Micronovelas (I) / Diego Fernández Pais

… so this time they weren’t force to 

kiss the rings of fire, but instead they

were easily forgotten.

KYLE KNIGHTON,
The destiny of the letter

El paraíso de los nerds by Kyle Knighton

Es curiosa la desmedida responsabilidad que deposita Knighton en el título de esta superlativa obra. Obnubilado tras una primera lectura completa del libro, uno empieza a sospechar que, además de corresponderse con el argumento de uno de los extractos más luminosos del texto, lo emplea a modo de imán para aquellos lectores instruidos en el arte del culto a la consabida obra referencial. Logrando de este modo sumergirnos, desde un principio y con sofisticada complicidad, en una arropadora atmósfera de límpida fragancia a optimismo posmoderno.

Confieso, no sin algo de pudor, que tuve acceso a ella dos años atrás por directa recomendación de su autor, con quien gocé del amanerado placer de compartir una corta pero estoica velada en un hotel incrustado en el centro de una montaña cercada por la nieve mendocina.

Kyle Oliver Scott Knighton nació hacia 1982 en una casa de tejas color verde petróleo situada en las afueras de Vermont, Nueva Inglaterra. –¡Oh, bendita tierra de barbados inventores! Antes de alcanzar la decena de años, el autor releyó a Dickens en el septentrional piso rentado por su padre ingeniero en el número 385 de la Bradsford street, a unas pocas cuadras del magnánimo edificio de la Alcaldía de Austin, Texas.

Nadie duda de que Federico Nietzsche hubiera elogiado sus báquicos argumentos.

Publicó desde julio de 1995 hasta septiembre de 1997 –según los impecables y transparentes sumarios de ex alumnos de la Universidad de Wako, Texas– en el jornal escolar llamado Beatties, sin demasiada repercusión. Algunas de sus más sobresalientes entregas universitarias están siendo hoy en día evaluadas por más de una editorial francesa.

Actualmente vive en Manhattan, New York.

Sus no muy insulares relatos se pueden encontrar, mensualmente, en la prestigiosa gacetilla literaria The New Yorker

Hete aquí su primera novela.

Tres ágiles capítulos le bastan a Knighton para comprimir y explicar, de modo tan claro como profundo, los últimos cuatro siglos de la historia filosófica de Occidente. Repasa, con frases cortas como ramalazos, el Parerga y Paralipómena de Arthur Schopenhauer y el teórico orden positivo de Augusto Comte. Impostadamente frívolo, nos explica, destilando la cristalina estética del mesianismo, ciertas circunstancias existenciales que determinaron el nacimiento y auge del materialismo; una decidida animosidad es la que lo moviliza a la hora de retratarnos el viraje de la academia francesa hacia el heideggerianismo.

No pierde ocasión alguna para despotricar contra la ilusión del libre albedrío y, finalmente, hacia la salida del tercer capítulo, en trance y con una prosa irreverente, lo hace al Hombre despertar de su sueño económico. Apelando al calendario Maya, y homenajeando al género de Aldous Huxley, decide poner como fecha de tal superación metafísica al 23 de diciembre del 2012.

“El Meta-Hombre ha nacido”, reza la oración con la que se abre paso el cuarto capítulo. Como fruto de la masiva lectura que sufrió un típico libro-panfleto –que en este caso se llama Una Existencia Agotada y cuya certera autoría corresponde a un filósofo budista holandés enrolado con el aliterado nombre de Roger Ragendorfer– es que la entera Humanidad parece haber reencontrado su camino espiritual, logrando de este modo reducir al mínimo sus pretensiones sociales. Gradualmente, sus facultades mentales irán contagiando a más de un 50% de corteza cerebral hasta el momento ociosa. Guiado por su deliberado propósito, es recién a partir de este cuarto capítulo cuando el autor se concentra en la individualidad de quien va a ser el personaje central de su relato: Bernard L. Straw, un voraz lector-escritor procedente de un barrio acomodado de la zona norte de Brisbane, Australia.

El quinto capítulo, cuyo redundantemente literario título es El destino de la letra, visualiza con provocativa acidez las escandalosas modificaciones que se operan dentro de lo que, según cánones sociológicos fosilizados, se considera como la conducta cultural del Meta-Hombre: la literatura, como ya lo habían anticipado tantos intelectuales modernos, no se salvará de esta ola de cambios y terminará por ser fatalmente sucumbida. Ahora bien, según Knighton, y es aquí donde reside su módica originalidad, no sólo se verá afectada en el plano editorial –como necesaria consecuencia de la precaria producción industrial que sobrevive y de la prohibición de la tala de árboles derivada de la legislación sancionada contra el tecno-capitalismo–, sino que aparte el flamante ser parece haberla relegado al infravalorado olvido.

Basta con ventilar dos páginas más para poder viajar, transportado en la intrincada trama de la novela, a través de una larga década de silencio Meta-Existencial. Es la propia Meta-Humanidad la que, aun superado el año 2022, todavía ignora su mística caligrafía.

Utilizando un extractor de tinta que le obsequió un excéntrico aristócrata (que se dedica, en sus tiempos libres, a la invención de dispositivos tecnológicos, inofensivamente tecnológicos) tras un partido de polo disputado en un cottage de los suburbios de Melbourne durante una espléndida tarde primaveral, Bernard L. Straw deberá dar a luz una novedosa literatura que esté a la altura de la inteligencia del Meta-Hombre. La Meta-Literatura, en efecto, consistirá en extraer palabras, primero, frases y párrafos, luego, y finalmente capítulos enteros de obras clásicas e impresas para, modificándoles algunas escenas, conducirlas al superior estado de ironía y absurdo que mejor se condice con la vanguardia existencial.

Su primera intervención la realizará sobre Reunions, el mítico cuento escrito por John Cheever: padre e hijo al fin consiguen, sobre el margen oriental de una esquina de la Tercera Avenida, una pintoresca cantina rusa donde un mozo embriagado de vodka se digna a servirles sus tan reclamados Beefeater Gibsons. Es el mismísimo beodo mozo quien, disconforme con la inmunda propina que el padre de Charlie groseramente le arroja sobre la mesa, los alcanza a la altura de los escalones de madera barnizada de la puerta de entrada y, tras propinarle un insulto en ruso, termina por cortar la yugular del viejo políglota con el pico triangular de una botella de whisky escocés recién hecha trizas contra el borde de la barra.

El hijo, estoico, presencia hasta el último escupitajo de la hemorragia.

El autor también nos deleita con el exquisito retoque que le hace a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, y con la comiquísima fusión de La náusea, de Sartre, y El almuerzo desnudo, de Burroughs, a la que termina por intitular como: El almuerzo nauseabundo. Sin embargo, es con la obra que lleva por título el mismo que la novela de Knighton con la que Bernard L. Straw se consolida como el primer verdadero autor de Meta-Literatura.

El paraíso de los nerds es una deslumbrante adaptación trabajada por Straw sobre el amarillento papel de una oxidada edición sin solapas de El hombre que fue jueves. Manipula diálogos y personajes con el único objetivo de hacer una crónica fiel y abúlica de los acelerados años de la superación metafísica del Hombre.

El atento lector podrá sacar provecho del terco deseo de Knighton por dejar la teoría sobre la superficie de la alfombra y, como en una de esas obras de títeres para niños, de un momento a otro descubrirá, anudado a sus más habilidosas articulaciones, al extremo circular de los piolines con que se anima a las marionetas de la ficción.

La novela es entretenida, y de a ratos hilarante.

De estilo clásico, sorprende la refrescante velocidad de su lectura.

Como no podía ser de otra forma, con la diligente traducción de Jordi Sérra, Holograma entrega a nuestras empolvadas bibliotecas la primera edición de Kyle Knighton en castellano.

En The paradise of nerds la metamorfosis metafísica del Hombre, contrariando a gran parte de la doctrina zen, se da de forma paulatina.

Con la lectura de esta novela, sospecho, la suya será fugaz.             

Diego Fernández Pais