Elia (V) / Hugo Savino

 

Y se juntaron en la mesa de encuentro. Consecuentes reapariciones diarias con manos vacías. Y se inventaron el terrón de azúcar al lado de cada taza. Y la mesa pegada a la ventana abierta al viento de septiembre. Ni un alma en la vereda. Es el rigor de una mesa de santidad a santidad.

 

Junco más junco más yuyos y poco sol ese día preciso y esa ausencia insistente en la ausencia y la otra orilla y la otra bajada del Puente y las casas bajas del otro lado y lo triple: el junco, los sucesivos matorrales de yuyos y el Riachuelo.

 

Lo escribo porque nadie puede hacerlo si no lo hago yo. Hay muchas repeticiones y vuelta atrás, detalles evidentes que van a motivo, hay soledad porque hay cosas que ya no le puedo contar a nadie, hay una soledad que me escribo, parte de la leyenda es haber nacido en lo desdeñado, son mis visiones,  y la escribo todos los días. Es una crónica de la leyenda. De lo que se ocultó y se seguirá ocultando. Una manera de evitar esa asamblea maldita. Y ninguno de estos revelará su extravío. No son culpables. Y entonces cada tanto voy y me paro en la mitad del Puente Pueyrredón y escribo y a veces hay un cielo azul clarísimo y perfecto y otras veces aullido de viento y lo amarrado que solo yo veo y el sueño de entender algo y noche estrellada también y el río no es marrón anaranjado es marrón a marrón y hay fondeadero y muelle y hay alegría de libro y soledad de lectura y lo que se deja de escuchar por tedio de sordera recíproca y hay desenchufe de afecto y hay cuaderno de nota y cuaderno de registro del día a día con alguna veleidad a diario y hay puentes y puentes olvidados y re-desborde de puentes y el pronombre de tercera persona que es el del ausente y hay citas que ayudan y otras que emparchan y hay que llevarlas en el bolsillo las dos y hay un vaho con estrías blancas a cierta hora que se ve justo desde la mitad del puente gris y hay un Norte soñado  y hay una santa osadía medio renga medio declamatoria medio indigente y hay un anotar lo que leo.

 

Mesa del perdido o de la falta involuntaria o de alguna perdición, herencia de perdido a perdido, y si aparece otro extraviado, se sumará.

 

Hay sartén, hay cacerola, hay patio, hay cocina de kerosén, hay cuarto al fondo con tacho de zinc, hay un solo baño,  no hay inicio, hay continuación, no hay fusión, hay cada uno en el hilo de su recuerdo, hay humo de aromas de memoria, ¿hay llamado?, hay patas sucias, hay zapatillas y hay guillerminas.

 

No hay inicio y no hay argumento, hay solo empezar constante de situaciones, hay lo mismo y hay cambios y hay gente que está, y otra que se va, y los hago entrar cuando reaparecen y les pongo nombre, y los que están siguen, y si es posible todos llevan el mismo nombre de un libro al otro, y algún capítulo es libro de llamada, y estaba Irma que salía al umbral y llamaba, llamaba ese llamado que sigue ahí, humo del aroma de la memoria y de lo que se olvida.

 

La tristeza maldita, de la ausencia, me dan ganas de llorar cada vez que paso por el túnel del subte y veo a esa chica tocar el violín y le dejo plata y ella me mira ojos gracias y sigue y sabe que yo llevo otros ojos de ausencia para siempre y apura la nota y cuando ya casi no la oigo baja la intensidad y se dice como Sunny Murray: beautiful.

 

O pura madeja propia o tedio. O escribir para la virtud de la nación.

 

Lo inmortalmente conservador y puro se rehace en el doctrinario de vanguardia, humor a monumento, loro de sus brindis, y se reinstala en el bodoque y predica sus vocablos estáticos y famélicos. O el puro tierra adentro, criollo de lengua, que se espanta ante el plebeyo plurilengua. Tanta sublimidad de los devotos, o porteño o provinciano, tanta idolatría, que hace nacer un agente del orden, retranca esta mesa a soledad, a aislamiento, a joda, a citas. Aquí, solo héroes de la negación. Obstinato rechazo a ser moralizados. Vagos de la esquina de Avda. Mitre y Avda. Pavón. Héroes de su propio enigma.

 

Pajarracos zancudos de veleidades migratorias apenas un boleto de tranvía ¿hacia dónde? ¿hacia qué?

 

Las cosas hablan, me hablan, la paranoia me habla y hay cosas y paranoia.

 

En esta mesa nadie contará su extravío ni lo que oyó ni lo que vio. Tampoco de qué se extravió y hacia qué. Y no contará. Y la cosa debe permanecer oculta. Y aquí el tercero es de palo. La expiación no apoya la mano en esta mesa. Y  tampoco se es infiel a nadie porque aquí no entra nadie que se deje comer la voz.

 

Aquí no entran los que tienen el brazo tan largo que le escriben el relato al cura de la esquina.

 

La vieja Quirina se quedó con la pañoleta y los hijos. Sola en esa cueva de Paláa y Berutti. No pudo entrar en ninguna poetización.

 

No es profesor pero escribe pegado al «énfasis genérico del profesor».

 

Y otro lamento: esta vez por mi epopeya: en el Café Maipú, en esa mesa de terrones de azúcar que esperan la mosca, no hay hijos del suelo, ni criollos aporteñados, ni emblemas de gestas sublimes. No hay lo sublime. Hay un nacer de trapo y taza de loza gruesa. El brazo larguísimo de la lengua oficial burocrática los rasguña cada tanto, la administración de la cultura se vuelve loca cuando los ve ahí, sentados, mirada al techo o a la calle. Negros de la esquina.

 

Elia evita el colador de la indigencia ensayística en monolengua, cita de la autoridad, nota al pie, y recurrencias al silencio pomposo de los espacios en blanco de la página. Y después están los administradores del empleo del subjuntivo. Toda una capa de tiña de la impostura que del barrio pasó al mundo. La tiña de lo social, de lo cultural, tipos colgados de la nube de lo sublime, como una portera manierista.

 

Hubo un acuerdo en esa mesa : ninguno tenía ancestros, ni generales, ni caciques, ni orgullo obrero, ni peones, ni un solo maestro o abuelo profesor, nada, solo tenían las historias que venían del siglo XIX, fines del XIX, un ayer recentísimo, una epopeya de recuerdos superpuestos.

 

Y hay inundación, infaltable, y hay historias de inundaciones.

 

Elia anotaba todos los vientos. Listas enormes en cuaderno de contabilidad. Siempre concentrado en la dirección del viento. Le gustaba ese capricho cambiante de su orientación, vientos. Pensaba que se puede escribir sobre el viento. Leer novelas. Leer libros de viajes.

 

Y era un loco del Norte. Cosas de la infancia. De las lecturas. Pero llega la normativa, la cosa vigilantona, paranoica de los que no leen, que decís Pyram y no tienen la más puta idea. Ni quieren saber.

 

Y Elia se lleva el perro a la orilla, entre los yuyos, juncos de riachuelo, altos y verdes, húmedos, y lo suelta y entra en su ensoñación, eso es una crónica, y una crónica son hechos retransformados, confusiones de tiempo y espacio, dos nombres para una misma persona o un mismo perro, o un nombre cultísimo, de una página a la otra, lo verdadero y lo recontrafalso, Elia bajaba al riachuelo desde esas dos piezas, sala y dormitorio con ventana, por eso no tiene interlocutor, porque se lo piden aséptico, claro, transparente, y no lo tiene ni claro ni nada, lo tiene mezclado, pasado falso o verdadero, leyenda de madeja propia. Y un día descubre que sus pretendidos interlocutores llevan metro, o métrica, en la cabeza, y la confusión sobre su resentimiento, no es resentimiento, es hasta el resentimiento, ahí, es fácil, resentimiento es no ver un cuadro de Lacámera. ¿Se entiende? No. Entonces, Alma que canta.  Ahí están todas las letras.

 

Un efecto cómico, y a la vez un poco de plagio disimulado, o confeso, y un problema, y hay descripciones de un ritual y si queda claro o narrativo hay que retorcerlo y si descubro que va dirigido al devoto del arte, retorcerlo más. El sacerdote mira chiruso, tiene sus títulos griegos, te mide con ese metro patrón, así que, solo secuencias.

 

El dinero se mete entre las patas de la poesía, Elia no quiere que se note, pero se aleja de los que tienen el brazo más largo, sin gritos, sin escenas, que se olviden de él, solo la vanidad te hace necesario. Y está el quejoso de falta de  interlocutor, ¿para qué?, eso no existe. Llorones: Contra toda esperanza se escribió sin interlocutor. ¿Hago la lista?

 

El perro de Gloria es perro culto. Escucha el ir y venir de citas. Se sienta al costado de la silla de Gloria, siempre la misma,  y acompaña. Es perro.

 

Monzón de papeles en cajas y cajones de los muebles. Todo apilado inútilmente. Aquí, ninguno de estos de aquí, tenía nada que reclamar, ni desde la oscuridad ni desde la claridad, en los aparadores solo platos y taza y tenedores y en los roperos ropa con naftalina. Pero eso es el patio inquilinato o conventillo, ahora casi ni lo pisan, solo van a dormir.

 

Elia lee al maestro, al experto en tiñas familiares, o entre vecinos, en miradas furtivas que ya contienen la delación co-inquilina.

 

Día de nubes grises con rayas azules.

 

Si hay fuga, será solitaria. Única, a-colectiva. Contra los románticos y los noveleros, esos que arman pasados, se escriben reminiscencias, hazañas y lecturas.

 

Un gorrión de la Plaza Alsina en la puerta de la catedral. Dos pobres que piden limosna. No bajan la mirada cuando Elia les da plata. Una moneda a cada uno. No fingen nada. No hay ningún contraste. Solo hay pobre que pide limosna. En su cabeza no recurre ni a Schubert ni a Rembrandt ni a Zola. Hay pobre.

 

Nota de Gloria: cuidado con el impulso a romanticismo de manual. No tuve un abuelo constructor de pianos. Pero no quiero caerme del lado de la burla. Hay abuelos que construyen pianos y hay abuelos que chapucean en un banco de carpintero y le hacen banquitos de madera o baldes de zinc a la familia. En los dos casos podés colgarte de la impostura. Pero nunca habrá relación entre heredero de abuelo a piano y heredero de abuelo a balde de zinc y  banquito a cocina.

 

Hebras de contrapunto. ¿Es muy obvio? Almas anudadas del Café Maipú. ¿Palos en la rueda de la narración? Mesa de secuaces, con el resto, solo desacuerdos amables o mueca de desdén. ¿Muchas referencias esotéricas? Almas prisioneras. ¿Errantes y sin pasado y sin tradiciones? Herederos de la bancarrota. ¿Melancolía burton? Ninguna perspectiva en esta mesa del terrón de azúcar y la mosca del verano. ¿Acaso eso que llaman reaccionario? También escribir en esa dirección: para probar cómo suena. ¿O solo se limitan a pensar en lo que hacen? Un hijo de tendero, un cadete de sedería, una empleada de joyería, un cadete de oficina. ¿Hasta el resentimiento? Ninguna ocupación de esas llamadas esenciales. ¿Desdén? Ninguna intriga laberíntica, solo anclados. ¿Tedio de la alegoría?

 

Hay trampas, hay infancia, hay colegio, hay instrucción cívica, hay religión, hay adolescencia, hay historia y patria relatada por el poder, hay familia, no hay juventud. Y hay un fondo de odio.

 

Y después apareció el cornudismo como contra himno barrial.

 

Viejo Pipa e´Moco siempre lee el diario sentado en el umbral. Y fue llamado por la gracia a la adivinación del movimiento de fulanos perplejos que se mueven por el barrio, medio nacidos, o casi nada, medio voces susurradas, o interiorísimas, o medio voces de la monotonía. Tiene el don ¿sabio, ignorante?, tiene el don, el re-temperamento del detalle y de la observación, bolsa de lona gris al hombro apoyada siempre en el umbral, mirada en perfeccionamiento constante, de diario a caminantes, de caminantes a conocidos, de desconocidos a diario y de cada uno de ellos, en momento preciso, a viejo en el umbral, a bolsa de lona color arpillera. Todo furtivamente y en indiferencia fingida. En fin, tiene esa misión barrial. Ejercitación y perfeccionamiento. El Viejo estaba ahí, en ese coto donde no se oyen palabras solo la voz, ahí, entre Gloria y nosotros. Gloria sí escuchaba las frases, se escuchaba en ella misma también lo viejo viejísimo que no sabía bien de dónde venía, lo media de nylon corrida antes de pisar el umbral marmota rumbo a mostrador de relojes y joyas, su grandilocuencia secreta de nudo en el alma, su melodrama de mañana empleada de comercio rasca la herida, apenas. Viene del revolcón de ayer, de Luis Cardoso en el oído, y de ahí a tujes y de ahí a cachucha, achicharre  rítmico,  y va a yugo y no se cruzó con el viejo Pipa e´ Moco, ni su voz ni sus frases que van de orden a permiso, de franela a tenés que oír esto que digo, o esto que escuché, y ella viene de la noche de los cuentos de hada, clarísima el alma de este lado de la frontera, hoy nadie la corre, hoy no se escapa de nada.

 

Chatarra del himno, de los discursos. Bandera, himno y mate cocido lavado sin leche, y un juguete. Yo me llevé el juego de la oca. ¿Lo escribí? Ratones en la trampera. Ya estás en el olor a pis y ya estás, no salís más. Pero no es tan melodramático.

 

Nota a resentimiento con toque de odio: escritores: aburridos trepadores en la escala social, loros de su propia imagen, limitados lectores, llorones del reconocimiento y sometidos a la ley del público.

 

Escena de la contra-invocación: viejos antepasados, ni carpinteros, ni artesanos, ni soldados de alguna guerra, nunca podrán recurrir a ellos. Solo alejarse de esta ciudad de la que no son ciudadanos. Catastro infinitamente desplazado, tranvías del olvido hacia el  olvido, sentados a la bajada del Puente del lado izquierdo, caminan por la orilla del riachuelo y miran al Norte y ven algunas caras que allá, en la calle Vieytes. Reverbera en extra puente, la parada del 12.

 

Café Maipú, esquina, puente y laberinto. Riachuelo negro y aceitoso. Elia hace su parada diaria en la orilla y sigue con su mirada la línea del río en la luz de la mañana. Dos palomas le cagan sistemáticas a la caravana caminante. Es la hora de la noria yugante. Pies ligeros, y fugaces, y cansinos de legaña sobre el puente del traqueteo. Overol, traje y cagada de paloma. Pero también la hora de cierta paz de la mañana.

 

Posible nota sobre el abuso de la melancolía: En esta mesa sin pasados y tradiciones, o enclenques pasados ocultos, renegados de la Historia, en esta esquina de una ciudad que no es un reino danés, a veces solo a veces niebla, sin mar, apenas esa riachuelo de remolcadores, sin olas, marrón aceite de máquina.

 

Mentirosa ley de la sangre.

 

Llegamos al borde del Riachuelo y yo integraba la caravana rastrojera que había partido del centro de Barracas, todos  hacia la disolución, dejamos los restos, huella de cagada de pájaro, nunca hubo ni una vieja gloria en el horizonte del pasado, y cruzamos el Puente y vi por primera vez el Riachuelo, es como si hubieran perdido más de tres batallones. Bajamos justo en la mitad de la cuadra y Pipa e´Moco nos miraba.

 

De la pobreza no se aprende nada. Hay que pedir perdón todo el tiempo. Nada de nada. Te la llevás puesta y la vivís en soliloquio, mejor ponerla en el bolsillo, como las buenas citas, porque a nadie le importa. Solo frases hechas. Como la de los lectores profesionales que se creen lo más. Pero se puede escribir algo. Con la pobreza digo. No con esos  lectores que viven sus ataques de concha.  Lo encontré al gemelo en el Maipú y me recordó algunas cosas. Secretos infames. Veré si los escribo. El gemelo rascó en la vida y con ese poco de pelecho se salvó, traje gris, camisa celeste, o saco azul, pantalones grises y camisa celeste o blanca. siempre esa combinación, y todo es mejor con plata, y si no hay que cerrar el pico.

 

El grito del tero ya fue. Es de otro jardín. De dos jardines. El de Banfield y el de Avellaneda. Teros del malhumor. Entonces : ¿no hay trama? No hay trama. Pero todo se mueve. Es lo mismo, y arranca otra vez, y arranco otra vez, y qué puedo hacer. No es historia, es leyenda. Murmullo de dos siglos. Desde ahí llegan los  rumores de aventuras. Y es la crónica de cómo se rasca el bolsillo. Enriqueta le clava el tenedor en un ojo a su madrastra. Una cenicienta italiana. Francisco mata a un tipo y se escapa a la Argentina. No llega ningún perro a vengar al asesinado. Maupassant familiar. El abuelo paterno le pega un palazo a un compañero de zanjas viales. Abuela María fue linda y coquetaba y nadie dice más.

 

Y en el lugar de encuentro nos volvimos muy exigentes con la preparación, solo eso, preparación, la ejecución se la dejamos a los triunfadores.

 

Gloria va al cine Mitre, sola. Gloria a Luis Cardoso: «necesito mis soledades. Si las tengo me siento bien.»

 

Perdedores y perdidos. Ni un intento de carrera. Solo un estar en huelga ante la sociedad. Y ahí están – en el presente remotísimo – a veces desalegría y más desalegría, pero a veces.

 

Otra nota sobre el abuso de la melancolía: Elia: ¿Entonces Lola, ningún pasado pasa?

 

Sueños de la lectura y de los relatos de Roque Juan: cabaña en el Norte, unos meses en el paisaje con nieve. Mirar la luz y el afuera.

 

Gloria a Luis Cardoso: remiendos de tus ilusiones a más ilusiones y remiendo que ignora remiendo. Y la otra ilusión,  desteñida: que la mujer vive enrejada en el amor.

 

Escena de la esquina: una mujer pasa, tapadito rojo, y no mira hacia la ventana, flota en la tarde casi desierta y lluviosa de la subida al Puente.

 

Abro el Dharma y Kerouac habla de su búsqueda de la esencia, pero en esa búsqueda infinita la desborda, se podría decir que busca la esencia y encuentra sus flores visionarias.

 

Todos le miran el cuello a Gloria. Y solo Luis Cardoso pone la mano ahí.

 

Elia tiene pretensión a ermita, Gloria nunca dirá qué hombre la tocó en su interioridad interiorísima, en la serie variable, y nunca soltará su Nadezhda, tres tomos, Orlando nunca cree lo que se dice de la gente, y sabe que hay puntos inexplicables en la franela social, Luis Cardoso sabe que cruzará el Puente. Heridas de la juventud sin defensa, irreconciliación definitiva con la marmota de la gloria y de la modestia.

 

Lo dijo el único de los dos Cardenales que escribieron con el cuerpo: solo pueden decir la verdad los que la sintieron.

 

Bueno, todo esto sin adagios. Hay que advertirse: el arte con mayúsculas, esa tristeza monolingüe entra por la ventana, hay que quedarse en el rincón o al lado de la ventana y mirar hacia la calle.

 

Hay charlatanes en trance, hay mujeres de los amigos que exageran el trance, hay poetas y poetisas a trance, y hay trance a rabia, poesía a delación y delación a borramiento de nombre, hay borramiento y después, prédica de normalización, y no se le podrá decir atorranta a la luna.

 

Y te querrán payaso estoico. O perseguido insípido, o callado, o las dos cosas, o resumiso a subjuntivo o cobarde ovejuno o llorón de feria medieval.

 

Y más anónimo a-narrador te volvés, más furtiva y rabiosa es la difamación del comentador. De los que te hacen las cuentas. Es una ley del odio. Lo escucho en filigrana, ahí donde esté, tengo oído caprichoso, y absoluto, formado, virtud de ex-tartamudo, y lo oigo en las mesas del rincón del Café Maipú, en la esquina, me lo escucho, no lo niego, me enrosco en mi madeja pero el oído está ahí, capricho y madeja propia.

 

Elia a sí mismo: «¿Para cuándo el camino del norte, la idea del Norte? Los amigos me aburren, interrumpen soledades ensimismadas».

 

«Y las tardes tranquilas con el cielo dormido y celeste, y evitar las conversaciones literarias, en cuanto contás lo que lees te interpretan y te vuelven al mundo ovejuno del academicismo. Divisa: capricho, clandestinidad e invisibilidad.»

 

Trato de contarlo tal cómo lo escuché desde el fondo del ayer en el conventillo de las voces. Cómo me lo contaron.

 

Y ese sonido ausente seguirá sonando en la ronda de la noche del café del encuentro y en todos los rincones del llanto reatragantado.

 

Siempre me excluyo de las bandas con mancos dictadores. No puedo llamarlos mis amigos, solo son amigos del primero que les ofrece algo, están destinadísimos al primer ocupante del mínimo poder.

 

Era un día de verano, re-tempranísimo, con un ligero viento del noroeste.

 

En mis otros libros puse conventillo, acá, a veces – salió así. No quiero aburrir, pero algunos de los que están aquí, que no son personajes,  vienen de esas casas chorizos patios de inquilinato. ¿Qué puedo  hacer? Fui de deriva a crónica. O de pretensión novela a crónica. Y busqué artistas. A Lucien Combelle le pasó lo mismo. Se entusiasmó con la vida burguesa de los escritores. Terminó en la mierda. Es ese espacio malva rosa de inteligencias al pedo. Sueñan con aportes a la civilización. Yo me paré antes. No me hice secretario de nadie. Fui a trabajar y ahí resistí. Pero igual me marcaron. No hice la cola. Tampoco construcciones métricas, solo rítmicas. No escribo novelas. Escribo fragmentos, bloques, escenas, cuadros. Basta un desvío y te detectan y a zafra o a universidad. Y todo se me volvió visión de distancia.

 

De escape a éxodo. Los dos ¿o sí?

 

¿De plata en una caja de galletitas Terrabusi a pañuelo anudado y bien escondido en el bolsillo del vestido? ¿De bolsillo de María a nieto Elia? ¿Recuerdos, nostalgia o melancolía? ¿Hay diferencia?

 

Revelación de la lectura: de hijo no desposeído a alma excluida.

 

Elia ni se atreve a escribirlo: ¿Lola es la hija más solitaria del mundo?

 

El aventurero del lenguaje sin estómago para rufián.

 

Arruinado teatro del hijo desposeído. Nunca hubo bienes. Nunca le robaron nada. No había nada. Solo había pieza pegada al galpón Alpargatas en la que se bañaban los sábados, unos bustos amarillo brillante, unos libros, revistas de historietas. Nada de qué agarrarse.

 

Vieja italiana, pollera hasta los tobillos en tercera clase sin ángeles custodios y encalló en Banfield. Previo paso por la Boca. Y siempre tuvo todos sus dientes blancos, y nunca tuvo un extraño en su casa porque nunca tuvo casa, nunca tuvo nada que le pudieran quitar, así que todos heredamos esa desposesión, esa exclusión que vamos pasando de una mano a la otra, de boca en boca y que los otros nos ven en los ojos. No somos de ninguna generación, somos de los que hacen ronda de noche, de los que dan vueltas, y una vuelta y otra vuelta. La herencia desposeído se ve en la cara. Se escucha en el tono de la voz. Es marca en el orillo.

 

Arrinconado Elia: ¿De qué te sirve tu refinamiento francés? ¿A quién se lo vendés?

 

Mensaje de Dante a Elia: «Dejalo o agarralo. Pasa Elia que no es tanto mi cosa magnánima sino lo que me mandaste escrito: doblega pasiones. Vi que habías salido del purgatorio. Y ademas es cierto lo que decís. Es verdad, no puedo estar en minucias.»

 

Las confesiones, las mías, me duermen. Y yo los duermo, y ellos se duermen, y les agarra una modorra de falta de nudo argumental. Pero es que tengo la chifladura de nudo rítmico. Elia susurra en mi oído dormido: ¿sabés algo más?

 

Oído en la ventana para escuchar la voz de Raquel la pelirroja que se casó con el hijo del empleado del Banco Provincia. Le decía a Lola:  «Es ella la que se mudó ayer a la mañana temprano». Marido silencioso en la tarde de verano, los pocos que caminaban eran manchas en la calle.

 

Nuestras casas son castillo destruido y más destruido, no hay máxima que nos contenga, solo Café Maipú y calle de la ronda y de las vueltas y del caminar.

 

Casas que se desandan de camino a otro lado, calle de caminar de hormiga rumbo a esquina.

 

Patio de inquilinato es pretensión a no conventillo. Y siempre fue conventillo, lo siento, amigos y familiares pelechadores, patio de inquilinato no existe, es un invento de la poesía, de lo azucarado, no, hay pieza de pensión y pieza de conventillo, como la de Pipa e´ Moco, al fondo fondísimo de la casa con higuera, hay conquista de soledad en pieza de conventillo y hay desolación de Lucio en pieza de pensión y hay distorsión de esquina.

 

La pared que separaba las dos direcciones era una división que separaba crujido de silla de chirrido de puerta. Lo dice la Biblia: candidatos de la austeridad.

 

Sistema nervioso que necesita certeza más familia más Estado más academia más poesía patio de inquilinato más euforia de pasado reescrito no tiene silla en el Café Maipú.

 

Elia se educó en la luz de Barracas, la misma luz de Avellaneda, antigua y remota, extraña y no-extraña al mismo tiempo, irrevocable luz del punto de vista, de cada voz, de cada ilusión inalcanzable. Y ningún viento noroeste desde el río, y con el ritmo en el sonido y no en el golpe, y mantener lejos lejísimo el Arca de Noé de los adjetivos que detesta y al maestro del subjuntivo que en el fondo lo aterra. Luz clara, día viejo y pasado que muerde los tobillos. Toda la cuenta de los días y pasto de viento.

 

Hugo Savino, 2020

Ph / Horacio Coppola, Calle California, la Boca, 1931