Una entrevista con David Foster Wallace

David Foster Wallace es del centro-este de Illinois, de ahí viene gran parte de su atractivo. Además, ha escrito muchos libros. Entre ellos están los libros La niña de pelo raro y Entrevistas breves con hombres repulsivos, y las novelas La escoba del sistema y La broma infinita. También están Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer, una colección de periodismo y ensayos. Hay que decir que Wallace se ha demostrado capaz de abordar cualquier tema o género que se proponga; su versatilidad y su atención al detalle –del mundo físico y también de los matices de lo sensible y la consciencia– lo han consagrado como uno de los autores más influyentes que haya producido Estados Unidos en los últimos veinte años. Luego de pasar varios años viviendo en Bloomington, en Illinois, dando clases en la Universidad Estatal de Illinois –diferente de la Universidad de Illinois, en algún momento su rival– Wallace aceptó en 2001 un puesto destacado como profesor de Inglés en la Universidad Pomona, en el sur de California. En octubre sale a la luz Todo y más: una breve historia del infinito. Abajo se incluye un intercambio de emails con Wallace, aunque no se trató exactamente de eso. Se le enviaron preguntas a Wallace, quien las llevó a casa, las respondió en su computadora personal –que no está conectada a Internet–, imprimió esas preguntas y las envió por correo. Como ven, la entrevista pudo, y quizá debería haber sido, mucho más larga. Wallace y su entrevistador estuvieron viajando mucho en las semanas previas a la impresión de este número, así que hicimos lo mejor que pudimos. Supongo que tendrá seis mil palabras, o algo así. Está bastante bien.

Dave Eggers

THE BELIEVER: Supongo que sería adecuado empezar preguntando qué te incitó a escribir este libro, Todo y más. ¿Fue idea tuya, o te lo pidió la editorial [W. W. Norton] para la serie Grandes Descubrimientos? Y, si podrías decirme, mencionaste por teléfono que escribiste Todo y más “hace dos libros”, dando a entender que hay otros dos libros de Dave Wallace terminados en el cajón de tu escritorio.

DAVID FOSTER WALLACE: Voy a darte la respuesta corta. Esta es básicamente la misma editorial que había hecho Penguin Lives, y estaban haciendo una nueva serie en la cual gente ajena al campo escribía sobre cuestiones renombradas en matemática y ciencia, y me rastrearon en Texas (larga historia) y me persuadieron durante, creo, el verano del 2000. Había tenido una cierta cantidad de filosofía de la matemática en la escuela y había seguido leyendo (de forma poco sistemática) sobre el tema como un hobby algo dejado, así que la idea de escribir no ficción sobre matemática no era despreciable. (Hay cierta información algo desagradable y fortuita acerca de qué tan mal iban otros trabajos en el verano del 2000 y qué tan bienvenida fue la idea de hacer otra cosa por un tiempo que, por el momento, voy a saltear). También había tenido una oficina en la Estatal de Illinois justo cerca de un tipo que enseñaba redacción técnica y, leyendo algunos materiales de sus clases y escuchando las conferencias de sus alumnos, me había interesado en redacción técnica y en la retórica de la información técnica. Al principio creo que la idea de los tipos de la serie era que yo iba a hacer algo sobre Gödel y los teoremas de incompletitud, pero después cambió a la teoría de conjuntos cantoriana porque yo había tenido una clase de teoría de conjuntos en la escuela una vez y, para ser honesto, creía que podía liquidar la cuestión en cuatro o cinco meses. Excepto que –por una variedad de razones que no incluiré en esta versión corta– resultó que la única forma de presentar la cuestión de forma interesante o de un modo en que no hubiese sido hecho antes era explicar no solamente lo que era la teoría de conjuntos cantoriana y cómo funcionaba, sino exactamente de dónde venía, lo cual, dado la esencial transitividad del origen de las cosas, eventualmente significó volver hacia atrás hasta Zenón, Aristóteles, (entre otros) y rastrear los modos en que la matemática occidental había tratado –y fallado– de lidiar con el infinito desde Grecia antigua hasta el análisis decimonónico. Todo esto terminó tomando más de cinco meses, debo decir.

BLVR: Antes de profundizar en el infinito, detengámonos y hablemos de cómo se relaciona este libro con otras de tus cosas. Hasta ahora, tus libros son inconfundiblemente tuyos, pero, por otro lado, nunca has revisitado el mismo territorio estructural más de una vez. Has escrito dos novelas, pero no son demasiado parecidas, al menos en términos de arquitectura general. De forma similar, La niña de pelo raro y Entrevistas breves con hombres repulsivos son una selección de cuentos, pero son salvajemente distintos, comparten poca estructura genética. Has escrito periodismo, ensayos y, ahora, este nuevo libro sobre el infinito. Pero pocas veces has vuelto a formas ya exploradas. No he visto, por ejemplo, ningún texto periodístico tuyo desde el texto de John McCain [en Rolling Stone]. Quizá la pregunta que tengo es esta: una vez que exploraste la forma, como el cuento corto, por ejemplo, ¿llegás a un punto en el que pensás que has agotado las posibilidades y, por lo tanto, debes pasar a otra cosa? ¿O estás tanteando muchos modos diferentes antes de, inevitablemente, revisitarlos todos?

DFW: Ahí hay una pregunta que es más profunda e interesante que cualquier respuesta que pueda darte. Sé que la razón no tiene nada que ver con sentir que una forma fue agotada. De hecho, no entiendo del todo el concepto de forma y formas, ni los varios modos en que diferentes formas y géneros se distinguen y clasifican. Ni me importa, realmente. Mi comportamiento básico es que tiendo a empezar y/o trabajar en cosas completamente diferentes al mismo tiempo y, en un momento determinado, esas cosas cobran vida (para mí) o no lo hacen. La mitad no lo hacen, y carezco de la disciplina/robustez para trabajar por mucho tiempo en algo que siento muerto, así que quedan abandonadas, o en un baúl, o desmontadas en partes para usar en otras cosas. Es un poco caótico, o así se siente. Todo lo que otros llegan a ver de mí, como escritor, es producto de un forcejeo darwiniano en el cual solo las cosas que me son enfáticamente vivas valen la pena terminar, arreglar, editar, copiar y poner en página. (Sé que conocés este proceso, y sabés lo agotador que es revisar tu mierda una y otra vez antes de publicar). Y es posible que, para que perciba algo realmente vivo, algo del largo de un libro tiene que ser diferente, sentirse diferente de otro tipo de cosas que he hecho… O, por otro lado, mi respuesta aquí puede ser muy aburrida: el nuevo libro no es tan diferente, estructuralmente, de La niña con el pelo raro, o de la mayor parte de los demás libros de cuentos.

BLVR: Mencionaste el libro otra vez, pero no hablamos sobre eso. ¿Querés hablar sobre eso? No sé nada del tema. Como quieras.

DFW: Por favor, hablemos de eso. Es un libro de cuentos. El cuento más corto tiene página y media y el más largo cerca de cien. Tenía fecha en enero pasado y me retrasé seis meses.

BLVR: Cubriste a John MCain para las elecciones del 2000, y esa pieza, que fue tan fresca, honesta y sin camuflaje, se convirtió en una especie de libro a pedido. ¿Estás al tanto de la política? Y, si fuera así, ¿hay planes para hacer otras escrituras políticas? ¿Y tenés algún comentario sobre por qué parece que cada vez hay menos novelistas jóvenes que intervengan directamente en el mundo político? ¿Los novelistas deberían acercar sus opiniones en temas nacionales, políticos o sobre las guerras presentes y las que se vienen?

DFW: La razón por la cual la escritura política es tan difícil en estos momentos probablemente sea también la razón por la cual escritores jóvenes (¿estoy incluido en ese rango todavía?) ‘deberían hacerlo’. En lo que va del 2003, la retórica de esta empresa está arruinada. El 95% de los comentarios políticos, orales y escritos, están contaminados por la supuesta política que deberían tratar. Lo cual significa que se transformaron en algo ideológico y reductivo: el escritor/orador tiene ciertas convicciones o afiliaciones, y procede a filtrar la realidad y torcerla de acuerdo con esas convicciones y lealtades. Todo el mundo está cansado y exasperado y abnegado para discutir desde cualquier otro lugar. Contrastar puntos de vista no es ya solo incorrecto, sino también despreciable, corrupto y malvado. Los intelectuales reaccionarios son más llanos con este tipo de actitudes: Limbaugh, Hannity, ese horripilante O’Reilly. Coulter, Kristol, etc. Pero la izquierda fue infectada también.

¿Leíste el nuevo libro de Al Franken? Algunas partes son graciosas, pero es totalmente venenoso (por decir, ¿qué respuesta posible puede un conservador darle a Franken más allá de furia y más comentarios venenosos?). O pongamos por ejemplo las últimas columnas de Lapham en Harper ‘s, o la mayor parte de los artículos de Nation, o incluso Rolling Stone. Todo se convirtió en algo parecido a Zinn y Chomsky, pero sin esa inmensa cantidad de información que esos viejos usan para respaldar sus discursos. Ya no hay debates (o “diálogos”) complejos, enredados y para toda la comunidad; el discurso político es ahora una fórmula de predicación para un mismo coro y que demoniza a la oposición. Todo se volvió agotadoramente blanco y negro. Como la verdad es mucho, mucho más gris y complicada como para ser capturada por cualquier ideología, todo el asunto me parece no sólo estúpido sino también estupidizante. Mirar O’Reilly vs Franken es como ver deporte de combate.

¿Cómo pueden estas cosas ayudarme a mí, ciudadano promedio, a decidir a quién elegir para disponer las políticas macroeconómicas de mi país, o a cómo concebir por mi cuenta cuáles deberían ser esas políticas, o a cómo disminuir las chances de que Corea del Norte bombardee la zona desmilitarizada y nos precipite hacia una guerra espantosa, o cómo equilibrar los problemas de seguridad doméstica con las libertades civiles? Cuestiones como éstas son enormemente complicadas y la complicación, en su mayoría, no es sexy y más del 90 por ciento del debate político hoy sencillamente fomenta la poco complicada y sexy ilusión de que un lado es Bueno y Justo y el otro Malo y Peligroso. Lo cual, por supuesto, es una ilusión placentera, en cierto modo –como la idea de que cualquier persona con la que tenés un conflicto es un forro–, pero es infantil y completamente nociva para el pensamiento crítico, el compromiso o la habilidad de los adultos para funcionar en cualquier tipo de comunidad.

Mi creencia personal, y quizá ingenua, es que como se supone que los escritores de ficción o escritores de literatura deben tener algún tipo de interés en la empatía, en intentar imaginar cómo es ser el otro tipo, pueden llegar a tener un lugar útil en el debate político que tiene los mismos problemas que nosotros. Si eso no puede lograrse, quizá al menos podamos ayudar a elevar a algunos periodistas políticos que son (1) amables, (2) que están dispuestos a aceptar la posibilidad de que gente inteligente y bienintencionada no esté de acuerdo y (3) que puedan asumir el hecho de que algunos problemas simplemente están más allá de la capacidad de representación precisa de una única ideología.

Implícita en esta corta, estridente respuesta, sin embargo, está la idea de que al menos algunas escrituras políticas deberían ser platónicamente desinteresadas, deberían erigirse por encima de la discrepancia, etc; y en mi caso eso es imposible (y por eso soy un hipócrita, podría decir, un oponente ideológico). Trabajando el texto de McCain que mencionaste, noté algunas cosas (más precisamente: creo que noté algunas cosas) sobre nuestro actual presidente, su círculo íntimo y la campaña para las primarias que produjo en mí ciertas reacciones que me hacen imposible erigirme por encima de la discrepancia. Soy, actualmente, partisano. Aún peor: siento una antipatía tan profunda y visceral que no soy capaz de pensar, hablar o escribir en ningún modo justo o matizado sobre el gobierno actual. Para la escritura, creo que este tipo de estado interior es peligroso. Es cuando uno siente con más fuerza e incumbencia que lo más tentador es decir algo. Pero también es cuando resulta menos productivo, o al menos así me parece —hay muchos escritores y periodistas que levantan la voz y publican artículos sobre la oligarquía y el neofascismo, la mentira y las miradas sesgadas por la “seguridad nacional” o los “intereses nacionales”, etc., y creo que muy pocos de esos escritores están generando herramientas útiles, o realmente siendo persuasivos para cualquiera que no comparta los puntos de vista del escritor.

Mi plan para los catorce meses que vienen es el de golpear puertas y mandar sobres. Quizás incluso usar un pin. Tratar de proliferar con otros hacia una masa demográficamente significante. Tratar de ejercitar la paciencia, el respeto y la imaginación con aquellos con los que no estoy de acuerdo. También tratar de usar más hilo dental.

BLVR: A lo mejor sea una buena transición en tu proceso de trabajo, con el cual he comenzado a sentirme fascinado. Si querés hablar sobre cómo, cuán seguido y dónde escribís, estoy seguro de que a la gente le va a interesar.

DFW: Podrías primero hablar vos, sucintamente, sobre tu propio proceso de trabajo. ¿Por qué? (a) Porque los lectores estarían interesados tanto en tu proceso como en el mío. (b) Porque siempre tenés cosas en camino, tanto en la escritura como en la gestión de esos textos. (c) Para tener una idea más clara de a qué te referís con ‘procesos de trabajo’.

BLVR: Ahora mismo estoy escribiendo en una biblioteca pequeña a las afueras de San Francisco, en un rincón escondido en la sección de ficción. Cambio mi rutina cada cuatro meses aproximadamente, cuando mi necesidad natural de distraerme sobrepasa cualquier rutina o estrategia que haya usado para trabajar concentrado. Esta es mi nueva técnica, la comencé hace una semana y hasta ahora funciona Después de escribir en casa, en la habitación de mi hermano, por medio año, ahora vengo a este lugar. Tengo un escritorio pequeño en 826 Valencia, pero no puedo escribir nada ahí -está en el medio de la oficina, así que nada más sirve para dar clases, hablar con voluntarios y empleados, encontrarme con gente, etc. Dadas las diversas situaciones que suceden en McSwys/826, se pone difícil —como le sucede, estoy seguro, a cualquier persona que enseña—encontrar los ininterrumpidos bloques de tiempo que necesitás para terminarlo. Anoche les di clases a estudiantes de secundaria hasta las 9:30 pm, y se suponía que me iba a encontrar con niños de quinto grado esta mañana a las 10, y tuve que pedirle a otro colega que me reemplace en el día de paseo, porque también doy clases esta noche y simplemente me sentía reventado, simplemente porque tengo cuatro entregas esta semana. Soy un cobarde. Estoy seguro de que hay un montón de escritores que dan muchas más clases que yo. Pero supongo que también, como un montón de escritores, necesito aislarme hasta el punto de no usar el teléfono o el email y tampoco cortar el pasto o andar en bici, incluso si lo necesito -hay que distanciarse de tus distracciones. De todos modos, me acuerdo que una vez vos contestaste tu teléfono no con un “hola” sino con un “distraeme”, cosa que me sirve de ejemplo —cuando contestás el teléfono, estás dejando una buena cantidad de concentración de escritura. También dijiste que trabajás en varias cosas al mismo tiempo. ¿Podrías hablar sobre cómo encontrás el tiempo que necesitás, ya sea si escribís de noche o de día, todos los días o periódicamente, si trabajás en una computadora, cada cuánto das clases, etc.?

DFW: No estoy seguro si tengo mucho para decir. Sé que nunca trabajo en lo que sea que se entienda por oficinas: por ejemplo, la preceptoría escolar la uso solamente para encuentros con estudiantes y el inventariado de libros que sé que no voy a leer pronto. Supe trabajar bastante tiempo en restaurantes, donde masticar tabaco fue poco conveniente en formas que no cuesta imaginar. Después de eso, durante una época, pasé mi mayor parte del tiempo trabajando en bibliotecas o librerías. (Por ‘trabajar’ me refiero al período de primeros borradores y revisiones, que hago a mano. Siempre mecanografío en casa, y no considero que mecanografiar sea un trabajo, honestamente). De todos modos, todo cambió cuando empecé a tener perros Si vivís por tu cuenta y tenés perros, las cosas se ponen raras. Ya sé que no soy la única persona que proyecta neurosis retorcidas de sus padres en sus propias mascotas o lo que sea. Pero yo estoy bastante mal, se convirtió en una especie de entretenimiento para mis amigos. Primero, empecé a tener esta fuerte sensación de que era traumático para mis perros que se queden solos en casa un par de horas. Esto no es tan de loco como puede parecer, porque la mayor parte de los perros que tengo vinieron de dueños complicados, incluso uno que terminó en la cárcel… pero no es importante. El punto es que me volví reacio a dejarlos solos por mucho tiempo, y ahora estoy muy pendiente de tener uno o varios perros cerca mío para sentirme cómodo mientras trabajo. Y todo eso puso un freno en mi práctica de escribir fuera de casa, un cambio que en retrospectiva no fue para nada bueno porque (a) tengo tendencias agorafóbicas, de todas formas y (b) mi casa está repleta de distracciones que otros lugares obviamente no tienen. La cuestión es que trabajo gran parte del tiempo en casa, y sé que podría ser más efectivo y estar más concentrado si estuviese en otro lugar. Si el trabajo está yendo para la mierda, trato de asegurarme de que al menos un par de horas a la mañana sean usadas para esta cosa disciplinada llamada Trabajo. Si me va bien, por lo general trabajo en la tarde también, aunque desde luego que si me va bien eso no se siente disciplinado o Trabajo con mayúscula porque eso es lo que quiero hacer de todas formas. Lo que sucede generalmente es que, si mi trabajo va bien, todas mis rutinas y disciplinas se apartan simplemente porque no las necesito, y entonces, cuando el trabajo no va bien, deambulo tratando de reconstruirlas para tener otras disciplinas y hábitos a los cuales aferrarme. Esto es parte de a lo que me refería cuando decía que mi forma de trabajo parece caótica, al menos comparada con procesos de escritura de otras personas que conozco (que ahora te incluyen a vos).

BLVR: Lo dijiste mejor que yo. Diría que eso funciona de la misma forma conmigo -una rutina está ahí solamente cuando estás poco inspirado, o en mi caso, cuando trato de hacer las últimas partes de algo que siempre son para mí las más difíciles. Pero ya que mencionaste el tabaco en tu respuesta, quisiera preguntarte sobre eso. Cuando te vi por primera vez, en Nueva York hace cinco años, estabas masticando tabaco en un restaurante —tenías la escupidera justo al lado de la mesa, y depositabas el jugo en intervalos regulares. ¿Te gustaría hablar sobre tu historia con varios consumos del tabaco?

DFW: Digamos primero que esta pregunta precedió a la última y que acabas de incluir una ingeniosa frasecita conectora en tu texto-pregunta para sugerir lo contrario. Sé que te interesa el tabaco y el suicidio gradual subrepticio que es habitual al uso de tabaco. Mi situación personal no es demasiado diferente a la de Tom Bissell, que publicó algún artículo sobre mascar tabaco en Revista Macho Tumescente o algo así el año pasado y con la cual resoné en varias frecuencias. Empecé a fumar cuando tenía veintitrés después de dos años de coquetear con cigarrillos saborizados (que estaban muy de moda a principios de los ‘80). Me gustaban los cigarrillos, mucho, pero una cosa que no me gustaba era lo malos que eran para los pulmones y la respiración en términos deportivos, subir escaleras, sexo, etc. Unos amigos me iniciaron en mascar tabaco como un sustituto de los cigarrillos a los, creo, veintiocho. Mascar no es malo para tus pulmones (obviamente), pero tiene cantidades masivas de nicotina, al menos comparándolo con los Marlboro Lights. (Esto también está muy condensado y reducido, disculpá si es sucinto). He intentado probablemente diez veces dejar seriamente de mascar tabaco en la última década. Nunca aguanté ni un año. Aparte de todo el documentado derrumbe psíquico, lo más difícil de dejarlo para mí es que me deja estúpido. Realmente estúpido. Entrar en habitaciones y olvidar por qué estoy ahí, adormecerme en el medio de una oración, sentir algo frío en mi barbilla y descubrir que me he estado babeando. Sin mascar tabaco, tengo la capacidad de atención de un nene. Me rio y lloro inapropiadamente. Y todo parece muy, muy lejano. En esencia, es como estar fastidiosamente drogado todo el tiempo… y por lo que veo, no es algo que se desvanezca con el tiempo. Una vez dejé por once meses y fue así todo el tiempo. Por otro lado, mascar tabaco te mata –o, por lo menos, lastima los dientes y los pone de un color poco agradable y eventualmente se caen. Además, es asqueroso y estúpido y un vector de odio hacia uno mismo. Así que, una vez más, lo he dejado. Van a ser un poco más de tres meses. En este momento tengo en la boca un chicle y tres escarbadientes australianos sabor “árbol de té” que un amigo wicca recomienda con su vida. Una de las razones por las cuales vos y yo estamos charlando por escrito en lugar de en tiempo real es porque me ha tomado veinte minutos formular y presionar las teclas apropiadas para responder la pregunta anterior. Hablar conmigo en persona sería como visitar a alguien demente en un geriátrico. Aparentemente no solo me adormezco en el medio de una oración, sino que también empiezo a tararear, sin melodía, sin darme cuenta. Además, para tu información, mi párpado izquierdo ha estado temblando sin parar desde el 18 de agosto. No es lindo. Pero prefiero seguir viviendo después de los cincuenta. Esta es mi Historia del Tabaco.

BLVR: Otra linda observación sobre cerebros [Digo esto mientras junto pedazos de la entrevista que originalmente no se dio para nada del modo en que ahora es presentado. Pero sigo encontrando estas lindas observaciones y quería compartir con vos mi alegría, lector de The Believer.]. En Todo y más aludís al hecho de que los matemáticos tomaron un rol algo sexy en la mitología popular, con Una mente hermosa, entre otros cuentos, que ayuda a posicionarlos en un lugar donde (eludir «en la sabiduría convencional») pueden incluso suplantar artistas en tanto supuestos sufrientes de una especie de síndrome de ‘genio loco’. Esta idea empuja hasta tal punto los límites de su trabajo que eventualmente la vida y la sanidad se derrumban. Primero, ¿podrías comentar esta suposición de que para alcanzar, por ejemplo, grandeza matemática, hay que sacrificar la sanidad? (Me doy cuenta de que eso es una falacia). Segundo, la cita de G. K. Chesterton que tomás: “Los poetas no se vuelven locos; los jugadores de ajedrez, sí” resuena en algo que mi profesor de Evolución dijo en la Universidad de Illinois (donde enseñó tu padre). Estaba hablando acerca de algo llamado envoltura homeostática, flojamente definido (creo) como los límites de la experiencia normal, desde la alegría hasta la depresión –dibujó un rectángulo largo e hizo una línea en zig-zag, como la de los detectores de mentira, dentro–, cuyo ideal es que uno permanezca dentro de esta envoltura, evitando las líneas que la exceden con demasiada alegría o demasiada tristeza. Como sea, el argumento era que los artistas tienden a permanecer más dentro de esta envoltura, debido a lo que él entendía como las aberturas y orificios naturales de sus trabajos, mientras que los cajeros del mundo podrían no gozar de eso. (¡Me pregunto si esto tiene algún sentido!) Supongo que quisiera preguntar si podés comentar acerca de este encuentro con la cita de Chesterton y las percepciones erróneas acerca de la sanidad (o falta de ella) de Cantor, y también sobre tu propio recorrido psíquico con tu trabajo. Les digo a mis estudiantes que todos deberían escribir una novela en algún momento de sus vidas al menos como intento, por cómo ese proceso expande la mente de forma irrevocable. Teniendo una novela de 1100 páginas y Todo y más, ¿podrás hablar sobre tu propio proceso de expansión/descubrimiento/incursión hasta una locura temporal?

DFW: Bueno, hmm. Creo que lo que voy a hacer es mencionar momentos muy específicos donde la ¿cosa? locura vs. genialidad aparece en el libro. Puede que mi respuesta sea muy específica para proveer el tipo de pregunta que estás buscando. La respuesta verdadera es demasiado pesada para plantearla en este tipo de contextos, incluso si tuviera el equipaje mental para eso. (Sospecho que lo que haría en una discusión general sería ponerme verborrágico y finalmente me calaría diciendo que no creo que nadie haya mejorado a Nietzsche en la relación dionisíaca-apolínea entre locura vs. genialidad y nuestra fascinación occidental sobre el tema). Hay dos motivos para mencionar la presencia de genialidad vs. locura al comienzo de Todo y más. Una es para introducir una idea de abstracción tanto como elemento matemático y motor de neurosis, cuya introducción habilita hablar de lo que se dijo antes sobre qué es la abstracción y por qué es tan importante hablar de matemática. La otra razón requiere de cierto tacto de mi parte. Sucede que justo cuando comenzaba el trabajo para Todo y más salió cierto libro, una biografía pop de Cantor por un autor a quien no voy a nombrar salvo para decir que sus iniciales se corresponden con las de una famosa aerolínea comercial. Para determinado editor cuyo nombre suena como la descripción de una habitación de una persona con autismo. El libro sin nombre tenía dos lecturas sobre el trabajo de Cantor sobre el (infinito): una era sobre la íntima relación mística entre el judaísmo y las metafísicas de la Kábala; la otra lectura decía que (signo) era un concepto tan alucinante que lidiar con ese problema llevó a Cantor a la locura, con síntomas de la locura, hospitalizaciones, etc. para luego detallar otras informaciones con todo tipo de anécdotas y fotos. Lo de la kábala fue bastante interesante, aunque no había demasiado para un argumento sólido para todas las conexiones que el libro alegaba. Pero la hipótesis de la locura de Cantor fue una basura, el intento más flácido de hacer atractivo algo, una versión pop de lo que vos llamaste síndrome del genio loco. El origen, motivo y contexto del logro de Cantor tuvo un tratamiento poco serio en este libro innombrado, básicamente porque Iniciales de Aerolínea y Descripción Autista sintieron que la matemática sería muy insulsa para un público regular o masivo. La poca matemática que hay en ese libro está sexualizada para hacer parecer que el infinito era algún tipo de terreno trascendente prohibido en el que Cantor perdió la cabeza. Mientras que el hecho es que es seguro que Cantor era bipolar, que sus inseguridades y malestares laborales profundizaron la enfermedad pero no la causaron, que la mayoría de sus peores episodios y hospitalizaciones ocurrieron cuando él era ya mayor y su mejor trabajo había quedado atrás. Etc., etc. —una de las verdades menos sexys que se hablan en Todo y Más. De todos modos, lo que más me fastidió de este libro fue la aparente suposición del autor/editor de que las teorías de Cantor no eran hermosas o accesibles en sí mismas, al menos lo suficiente como para basarse en un libro de interés general (que de hecho lo es) y, por lo tanto, la matemática de (signo) tuvo que ser repensada como una especie de Arca Perdida intelectual que hizo que la cara de Cantor se derritiera cuando miró dentro de ella. Espero continuar teniendo tacto. La verdad es que este libro me molestó en serio: consiguió en un solo movimiento insultar a Cantor y su trabajo, al lector, y a la posibilidad de escribir honestamente sobre cuestiones técnicas para un público general. De todos maneras, en la medida en que Todo y más menciona la cuestión del “genio loco”, casi todas esas menciones están destinadas a ser directas y enfáticas a ese libro anterior que decidí no nombrar.

BLVR: De acuerdo con las personas más orientadas a la ciencia de la revista Believer, hay una nueva ola de libros de matemática “pop”. ¿Cuáles creés que valen la pena? ¿Te gusta Flatland? ¿Gödel, Escher, Bach? Creo que mencionaste que te gusta Apología de un matemático

DFW: Depende, por supuesto, de lo que entiendas por “pop”. La Apología de Hardy es pop en el sentido de ser totalmente accesible a cualquiera que tenga un vocabulario de estudiante del secundario, pero no es pop en que sólo va a interesar a personas con conocimientos suficientes como la psicología y la estética de la matemática pura. Así que… G, E, B es un gran libro, pero no es difícil: personalmente no creo que Hofstadter haya dedicado lo suficiente para que sus riffs y diálogos tengan sentido para personas que no tengan formación en lógica y teoría recursiva en la universidad (de hecho, presenté este libro con entusiasmo a la gente de los ochenta que pensaba que era aburrido; resultó que no tenían la formación necesaria). Y así. Tu chico de la ciencia tendría que preguntarme casi por cada libro. En general, las cosas que se venden muy bien, por ejemplo el libro de Aczel, son usualmente basura. De hecho, la mayor parte del pop Four Walls Eight Windows apesta; lo que sí hicieron bastante bien fue la parte del marketing. Pero no todo lo que ofrece esa casa es malo. El libro de Seife sobre el cero para Viking hace un par de años fue sorprendentemente bueno, aunque también fue demasiado accesible. En general, creo que todo el género pop-math es confuso y confundido porque nadie está exactamente seguro de quién es la audiencia o cómo se retoman esas discusiones.

BLVR: Tengo un tipo de pregunta grande, de enorme implicación de parte de Gideon, un editor y asistente acá: sugerís que a través de la historia de la matemática (y, por extensión, de la historia matemático-filosófica, filo-matemática o lo que sea), el concepto de infinito era considerado no solamente esquivo y confuso y complejo en términos de varias taxonomías matemáticas, sino también directamente peligroso. Lo más cercano a un concepto del infinito que tenían los griegos era, esencialmente, la idea de desorden, de desorganización caótica dionisiaca. Así que el infinito desafió sus rigurosamente mantenidas ideas de ley y orden lógicos, etc.; los cristianos y la Escolástica temían el concepto de infinito en matemática porque de algún modo desafiaba la omnipotencia y unicidad de Dios. Pero entonces, cuando finalmente obtenemos este trabajable, interesante y corajudo intento de entender y definir el concepto de infinito en la última mitad del siglo diecinueve, el concepto que se obtiene es fascinante e inteligente y matemáticamente revolucionario y realmente un logro poético tremendo, pero, por lo que puedo ver, no ha tenido mucha relevancia por fuera de un mundo matemático acotado y no ha sido particularmente peligroso o, si ha sido relevante y/o peligroso, uno no profundiza realmente acerca de cuáles han sido las implicancia extra-matemáticas. ¿Hay algo para decir sobre este tema? ¿Hay implicancias relacionadas al infinito, extra-matemáticas de Cantor y sus descubrimientos?

DFW: Probablemente la forma más rápida y eficiente de responder es decir que esta pregunta lleva agradablemente hacia toda la cuestión de por qué los libros técnicos pop han podido tener algún tipo especial de utilidad en la cultura actual. La gran diferencia es que las cosas son vastamente más compartimentadas ahora que lo que fueron hasta, digamos, el Renacimiento. Y más especializadas y más cargados de todo tipo de contexto especial. No hay forma de que esperemos que un matemático innovador y calificado hoy también haga innovadora y calificada filosofía, teología, etc. No así para los griegos –al menos porque la matemática, la filosofía y la teología no eran coherentemente distinguibles para ellos. Lo mismo para los neoplatónicos y la Escolástica y etc., etc. (Esta es una respuesta muy, muy sencilla, por supuesto, quizá rozando lo simplista). Para cuando Cantor se las agarró con el infinito durante la década de 1870, era parte de una disciplina técnica extremadamente especializada que tomó décadas dominar y lograr avanzar. Para Cantor y R. Dedekind (y ahora esto está muy condensado del libro (casi como la pregunta), la matemática del infinito es derivada como una forma de resolver ciertos problemas espinosos de análisis post-cálculo (las expansiones de las funciones trigonométricas y la definición rigurosa de los números irracionales, respectivamente), cuyos problemas derivan de las soluciones de K. Weisterstrass a cierto tipo de problemas anteriores, y así. Es todo tan abstracto y especializado que gran parte de Todo y más termina dedicándose a desenredar los problemas de forma suficientemente clara como para que el lector promedio pueda obtener una idea medianamente realista de dónde vienen la teoría de conjuntos cantoriana y la topología de la Recta real, matemáticamente hablando. El verdadero punto, creo, tiene que ver con algo que termina siendo mencionado solo al pasar en la versión final del libro. Vivimos en un mundo en el que la mayoría de los desarrollos realmente importantes desde matemática hasta física y astronomía, políticas públicas y psicología y música clásica son tan extremadamente abstractos y técnicamente complejos y dependientes de un contexto que es casi imposible para el ciudadano promedio sentir que (los desarrollos) tienen mucha relevancia en su vida real. Donde incluso gente en dos estrechamente relacionadas sub-sub-especialidades tiene dificultades para comunicarse entre sí porque sus respectivas sub-sub-especialidades requieren demasiado entrenamiento especial y conocimiento. Y así. Lo cual es una de las razones por las cuales la escritura técnica pop puede tener valor (más allá de un mercado literario y valor económico), como parte de una frontera de comunicación técnica clara, lúcida, no condescendiente. Es posible que uno de los grandes problemas de la cultura actual implique encontrar formas de que la gente con educación hable genuinamente entre sí más allá de las divisiones de la especialización radicalizada. Suena un poco obvio, pero creo que tiene algo de verdad. Y no es solamente el especialista en Química de polímeros hablando con el semiótico, sino gente con experiencia especial adquiriendo la habilidad de hablarnos genuinamente a nosotros, idiotas ordinarios. Ejemplos prácticos: pensá en la emoción de encontrar una técnica en informática que también pueda explicar lo que está siendo de tal modo que te haga sentir que entendés qué le pasó a tu computadora y cómo podés arreglarlo vos mismo si sucede de nuevo. O un oncólogo que pueda comunicarles de manera clara y humana a vos y tu mujer cuáles son los tratamientos disponibles para su neoplasma en fase dos y cómo los distintos tratamientos funcionan y exactamente cuáles son los pros y los contras de cada uno. Si sos como yo, prácticamente te tirás al piso y abrazás a especialistas técnicos así, cuando los encontrás. Por ahora, por supuesto, no son frecuentes. Lo que tienen es un tipo de genio particular que no forma realmente parte de un área específica de experiencia como las que son usualmente definidas y enseñadas. Ni siquiera hay una buena unívoca palabra para este tipo de genio –lo cual podría ser importante. Quizá debería haber una palabra; quizá ser capaz de comunicarle a la gente fuera del área de experiencia de uno debería ser enseñado, y debería hablarse de eso y ser considerado un requisito para la experiencia genuina… De cualquier modo, ese es el tipo de cosas que tu pregunta sobrevuela, y es tremendamente interesante.

BLVR: Me estoy dando cuenta de que no hablamos mucho de tu docencia. He conocido a un par de estudiantes que fueron a Pomona en gran parte porque vos enseñas ahí. ¿Cómo se llama tu materia? ¿Qué hay en la bibliografía? ¿Usás tizas o marcadores?

DFW: Dentro de esta pregunta está la idea de que a lo que realmente me refiero con gente que se comunica más allá de sus especialidades es a gente convirtiéndose en mejores profesores, y no estoy seguro de haber dicho eso. Enseñar es diferente, creo, porque los estudiantes están ahí voluntariamente y son, por definición, jóvenes y lábiles y pre-especializados. De cualquier forma, sé que no es eso lo que preguntás. Me saqué la lotería con lo que hago en Pomona: los deberes formales son pocos, todos los estudiantes tienen notas muchísimo más altas de las que tenía yo y puedo hacer más o menos lo que quiero. Estoy haciendo Introducción a la Ficción en este momento, lo cual es divertido porque es una oportunidad para tomar a chicos que tienen experiencia en crítica literaria y escribir monografías y mostrarles que hay una manera totalmente —y de algunos modos diametralmente— diferente de leer y escribir. Lo cual tomaría mucho tiempo hablar, pero la mayoría del tiempo es muy divertido, y ahora que no me paro a escupir un hilo marrón en una lata de café cada dos minutos, mi credibilidad con los chicos ha aumentado mucho; y en tanto no haga nada realmente gigantesco, creo que puedo quedarme cuanto quiera.

Traducción de Sofía Brucco y Eric Hernán Hirschfeld

An Interview with David Foster Wallace