Los expósitos / Bettina Bonifatti

El sol calienta las rejas del portón metálico. Detrás del hospital sale humo de la quema. El hombre que retira los residuos patológicos pasa puntual. En el office, la enfermera anota otro nombre en el cuaderno azul y tira la jeringa en el bidón cortado a cuchilla. Un poco más lejos, los camiones van o vienen al puerto, atravesando cientos de kilómetros en la llanura. Es época de cosecha.

En el predio cerrado con alambrado olímpico, la médica se anuncia por el portero eléctrico donde el personal se identifica para entrar y está obligado a anunciarse para salir. Al internarse, algunos pacientes dejan la familia, y otros sólo el frío. Aunque pocos encuentran algo que los alivie, la enfermera trata de consolarlos pero de una manera equivocada, hablando de su propia felicidad, su alegría de vivir y sus cinco hijos.

Al final del pabellón, la separación de camas de mujeres y varones consiste en un tabique a manera de biombo que corta al medio la sala, con las cabeceras orientadas hacia los ventanales. Como la división no llega hasta el techo, se escucha todo lo que pasa de los dos lados. Algunas camas están vacías. No se permiten ni revistas ni libros. Los pacientes están confinados, pero se mueven como en su casa. Algunos ya han pasado allí tantos inviernos que internarse es para ellos como volver al hogar.

En el ala de mujeres, hay una chica que siempre se ríe; trabajó años en los talleres de costura, cortando hilo. Otra que nunca se alegra de ver llegar a sus familiares; “los peores virus son los parientes”, dice; su padre, durante una visita con un abogado, le quiso hacer firmar algo. Continuamente aprovechan la internación para robarles, desde las pertenencias hasta los hijos. El novio, además, le sacó la clave de la tarjeta de débito y se compró un televisor.

Del otro lado del tabique divisor, el policía que custodia al preso internado, con la gorra caída sobre los ojos, dormita en una silla, indiferente a toda conversación. Su detenido es el único paciente que grita. Los demás apenas se quejan, hacen silencio o conversan en voz baja. En cambio, el preso es muy exigente y tiene antojos. El más recurrente: comer tomates. Cuando el policía se cansa de los gritos que le impiden dormir, deja la custodia y sale a la verdulería. Al volver con la bolsa, la doctora le pide que la próxima avise antes de salir; no sea cosa que, como otras veces, el detenido se escape y la terminen culpando a ella.

 Cada tanto, vuelven a internarse los mismos: la mujer que toma veneno para hormigas, el preso de los antojos, la que ríe, la que llora seguido, el joven de la madre que reza en voz alta, un domador que sueña con tropillas de tordillos entre las camas y también Víctor. La médica y la enfermera, sentadas en la cocina, siempre se preguntan sobre cada uno. Dicen que el domador se trajo varias infecciones del monte formoseño; que lo del veneno para hormigas es porque la mujer tiene clientes muy amables y el marido es una bestia.

En el otro extremo del pabellón, la mujer de la limpieza escucha pasos donde no hay nadie; y más de una vez dice que algo le toca el hombro. Pero la doctora no cree en fantasmas; prende el ventilador que compraron entre todos para los días sofocantes; toma té y revisa historias clínicas en la cocina, con la llave del armario sobre los papeles porque todo se lo roban. En sus planillas conviven el chatarrero que casi pierde una pierna por guardarse en el bolsillo un desecho radiactivo; los rengos que cada invierno llegan abrazados y contentos, uno con su gran zapato ortopédico; y también el joven cuyos padres se vinieron a quejar porque se había enamorado de una mujer de cuarenta y se querían ir a vivir juntos cuando salieran. “Es mayor de edad”, decía la médica “controlamos la salud, no el amor”. Al final lo hicieron, y cuando llegó a pesar veinte kilos, él le preparaba la sopa y la llevaba alzada en brazos como una estatua de la Piedad al revés.

La calma de los jardines es interrumpida por la rebeldía de los que no se cuidan. ¿Cómo se les ocurre? Enojada, la médica se agarra de la cabeza. Pacientes sin defensas. No puede entrar nadie ni con un resfrío. ¿En qué idioma tiene que volver a explicarlo? Lo más importante son los controles periódicos y la medicación. Una vez que salen, hay que continuarlos. Los más organizados ya tienen otras enfermedades. Acostumbrados al pastillero, los crónicos, prolijos, cumplen con el tratamiento. “La gente sana a veces no entiende la felicidad”, dice la médica con su pulcritud, entre los papeles. No lo puede entender. ¿Qué necesidad de no tomar las pastillas? Sin embargo, para su asombro, los sufrimientos casi nunca se concentran en la enfermedad. Es lo de menos. Los prejuicios, como los virus, se mueven en todas partes, dejando zonas libres que, por fortuna, hacen su vida más allá de las condiciones.

Víctor baja en bicicleta por el camino de tierra a esa especie de escalón a la naturaleza, a su mundo mental, al campo. La huella seca, endurecida, hace saltar las ruedas. Los carteles de la estación de servicio, que alguna vez tuvieron luces de neón, dejan ver los cables entre las letras. El depósito de chatarra, a lo lejos, entre pastizales, pasa lento ante sus ojos. Está por salir el sol cuando sube al asfalto; pedalea sin manos, cruza la ruta, dobla en la esquina y saluda con la mirada al joven de la garita, aminorando el pedaleo. Mientras se levanta la barrera, el palomo, que siempre lo sigue en vuelo rasante, gira en redondo y se queda esperándolo sobre el palo. Se detiene; desmonta como un jinete y apoya la bicicleta contra uno de los árboles. Después camina hacia la escalinata, da la vuelta por la rampa para sillas de ruedas, se limpia los pies en el trapo de piso y entra.

En la sala de espera se escuchan los pájaros; los pacientes se ignoran como si les fueran a dar un veredicto. Alguno, avergonzado, se tapa la cara con una mano a modo de visera. Los pocos sillones y el sofá de cuero de tres cuerpos, producto de una donación, los hacen parecer integrantes de una familia. En el ambiente de techo alto parecen más pequeños. Hace calor, y en verano la ciudad es un pozo. El viejo aire acondicionado, roto al lado del crucifijo, sigue, inútil, en lo alto de la pared. Adentro, en el office azulejado de blanco, extraen sangre.

La enfermera llama primero a Víctor. Mientras caminan, ella le mira de reojo la cara fruncida, un remolino de gestos contenidos. Sin decir palabra, lo hace entrar; le da la historia clínica a la médica y sale. Víctor, sentado frente a la doctora, escucha los resultados con incredulidad. Ella intenta explicarle el tratamiento. Durante toda la consulta le habla de la reinfección, de las dosis y horarios de las pastillas, pero él hace un agujero en una hoja del recetario y la mira por ahí, se burla y se despeina a propósito. Parece el joven manos de tijera. Le dice que es un mejorador de boleros, que cambia la letra de las canciones, que pronto va a dar clases de tango para ganar plata y dejar de pedir. Para promocionarse en esos días, se hizo sacar una foto vestido de malevo, con una empanada en la mano. Le habla del Concilio de Rouen, que prohibió bailar en el cementerio, de un rastrojo de maíz, de cualquier cosa. La última vez, se fue hasta la expendedora de hielo cerca del puente y se colgó de un cartel que decía “Sándwich salamín”. Baila siempre por la ruta. Otra vez queda internado y mira el parque por los ventanales. Las mujeres, del otro lado del tabique divisor, se ríen de su pelo. Cada vez que le dan el alta, anda otra vez por las calles sin domicilio fijo, y en época de elecciones, cuando vienen los políticos de campaña, va y les habla. Les pide plata. También recita a Shakespeare de memoria. Tiene una libertad desmesurada, encantadora, permanente.

En las calles del centro, Irma junta hojas en la cartera; se agacha para observar cada nervadura antes de decidir si vale la pena levantarla. Parece que mirara un animal. Su padre, de niña, la hacía callar para escuchar el silencio. Había sido periodista en Villa Ballester.

Vive sola, en una casa heredada que fue decayendo junto con su salud. Como un eslabón perdido, sentada en el banco de la plaza, mira alrededor, esperando hablar con cualquier desconocido. Los perros la escuchan gritar, pero como los perros no sacan conclusiones, la siguen a todas partes. A pesar del calor, siempre anda con un tapado blanco, como si fuera su pelaje. Ahora, con el bastón en la falda, ve familias por la calle y se compadece; las imagina tratando de acordar cada día sus horarios, con los sueldos confiscados, las edades disímiles, los deseos en contra, y agradece a Dios el alivio de la soledad. La familia siempre le pareció un comunismo en miniatura. Algo, poco, la alegra. Se levanta del banco con esfuerzo; un mareo la hace trastabillar. Desde el suelo pide que la lleven a la sala. No es la primera vez que pierde el equilibrio. La ambulancia da la vuelta y entra por la misma barrera donde el palomo sigue la espera recorriendo el predio con la mirada. El chofer estaciona en la explanada. Como siempre, el ruido del motor arma revuelo por la novedad. Víctor y los demás pacientes levantan la cabeza y ven que baja el camillero.

Irma, ya casi repuesta, discute, rechazando la silla de ruedas. ¿Quién es? ¿La conocen? Víctor la mira por el ventanal. Le gusta la actitud, el carácter y la elegancia del tapado blanco. “¡Parece la vieja de Titanic!” dice, “una mujer de la alta sociedad”. En la guardia la reconocen enseguida.

La enfermera, en la oscuridad del pabellón, lleva las historias clínicas a los ficheros. En el cuarto que llaman la farmacia, y que parece un nicho, la médica busca algo en los roperos altos. Allí se guardan en verano las frazadas y las estufas eléctricas. Víctor entra con el suero puesto, esquivando la silla y la mesita de arrime, apoyándose en el trípode de metal blanco. Está preocupado por su palomo, pero la médica no lo escucha.

Irma queda internada como otras veces. Ya está acomodada en la primera cama, hablando con la chica delgada que odia a sus parientes. De pronto, la hace callar con un gesto y presta mucha atención a la voz de Víctor. Es una tarde de lluvia, y cuando llueve, la salud pública hace un paréntesis. Por fin hay un poco de detenimiento. La enfermera con unos aros de plástico verde y el pelo negro tan largo que le pasa la cadera,  va y viene, soñando despierta, aprovechando que la sala de espera está vacía. La médica reta a Víctor diciendo que ella no está para pensar en palomos. A él le molesta el plural, pero tiene que volver a su cama.

A la mañana siguiente, el palomo entra en vuelo rasante por el pabellón, pasa por la enfermería y llega al soporte del suero de Víctor, se encarama en la punta y saca pecho. Los gritos de la enfermera atraen a la doctora, que deja solo a un paciente y sale de la consulta. ¿Qué se creen? ¡Con las enfermedades que traen estos pájaros! Si se entera el director del hospital los echa a todos. Irma se ríe, abandona su cama y se acerca con dificultad, muy interesada en defender a Víctor. Agarrándose del espaldar, levanta el bastón y se lo ofrece al palomo, pero el animal no deja el soporte del suero; revolotea y vuelve a pararse sobre los ganchos, como un loro guardián. La enfermera, resuelta, abre el ventanal y lo espanta. Esa noche, Irma y Víctor se quedan cada uno pendiente del otro a través del tabique divisor. Ella tiene ochenta años; él, treinta y nueve.

Irma le habla de sus libros y de sus perros, le dice que, aunque duermen mucho, nunca están dormidos del todo. También le cuenta lo pendientes que están de la comida. “Para ellos siempre es más rico lo que come uno que lo de ellos”. Encantada con la nueva situación, se pregunta cómo no lo había visto antes.

Por la noche se escuchan los grillos. Un paciente tose de lado, sobre un pañuelo descartable. A través del tabique, Víctor le pregunta:

—¿Estás despierta?

—¡No! Nunca tuve un sueño pesado. Soy como mis perros. Quiero ir a mi casa. ¿Quién va a darles de comer?

—Me puedo escapar para darles la comida y volver. Podría treparme por el alambrado aunque es altísimo. Nadie sospecharía nada.

—Yo conozco una manera de salir.

—Tenemos que salir los dos antes de que la enfermera empiece la ronda con el termómetro.

—¿Por dónde?

Los otros pacientes no se dan cuenta de nada; concentrados en sus propios dolores, duermen el sueño de la medicación.

Irma dice:

—Tengo un plan. Atravesamos el pabellón hasta la puerta del instituto, que se supone de acceso restringido y que siempre queda abierta. Nos vamos antes del amanecer.

Es en ese mismo momento cuando lo invita a vivir a su casa.

La sala se ve en penumbras y la luz de la calle se filtra entre los postigos. Ella va adelante, con el bastón, despacio. A Víctor los ojos le brillan en la sombra. Irma comanda la operación, ha prometido guiarlo si no hace el menor comentario. Pasan por la puerta del office, la sala de espera, la cocina y siguen hasta el fondo del pabellón. Ven la puerta del instituto de investigación con el cartel de acceso restringido. No se escucha nada. Irma le hace señas para entrar al museo del antiguo laboratorio de virología. Ven varias vitrinas, con ratones albinos suizos y cobayos; fotos en la pared enmarcadas de expertos en virus y en enfermedades transmitidas por roedores. Sigilosos, avanzan en silencio, recorriendo la historia de las epidemias: la poliomielitis, el sarampión, el hantavirus. A través de los exhibidores sucios, contemplan los ratones disecados, expuestos entre jeringas de vidrio. Antes de salir, ella le señala un hurón embalsamado. Por fin, encuentran la salida hacia el hospital general. Él la mira persignarse cuando pasan por la capilla y salen por la puerta principal, donde nadie controla nada. El cielo aclara, cruzan hacia la estación de ómnibus donde deambulan los internos del psiquiátrico vecino, que salen siempre a caminar, pedir cigarrillos y socializar un poco. Por último, pasan el ligustro de la zona sanitaria y así se van, contentos, a pie, directo al centro de la ciudad.

Las casas tienen todavía las persianas bajas. Los perros, echados, esperan los rayos del sol en los zaguanes. Irma y Víctor caminan sin hambre ni sed. En esos días han comido menos salteado. Descansados como si vinieran de un hotel, se sienten fuertes. Es verano y todos duermen. La ciudad abre los comercios a las nueve y media, y otros recién a las diez, para volver a cerrarlos a las doce, la hora sagrada del almuerzo y la siesta. Todo se reanuda a las cuatro o cinco, cortando el día en dos despertares.

—Esta ciudad progresa porque ama y descansa, —dice Víctor desde atrás, tratando de caminar despacio para no alcanzarla.

—Ya podés venir —ordena Irma—. Pero no me ayudes. Sobreviví más de ochenta años sin vos.

Mientras cruzan entre los pocos autos y sin ninguna precaución, ella le dice que de chica le gustaba leer, que la lectura influyó de tal forma en su vida que, en su juventud, pensaba en las maneras cultas de hablar, ¿qué era hablar de manera culta? Se ríe a carcajadas: ¡Mis amigas pensarían que era una reverenda tarada!

También hablan de la bicicleta de él y de cómo ir al otro día a buscarla. En vez de ir por la salida, él le propone colarse por el alambrado que da al edificio de la guardia.

Entran en la casa de Irma como si siempre hubieran estado juntos. Los perros los reciben a saltos, olfateando a Víctor, mientras él dice: “¿Estos son los maestros?”. Días después le llevan a la doctora un pollo de campo grande y amarillo, y le piden disculpas por haberse escapado. También recuperan la bicicleta. La médica los reconviene, como es su costumbre ante tanta desobediencia, y les recomienda que no falten a los controles periódicos.

Al principio, el amor les cura todos los males. En el primer control, la médica se sorprende de cómo han mejorado. No es la primera vez que una pareja formada dentro del hospital recupera la salud contra todo pronóstico. Pero, con el tiempo, surgen algunos inconvenientes.

Irma odia el Año Nuevo. Víctor se le va por ahí. Y además tiene el problema de que lo invitan por todos lados, incitándolo al exceso solo para divertirse a su costa, para que les anime la fiesta. Ella piensa que son ignorantes, malditos, que le dan droga. La pobre termina buscándolo y lo encuentra borracho, abandonado; o feliz, sobrio, leyendo a Shakespeare. Respira aliviada cuando lo ve así, que no se metió en líos.

Se ríen mucho. Después rezan. Ella dice que en el rezo se le presenta la maldad, “los malos instintos”. Él le pide cosas al sol, y ella lo vive retando; pero no porque le moleste su presencia sino porque piensa que retar es un arte. “Debería haber un oficio serio sobre el reto, no tanta improvisación”, dice. Es verdad que la gente cuando reta dice lo primero que se le ocurre, no separa su enojo de las palabras, y hasta mete en la misma bolsa retos de unos para otros. No es válido, por ejemplo, en medio de un reto dar un sermón, aclara. Todo es musical. El tema son los matices, las variantes en el tono de voz. Aunque, algunas veces, ella olvida su arte y le pega a Víctor con una percha.

Es una mujer antigua. En vez de “ni por casualidad”, dice “ni por pasteles”. Nunca se imponen un gran quehacer. Juntos, sin querer, sacan provecho de cada detalle. Se buscan por momentos, pero no tienen apuro ni precipitación fuera de sus peleas. Además, ya no tienen compromisos. No se cambian de ropa como los actores entre una escena y otra: con la misma ropa van al hospital, duermen o hacen una fiesta. No actúan. Comen poco. No se muestran. Admiten la traición, la enfermedad, los años, pero nunca hacen algo a medias. Una pasión desesperada y una fe absoluta los ponen en riesgo y a la vez los protegen. Escuchan el amor, el odio, la crítica, dentro de su entusiasmo. Él tiene aspecto de matarife, otras veces de músico, o padre de familia. No se trata de su estirpe, ni su sapiencia o su inferioridad. Cuando se ríe como un demente, parece necio. Nunca le asoma una risa común. Si reír significa tener miedo, los dos son cómicos aterrorizados, y se alivian. Pero cuando ella se pone feroz, hace muecas de desprecio, se transforma. Con la bronca por la juventud de él, ella lo persigue con el bastón, y él se escapa lujurioso, sin rencor de esclavo. Después de las peleas, se amigan pronto, en general por un interés lejano a la emoción, y conversan como si nunca se hubieran peleado.

En el segundo control, Irma se queda toda la mañana en la sala de espera dando charla a los otros pacientes. No le importa nada. Dice que la cercanía de la muerte le aumenta la paciencia: “La vida entretiene pero lo que se piensa, aunque se pierda, a veces vuelve, como las enfermedades”.

Cada vez que Irma va a Buenos Aires a visitar a su hijo, Víctor arma fiestas hasta que lo denuncian los vecinos. Cuando ella vuelve, se entera de que la policía ha ido a su propia casa y le pega con el bastón, corriéndolo por todos lados. Cuando Víctor no tiene puesto el saco de pana que le regaló un médico, usa un spolverino estilo gótico, tal vez para protegerse. Los celos, a Irma, se le pasan enseguida, y con un entusiasmo sagrado le pregunta muchas cosas sobre la fiesta, con una alegría flamante. Pero basta que salgan para que pase algo, como el día que una mujer hermosa le dijo que no conocía el centro, que nunca había tomado un colectivo, y él, muy galante, dibujó en la tierra un mapa con un palito, y le explicó dónde estaba. La chica tampoco se animaba a hacer las compras porque no sabía contar, “no entiendo los vueltos”, le decía llorando.

Irma no lo escucha, pero él obvia su indiferencia, prestando atención a cualquier respuesta desviada, como si las conversaciones se pudieran cortar y retomar en cualquier momento sin ninguna urgencia. Así, hablan todo por la mitad, escuchan por partes, dejando cabos sueltos, sin apuro por continuarlos, con la seguridad de que habrá tiempo para retomar cada conversación.

En el tercer control, no vuelven solos: la enfermera los ve venir con un niño, entre las plantas en sombra contra el alambrado. La médica no tiene más remedio que hacerlos pasar a los tres. Aburrido, el chico hace un “sánguche” con los papeles del recetario y juega a que come. ¿Cómo se les aquerenció esa criatura?, se pregunta la enfermera detrás de la puerta, escuchando la conversación. “La madre trabaja todo el día, se acostumbró a quedarse con nosotros”. Dicen que lo traen para que no ande en la calle. Tiene el pelo sucio y amarillo, muy corto. Flaquito, camina un poco inclinado hacia delante. Irma dice que le hace acordar a la literatura. Aclara que no es lo mismo decir “tengo ganas de llorar” que literariamente, como lo diría un niño, “tengo ganas de lágrimas”. Que los niños son literarios y que por eso le interesa, pero el niño no habla nada, ni la mira. Se distrae tirando un dado contra el zócalo de la pared, una y otra vez, con la mirada fija, divirtiéndose como si jugara con alguien. “Las maestras lo tratan como un chico maligno, pero con nosotros está contento”, agrega Víctor. La médica lo saluda pero no obtiene respuesta. Así, terminan la consulta y se van. El chico sale corriendo, desorejado. ¿Qué van a hacer ahora yendo con ese niño por todos lados? Le reducen el horario en la escuela por mala conducta, pero ya es época de vacaciones. La madre se lo presta a Irma, pidiéndole sólo que vuelva a ayudar con los animales. Debe tener siete años. No habla. A veces se ríe y dibuja flores podridas.

Ahora, el niño arroja los dados contra el zócalo de la casa. Irma piensa que es un sonido lleno de flores. ¿Entiende aunque no hable? Sentado a la mesa, Víctor le pregunta de qué se ríe. Tal vez es mudo. Pero ¿cómo va a ser mudo si se tienta de risa? Hay un silencio en los ojos del niño. Tienen preocupación porque dicen que se cuelga de los camiones. Pero les queda una sensación clara cuando lo ven. Víctor le da para dibujar. El niño dibuja una boca de pescado y una cruz de palos. Va al cementerio a lavar la tumba del padre, cambiar las flores; él se encarga.

En el patio, Irma les da de comer a los perros. Después, cuelga los dibujos del niño en la pared: uno es una boca de la que salen dos patas, y de pies tiene ojos, una boca con patas que los mira. Le preguntan por ese dibujo y habla por primera vez.

Hace una manija a modo de cuello.

—¿Para qué es eso? —le preguntan.

—Pa’ tenerlo —dice.

—¡Habla! ¡Habla! —grita Víctor, saltando alrededor.

Ese día se le arrodilla al lado y le pone la oreja. El niño mueve los labios. Pero Víctor no quiere contar qué cosas le dice, sólo que habla con eco y que sabe mucho de animales.

Irma quiere alcanzar a escuchar ese eco, cuando el niño repite varias veces la última palabra en voz baja. Un niño al que le duele la espalda. Ahora tienen la complicidad de hablar:

—Se pone caliente el agua por el sol, sol, sol…

Con el tiempo habla un poco más. A su manera, cuenta del pisadero:

—Ladrillos a la venta, sesenta pesos. Vendemos hielo. Vendemos chanchito bebé, cuarenta pesos.

Se queda sentado, quieto, sonriendo a la mesa, como perdido. Sigue por donde piensa:

—Lo saco al caballo, lo tengo de las patas, lo lavo. Porque si no mi papá me reta.

—¿No se había muerto el padre? ¿De quién habla?

—Tengo tres papás. Y el muerto me habla: Dale de comer a los chanchos. Corré el caballo de lugar. Dormí. 

Desde que andan con el niño, pelean menos. Ahora habla solo: dice que le cortó la cabeza a un pato y seguía vivo. Víctor piensa siempre en la música de cada frase. Ese verano lo rapan por los piojos. Entra hablando desde lejos, como si desde cualquier distancia lo pudiesen escuchar. Desde el portón, anuncia que la mamá estaba limpiando, que se le aparecieron todos los chanchos y que se le cayó el mueble. Víctor quiere ir a ver una jineteada en lo del niño. Discute con Irma otra vez. Se le cruza el perro en la discusión. Es un peligro el perro entre el bastón y sus piernas, un día la va a hacer caer. Ella siempre dice lo que se le antoja. Se levanta con esfuerzo, agarra el bastón, se prepara para andar como quien toma ánimo, y camina hacia la puerta abierta del patio.

—¿Y el niño?

—Chancha negra, chancha flaca —sigue hablando solo. Está oscuro. Prenden la luz de afuera.

—Gallinas de riña. Dos corrales —con una tiza, dibuja en el piso.

—Patos, gallina, gallo, alimento cinco bolsas. Corderos. Riendas en el suelo, riendas en el suelo, suelo, suelo…

Ahora no para y repite:

—Mi tío tiene la ternera mía. Mi tío tiene la ternera mía.

Escuchan la frase. Víctor dice que son muchas letras t. Hay otra frase del niño:

—Cuando mi papá vino del hospital, encontró la chata de mi tío policía enterrada y no la podíamos sacar.

Víctor le hace un charco para que juegue como un animal parlante. Remueve un poco la tierra con un fierro, trae un balde con agua y le arma el chiquero. Lo mira. Le ha enseñado a jugar con barro, le trae piedras. Las cuenta con el dedo, las golpea entre sí. Hace ruido, como con el dado contra el zócalo; las hace girar y las mira fijo:

—Una patada del caballo en la nariz. Lo vendimos.

El niño habla parándose detrás de ellos. Si sabe que lo escuchan, no quiere mirarlos de frente ni sentarse. Víctor dice que es porque se da cuenta del peligro de la rigidez y no quiere ser el fideo que queda pegado en el borde de la olla. Que para no quedar fijado, el niño se mueve y así las palabras pasan por él.

La cocina echa humo. Invitan al niño a comer. Víctor siempre consigue plata. Cuando no pide, ayuda a cargar muebles en el rastrojero. Se lleva bien con el fletero, que ya no puede hacer fuerza. El niño jinetea chanchos. La madre nunca mira a los ojos, se sienta de costado para esquivar la vista. Tiene la risa lenta y también habla de espaldas. Es arisca al trato.

El niño dibuja otra vez cabezas desclavadas y las mira sorprendido como si las hubiese encontrado. También el corral, el alambre, el fardo de pasto, pan, maíz y comederos. La gansa y los apadrinadores. Eso dice, pero son rayas, todas rayas. Sabe tusar. Les pone nombre a los caballos: Pimienta, Malacara y Pañuelito, el de tiro. Cada vez camina más doblado. Esa tarde dice que se encajó una chata con todos los gallos de riña y no los pudieron sacar, que los gallos se hacen los dormidos, se pegan patadas.

La madre se los pide. Lo mandan. Se va corriendo, primero al cementerio a limpiar la tumba, a cambiar el agua de las flores. Cansado, en la oscuridad, dice que quiere taparse, apoyar la cabeza en la almohada; se duerme diciendo: “Chancha petisa, chancha petisa… ”.

Víctor le grita a Irma que se tome un colectivo y se vaya a escuchar una misa de los benedictinos. Cada vez que ella llega, el perro va a su encuentro en silencio; sin embargo, el niño nunca se da cuenta, ella se acerca al charco a oscuras, lo toca con el bastón en la espalda: “Andate a tu casa, vos”. El niño no la oye y sigue diciendo: “No lo hago con tierra naranja”. Le gusta hacer ladrillos; el papá le enseñó y se gana treinta pesos por día. Uno de los tres padres está vivo, es el del horno de ladrillos.

Se divierten. Al perro chico le molestan los aplausos. Irma le pide a Víctor que no aplauda, pero él lo hace igual. El niño se da vuelta, atento siempre a los animales. Ríen los tres.

Un día, el niño llega corriendo y dice que han llevado a la jineteada al oscuro y que el caballo ha tumbado a Víctor. Que lo pisó en el palenque y vino la ambulancia. Cuando llamaron a los apadrinadores, Víctor revoleaba el rebenque y sonó la campana, pero no lo quisieron ir a buscar. El niño le cuenta a Irma todos los hechos desordenados:

Subió y se agarró de la rienda bien fuerte, y ahí con el pedazo de rienda que quedaba salió. Se tenía que poner la espuela y no se la puso. Diez segundos y lo buscaban, o podía soltarse y tirarse de costado, caer parado. Pero no. No cayó parado.

Víctor está otra vez en el hospital.

El niño empieza las clases. Dice que tiene un primo y una abuela en el cielo. Después del accidente de Víctor, habla más: que un amigo murió con la hamaca, que se tiró de cabeza y agarró una piedra; adoquines. Ahora pusieron arena.

Víctor, golpeado, no se asusta. La doctora vuelve por el camino seco, con su auto a los saltos por las huellas duras. Es una mujer seria, linda, con mal humor. No soporta que los pacientes no entiendan las recetas, que tomen mal la medicación, que vuelvan una y otra vez, desmejorados. Pero Víctor, en vez de escucharla, le quiere hacer estudiar piano. Desde la cama, con el pelo revuelto y medio sentado, vocifera: “¡Adiós, pampa mía!”, hasta que la enfermera va. Ya cansa. Los otros pacientes se entretienen, lo miran con curiosidad y le preguntan por el palomo. Cuando la médica despierta a Víctor, él le dice que debían comunicarse sin hablar, mediante una escritura en el aire. Para él la doctora es una mezcla de bruja con boticaria. La “diosa epidémica” la llama. Ella desconfía, piensa que tal vez él cometió delitos.

Mira los objetos usados por cada paciente en la misma habitación y siente que el tiempo se superpone. Los muebles del consultorio están sin cajones, se los robaron. Al lado de la camilla, el tubo de oxígeno. Víctor la saluda: “Hola, hermosa dama, ¿por qué llora? Soy Víctor”. No llora, pero la resignación la vuelve dócil. Él parece un cuervo inteligente, dando gritos de alarma distintos para cada enemigo. Socarrón, le grita: “¡La mercenaria!”. Le toca la nariz con un dedo. Dice que así es como entran los pensamientos, con leves toques en la punta de la nariz. Ella pega el oído a su pecho y es como pegarlo al suelo y escuchar un galope. Pero él dice que llega a su fin: “La vida termina, chan chan”. ¿Son todas fantasías? Con su largo delantal blanco y el estetoscopio colgado del cuello, la doctora camina por el pabellón hasta la cocina. Sus zapatos retumban. Se saca el barbijo y se pone a calentar agua en la pava.

Cuando vuelve al office, mira con más tristeza los recipientes de acero cromado para algodón, las cortinas anudadas a los lados y el apoyabrazos de la silla roja de sacar sangre. No todos en la sala tienen miedo a la muerte. A veces les da un diagnóstico grave de una enfermedad avanzada y no les importa. No les importa nada. Algunos se encogen de hombros; por el contrario, otros mejoran su ánimo, como si ponerse en campaña de tratamiento médico les diera un motivo para vivir.

Para Víctor, ella sigue siendo una mercenaria de la farmacopea. Dice que los médicos tienen miedo del milagro.

Sin Víctor y con el niño en la escuela, Irma ya no puede andar vagando por las calles como le gusta. Sabe que, si se cae, no se puede levantar. Escribe cuentos en la casa, con todos los perros echados alrededor.

En la sala del hospital, Víctor amanece indiferente. En pocos días le dan el alta. Le cuesta subir al remis con las muletas, tiene que acercarse y salir por la guardia donde hay menos barro. No quiere que lo ayude nadie. En el camino, dice que se siente renovado y quiere aprender flamenco. Irma está alegre de verlo. Tiene esa alegría vigilada, siempre bajo la posibilidad de que él se la arruine.

Ni bien entran en la casa, ella se pone a hablar de todos los bastones que tuvo. En eso se parecen, les gusta monologar. Que si con mango de bronce Art Nouveau, que si de caña malaca… Dice que Voltaire llegó a tener setenta y cinco. También señala cosas, y camina revoleando el bastón en el aire, como un paraguas cerrado. De golpe, se gira, diciendo: “Vamos para allá”, y con el bastón le pega a un jarrón, que cae al piso haciéndose pedazos. Cuando termina de perorar, se apoya en su instrumento de castigo. Ahora él se defiende con la muleta. Un día se van a sacar un ojo. Ella manda, amenazándolo, y cuelga ese bastón del borde de la mesa cuando habla sentada. Lo mantiene cerca, como un arma.

Con los sentimientos encontrados y opuestos, los perros la rodean. Irma es la reina de esa jauría. Obedecen sus órdenes, como si se comiesen las palabras. Ella nunca está en un punto medio. Mientras habla sola del bastón con mango de cara de mono, Víctor, desde la pieza, le grita: “¡Me acuerdo el de la culebra!”.

El niño anda con un tarro de maíz remojado. Va sucio al colegio. Dice que le hacen traer la chancha hasta la bomba de agua. Dos días tardó para amansar la chancha, la ataron a un palo y esperaron; estaba alzada con el chancho de Pilín, el chancho más grande. También dice que, cuando va al cementerio, un tal Pechuga y otros borrachos lo persiguen y le desatan el caballo, pero que son buenos. Después, se va corriendo, como si supiera cosas que pasan en otro lado.

Bastó que Víctor se recuperara para que decidieran hacer un viaje. El hijo le había mandado a Irma un dinero y una dirección de unos parientes en Córdoba. Los recibiría una mujer que cuidaba la casa, y los llevaría el fletero si le pagaban algo más que la nafta. Son varias horas, los dos mirando las sierras por la ventanilla, comiendo pastaflora y sirviéndose con cuidado de un termo de café. Cuando llegan, Víctor le dice a la cuidadora: “Soy de pensar mucho. En momentos amargos, me gusta tomar algo amargo, y en momentos dulces, comer masitas de coco. No sé, son filosofías”. Desde el ventanal se ven los cerros. Víctor parece un pájaro en el paisaje. A veces se sube a una rama y se pone a chillar haciéndose el mono. Dice que el lenguaje desespera a los animales y que por eso saltan, como si se dieran cuenta de que no pueden hablar; parecen seres amordazados que quisieran decir algo. Hablar es para él hacer música, despertar el desaliento, aunque haya seres que no sean nada musicales. En esa materia los supera una cacatúa.

Desde la casa colonial de los parientes de Irma, se ve la cadena de los Comechingones. Admirando la vista y los jardines, ahora dividen el tiempo entre excursiones y soledad. Tienen en la habitación una mesa negra al lado de la ventana. Son dos solitarios en una inmersión permanente.

Víctor camina por el sendero entre tunas, cuando, de pronto, encuentra el bastón tirado. Se sobresalta. Lo levanta mirándolo con extrañeza. ¿Qué pasó? ¿Se le habrá caído? ¿Habrá peleado con alguien? Piensa que la emoción se comporta de acuerdo a las leyes de la física. Cierta desesperación posee aceleración propia. Ese día han discutido sobre la palabra “desaire”, que no era burla ni desprecio, que es algo con el aire, el negativo de salir airoso, sacarle al otro la posibilidad de mantener un orgullo parlante de gallo de riña. La pierna ya le responde. ¿Qué tiene ahora contra él? ¿Se ha ido? ¿Le pasó algo peor? Víctor va hasta el fondo, en caída libre. Le pide perdón, la llama. Mira para todos lados. “¡Soy tu esposo!», grita entre los árboles. «¡Vamos a hacer una fiesta!”. Con los minutos empieza a exclamar: “¡Perdón, esposa!”. Ella, detrás de un chañar, sonríe en silencio y le sigue la corriente de su desaparición. No le saca los ojos de encima, pasando por una serie de sensaciones de complicidad, amor, odio y diversión. Mariposas verdes, como hojas de árboles, vuelan alrededor de él, que camina, buscándola. Es un paisaje doble, de llanura y sierra, dentro de la pedanía de San Bartolomé. Irma agarra un palo como bastón. Lo espía con su matriarcado de reliquia viviente. Víctor camina sin saber lo que le espera. Por si lo está escuchando, habla en voz bien alta:

—Te aconsejo, querida, que no juegues con fuego, porque un día el esquimal terminará por comprender qué es el fuego y hasta un chino se va a enterar de qué es la soledad.

Sentado al borde de un tronco, le dice algo de los dientes: los muestra y se ríe, diciendo que la dentadura es la prueba visible de nuestra primera bestialidad. Los pájaros, como reptiles cantores, se quedan en los árboles. Irma, con cara de hacer travesuras, sale de atrás del árbol. Víctor, que se ha dejado la barba, da un salto y, enojado, le contesta que ensucia la blancura de los ángeles. Se lo repite:

—Ensuciás a los ángeles.

—Voy a escribir sobre el cadáver de un genio —responde ella.

Cuando habla de lo que escribe, se vuelve joven. Odia con alegría, como una rebelde, aceptando todo rechazo sin inquietarse. Retornando a su estado de complicidad, vuelven a la casa juntos, mirando los molles y esperando ver al zorzal negro.

Al día siguiente, visitan el museo, las salas de paleontología y las obras de arte. Víctor se fascina con los morteros y las boleadoras. Ahora se quiere hacer un raspador para curtir pieles. No sacan fotos, nunca lo hacen. Quiere ser un morador de cuevas. Alto como un comechingón, piensa hacerse la casa-pozo.

—Lo mejor es el gliptodonte —la provoca, alegre—. Es una réplica, como el tigre Diente de sable. Son de tu época, diez mil años.

Esa noche sueña que ella es joven y se dan de comer de la misma manzana. Mira un palacio ornamentado con fachada a un canal y, a lo lejos, un puente. Irma no escucha sus sueños; extraña a sus perros. Víctor sale a caminar, hay cuarzo en la sierra. Revisando los estantes de la biblioteca, hablan de todo lo nuevo: del paraje cercano donde se unen los ríos. Ella lee unos libros viejos y marca las páginas. Cuando él vuelve con las piedras que juntó, ella cita en voz alta: “La estancia San Bartolomé tenía en el año 1653 mil yeguas de vientre de cría de mulas”. También conocen a los vecinos; músicos internacionales: una pianista joven y su marido restaurador de pianos. Víctor arruina la tertulia y los echan. Le quiere explicar algo a ese señor que es concertista, no sólo restaurador, y que tuvo la gentileza de quedarse quieto, escuchándolo. No saben bien qué pasó, pero fue la policía. Otra vez con la delicada frase: “Me va a tener que acompañar”. Lo sueltan enseguida, acaso por la pena que les da ver a Irma sola.

El fletero, que los lleva siempre a todas partes, va a buscarlos y vuelven contentos. Pero las vacaciones los persiguen muchos días. Ahora, todo lo propio les parece una porquería. Se quejan de que en la llanura no hay nada, ni zorzales negros, ni museo, ni gliptodontes ni puentes colgantes. Los perros pasan en fila para el patio cuando levantan la voz.

—¿Adónde querías que colgaran un puente en esa planicie de suelo liso?

—Liso tenés el coco —le contesta él —y sigue—: ¡Ese cajón era lo más escalofriante!

Le reclama que no lo dejó hacer puenting, que le arruinó la caída libre.

—Caída libre te voy a dar yo —dice ella, enojada. Él agrega:

—Ay, a ella, si la dejan, se pasa las vacaciones en la capilla.

No lo deja rematar nunca. Levanta el bastón y le grita:

—¿Qué tenés contra la virgen de Pompeya?

Como en Córdoba Víctor fue cinco veces al museo a ver el smilodón, no para de dar detalles de la caza de perezosos gigantes, mamuts y bisontes prehistóricos. Reiterativo con los osos bulldog, está fascinado con la palabra “úrsido”. ¿Va a dejar la música por la megafauna? Ella prefiere al león cavernario. Víctor, en versión de los comechingones veraneantes y hablando de los sonidos de la prehistoria, ahora sigue todo acerca del eco. Se entusiasmó y le habla de los tubos sonoros en hueso de águila:

—¡Mirá vos! ¡Tenían megáfono desplumado!

El niño lo sigue. Quiere pedirle a la madre que se lo preste para las próximas vacaciones, llevarlo a ver la serranía y el gliptodonte. Nunca vio una montaña de verdad.

Cuando van al hospital, ven a la enfermera corriendo por los jardines. Va a avisarle al muchacho de la garita que el preso y el policía consiguieron una guitarra y cigarrillos y se fueron por la ventana. No están lejos ni se han fugado. Juntos, afuera, tosen la tuberculosis en su guitarreada. Víctor no les presta atención, viene hablándole a Irma de los monos, que no reaccionan a la música, que la música no se relaciona con la inteligencia sino con no saber lo que uno dice, como los loros que hablan y pueden cantar, pero no tienen idea de lo que están diciendo. Irma opina que los músicos deberían tener guacamayos y cotorras de compañía. Pero él se opone, insistiendo en que la relación entre personas tiene estructura musical, con algo tendiente a apoyarse en una forma. No sabe cómo es, pero ahora, con el viaje y la megafauna, esa forma se ha independizado. Empieza a pensar en ellos como líneas que van en una dirección. Irma, el niño y él. Líneas hacia la muerte.

Irma apaga la luz del patio y entra esquivando un sapo grande que se quedó debajo del foco a esperar la caída libre de los insectos. Le tiene miedo a las melodías pegadizas. Esa noche se queda dormida al lado de unas cáscaras. Cuando despierta, Víctor está sentado a su lado, mirándola. Vela su sueño. “Abriste los ojos como una doncella”, le dice. Después, pone las manos en su garganta, como si fuera a ahorcarla. Ella se entrega, ante la duda. ¿Es capaz de seguir apretando?

—No necesito pruebas de amor. Las considero una estupidez.

De pronto, él sonríe, afloja las manos, da un paso atrás y, vigilando que no se mueva, vuelve a sentarse cruzado de piernas. La mira dormir. La obligación de descansar es una orden amorosa.

Hay un silencio de jardín medieval, hagan lo que hagan. Cuando Irma vuelve a abrir los ojos, ha pasado la tarde. Víctor le dice:

—Mujer hermosa que hace innecesarias las mismas rosas: no vamos a explicarnos nunca ser dos convidados de piedra. Icárica, emprenderá usted la huida hacia adelante, incluso si no hay Quijote que la esté corriendo.

Irma lo ve irse, le recuerda la primera película en cinemascope. En el silencio del candelabro, camina una polilla.

Cuando van al cuarto control, el muchacho no está en la garita. Se cuelan por el alambrado. La sala está cerrada, no hay nadie. ¿Cómo es posible? Intentan abrir la puerta. El palomo revolotea en el monte del predio. Vuelven sobre sus pasos a preguntar a algún vecino. De pronto, a lo lejos, ven a la médica que camina apurada hacia el lado de la quema de residuos. Por la calle interna, llega la enfermera y les dice lo sucedido: cambiaron al director del hospital y asumió el nuevo, un imprudente; después de tantos años, se le ocurrió pasar la sala a clínica médica sin avisar. No saben ni dónde están las historias clínicas, sacaron todo a las cuatro de la mañana, cuando ellas no estaban. Trasladaron a todos los pacientes sin decirles nada, con sus frazadas y nada más. Solamente se llevaron la silla roja para extracción de sangre: ahora, elevada en una tarima, y en el ambiente moderno de la construcción nueva, parece una silla eléctrica.

La médica entra en la sala desmantelada, busca algunas cosas. Está indignada con la clausura y el traslado de un área en la que ejerció tantos años. Cuando pasa por el office, lugar emblema de la sala, no saca los carteles de advertencia pegados con cinta adhesiva a las paredes de azulejo ni los horarios de retiro de los residuos patológicos. Desecha las agujas descartables en el recipiente rojo. Pero al entrar y ver la sala vacía, ya sin camas, el tiempo se detiene. Solo queda el tabique divisor, manchado por las almohadas de las cabeceras que ya no están. Recuerda a un muchacho evangélico que murió donde ahora está parada; al final, la piel se le había oscurecido tanto que nadie lo reconocía; decía que no quería ser una carga para su madre. Estaba muy adelgazado, temblaba al hablar, y su sueño era tener algo, pero nunca dijo qué. En tantos años había recordado más a unos enfermos que a otros; había anotado con tristeza la palabra “óbito” en el cuaderno azul y se había repuesto para continuar; había saludado a los que salían, sin aguantar los retos y las advertencias. De repente, siente que le tapan el sol. Es Irma que, en el ventanal, espía para adentro haciendo anteojeras con las manos. La hace pasar y le cuenta lo sucedido: son decisiones sin consultar, no pueden hacer nada.

La médica mira alrededor como si todavía escuchara los ahogos, los suspiros y las quejas de dolor.

Ya no se escapará el preso por la ventana ni gritará por los tomates. Tampoco se alegrará de ver a su paciente más risueña que se está quedando sorda y les explica a todos el lenguaje de señas. Cada uno ha formado parte de un tiempo que, de golpe, ha desaparecido. Perder el pabellón no es solo mudar un servicio y seguir trabajando, es perder la intimidad de la sala, una costumbre amplia de detalles. Pasar a clínica médica es como irse a vivir desde el campo a la ciudad. La sensación de deterioro de la modernidad, el bullicio del hospital general, la falta de silencio, la cantidad de gente de otros servicios, las colas a las cuatro de la mañana con los pacientes mezclados sin salas de espera, sentados en butacas, escuchando por los parlantes en una espera propia de un largo viaje en tren, mientras los niños corretean o se arrastran aburridos por el piso, y el joven de la limpieza pasa solvente con su largo escobillón.

¿Qué queda atrás? El mundo de la sala ha muerto. Hasta los fantasmas, que a ella no le tocan el hombro, se tendrán que acostumbrar. ¿Qué destino tendrá el lugar? No lo sabe. Es la última testigo.

La única que está contenta es la enfermera. Ya se ha adaptado a la nueva circunstancia y ahora tiene muchas más personas alrededor para hablar de su felicidad y de sus cinco hijos. La médica le explica entonces a Irma dónde seguirá atendiendo, qué puerta será la suya entre tantas. Queda al lado del laboratorio, no se puede perder. Pero no van. Como tantos cuando se cambia el lugar de un servicio, no van nunca más a la consulta.

Aunque ha dejado de ir a los controles, Víctor no empeora. Siempre mantiene sus arranques de alegría: sacarle de la mano a Irma algún libro y correr por la vereda escondiéndose detrás de un árbol; velar su sueño, obligándole a descansar de día para verla despertar como una doncella; hacerlo renegar al perro chico aplaudiendo; despeinarse y recitar, mejorar boleros, argumentarle a la policía si se mete en líos y escuchar música en las palabras que pronuncia el niño.

Caminan hasta lugares lejanos, sin importar si andan todo el día: arroyos, puentes o antiguos campos de batalla en la llanura.

Un lunes, cuando Víctor baila pegado a la ruta, lo atropella una camioneta. Es el final del verano, Víctor queda tendido en la banquina. Cuando Irma va a reconocer el cuerpo, le cuentan: lo hallaron con la cara vuelta hacia el suelo. La ambulancia alcanzó a llevarlo al hospital. El médico constató la muerte. Todos lo conocían. Seguramente no era alguien del lugar y huyó, según dijo un testigo que vio todo desde el depósito de chatarra: el malnacido que lo embistió no se detuvo.

Al niño lo encuentran cerca, perdido, hablando solo; diciendo cosas de avispas, chanchos y cangrejos. Tal vez Víctor lo había llevado a pescar.

Irma no duda. Mientras le habla, piensa en la estatua yacente de Santa Cecilia; tal vez Víctor giró la cabeza para que el niño no viera la cara de la muerte.

Ahora el niño se divierte mirándose al espejo que le dice: “Cuando yo sea grande…”. Con el tiempo, se acerca mucho a Irma, que le da la mano, le lava el pelo, la cabeza rubia como un nido. Corre a la bomba y llena el balde, espera sentado. Cuando lo peina, Irma juega con la vida, le hace un peinado con raya al costado, antiguo. Después, el niño camina distinto, como si llevara algo en la cabeza y tuviera miedo de que se le caiga.

Se va corriendo como siempre, sin saludar. No espera crecer. Está ahí, siempre el mismo, haciendo rebotar el dado.

En ese momento, Irma piensa que los muertos podrían tener miedo de la vida. Sombras inteligentes y vivas, tranquilas, se quedan adonde están, en la distancia, como la ironía de los monos en una pintura de Ferdinand Van Kesell.

La primera alegría después de la muerte tiene algo de traición o perjurio. Irma verá el mundo como láminas de cobre. En su rostro, según le ha dicho Víctor el día antes de morir, nunca se reflejó la nota del SI menor, la tonalidad del sufrimiento pasivo que está en la base de casi todas las desgracias.

Bettina Bonifatti, 2022