Colores / Lucía Mazzinghi

Los pensamientos dentro de mi cabeza son tan caóticos que no puedo decírselos a nadie, no por inconfesables sino porque me cuesta articularlos, son un manojo de frases rotas, amasijadas, retorcidas como trapos viejos bailando dentro de mi cerebro. El misterio que es Dr. Sax y Beethoven en esta tardenoche húmeda. Se me dio por combatir todas las tristezas, todas las broncas con Beethoven al mango, desde hace unos meses que tomé este camino. El mundo está tan podrido tan repleto de preguntas, de mentiras, de trampas y callejones sin salida, el revés parece derecho, lo recto en realidad es torcido, todo se superpone y se confunde. ¿A quién creerle? ¿Cuál es el camino? Se hace al an. Golpagolversaver. No queda otra, odio citar a Serrat no sé por qué nunca me lo banqué, pero esa frase calza justo. Me encierro un poco, hago soledad como dice L.L. Unas risas se deshilachan a mis espaldas. La luna me mira con su ojo ciego. Amarilla como una croqueta de fideos. Voy dejando que la carga se aliviane en completa mudez atronada por Beethoven y sus sinfonías torturadas.

Kerouac una vez dijo de Ginsberg: él nunca necesitó la soledad de la manera en que yo la necesito, está continuamente acompañado por amigos. Siempre rodeado de su entorno, esa es la palabra que usa, entorno, como si fuera una estrella de rock o un político y no un tipo que hace poemas.

Anoto colores.

En SIN, Beckett escribe colores, el grisazul, el gris ceniza, un blancor raso. El azul claro y el azul nube, un negro lento, un blanco sereno. El resto: ruinas. Grietas. Tierra y arena. Paso las yemas de mis dedos por las costuras. Out of the blue: así de la nada. El azul es la distancia, el color de las profundidades, de las montañas de Cezanne, del vacío sin fondo. Es un estado más que un color, como la blue note, un tono corrido, medio salido del cauce.

Los mil disfraces del verde. Oliva. Musgo. Irlandés. Verde pizarra. Verde lechuga. Verde moco. Pistacho. Militar. Verde escupida de mate verde felpa verdeloro verdemar. La manzana verdeamarillenta de Eris con la inscripción: para la más hermosa que hizo estallar una feroz guerra de vanidades en el Olimpo, el verde áspero de una mañana invernal, un verde grisáceo de cuento de terror, verde sapo croando en un charco, verdecadáver, porque la muerte no es negra si no verdosa.

El negro es más bien el color de la noche, de los cócteles y las pesadillas. También está el negro de trufa, de comilona fastuosa y a la vez como excremencial de las alas de los cuervos de Van Gogh (A. Artaud).

Color manteca y añil Cartagenés.

Una madrugada fría y lluviosa en la ciudad de Nueva York, una madrugada (nunca se sabrá por qué esa y no cualquier otra) en la que la niebla borroneaba los rascacielos de la ciudad y la lluvia caía haciendo mucho ruido por las canaletas, Mark Rothko no pudo más, sencillamente dijo basta y luego de pasarse un rato largo mirando la lluvia o mirando el vacío a través de la bruma granulosa como una cinta de cine vieja, buscó una Gillette (¿se escribe así?)  y la hundió en su carne, a la altura de los codos. Harto de remar, hundió hundió hundió el filo en el agua profunda con una tristeza mortal en el corazón. El alivio que da tocar fondo. Gotas de sangre de un bellísimo rojo bermellón (485C) salpicaron el borde esmaltado de la bañadera pero ya no le importaba encontrar el rojo perfecto.

Amarillo De Kooning y sus mujeres alucinantes.

Color flor de cardo, color postre royal.

El traje color té con leche que usó Miles Davis en un concierto en Alemania en el año mil novecientos sesenta y siete. Miles sopla todo lo que tiene en el cerebro, todo lo que corre por sus venas entre los tendones y los músculos, sopla con los ojos en blanco, dos bolas a punto de salírsele de las órbitas, sopla y sopla hasta llegar al hueso golpeando la tarima con un zapato acharolado y el torso inclinado hacia atrás. Líneas, líneas que empiezan a superponerse, una voz como impregnada de aceite que se puede ver tocar lamer sentir en cada poro del cuerpo, sin tener para nada claro hacia dónde, solo el cómo, un movimiento encadenado a otro, encastres, deslizamientos, una casi danza, un ritmo, una línea, otra. Galopan los toms por momentos furiosos, por momentos mansos y apacibles y Tony Williams mira para los costados como haciéndose el distraído pero sin dejar de barrer suave y dulcemente la hojarasca con las escobillas, Miles y su andar sigiloso de pantera se corre a un costado con la trompeta calzada entre el brazo y las costillas acompañado por el tsss tsss de los platillos de Williams para darle lugar al saxo desatado de Shorter, cierra los ojos Wayne y sopla en éxtasis, todo entero en ese momento, concentrado pero sin dejar de disfrutar se mete por el hueco, por la resonancia que ha dejado la trompeta de Miles en el aire recalentado del teatro mientras el gigante Ron Carter abraza, acaricia, acuna su contrabajo y marca los tiempos con un zapato largo como una canoa. Retumba oscuro el contrabajo como un corazón bombeando sangre con una insistencia conmovedora. Todos salen de su lugar, corren riesgos, se animan, se separan, se desvían y de a uno se van acoplando para volver a unirse en un sonido único que transporta, se abre, se cierra, atraviesa, baila, flota y se encuentra, se mezcla con una masa extasiada de oídos que cada tanto gritan y aplauden y silban desde sus butacas de cuero marrón suela pero la mayor parte del tiempo escuchan en silencio el milagro de la música. Vuelve Miles, esboza una sonrisa llena de misterio, se aprieta la oreja con el dedo índice, levanta la trompeta y vuelve a soplar, una puntita de un tema archiconocido, empieza a ponerse extraño, fluye flota fuera de pulso, late al costado, grita, entra y sale, la melodía se independiza del fondo, a veces van juntos, otras, no. Pausas, arranques, un sonido roto como tropezado, la trompa se estira y sopla, arde el martillo del tímpano, el límite no se busca, viene solo, sopla arde sopla el tiempo el misterio la vida la muerte la esclavitud la libertad el cuerpo el agujero negro del origen, no hay pre, ¡es ahora! ¡Sopla sopla arde canta ya!

El color no está en las cosas, arde en la mirada.

Lucía Mazzinghi, 2022

Ph / Miles Davis por Herman Leonard, 1949