Un hatajo de alegres caníbales* / Arthur Koestler

La Technische Hochschule de Viena, como otros centros politécnicos del continente europeo, y a diferencia de los politécnicos de los países anglosajones, goza de rango universitario. Sus licenciados —ingenieros y doctores en ingeniería— tienen, en contraste con los anglosajones, el mismo plano en la jerarquía social que los abogados, los médicos y demás profesionales. Por lo tanto, los estudiantes del Politécnico de Viena hacen gala del mismo esnobismo y esprit de corps que los de las demás universidades. Los estudiantes de medicina y de filosofía los consideraban seres inferiores y estos a su vez sentían hacia ellos el mismo desprecio, de acuerdo con las tradiciones de rivalidad entre las facultades. Sin embargo, la alineación de los diversos grupos estudiantiles no dependía de facultades o institutos, sino de los principios raciales y políticos que sustentaban.

Más o menos la mitad de los estudiantes universitarios de Viena «defendían sus colores», es decir, pertenecían a fraternidades duelistas llamadas Korps o Burschenschaften. Estas se amoldaban al ejemplo de las universidades alemanas y eran una reliquia de los tiempos medievales. El Schüler (estudioso) alemán de aquellos días era proverbialmente un alocado e irrefrenable fanfarrón cuyas únicas preocupaciones, de acuerdo con la leyenda y las canciones populares, eran el juego, la bebida, el entretenimiento de atravesar rivales con la espada y de seducir a las rústicas Margaritas que a su vez eran hijas del posadero o del molinero; ejemplo de ello es la alegre escena de la taberna de Auerbach en Fausto y el disfraz de Mefistófeles como estudiante viajero.

Estos mozalbetes tempestuosos se reunían en fraternidades, de acuerdo con su país de origen —los diversos principados alemanes—, precursoras de los Korps o Burschenschaften, que sobrevivieron durante siglos —algunas casi quinientos años— hasta que el régimen nazi, receloso de su espíritu de independencia, las disolvió. Los nombres de los distintos Korps —Teutonia, Sajonia, Suabia, Turingia, Baviera, Gothia, Vandalia, etc.— eran los mismos de las épocas medievales; y también los uniformes de ceremonia con los que cada sábado por la mañana desfilaban solemnemente alrededor del «aula», el gran patio de entrada de la Universidad de Viena. Estos uniformes exhibían los colores heráldicos de los principados alemanes originarios en las gorras, las chaquetas, la costura de los pantalones y la banda que pasaba sobre el hombro. Casi cien generaciones de Fuechse («zorros», estudiantes de los primeros cursos) habían pasado a ser Burschen (estudiantes de los cursos superiores) y luego Alte Herren (ex alumnos); sin embargo, los Korps conservaban su identidad, sus costumbres y tradiciones. Habían desempeñado un papel importantísimo durante el «resurgimiento» alemán, después de las guerras napoleónicas; luego, paulatinamente, se habían convertido en coloridos monumentos del chauvinismo, el esnobismo y el negro espíritu reaccionario de la vida académica alemana. Antes de la Primera Guerra Mundial, el herr Professor, con sus cicatrices de duelo, su cabello corto y su expresión arrogantemente imbécil, era el blanco favorito de los caricaturistas. Sin embargo, esos extraños fósiles conservaron suficiente orgullo e independencia para sentirse incompatibles con la estructura del Estado fascista; y en mi época, a mediados de la década de 1920, todavía dominaban la escena en la Universidad de Viena.

Después de ser un comunista a los catorce años pasé a ser miembro de una fraternidad de esgrimistas a los diecisiete. Y aún más, la mía era una Burschenschaft sionista.

En aquella época existían en Viena tres categorías principales de Burschenschaften: los pangermanistas, los liberales y los sionistas. También había algún Korps católico, formado por estudiantes de la facultad de teología, pero no se dedicaban al duelo y, por lo tanto, no se los tomaba en serio. En cuanto a los socialistas, no poseían Burschenschaften, sino clubes, y en todos los sentidos se encontraban más allá del mismo desprecio.

Las fraternidades pangermanistas eran ramas austríacas de Sajonia, Gothia, Vandalia y de los otros Korps alemanes originales. Su doctrina era racista, mucho antes de conocerse el nombre de Hitler, y solo admitían en sus filas a los arios de pura cepa.

Los Korps liberales eran antipangermanistas, de ideas más progresistas, y aceptaban a los checos, húngaros, judíos y demás miembros de razas inferiores.

La primera Burschenschaft sionista —en la Universidad de Viena había doce— fue fundada en la década de 1890 por el doctor Theodor Herzl, profeta de la Nueva Sión. Su propósito consistía en demostrar al mundo que los judíos podían equipararse al resto del mundo en lo que se refería a duelos, borracheras, vociferaciones y cantos. De acuerdo con las leyes de la inferioridad y de la compensación, pronto fueron peores que los demás. Los fundadores de la primera Burschenschaft sionista, Kadima (que en hebreo significa «adelante»), se pasaron ocho horas al día durante seis meses estudiando el arte de la esgrima con sables de caballería antes de hacer su primera aparición en público, con «colores» y estandartes completos, en el gran patio de la Universidad de Viena. Los «teutones», «sajones», «godos» y «vándalos» se sintieron tan desconcertados que iniciaron un tumulto, que terminó en una serie de duelos, donde los kadimitas hicieron trizas a sus contrincantes. Después de Kadima fue fundada Unitas, mi propia Burschenschaft; después de esta, Ivria, Lebanonia, Robus, Jordania y otras. La compensación por exceso es un poderoso aliciente; así como Demóstenes, el tartamudo, llegó a ser el primer orador de Grecia, después de obligarse durante meses a hablar con piedras en la boca, así los decididos lebanonianos y jordanitas llegaron a ser los esgrimistas más temidos y agresivos de la universidad.

En 1920 las Burschenschaften pangermanas se reunieron en una convención nacional, en la ciudad de Weidhofen. La convención proclamó una resolución obligatoria para todos los miembros de los Korps pangermanos. Decía así: «Todo hijo de madre judía será considerado como carente de honor y, por lo tanto, ha de negársele la satisfacción por las armas». Todavía se discute si la famosa «resolución de Weidhofen» fue una consecuencia directa de las proezas floretistas de los sionistas, como sostenían los judíos, o resultado de circunstancias independientes; de todos modos, puso a los sionistas en una posición difícil. Al no poder luchar con sus contrincantes mediante la caballeresca espada, ahora tenían que demostrar su coraje con palos y con los puños. Como resultado, la Universidad de Viena se convirtió en escenario de una serie de sangrientos y humillantes tumultos.

Por costumbre, estos se producían los sábados por la mañana, durante el desfile tradicional de las Burschenschaften bajo las arcadas del aula. Los pangermanos y los liberales marchaban lentamente en grupos de dos alrededor de la arcada, los sionistas se quedaban inmóviles y los miraban; cada Burschenschaft se apiñaba junto a la base de la columna que le correspondía. Los pangermanos y los liberales llevaban sus gorras y sus bandas, y robustos bastones; los sionistas también llevaban robustos bastones, banda y galera. Este estado de cosas era consecuencia de un decreto de la rectoría que prohibía a las fraternidades sionistas el uso de gorras, porque lucían «colores foráneos»; pero como típico ejemplo del espíritu conciliador austríaco se nos permitía llevar bandas, que ostentaban los mismos colores. El hecho de permanecer al pie de las columnas, en vez de marchar en torno de la arcada, había sido al principio una actitud de protesta y ya se había convertido en una costumbre establecida. Sin embargo, la prohibición de usar gorra tenía sus ventajas, porque podíamos comprimirnos más papel debajo de los sombreros que nuestros enemigos bajo sus gorras; y ese papel comprimido era una excelente protección cuando uno recibía en la cabeza un tremendo golpe de esos palos disfrazados de bastones.

La lucha empezaba casi siempre con el mismo tipo de incidente. Un lebanoniano o un jordanita se sentía «provocado por alguna ofensa real o imaginaria, tal como una mirada fija o un roce del codo de un teutón o un vándalo. Entonces se acercaba al individuo, daba un taconazo y declaraba:

            —Herr Kollege, usted me ha provocado. Lo invito a seguirme hasta la rampa.

El otro no podía negarse, porque las reglas exigían que las cuestiones de honor se resolvieran en la rampa, fuera del territorio y la jurisdicción de la universidad.

Entonces los dos se dirigían a la rampa, discretamente seguidos por los miembros de su fraternidad, sus fuerzas aliadas y asociadas. Una vez afuera, el injuriado volvía a dar un taconazo y vociferaba su nombre; el otro hacía lo mismo. El injuriado le tendía entonces su tarjeta de visita y formulaba la pregunta ritual:

            —¿A qué hora y en qué lugar podrán visitarlo mis padrinos?

En ese momento, ocurría una u otra cosa. Si la fraternidad del ofensor no respetaba la resolución de Weidhofen (esto incluía a los liberales y a una minoría de los pangermanos), aceptaba el desafío; y al día siguiente los padrinos se encontraban en un café y la deuda de honor quedaba saldada mediante «honrosas disculpas» o mediante un duelo. En cambio, si era un «weidhofenista», el ofensor preguntaba solemnemente:

            —Herr Kollege, ¿es usted ario?

Las reglas de las fraternidades sionistas exigían que la contestación a esta pregunta fuera un golpe con el palo en la cabeza del contrincante o una bofetada; en resumen, un insulto corporal simbólico. El hecho de no reaccionar así significaba una inmediata «expulsión deshonrosa» de la fraternidad. La primera vez que presencié una escena como esta el héroe era un miembro de mi Korps, húngaro como yo, y se apodaba Atila. Era bajo; su contrincante, un enorme rubio teutónico. Atila trató, como correspondía, de darle un golpe en la cabeza, pero el otro, sonriendo, contuvo el bastonazo y lanzó por los aires el bastón de mi amigo. Casi simultáneamente, Atila alzó el brazo izquierdo y consiguió realmente rozar la mejilla del otro con el dorso de la mano. Ahora que había terminado la ceremonia empezó enseguida una lucha total y solo recuerdo que me encontré sentado en el suelo con el sombrero aplastado (para ser más exacto, era el de mi padre, que siempre me prestaba para estas reuniones del sábado), mientras la sangre me goteaba de una herida sobre el ojo. En esta cómoda posición contemplé el resto de la lucha y la llegada de la policía; luego mi fraternidad se alejó marchando en orden hacia nuestra farmacia favorita, para hacerse curar, y de allí nos fuimos a nuestra cervecería preferida.

Por una ironía del destino, fueron justamente los excesos de precaución de mi madre los que me metieron en todo eso. Uno de sus amigos era un respetable caballero de pantalones a rayas, el señor consejero de Economía doctor Benedikt. (En Austria, todas las personas respetables usaban títulos como el de consejero de Gobierno, de Corte o de Economía, así como en Francia debían ser oficiales o caballeros de la Legión de Honor.) El consejero de Economía Benedikt era antiguo miembro de Unitas, que siempre estaba en busca de nuevos reclutas. Apenas había puesto los ojos en mí el consejero de Economía Benedikt, durante un jour familiar, y ya empezó a explicar a mi madre que la afiliación a una Burschenschaft era la manera más segura de impedir que un joven que acababa de entrar en la universidad se viera expuesto a las malas compañías, dudosas tentaciones y otras dificultades. Unitas, explicó, solo aceptaba jóvenes de la mejor sociedad, con fines de educación y ayuda mutua, visitas en grupo a la ópera, etcétera. No dijo una sola palabra sobre esgrima, cabezas rotas, sionismo u otros temas chocantes. De paso, ni mis padres ni yo habíamos oído nunca hablar de sionismo.

Desde hacía treinta años, Unitas ocupaba el sótano de un edificio de viviendas en el respetable barrio vienés de Josefstadt. Este local consistía en una amplia sala de esgrima, una sala de asambleas donde se discutían los asuntos oficiales y otra habitación en la que se recibía a los huéspedes. Durante los tres años siguientes, este curioso establecimiento sería mi segundo hogar; en realidad, el único verdadero. Mi primera visita tuvo consecuencias decisivas: me arrastró a la lucha por la creación de un Estado judío, a la que dediqué más de veinticinco años, de los cuales pasé cuatro en Palestina. Por eso me parece justo describir dicha visita con cierto detalle.

Era en septiembre de 1922; acababa de cumplir diecisiete años, y me había matriculado en el Politécnico. Cuando pregunté en la portería dónde estaba la Fraternidad Académica Unitas, la mujer del portero me miró con curiosidad y atención, lo que interpreté correctamente como «eres demasiado joven para estas cosas». Esta mujer, la señora Dvorzak, era —como pronto descubrí— un importante pilar de la fraternidad; cuando un duelo tenía lugar en el local, oficiaba de centinela para avisarnos de cualquier incursión policial, mientras en la cocina de la portería se esterilizaban en un cazo la aguja quirúrgica y el hilo necesario para coser a los contendientes. Con un ademán maternal, me dirigió hasta una oscura escalera que descendía al sótano. Al pie de la escalera, una puerta adornada con los colores y las armas de la fraternidad daba directamente al salón de esgrima, donde el doctor Otto Hahn, que más tarde sería íntimo amigo mío, entrenaba en esos momentos a dos jóvenes de los primeros cursos. Todos tenían puestas las caretas de esgrima y almohadillas en la espalda y los hombros, lo que les otorgaba un aspecto marcial y caballeresco. Cuando entré, se levantaron las caretas con cierta grandeza, hicieron sonar los talones y gritaron sus nombres, como se estila en Europa central para las presentaciones. Era temprano; los demás miembros de la fraternidad no habían llegado todavía; por lo tanto, Hahn, que durante ese semestre era «mayor de novicios» (maestro de esgrima y sargento de maniobras), me invitó a colocarme una careta y tomar una espada, y compartir la diversión. Yo no deseaba otra cosa. Durante un encantador cuarto de hora, los dos novicios y yo nos dedicamos a dar estocadas al aire, practicando cuartas, reveses y terceras. Las espadas utilizadas eran los sables medianos de la caballería austríaca, y de acuerdo con el «gran estilo alemán», que todas las Burschenschaften mantenían, había que mantener el brazo que llevaba la espada rígidamente extendido, siempre a la altura del hombro, y manejar el arma mediante un giro del antebrazo y un movimiento de la muñeca, lo cual, considerando el peso del sable, resultaba al principio más bien difícil. Al recibir una cuarta en pleno sobre la careta, la cabeza empezaba a girar y las estrellas bailaban ante los ojos, mientras uno sentía el agradable olor a quemado de las chispas de la espada sobre la rejilla protectora. Me preguntaba cómo sería recibir una de esas tremendas cuartas en la cabeza, sin careta, pero Hahn, leyendo mi pensamiento, me explicó con una sonrisa en su cara agradablemente marcada que lo peor que podía pasarnos era perder una o dos astillas del hueso malar; y aun eso, agregó, ocurría muy de vez en cuando. También dijo que yo demostraba muchas condiciones para la esgrima, lo que, como más tarde quedó confirmado, era una descarada mentira.

Llegaron otros miembros de la fraternidad, y dos jóvenes de los cursos superiores me ofrecieron una exhibición: un duelo en broma, con padrinos y todas las demás solemnidades, que me pareció muy impresionante. Cuando terminó, Hahn se acercó y me dijo: «Naturalmente, supongo que estará de acuerdo en que el duelo es una costumbre increíblemente idiota, ¿no?».

Me ruboricé y tartamudeé; entonces Hahn me explicó con amistosa seriedad que todos ellos despreciaban una costumbre tan bárbara; pero obligados por la fuerza de las circunstancias tenían que aprender esgrima, porque era el único modo de refutar la leyenda de la cobardía judía; había que atacar al contrincante con sus propias armas. Pero si yo creía que se tomaban en serio toda esa pantomima, me equivocaba por completo.

Esta astuta dialéctica logró impresionarme aún más que el ambiente romántico que ya estaba dispuesto a aceptar por sus propios méritos. Pero el romanticismo combinado con la inteligencia y una actitud burlona de superioridad me resultaban más agradables todavía. Lo que más me gustaba era que todos me llamaran herr Kollege, la fórmula habitual de los círculos académicos; que parecieran considerarme seriamente como un honroso huésped, y que todos hicieran lo posible por mostrarse simpáticos. Entusiasmado, esperaba el momento en que comenzaría el verdadero espectáculo, al que había sido invitado: el Kneipe.

Después del duelo, el Kneipe era la institución más notable de las Burschenschaften. Consistía en una orgía alcohólica, de ritual y de reglas muy estrictas. La palabra Kneipe significaba en el alemán medieval una posada o taberna, y todavía se emplea vulgarmente para designar una reunión de hombres o también directamente una taberna de mala reputación. La forma anticuada del verbo, kneipen, significa beber con frecuencia.

Con caballetes y tablones, ya preparados para semejantes ocasiones, dos muchachos armaron diestramente una mesa larga y angosta y la cubrieron con un mantel blanco. Otros dos jóvenes, también novicios, ayudados por el alegre señor Dvorzak, trajeron rodando escaleras abajo un barril de vino joven, el famoso heuriger vienés. Ante la voz de mando, nos sentamos todos en el orden prescrito. La mesa estaba dividida en la zona principal para los alumnos de los cursos superiores y una zona secundaria para los novicios. A la cabeza de la zona principal se sentó el praeses; la zona secundaria estaba presidida por el mayor de novicios, sentado en el extremo opuesto de la larga mesa, denominado el contrarium. Tanto el praesidium como el contrarium tenían una espada delante, sobre la mesa; los otros miembros de la fraternidad solo llevaban puestas sus bandas —violetas, blancas y doradas— sobre el pecho. Los huéspedes —yo y otro esperanzado jovencito, que más tarde se mareó escandalosamente, tuvo que ser retirado en un taxi y no se supo nunca más nada de él— estaban sentados entre los más jóvenes. Era una asamblea solemne, rodeada por los trofeos y los emblemas que colgaban de los muros del vasto salón de esgrima.

El programa de un Kneipe se dividía en tres partes: la parte oficial, la parte no oficial y la «pocilga». Si había damas presentes, lo que ocurría una o dos veces al año, se omitía la «pocilga».

El praeses —un apuesto joven moreno de Croacia, llamado Hans Kolban, que sería deportado y asesinado durante la Segunda Guerra Mundial— se puso en pie y golpeó tres veces la mesa con su espada, y después de algunas palabras de bienvenida a los «distinguidos huéspedes» declaró abierto el Kneipe. La parte oficial consistía en cantos y brindis. Todo era estrictamente ceremonioso, como en las grandes ocasiones; las órdenes para iniciar los cantos y ofrecer los brindis eran pronunciadas en latín. El orden de los cantos era inmutablemente fijo, como sigue:

  1. Gaudeamus igitur: en latín.
  2. Hatikvah, el himno sionista: en hebreo.
  3. O Alte Burschen-Herrlichkeit: en alemán.
  4. Ergo bibamus: en latín.
  5. Vivat academia: en latín.
  6. El Himno de la fraternidad Unitas: en alemán, sobre una melodía hebrea:
    Levántate, mi pueblo, disponte a grandes actos, prepárate para la batalla, etc.

Todos los cantos eran entonados de pie, en posición de firmes. Los brindis (al praesidium, al contrarium, y a varios ex alumnos, muertos o vivos) eran ofrecidos en posición de firmes, dando un taconazo. El movimiento de alzar la copa llena y depositarla vacía exigía la precisión de un regimiento de guardias que lleva las armas al hombro. La más leve falta de un novicio, como el hecho de moverse durante el canto o de volcar el vino, era solemnemente transmitida por el contrarium al praesidium. El praesidium imponía el castigo, ordenando al ofensor que «se sumergiera en su vaso», ya fuera ad diagonalem (hasta que el nivel del líquido en el vaso inclinado tocara la parte superior de la base), o ex, hasta la última gota. En este último caso, el ofensor tenía que ofrecer, si se lo pedían, la «prueba de la uña»: invertir el vaso sobre la uña del pulgar, para demostrar que no quedaba una sola gota. No se permitía beber durante el transcurso de las ceremonias, salvo bajo orden expresa; pero era legal, y hasta meritorio, compartir el castigo de algún ofensor, poniéndose en pie, dando un taconazo, vociferando las palabras «en simpatía», y bebiendo ex o ad diagonalem, según fuera el caso. Los vasos eran comunes, el vino generoso, y el único alimento que lo acompañaba consistía en pretzels salados. Cuando ya terminaba la parte oficial, dos de los novicios pidieron permiso en latín, per contrarium ad praesidium, para ir hasta el baño y vomitar. Así lo hicieron, con la cara pálida, pero con gran disciplina y dignidad; cuando volvieron, tenían mucho mejor aspecto, bien peinados, después de haber sumergido la cabeza en agua fría. Los recibieron con aclamaciones, como soldados heridos en la batalla que vuelven al regimiento.

Durante la parte no oficial, las cosas eran mucho más cómodas. Ahora uno podía hablar libremente con sus vecinos y los que estaban sentados enfrente, o pedir permiso, por contrarium ad praesidium, para pronunciar un discurso. Había cantos solistas y corales, ejecutados sin levantarse de su lugar; a estas alturas, hasta los más avezados veteranos habrían mantenido muy difícilmente la posición de firmes que las canciones anteriores exigían. Sin embargo, todavía no se notaban señales de ebriedad; gran animación, sí, pero contenida por la cortesía y el decoro. Esto era posible gracias al recurso romano de ausentarse de vez en cuando y meterse un dedo en la garganta. El número principal de la parte no oficial consistía en el «cuento del vino». Este era un discurso humorístico sobre cualquier cosa, tachonado de alusiones a acontecimientos públicos y privados, pronunciado por uno de los mayores. De acuerdo con las reglas, el cuento debía avanzar «en ciclos»: tenía que pasar de un tema a otro mediante la aliteración, la asonancia y la libre asociación de ideas. Templado mi juicio por el vino, este discurso me pareció el más ingenioso que había oído nunca.

Aunque parezca raro, no me emborraché. Esto en parte se debió a que Hahn no me perdía de vista, y en parte al hecho de que bajo la influencia de un fuerte estímulo intelectual o una agitación espiritual siempre he podido beber grandes cantidades de alcohol sin que me hiciera efecto; en cambio, cuando estoy aburrido o deprimido a menudo me emborracho desagradablemente con la décima parte del alcohol que en circunstancias más felices no me haría ningún efecto. En esa ocasión determinada, me encontraba a la vez estimulado y agitado por el ambiente desconocido y extraño, los exóticos ritos y sobre todo por la novedosa experiencia de verme aceptado en el seno de una comunidad fraternal y amistosa. Siempre había vivido muy solo, cuando era niño, como estudiante, y más que nunca en el internado que acababa de abandonar, con las persecuciones del triunvirato todavía recientes y crueles en el recuerdo. Ante esa larga mesa del salón de fiestas, rodeado de simpatía, risas y canciones, con el agradable calor de un litro o dos de vino joven dentro del cuerpo, me parecía salir de un túnel oscuro hacia una luz nueva y deslumbrante. Por primera vez experimenté esa emoción que es la más fuerte de todas las emociones sociales: la sensación de camaradería, de pertenecer a un ambiente.

Esa misma noche me aceptaron en la fraternidad. En cierto momento, durante la parte no oficial de los procedimientos, Hahn y Atila, que más tarde llegarían a ser íntimos amigos míos, me hicieron partícipe de una conversación sobre política. Atila empezó por preguntarme qué me parecía el sionismo. Le contesté honestamente que no había pensado nunca en ese asunto y que apenas sabía qué significaba esa palabra. En resumen, según me explicó Atila, significaba que los judíos habían sido perseguidos durante unos veinte siglos y que no había motivos para suponer que no serían perseguidos durante el vigésimo primero. Discutir con antisemitas era absolutamente inútil, porque los judíos constituían en realidad una raza anormal. Era una nación sin tierra, lo que es lo mismo que ser un hombre sin sombra; y socialmente ocupaban posiciones demasiado elevadas, con una cantidad desproporcionada de abogados, comerciantes e intelectuales, y sin granjeros ni campesinos; era como una pirámide apoyada sobre el vértice. La única cura sería volver a la tierra. Si los judíos querían ser como los demás tenían que poseer un país como los demás y una estructura social como la de los demás. Eso era todo y no había otra solución.

Parecía tan simple y tan obvio que me pregunté por qué no lo había pensado yo mismo. Pero es verdad que nunca me había sentido molesto o herido por el antisemitismo, y siempre había considerado lo que se llamaba la «cuestión judía» un tema tan aburrido y lejano como la autonomía municipal o la guerra Carlista. Me pareció especialmente gracioso que tanto Atila como Hahn, tan preocupados por la «cuestión judía», no parecieran en absoluto judíos. Atila, cuyo verdadero nombre era Jacob Teller —más tarde se instalaría como dentista en Tiberíades, donde murió hace unos años—, tenía una cara típicamente mogólica, de pómulos marcados y ojos joviales y brillantes de tártaro; de ahí su apodo. En cuanto a Hahn, alias Gockl, el «gallo» —ahora es médico en Tel Aviv—, con el cabello rubio, la nariz respingona y cicatrices de duelo, es el prototipo del héroe ario de Hitler.

Pregunté a Hahn, por discutir, cómo sabía que él era judío. «¿Cómo sé que soy Otto Hahn? —dijo—. Así me llaman, y supongo que debo aceptarlo.»

Siguió explicándome, con la precisión científica de un estudiante de medicina, que todas las teorías racistas eran una estupidez, que la mayor parte de lo que se llama características raciales no son hereditarias sino adquiridas bajo la presión del ambiente, y que no hay forma de definir a un judío, salvo leyendo lo que le escribieron en la partida de nacimiento. Pero todo esto, agregó, no tenía nada que ver con el problema. No era una cuestión de definición, sino de coraje y dignidad.

Esto era un poco confuso, pero no importaba. Espiritualmente, ya me había decidido. Cuando la fiesta llegó a la fase de «la pocilga», consideraba ya como una verdad evidente que lo más envidiable que la vida podía ofrecerme era ser miembro mayor de Unitas y luchar con la pluma y la espada por la nueva Jerusalén.

La «pocilga», por su parte, esa institución venerable de las Burschenschaften, resultó menos escandalosa de lo previsto. Su nombre, si no me equivoco, deriva de la canción de los estudiantes de Fausto: «Somos un hatajo de alegres caníbales / Una piara de diez mil cerdos». El programa consistía en cantar las viejas canciones indecentes de los Schüler, algunas de las cuales provenían de la Edad Media y poseían un extraño aire popular de poesía mezclada con franca obscenidad. La pornografía depende de las alusiones veladas; en esas canciones se llama al pan pan y al vino vino. Comparada con el ambiente de algunas reuniones de jóvenes en Estados Unidos, esa pocilga despedía un olor sano y terrestre; se oían carcajadas, pero no risitas contenidas. Uno de los ex alumnos, un gigante de tipo falstaffiano, que en su época había sido el terror de los pangermanos en el aula, recitaba con maestría la famosa balada de «La mujer del posadero». Esta balada, o saga, se había iniciado a principios del siglo XIX; desde esa época, generaciones de estudiantes habían agregado nuevas estrofas, pero solo las verdaderamente ingeniosas sobrevivieron en la tradición oral, y en escasas ediciones impresas en privado. En total, se decía que poseía unas doscientas cincuenta estrofas, de las que P. sostenía saber de memoria ciento siete. Las estrofas tenían la forma de un limerick, de esos que empiezan «Había una joven en tal parte…». El momento supremo de la pocilga era cuando alguien recitaba una nueva estrofa de su cosecha; pero resultaba una empresa peligrosa, porque si esta no era aceptada por el público, el autor debía someterse a un severo castigo, sumergiéndose repetidas veces en su vaso.

La notoria licencia de las fraternidades vienesas de estudiantes era una expresión de la vitalidad y el entusiasmo propios de la juventud, y no una expresión de deseos contenidos. El estudiante austríaco normal no necesitaba ni una gran renta ni poseer un aspecto físico especialmente agradable para encontrar alguna amiguita entre las representantes de ese tipo de feminidad ya desaparecido, das süsse Wiener Mädl. La «dulce muchacha vienesa» era una empleada de una tienda, una mecanógrafa o una modistilla. A diferencia de su equivalente francés, la midinette, que desapareció a principios de siglo, la dulce muchacha vienesa seguía siendo una agradable realidad en la década de 1920. Sus gustos eran modestos; amaba por el placer de amar; consideraba el hecho de que la llevaran de vez en cuando al cine o a cenar a una Weinstube como el colmo de la generosidad. Era bonita, coqueta y notablemente bien educada, y sus amigos estudiantes la trataban con gran consideración y cortesía. Gracias a su existencia, las fraternidades vienesas se veían libres de homosexualidad y de esas peleas y afectos neuróticos tan frecuentes en otros clubes de jóvenes.

Si parezco teñir de romanticismo mis recuerdos de esa asociación intelectualmente absurda, pero emotivamente muy satisfactoria, tal vez se deba a un eco de su cálida camaradería. Sin duda es una paradoja que esas Burschenschaften, tan conservadoras, fosilizadas, tumultuosas y duelistas, fueran psicológicamente más sanas que cualquier comunidad o círculo que encontré más tarde en mi camino. Al mirar hacia el pasado, como veterano de incontables feudos y batallas partidarias vividas en los guetos de las células comunistas, de las oficinas editoriales, de los congresos de escritores y de los comités progresistas, me parece casi increíble haber pasado esos tres años, siendo un joven tan neurótico, en contacto íntimo y cotidiano con un grupito de intelectuales en ciernes, y para peor intelectuales judíos, sin verme mezclado en ninguna pelea o feudo serio, sin ser testigo siquiera de nada parecido. Quizá esto solo fuera posible en ese excepcional ambiente vienés de laisser-faire y tolerancia sexual, combinado con la influencia sedante del decoro ceremonioso y la disciplina nacida de la tradición. Porque la misma armonía predominaba en la mayoría de las demás fraternidades, ya fueran pangermanas, liberales o sionistas, ya ostentaran los colores de Teutonia o de Jordania. Las luchas internas eran, sin embargo, frecuentes dentro de los clubes de estudiantes socialistas, que nos consideraban como «monos disfrazados», bárbaros y brutos.

 

Arthur Koestler / *Memorias (Arrow in the blue), 1952

Traducción:  J. R. Wilcock

Editorial  Lumen, España, 2011

Nuestros sellos