Micronovelas (II) / Diego Fernández Pais

UNIVERSITAT DE BARCELONA

by Bernardo Lynch Casares

                                                       … la ligne, la couler et la posture…

                                                     GILLES DELEUZE / La literatura y la vida

                                                                                           

Vladimir Puchenko perjura, en su Tratado lírico de 1932, que no existen más literaturas que la monotemática. La magra obra completa de este chozno de Bioy demuestra el costado parcialmente veraz de tal sentencia. Erigiéndose la cuestión de la libertad como la verdadera columna vertebral de su trabajo, conjetura que hablar de géneros literarios tienta a la humillante posibilidad de que las letras sean sometidas a la jurisdicción del mismo códice legal que puede llegar a regir la confección de un mero postre, siguiendo los pasos establecidos por su receta. La repetición de argumentos, personajes o tramas son consideradas por él como la prueba fehaciente del terror de los escritores al gobierno supremo del subconsciente. Prefiere indagar en el proceso de producción antes que en su resultado.

Cursó estudios en Artes, por la Universidad de Buenos Aires. Ahora enseña Estética en la Escuela Superior de Estudios Catalanes. Mora en un cuarto piso de la zona del Eixample.

Sufrió los estudios secundarios en el afrancesado edificio del Colegio Champagnat, donde no logró cultivar la virtud de la amistad.

Descubrió la literatura en su linaje y su sangre, mucho antes de siquiera tener acceso a la biblioteca del tío de su madre.

Nació en diciembre del ‘75 por cesárea, en una clínica maternal del barrio de Colegiales.

Universitat de Barcelona es la primera obra de ficción publicada por Bernardo Lynch Casares.

El main character de este cuento largo se llama Federico Achával y es un vago irremediable. Alterna sus ociosas horas entre el diario íntimo de Roland Barthes par Roland Barthes y el desmantelado cine de Noah Baumbach. Adora caminar sin prisa por los parques de Buenos Aires mientras practica, en voz muy baja, su digresivo y autodidáctico diálogo en francés. Su sabia proyección de corto plazo lo conforma con saber tipeado un cuento propio por semana.

Es durante una de esas desordenadas caminatas cuando, para su más completo desconcierto, Federico Achával descubre, adherida a la encarcelada vidriera de la famosísima puerta de entrada al resquebrajado edificio del Puán, una invitación al vigésimo segundo certamen literario organizado por la Facultad de Filo y Letras de la UBA.        

Presenta un cuento impreso en Garamond, y resulta ganador.

Como premio obtiene una beca para asistir a un cours filosófico de verano dictado por la Universitat de Barcelona. –All inclusive.

(Curiosamente, el cuento con el que gana el premio se titula El paraíso de los nerds).

Luego, una prosa de seda nos relata las primeras peripecias del becado escritor al arribar a Barcelona. Dedica once páginas a la descripción de un entretenido operativo policial que deja al descubierto la condición de banda ilícita conformada por sus musculosos compañeros de piso peruanos.

Una vez asentado, y habiendo ya superado estas típicas vicisitudes de todo comienzo, Federico Achával concurre a su primer día de clases. Es allí mismo donde conoce a Jordi Sérra, quien, aparte de ser una absurda calcomanía suya con veinte años de más, será su profesor por los tres meses que dura el curso. Devoto del tenis, y especialista en la obra del teórico francés Gilles Deleuze, devendrá en el otro soporte del suspenso de este alevoso thriller académico.

Ni bien se terminan de presentar los alumnos, se ejecuta un sorteo con bolillero a los fines de otorgar un tema de tesina por estudiante. A Federico Achával le toca investigar, por disposición de lo que él mismo acusa de fraude: “La influencia de la filosofía de Gilles Deleuze en las novelitas de César Aira”.

Semanas de arduo trabajo, son retratadas por Lynch Casares en algunos turísticos bares del Borne, siempre con cañas muy frescas y bellas damas revoloteándole en sus escenarios.

Un capítulo aparte pareciera cobrar sentido al transcribir el texto completo del trabajo final de Achával. Interesantes fragmentos de análisis –en los que se ocupa especialmente de El congreso de literatura y del capítulo ocho del logradísimo Parménides– son presentados bajo el trabajoso formato del método analítico. 

Y es justo en este punto cuando pareciera empezar a anudarse el dilema que justificará las sesenta páginas que restan del libro a esta altura. Jordi Sérra recibe el trabajo y, como por arte de magia, desaparece. Van pasando los días, las semanas, los meses y, aún sin dar señales físicas de vida, el garrudo profesor hace llegar todos los trabajos de los alumnos, excepto el de Federico Achával. El protagonista, motivado por el corto tiempo que le queda antes de que se celebrara la entrega de diplomas, se disfraza de detective y, con una lupa incineradora, empieza a investigar la vida de Jordi Sérra.

Un colega del maestro, sospechosamente le recomienda que consulte los libros publicados por Sérra. El segundo, titulado Apuntes para desbaratar la literatura de César Aira, alerta a Achával por las similitudes que guarda con las conclusiones a las que él había llegado en su trabajo de tesina; y esto lo incita a investigar personalmente la casa que, con descuidado estilo, la mujer de Jordi le permite hurgar impunemente. Un armario de pobreza decente tan simétricamente idéntico al suyo de Buenos Aires, y una reserva de avión olvidada sobre la mesa de té, lo llevan a Achával a viajar a Parma en busca del profesor.

Personajes muy lúgubres se empiezan a colar en la trama con el correr de los párrafos y van acercando a Federico al paradero de J. Sérra. Una tibia mañana, finalmente, se lo cruza a la hora del desayuno en un bar cercano a la estación central de il treno. De prepo, el alumno ocupa la silla de enfrente y le pide explicaciones. Maravillado, el profesor, comiendo del mismo plato que su atigrada mascota, responde con alegría, y para beneficencia de la literatura universal:
“–… Su trabajo estuvo verdaderamente muy bien, estimado alumno. Sólo un pequeño error, o una pequeña carencia, tuvo la osadía de colarse entre sus líneas. Como yo andaba con problemas muy serios con mi mujer catalana, mientras aquí una hermosa tana me esperaba de piernas abiertas, me tomé el atrevimiento de utilizar su tesina como excusa, y así poder matar dos pájaros de un tiro. Hace años yo estudié el mismo tema que el de su tesina, y arribé a conclusiones muy similares a las suyas. De hecho, al conocerlo me alarmó la similitud existente entre sus vestimentas y gestos y los míos, y ello me convenció de cometer el fraude del sorteo de las bolillas, para ver qué ocurría con esa similitud en el plano intelectual. Y, casualmente, es justo allí donde usted pecó de ignorancia al no aplicar a la obra de Aira una parte que yo, en mi libro, he considerado fundacional de la completa teoría literaria de Gilles Deleuze. Entonces, en vistas de que mi mujer es profesora también, y teniendo en cuenta que, por ello mismo, si yo le justifico algo teóricamente, ella siempre me lo perdona, opté por desaparecerme y así, aparte de poder juntarme a convivir con mi amada tana, aprovechar para darle a usted una buena lección, cosa de que no se la olvide nunca. Según Gilles Deleuze, y es justamente esto lo que a usted le faltó considerar, lo que caracteriza a un escritor es lo mismo que lo que lo une a los animales: la posesión de un mundo propio; cosa de la que muchos seres humanos prescinden. Ese mundo, como lo hacen los primitivos carnívoros, debe ser territorializado. ¿Cómo? Bueno, pues con la línea, el color y la postura; la ligne, la couler et la posture. Ahora bien, en caso de que un escritor sienta que ese mundo le ha sido invadido, debe desterritorializarse, abandonar ese mundo y buscarse otro. Estos mismos argumentos, son los que utilicé para explicarle a mi mujer que alguien tan parecido a mí como usted se había interpuesto en mi carrera, y que por tanto era indispensable que me mudara de lugar, de territorio. Lo entendió como una santa… y ahora espero que usted aprenda también la lección.Jordi Sérra se quedó mudo y, de su maletín, extrajo el trabajo de Federico Achával. Ahí mismo le colocó un diez, se lo dio en la mano, largo unos chelines sobre la mesa y, alzando a su Lazarillo de Tormes, se marchó. Manteniendo la puerta del bar abierta con la puntera de sus botitas de goma, le dijo una última cosa: –Achával, recuerde que con el animal, siempre se debe tener una relación animal. –Y allí noveleramente desapareció.”

El último capítulo acontece en el aeropuerto de Barna, mientras Federico Achával se despide, con el diploma cilíndrico durmiendo en el interior de su equipaje, del único compañero de curso que fue a saludarlo. Es norteamericano, y en el abrazo final se emociona mucho. Achával, sosteniendo las lágrimas que majestuosamente cuelgan de sus pestañas, alcanza a balbucear:

–Hasta pronto, Kyle Knighton.

Recomiendo su lectura porque, como todo buen estudioso de la nouveau roman, Lynch Casares pone el acento en el detalle, y relega al argumento a un segundo plano.  

Me complace informar que la Editorial Eterna Carencia, sincronizada con el reconocimiento que mereció el mes pasado la obra por parte de una revista sueca, ya tiró la décimo novena edición de tapas duras de Universitat de Barcelona.   

Diego Fernandez Pais

Ph / László Moholy-Nagy,  Dual Form with Chromium Rods, 1946. Solomon R. Guggenheim Museum, New York