Locas (III) / Lucía Mazzinghi

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¿Cómo volver sin ser fantasma? ¿Es posible? Un terror antiguo vuelve y vuelve desventurada Ofelia con guirnalda de orquídeas, blanco fantasma vaga por el río murmurando para sí su dulce locura marchitándose por falta de caricias con rumor de sauces plateados como telón de fondo.

 

El bostezo infinito de la tarde. La música de las moscas. La sombra goteante de las tipas. La televisión colgada de un armatoste de hierro a tres metros de altura, en el comedor, suelta un reguetonazo que te vuela la peluca mientras cama 41 y cama 47 se acarician y besan debajo de los reflejos de los rayos catódicos, cama 47 le pasa lenta la lengua por los labios por la lengua rosa y los dientes, pasa la lengua lenta y húmeda y caliente en medio del bochinche sed empalago baba vacío, cama 29 guarda su lengua en los agujeros negros de las muelas perdidas y apoya las manos sobre la mesa de fórmica en completísimo silencio. A su lado cama 36 pinta mandalas y toma tereré.

 

El librito azul con letras doradas en la tapa: Salmos y Proverbios y abajo a la derecha un sello que dice este libro no será vendido, libro sobado y resobado millones de veces por las manos flacas de cama 28. Si tengo miedo voy a salmo treinta y cuatro, versículo cuatro, le da dos chupadas al matelistotaragui, si sufro tentaciones, leo Mateo veintiseis cuarenta y uno: velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil, recita con voz mecánica y las manos levantadas con las palmas hacia abajo. Bendiciones. Amén.

 

Cama 32 está hundida hasta el cuello en su propia mierda. Construye de a poco la tos, espasmotrasespasmo la va armando hasta convertirla en un ataque. Se deshilacha el hilo de la conversación. Queda en agrio silencio. Un arañita cruza la mesa corriendo, la aplasta con el pulgar y la empuja hasta el borde con el canto de la mano. La puerta rechina y se abre sola, por la rajadura se escucha un cacareo como telón de fondo, un murmullo asordinado por la humedad que pegotea todo. Qué vida puta dice entre dientes.

 

Contra el vacío de la incertidumbre cama 41 dice boludeces sin solución de continuidad. Se esconde detrás de sus anteojitos y aturde con su palabrerío quejoso, cantidades industriales de excusas, un aluvión incontenible de cliches. No quiere saber, ante todo: eso. ¿Cómo es posible no saber tanto? Enerva. Aburre. Me distraigo mirando los dibujos de su remera. Afuera se refleja un arcoíris en un charco aceitoso.

 

Santa Dymphna de Gheel…

 

Ruega por Anne Sexton.

 

Dios invocado una y mil veces. Padre Padre por qué me has. Una y mil veces Dios padre por las rotas solas sombras locas, restos dejos secos huecos de este ¿bendito? manicomio.

 

Cama 46 jura y perjura que no duerme hace meses aunque sus ronquidos se escuchan desde el comedor. La voz es casi inaudible pero su sintaxis es de plomo.  La fuerza de la inercia, lo larval, el tremendo poder silencioso de lo inmóvil.

 

Los corazones rotos hacen llover. Cuando la policía arrestó a Frances Farmer, ella repartía golpes a mansalva y se retorcía mientras vociferaba corroída por el desamparo: ¿nunca tuvieron el corazón roto? ¿EH? ¿NUNCA? A cama 24 el corazón se le fue partiendo de a poco. De eso puedo dar fe.

 

Lamidas y relamidas cicatrices las de cama 23. El pecho de amor tan lastimado readmite la renuncia y el fracaso. Las palabras atenazadas en la garganta, lo agotador de hacer pasar cada escena por el ojo de la cerradura del lenguaje. La verguenza puede ser una dirección. Semiasomada al abismo, cada tanto vuelve a su vieja musiquita, recomienza, se va percatando de que cada momento tiene la inaudita posibilidad de su contrario. Destellos de algo adelante pero más bien la negrura de un destino abrazado y reabrazado, jaula, trampa. Abre la mano: de tanto apretar le quedó marcado en la palma el borde dentado de una chapita.

 

Nacieron cuatro gatitos en el fondo, cerca de la cocina. Duermen en una caja de cartón acostada con un viejo suéter de cama 50 como colchón. Les deja trocitos de pollo y pescado en una bandeja de plástico, les cambia el agua y controla que estén protegidos. La enfermera de los domingos les pone gotas en los ojos y los desparasita.

 

Pide y pide a quien se le cruce. Empecinada, incansable cama 31, ojos de insecto, labios pintados de rojo pasión, pide, exige que le compren un café, insiste reclama vuelve a pedir un cafecito. Zumba, revolotea, le dicen que no pero ella insiste, obscena, infrenable, un cafecito por favor qué le cuesta, presiona, empuja, sea bueno, hágame el favor. Por fin lo consigue, alguien cede, se sienta triunfante en una mesa con el vasito de telgopor humeante entre las manos, un trago, dos, se ahoga, tose y tose, parte del líquido se desparrama sobre la mesa, vuelve a toser, atragantada, casi ahogada. Ten cuidado con lo que deseas me susurra alguien al oído, su voz tiene un tono oracular y de risa contenida a la vez.

 

El padre de cama 34 se aleja tropezando con su propia impotencia, un bolsito de cuero tipo neceser apretado en el sobaco, por el rabillo le descubro cierto brillo en la mirada, una mueca torcida de placer que no logra disimular. Todo está ahí, en ese brillo voluptuoso.

 

Locas de terror.

 

La reunión de consorcio ha cambiado su sede. Forman un semicírculo alrededor de la cama 48. El tema es qué hacer con cama 31. No la aguantan más. Cargan también contra la serial killer de conejos pero por motivos diferentes. Serial killer las ignora a todas olímpicamente, no saben cómo entrarle. Le temen. Ella por su lado a solas me confiesa que a pesar del calor bochornoso no arma la pelopincho porque tiene miedo de que el nene de su hermana o la vecinita que es la piel de judas se ahoguen en la pileta culpa de alguna distracción suya.

 

Se le desenrolla una fuerza brutal, golpea grita ataca se defiende vocifera. Descarga sus golpes con furia y espanto. Cristales rotos, sillas voladoras, durlocks hundidos a trompazo limpio, mirada de cabra extraviada y gestos ampulosos. Ojos rojos, locos ojos rojos los de cama 32 contra el negro afilado de los bordes de las cosas. Toda la escena tiene una belleza siniestra y desafiante.

 

Eclesiastes veinticinco quince, la mujer y la furia dice cama 28 con labios sentenciosos. Levanta una mano de dedosgarra metidos hacia adentro y la deja inmóvil a la altura de los ojos durante aproximadamente diez segundos, la espalda recta como una tabla de planchar sin tocar el respaldo, lentamente vuelve a apoyar la mano sobre la Santa Biblia que tiene apretada contra las rodillas. Bendiciones. Laurazepam le da unas chupadas al filtro manchado con rouge y mueve la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación mientras suelta el humo despacito esperando la restitución paulatina de la calma.

 

Muchas tienen una vecina maldita. Envidiosa. Cizañera. Que lleva y trae y mete la cola. Es una fija la vecina.

 

Elucubraciones, fabulerías, cálculo subterráneo, una fuerza indescifrable, cama 27 y su increíble capacidad para hacer seis cosas al mismo tiempo así como de hablar en dos o tres planos distintos a la vez manteniendo siempre el hilo aunque sea casi invisible, como Coltrane con las capas de sonido.

 

El frío blanco sagrado de los azulejos del baño. Reflejos borrosos de cuerpos desnudos. Ausencia completa de cortinas y puertas. El pudor es un lujo.

 

La enfermera encuentra a cama 38 mirándose fijamente al espejo con el cuerpo cubierto de mierda.

 

Cama 53 se queja de cama 42. Es espiona dice, todo el tiempo relojeando a ver si pesca algo. Cama 42 niega todo indignada.

 

Cama 44 se queda largos ratos debajo del chorro de la ducha, oyendo atenta, los ssshhh tssss groan los ploc, las puteadas que le dedican algunas porque se queda ratos larguísimos ocupando la ducha le entran por un oído y le salen por el otro.

 

Santa Dymphna de Gheel…

 

Ruega por Georgia O´Keeffe.

 

Rigurosamente encalzada cama 40 planea su venganza revolviendo la marmita con calculada lentitud, el corazón helado, siseos, busca el encuadre que más le favorece, hinchada de humo y cerveza tibia previamente escondida en el bolso entre la ropa limpia, el papel higiénico, la yerba y el shampoo. Revuelve emputecida de rabia la olla del odio mientras suena el cascabel de su culo monumental y le brillan los colmillos manchados de nicotina. Noches de tiempo muerto, humedad y azufre.

 

Los ojos llenos de Padre de cama 36.

 

Las blabeleras (camas 33 y 34) sacuden sus melenas, sus risas van y vienen y el relumbrón de las risas se mezcla con el humo del pucho que pasa de una boca a la otra en perfecta sincronía. Parlan, chismosean susurrontas, blabusan blabuclean hilan una palabra detrás de otra, infinitas palabras hilan, cuántas cosas nacen del azar, del aburrimiento, del deseo de conversar, cacareo, rumor de mujeres, fiebre de lenguaje.

 

Los sueños dorados de convertirse en actriz reventados en el negro aire de la noche, el neón carmesí de un bar de mala muerte parpadea en el reflejo de la ventana de un monoambiente perdido en Josécepaz, una botella de legui, algunos blisters desparramados, días chicle, noches de doscientas horas. Tendría que volver a nacer y hacer todo de nuevo, asqueada fuma un pucho tras otro y maldice por lo bajo su suerte puta mientras los sueños de focos y espectáculos construidos con paciencia y dedicación se esfuman frente a sus ojos desorbitados. Después: el colapso, la vanidad hecha polvo, una sirena rabiosa, luces intermitentes, oscuridad. Su fulgurante futuro hecho mierda. No recuerda cómo llegó hasta acá cama 20, salvaje heroína del oeste vasto y desolado.

 

Mató dieciseis conejos y tres gatos y los enterró en el fondo del caserío desamparado entregado al viento que trae la podredumbre del Riachuelo, testigo mudo, lodoso río contaminado. Mística y letal. No se detectan en sus gestos signos de crueldad, es otra cosa. Cama 59 no se arrepiente de nada. I DON´T CARE. Va por más.

 

Tumba la lata, tumba la lata loco repite como un mantra recitado a lo gritos, el odio pasado entre los dientes, escupido con furia, brazos rígidos y puños apretados. Después del almuerzo le tajeó la cara a cama 20 con un cuchillito de plástico. Peligra su programa de descanso, fue demasiado lejos. Un enfermero las separó y logró salvarle el ojo de pedo. Un masculino se interpuso entre la diciente y el femenino agresor dice la denuncia escrita por la policía. El lenguaje es un virus: desde el fondo del silencio avanza y ataca, se multiplica parásito y se expande, enferma, hasta puede matar. Esto se parece cada vez más a una cárcel dice cama 33 por lo bajo.

 

Alejandra Pizarnik enferma de lenguaje y soledad, pasa lagos y vacíos días en la Sala 18 del Hospital Pirovano fingiendo creerles a los mediquitos pero puteándolos de arriba abajo en su interior y con unas ganas de llorar que mama mía.

 

Locas de desesperación.

 

Llamó y no tuvo respuesta, años y años intentando construirse una madre, un padre, un modo de vivir, buscando pistas, inventando huellas. No le alcanzó. Fuera de madre, fuera de marco. Llamó y llamó pero nada. Manos que sueltan en el exacto momento en que el silencio se hace absoluto, su corazón termina de partirse. Salto al vacío. Cama 24 vacía. Ya está. Tus cuentas se cerraron, tus puños, tus ojos, tus oídos. Algo de paz. Por fin. Una desmesurada luna cobre rueda indiferente imantando todo a su paso. Sos lindísima. Tecleo sin querer explicar ni forzar argumentos ni buscar un sentido, tecleo hasta el final de la frase con una tristeza irreproducible y unas ganas tremendas de que me abracen, me acunen me acunen me acunen.

 

¿Suena un árbol si cae en un bosque donde no hay nadie? Por supuesto. Ocurre una vibración, una resonancia. Algo en el cuerpo.

 

Cama 26 se puso una flor de papel crepe detrás de la oreja, con la siesta todavía pegada rastrea con ojos querendones alguna víctima cercana. El arco tensado del amor. Satírica dolorida desopilante cama 26.

 

Pava de lata le dicen algunos.

 

El parque hinchado de tanto verano, el perfume violeta de las glicinas empalaga el aire. Cama 45 suda debajo de su peluca ortodoxa, la confianza resquebrajada por el acoso de sueños que insisten, la empujan, la empujan al abismo irremediable. No se da con nadie, a duras penas cruza unas palabras con el marido mientras sus seis hijos revolotean alrededor, ella los espera todos los días debajo del níspero acomodándose la peluca con tímidos tirones de dedos blanquísimos y planchando con las palmas los pliegues de su pollera gris.

 

Sentada en un sillón desvencijado cama 44 mueve la cabeza de un lado a otro mientras rasga la tela con una uña larga y amarilla. La encarnación del mito de la lunática ida con mirada beatífica. Sus orejas desnudas flamean a los costados como serpientes enroscadas, al acecho. Su risa a destiempo es una afrenta al sentido, a la impostura médica, a la feria de las vanidades que es la industria farmacéutica. Oídos sordos a la prepotencia y la impotencia, a ese tonito hecho de miedo, suficiencia y compasión. Mira extática el profundísimo misterio de la vida, una especie de santa enfundada en una bata raída y las manos con los dedos arqueados sobre los muslos flacos. Se levanta lentamente y un vaho de pis rancio y sudor invade el cuadro hasta que ella desaparece arrastrando la vieja bata gris con andar lerdo pero majestuoso en la oscuridad de su habitación. La altiva majestad de quien nada espera. La estela rancia de su extravío se incrusta en mi cerebro como una piedra.

 

Voces babelizan el aire. Resuenan. Iluminan. Irónicas sospechosas melódicas pasionales sarcásticas tímidas escurridizas exactas salvajes esplendorosas metálicas dulzonas inquietantes embrujadas asesinas enfáticas risueñas taimadas fulminantes siniestras voces. Incansables.

 

Cama 43 canta sentada en un viejo banco de Iglesia contra la pared, el sol entrando oblicuo por la ventana. Semidiosa de la indiferencia, sus palabras precarias resuenan en su propio vacío. Olor a madera lustrada hace mil años, a sol y humedad, la sinfonía del marrón y el polvo pardo. Un ratón se escabulle detrás del ángel de piedra arrodillado, no hay gloria si no humildad en su gesto. Tiene un libro en sus faldas. El tapado siempre cerrado, lista para salir. ¿A dónde? ¿desde dónde? ¿hacia qué? Se rasca la cabeza y se mira las uñas.

 

Locas de fantasía y visiones.

 

¿Cómo llena su día cama 58? Su inmutable ladina vacía existencia. Pide plata puchos comida, va y viene, exige, amenaza pelea golpea rompe patea. Si se sienta y se calla, se la chupa la nada.

 

Soy sola, no tengo aliados en la familia dice cama 27 con un hilo de voz. Hay un hijo perdido, el recuerdo es borroso, un leve perfume, nada más. La férrea trama familiar le aprieta el cuello y le cierra la garganta. Se distrae con sudokus y sopas de letras que le trae de regalo cama 54 cuando vuelve de los permisos. La mitad de las palabras que rodea con un círculo son inventadas. Desplicar. Tordomio. Cantenpisa.

 

Cama 46 carga una mudez enquistada. Algo le hace tenaza. Ni palabras conocidas ni inventadas ni que ocho cuartos: cuerpo piedra y mente hundida en un silencio profundísimo. ¿A dónde se fue el fuego?

 

Lánguidos fantasmas bordean el muro del lado sur salpicado de enredaderas e inscripciones. Libertad. Dios es amor. Dios es gay. Chaca campeón. Carlito y Tamara U por 100pre. Ojos agarrados a la luz. 4382199 hijos del Tiempo. Grisamarillentos muros como ceniza, como nubes de tormenta, como el pelaje de un gato. Detrás del muro se escucha el traqueteo del tren. Lo saltan para comprar droga en el asentamiento que crece sobre las vías.

 

Aloise Corbaz pintaba mujeres de ojos ovalados como lagunas o pozos. Eróticas, coloridas, redondas mujeres en éxtasis perpetuo, rodeadas de flores y animales, coronas y joyas hechos con lápices de colores, de grafito, con flores de geranio trituradas, con crayones y pasta de dientes.

 

Cama 21 llora con torrencial desmesura. Babea moquea con hipos y ayes, lava y seca sus lágrimas con esmero, hace puchero, lamenta su vida bolero con el labios desbordados de rouge sobre el colchón sin sábanas de una cama en un hospicio en el mismísimo culo del mundo.

 

Ese llanto húmedo y hondo contra las lágrimas cocodrilas de Bovary.

 

ALP es una y todas.

 

Arrancamos con un ciclo de cine, pasamos películas y yo hago pochoclos en la cocinita de los enfermeros. Armamos conos con el papel de los pedidos de medicación a Farmacia y los llenamos de pochoclo dulce y crocante. Cama 39 no se queda a mirar, sólo se acerca para llevarse la mayor cantidad de pochoclos a la cama, entra y sale, entra y sale con su botín, las manos pringosas, un pochoclo enganchado entre las crenchas. Me recuerdan a mi infancia dice como única explicación. Esta escena sola alcanza para justificar todo el año de cine.

 

Belinda cloquea y pega saltitos cortos, despega, rebota, cambia errática de dirección, se frena. Medita inescrutable como la gallina que pone Kerouac en la choza de Tristessa picoteando tierra debajo de la cama meditando imperturbable ante el estúpido cruel impredecible mundo que la rodea (esa sola primera escena en la choza alcanza para entristecerte un mes entero). Busca gusanos o migas o granos de maíz entre ríos dulzones y putrefactos, latas, cartón, barro, pedazos de plástico y cáscaras de naranja. Entre la podredumbre fermentada encuentra letras. Pica Belinda, picotea letras saltadas y pone huevos de locura, blancos y relucientes huevos de sinrazón.

 

Cama 33 y cama 34 murmuran y secretean infinitamente en la oscura noche de viernes. El perfume pesado de las flores del parque llega de a ráfagas, la luna imantada entremuros recupera su poder. Oh batímelo todo, chimentameló. Murmuran despaciosamente, se aferran, se atan a las palabras, se dejan caer, frases suspendidas en el aire, flotan fluyen una parla como capas de cebolla, voces líquidas, cascadas de sonidos, ángeles caídos babeleando blablaceando locamente. Tienen todo el tiempo del mundo. (Ir al C8 del Libro I de FW. Nadie nunca fue tan lejos).

 

Detrás del viejo ombú cama 26 finge suspiros, encima suyo alguien hace lo que puede, mete y saca resopla busca acomoda mete empuja. La reina del teatro y la simulación.

 

Sos incogible nena sabelo le dijo alguien en el almuerzo. No pudo terminar el pastel de papas de la amargura que le agarró, clava el tenedor en el mazacote, lo da vueltas con mirada ausente, rubrica cada palabra con gordos lagrimones que le corren el rímel y le dejan los ojos ahumados. Cama 36 padece una bizquera como la de Lucía Joyce, tremenda indisimulable bizquera. Envuelta en su soledad virginal, sueña con orgías inagotables que registra con lujo de detalles en un cuadernito Gloria tapa blanda. Su cama es un revoltijo de fantasías y mantas.

 

Zumba intermitente la luna neón. Una cierta luz disuelve los bordes, confunde. Sueño un sueño soñado por otro: dos orejas inmensas vomitan interminablemente todas las palabras que escuchó en su vida. No caer en la tentación de escribir listas de sueños. El habla hospicio araña mi oído, las imágenes se sacuden y crujen en mis ojos. Puntos de fuga.

 

Cama 39 puede percibir que amanece antes de abrir los ojos, es un olor, el olor de la mañana que arranca, no encuentra la palabra exacta para describir ese olor pero jura y perjura que existe que está que ella puede darse cuenta. Sobre la mesa al lado del mate y el celular: una media que todas las mañanas se pone dentro del corpiño para compensar. El cáncer me comió un pecho dice.

 

¿Quién? ¿Desde dónde? ¿Cómo? Cama 35, hija del viento caliente y desolado del Norte recita su genealogía mezcla de incas con sangre alemana con la carterita piel de víbora cruzándole las tetas, partiéndoselas a la mitad. Quisiera poder teclear esa cadencia: labia, ritma y lima, remienda, busca, nunca tan claro que es un hacer. Cose corta pega y remacha, hace con las palabras ese ritmo, esa fuerza, hila chicha y metal, cárceles, prostíbulos, hijos robados, pies quebrados, la sangre (siempre la sangre) y pisos de tierra apelmazada de ranchos perdidos en la memoria porosa. El tono dulce de su voz es como un arroyo que baja entre piedras rojas y pardas. Cada uno se construye sus propios mitos.

 

Cama 44 abre la canilla, deja el agua correr, escucha: repiques arrullos salpicaduras chirridos recurrencias: signos. Un puc puc un ting un clong grrroan un shhhic un tac. Algo le dicen los caños, le sueltan secretos desde la profundidad húmeda de la tierra, gritos que vienen de abajo, rebotan, nacen de algún desgarro infernal.

 

Cicatrices de cesáreas de abortos de cortes de golpes mal curados. Marcas en la cabeza la cara piernas brazos muñecas barrigas, el peso del silencio. Marcas cifras señales.

 

Pakis tickis guachis paraguas chabonas bolitas pillas chapitas argolleras.

 

Eva, mujer sin ombligo, tiene el don de acomodar las palabras para conseguir lo que quiere. Arma secreta. Seducción. Caída. Vio que el fruto era apetitoso, agradable a la vista, deseable: entonces lo arrancó y lo mordió en medio del cotorreo incesante de los pájaros y el silencio expectante de la serpiente mimetizada y quieta. Retórnica madre de la humanidad charlatana y rotunda con cierta tendencia al melodrama.

 

La fruta perdida.

 

 

Lucía Mazzinghi, Buenos Aires, 2020

Ph/ Chiharu Shiota