El 13 de Tribulete/Néstor Torres

En la cocina de un piso de un barrio obrero del centro de una metrópoli. Dos mujeres vestidas exactamente iguales se afanan en las tareas de la casa. Rondan los sesenta y tantos años y son idénticas. Dada la dificultad que supondrá encontrar dos actrices gemelas, en la habilidad y la maestría de éstas se confiará para dar a entender de alguna forma, además del vestido, la completa identidad de estas dos mujeres. Se mueven al unísono en armonía perfecta pero no una armonía solo emocional, una armonía física, se completan los movimientos como si una solo hiciera una parte y la otra lo acabara. Van absolutamente sincronizadas casi como si fueran dos autómatas danzarinas.

En el hablar también se notará esta particularidad, hablarán completándose las frases o intercalando alguna palabra o empezando una un pensamiento y terminándolo la otra, pero no de la manera en que dialogan dos personas cualquiera sino como si fuera parte de un mismo parlamento. Es necesario que se note la diferencia entre este tipo de parlamentos y los verdaderos diálogos que tendrán entre ellas.

Si el director se ve en serias dificultades para encontrar dos actrices que puedan realizar este trabajo, no dude en reemplazarlas por marionetas. Estas serán completamente idénticas sin necesidad de ningún esfuerzo y estarán completamente en sus manos.

La cocina es casi una cocina de muñecas, todo está limpio reluciente pero nada es nuevo. Una cocinita de muñecas de los años cincuenta sesenta con profusión de aluminio de colores. Hay una mesa con hule, pero cuidado con el hule, nada tiene que ser grotesco o falto de gusto, hay en todo un sumo cuidado y una delicada armonía y hasta un cierto sentido artístico y escenográfico. Todo está limpio, muy limpio.

Están las dos frente a la cocina. Pepa enciende un fósforo. Pili abre la llave del gas. Pepa enciende la llama. Pili pone una olla de agua a calentar. Pepa levanta la tapa. Pili echa un puñado de sal. Pepa tapa la olla. Van a sentarse una en cada cabecera de la mesa.

Pepa.-  ¿Qué te vas a poner esta tarde para dar el paseo?

Pili.- Qué nos vamos a poner, dirás.

Pepa.-  Sí, pero hoy te toca elegir.

Pili.-  Hoy no es día de fiesta, ni sábado ni domingo, así que prefiero algo informal. Pantalones y la chaqueta azul celeste. Ah y el broche azul, el de la mariposa con alas de lentejuelas. Tú puedes ponerte un abalorio que te distinga si quieres, ya sabes que en eso nos permitimos una pequeña libertad.

Pepa.-  ¡¿Pequeña libertad..?! Cuida tus palabras Pili. Al hablar de pequeñas libertades puedes dar a entender que en lo demás estamos presa la una de la otra. Yo soy perfectamente libre, siempre lo he sido, y quiero que tú también lo seas. Sólo que nuestra libertad es solo verdadera si estamos juntas.

Pili.-  ¿Nunca pensaste que si alguna de las dos se fuera lejos, muy lejos, a otro país, a otro continente incluso, podría llevar una vida absolutamente diferente? Podría ser ella sola, la Sra. Pepa o la Sra. Pili, ya no más “las gemelas” o “las hermanitas”. Sin tener que verte en cada momento reflejada en todo y sin que la gente por la calle se fijara en ti. A veces me parece que sería mucho más relajado.

Pepa.-   Me haces pensar que no te gusta ser mi hermana. Que preferirías estar sola en el mundo. Pero me tranquiliza saber que en realidad adoras nuestros paseos y que las parejas se den codazos cuando pasamos y sonrían.

Pili.-  Sí me gusta. Y me gusta ir siempre por el mismo sitio. Gracias a eso hemos ganado algo de fama. Hay gente que sale a la calle solo para vernos pasar.

Pepa.-  Deben pensar que vamos a algún sitio cuando en realidad no vamos a ninguna parte, solo a que nos miren y a ver como la gente sonríe cuando nos ve.

Las dos se ríen con picardía, como de una pequeña falta.

Pili.-  Qué gracia les hace ver dos personas idénticas.

Pepa.-  Les pone nerviosos pensar que puedan suceder cosas así, despertar un día y tener enfrente alguien exactamente igual.

Pili.-  ¿A ti te pone nerviosa?

Pepa.-  Yo ya estoy acostumbrada.

Pili le levanta y va hacia la ventana parece que mira el cielo, pero se detiene en la ventana de enfrente y se queda mirando.

Pili.-  Pobre mujer, tan sola y en ese piso ruinoso. Debe ser muy vieja.

Pepa.-  Muy vieja sí, desde que tengo memoria vive en esa casa, antes no se veía tan mal, pero de aquí a unos años se le ha venido todo encima.

Pili.-  Pone música de vez en cuando. Debe ser su único entretenimiento, nunca se oye la televisión.

Pepa.-  Dudo que tenga.

Pili.-  ¡Pobre mujer, debe ser tan vieja! Y sola en ese pobre piso.

Pepa.-  No sigas.

Pili deja la ventana para volver a sentarse en la cabecera de la mesa.

Pili.-  (En tono de confidencia). ¿Sabes una cosa? He decidido no bajar hoy a dar el paseo. Asomarme a la ventana me ha sumido en una profunda tristeza.

Pepa.- (Sorprendida a la vez que violenta, pero sin alzar la voz. Nunca gritan, nunca. Aún en los momentos más violentos nunca se han gritado).  ¡Cómo que no vas a bajar! ¿Qué me estás diciendo?

Pili.-  Eso, que no bajaré hoy a dar el paseo y quizá mañana tampoco lo haga, ni pasado ni nunca más.

Pepa.-  ¿Has decidido volverte loca?

Pili.-  No más paseos, es un suicidio andar por ahí.

Pepa.-  ¿Qué ganarás quedándote en casa? Disolverte, eso ganarás, y no solo te disolverás tú, lograrás que yo también lo haga.

Pili.-   Pero Pepa, te tomas todo tan a la tremenda. Es solo un paseo.

Pepa.-  ¡Te equivocas! Es nuestra liturgia diaria, nuestra actuación, nuestra “noche de estreno”.

Pili.-  Pero si lo venimos haciendo desde que murió mamá y de eso hace tantos años que ya no recuerdo. Podemos cambiar de rutinas, ser mujeres nuevas e independientes la una de la otra.

Pepa.-  ¿Independientes? ¿Independientes dices? ¿Y quién te dijo que yo quiero independencia? ¿En qué mejoraríamos? Nos convertiríamos al instante en dos pobres mujeres solas como la mujer vieja del piso de enfrente. Sola, independiente, pero sin un perro que le ladre. Y además… ¿Qué sería del alma de mamá? Se disolvería en el éter para siempre.

Pili.-  A lo mejor si andamos solas algún hombre se nos acerca.

Pepa la interrumpe.

Pepa.-  Todavía con esas fantasías y a tu edad. Debería darte vergüenza solo pensarlo.

Pili.-  No me da vergüenza pensar que podría tener un amigo, no digo más, un señor con quien dar algún paseo de vez en cuando, pero no todos los días.

Pepa.-   Traidora.

Pili.-  Pero si al fin y al cabo solo pido un poquito de amor. Un besito cada tanto.

Pepa.-  No hay amor más grande que el amor de hermanas, pero tú tienes un corazón tan pequeño que no puedes entenderlo.

Pepa farfulla en voy baja algo inentendible, pero que suena a blasfemo.

Pili.- ¿Qué dices?

Pepa.-  Nada, echo pestes en voz baja. ¿Es muy tarde?

Pili.-  ¿Para qué?

Pepa.-  Para nada… No te dejaré salirte con la tuya. Es tu deber de hermana y es tu deber para contigo misma. Debes salir.

Pili.-  No creo que deba salir. Debería quedarme en ese sillón.

Pepa.-  ¿Y qué harías ahí sentada?

Pili.-  Abismarme en otro mundo.

Pepa.-  Volverte loca.

Pili.-  No, solo recordar y recordar.

Pepa.-  Yo no quiero quedarme sentada y no creo que tú lo quieras. No te dejaré abandonarte a ti misma.

Pili.-  Un día de tanto andar y andar nos quedaremos como estatuas en la calle. Como esas estatuas modernas que solo se distinguen de una persona normal en que son de bronce. Hay barrenderos de bronce, estudiantes de bronce, gente que lee en los bancos de la calle también de bronce.

Además la gente es cada vez más antipática y vulgar. (Pausa). ¿Por qué no hablamos durante los paseos?

Pepa.-  No me pidas que hable y a la vez lleve el paso. No puedo concentrarme en dos cosas a la vez.

Pepa se levanta de golpe y va hacia la ventana. Se asoma.

Pepa.-  ¡Qué cielo! ¡Qué luz más bonita! Debemos agradecer este día y salir a santificarlo.

Pili.-  No tardará en nublarse.

Últimamente solo disfruto el final del paseo, cuando siento enormes deseos de volver a casa y sentarme frente a la estufa.

Y estoy cansada de esos niños que se burlan de nosotras.

Pepa.-  Al menos no nos tiran piedras.

Pili.-  Me gustaría matar un día a uno de ellos. Sentiría una enorme satisfacción personal en arrancar un pimpollito antes de que florezca.

Pepa.-  Bueno si quieres en lugar de andar, podemos sentarnos en un banco.

Pili.-  Eso no es parte del acuerdo. Además han quitado los bancos para que no duerman los indigentes. Hay uno que camina todo el día a un ritmo frenético, como si estuviera muy pero muy ocupado. Temo que terminemos pareciéndonos a él, caminantes sin ningún destino, sin ir a ningún sitio. Creo que si apurásemos un poco el paso ya no nos detendríamos nunca.

Pepa.-  Ah te refieres al Espíritu de la Navidad Pasada.

Pili.-  ¿Pepa, no habrás creído realmente que se trata del Espíritu de la Navidad?

Pepa.-  ¡Pili, ya no soy una niña!

Se oyen gritos y golpes.

Pepa.-  ¿Qué son esos gritos?

Pili.–   Debe ser la Sra. Fernández, el marido le pega sin piedad.

Pepa.-  ¿Pero qué estás buscando? Me estas obligando a pensar en cosas que no quiero.

Pepa se levanta y da vueltas buscando algo que hacer.

Pepa.-  ¡Hay tanto para hacer! Para que perder el tiempo en pensamientos ociosos.

Pili.-   Levantarse, ponerse la bata, preparar el desayuno, barrer y hacer la colada, fregar los pisos, hacer la compra… ¿Y qué más? ¿Qué más hay por hacer?

Pepa.-  Pues… zurcir… hacer punto, mirar la tele, dar paseos.

Pepa coge la escoba y barre maniáticamente.

Pili.-   Mirar por la ventana… (Y esa pobre mujer sola y tan vieja). Escuchar los gritos de la señora Fernández cada tanto.

Pepa.-   También se la oye gemir, cada tanto.

Pili.-   Y si.

Una de cal y otra de arena. Así es el matrimonio.

Pepa.-  ¿Qué sabes tú de matrimonio?

Pili.-  Nada, es verdad, no sé nada del matrimonio. Pero si sé del amor.

Pepa.-  ¿Cuándo? No me lo habías contado nunca.

Pili.-  Pensé que lo habrías sentido.

Pepa.-  ¡Pues no! Parece que solo siento tus dolores.

Pili.-  ¡Ay Pepa!  Qué grande es el amor de hermanas, pero aún así…

Pepa.-  ¿Aún así qué?

Pili.-  Nada, aún así nada.

Silencio. Pili se levanta lentamente y arrastrando los pies intenta dirigirse al dormitorio.

Pepa.-  ¿A dónde vas?

Pili.-  A la cama, necesito descansar, este tipo de conversaciones tan comprometidas me agotan.

Pepa.-  Ves, lo que te pasa es que estás deprimida. Lo tuyo es un claro caso de depresión. Ver a esa mujer tan vieja y sola en ese piso en ruinas te ha enfermado. Saldremos esta misma tarde y compraremos unos bonitos visillos para esa ventana, así no tendremos que verla cada día.

Pili.-  Déjame que hoy no vaya. Sé amable conmigo, al menos hoy.

Pepa.-  Veo por tus ojos Pili y sé lo que estás viendo, un enorme nubarrón te nubla la vista.

Pili.-  Déjame ir a la cama.

Pepa.-  Pero si son las once de la mañana.

Pili.-   No voy a dormir, solo a estirar las piernas. Además se ha nublado nuevamente.

Pepa.-  Nunca has necesitado estirar las piernas hasta el día de hoy. Lo tuyo es algo psicológico.

Pili.-  Lo que sea no tiene importancia, solo necesito estirar un poco las piernas y descansar la mente.

Pepa.-  No lo hagas. Una vez que te acuestes ya no querrás levantarte. Después de unos días también yo necesitaré acostarme y lo haré a tu lado en la misma cama y ninguna de las dos ya saldrá nunca no solo a dar un paseo, sino que nadie hará la compra y nos quedaremos dormidas allí por la debilidad hasta que algún vecino sienta el mal olor y llame a la policía.

Pili.-  Pero que cosas dices Pepa, solo quiero estirar las piernas, solo eso.

Pepa.-  ¡No, no y no! Estirar las piernas me parece algo tan sin sentido como estirar los brazos, son movimientos que hacen los animales pero no las personas. Las personas reposan, descansan, dan paseos para estirar las piernas, pero solo estirar las piernas es cosa de animales.

Pili.-  Pepa me asustas.

Pepa.-  Y tú a mí.

Se quedan quietas un momento como si pensaran el diálogo que mantienen. Expectantes.

Pepa.-  Bueno ve y recuéstate pero ten presente que te levantaré de esa cama aunque tenga que poner en ello mi vida.

Pili se va caminando muy lentamente. Pepa se queda solo sentada en la silla a la cabecera de la mesa.

Pepa.-  (Para sí misma, habla con la cabeza apoyada en la mano y el codo en la mesa). Si supiera cuantas veces siento lo mismo que ella… pero no puedo permitirme ni un minuto ser débil, ni un minuto.

Pepa se queda dormida con la cabeza apoyada en la mesa. Al segundo de quedarse dormida aparece Pili en la puerta. Pepa se despierta sobresaltada, como si hubiera tenido una pesadilla.

Pepa.-  Me he despertado abrumada por un negro pensamiento.

Pili.-  Lo sé.

Pepa.-   Quién será la primera que no baje…

Pili.-  No hay que pensar en esas cosas.

Pepa.-  Pero las pienso. ¿Qué harías si me muriera?

Pili.-  Me moriría contigo.

Pepa.-  Mentirosa.

Pili.-  ¿Serías capaz de ayudarme?

Pepa.-  No podría dormir.

Pili.-  Estarías muerta.

Pepa.-  ¿Y si después que te ayudara yo no me animara?

Pili.-   Entonces no podrías dormir nunca más.

Pepa.-   Es lo que digo.

Pili.-  Yo creo que nos moriremos las dos juntas y a la vez.

Pepa.-  Eso sería lo justo pero raramente la vida es justa. Si casi respiramos juntas. Yo inhalo tu exhalas.

Pili.-  Y cuando me muevo tú me completas. Casi hemos aprendido a danzar.

Pepa.-  Si me faltaras no podría quedarme callada para que dijeras exactamente lo que yo quiero decir.

Pili.-  Si algo de eso pasara pondríamos en peligro la existencia misma del alma de mamá.

Pepa.-  Siempre quisimos ser como ella.

Pili.-  Es como si el alma de mamá se hubiera dividido en dos mitades.

Pepa.-  Una para mí y otra para ti.

Pili.-  Sólo manteniendo unidas esas dos mitades el alma de mamita cobra vida.

Pepa.-  No somos dos. Somos el alma de mamá.

Pili.-  Eso decía siempre.

Pepa.-  “Mis niñas son dos pedacitos idénticos de mi propia alma”.

¿Te acuerdas cuando nos llevó al concurso de pequeños talentos?

Pili.-  Sí, me acuerdo, pero no ganamos.

Pepa.-  No ganamos, no. Si no sabíamos hacer otra cosa que parecernos a nosotras mismas.

Las dos apoyan la cara en la mano y el codo en la mesa y se quedan un ratito ensimismadas, no se miran, miran a la nada.

Pili es la que primero despierta del ensueño y como si todo empezara de nuevo sin que lo anterior hubiese sucedido dice:

Pili.-  Anda Pepa levántate y preparemos la comida.

Se levantan las dos juntas y una por cada lado de la mesa, vuelven a la mesada junto a la cocina. Cocinan como si de una extraña danza se tratara. Si una echa sal la otra revuelve, si una la hoja de laurel la otra una pizca de pimienta. Si una moja pan en la salsa se lo da a la otra para que lo pruebe

Se relajan en la cocina como se relaja quien baila. Un enorme rayo de sol se cuela de repente por la ventana. Las dos dirigen al unísono la mirada hacia el rayo de luz que se hace nítido en las partículas de polvo ambiental y lo ilumina todo.

Pepa.-  ¡Ves Pili que bonito rayo de sol! Si hasta parece que se pudiera subir por él hacia el cielo.

Pili.-  ¡Sí! Es como la escalera del sueño de Jacob, solo faltan los ángeles subiendo y bajando.

Se ponen las dos a cantar un himno litúrgico. Cantan alegres, a viva voz, cantan bien, afinada y armónicamente.

Pili y Pepa.-  ” Gritan los justos y el Señor los oye

             y los libra de todas las angustias.

                         Cerca está el Señor de los de corazón quebrado.

                         Y salva a los de espíritu abatido”.

Terminan de cantar y se miran en silencio hasta que estallan en una carcajada sonora.

Sin decirse nada, y como si de un acuerdo tácito se tratara, ejecutan la danza de la puesta de la mesa.

Tenga sumo cuidado el escenógrafo en elegir los utensilios de la mesa y la cocina. Debe tener en cuenta que son objetos elegidos con amor y delicadeza a lo largo de toda una vida. Son objetos litúrgicos, sagrados. Cargados de amor y bellos en su sencillez.

Sirven la comida y se disponen a comer una en cada lado de la mesa, enfrentadas. Comen como uno comería frente a un espejo.

De repente se quedan quietas las dos como congeladas con la cuchara a medio camino entre el plato y la boca, como si las hubiese asaltado el mismo pensamiento.

Pepa.-  ¿Después de comer que harás? ¿Dormirás la siesta o haremos punto?

Pili.-  Ni una cosa, ni la otra. Creo que a veces me gustaría drogarme como esos chicos de la esquina, sentarme en el sillón y adentrarme en el otro mundo.

Pepa.- ¿Qué mundo?

Pili.-  El mundo de los espíritus.

Pepa.-  ¿No irás a recibir una visita de mamita, verdad?

Pili.-  Ya no tengo ese tipo de apariciones. El mundo y sus víctimas acaparan toda mi atención. Si fuera joven me dedicaría a ayudar a esos chicos que andan en la droga o me drogaría con ellos, qué se yo.

Pepa.-  No tienes el corazón tan grande como para ocuparte del mundo exterior. Además…  ¿No nos causan ya verdaderas molestias todos esos yonquis sueltos por el barrio?

Pili.-  Todos los que se drogan lo hacen para consolar su alma. Incluso los que se drogan mal lo hacen para consolar su alma, solo que su desconsuelo es tan grande, que no hay droga que les baste. Yo no tengo un desconsuelo tan grande, con un poquito y un sillón quizá me bastara. Nunca me drogué pero creo que solo porque no estaba lo suficientemente desconsolada como para atreverme a probar esos placeres. La tenía a mamá, te tenía a ti y tantas cosas de que ocuparme…

Pepa.-  Por qué mejor no te vas a dormir, así estarás descansada para el paseo, y dejas de hacerte la intelectual. Cualquiera diría que has estudiado.

Pili.-  Y lo he hecho. Siempre estoy estudiando. Claro que no soy una de esas maestrillas con diploma enmarcado en el salón. Siempre me ha interesado el conocimiento.

Pepa.-  Por qué mejor no te ocupas y le haces el pespunte a los pantalones.

Se oyen gritos y palmas, cantos y exclamaciones.

Pili.-  ¿Qué es todo ese jaleo?

Pepa.-   Son los gitanos.

Pili.-  ¡Me ponen los nervios de punta!

Pepa.-  Dicen que gritan de rabia y porque así se curan. Que gritan de dolor para que no les duela tanto. Gritan porque tienen sus motivos y tienen que gritar. No los critiques, son mis amigos, los quiero.

Pili.-  Entonces deberíamos hacernos gitanas nosotras también.

Pepa.-  No empieces. Además no creo que sea posible hacerse gitana así tan fácil.

Pili.-  A lo mejor si nos hubiéramos casado con uno de ellos, estaríamos llenas de gitanillos corriendo por la casa.

Pepa.-  Pili ya se nos pasó el arroz hace rato, confórmate con lo que tienes, no es normal querer ser otros.

Pili.-  No, claro, es un pecado no aceptar el propio destino. Sólo que hay tardes en que me parece que todo es posible y me imagino otra, pero al final terminamos saliendo a dar el paseo como cada día y cada persona con la que nos cruzamos se encarga de recordarme quien soy. Hasta yo podría olvidarlo, pero ellos no. No son tan generosos como para dejar que me olvide.

Pepa.-  Es un acuerdo implícito, así tú tampoco olvidarás quiénes son ellos, y así cada uno seguimos siendo quienes somos.

Pili.-  Qué inteligente eres Pepa. Deberías haber estudiado… Es una pena que mamita nos quisiera siempre a su lado y no nos dejara estudiar, podríamos haber llegado muy lejos.

Pepa.-  Yo no me quejo y le agradezco lo poco que nos dejó.

Pili.-  No nos dejó poco, nos dejó su alma dividida en dos mitades.

Pepa.-  Me refería a la casa y la pequeña renta que nos permite vivir modestamente.

Pili.-  Ah sí, eso también.

Pepa.-  ¿Y si hiciéramos las maletas y nos fuéramos al mar? Ahora mismo. Nunca hemos estado allí. ¡Vamos al mar!

Pili.-  No tenemos ropa adecuada para las dos.

Pepa.-  No importa, nos ponemos cualquier cosa. Aunque tengamos que vestirnos diferentes.

Pili.-  Pero nunca hemos hecho eso. Siempre hemos vestido exactamente iguales.

Pepa.-  Por eso mismo. Por hacer algo diferente.

Pili.-  No me gusta la idea.

Pepa.-  ¡Soñemos un poquito!

Pili.-  Hoy ya hemos soñado y me cansé. Vamos a dar el paseo.

Pepa.-  ¡Qué contenta estoy de que llegara esta hora! Que el día termine y se acerque la noche. ¡Ya tuvimos bastante alboroto por hoy!

Salen las dos, del brazo y lentamente. La última en salir apaga la luz.

Néstor Torres / Madrid, agosto de 2008.

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