La locura de la lengua /Milita Molina

En 1805 un médico que visita a Hölderlin – Marina Tsvietáeiva escribió que sólo de los alemanes estaba dispuesta a aceptar el néctar y la ambrosía de los griegos – declara sobre su estado de salud: “Su locura se está convirtiendo en frenesí y es imposible comprender su lenguaje, que parece una mezcla de alemán, griego y latín”. El deambular de Hölderlin: su caminar y caminar y caminar. Casi un mes caminó para regresar a casa de París a Alemania el poeta que había estado migrando de una lengua a otra en la pasión por la traducción. Extraviado entre traslaciones infinitas hablaba ahora el lenguaje de lo que llamamos locura. Y eso se hablaba en varias lenguas al mismo tiempo: el amasijo de sus lenguas amadas mezcladas y dislocadas lo habían llevado a una lengua que ya nadie podía comprender. Para explicar su estado dirá que ha sido “golpeado por Apolo”. Sólo Apolo hubiera podido detener esa intensidad, seguramente, y aun así se necesitaron muchas lenguas para sujetarlo- Cuando recuerdo a Hölderlin, pienso en ese caminar incansable regresando a la casa de su madre (que no era tampoco su casa porque Hölderlin no tenía una), y en la locura de la lengua y también en ese hogar que al fin encontró- “Todo dislocado”,  en casa de un zapatero, usando otro nombre, siendo otro en verdad, porque en este último tramo de su experiencia (en lo que se suele denominar  “período de la locura” sólo para ahondar el enigma de todo), Hölderlin  se hacía llamar Scardanelli y tocaba el piano con mansedumbre,  y con la misma mansedumbre aceptaba estar a merced de las chanzas de algunos chicos del pueblo que le tiraban piedras para entretenerse. “Idea concomitante”: ¡No lo resistió el cerebro alemán!, escribe Marina Tsvietáieva en Frauelin cuando cuenta el encuentro con su profesora de alemán, entre un “gentío hambriento en los almacenes Ojótni ryad. Están vendiendo zanahorias y unas gramíneas color remolacha en cucuruchos de cartón: abominables. Los que aún no se han rendido -se dirigen de un lado  al otro; los ya desesperados-deambulan sin rumbo fijo” 

Todas las  obras que importan son discordantes con su tiempo, al tiempo que son su tiempo ampliado con la lupa gigantesca de todo un pasado que va hacia el futuro en un amasijo infernal que vuelve pueril cualquier idea de un escritor en acuerdo con su tiempo. “no existe arte no contemporáneo (que no revele su propio tiempo). Existe la restauración, es decir no-arte y existen individuos solitarios que han dado un salto hacia delante, digamos que de cien años” .Pero ese salto es al mismo tiempo hacia atrás. Y el pase de magia que hace Tsvietáieva con Hölderlin es genial, porque los “cien años hacia delante” se trastocan en siglos hacia el pasado y de todos modos o precisamente por eso son siglos “hacia delante”: “A propósito de los que supuestamente llevan un retraso de uno o tres siglo , citaré un solo ejemplo: el del poeta Hölderlin, que por los temas, por sus fuentes e incluso por su vocabulario es un poeta de la antigüedad, es decir llegó a su siglo XVIII con un retraso no de un siglo, sino de dieciocho.(…) Tras haber llegado con ese retraso  Hölderlin se ha revelado contemporáneo de nuestro siglo. ¿Qué significa este milagro? Significa que en arte es imposible llegar tarde, que no importa de qué se nutra, ni qué busque resucitar, el arte es por sí mismo avance”. Ni tarde ni temprano se podría agregar: justo a tiempo, y en es en ese llegar justo a tiempo donde Kierkegaard pone al caballero de la fe. Abraham que marchó puntual a enfrentarse con la paradoja de sacrificar a su hijo para salvarlo. No es otro tema.      

Se trata de la Historia, de la temporalidad y de la experiencia radicalmente irreductible de la singularidad.

Philippe Sollers – respondiendo para Le Débat a la pregunta ¿Tiene sentido hablar de las vanguardias?-, afirma que el escritor participa de otra temporalidad, una que siempre señala -sin pretenderlo- la profunda discordancia entre el Tiempo de la Creación y el Tiempo de lo Social. Una relación inconmensurable entre el poeta y la historia con minúscula, un no puente sin atenuantes. En esa dirección, Sollers comenta que no es raro que Nietzsche y Rimbaud, por ejemplo, “no hayan llegado hasta nosotros”. Concluye que puede hablarse de vanguardia sólo si se atiende esa discordancia fundamental, sin atenuantes.    

El cerebro alemán de Hölderlin se refugió en la música y su obra resistió los siglos y recién llegó en el siglo XVIII cuando en verdad era un escritor de la antigüedad.

Es en Mi Pushkin, una de las últimas obras de Tsvietáieva,  donde la Temporalidad se mide con temor y temblor: es la mujer adulta que se mide con la mirada de la infancia y debe volver a ser la guardiana de la casa y recordar el secreto del hogar y preservar el milagro a pesar de todo. Y ahí Marina Tsvietáeiva no encuentra “atrás” suficiente : “Cada recuerdo tiene su anterior- recuerdo, antepasado- recuerdo, ascendiente- recuerdo, como si fuera una escalera de incendios que estás bajando de espaldas sin saber si sigue otro escalón-que siempre está”. La fe de Marina Tsvietáieva: inclaudicable (que siempre está) y su falta completa de reaseguros porque: ¡(Dicen que se mide el nivel de las montañas //con el grado de atracción por los despeñaderos). Tsvietáieva se planta en la paradoja de actuar aunque el escalón pueda no estar pero con la convicción de que estará. Y no porque ella “tuviera coronita”, como dice Kierkegaard de Abraham o conociera el final feliz de la historia, sino porque son personas que pueden creer en lo imposible.  

Hölderlin había escrito en su Hiperión “No tengo nada de lo que pueda decir: esto es mío” y en su Empédocles, Critias, el sacerdote expresa: “¡Oh, no lo irritéis! Deja que se apague la llama sofocada por sí misma. ¡Déjale, no le empujes! Para que el soberbio no sepa quién lo empujó y sólo pueda pecar de palabra, muriendo como un loco que no nos perjudique demasiado. Arrojemos a aquel que entrega su alma desnuda a sus dioses, diciendo temerariamente lo que no debe decirse”.

Marina Tsvietáieva se parece más a los personajes de Hölderlin –se diría-pero es Hölderlin quien sostuvo la demencia de las lenguas, o sea que se parece a los dos: la Marina soberbia en su libertad, magnífica en su temeridad sincera que no conoció la dulzura de ningún hogar, se parece a los personajes trágicos de Hölderlin; la que no encontró ni buscó refugio en la lengua que se dislocaba y la dislocaba está más cerca del Hölderlin tocado por Apolo.  (No me dejaré ni por mi idioma natal//seducir, ni por su lácteo gemido, ¡Me es indiferente en cuál // de las lenguas no ser jamás comprendida!“  y también: ¡No tengo nada de lo que pueda decir esto es mío salvo ser Marina y pertenecer a esa raza de las Marinas que elegimos nuestros nombres. Tampoco conoció ese hogar- hogar que es de los otros- y por supuesto que vivir libre y caballeresca y noble en medio de la revolución roja no es un dato menor. Pero no es determinante, porque las condiciones favorables sirven para otros sucesos. En cuanto a escribir, “hasta la vida es desfavorable y es triste decir que muchas veces las condiciones desfavorables son las más favorables”. “Porque se necesita, aunque fuese para alguien,// ¡Ser feliz en el hogar y para este hogar-la suerte! // La felicidad en el hogar, un amor sin inventos, // ¡Sin poner siempre el alma en un hilo”.

Aunque fuese para alguien, que ya no para ella que nunca conoció el sosiego y puso siempre el alma en un hilo, soberbia en su destierro infinito “Porque necesitaría, -alguien por lo menos, // Tener nido de cigüeña sobre el tejado”. Alguien por lo menos, pero no ella, pero no ella que en la penetrante intimidad de su orgullo llegó también a trasponer cualquier fuero estatal de la lengua, cualquier casa de la lengua, cualquier cobijo.

“¡Detente! En serbio o en croata,// ¿Acaso es lo checo lo que nos hace raros?// Des-pedida. Despedirse…// ¡es un absurdo sobrenatural!// El sonido que rompe los oídos,// que hasta el límite de la angustia se estira…//Despedida-¡esto no es en ruso!// ¡ni es femenina ni tampoco varonil!// (…) Despedida-¿pues en qué idioma es?// Hasta no existe tal sentido.” 

Sólo el que va transformando su corazón en piedra o el que puede mirar a la muerte como un paisaje ya cabalgado por los caballos rusos en el cielo sobrenatural de Rusia que tal vez se llame eternidad, puede llegar a esta locura de medirse con las lenguas, desafiando su posibilidad misma de nombrar algo como una despedida, incomprensible en cualquier lengua y por lo tanto no perteneciente a ninguna o mendiga de todas. Hasta ese reino de tiniebla iluminada ha cabalgado Marina mientras un corazón seco, su famoso lirismo contenido, le susurra que “la vida y la muerte son para mí últimamente chismes baratos”.