Gris al fondo (I) / Hugo Savino

Sol en Barracas, frontera la Boca, desde la ventana aparece una línea azul loca que se escapa y de repente no avanza, se queda fija ante una nube que pasa y me pregunto qué hay más allá, y solo hay estancaciones y otra vez movimiento y un azul fijo que se hace intenso. O va a celeste. Toda esa gama en el mediodía de mi pereza. 

Orlando se queda en casa. Hoy no sale. No trabaja. Ayer hizo sinagoga. Lee, mira el techo, va al café. Lee libros sobre puertos de salida. Soñó con ruidos de aserraderos que vienen del norte lejano. Un Norte de libros y películas.

Hay que preparase para estar solo. Y aguantar ahí.

Y no hay que explicar nada. No hablar de lo que se lee.

Es que todavía no conté nada, apenas una parte, minimísima, quedaron muchos cabos sueltos, es muy descosida esta leyenda. Irma, su sueño de Paris, la capital de las modistas, de los figurines, la moda. Siempre los sueños de Irma.

Orlando, sus lecturas, pliegue sobre pliegue.

Luis Cardoso, loco del origen. Anota y anota. Hace cuaderno.

Yo, Elia, novela.

¿Se animará a no pedir permiso, se sacará de encima esa soledad de cacareo, ese toco de amuchamiento que lo distrae, esa ilusión de traje cruzado de verano que lleva desde que crucé el Puente? Madre hace mal de ojo para proteger su mejor orgullo. Plato hondo agua y aceite y murmullo de cocina mañanera. Abuela y madre para que no lo bicheen a Orlando, que lo ignoren. 

Hoy (Orlando) no quiere que le tomen examen. Hoy vive su exilio, solo, solo, sin falsos amigos, sin sentimentalismo, solo de toda soledad. La tierra pelada de Orlando era desertísima como la de la abuela arrinconada en un banquito de la cocina, de la hornalla al banquito mientras quemaba pelos de patas de gallina, caldo de la noche, la sufría Orlando, esa soledad, en ese odio cristalino incrustado y silencioso y adorado, ya no escuchaba ninguna monserga contra el rencor, los mandaba a leer, no soportaba lo fácil, lo remanido, lo lugar común. Ya no. Ya solo quería encontrar ese hoyo de la novela que leía y en el que había un ramo de flores azul añil y entonces se puso a escribir sobre ese párrafo, se lo memorizó, fue feliz, se impregnó, se quedó ahí, en esa mesa de vagos y perezosos.

Perdedores.  Solo café. Sin botellas.

Les hablo de lo mismo pero no es lo mismo. Es otra cosa. Les pongo las transformaciones y transfiguraciones de ese hilo que viene del culo del tiempo.

Alcohol, no, sin énfasis, sin sermones, viene de uno, del único que hizo lo que quiso en su manera, el único que autorizó la no celebración del vino. Agua de la canilla. Pero aquí, ya dispersos, se ve claro que ninguno de nosotros tenía el instinto del triunfo, de lo que había que vender, del amarroco de mercadería para el porvenir que ya estaba a la puerta, que ya pisaba el umbral, pero aquí no, nadie fue educado en la casa de la victoria futura. Queda demostrado que solo agua no va para triunfar, solo agua es casi ofensivo. El triunfador se caga tres veces en el fracaso, se ríe del pobre otras tres veces mientras lo invoca, adora las víctimas de lo que sea, las retoriquea, las filosofa, las hace ser y no suelta su copa de vino, intenta llevarlas a poema, las pone en un altar, les reza, les pide inspiración, y las ausenta de aprobación, y desde ahí hace su poesía alambicada de lugonismos etéreos, nacionales, patrióticos.

Inmigrante solitario llegado a Barracas a través de las fronteras casi no policíacas, ruso de barrio, hijo de tendero, enroscado que suelta la lengua despacio, intrincado, menos tartamudo que Elia, pero tartamudo al fin, reconcentrado en su soledad y sus lecturas.  

Chillidos de pieza de conventillo, de patio, como sueños insistentes. ¿No es artístico? No, no es, y no lo siento. Y tampoco es saber, y no lo siento. ¿No pueden leer novelas o poemas? Entonces no pueden leer. Y no jodan más.

Culo y re-culo en el tranvía a las cinco de la mañana, verdad de todas las verdades, una parada más otra, y se va perdiendo en la cabeza destino yugo y noria. Naufragio de todas las mañanas. Hasta la ausencia de sí mismo y solo queda un temblor de lo que quería ser.

En la esquina raya de luz por las persianas, la casa de la sibila, que es friolenta. Vive en los murmullos de la noche, mesa para convocar, estafa y rapiña y relato cantado y re-cantado para desesperados, mishiadura.

¿Coherencia topográfica? ¿Y eso?

También sé que la hago larga, doy vueltas para llegar a algo concreto. Está ese reproche. Eso también lo sé. Pero yo me aferro a mis citas, no se las doy a nadie, pero nadie cree que me las tomo en serio, los mitómanos citan como venga, no les interesa la exactitud, yo la verifico y re-verifico y más me las tomo en serio, maníaco de la exactitud de la cita, pero todos miran para otro lado, es una suerte de abandono, de indiferencia. Pero las necesito para el pasado, esa evocación imparable. Siempre fui viejo, machaqué el pasado inmediato y el más recóndito desde ese patio con la hamaca que se cae, ya lo conté. Lo que no conté es el último descubrimiento tardío, ese, que todos te van a cuello, a tu punto débil, lo ven y avanzan, insisten, te quieren destruir. Es un rumor de difamación, es la fuerza de la falsa amistad, de la ruindad de la no discreción. 

Urracas de barrio. Contra los sonámbulos de café.

Quiero hablar de Barracas y cuento mi vida.

Orlando solo toma agua. Ninguna idolatría del agua, ningún comentario a favor o en contra, solo la toma. Y de la canilla. Para irritación de los fanáticos del agua mineral, los jugos de zanahoria y naranja, los que pelechan en la botella de agua mineral, los industriosos de la vanidad del progreso. Monjas de los desprendimientos de la rebelión juvenil que quieren adoctrinar a las chicas desocupadas. Un ratito y vuelven a su barrio. 

Solo éramos una no-banda sin historia que se escapa de la historia.

Este barrio de todas las pasiones. Olla de advenedizos. A-criollos, a-lugones. Patas y medias de dos días. 

Y después está la crítica que se escribe en prosa oficial –  cuidan, vigilan, censuran a los escritores que socavan la lengua materna, y sí, usan el verbo «socavar», escriben en revistas de doctrina, los ponen a la cola y cada tanto les dan un espacio, y por ese espacio degüellan a la madre. Orlando no tiene lengua materna. Elia la putea en tres idiomas, Luis Cardoso, fiel a cuaderno, la desprecia. Lola la liquidó hace mucho y Celia nació entre murmullos guaraníes y mate amargo y violines.

Orlando le habla a la costurera en la ventana que riega las plantas del balcón. Un diálogo mañanero y más que rutinario. Y las nubes, cargadas, grises, barriales se iban hacia el norte.

Ni vivir aquí, ni poder salir de aquí, todavía.

Hoy todo lo mira desde su pieza, o su guarida, su refugio, y más. Hay algo que en Orlando molesta mucho: en materia de lecturas solo se consulta a sí mismo.

Mundo que se apaga – Orlando quiere decir, el café, la mesa, la ventana, el Talmud, insistencia de lo pliegue sobre pliegue.

No soy el único testigo de los que van por el Puente – hace como tres novelas que hablo de esto, y sigo, escribo lo que no se edita, de lo que no se habla, de lo que se lee en el aire, hay algo en mí que despierta el indio de la promesa que se olvida al instante. Pero Orlando está en la mañana de los pájaros perezosos. Lo agarro ahí. Orlando Romano. Que responde lo que oye, aunque no lo entienda. Orlando Romano responde el Talmud. Y responde en desorden.

¿Respeto por la cronología? ¿Y eso?

Esa noche estábamos los tres, fue otro momento, más adelante, más avanzada la década, fue un salto mata en la noche. Simón nos contaba un método teatral, lo contaba actuando, estábamos ahí, perdidos pero metidos en esa escena. El Negro no decía nada.  Miraba fijo, y daba vuelta su cara, y ahí estaba su perfil, ese era su as de basto, el perfil, vieja figura que viene del fondo de Grecia, esas estatuas gastadas en los comentarios, hundidas, en las que ya no se ve nada. Él las reflotaba en ese escenario de pieza fría. Me alucino un poco cuando recuerdo, entro en ola lírica, y de repente, asalto de resentimiento, todo mezclado. Pasó en un departamento mitificado, quiero decir, en el tiempo, en este ahora del pasado perdido. Eran dos artistas, y querían ser reconocidos. En su genio, hay reclamo de genio y reclamo de no genio, hay gritos apagados, angustia del no reconocimiento, odios indiscriminados, y todo se vuelve cómico, aburrido y me voy a casa a leer lo mío. 

Está esa línea del consejo gratuito, de la orientación, una suerte de punto cruel, que quiere retrotraerte a la humildad, amucharte, sentarte a la mesa del asado, de la camaradería no lectora, te tira del saco, te desanima, no te deja alucinar, inventar, te pone el gancho. Hay que escapar siempre fue mi divisa, desde la infancia, es. Irse. Solo consultarse a sí mismo. Hay materias que no son negociables. La alucinación es una. Hay más. Todo lo que se les ocurre, todo lo que les pasa por la cabeza te lo zampan como consejo, tejen novelas para torturarte en su alma lírica, bella, llena de inventiva de comedor, de hora del té, no de la lectura, me callo, no digo nada, no vale la pena seguir, ni refutar, hay que dejarlos, no perderán el sueño, mañana se olvidan. Orlando es el maestro de esa distancia, no pierde tiempo. En el fondo tienen alma de especialistas de humanidades, te quieren bajo control, ellos te dirán qué libro es el mejor del autor que amás, no te dejan que te sientes y leas, te pedirán resúmenes, que les cuentes, te guiarán, te llevarán hasta el taller literario, hasta su seminario y ahí te harán la lista y te humillarán cambiándote un adjetivo, te perseguirán con sus ocurrencias de mancos, con sus crueldades, esas que sufrieron en manos de sus pelotudos de maestros, cuando los escuchaban obedientes y sufrientes, sumisos, mancos recontramancos los maestros, no podían escribir, se cagaban en las patas, esperaban alguna iluminación, algo que les asegurara que tenían la sintaxis, todo el odio estaba concentrado en esa fila de maestros, ese desfile de medallas al que chamuya. 

Mis obras maestras se van apilando, solas, perdidas, y tal vez entren en cierta sordidez, la del abandono, la idea de los otros es que se queden ahí, flotando en el gancho de la promesa de edición, de algún día, del año que viene, no es la mía, es la de otros, no sé por qué, el otro delira y a veces te engancha en el camino, la fuerza cézanne es el único escudo, delira de promesas que se olvida al otro día, el otro día de una promesa es muy importante, ahí, sin tapas, sin sello editorial, fantasmas, van mis libros, hasta que queden reducidos a comentarios estrambóticos, a información, a rumores.

Pero me gusta recapitular el pasado, hechos sin importancia, sin heroísmo. La pieza de Celia, cuchitril de la calle Paláa, los detalles son mi fuerza, lo único que tengo, esa firmeza de no ceder a discurso al aire.   

Los vagos y sus descendientes estaban allí, no complotaban, no sindicaban, pelechaban, el revolucionario joven, venía cada tanto, sermoneaba, se decepcionaba, volvía a su vida. No había forma que esta gente escuchara las altas virtudes de la ideología.  

Acá nadie jugaba a la ficción de la amistad.

Y están los viejos rencores clavados en el alma. Que no se terminan nunca.

Orlando renuncia, finalmente renuncia a toda conversación que lo supera en sociabilidades mundanas y pasa a la clandestinidad de una vida disfrazada de ese empleo paterno. Mostrador y sonrisa y Talmud y estudio y diálogos cruzados, solo la fuerza de secretos recíprocos. Chirridos de puerta de otro café. Esta vez Barracas. Más cerca del Norte.

Como pollos desplumados en el Tren Mixto, que era uno de nuestros refugios. Orlando hacía sinagoga, de vez en cuando, y llegaba a eso de las nueve de la noche y se sentaba y no hablaba. Una porción de pizza y fainá. La cabeza esfumada, ida, eran días de su reverso secreto o no dicho o de pena y de pérdida. Cabeza a algún vacío, a otro tiempo. A lo que no vale la pena decirle a nadie. Caos de la cabeza. De su casa. De la tienda. Siempre, en estas ocasiones, llega después de todas las secuencias del día. De las promesas de futuro. Cierra la noche, en su silencio de no rezo. De no confesión sin explicaciones. Chirrido de un taburete en el mostrador.

¿Quién le quiere comer la rabia? 

Cuaderno de Luis Cardoso. Tenía la idea de un capítulo de novela policial. Y no, no puedo, no me sale. O ya está escrita. Soy un reverendo fracaso – hace años que lo soy. Me lo dijeron de mil maneras. Una es apoyarme con entusiasmos fingidos en mis proyectos. Otra, es darme consejos imposibles. Es una manera burguesa de decirme fracasado. No escuché, estaba sordo. Eso que me la paso hablando de la escucha, del oír, del otro, de la alteridad, de todas esas cosas inútiles ante algunos que se duermen con mis intervenciones. Soy un ex traductor. Ya casi no tengo ofrecimientos. Cada tanto algún editor me llama, ve mi listado de traducciones y piensa que soy el adecuado. Pero me piden que trabaje gratis. Creen que es mi pasión exclusiva y que me arrastro por una traducción. Es verdad que traduje cosas muy complicadas, algunas despiertan la admiración. Las citan, las usan en conferencias y libros. Pero le tengo que pedir plata a Gloria para ir a comer con los amigos. Gloria me da en un silencio que está al borde  del panegírico. Soy un ex traductor con alguna notoriedad secreta. Que incluye enemigos inequívocos. Eternísimos. Declarados. Casi todos mis amigos me traicionaron con la peor de las traiciones, no escucharon lo que me apasiona. Lo fundamental en mí. No el ser. En mí. Me pasaron por la   noria de la interpretación. Ahora sé que llevo muchas marcas de fracaso. Ganaron los que querían ganar. Tienen carisma. Y detesto el carisma. Los carismáticos son todos una banda de mediocres que solo leen manuales de literatura. Esa estupidez. Y ahora me cierro en banda. Estoy solo de la soledad más profunda. Tengo alguna traducción, a las perdidas, y cada tanto traduzco algún kit industrial, y también soy traductor negro. Me encantaría tener un perro doberman para que asesine a algunos tipos que son mis enemigos desde hace años. Y a los falsos amigos. Y a algunos de mis amigos. Los tengo en una lista. Son grandes hijos de puta. Sobre todo los bondadosos. Por ahora me vengo de otra manera. No son tiempos de puñales. Solo me junto con los que respetan la venganza. Si un tipo no sabe o no quiere saber quién es el Cardenal de Retz, trabaja para alguna policía. Espero aquí, en este sucucho, arrinconado. Leo y hago cuaderno. Siempre espero una fija, es mi locura unilateral, como la de Charlus, pero trato de contenerla. No se corre detrás de las fijas, hay que esperarlas. Hay dos novelas de traductores, me gustan mucho. Pero no me  impiden escribir otra. Tal vez les robe algo, no sé. Hay otros a los que me gusta saquear. Y no vacilo. Trataré de no hablar de mis cuentas. Detesto el concepto de ficción, pero mucho más el de relato. Y me gustan los cuentos largos, enroscados, las leyendas medievales, los novelones, los libros con frases cortadas, mutiladas, agramaticales, y trato de memorizar las escenas que me sirven para mis estrategias, o para demoler a los imbéciles que cada tanto asoman la cabeza, o para sacarme de encima a los moscardones. Estoy enojado con los parásitos. Llegan siempre primero y ponen algunas de mis frases entre las tapas de sus libros y ya son fundadores. Gloria se mudó. Pisito en Montes de Oca y Uspallata. La deserción absoluta es mi camino. Por ahora espero. En un rincón. Hago marcha. Estudio lenguas. No hablo con casi nadie, y con los pocos que lo hago, solo me cuentan sus problemas, no hace falta que les pregunte nada, menos que les cuente, nunca me preguntan nada, dan por sentado que todo va bien, solo quieren hablar ellos. Odio a esos tipos. Convencionales. Sigo de largo. A veces, con ruido de trenes de la Estación Barracas de fondo, me siento en ese otro café solitario donde me junto con uno de esos que me quiere ver. Pero es imposible hacer que la gente se interese. Se interesa o no. No conozco el mecanismo, nunca puedo pescar por qué alguien se interesa en algo. O lo para en seco. Y abandona. Si se interesa, me mando. Y ahí, tal vez, pasa algo. Pero en general te convocan para masacrarte. Al final, decidí no confiar en nadie. Y solo Orlando, y a veces Elia, respeta la idea de venganza. No se asusta. Voy a topo, a soledad, a pasear a ese perro que quiero tener. Es una rueda de apariciones. Y las necesito. Y poco a poco cruzo uno de esos metidos en ese fetichismo del valor de la espiritualidad. Elia se ríe y dice que le gusta mi cuaderno, pero no me ve tan excluido. Me irrito, me peleo, no entiende el terror al olvido, al olvido puntual de alguien. No hay costuras para eso. Elia hace inventario de vientos. Me harta. Se los conoce todos. Siempre nota la ausencia de viento. Reconozco que es único en eso. Pero quiere ser escritor. No despega de esa imagen. Yo insisto en que no lograremos irnos. Contra todos. Que acá, estancados, en estas mesas pegadas a las ventanas. Insisto en que se me quemaron muchas relaciones, y todo empezó por el bolsillo. Las horas se me agregan a las horas y decido quedarme en esta mesa, leo y anoto. Llevo un cuaderno con todas las citas que me empujan a ese anotar. Nunca resolví qué escribir y me puse a anotar. Y ahí sigo. Es una mesa de café. Falta para contar mucho de lo que me tengo que contar. Todavía no conozco ni el mar ni la montaña. Miro las constelaciones. Alguien dijo que no se sabe nada de mi familia, un rumor barrial, «de la familia de Luis Cardoso no se sabe nada.» Y no se sabrá nada. No tengo esa tendencia mito familiar, me cago tres veces en los tipos que se construyen el altarcito familia pobre, o rica, no me conmueve ese teatro. Que lo escriban o no hablen. Y que no se sienten en esta mesa. Es fácil no mostrar hasta dónde uno no se junta con cierta gente. Solo hay que decírselo a uno mismo. El poder del secreto es expansivo, no lo inventé yo, corre enseguida. Y no conozco a nadie que lo guarde. Solo a mí mismo. Orlando, también. Solo hay que anotarlo en la memoria, este no, este sí, es como ese jefe de T.E. Lawrence o lo matás ahí o te caga la vida. Hay tipos que convocan a la policía, terrón de azúcar trae mosca, te sentás en un bar con ellos y ya te piden documentos. Esta semana novelas policiales. Una por día. Maneras de venganza en el vacío, pero que ayuda al alejamiento. No contar nada de nada. Hasta que nadie te quiere mostrar, nadie quiere tu compañía, sos como el pariente al que no se quiere invitar. Es el grado máximo de la libertad. Gloria dice que leo mucho a Johnny Dark. Sí, lo leo mucho. Hay que dejar que corran todos los rumores sobre uno, es la mejor manera de ocultar la verdadera actividad. No hay otra. Estoy solo en el rincón y hago variaciones infinitas de escenas que pensé o que me ocurren mientras trabajo. La mejor explicación que tengo es que no hay que desconcentrarse atendiendo llamados. Tres horas de lectura diaria y dos de escritura. Salir de todas las discusiones. Escuchar en serio en los pocos encuentros que se dan, los rata cruel que se confiesan no soportan que se los escuche. Están en la otra orilla del lenguaje, se quedan alelados con «los caballos de los oligarcas» y sus diarios. Las propuestas de trabajo que te hacen indican el estado ruinoso que te suponen. A veces aciertan, a veces no. Pero no se las harían entre ellos. Ni a ninguno de sus amigos. Ese es el momento de cortar los puentes. La calidad de la promesa o del ofrecimiento indica el estado de la amistad. Con voz de canario me ilusionan para devolverme a la sequía. Además algunos de esos hacen negocios con mis enemigos. Y después dicen que odio todo. Y casi. Viene del fondo. Elia no soporta odiar todo. En el fondo anda buscando un lugarcito en el territorio de la aprobación. Quiere amigos, y yo puedo prescindir de tener amigos. Eso lo exaspera. Y que no como nada. Lo enfurece. Somos politeístas, en eso coincidimos. Yo quería escribir novelas y dejar todo. Pero me anclé en estos cuadernos. Diarios o cuadernos, los amontono para saquearlos, para desintoxicarme de lo lórico. Detesto a los escritores en general y en particular, siempre andan cuidándose de no decir nada fuera de la norma, hasta lo «transgresor» lo miden con un metro. Todo está en métrica. Y ahora cada uno tiene un filósofo. Gloria, que es una loca de atar, me escucha y cada tanto mira por la ventana. Ese día sé que no duermo en su casa ni ella en la mía. Gloria no se mide con nadie. Yo creo que tampoco. Tal vez con Elia o con Orlando. Orlando no quiere ser escritor, me inspira más confianza, lee y a otra cosa. No consulta especialistas. Elia a veces cae, los respeta un poco. Todavía no acepta que es un idiota, ahí nos diferenciamos. Yo lo acepté haciendo este cuaderno. No practico la retórica de la honestidad, es lo que más detesto, él tampoco, pero escucha a esa clase de farsantes. Les tiene paciencia. Los escucha y no los escribe. Negocio en puerta. Hoy tengo una desconfianza extrema hacia Elia. Hace un rato estuve con él, mesa de siempre. Sabe todo. Lee todo. Como yo. Salvo que él tiene amigos usurpadores, esos tipos que pelechan y asesinan las ciudades, compran caserones y los reforman, y expulsan a las clases populares. Siempre le digo que cuando habla conmigo no olvide que leo a Louis Chevalier. ¿Vamos más a convergencia que a secuaz? Elia a veces puede perderse, y olvidarse de que se crió en un lugar desolado. Medio desesperado. Un día de estos le explico la palabra impasse. Le hago una etimología. Todavía cree que la gente más o menos educada puede entender a uno que no tiene ni un as en la manga. Vive en esa ilusión, y cada tanto se deja aconsejar. Se mete en el teatro del franeleo del amor y la amistad. Y contesta las peores preguntas, las más imbéciles, responde, quiere que lo quieran. Todo gratuito. Todo esto que escribo lo va a leer y será una semana de enojo. No le gusta enterarse de que a veces no lee los libros que hay que leer. Lo importante no es haber estado en el ridículo, es cómo salir de ahí. (15 de enero).         

Dejar esa marioneta del mendigo de elogios en particular y en general. Pero desmendigar es muy difícil.

Orlando hoy no cruza el vacío diurno del Puente. Tampoco el nocturno.

Ejército de dormidos de la lectura que no quieren que uno lea.

De un instante al otro instante de un instante según lo leyó.

Pero cada uno por su lado no caía en el punto de vista práctico. Siempre había un irse de ahí, o ese día, o más tarde o al otro mes. Todavía el sol sobre el Puente o el cric-cric de los pájaros o Balzac provocaba una conversación. Y sabíamos que nunca leeríamos según las normas de la estética y la ignorancia. También hay temblor de sol declinante sobre el Puente Pueyrredón. En el Riachuelo desierto y casi negro algún remolcador que llega.  

Los nombres que pierden su misterio, que se evaporan, que se van, que solo se quedan en una lejanía de lista. De lugares y de personas. Al final, descubro que muchos de los supuestos enemigos del realismo solo hacían realismo y   menesterosa claridad.

La flaca lleva el pelo rojo con mechones celestes muy cortito. Pasa y me mira, un segundo, y de repente se mete en el tacho de basura de la esquina y empieza a revolverlo. No miro más. La dejo en su soliloquio. 

Cuaderno de Luis Cardoso. Excursión al doque, bien adentro, hago una encuesta sobre familias, todo el día ahí, el amarillo monótono de pobreza que conozco muy bien. Hoy solo anduve por lugares donde nunca hay nadie. Un bar, dos bares, algunos viejos sentados en una mesa, que me miran y me responden el saludo. Me voy a casa. Leo otra novela policial. El personaje se mueve en la época en que había diarios, casillas de correos. El diario era una especie de sostén cuando arrancaba el día. Yo siempre fui de diarios mañaneros. Es verdad que a veces planeo. ¿O siempre? ¿O cada tanto? Gloria no dice nada. Gloria solo practica lo que no sabe hacer, no es como los perezosos, que solo hacen lo que conocen. Hay un desdén de mierda en juego, y es para bajarte el pago, hambrearte, hay una perfidia en chancletas  (palabra que saco de la sobremesa italiana de Elia, ahí todos hablan raro, y de cosas extravagantes y cada uno habla de su «tema», es una familia de la simultaneidad oral, chapotean en naufragios heredados, de generación en generación, leyendas de colina del sur, interminables, de árboles y algún río o arroyo, y de repente una historia de venganza, tenedor de hija clavado en la mejilla de la madrastra), un: «Luis Cardoso volvé a tu oficina de fábrica, pagate los delirios». Se los leía en los labios. Eran cretinos diplomados, me tomaban examen, tipos que tenían un conocimiento aproximado de las lenguas.  Droguetas de sus «momentos pretenciosos». El toco anárquico del mundo. ¿Alguna vez me regalaron algo? Tengo que pensarlo. Pero lo que sé es que una vez despreciado posibilidad de varias veces despreciado, como ese viejo profesor de traducción que me negó la entrada a su curso. A mis amigos poetas y escritores no les gusta que venga de un pasado tan efímero.

Le pide a Lili un atlas, ella lo trae, y él, en lugar de cortar las paginas, se pone a copiar el mapa que lo llevará a  Dinamarca. Lili mira y no hace preguntas, La Vigue comenta sobre los bombarderos que van hacia Berlín y sobre la risa de los alemanes en el salón, tres paredes más lejos. Y él le dice que le gusta copiar y recopiar sus mapas, darles toque, pulirlos, sobre tood las islitas sud-Báltico.

Elia delira en los rincones. Cuando nadie lo ve. Pero me lo niega. Es un gesto maula.

Tacho de la lista a varios burgueses compasionales. Por  algo traduje el mejor manual del desertor.

Carta a Gloria de hace unos años, la pego en el cuaderno: «Querés que vaya a Paraná, tenés un lugar para mí, decís que puedo quedarme unos meses y conseguir un trabajo y que hay un café mirado al río.»

No puedo atravesar mis reticencias.

Llegó lo novelista austen traducido y nos corrieron. Tocaron la campana de la novelita billiken para comernos la voz.  

Los padres son muy aburridos e hijos de puta. Pero si uno finalmente acepta esa fragilidad, las cosas van mejor. Este del que hablo, que es de una novela sublime, le dijo a su hijo que la travesía en ese carguero tal vez le sirvió para darse cuenta de que no era escritor.(4 de febrero).

Y estábamos estancados, dos veces estancados.

Solo sospechas, nada más, archivar toco de comprensión. 

¿Por que no nos quedamos en casa? No queríamos ser familias nómades, ni sabíamos que esa palabra existía.   Ningún árbol genealógico para mostrar, ni siquiera ese de la pobreza, ningún orgullo. Solo leyendas de sobremesa. Y el grito del vecino: «Los italianos otra vez». Y los gritos eran de ellos, y nuestras frases era con palabras de segunda mano –¿les suena?, y todo era usado o medio gastado, es un descubrimiento tardío y repentino

Repodrido de eficacia narrativa, de intriga, de prosa, recontra harto de novelas estructuradas, de ingeniosas tramas, de tipos que no entienden, que piden claridad. Y de novelas políticas.

Elia se anota la frase, se la memoriza, quería hablar de ese barrio y termino hablando de mi vida.

Cuaderno de Luis Cardoso. Sensación de ciudadano de segunda, pero con muchas lecturas.

Hoy: Abandono de tazas de café en un rincón de la mesa, para tragarme el vaso de agua y el diario de ayer con los suplementos. 

Amigos con más plata que yo: no confiarles nada. Ponerlos en la lista de sospechosos.

Francis Ryck: «Mis héroes huyen del éxito social como del fuego. Son los últimos hombres libres».

Ningún programa común. Vivo rodeado de gente pavlovisable. Y que lleva la calumnia pegada a la suela de los zapatos.

1.Nadezhda Mandelstam: «A Mandelstam no le gustaban las ficciones y las consideraba mortales para la poesía. En eso igualmente, le fui fiel.»

2. Nadezhda Mandelstam: «El Moscú de los años veinte era el de los restos  de la elite intelectual que aspiraban a servir a los vencedores, y la elite de los vencedores que se ajustaban las cuentas entre ellos.»

No hay nadie que entienda que uno hace lo que tiene que hacer y eso no sirve para nada, el romanticismo  compasional de la confesión. (6 de febrero)

Escribo una cadena de recomendaciones que me hago, extremar mi desconfianza hacia Luis Cardoso y Orlando. Qué puedo hacer. Le abro la puerta a la duda, al rencor. Una vecina en patas baldea la vereda mientras habla con Lola, que es de las que se dejan contar cosas a cada paso. Tres vecinos por vereda todas las mañanas. Los junta rejunta en confidencias y comentarios. Son dos veredas hasta la parada del colectivo, dos bares y sus esquinas, una plaza chica con algunos canteros y una fuente en el medio, lejos de ser un reino este recorrido parece «una ciudad maravillosa», todavía hay muchas cosas que ver.

Los libros van y vienen en esta no-banda y cada uno lee diferente. Y agarra para su lado más secreto, y también hay libros que no se intercambian. No sé muy bien por qué. No se intercambian.

Café negro, un terrón de azúcar, espero a Lola, fin de su gira comadrona, del cuereo intervecinal, yo rasco la mesa, la paciencia, abro mi libro y me olvido. Es verano de nostalgia de lo ido y me gusta ver la Avenida Montes de Oca subiendo hacia Constitución, apenas unos coches. Nosotros acá, la línea de separación a pocas cuadras, la reputación barrial contra el horizonte de ilusiones. Me gusta salir a la mañana temprano, la calle vacía, charcos de manguerazos, más secadores, más trapo de piso, y yo, libro en el sobaco, camino hacia el kiosco y compro el diario.

Lo que quedó atrás. Lo fracaso en serio. Lo gris al fondo y lo otra vez el Norte. Lo cuaderno de Luis Cardoso, que nos vamos pasando como una misiva, lo no comentario, lo interiorísimo de cada uno, lo que no sale, lo que se queda en el silencio.

No se puede contar una soledad.

Ayer mucha lluvia de verano y entonces me quedé adentro y vino Lola y estaba el cielo gris y tomamos mate con la yerba nueva. Y nos pusimos a mirar la luz y derivamos a lo que no se va del recuerdo y me cuenta que era chica y miraba una procesión, con la mano apoyada en la barrera y su padre estaba entre los que acompañaban a la Virgen y cuando pasó le apretó la mano y ese día había una luz de cielo nuboso pero sin lluvia. Y es algo que la acompaña. Abrimos la ventana para que entre ese poco de viento. 

Hugo Savino

Ph/ Siegfried Lauterwasser, Spiegende Wasser, 1952