Armando Rojas Guardia: La nada vigilante / Blanca Elena Pantin

I

El sol vacío de la mente

Se explaya sobre la arena fría

-En 1990, en Mérida, sufrí, padecí, una crisis psicótica, prácticamente una desarticulación de la conciencia. Quedé, literalmente en el vacío mental. No sólo eso sino que quedé sin palabras. Para mí era una experiencia nueva: toda la vida me sentí caracterizado por una facilidad verbal que surgía espontáneamente sin ningún tipo de traba, sin ningún tipo de bloqueos. Después de la crisis aquella elocuencia terminó. Me sobrevino un silencio mineral, una oquedad donde no había figuras, donde el imaginario estaba roto, desgarrado, muerto. Nunca me había ocurrido eso; al contrario: después de cada una de las crisis que padecí surgía de cada una con un renovado impulso verbal y con un deseo de trabajar enormes.

-Aunque no se puede decir que cada uno de mis libros haya sido producto de una crisis, cada uno guarda una relación directa con esas crisis. Como decía Van Gogh, la psicosis puede ser una forma muy dolorosa y desgarrada de la lucidez. Era lo que él sentía en plena alucinación psicótica. Yo viví la nada interior.

II

La lucidez desierta

No accede a la palabra

-El estado de insensibilidad era tan gigantesco que me costaba, incluso, el lenguaje oral. Una conversación entre amigos para mí era un trabajo arduo. Nunca imaginé que pudiera llegar a esa especie de vacío mental que me deslumbró por dentro. Yo estaba acostumbrado a trabajar mucho no pasaba día que no escribiera. Con la crisis eso se me hizo imposible. Empezó una sorda batalla por retomar el lenguaje. Un día, por eso le estoy profundamente agradecido, Alberto Márquez me dijo: “Armando, ¿y si intentas escribir esa imposibilidad de escribir, desafiar esa imposibilidad nombrándola, explorándola verbalmente, por qué no intentas hablar desde ahí, desde ese vacío?” Me pregunté a mí mismo si eso sería posible y empecé a escribir. Juan Luis Delmont, el psiquiatra que me estaba viendo, a quien también le estoy muy agradecido, me animó muchísimo a que tratara de seguir el consejo de Alberto. Lo cierto es que empecé a escribir.

III

Es redondo el silencio

En torno al eje completamente inmóvil

-Con mucha dificultad de concentración surgió un impulso hacia la escritura que a mí mismo me extrañó y escribí el poema séptimo de La nada vigilante, un retrato del estado mental en que me encontraba.

(El sol vacío de la mente

Se explaya sobre la arena fría

Es redondo el silencio

En torno al eje completamente inmóvil.

Un párpado abierto

Deja ver la pupilas dilatadas,

El ojo blanco, ciego, innecesario.

Baila el tedio su monodia ingrávida.

La playa del sentir está desierta

Bañada por el oleaje sucio

De imágenes opacas y convexas.

Rebota la palabra sin que nadie la atrape

El cuerpo estorba al alma a fuerza de pedirle

Un insinuarse solo, un gesto vago,

Una idea que fulja de repente

Moviendo la sangre de las arterias.

El cerebro cuaja hielo entre sus pliegues

Y en el rostro se ahonda una galaxia

De tristeza mineral. Rostro clavado.

Afuera el entusiasmo bate alas

Contra el cristal esmerilado

Pero el adentro es neutro y me respiran

La vigilia parada, el resto de la espera)

A partir de ese momento no paré hasta terminar. Escribía todos los días durante horas, horas enteras. La escritura total del libro me tomó cinco meses.

IV

Busco el envés de las palabras

-Después de la crisis traté siempre de nunca perder la paz. Incluso, traté de estar permanentemente reconciliado con la tristeza, el tedio, la melancolía que me sobrevinieron después. Traté de estar retirado, interiorizar el dolor, la insensibilidad, la apatía, la abulia. Traté de no desasosegarme, de prestar una atención profunda al clima interior que estaba viviendo.

V

Estoy libre del poder

Del disimulo, de la página social,

De la etiqueta. Yo sólo miro distraído

Las sombras jugar con las paredes

Y un crepúsculo a salvo, indomeñable

-No sé si es la resonancia interior religiosa que no he perdido nunca lo que me llevaba a pensar que ese enclaustramiento que me había producido la crisis me podía servir para un apartamiento de la figuración mundana, un retiro de la vida social mecánica y un alejamiento del poder. Nunca lo tuve pero sí mucha figuración. Eso siempre me hizo sentir mal. Me fui a Mérida en 1987 para alejarme de toda la resonancia de Tráfico. Eso me inquietaba y desgarraba. El éxito me parece una vulgaridad, un manoseo social, un oropel y mucho más si es el éxito de un poeta. Prefiero que el poema esté cumplido, que llegue a la gente y que yo sienta la percepción de los demás (buena o mala) sobre lo que hago pero el chisporroteo de la figuración me desequilibra el alma.

-Las propuestas de Tráfico nunca se entendieron cabalmente porque nos reprochaban que no teníamos una obra que respaldara lo que decíamos. Cuando los libros nuestros empezaron a salir y cuando la marca de Tráfico empezó a notarse en los libros que escribíamos, la gente siguió sin comprender lo que queríamos. Miguel Márquez lo resumió de una manera muy bella: buscábamos crear un puente hacia el país perdido. Hoy me siento muy lejano de las propuestas del manifiesto. Creo que recogimos la efervescencia de una hora donde lo que dijimos era necesario y en donde lo que hicimos era necesario hacerlo. Fue válido introducir en la poesía venezolana giros coloquiales, dicciones conversacionales, gentilicios, nombres propios, la primera persona del singular, la metáfora entusiasta de la calle cuando la poesía del país era abstracta, mágica, impersonal, surrealista, pura o metafísica. Fue una hermosa misión que aunque no era novedosa en el marco latinoamericano sí lo era en Venezuela.

VI

El poema se vive antes de hacerlo.

Es una vieja lección nunca aprendida

-Creo que no hay nada más alejado de la poesía que yo quiero hacer que el mero artificio. El simple escarceo del álgebra verbal me produce náuseas. Nosotros hemos continuado fieles a esa poesía de la experiencia que era una de nuestras propuestas fundamentales: neohumanizar a la poesía venezolana a través de lo vivido, de lo trajinado interior y exteriormente por el poeta. Para escribir La nada vigilante me limité y ceñí al fondo de la experiencia de una gran dificultad psíquica y del bloqueo mental que vivía y transcribirla de la manera más diáfana posible.

-El libro significó una cura espiritual y una cura psíquica para mí. Poderlo terminar fue el fin de una terapia completamente inesperada. Representó una liberación de tipo psicológico. Siento que tengo otra vez una relación como carnal y erótica con la palabra. Fueron cinco meses de proceso terapéutico solitario que culminó en una expansión de la conciencia y en una recuperación de la capacidad verbal que había perdido.

Blanca Elena Pantin

[Este texto forma parte de su libro inédito Voces y escrituras de la literatura venezolana]

Armando Rojas Guarda (Caracas 1949-2020). Integrante del Taller Calicanto y miembro fundador del grupo Tráfico de poesía. Estudió Filosofía en la Universidad Central de Venezuela y realizó estudios de especialización en Friburgo.  Autor de Del mismo amor ardiendo (Monte Ávila Editores, 1979), Poemas de la quebrada de la virgen (Monte Ávila Editores, 1985), El dios de la intemperie (Editorial Mandorla, 1985),  Antología poética (Monte Ávila, 1993), La nada vigilante (Pequeña Venecia, 1994), Crónicas de la memoria (Angria ediciones,  1999). Su obra está representada en diversas antologías y publicaciones.

Blanca Elena Pantin (Caracas, 1957). Periodista, editora, poeta. Es autora de los libros Poemas del trópico (Monte Ávila Editores), El ojo de la orca (Vitrales de Alejandría), Diagnóstico/Días concretos (Ediplus, 2003), Diario de la guerra (Cincuenta de cincuenta, 2004), Poemas cosidos (2010), edición de autor y Estructura/Venado en fuga (Dcir, 2019)