lamento!

¡Cúbrase con su manto y aliméntese del campo de arroz!

Caracol.-  Trato, sólo que hay noches…

Mujer Sentada.-  (No lo deja terminar).  Parece mentira… ¡Necio! ¡Necio! ¡Y tres veces necio! ¿Sabe una cosa? ¡Me agota! ¡Necesito estar sola!

Caracol.-  (Ofendido). Puede cortar cuando quiera.

Mujer Sentada.-  ¿Cómo se hace?

Caracol.-  Simplemente deje de pensar en mí.

Mujer Sentada.-  Eso es muy difícil, estaría pensando todo el tiempo en como dejar de pensar en usted.

Caracol.-   (Molesto). Qué manía de complicarlo todo. ¡Claro! Como es una “intelectual”…

Entiendo que su función sea complicarlo todo pero podría relajarse un poco. Sea más puta y menos intelectual.

¿Se imagina un país donde todo el mundo lo complicara todo? Sería un país muy pero muy difícil. ¡Complicadísimo!

Mujer Sentada.-  A ver… voy a probar.

 

(Se concentra, se tensa, se enrolla sobre sí misma).

(Pasan unos segundos de silencio).

 

Mujer Sentada.-  ¿Sigue ahí?

Caracol.-  Sí.

Mujer Sentada.-  ¡Ay!  Es imposible. ¡Me mete en cada paradoja! No puedo sacármelo de la puta cabeza.

Caracol.-  A lo mejor… Con la práctica…

Mujer Sentada.-  (Lapidaria).  A ver… ¡Corte usté!

……………………………………………..

Mujer Sentada.-  ¡Caracol! ¡Caracol! ¿Estás?

Silencio de ausente.

Pasan unos minutos en que ella no sabe si está sola realmente. El silencio la desconcierta.

Mujer Sentada.-  ¡Caracol! ¡Caracol!  ¿Estáaasss?

Silencio de ausente.

Mujer Sentada.-  ¡Ay Dios mío! ¿Y si nunca más vuelve a pensar en mí?

 

Se lleva ambas manos a la cabeza y se dobla sobre su regazo. Llora desesperada pero con llanto mudo, abre la boca, gesticula, ahogada, sin aire, como una niña de las que retienen el llanto ante los padres desesperados que quieren verla respirar y no saben qué hacer. Hasta que al final y tomando una gran bocanada de aire, para lo que abre la boca desmesuradamente, solo se le escapa:

 

Mujer Sentada.-  Snif…Snif…

 

Una lagrimita sola, le cae por un ojo y corre lentamente por una de sus blancas mejillas retardada en el rodar por la baba espesa cosméticamente extendida por su cara.

 

Néstor Torres

Madrid, setiembre de 2006.

Ph / Noell Oszvald