Osvaldo Lamborghini / Laura Estrin

Dos epígrafes, el primero de Valery en De Poe a Mallarmé cuando escribe:

“Dos clases de cosas hay en un autor: lo que se puede imitar de ellos, y esto constituye su influencia; y lo que no se puede imitar de ellos, y esto constituye su valor. Lo que es imitable los difunde y amenaza su existencia. La otra parte los preserva. Por lo primero son importantes, y son únicos por lo segundo”

Y un verso muy elocuente de Leónidas Lamborghini de Encontrados en la basura, “Silencio, estás solo/ silencio, no hay nadie”

Hay muchas maneras de estar vivo pero hay muchas más de estar muerto, Mallarmé decía “estoy afortunada y absolutamente muerto” y esto me acerca a pensar si Osvaldo Lamborghini está en el Purgatorio de las letras argentinas. Interrogante que nos pone frente a los modos de la supervivencia o de la tradición o, simple y contundente, ante una serie literaria singular y su continuo. Y aunque resuene el imperativo de “a Osvaldo Lamborghini no hay que salvarlo de nada” –que siempre nos dicta Milita Molina o a pensarlo como “hombre desplazado” –como lo entiende Luis Thonis cercano al Dante de Mandelstam que asegura que Infierno y Purgatorio celebran el andar- … Digo que frente a todo esto que nos disuade aceptamos situarnos en la contienda y afirmar que poner a Osvaldo Lamborghini en el Purgatorio es pensarlo en un mercado, en el negocio de un canon, mientras la literatura es vital guerra, los cantos son ataques verbales -afirma el ruso, donde no hay negociación como la hay en el canon, en la institución y en el mercado. Es decir, por un lado hay permisos, autorizaciones, y por otro, genio, libertad, lo que no puedo tener de antemano sino en lucha. Términos que junto a sentido, forma y valor ajustan un poco lo que considero literatura y donde está Osvaldo Lamborghini.

La singularidad de Osvaldo Lamborghini puede comenzar a verse en que volvió inútil toda la teoría literaria del siglo XX, le pasó el trapo, la atravesó. Además en esta exposición lo empantano en una perspectiva poética, muy material y también biográfica, así propongo que los poetas cuando escriben escriben la verdad o el sentido –algo cercano a una consistencia y lejano al poder- y no solo trasponen formas y significación, vida y presente histórico, sino que los sitúan en la desesperación de su decir.

Una obra que desespera fue como entendí hace tiempo algunas de las prosas de Lamborghini, una obra poemática –si sigo la afirmación de Néstor Sánchez. En este dominio de la creación, que es también el del orgullo, la necesidad de erguirse y diferenciarse es indivisible de la existencia misma. Estos autores, que anduve en El viaje del provinciano y en Memoria irreversible, son seres asociales, irregulares –los llama Valery, ya que “la sensibilidad desconoce el equilibrio”.

Estas aproximaciones sitúan en forma concomitante a Osvaldo Lamborghini en el Cielo, en el Infierno y en el Purgatorio. Es decir, en la vida que si está en todos lados, no está en ninguno de esos mitos críticos ya que en la tradición de lectura argentina se sucedieron con igual predicado la generación de los “comprometidos” continuada en los “posmodernos” y una y otra vez en los “malditos”. Vanguardistas profesionales todos ellos, voluntad enceguecedora -como bien vio Nicolás Rosa y enceguecer es tapar la censura ejercida, desplazar. Trama donde Osvaldo Lamborghini está excluido porque éste pertenece a la literatura que desencadena verdaderos sacudones que vienen de Macedonio y Gombrowicz, llegan a él y luego pueden pasar por Hugo Savino, Milita Molina y Pablo Chacón. Por ejemplo y de diversísima manera.

A esta cadena la trato en Libro Autor y si algunos se arman series con la gauchesca –cosa que irritaba mucho a Zelarayán cuando ahí lo metían, a mí me importa la tragedia y la historia que esta genealogía se trae, tal como escribe Luis Thonis en Un guante para Osvaldo Lamborghini: si la narración de la historia es uno de sus temas, “la Argentina era decididamente inenarrable”.

Digo siempre que Aira interrumpió con su singular catástrofe alegre la tradición letrada y muy seria que triunfó en nuestras letras contemporáneas, pero fue Osvaldo Lamborghini el que venía andando con la tragedia –sus frases como silbidos de un vago llegan al corazón del sentido argentino, como cuando se pregunta si será posible vivir la vida que nos toca pero también la que queremos o directamente –escribe- por qué no pensar que la vida es imposible. En ese hilo su hermano armaba la difícil comedia con su horroreír y Copi había acelerado la marcha con una inaudita velocidad de inteligencia y superspicacia. En este columpio, sintético porque le faltan algunas cuerdas, sitúo a Osvaldo Lamborghini, viendo que si la literatura argentina no sale mucho del capote de Borges, yo prefiero quedarme en la sombra trágica, herida, intempestiva y poética de La divina canción del Diantre o de “Naufragar, naufragar”.  

Osvaldo Lamborghini siempre anduvo entre lectores de maldita avidez y otros de juguetona carencia, así lo han estado editando, estentóreamente, a lo largo de los últimos 40 años. Pero su sino está situado en el encuentro de Mansilla y Lowry –como me mostró Molina, entre una genial lucidez caballeresca y una oscura visión paranoico-familiar. Por lo que entre catástrofe argentina, desatino de lectores y brillante amasado de lecturas, Osvaldo Lamborghini escribe un valioso crack up nacional. Quiero decir, la tragedia del sentido argentino.

Cuando todavía Juan Carlos Gómez nos llamaba gombrowiczidas y recibíamos sus desaforados mails-libelos, leí uno donde nos muestra que Gombrowicz no compartía la idea de que Dante era supina literatura. Allí contaba que a Gombrowicz “su idea del Infierno le resultaba insoportable y como Dante era para el mundo literario, de igual modo que para el Asiriobabilónico Metafísico (es decir Borges), el gran campeón de los campeones de la literatura, Gombrowicz se impuso la tarea ciclópea de destruir a Dante”. Así el Infierno de aquél, según Gombrowicz, estaba mal hecho, estaba armado por un Satanás que sólo buscaba el mal” frente a eso el polaco elegía el dolor como fundamento de la existencia. En esta trayectoria de vida, sentido y dolor sitúo la obra de Lamborghini, porque está siempre preguntando por ellos y es esa simultaneidad constitutiva la que desespera en ambos autores lo que doy en llamar tragedia.

25 años estuvo Gombrowicz en Argentina, un autor sin miedo y sin permiso, es decir, sin atadura canónica o con Infierno, Purgatorio y Cielo-todo junto-todo el tiempo, un autor único, planetario. Pero ¿de verdad estuvo? Si hubiera estado hoy la pregunta sobre Osvaldo Lamborghini no sería por el Purgatorio, tampoco por el Cielo o el Infierno. Pero tal vez veo mal, porque estoy abajo, quiero decir, estoy en la trifulca, en la guerra literaria, y, a veces, además, quiero justicia. Entonces vuelvo a Valery y a pensar que estos autores no son tan solo irregulares sino insoportables e inhumanos -como decía Nicolás Rosa del arte en general. Y mi serie argentina los trata como Hugo Savino en Furgón de Cola. Lo cito:

 “Osvaldo Lamborghini traicionó todo, todos los mandatos de la censura de su época, sobre todo el mandato de escribir cómo, de escribir a la manera de, nunca se dejó alcanzar por el estilo, ese piojo come todo, pero desde mi punto de vista, no se trata de una traición del tipo sartreana, que como traición es el máximo de obediencia, (donde) se traiciona para tener algún poder. No. Osvaldo Lamborghini no quiso ser el empleado de ningún saber. No olvidemos –escribe Savino- esa figura irrebatible de los obedientes que se inventó: el perro chico le mueve la cola al perro grande. Y agregó: naides es más que naides, o sea: ni perro chico ni perro grande. Osvaldo Lamborghini se alejó de la ambición de poder, de colaborar como intelectual que produce relatos. Su mejor traición fue la de correrse de las propuestas literarias de su generación. No se dejó echar el guante para usar una frase de Luis Thonis. No es que no haya estado atento al saber de su época. Leyó toda esa plomería filosófica y paralizante, desde Deleuze a Foucault. Pero los desbordó con su agujero perspectivo. Los leyó con su talento e inteligencia y los desbordó desde su yo de escritor. No superó nada, desbordó. Desde su genio. Osvaldo Lamborghini escribió contra su talento e inteligencia. Eso no le será perdonado. No se dejó embrujar por todas esas Hijas de Hegel, predicadoras de simetrías” (hasta ahí la cita). Entonces, con Hugo Savino entendemos que Osvaldo Lamborghini solo escribió como pocos y no traicionó, porque no había acuerdo previo, quizá estafó, quiero decir, escribió la estofa argentina.   

Por el lado de Thonis, en una conversación a propósito de Poemas de Lamborghini, él notaba las insistencias fundamentales de aquél y decía: “Es posible ya hablar de lo ´lamborghinesco´ para designar una contramitología tramada en y sobre los escombros rítmicos de las líneas ´menores´ de nuestra cultura”. Trabajo inusual con el lenguaje que no había que confundir con vanguardia –afirmaba Thonis, mito que sostiene otros como el de autores malditos o marginales pobladores del Purgatorio que solo son otro tipo de becados o asalariados. Thonis leía a Lamborghini en la línea de los Sebregondis, es decir, de Gombrowicz, y no paraba hasta incluir en ella a Martínez Estrada, Kafka y algunos más allí. Propuesta a la que Lamborghini respondía ufano en “yo nunca sé si pienso o ´escribo´– que toda la literatura es montaje (…): montaje, por supuesto… Martínez Estrada, Eisenstein, José Hernández… es montar demasiado: creo que así se nos van a cansar pronto los caballos. Estoy jugando con las palabras, y lo único que le puedo responder (´¡Ex-corpus!´) en cuanto a ´mi´ libro y su relación con el montaje, es el ´mi´ entre comillas. Y que escucho mezclo, repito, y tacho y cambio de lugar, y cito. (Y continua OL) Exageradamente, tal vez, Macedonio leía ´a oscuras´, y así entonces se produjo ese perfecto acontecimiento de moviola: el film quebrado plantea el espacio y el tiempo (la metáfora) simultánea de Schopenhauer, Quevedo, Del Campo y William James. Más el set ´bajo´ del Ropero, la Pava el Mate, la Pensión”.

A este montaje-guiso hay que poder seguirlo, aguantarlo, como hay que aguantar el que hace Savino en su Elia con la mañana de los negros, lo suburbano del barrio perdido y el trabajo-resentimiento amontonado que escribe en su extrema lírica. Y no es fácil, a la norma, a la costumbre, a la mediocridad autocomplacida que gobierna los sistemas literarios se le hace muy cuesta arriba. Y a ese guiso-concomitancia trágica es a la que nos devuelve Osvaldo Lamborghini cuando se pregunta por qué a veces solo se puede elegir entre “el Museo, siempre irrisorio en estas latitudes” o si “es preferible el universo concentracionario de los comentaristas sabios”. Es decir, se sabe apretado entre canon-museo y canon-crítico, dos formas de la muerte literaria. Lamborghini sabe que se excluye al que cambia de nivel, al que mezcla, al que no respeta límites genéricos, esas expectativas facilongas.

Entonces es la misma materia poética la que crea y destruye los materiales y las posiciones previsibles al ejecutarse, por lo que los espacios, sean Purgatorios, Infiernos o Cielos en los que podemos buscarla son imposibles. No se pueden precisar ni las imágenes ni la expresión literaria cuando verdaderamente la hay por lo que aquí, también, además, encima, aún, describimos lo que no se puede describir.

Osvaldo Lamborghini produce obras-efectos en la literatura argentina pero no todos los que se quieren en su estela lo están. Corren a él los organizados y disciplinados discípulos del mercado-espectáculo extendido, los que arman violencia y ficción vana mientras que Lamborghini sigue desafiándonos en su literalidad: “Hay que permanecer siempre a nivel del alfabeto” -dice. Lamborghini arrastró sus propias heridas, existenciales y literarias, bestias sabias que vuelven del futuro. Obsesiones que traspuso en la simultaneidad de extremos, en la conjunción de todas las figuras retóricas juntas y de perfectas retranscripciones, que quizá sea la única posibilidad de asir lo real, lo que llamo tragedia. Lamborghini, cercano a Libertella en el “yo, lector, me divierto”, aunque tan distinto porque Lamborghini, tampoco ajeno a su generación –como él puso alguna vez-, nos confundió siempre: fue un tipo que registraba su presente y si en las primeras ediciones al cuidado de Aira tenía formas más definidas (cuentos, novelas), los últimos libros nos mostraron la totalidad de un fragmento que subraya su propia definición de autor de un solo Texto. Un obra que entendemos más allá del jueguito teórico y temático y sexual. Como Libertella, otra vez, digo que si jugó, jugó solo con la vida y con su propia patografía.

Osvaldo Lamborghini hace más que desmanes de frases y elipsis de razonamientos donde cabe el “que entienda el que pueda” de Aira, Lamborghini va más allá de ciertos procedimientos de lectura y reescritura. Directamente anota que “el significante es puto”. Insisto, Lamborghini va más allá de las instancias gramaticales y las metáforas reflexivas, así lo leo en la frase “La/ Alegoría es un Pañuelo” y más en el orden existencial, que es el que sostengo cruza toda su escritura, supone que “la esencia de lo humano es la simulación”. Lamborghini no escribe más que sobre la vida y la vida es trágica, es decir, la vida es concomitante y así Lamborghini extrema los mitos llevándolos a la exasperación y el ridículo.

En segmentos editados estos últimos años atraviesa todas las grafías (las palabras no terminan o terminan antes y se juntan o se separan, dicen todo lo que se quiere decir y más), sus frases y sus versos escriben todos los modos de ortografía, de la edición (con notas al pie rarísimas y caprichosas) y va más allá de la sintaxis que su obra ya destiló en anteriores ediciones.

A la vez, Osvaldo Lamborghini hace su mapa de la literatura argentina, en Lamborghini inédito encuentro a José Hernández (“El fastidio. La vida de Hotel”), Evaristo Carriego, Borges (que acelerado puede reiterarlo en: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche” pero mucho más en: “Yo sostengo que Borges es un idiota”). Lamborghini va por Mallea, Astier, por Victoria Ocampo, Bioy Casares y Kodama (“Yo Osvaldo y Lamborghini y tonto y medio sumido en Barcelona escribo poesía solazmente cuando no leo Ocampo victoria en Occidente/Revista de /Que/ (No Kodama: lautista dama)…)”. Y se define en medio de ese menjunje: “Yo hablo en serio (pero muy) pero no estoy loco: esa es mi diferencia agrande, agrande, con Ernesto Sábato y el resto de los escritores malos (del mundo).” Y también va desde Lugones (“Leo Lugones todo el día/Leo también todo el día/son cosas mías/ a los pornógrafos gallegos/lejos”), su obra es una historia literaria libérrima, algunos tal vez llamen a eso ilegible o vanguardia. 

Y sigo, Osvaldo Lamborghini cita a Aira en estos últimos inéditos y el verso de Raschella “Dios mío, lo horrible” que pone y saca varias veces. Y a Masotta y a Macedonio y a Girondo y sus propios personajes (como Harz) revolotean en una nueva pero siempre taimada procesión. Además están allí otros autores lejanos: Gide, Regina Olsen (“El Kierkegaard de nuestra juventud ya no es el mismo” -dice), y están Lacán, Brod y Kafka que se quejaba porque era “solidario o solitario” y está Milena defendiéndolo. Y Lou-Andreas Salomé. Digamos, están las lecturas de un autor, su reescritura más propia. Y está Barcelona, vilipendiada, “la ciudad mariquita” -como parece la había apodado Jean Genet, y Buenos Aires, sonsonete repetido, metida en lo que llama “A dream Called Argentina… La gran llanura. En el enorme país desaparecido, dirían. Quiso pasarse de vivo y así le fue.”

Osvaldo Lamborghini habita todos estos lugares porque los escribió del derecho y del revés, y eso abruma, eso es desesperación trágica, así dirá irónico que “la historia cuenta más que los nombres” y anota varias veces 30.000 muertos, Franco, “Los militares argentinos/:-son asesinos” y Malvinas. Osvaldo Lamborghini se pregunta por el sentido flecha de la historia que por supuesto no desdeña el figurado sino que lo incluye razonando. La suya es una historia de vital guerra que se vuelve lírica, clarita en el recuerdo de Buenos Aires cuando leemos “la indiferencia del río”, “las tardes de fines de mayo” o cuando escribe “Deploro mi desconcierto de cigarra/ yo soy músico y puedo/ la gangosa guitarra”. Y la tragedia es que de estos fragmentos puede hacerse un libro justo mientras el hombre se desintegra. Y más, el fragmento y la colección son mucho más que herméticos, porque su frase es siempre literal denotación: “Hacer la mañana. Echar un destilado parrafito, olvidar. Lo que había que decir ¿por qué? Decirlo: -Es de día o es de noche” O “Hispanos: un paso dad/ Si malas noticias habéis/ ´nuevas eras´ proclamad/ pero jamás riméis/ sería crueldad.” Y es literal porque hay fechas precisas a la manera de un diario y está su mujer, Hanna Muck, y está la escena en que escribe, la habitación catalana como una encerrona de papeles y dibujos que los últimos libros recogen (en todos sus sentidos, también).

Osvaldo Lamborghini reescribe su obra, repite, repica y replica sus frases (“ya ya ya quien no se aburre rebuzna”) y cita y reforma y enrosca y se burla de sí y del lector (así escribe: “Pobres citas, pobrecitas” o “Es Tul, tissio”). Osvaldo Lamborghini enrula su obra sin parangón y así es trágico. Osvaldo Lamborghini va mucho más lejos que el repasar poéticas propias e impropias, va más lejos que la suma de puestas en abismos que podemos prever o entender. La reunión de sus notas, las que componen los escritos últimos arman un otro y último Hölderlin, un otro y último Celine y no son comparaciones mías porque es él que grita: “Aterra la lentitud en volverse loco. Y así se llega (a la locura) (…) La locura, por ejemplo. La de Igitur o la de Celine, poco importa. Es inútil, o cómplice, criticar las escenas existentes. Todo está bien (¡hasta la psicología). Montar otras, extrayendo fuerzas de algún mito, de ese lugar donde, a veces, el mito y la ´falla´ personales coinciden”. Y estas frases no son textos cifrados, es apunte cansado de gritar en el desierto, él escribe: “Y no importa que no entiendan ahora: no importa que no entiendan nunca… Hablar para los tontos” –como se desgañita y siempre afina la puntería como en “Quiero decir ninguno de los mods del relato (…) ¡ASÍ YO ESCRIBIERA COMO ANTES! (…) Hoy veo la fealdad de mis escritos. Digo que hoy veo porque hoy feo. El ayer se los regalo.” Y la página siguiente dice: “A TACHAR”.

Lamborghini canta, reza, inscribe una escritura orante y perorante que él mismo propone como “Literaturgia” al decir cosas como “y quien no ore no hable”, una oratoria trágica y lírica -repito. “Liturgia o drama” –dice Gabriela Borrelli en el posfacio a los últimos inéditos. Lamborghini reescribe sus versos que ya eran reescritura argentina, “disgregación” -dice por ahí y precisa: “No me gusta la gente que sobah las palabras: quede lira con el lenguaje” y sigue: “-¿Por qué, si no soy inteligente, me siento idiota?” Y reaparecen una y otra vez sus motivos como “quien no se aburre rebuzna” y afirmaciones eléctricamente depuradas como “la ecuación sabe que escribir es esperar cada uno a su modo, cada uno de acuerdo a su afección… Lo mío en cambio, mi calidad de espera, es la perfección”. Y siempre hay frases nuevas porque Lamborghini escribe su presente trastocado por el pasado que lo inficiona -como diría Nicolás Rosa. Leo: “Ahora, por lo menos, estoy tranquilo en Buenos Aires (necesito alguna ciudad)… Vivimos juntos en un piso en Barcelona. Yo estoy tranquilo en Buenos Aires”.  Textos cercanos a 1985 que son anticipatorios destilados de saber el estado literario futuro –nuestro presente- cuando escribe: “la arena es triste” y “está de moda escribir poemas” o más extensamente afirma: “locuciones mogólicas por el estilo de ´nos brinda´” (hoy diríamos “nos nutre”). Y su escritura burlona y sabia puede ir a Barthes, Derridá o a Mario Levín o a un “BENJAMIN A SUELDO DE UNA FILO, SOFÍA, DE ADORNO”.

Su obra está hecha de ruinas terribles, desesperadas, enloquecidas, “prosa timada” -pero que es un continuar, un seguir, y “no podía por… por… una vez no… fracasar” -escribe. Una obra silabeante, local, lingüística. Literal, no hermética, o digamos: de tan literal, hermético. “De negar multiplica” –define él mismo, al igual que cuando dice que un revolucionario solo tiene que afirmar para siempre a la Unión Soviética en Octubre de 1917. Osvaldo Lamborghini siempre escribió la suma de todos los saberes políticos y definió en Teatro Proletario de Cámara: “¡la política! ¡la euforia de la verdad! (…) la gran reprimida”. Y además registra un final (que ya no es Sonia): “Adiós, adiós a todos. El o la imbécil solo saben, pero muy bien que la saben, una cosa: que el inteligente se distrae. Pero no tanto. Pero ellos no pueden salir de ahí…”. “Doble vínculo –llama a esto Luis Thonis-, estar tomado por dos imperativos límites y contradictorios que a veces dan lugar a paradojas”, incluso porque “ya no se podía ser fiel a los orígenes traicionándolos porque no había juramento ni código anterior”.

Osvaldo Lamborghini es un bastión de nuestra literatura porque la sabe y sabe que “De la vida: saber otra cosa que el saber que la condena…”. La vida, la muerte y la obra así se cruzan y anudan sin solución de continuidad, sin tope, más bien a lo loco como cuando afirma: “Qué lástima, esta no es la historia de mi vida… Es una teoría, por supuesto: por el lugar que ocupa (no puedo ser más obvio ni puedo ser más vil, pero puedo ser mejor). Pero qué querrá decir, que esta no es la historia de mi vida. ¿Acaso soy un gramático, me emperro acaso? (…). Pero entonces hay que morir: desde el principio y horriblemente; decir ´yo escribo´, por ejemplo”.

Entonces son sus libros los que sí ven un Purgatorio y un Infierno literario argentino porque incluyen visiones críticas como: “A Dios se le ha dado por el bad writting, por cierta estupidez cierta, criminal –pero el campo del inconsciente sigue abierto (no cerrado; como culo de muñeco)- y el tiempo del texto es el único tiempo de la vida, y el único vivible.”  Lamborghini vio el Purgatorio del estado literario cuando apunta: “Ahora odian la vanguardia. Quieren que Siga habiendo his…historias, Historia. Hasta se conforman con un ´quento´ de Enoch Soames. Ajá: aja. Nadie es B., probeta en su tierra (…). El deje-nerado, el desesperado, el que-sufre sin cuento”. Justo lo Thonis afirmando: “Sucede que él, con sus ademanes de gran señor, estuvo ausente de cuerpo, y el odio-enamoramiento que generó –poco a poco depurado por la cultura de vanguardia– responde a que en cada frase, a veces inconclusa, hay varios niveles enunciativos que se contradicen añadiendo paradojas: una llanura minada que contradecía el modo lineal de leer adoptado a través de las novelas del boom y que favorecía la lectura bienpensante. Iba crudamente al sujeto para que se interrogara acerca de qué clase de chauchón era.”

Lamborghini, en el uso de las mayúsculas, los subrayados y encuadrados de sus últimos escritos, grita que “el manuscrito también puede faltar” y en verso pone: “Y QUE ESTE MANUSCRITO PEREZCA/ MILAGROSAMENTE SIN QUE NADIE LO HAYA LEÍDO/ (En Obras Completas/ 9na edición)/ Cada vez que hablo aparece la exitación más la falta de éxito.” Lamborghini zapatea apuntando al Purgatorio que ve afirmando que “el destino es culón” y “La mierda viene del futuro”.

Entonces ¿qué se le reprocha y qué se le celebra a Osvaldo Lamborghini? Hugo Savino una vez me escribió que se le reprochan “muchas cosas, pero la mayor es que O.L. haya bajado al Infierno y haya salido de ahí. Y que haya salido con el triunfo que se desprende de la obra. Eso es lo insoportable”. Entonces ¿quién se enoja y quién se anima con Osvaldo Lamborghini? Germán García dio un testimonio complejo, valiente, un simultáneo de literatura y amistad, envidia y reproche, es decir, pudo dar cuenta de la guerra literaria. Por esto veo que el feliz Purgatorio, el estado paralítico de nuestras letras -tal como entendió Néstor Sánchez, en un momento Lamborghini habló de “los aldeanos descerebrados por la escritura”, le reprocha que de su obra se desprenda un triunfo que está lejos de cualquier respetabilidad. Respetabilidad construida a partir de sometimientos, compromisos y reputaciones propias del mercadeo consagratorio. Osvaldo Lamborghini ha dicho claro: “Yo no hice una obra, hice / Una experiencia, experience (…) Yo quería escribir / y bien / no escribí / me dejé llevar por estupores, por / ´anotar en los márgenes´, por coleccionar / miserables cuadernitos de apuntes, para… / Mañana…”

Y si intentara definir lo que aquí propongo diría que separé y cité lecturas que deslindan a Osvaldo Lamborghini infinito, trágico y futuro de las operaciones míticas, quiero decir, de esa canonización que cita, memora y casi no lee. La que ajusta lugares para que los muertos queden en sus cajones. Se trata de dos políticas de lectura diferentes que hacen evidente que solo al Lamborghini mitologizado es al que puede pensárselo penando en el Purgatorio o celebrando en el Cielo, es lo mismo. Esto se vio en el encono que suscitó la aparición de la biografía que escribió Strafacce que lo puso otra vez vivo pero también se percibe cuando lo acusan de “desviacionismo ideológico” cuando Lamborghini, como toda literatura, fue de un castillo a otro, de un estupor a otro –como dice además el verso de su hermano. Lamborghini sabía que “en los textos la ideología actúa, la ideología sube al escenario y representa su papel” y que “una ideología te propicia para pelotudeces, pero también para mitos heroicos” –lo cito textual. Cristalizaciones extraliterarias que constituyen la dicotomía que de vez en cuando reaparece en la sociedad del espectáculo crítico planteando literatura comprometida versus literatura apolítica, dos caras de la misma vanguardia de cabotaje, cuando, en cambio, la literatura tiene su propia política, política de la venganza amorosa como se ve en los varios Sebregondis y no como algún ciego sintetiza a la manera de Pierre Menard. Porque si bien pensamos que Lamborghini rumió en la serie borgiana, es decir, masticó y vomitó en la ruta asfaltada de la historia literaria letrada –si es que podemos decirlo así, del mismo modo en que aún en ella pastorea Aira, sin embargo igual que a Gombrowicz, a Macedonio, a Mansilla, la literatura, ese asunto de palabras no generales, a Lamborghini se le imponía, no podía no hacerla, le brotaba como agua de manantial –como dice Milita Molina tomando el Martín Fierro. Y si un verso de OL concluye: “la historia pasa por mí” solo apuestas desbocadas pueden recorrerlo, lo demás es “una llanura de lo más llama” –como él mismo escribió, una llanura que se le volvió desde siempre chiste como cuando un schollar –así los llamaba Zelarayán- no acierta a decir más que cosas como: “Lamborghini trabaja con esta semántica de la violencia transformándola en violencia de la semántica, la lleva hasta el límite de lo absurdo, sin por eso despolitizarla o frivolizarla en un gesto de rebeldía formal.” Mejor que esta majadería circular es afirmar con Silvana López cuando al presentar los últimos inéditos dijo “Para Lamborghini, cuando se ´entra en la literatura´, ´se trata de matar´, no de cultivar ´el lenguaje´, esa es la ´mentira´, para Lamborghini la ´lepra(t)´”.

 Osvaldo Lamborghini es autor de una obra genial, de versos con sentido y música inaudita, pero no es el artista-total que se quiere hoy componer y curar incluyendo un material gráfico, masa que no llega a pastel artístico –como dijo el polaco de algunas tramoyas no literarias. Frente a ellas, su obra se alza con una “honestidad irremediable” –como llamó Néstor Sánchez a esa mueca sin perdón de sus frases porque pocos la alcanzan. Sainetes que terminan en velorios –dice Thonis, dramática que afectó nuestra literatura, trastocó la lengua literaria y nos la dejó sin retorno. OL escenificó y describió la horda nacional -como la llamaba Nicolás Rosa. Simultaneidad de extremos y de opuestos, siempre una violencia fundadora -como entendió Freud- siempre una guerra en la literatura –como en la nuestra puso Arlt -según Carlos Correas.

En este encuentro se ha tratado de comparar lo incomparable: algo de Dante/algo de Lamborghini que -según el mismo Nicolás Rosa- es lo único que vale la pena, y, en este caso, acerqué también a Mandelstam que en Coloquio sobre Dante lo deja muy cerca de nuestra perspectiva, o tal vez seamos nosotros los que leímos a Lamborghini con el Dante de Mandesltam. Este subraya “una especie de horror al presente… (pues) el presente puro equivale a un exorcismo. Al separarse del todo del futuro y del pasado, el presente se conjuga como dolor puro, como peligro”. Hablábamos del dolor con Gombrowicz, ¿recuerdan?

Dante perteneció a un siglo peligroso, turbulento y criminal y Mandesltam habla de aquel para hablar de su presente. Además, le atribuye una escritura de “autorreconocimiento, flagelación de sí mismo o autobiografía” y precisa que “toca sobre su infelicidad como un virtuoso, extrae de su miseria timbres que absolutamente nadie ha oído nunca”. A Dante lo enfurecía la extensión de la usura de su época y –continúa el ruso- es un perturbador del sentido y un transgresor de la integridad de la imagen, su poema dirige su lado más frondoso a la autoridad o a lo autoritario por lo que la literatura fue para el viejo bardo un viaje por los ímpetus y la amplitud de las oscilaciones que “pone cualquier cosa en movimiento con tal de que no sea la invención y la imaginación. ¡Dante y la fantasía son incompatibles!” –escribe el poeta no autorizado.

No podemos no entender así la obra de Osvaldo Lamborghini, Dante -para el ruso- prefería y valoraba captar las cosas al vuelo y la sensibilidad de las alusiones, velocidad que trajimos con Copi antes. Y cerca de Lamborghini (a mil verstas de distancia) es fundamental ver cómo simultáneo a la ejecución de la obra de Dante, Mandelstam sigue la constitución del mito de aquel como autor oscuro, hermético, y lo entiende, entendiéndose a sí mismo. Mística, digamos, que rodea la figura del autor medieval, ningún contenido sino transformaciones, la pura mutabilidad de la materia poética asociativa. Y Mandesltam sigue afirmando: “Para sus contemporáneos era una persona agotadora y difícil que se compensaba con su conocimiento. A medida que pasó el tiempo se fue rodeando de misterio y se desarrolló un culto de la mística dantesca sin fundamento en el que cayó Blok, por ejemplo.”}

Con este zigzagueo analógico entre autores incomparables, quiero decir que las relaciones que establezco son tratos o encuentros donde una interioridad muy material linda con otra, una alcanza el corazón de las tinieblas de la otra, una verdadera co-rrespondencia dramática. Así intento arrancar a Osvaldo Lamborghini de toda retórica escolar y hacer “un auténtico anticomentario” –como lo llama Mandelstam que igual que Dovlátov sabe que los autores comienzan cuando termina la escuela. Los autores convocan un duro tráfico de lecturas, un movimiento único como el que tiene la obra de Milita Molina.

En este sentido, nuestra literatura no se curará nunca de lo que le hizo Lamborghini -como se dijo de Kerouac- porque mostró el horror de la historia argentina en la propia lengua… Pero seamos realistas, se curó demasiado bien. Justamente Lamborghini le preguntaba a Walsh si no se había dado cuenta de que a la Argentina le había ocurrido El fiord y quiero decir con esto que Lamborghini sabía. Sabía que como escribió su hermano en un mundo de ávidos, aviesos gavilanes, asesinos, fraudulentos, farsantes, rufianes, canallas e impostores había que ir más allá.  Un verso suyo sabe que cuesta muy poco no entender pero en ese poco se nos va la vida y ahí se ve la hilacha que su obra trae: su literatura no es apta para vagos de letras ni de espíritu.

Laura Estrin, 19 de septiembre 2021.-

Lecturas: Estrin, Laura, El viaje del provinciano, Buenos Aires, Leviatán, 2018.-

Estrin, Laura, Memoria irreversible, Buenos Aires, Añosluz, 2019.-

Estrin, Laura, “Lamborghini y la traición”, https://cuartaprosa.com/2020/06/25/osvaldo-lamborghini-y-la-traicion-laura-estrin/

Estrin, Laura, El viaje del provinciano, Buenos Aires, Leviatán, 2018.-

Estrin, Laura, https://www.pressreader.com/argentina/revista-n/20200530/281500753466480; https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/lamborghini-da-blanco_0_ua9Y606TH.html.-

Estrin, Laura, https://www.telam.com.ar/notas/201310/38891-un-tipo-que-puede-escribir-mueve-al-resentimiento.html.-

García, Germán, “Fuego amigo. Cuando escribí sobre Osvaldo Lamborghini” https://www.gramaediciones.com.ar/productos/fuego-amigo-cuando-escribi-sobre-osvaldo-lamborghini-german-garcia/.-

Lamborghini, Osvaldo, “Censura y pornografía”, https://osvaldobaigorria.com/tag/osvaldo-lamborghini/.-

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