Todos vamos a morir (II) / Lucía Mazzinghi

 

TODOS VAMOS A MORIR  AÑO 2019

FEBRERO

 

 

II cuadernos rayados ABC (19 por 23,5cm) tapa dura 50 hojas forro azul.

II cuadernos rayados ABC tapa dura 50 hojas forro verde.

I caja de 12 lápices de colores

I regla de 20 cm

I tijera

I sacapuntas con depósito chico

12 marcadores trazo grueso

III papel glasé

II plasticolas color a elección

II block de hojas N5 blancas lisas

II block de hojas N5 color

I plastilina de 12

I témpera de 12

Huevera pincel

Etcétera etcétera

 

 

Hacer listas. Recitar letanías. Recordar. Son tiempos, momentos, no importa el orden. I. en primer grado. Carajo. En qué momento, cómo pasa todo tan rápido. La infancia se me viene encima en cuestión de segundos, me arrastra, me quema, un vacío, destellos. Jirones, olor a plasticola, a goma de borrar, algo me suena en el pecho, latas nuevas de lápices, el gusto de la madera y el grafito en los labios, pintar con los dedos, trazos rojizos, espesos como sangre las témperas mezcladas dan un marrón medio violeta, el sol entrando oblicuo amarilleando todo, los dedos flacos de mamá forrando cuadernos con contact, cantando distraída, olor a Ambré Watteau flotando en el aire caliente de una tarde de febrero década del ochenta. Algo la trajo y ahora tiemblo. Una visión que va y viene como un lobo famélico olisqueando la tierra, una luz enloquecida rodea todo, ojos abiertos casi sin parpadear. Listas. Letanías. Relámpagos. Memoria porosa.

 

No son los ojos los que ven, son las manos.

 

Barre el polvo del tiempo. Maldita arena escurridiza.

 

Mi madre es la infancia, el olor a espiral, el verano que se termina. Busco busco paisajes conocidos en el viento de la tarde. Una aureola de luz en la frente, el rugido del mar embravecido, el gesto de taparse la boca para reírse. Le cuento a N., le hablo, me escucha con cierta ternura aunque sé que no es amigo de la nostalgia. Sus ojos color tierra húmeda me calman aunque algo me queda dando vueltas, confuso. El lado de adentro de las palabras, el lado rugoso, las costuras. Hacer algo con el pasado fragmentario y filtrado, repetido, lleno de sonidos y de incomprensiones. ¿Qué vuelve? ¿De qué me agarro? De Celine. Me entrego a él, a su risa sarnosa, me dejo llevar, entro en el vértigo, la danza, el roce, el ritmo.

 

¡Pico y pala fantasmas!

 

Tercera vez que arranco Norte. Algo se me resiste, insisto, insisto, empujo. A veces cuesta abrir el oído. Una vez que entrás, ya no tenés escapatoria, se te van los miedos, los prejuicios, los resquemores.

 

Épica la tormenta del lunes y la polenta de la noche (con salchicha parrillera y queso en hebras). Épica la foto, la pregunta, épica la roncha del mosquito en el tobillo pica y repica (¡ojo el dengue!) la épica del trabajo cotidiano, del cansancio, del vaso de vino. Los héroes de hoy son los perdedores de siempre, zánganos zombies cabezas de zapallo, epopéyicos, epicánticos, epidémicos.

 

  1. dibuja una hoja llena de círculos algo deformes. Listo, dice. ¿Qué es? Una jirafa de cerca. La ley del menor esfuerzo. Salvaje y tierna J. Le doy besos en los hombros. Tiene olor a protector solar.

 

Cielo color hueso. Un ventarrón atraviesa la vía levantando diarios y botellas de plástico. El tren es un animal ensimismado y chirriante, es lo último que escucho antes de entrar en el tibiosueño de la siesta. El letargo de las cosas. Me voy, me voy, me dejo ir. Todos tenemos una forma de irnos. Mientras tanto la lluvia lava la terraza, el olor de la tierra y las plantas se hace más penetrante. Después: tarde de lectura hasta que oscurece. Terminé Desolation Angels con lágrimas en los ojos. Qué maravilla de libro. Lo cerré con un golpe, acaricié la tapa unos segundos, me sequé las lágrimas y me fui derecho a la cocina a preparar la comida. Carne cortada en cuadrados y cebolla salteadas en la sartén con salsa de soja y aceite de oliva. Ensalada de rúcula fresca. Mientras se doraba la cebolla pensé en Kerouac tomando sopa de arvejas en una taza gruesa de bordes cascados y mirando durante 74 días seguidos desde su cabaña cómo cae el sol detrás del Pico Desolación. Kerouac en México, transcribiendo sus notas a la luz temblorosa de una vela o en Manhattan viviendo en el departamento de Joyce Johnson curándose el catarro traído de México durmiendo con la ventana abierta a pesar de la nieve y el frío y parándose sobre su cabeza tres minutos cada mañana para bombearle sangre al cerebro por la tromboflebitis. Bendito ángel de los vagabundos. Pasó los pocos días que siguieron consumiendo libro tras libro que podían llegar a alimentar su escritura. (Joyce Johnson, La voz es todo), para los energúmenos que se escandalizan, para los piojos resucitados que odian con displicencia, para los que confunden seriedad con solemnidad. Dediqué varias horas del fin de semana a rastrear poemas de mujeres que escribieron en la misma época que él. Elise Cowen, Anne Waldman, Diane di Prima, Hettie Jones y Lenore Kandel, entre muchas otras. En google maps recorrí las calles y avenidas por dónde caminaban, miré las fachadas de los lugares en los que vivían, los bares amarronados en los que se sentaban a conversar y tomar café y cerveza y vino hasta entrada la madrugada, bares de comida barata, nada pretenciosos, ruidosas y grasientas cafeterías: West End, White Rose, Cedar, Waldorf, Fugazzi en las que el Tiempo flotaba junto al vapor tibio, el humo de los cigarros y el tintineo de cubiertos.

 

Encuentro en spotify una grabación de Kerouac leyendo fragmentos de algunos de sus libros y poemas, por momentos cuesta seguirlo, frasea a una velocidad pasmosa, canta canta hay que dejarse ir, dejarse envolver. Atrás, en un piano medio destartalado, Steve Allen desparrama notas azules levemente corridas, a veces se calla y queda la voz de Jack recitando largas frases onduladas en la oscura cálida alcoholizada noche americana con los neones titilando afuera y el olor del Hudson flotando en las orillas oscuras, el sonido del tiempo en el río, riverrante correrío y pasará, adán eva y toda su prole desperdigada sobre la corteza de esta tierra oscura y misteriosa por los siglos de los siglos. Escuchar ese disco te enseña más que quince años de academia y papers, de ensayos sesudos y teorías. Qué bien les vendría a los Iluminati que dirigen la batuta de la sacrosanta literatura irse a dormir cada noche escuchando ese disco, soñarlo y volverlo a escuchar por las mañanas.

 

Ángel de la soledad y de la desolación preso de tu ilusión vas a bailar, a bailar bailar…

 

Día radiante. Salen sándwiches en la terraza.

 

El fiambrero corta el jamón y el queso en la máquina y cada tanto me ofrece una feta para que amenice la espera. Ese sencillo gesto hace que vuelva a comprarle cada vez aunque no sea la mejor fiambrería de la zona. En este barrio me quedan muchos recovecos por conocer. Soy una gran caminadora a la que le falta tiempo.

 

Leyendo una entrevista a Tom Waits encontré con inmensa alegría y sorpresa que su disco favorito es el de Kerouac-Allen producido por Hanover Records.

 

MARZO

 

Mi mesa blanca y sus papeles, toda la luz concentrada en el capuchón de mi lapicera. Arranca el día. Me hago un rodete bajo, me sueno el cuello y los dedos, me sacudo el sopor, me cebo un mate. Prendo la compu, por dónde arranco. Miro de reojo el cuadrito con la foto de Monk y Bird tocando en el Open Door, año 1953, indulgentes y enormes, soplan y aporrean, se sacan la tristeza de adentro, con los pulmones y venas reventados proclaman la alegría del jazz. Cuando estoy en blanco releo las notas intentando desentrañar lo que dicen las letras escarpadas y filosas o lisas como insectos aplastados que cubren mi libretita y paso lo que puedo a la computadora. Citas subrayados. Necesito paciencia para recobrar algunas palabras olvidadas, para que la mano se me suelte. Me gustaría escribir un libro sólo de subrayados. Las citas que me tocaron a lo largo de mi vida, una detrás de otra, sin hilo aparente, las frases y palabras que más amé. Las citas son cifras, marcas de escritura, actos de amor. Hay uno de subrayados pero se limita solo a los libros de Clarice Lispector. Las palabras se llama.

 

A veces me encuentro aturdida por una memoria que no para de acumular pelotudeces, una sucesión disparatada de imágenes, un manojo de frases rotas, de ideas remachadas.

 

¿Soy una story teller? Definitivamente no. Mi imaginación es nula. Deletreá etérea tarada atraé releé aleteá letra por letra. Hacélas arder.

 

El viento deshace las luces. Se mueven las sombras. ¿Cómo hacer cantar la desesperación? Letra por letra. ¿Es Locas un intento? Es un libro hecho de esbozos, de restos oídos, ¿un libro de amor? Cómo poner por escrito el polvo cósmico de la soledad. Se me mezclan las camas reales con las transpuestas, todo es una inmensa mescolanza. Pienso en Locas todo el tiempo, mientras hago otras cosas como bañarme o manejar o lavar los platos, mientras duermo o sueño, converso con alguien o viajo en el metrobus. La lluvia lavó el verano, entra un aire fresco por la ventana abierta. Por suerte ahora paró. Un punto. Miro los reflejos rojos y verdes y amarillos en el pavimento húmedo. ¿Fue el hallazgo de Dymphna de Gheel en el FW el comienzo de esto? Viejas almas heladas recibieron la visita del siempreador de la semilla de la luz tras la noche del acarreo de la palabra. El Domnatorio de Defmut (p 593) fue testigo de su triunfante fabla. No, el comienzo fue anterior pero Dymphna ordenó algo, la santa patrona de los lunáticos le dio forma a las voces que ya existían dentro y fuera de mi cabeza. FW es mi biblia, y el Mc Hugh: maravilla. Vuelvo a él todo el tiempo. Hago notas, listas, hace meses que rastreo a la gallina Belinda, la loca gallina que picotea letras y pone relucientes huevos de sinrazón. Le sigo los pasos, pelo las capas de cebolla hasta llegar al vacío y volver a empezar. Puedo oír como baila el tiempo entre las letras. Annalivizada hasta el caracú, escribo la plegaria de los corazones rotos y solos.

 

Habitada por los fantasmas. Los absorbo, los llevo y los traigo, les hablo, los escucho, los canto, los pongo a dormir.

 

Los ojos locos de M. se incrustaron en mi cabeza, en mi cerebelo, en mis circunvoluciones, no puedo sacármelos de encima, me rompieron algo adentro. No tiene nada, no, mentira, ¿qué digo? ¿quién soy yo para juzgar? Sí tiene, ella también se aferra a algo, tiene esa mentira de la que se agarra como una garrapata y no hay nada ni nadie que pueda con eso, roca inamovible, le permite armarse un cuerpo, una historia, un motivo para seguir.

 

Cuando hay ley se puede estafarla. Cuando no, se abre un abismo insondable.

 

Notaria / Otaria. La que toma notas con cara de otaria, a veces lo soy a veces me hago, ¿sos o te hacés? Qué pregunta difícil. El hombre está siempre, a pesar de todo, en escena dice Celine.

 

¿Qué hago con todo esto?

 

Sacarlo. Anotarlo.

 

Hoy, un hallazgo: Janet Frame. Escritora neozelandesa. Se salvó de la lobotomía por ganar un premio literario. ¡Una de las pocas veces en las que un premio salva! Owls do cry es la novela que quiero conseguir.

 

Leyendo haikus encuentro este que anoto para engrosar la lista enorme de citas sobre locura y hospicios:

 

Mi hospicio en primavera

tiene de todo

porque no tiene nada

 

Tengo los sonidos. Todo es música, en simultáneo: una canilla goteando, el silbido lejano de un tren, el sonido ronco de una trompeta, una canción de cuna, un tarareo distraído, las tripas que crujen, mi lapicera raspando la hoja, la respiración, el aliento, la noche entrando por la ventana abierta, una puteada en la calle, el zumbido de un mosquito, la hoja de un libro dándose vuelta, mi propia voz murmurando palabras leídas, releídas, el pulso, el latido de todo lo que me rodea. Cantarlo de nuevo, volver a empezar, son lugares y voces. La voz hilada culebrea, se atora, sigue. Aprender a enhebrar mi propia cantinela. Sonido silencio sonido silencio aparece el ritmo, se abre el tiempo, se arma el cuerpo, canta la voz.

 

Es una fuerza no podés dejar de hacerlo no podés.

 

¡Desconócete a ti misma!

 

Para qué. Para no explotar.

 

Volviendo a casa, atascada en el tráfico me distraje un rato observando los movimientos de un taller mecánico a punto de cerrar. El mecánico con pantalones grafa azules y zapatones negros de punta redonda y suela de goma apaga una máquina que suelta un resoplido asmático antes de detenerse por completo, cuelga tres herramientas en el tablero de la pared, tira tuercas y arandelas que vuelan haciendo un semicírculo perfecto antes de caer en una caja de cartón. Silba, acomoda unas cubiertas en un rincón, mete los dedos en un tarro y se frota las manos con una pasta parda, las termina de limpiar con un trapo engrasado que saca del bolsillo de atrás del pantalón. Agarra la radio portátil y la encaja entre el brazo y las costillas mientras saca un banco a la vereda. Apoya la radio en el suelo evitando las manchas de nafta y aceite, se sienta y manotea el bolsillo de la camisa para chequear que los cigarrillos sigan ahí. El compañero con camiseta roja de CAAJ ceba mate recostado sobre la pared. Saludan con un cabeceo a alguien que pasa, insinuaciones acalladas, comentan algo, se ríen. El mecánico prende un pucho, aspira con fruición y suelta el humo junto con la risa, tose una tos de pulmones desquiciados y se da palmadas en la rodilla con una mano grande. Ningún lugar a dónde ir, sencillamente están ahí, su disfrute en oposición al hervidero que es mi cabeza, están enteros en el presente de esa tarde de otoño, fumando y riendo y escuchando la radio envueltos en la luz aceitosa que entra hasta el fondo del taller, millones de partículas de polvo flotan suspendidas en el aire. De repente me dan unas ganas bárbaras de fumar (desde 2008 que no fumo ni una pitada) y también de decir la palabra mameluco.

 

Mi primer cigarrillo fue un derby suave. Creo que tenía 14. La propaganda la hacía Ricardo Darín.

 

Un azul lustroso y profundo, la bruñida oscuridad envolviendo las cosas, los movimientos cansados de quienes cierran los locales, tintineo de llaves, chirrido de persianas, luces que se apagan, sombras, saludos, sonidos de electricidad en la ciudad sin sol.

 

No contarme lo que ya sé. Basta de cháchara, cortála. Nunca explicar, el que explica es culpable dice Leónidas. ¿Explicar los poemas? agrega Tsvietaieva: no explico, encomio; no demuestro, muestro.

 

Decir es mostrar.

 

Mostrar es decir.

 

Un niño se encoje, se hace nudo, apenas asoma su cabeza color trigo de entre los huesos puntiagudos de los hombros. Hay dolor en sus ojos. Y confusión. Y bigotes tang de naranja. Me cuesta dormirme, doy vueltas sobre el mismo tema, estoy envenenada.

 

Me agarró una obsesión por leer o releer diarios de escritores. La manía registro, notas, esbozos, punto de apoyo, marca de soledad. Mi top tres hasta ahora: los diarios de Kerouac, Ningún lugar a dónde ir de Mekas y la parla arisca de Néstor Sánchez en Diario de Manhattan. Imagino a Néstor vagando con el sobretodo abotonado hasta arriba, las manos enterradas en los bolsillos, buscando sin concesiones conquistar la ciudad helada sólo usando el lado izquierdo, privándose de recurrir a la comodidad de lo conocido, inevitablemente desgarrado que es lo contrario a sufridor incorregible. La conducta del lumpen, su rigurosidad, la luz blanquísima chocando contra lo duro de sus gestos, no transigir, seguir, avanzar en la ruptura. Queja es despreciarse. Una noche de invierno en el corazón de Brooklyn, Jonas Mekas saca una botella de Veltliner de la heladera, le tiembla un poco el pulso cuando se sirve un vaso hasta el tope, mira la nieve caer por la ventana mientras en la radio suena un vals viejo. Tiene el estómago resentido de tantas salchichas y queso de cabra y ajo y vino. Piensa en Roveja, el río de su infancia, ¿estará congelado?, se le vienen imágenes de su padre carpintero, del enorme horno de barro para hacer pan -y en los meses fríos para dormir- que había en la casa de su abuela y todas esas tristes canciones regionales, todas esas palabras, los campos ardiendo con flores rojas, la nieve cae detrás de los vidrios mientras Jonas tiembla de recuerdos y alza la copa: i sveikata.

 

Oficio de vivir de Pavese y Oficio de Perder de García Vega también entran en esta selección, son ejercicios de escritura hechos en absoluta soledad, alejados de la pacotilla espectacular de la Historia. Es oficio contra profesión y una soledad rotundísima. Un acto de humildad. Los diarios de Pizarnik y Kafka en cambio me aburren, se me caen de las manos. Lo que me gusta de Pizarnik es el registro de sus lecturas, devoraba los libros, estaba situada, iba armando su mapa, su recorrido. Piglia lee diferente, mucho pero diferente, se acerca a los libros como un profesor, me aburre, algo me aleja de él. En una de las entradas de su diario leo que escribió doscientas páginas ¡en menos de cuarenta días! ¿Cómo hace? Yo avanzo como una tortuga, a veces incluso voy para atriqui como María la Paz. No soporto cuando los diarios viran a diarios de enfermedades. Esa manera de diseccionar las partes del cuerpo, de mirarse tan de cerca la dolencia física, me irrita. Me gusta que la textura sea la de un tejido, llena de agujeros, entradas cortas, pinceladas. Leve, filoso, abierto como una carcajada o un paso de baile, como un trueno o un llanto repentino.

 

Anoche soñé con Lorenzo García Vega, su cara se mezclaba con la de Jonas Mekas, no recuerdo con exactitud pero sí que las iniciales L.G.V. eran un código para terminar con la guerra o algo así, eran un salvoconducto.

 

ABRIL

 

Abril es el mes más triste. El 8 son 32 años de la muerte de mamá.

 

2 de abril. Golpe seco de talones de borcegos relustrados hasta el cansancio, fusil al hombro y venia, mirada al frente llena de incomprensión de furia de demencia, banderas flameando en los balcones, clama el viento y ruge el mar.

 

Estoy de mal humor porque me desbandé un poco estos días. Hablé mucho comí mucho tomé mucho. Tengo que volver a cerrar el pico. Amigarme con el silencio. En boca cerrada no entran moscas dicen Hernández y Fernández. Quiero comprar una lámpara para el escritorio, una lámpara de pie para poner al lado del sofá, cambiar las cortinas del comedor y tener un par de borceguíes nuevos, plata plata plata para todo se necesita plata. Vil metal.

 

Pongo Fela Kuti para levantar.

 

¿Qué orden darle a estas notas, a estos bocetos de imágenes inconexas? Por ahora el de las fechas, el orden del calendario. La insoportable y temida pregunta que intento esquivar a toda costa: ¿qué estás escribiendo?

 

Llevé el auto al taller, tengo un buje roto. ¿Se escribe así? Linda palabra buje. Cambiarlos me cuesta 8000 pesos. Malditos bujes. La lámpara va a tener que esperar.

 

Llanto de campanas tañendo el aire, tiñendo el viento de una tristeza profunda.

 

Gotea el bronce de la estatua oscurecido por la lluvia.

 

Las panaderas con cofias blancas ríen y chillan bajo el aguacero.

 

Cada vida cuelga de un hilo.

 

Domingo húmedo. Todas las cosas tristes del mundo se aparecen a esta hora ensombrecida, gris sudestada, noche que cae, agua hirviendo en la cacerola. Caer por el borde, caer caer, qué borde, el borde del silencio, resbalar por ahí. El límite viene solo. Se encuentra. Una angustia atenazada en la garganta. La noche oscura del domingo con su dulce y terrible soledad. Se me aparece la vieja mesa de fórmica amarilla de la cocina de mi infancia, la tibieza de esa cocina con olor a torta de maicena contrasta con el viento desapacible de afuera. Los pensamientos de las noches de domingo son solitarios, irracionales confusos bellos y oscuros anota Kerouac en su diario.

 

Croquetas de arroz con limón y sal.

 

  1. sienta a sus muñecas en semicírculo, las mira una a una a los ojos, levanta el dedo y les dice: no se preocupen chicas, hoy no se va a morir nadie. Me gusta que haya usado el hoy, sabe o al menos intuye que en algún momento todos vamos a morir, todos, toditos, sin excepción.

 

Lunes. 22hs. Hoy trabajé en modo avión. Despaché a todos distraída, a destiempo, como un trámite. Ahora siento algo de culpa. Prometo dormirme temprano para mañana estar mejor.

 

Dos horas en la librería hojeando libros. Al final no compré nada. Dudé con un librito azul con poemas de Safo pero finalmente lo dejé. En lugar de devolverlo al estante correspondiente, lo apoyé sobre la pila con los libros de la escritora de moda, en el lugar más visible de la sección novedades. Quizás alguien se lleva a Safo en lugar de la última novela de la insulsa escritora aclamada por todos los suplementos y traducida a no sé cuántos idiomas. El 80 por ciento de los escritores actuales me aburren, son arrogantes y aburridos, se toman demasiado en serio a sí mismos, son pesados. Entre la condescendencia y la solemnidad se juntan a leerse interpretarse halagarse y justificarse después de atiborrarse de vino y canapés. No pertenezco al club de devoradores de canapés unidos (C.D.C.U.), muy cada tanto me encuentro con alguien que escribe, tomamos café, conversamos pero en general voy más sola que loca mala.

 

Georgia O´Keeffe pintó tanto el cerro Pedernal desde Ghost Ranch que lo hizo suyo. Como el monte Hozomeen es de Kerouac y el Victoria de Cezanne.

 

Lucía Mazzinghi

Ph / Edward Weston