Chaves: Un giro copernicano / H. A. Murena

 

¿Se ha tomado buena cuenta del nacimiento de Chaves, esa criatura fantasmal pero capaz de saturarlo todo que da su nombre a la breve novela publicada últimamente por Eduardo Mallea?

Sería conveniente que así ocurriera, porque es presumible que su figura llegará a ocupar un puesto de singular importancia en nuestra literatura.

Ante todo: Chaves conmueve. Acaso la crítica considere que esta virtud es bastante desatendible, que no merece que se la tome en consideración en primer término, que destacarla es ceder a un sentimentalismo nocivo. Y sin embargo, me parece que de ningún modo se llamará suficientemente la atención sobre ese aspecto.

No ignoro la literatura argentina mucho más que otras materias. Y dentro de mis recuerdos me resulta imposible descubrir personajes que logren conmover como éste. Hay, sí, figuras capaces de despertar quizá nuestra admiración (pienso en Don Segundo Sombra) o nuestra compasión (como a veces Martín Fierro), pero incluso tales sentimientos- a más de ser de los que implican cierta distancia respecto a su objeto- son concitados con poca resolución, confusamente, porque siempre hay en esos personajes otros gestos- fuera de aquellos con los que nos solicitan-, zonas de sombra, que los tornan de pronto ajenos a nosotros, nos los alejan aún más. ¿No era ése uno de los defectos capitales de nuestra literatura, el no saber forjar seres con humana simpatía cuyo destino podamos compartir aunque vivan una existencia muy diversa de la nuestra, seres cuyo pathos sea la mano que nos conduzca firmemente a ese reino de lo posible más real que la realidad que es el arte? Por los efectos que sus criaturas causan sobre el lector es lícito deducir que nuestros autores han mirado la realidad, los modelos de sus personajes, a través del velo deformante de un sentimiento que no es por cierto la simpatía, desde una perspectiva que les ha impedido percibir muchos de sus rasgos, que sustituyen después con el relleno de una invención inferior, inhumanizante.

Tal actitud en el plano de lo estético tenía su causa en un plano más vasto y profundo: era que considerábamos (consideramos aún) nuestro destino con mala voluntad, que nos contemplábamos a nosotros mismos, y por lo tanto a nuestros semejantes, con resentimiento, con desdén, con aversión. No entendíamos cómo se nos había lanzado a este desamparo, por qué se nos había arrojado a nacer en estas tierras ajenas a la humanidad, a padecer este limbo, este oscuro sino sudamericano. Como si mediara una culpa, la sombra de una culpa se interpuso entre nosotros y nuestras vidas; nos resultamos intolerables y cada uno se convirtió en acusador y verdugo de los demás: de sí mismo. Consecuentemente, una comunidad así se vio coronada por un núcleo intelectual hipnotizado por lo negativo, cuyo íntimo rechazo de su destino sólo varió en las formas elegidas para expresarse: o demente exaltación o insensato menosprecio por lo circundante, esto es, la misma debilidad, una debilidad cuyo punto de partida, oculto pero no superado, lo constituye aún hoy la fatigada pregunta: ¿Es que puede venir algo bueno de Galilea? Superhombres o subhombres: la sombra de la culpa nunca nos permitió vernos como simples hombres reales, como somos. ¿En qué forma puede conmover un arte al que únicamente le está permitido ofrecernos una caricatura de nosotros mismos?

Y cuando ciertas voces se alzaron para señalar lo estéril, lo suicida de esa postura, el móvil que las impulsaba no era el de un estrecho nacionalismo, no era el de lograr el reconocimiento de una inexistente superioridad de esta tierra y estos seres sobre los demás, sino el de que depusiéramos todo velo, a fin de que nuestra idea de esa parte de la creación fuera tan posible como lo es ella en su concreta marcha. Se quería que estuviéramos a la altura de nuestro mundo y no por debajo de él.

Veinte años ha dedicado Mallea a esta misión. Veinte años no sólo de desembarazarse de la mala conciencia, de la mala voluntad, sino también de práctica de un obstinado amor. Veinte años de triunfos y de fracasos, de fracasos a pesar de haber llenado todas las condiciones para el triunfo, porque la peor de las pueriles perfidias que a los humanos nos han jugado con la puerta verdadera no es que sea estrecha, sino que está oculta, como si se tratara de una diversión en la que hay mucho tiempo para perder. Pero aunque Chaves fuera el único pago para tanto esfuerzo, bastaría. Pues el hecho de que emocione, de que se adueñe firmemente de nuestro sentimiento, significa que ha sido rota la capa de aversión hacia nosotros mismos, que se ha cumplido el giro copernicano necesario para que nos viésemos como hombres: para que seamos tales.

Pero ¿por qué conmueve así? Cuando concluye el libro el lector queda impregnado por una congoja que lo arrastra a callar, a no hacer comentarios, como ante una desdicha muy grande, como si hubiera presenciado una persecución extremadamente cruel por parte de la desgracia. Y, sin embargo, si se reflexiona luego, si, dejando de lado todo sentimiento, se pasa revista a lo que le ha ocurrido a Chaves, se llega a la conclusión de que no es nada extraordinario, nada especialmente desdichado. ¿Qué? Tuvo desde joven cierta dificultad para comunicarse, se casó, llevó una vida melancólicamente feliz con su mujer y su hija, perdió después por muerte a la hija y a la mujer, y desde entonces prefirió no hablar, con lo que quedó un poco apartado de los hombres. Cosas que ocurren, según se sabe, muy a menudo, y de las que la vida real da casi siempre ejemplos muy complejos y torturantes, más abrumadores. ¿Cómo explicar entonces la intensa pena que su vida causa? Es que en su historia está enquistado el núcleo mismo, la inagotable pepita de la vida humana. No es la soledad en que se halla Chaves antes de casarse y después de la muerte de su mujer y su hija lo que más nos aflige: sabemos que cuando ya no la tolere puede de algún modo paliarla. No se trata tampoco del dolor que Chaves padece por sí en esa soledad, porque el mundo no le da lo quiere o porque los hombres no lo dejan en paz: el dolor por uno mismo no se expande nunca más allá de los límites del propio yo, y al hombre, ingenua bestia lanzada fuera de sí, le está reservado lo infinito. Lo que nos aterra es que Chaves nada pueda en sus desesperados esfuerzos por ponerse en contacto con el alma de su mujer y de su hija para aliviarles el dolor que las hostiga. Porque a través de ello advertimos lo que ya sospechábamos: que la soledad no es la del solo (que con su constante posibilidad de ser neutralizada mediante la compañía nos insinúa siempre que se trata sólo de un accidente, de un estado que podría no existir), sino la del que está unido a otros seres, pues en ella se revela la forma irremediable, fatal, no atenuable con nada terrestre, en que está aislada cada criatura. En la impotencia de nuestros esfuerzos por auxiliar a los que amamos reside la prueba crítica de la naturaleza humana, el límite en el que, a través del padecimiento de la desdicha de otro, se entiende lo poco que el hombre puede, la nada que es. Y ese trasunto de la originaria separación entre el hombre y Dios es la esencia infinita de la pena, la raíz de todo mal y de toda desgracia, en la que cada cual reconoce el crujir de su propia alma, y es lo que- presentado con desnudez y profundidad singulares- hace que Chaves provoque una congoja aparentemente desmesurada en comparación con los hechos que narra.

Pero esto, a pesar de ser el corazón que hace latir la historia, no es todo. Porque a partir del momento en que pierde a los dos que no pudo salvar Chaves se convierte en algo inquietante, en una revolución mansa pero viva: no habla.

No se trata de nada nuevo en él. Ya en su adolescencia solía caer sin deliberación en accesos de mutismo que lo aislaban de todo. Era una fuga cumplida en la inmovilidad, una súbita detención en el linde, antes de poner pie en la realidad, algo así como una secreta condena del mundo, un pronunciamiento ardiente y pasivo. ¿Y quién entre nosotros no conoce de algún modo esa experiencia? Todos hemos callado; todos callamos. Algunos lo hacen sin más, otros sienten miedo de pronto y se largan a hablar, pero incluso en sus palabras aparecen siempre los tentáculos de ese silencio alojado en nosotros desde el comienzo. Pues también esto está en nuestro origen: el haber sido precipitados a estas tierras situadas más allá de la historia significó una experiencia tan radical y súbita de soledad que comprendimos para siempre la futileza de todo intento de comunicación, la inanidad de toda palabra. La trágica y recóndita convicción universal que un mero movimiento histórico ha resucitado en nosotros en toda su agudeza es la de que la eterna entraña de la tierra es Babel. Y esa convicción (de la que arranca toda religiosidad), a la que el europeo llega solo en épocas de crisis, constituye en nosotros una normalidad: vivimos en crisis constante, tal como quizá una última verdad exija que sean las relaciones de ese extraño matrimonio que forman el alma y el mundo. Pero hay que vivir además, hay que vivir, y por ello en la gran mayoría la crisis asume formas invertidas, se manifiesta como letargo. Esa distancia respecto a la tierra, ese silencio seco y cargado de augurios que nos envuelve, esa especie de llamado o de elección que nos arranca de la tierra, nos espanta, sin que tengamos conciencia de ello, nos lleva a sumirnos más en la tierra, a aturdirnos con su ruido, como si fuera una salvación. Porque el primer impulso del hombre ante su destino, por alto o bajo que éste sea, es el de huir de él, el de negarlo. De ahí el signo abrumador de nuestra vida material, su crecimiento, su monstruosidad cada vez mayores, incesantes, pues ¿cómo apagar el fuego con la leña?

También Chaves conoció el reclamo del mundo, la necesidad de atenuar esa tensión entre él y los demás seres y las cosas. Se esforzó entonces por articular esas gastadas palabras en las que no creía, y lo hizo. Advirtió que le servían para retener a una mujer que no podía abandonarlo; que podían servirle para lograr malamente alimentos, un techo, la materia que su materia exigía; y que sin duda podían arrastrarlo a mentir. Pero también advirtió que esos símbolos, esos sonidos no consiguen nunca retener a un alma que se marcha, que su aliento es corto, que no sirven siquiera para hacer que un niño vea en un muñeco de palo un soldado con casaca roja cuando va en ello algo más que una vida.

Al aparecer ante nosotros, Chaves ha pasado ya por todo eso, y está de vuelta de todo. No hay rencor en él, ni amargura: acaso piensa que las cosas son así, y que la culpa fue de él por querer cambiarlas. Por el contrario, exhala una gran serenidad, como si hubiera alcanzado un sitial inconmovible. Pero no habla; y ahora definitivamente.

Al principio su actitud es tomada por los que lo rodean con sonrisas, luego con prevención, por último con un odio que no desdeñará la violencia física. Porque Chaves es, sin quererlo, una denuncia, una acusación. Cuando le hablan y él no responde, sus interlocutores reciben como respuesta la trivialidad de sus propias preguntas que han rebotado contra el silencio. Y ¿qué pregunta, qué respuesta hay que no sea vana, qué palabra frena la muerte, qué palabra no atenúa el amor? Chaves trastorna el mundo estatuido. Se niega a seguir construyendo la torre de estruendo y desechos en la que están empeñados todos los demás. Ninguna palabra y sólo los hechos más simples. Porque Chaves también ha aprendido que todo acto es inferior al hombre que lo ha cumplido; que toda acción es humillar, degradar el alma; que la carrera tras los empeños y las realizaciones materiales es la demencia más artera, el espejismo más destructor que pueda poseer una criatura.

Chaves ha terminado por aceptar el destino que lo llamó originariamente.

Y los demás, al verlo, se preguntan con irritación: ¿Qué quiere éste? Pero lo saben bien, porque si hay algo que nadie olvida jamás es el olor de aquello que traicionó. Por eso se irritan, porque Chaves les recuerda el destino que desertaron. ¿Por qué no se afana éste por las mismas cosas que nosotros? – se preguntan-. ¿Por qué no busca una mujer, por qué no se emborracha, por qué no trata de medrar, por qué no hace con su boca ese ruido dulce y maligno de la maledicencia, o el de la simple, desaprensiva charlatanería, que tanto ayuda a olvidar? ¿A qué atiende entonces? ¿Qué mira? Pues Chaves, es cierto, no mira ya al mundo de los hombres, mira más allá. Y con ello destruye la convención de que este mundo, este instante, esta cerrada molécula de placer es lo único que existe y vale, los inquieta así enormemente, los arranca del sueño, amenaza con anonadarlos. Hasta que la acusación estalla: “Ése no…! ¡Ése no es igual a nosotros…!” Es exacto y natural: es otro de los infinitos ecos del milenario  rapto de desconfianza, odio y muerte que la raza humana experimenta ante el espíritu, esa presunta maldición que por lo menos torna malditos a quienes en sí lo alientan. Porque Chaves representa justamente eso: el espíritu que ha nacido entre ellos, entre esos hombres sumidos en la materia, entre nosotros. (Lo cual, la circunstancia de que este personaje represente el nacimiento del espíritu, de nuestra especial forma de espíritu, me parece inseparable de la simpatía del personaje, de esa otra circunstancia de que el autor haya conseguido romper el círculo de la mala voluntad y mirar sin prevención en torno a sí. Porque un pueblo comienza a tener en realidad espíritu cuando, a través de algunas de sus personalidades, logra de pronto verse con su mirada a sí mismo. Y estos dos movimientos, el libre acceso a sí y el inmediato surgir del espíritu, componen juntos ese giro copernicano que creemos ver cumplirse en esta obra, y que es visión del hombre como tal, entrada en la universalidad.)

Todo acontece sin que Chaves lo busque, porque él no es profeta ni redentor. Atiende sólo a su alma, y únicamente se resuelve a hacer pesar su influencia cuando alguien- la mujer de su huésped- trata de arrancarlo de su camino: en realidad tampoco ese movimiento está referido a ella, sino a él; no influye sobre ella para que cambie, sino para que no intente cambiarlo a él. ¿Podría ser de otra manera? Las criaturas humanas son débiles, se desesperan, enlazan sus cuerpos a otros en abrazos que sólo dejan el gusto de lo efímero y una angustia mayor, desean que otros les toquen el alma, las alivien, quieren a su vez hacer lo mismo con los demás, les complacería confundirse, pero no hacen más que engendrar confusión, separación. Y Chaves lo sabe: sólo Dios o el Demonio pueden tocar el alma de una criatura.

Chaves se me aparece como el arquetipo en el cual figuran los rasgos más destacados de nuestro naciente espíritu. Indeciso, cercado por infinitas amenazas, lleno de contradicciones en apariencia mortales, sin frutos aún para mostrar, plantado otra vez en esa negatividad que ha sido siempre el origen de lo espiritual, surgiendo de una destrucción y con un horizonte demasiado vasto como para no augurar extravíos, muestra ya sin embargo- pese a que quien lo encarna no tiene en absoluto conciencia de ello- un sentido, una tendencia que escapa por cierto a lo tradicional.

Está definitivamente de vuelta del mundo, lo cual significa haber sobrepasado lo histórico, encontrarse más allá de lo comunitario, de lo económico, de lo científico, de lo estético, de todo lo que a la tierra se remonta. Por lo demás, no puede retornar, desandar sus pasos, y en ese camino ha terminado por hallarse de pronto desnudo al borde mismo de Dios, de un Dios al que parece encontrar acaso demasiado terrible para no vacilar antes de entregarse a él. Singular acorralamiento, de algún modo tendrá que ser quebrado, porque sobre su filo la vida es apenas posible. Pero ¿cómo? ¿Cuáles serán las consecuencias de esa posición o actitud en su refluencia sobre lo mundano, qué estilo de vida configurará? No es ésta por cierto una pregunta ociosa, aunque quizá sí imposible de contestar. Aventurémonos, sin embargo. Repitamos en principio que este espíritu, a diferencia del occidental, en lugar de apoyarse en una fe primaria en el valor de la palabra humana, parte de un profundo conocimiento que no excluye la aceptación de su valor como instrumento utilitario, pero que provoca y provocará peculiares distorsiones y transformaciones tanto en el campo utilitario en general, como en el de lo moral y en el de lo estético.

Por otro lado, su sobrepasamiento de lo terreno lo ha conducido a una firme serenidad ante el acaecer mundano, a una especie de segunda ingenuidad surgida tras la superación de los impulsos elementales, una ingenuidad tan diversa de la infantil, más humana, similar a la que algunos hombres alcanzan cuando conservan toda la fuerza de su espíritu después de haber superado las urgencias de la sangre. Y a partir de ese desprendimiento, de esa ingenuidad, ha nacido una extraña caridad, una caridad que podríamos llamar negativa, una caridad para superiores, que arranca de esta pregunta: ¿qué hombre tiene derecho a arrogarse la soberbia de modificar, de intentar salvar a otro hombre? O sea una caridad persuadida de que todo acto lanzado a cumplir un bien no provoca al cabo más que mal, porque es una usurpación de Dios, y que, por tanto, prefiere cumplirse como una abstención, negándose a multiplicar el mal, respetando el derecho a salvarse o condenarse de cada criatura. Imposible callar que en todo esto hay (como lo hay asimismo en nuestra vida de cada día) un misteriosísimo esbozo, apenas apuntado, de algo cuyo nombre más exacto parecería ser anticristianismo, un anticristianismo sobre el que no deja de gravitar la figura de Cristo, una actitud cuya fuente sería acaso un recóndito convencimiento de que los beneficios de la Redención se hallan suspendidos, de que para alcanzar el verdadero ser es preciso aceptar que cada cual cargue sin ayudas con su cruz, de que es preciso aceptar de nuevo toda la carga del mundo como si no hubiera sido purificado por la Encarnación. ¿Es esto la suprema soberbia o la suprema humildad? ¿Es abominación o santidad? No lo sé, no lo sé… Pero, sea lo que fuere, este espíritu es un destino que habrá de seguir hasta el final. Y pertenecen aún al futuro las formas concretas en que fructificará, el poder con que se alzará y se extenderá, la profunda alegría o la grave desdicha que pondrá en marcha, la vida, en suma, que echará a rodar, cuando se deponga por fin ante él la hostilidad proveniente de considerarlo desde el sitial de ajenas formas, desde perspectivas que obligan a verlo como una frustración, cuando al cabo se lo entienda y, para bien y para mal, se lo acepte.

Cuando la historia concluya nos deja en la incertidumbre respecto a la suerte futura de Chaves. Está amenazado; la violencia contra él, que hasta entonces el azar ha contenido en el límite, terminará por estallar. ¿Será expulsado finalmente? ¿Será agredido en medio de las sombras y golpeado hasta la muerte? ¿Será lapidado a plena luz como una víctima propiciatoria? Por lo que él es, parecería que esta hora nuestra exige su muerte. Y sin embargo, todo ello es poco importante: por eso no figura en la historia. Chaves es el espíritu que ha nacido, y nadie podrá aniquilarlo, porque es el poder contra el que ningún poder de la tierra puede. Hijo acaso de estos mismos años difíciles que ahora lo amenazan, es posible que sea asesinado, pero no desaparecerá. Encarnado en otros, seguirá y seguirá. Porque Chaves alcanzó lo infinito, devoró lo absoluto. ¿Se entiende? Es indestructible. Y ésa es la alegría.

H.A. Murena

Publicado en Revista Sur, Nº 228, 1954

 

 

1 Unas palabras sobre el aspecto formal de esta narración. Siempre ha causado perplejidad el carácter acentuadamente abstracto del realismo de las novelas de Mallea. Ha sorprendido tanto el papel secundario de la acción en sus narraciones como la mirada distante con que eran encarados los detalles concretos y el desasimiento general de sus personajes, incluso de los más carnales. Esa perplejidad y esa sorpresa llevaron, por la sólita vía del menor esfuerzo, a una incomprensión total del sentido ulterior de los errores y los aciertos a los que ese estilo fatalmente tenía que arrastrarlo. Pues se trataba de la búsqueda de un nuevo estilo. Y en cambio se llegó a acusarlo, por ejemplo, de ser más un ensayista que un novelista. Esto es normal entre nosotros. ¿No se vale siempre cierto sector de nuestra crítica de la idea de los géneros para recusar toda tentativa de renovación, no es uno de los clásicos mecanismos de nuestro resentimiento  desdeñar y condenar lo mejor en nombre de una ortodoxia en la que ni siquiera creemos? Salvo que en este caso, como en otros,  al proceder así se cierra toda posibilidad de ver claramente el problema de nuestra novela, de nuestro arte en general. Porque ¿cuáles son los ideales, cuál es la tabla de valores en los que tales intérpretes se apoyan para lanzar su veredicto? Es, como todos lo saben, la de los cánones cuya vigencia se limita a los últimos cincuenta años de un sector del orbe llamado Europa occidental, y es sobre todo el patrón del arte de comunidades para las que el mundo concreto, el mundo de los sentidos, asume una importancia fundamental. Y esto significa querer privarse a la vez de la libertad que implica no haber nacido en Europa y de la fatalidad que implica haber nacido en América, significa querer privarse de todo. Pues lo que esos críticos no tienen en cuanta es que esa otra comunidad en la que habitan, a la que tratan de uncir a esos ajenos cánones, vive siempre más atenta a lo intencional que a lo concreto, más volcada a su interior que hacia  la exterioridad de sus sensaciones, trata de constituirse a partir de una completa separación respecto al mundo, o sea que es, en cierta medida, la antítesis de lo que esos cánones representan. La ambigua, vital, pregunta que la Esfinge nos ha lanzado en el campo de lo estético dice así: ¿cómo es posible el arte de expresar el mundo de aquellos que no tienen mundo? Y la obra entera de Mallea puede ser considerada como un intento de respuesta a ese interrogante, intento que a mi parecer halla en Chaves la mejor oportunidad para probar su pertinencia. ¿Se ha reflexionado, por ejemplo, en la profunda irrealidad de Buenos Aires, en el aire quimérico que, a pesar de su volumen descomunal, a pesar de su monstruoso materialismo, tiene esta ciudad emblemática del país? Así la hemos alzado, así es para nosotros el mundo, y así surge en Chaves. Los campos y las ciudades por los que Chaves anda con sus penas y  su mujer y su hija, los seres que lo rodean, los objetos, la naturaleza, todo es vago y desvaído, fantasmal. Pero ¿qué otro medio podría ser más eficaz para enseñarnos que Chaves es un alma que no encuentra asidero en las cosas, que con el mundo apenas tiene que ver, que Chaves es nosotros mismos? Un detalle lo sintetiza todo: el novelista apela a un método indirecto para dar a conocer lo que Chaves dice, lo narra: sólo una palabra permite que salga directamente de su boca, aquella con la que la novela se cierra y que es un “No”. Desde el punto de vista de la narrativa europea este recurso podría ser censurado, porque en apariencia privar a un personaje de sus palabras es quitarle vida; y sin embargo ¿qué procedimiento más adecuado para transmitir nuestra falta de fe en la palabra, para hacer ver que Chaves no creía en lo que el mundo lo obligaba a decir, que lo único que nacía con vivacidad en su corazón era ese “no” en el que se resumen toda su vacilación y toda su firmeza, su pena y su fe, el ritmo de su paso por esta tierra?