Orwell solo / Mariano Dupont

La gran pasión de George Orwell fue la verdad. La verdad lisa y llana, “objetiva”. O fáctica. La verdad de los hechos. (Dos más dos es cuatro, no cinco, etc.) Eso que se encuentra, desnudo, limpio, detrás de las falsificaciones, las tergiversaciones, las mistificaciones, los pliegues del lenguaje. Levantar la voz por encima del murmullo colectivo y decir: acá se miente. O: las cosas no sucedieron así. O: esto es una estafa. Hacerse oír cuando nadie quiere escuchar. Cuando escuchar, nada más que escuchar, es perjudicarse, levantar sospechas, convertirse en enemigo del rebaño. Tarea difícil. Ahora como en la época de Orwell. A veces serio o enojado; a veces satírico. Dependiendo del día, del momento, del estado de salud. Una pasión, la de Orwell. Que es también un imperativo. Una conducta. Acompañada de un ojo y un oído. En la práctica: observaciones, señalamientos. Para disgusto de muchos, claro. Incluidos sus propios amigos. Toda una vida así. Desenmascarando falsedades, hipocresías, sobre todo hipocresías –la hipocresía, particularmente, lo sacaba de quicio. Poniéndose en problemas, de más está decirlo. Incomodando por izquierda, por derecha. Y sobre todo incomodándose. Porque la primera víctima de esa pasión –de esa intransigencia– fue él. Desde el día en que decidió, a los veinticuatro años, estando de licencia en Inglaterra, que no iba a regresar a Birmania después de servir durante cinco años como oficial de la Policía imperial. Abandonando una carrera “promisoria”, un “porvenir”, como se decía antiguamente. Incapaz de mentirse, de seguir alimentando ese ideal de juventud que la experiencia colonial –la áspera verdad del Imperio británico– le había mancillado para siempre (los ensayos “Un ahorcamiento” y el extraordinario “Matar a un elefante” son el testimonio de esas ilusiones perdidas). Incapaz, o sea, de volver a eso que había sido –y que ya no era. Definitivamente. Defraudando, a la pasada, las expectativas de su familia, el sueño aspiracional de los angloíndios, de esa lower-upper middle class que describió más de una vez detalladamente –pero sin resentimientos–, como un entomólogo. Una renuncia, sí, pero al mismo tiempo una iniciación, una epifanía –Orwell lector admirado de Joyce–, cuyas bellas secuelas vamos a encontrar desparramadas en toda su obra.
Esa pasión por la verdad, por la belleza que se encuentra siempre, a veces enmascarada, en el centro de la verdad (“Solo la verdad es bella”, escribió Francis Ponge), por más dolorosa o trágica que sea, recorre su vida y su obra. Pasión que es reconocible ya en sus primeros artículos y que hilvana, insistentemente, toda su correspondencia: “Espero tener la oportunidad de escribir la verdad sobre lo que he visto” (carta a Victor Gollancz); “Siento incomodarlo con este asunto, pero he intentado todo lo posible, que no es mucho, por hacer conocer la verdad de lo que sucedió en España” (carta a H. N. Brailsford); “la gran dificultad de hacer conocer la verdad en la prensa inglesa” (carta a Raymond Mortimer), etc. Una manía, casi, la de Orwell por la verdad –o una perversión: “Su apetito por la verdad es lisa y llanamente perverso”, escribió V. S. Pritchett en una reseña sobre Homenaje a Cataluña. Manía o “perversión”, así, que muchas veces se manifestaba en “un absoluto rechazo a transigir”. Rechazo que fue simultáneamente “su grandeza y su tragedia”, como escribió su amigo Arthur Koestler luego de su muerte, ya que finalmente terminó matándolo.
A lo largo de su vida, esa pasión por la verdad muchas veces tomó la forma clásica: la de moverse a contramano del mundo y sus relatos arquetípicos. Y sobre todo del espíritu de su tiempo. “Siempre hay algo inoportuno en las revelaciones de Orwell: el retorno de lo reprimido” (Mary McCarthy). En 1922, por caso, año de las independencias de Irlanda y de Egipto, fundamentales en el inicio de la descolonización británica, parte para Birmania, en donde permanecerá varios años trabajando como policía del Imperio; en 1936, en España, no se unió, como les correspondía a los extranjeros como él, a las Brigadas Internacionales, sino al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), “la facción derrotada del bando derrotado” (Jeffrey Meyers); en 1940, en el auge de los bombardeos del Blitz, dejan con su mujer, Eileen O’Shaughnessy, su pequeña granja en Wallington y se trasladan a Londres; durante la guerra, cuando Inglaterra era aliada de Stalin, intenta publicar Animal Farm, su fábula antiestalinista; hacia el final de su vida, muy enfermo, decide irse a vivir a la isla de Jura, en Escocia, a una vieja casa que su amigo Richard Rees definió como “la más inhóspita de las islas británicas”. Podría seguir, los ejemplos se multiplican. Como si en ese movimiento de ir en contra de lo que se esperaba de él, y, muchas veces, en contra de sí mismo, a veces, incluso, desoyendo el más evidente sentido común (sentido común por el que, sin embargo, en contra del nihilismo cool –o culón, para decirlo lamborghinianamente: “el culón en general es un me da lo mismo”, etc.– de su tiempo, siempre abogó: en la Inglaterra totalitaria de 1984, “la mayor de las herejías es el sentido común”), hubiera encontrado un modo de respirar. De encontrar ese aire que, sin entrar en simplificaciones psicológicas, desde las neumonías de los días escolares en St. Cyprian y en Eton, siempre le faltó.
Pulmones delicados, entonces. Que, sin duda, propiciaron, además de un sinnúmero de enfermedades de los bronquios, la tuberculosis. ¿Cuándo se la agarró? No se sabe con exactitud. Pero seguramente, dicen los biógrafos, en sus días de vagabundeo luego de su regreso de Birmania, experiencia que va a narrar, modificándola apenas, en Down and Out in Paris and London, su primer libro (y uno de los mejores, el preferido de Henry Miller). Así, de policía a vagabundo: un pasaje orwelliano. Un downgrade. Un devenir menor, diría el filósofo. Orwell, en retrospectiva: “Quería sumergirme, mezclarme con los oprimidos, ser uno de ellos y ponerme de su lado contra los tiranos”. Renuncia que revela, claro, su candor juvenil, pero que también trasluce un rasgo que va a delinear toda su vida y que de algún modo lo define entero: su coraje moral. Coraje que, junto con el coraje físico, que también poseía, es de algún modo su integridad fundamental, como la llamó T. S. Eliot al final de la carta en la que –amablemente, nobleza obliga– le rechazaba Animal Farm para Faber and Faber. Se ha dicho muchas veces, quizás abusivamente, que la renuncia de Orwell fue la manera que encontró de expiar la culpa por haber participado, directa e indirectamente, de “la máquina despótica del imperio”. Expiación, así, ante un pecado doble: el de haber sido, por un lado, un policía, y por otro, el de pertenecer a una familia ligada, tanto por el lado de la madre como del padre, a la opresión imperial. Algo de eso hay, sin dudas. La primera de las penitencias que se impuso para apagar esa culpa fue volverse linyera por un tiempo. Un linyera burgués, o pequeñoburgués, en realidad, ya que después de un par de semanas pasando frío en la calle y dormir en asilos para pobres, cansado de la mugre y de la dieta de té, pan y manteca, volvía a la casa paterna o a la de algún amigo para darse un buen baño y alimentarse con comida de verdad.
La tuberculosis, inevitablemente, va a puntear la escritura. Desde muy temprano. Muchos de sus libros van a ser escritos en los tiempos en que se recuperaba de la enfermedad. Orwell escritor de convalecencias. La enfermedad como un puente entre la experiencia y la escritura que intenta trasponerla (o representarla). Homenaje a Cataluña lo escribe en Inglaterra, mientras se recupera de un tiro en la garganta recibido una madrugaba cuando asomó demasiado el cogote (medía un metro noventa y era, encima, cabezón) en una trinchera del frente de Aragón; A Clergyman Daughter, en la casa de sus padres en Southfold, después de una fuerte neumonía; Coming Up for Air, en Marruecos, donde, luego de escupir sangre y ser diagnosticado con una bronquiesctasia, pasó una temporada por recomendación de los médicos; la última parte de 1984, en el hospital Hairmyres, al sur de Glasgow, donde pasó siete meses luego de estar al borde de la muerte por descuidar su salud en la isla de Jura. En Orwell: Wintry Conscience of a Generation, Jeffrey Meyers cuenta que en Hairmyres, dado su delicado estado de salud, para que no escribiera, las enfermeras tuvieron que secuestrarle la máquina de escribir; pero de todos modos se las arreglaba para conseguir papel y lápiz y escribir a mano. Así que se vieron obligados a enyesarle el brazo. La insanabile scribendis cacoethes. Impuesta en parte por la tuberculosis: “Escribir es una lucha horrible, extenuante, un largo combate contra una enfermedad dolorosa”, va a decir en “Por qué escribo”, uno de sus últimos ensayos. La enfermedad, así, no tanto ritmando la escritura, como en los escritores asmáticos –las arborescencias sintácticas de Proust, de Lezama Lima–, sino volviéndola urgente: lo que no se escribe hoy puede ser que no se logre escribir mañana. Pero la tuberculosis no es todo, por supuesto.
“En una época pacífica”, escribió en ese mismo ensayo, “posiblemente habría escrito libros floridos y descriptivos y prácticamente no me habría dado cuenta de mis inclinaciones políticas. Como se dieron las cosas, me vi obligado a convertirme en una suerte de panfletista”. La obligación, el imperativo categórico (o casi), para decirlo kantianamente. La moral. La moral individual, personal, es muy importante en Orwell. No el moralismo, que despreciaba, sobre todo cuando lo veía empaquetado en consideraciones ideológicas. Solo por momentos Orwell es un escritor moralista. A diferencia de los escritores de la izquierda inglesa de su tiempo (estalinistas, trotskistas, fellow travellers, pacifistas, etc.), defensores directos o indirectos de una ideología que él, como “socialista democrático” –o “anarquista conservador”, como una vez se definió–, desde la experiencia española, siempre combatió (“Cada línea de trabajo serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo”), nunca le gustó predicar. No iba con él, con su temperamento; no se condecía con alguien que, antes de señalar las imposturas de los demás, había sido despiadado con las suyas propias. “Tanto el progreso como la reacción resultaron ser estafas”, escribió en “Dentro de la ballena”. Ninguna superioridad, ninguna ostentación (salvo, tal vez, la de su austeridad). Lejísimo, así, del dedo levantado, acusador. Lejísimo del banquito. Las almas bellas lo sublevaban (“A los santos siempre se los debería considerar culpables hasta que se pruebe lo contrario”, escribió en “Reflexiones sobre Gandhi”). Podemos encontrar, sí, en muchos de sus escritos, sobre todo en sus ensayos más polémicos, frases enfáticas ligeramente moralizantes, epítetos ofensivos orientados a provocar la indignación de sus adversarios políticos, sobre todo la de los poetas del “Grupo Auden”, con los que fue muy hiriente. Pero son puntazos indisociables de la temperatura de las circunstancias. Y sobre todo de la temperatura de su esgrima: artilugios retóricos de esa suerte de literatura de combate que practicó desde fines de la década del treinta.
“La política es una piedra de molino atada al cuello de la literatura, y que, en menos de seis meses, termina sumergiéndola”, escribió Stendhal. A esa idea de que la literatura no debe coquetear con la política, de que no deber estar al servicio de ninguna instancia exterior, de ningún elemento que no sea ella misma, Orwell le va a oponer, no un compromiso, como en la tediosa literatura engagée preconizada por Sartre y sus epígonos, sino una moral. “Me resulta un sinsentido, en una época como la nuestra, pensar que uno podría evitar escribir sobre ciertos temas. Lo que más he querido hacer es convertir la escritura política en un arte. Mi punto de arranque es siempre un sentimiento de partidismo, el apercibimiento de una injusticia. Escribo porque hay cierta mentira que quiero exponer, algún hecho sobre el que quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es ser escuchado. Pero no puedo hacer todo el trabajo de escribir un libro, o incluso un largo artículo para una revista, si no hay también una experiencia estética” (“Por qué escribo”). La obsesión por la verdad, que ya mencioné. Exponer una injusticia, una mentira. Pero estéticamente. Las dos cosas. Indisociables: “Mirando mi obra en retrospectiva, veo que siempre que me faltó una intención política escribí libros sin vida”. Si bien nunca cayó en “la herejía de lo Didáctico” (Poe), la gratuidad aristocrática del art for art’s sake y sus derivas modernistas nunca le interesaron. Le gustaban Flaubert, Conrad, Joyce y T. S. Eliot, pero Henry James, por ejemplo, lo “aburría terriblemente” (carta a Richard Rees). Virginia Woolf, por su lado, era su límite. En “Good Bad Books” dijo que, a diferencia de La cabaña del Tío Tom, sus libros no iban a sobrevivir. Desconozco si dijo algo más sobre ella. En su correspondencia no la nombra ni una vez. Pero es posible imaginar que la encontraría afectada. O esnob. O “estetizante”. Vaya uno a saber. Difícil encontrar dos escritores más distintos. Por sus intereses, en primer lugar. Pero también estilísticamente.
En Orwell, el estilo es el hombre. La imagen que uno se hace de él al leer sus libros –la imagen que yo me hago– coincide en gran parte con el Orwell biográfico. Algo que, por supuesto, no dice nada sobre el valor de su literatura pero sí, tal vez, sobre su integridad fundamental. El estilo como “una manera absoluta de ver las cosas” (Flaubert). En la práctica, el suyo, más allá de las diferencias evidentes entre libro y libro –ningún escritor, ni siquiera los embelesados con su propia musiquita, tiene un único estilo–, es heredero del estilo familiar que, cien años antes que Orwell, recomendaba William Hazlitt: “Escribir en auténtico estilo familiar o en verdadero estilo inglés es escribir como alguien que hablara en una conversación convencional con un verdadero dominio en la elección de las palabras, o que pudiera conversar con facilidad, ímpetu y perspicuidad, dejando de lado las pedantes florituras oratorias”. Un estilo que, instrumentalmente, “propone un fresco y vívido tratamiento del tema” y en el que, por otro lado, no encontramos “la rimbombante e inane fraseología de muchos escritores modernos” (Wordsworth). Salvo en A Clergyman’s Daughter y en Coming Up for Air, donde pueden leerse ecos algo forzados de las “técnicas” de Joyce, Orwell siguió de largo, indiferente, ante las acrobacias modernistas. Su modelo de escritor era Somerset Maugham, por quien sentía “una admiración inmensa dada su capacidad para contar una historia con sencillez y sin ornamentos”.
Pocos escritores leyeron tan bien y tan agudamente la época que les tocó en suerte. Y lo que iba a venir más tarde. Ya estaba todo ahí, en el aire. Y él lo vio. Y sobre todo lo escuchó. Sin haber viajado a la Rusia de Stalin como Gide, Céline y tantos otros. Ayudado por los relatos de Arthur Koestler, que sí había conocido de primera mano el horror totalitario. Czeslaw Milosz: “es asombroso que un escritor que jamás vivió en la Unión Soviética haya tenido una percepción tan aguda de la vida en ese país”. Con el duckspeak anticipó la lengua de palo de los apparatchiks soviéticos, que iba a conocerse en Occidente recién en los años 70, ya avanzada la Guerra Fría. Anticipándose varios años a Philip K. Dick, acuñó los términos Thought Police (Policía del Pensamiento), thoughtcrime (crimental) y crimestop (paracrimen, “la facultad de detenerse en seco, casi por instinto, ante un pensamiento peligroso”). Con el doublethink (el doblepensar, “la facultad de sostener en la mente dos opiniones contrarias y aceptar las dos”), que, en 1984, es el mecanismo que permite la constante manipulación y reescritura del pasado por parte del Ministerio de la Verdad, va a ir a la médula misma del hegelianismo esquizoide del discurso totalitario, a la llamada “identidad de los contrarios”, eso que Léon Poliakov iba a llamar mucho más tarde la diaboléctica, la dialéctica que, prescindiendo de la realidad objetiva, de la verdad de los acontecimientos, autoriza a identificar la realidad psíquica interna con la realidad empírica externa.
En este sentido, los únicos escritores con los que, en el siglo XX, podría equiparárselo son Kafka y, como dije, Philip Dick. Y, quizá, William Burroughs. Sin embargo, a diferencia de la gran mayoría de los grandes escritores de su tiempo, la historicidad de Orwell –llamémosla así– elude la llamada “renovación” de los procedimientos literarios: no fue, la suya, una historicidad “formal” –pasó por otro lado. Los tiempos, según él, no exigían tanto nuevas técnicas u osadías formales, sino, por el contrario, el clasicismo y la transparencia de “una lengua despojada” (Wyndham Lewis). Sin embargo, como en Joyce, encontramos el mismo rechazo “a abandonarse al mínimo enunciado muerto” (Philippe Sollers). Solo después de la muerte de Eileen, cuando, finalizado el entierro de ella, sin terminar de hacer el duelo, regresó a Francia y Alemania para cubrir el final de la guerra para el Observer de los Astor, entregó artículos anodinos, deslucidos, que no parecían haber sido escritos por él. Fue en el único momento de su vida en que no escribió algo a la altura de su integridad fundamental (perdón por la insistencia). Sus novelas y sus ensayos –sobre todo sus ensayos– están llenos de ese bien escaso que, independientemente del género, es muy difícil encontrar en la literatura –particularmente en la literatura contemporánea: esa “vida” o “soplo” que, más allá del gusto, de las imperfecciones y, sobre todo, de los desacuerdos –no hay que coincidir en todo con un escritor para amarlo–, no dejamos de exigirles a los libros. T. S. Eliot: “Un gusto genuino es siempre un gusto imperfecto”.
La participación en el guerra civil española va a ser un hecho clave en su vida. No solo por el balazo en la garganta que casi lo mata. España va a ser también su cara a cara con la experiencia totalitaria. Su aversión al estalinismo empieza ahí. Tuvieron que salir huyendo con Eileen después de que el POUM y otras milicias trotskistas fueran declaradas ilegales por orden de Aleksandr Orlov, el jefe del NKVD soviético en España, esbirro de Stalin. La historia es larga y no la voy a contar acá (la cuenta, además, bella y detalladamente, Orwell en Homenaje a Cataluña, su mejor libro, según él mismo). Tuvieron suerte. De agarrarlos, los estalinistas posiblemente los habrían fusilado. Estando ya de vuelta en Inglaterra, se realiza en Valencia un Tribunal de Alta Traición y Espionaje en el que se acusa a los Orwell de “trotskismo furioso” y de ser agentes del POUM. El juicio in absentia se realiza al año siguiente. “Lo que vi en España y lo que vi después sobre los mecanismos internos de los partidos políticos me hizo aborrecer la política”, va a escribir más tarde.
El embrión de la ruptura con la izquierda filorrusa que va a desencadenar la experiencia española lo encontramos en uno de sus grandes libros: The Road to Wigan, una suerte de informe sobre el estado de la clase obrera en Inglaterra que escribió luego de un viaje-estudio de campo al norte industrial, minero, de Inglaterra, a pedido de su editor Victor Gollancz. Antes de partir para Barcelona, en diciembre de 1937, le había entregado a Gollancz el manuscrito terminado del libro, en cuya polémica segunda parte, hacia al final, después de tres capítulos autobiográficos, se dedica a diseccionar los lugares comunes y las taras de los socialistas “progres” de clase media, los “bolcheviques de salón” que, adaptando el mundo a sus ideas e ignorando los problemas reales de la gente común, son los principales responsables del fracaso de la revolución socialista en Inglaterra. Gollancz publica el libro en marzo de 1937, pero, temiendo que la segunda parte ofendiera a los miembros del Left Book Club (del que era presidente y fundador), sin la autorización de Orwell, inserta un prefacio suavizando –y distanciándose de– los juicios de la segunda parte. “Toda virtud tiene su vicio correspondiente. La literatura engendra a los editores”, escribió Balzac. Así las cosas. Ese prefacio, previsiblemente, hace enojar a Orwell y lo distancia de Gollancz por un tiempo (hasta la publicación de Coming Up for Air dos años más tarde). Homenaje a Cataluña, ese libro que escribió “indignado con las mentiras que leía en los periódicos ingleses, decidido a decir la verdad sobre lo que había ocurrido realmente en España” (Meyers), va a ser publicado por Fredric Warburg en abril de 1938.
La “decencia ordinaria” (la common decency) es un elemento clave del ethos orwelliano. En el apéndice de Homenaje a Cataluña, escribió: “Si me hubieran preguntado por qué me había unido a la milicia, habría respondido: ‘Para pelear contra el fascismo’, y si me hubieran preguntado por lo que estaba luchando, habría respondido: ‘La decencia ordinaria’”. Decencia ordinaria que es, claro, un ideal, que él encontraba encarnado en la gente sufrida perteneciente a la “clase trabajadora”, en las mujeres y en los hombres comunes, sin estudios. Arthur Koestler: “era implacable consigo mismo, severo con sus amigos, insensible a los admiradores, pero lleno de comprensión hacia quienes estaban en la periferia remota, ‘las muchedumbres de las grandes ciudades con sus caras huesudas, sus dentaduras en mal estado y sus modales educados; las colas ante las Bolsas de trabajo, las viejas solteronas yendo en bicicleta a tomar la Comunión a través de la niebla de las mañanas de otoño…’”. Una decencia que él mismo, incluso en su aspecto exterior, se esforzaba ingenuamente en representar. Meyers: “Adoptó la indumentaria del New Statesman, consistente en un saco de tela gruesa con pitucones, pañuelo en el bolsillo, pantalones oscuros, camisa azul de tela rústica y corbata, para armonizar con la clase trabajadora”. En “Looking Back on the Spanish War”, un ensayo de 1942, Orwell narra un episodio sucedido una madrugada mientras peleaba en Huesca que a mi juicio condensa, tal vez como ningún otro de su vida, la llamada decencia ordinaria. Estando con un compañero agazapados en una zanja, en un momento ven que, a cien metros, del otro lado, un soldado enemigo, un fascista, salta de la trinchera y se larga a correr a través del campo. La luz es débil pero se lo divisa bien. El hombre va vestido a medias, con los pantalones sueltos, agarrándoselos con ambas manos. Escribe Orwell: “Contuve el impulso de dispararle. Es cierto que soy mal tirador y que es muy difícil dar a un hombre que corre a cien metros de distancia, y además yo estaba pensando sobre todo en volver a nuestra trinchera aprovechando que los fascistas estaban pendientes de los aviones. Sin embargo, si no le disparé fue por el detalle de los pantalones. Yo había ido allí a dispararles a los ‘fascistas’, pero un hombre al que se le caen los pantalones no es un ‘fascista’; es, a todas luces, un prójimo, un semejante, y se le van a uno las ganas de dispararle”.
Lo contrario de la decencia ordinaria es la estupidez instruida. La estupidez instruida encarna en ese tipo de estúpido “peculiarmente moderno” que describió muy bien Oscar Wilde en De Profundis, el estúpido que se ha vuelto estúpido a fuerza de lecturas y de educación. El estúpido letrado. Que en el siglo veinte devino estúpido ideologizado. Estupidez instruida que es también, claro está, “vulgaridad ilustrada” (Georges Bataille). Van de la mano. Toda su vida Orwell fue el centro de los ataques de esa estupidez “inteligente”. O por lo menos desde que, hacia el final de la década del 30, empezó a contrariar las verdades sagradas de la ortodoxia izquierdista y a tomarse la libertad de decir eso que la intelligentsia biempensante –“esa isla de intolerancia en la vaguedad general”– no estaba dispuesta –como no lo está aún hoy– a escuchar. Raymond Williams, el santo pontífice de la izquierda inglesa, lo acusó de ser “el portavoz de la desilusión social y política” y de “arruinar la moral de toda una generación”. Alcanzó, Orwell, esa gloria póstuma a la que, según su propia confesión, aspiraba Flaubert: la gloria del corruptor. Ante la dificultad de enlatarlo, lo tildaron de “exiliado”, de “paradójico”. Christopher Hitchens: “Según el punto de vista de muchos miembros de la izquierda oficial, cometió el pecado mortal de ‘darle municiones al enemigo’”. Le hizo “el juego a la derecha”, diría la versión actual del estúpido instruido.
En 1940, al final de su gran ensayo sobre Charles Dickens, escribió: “Una inteligencia libre, un tipo odiado con igual intensidad por todas las pequeñas nauseabundas ortodoxias que actualmente se disputan nuestras almas”. Más que de Dickens, a quien unas páginas antes en ese mismo ensayo había criticado tanto por su complacencia con el gusto de la época así como por su humanismo ingenuo con respecto a la cruda realidad social y económica de la Inglaterra victoriana, hablaba de él mismo, qué duda cabe. Las nauseabundas ortodoxias nunca lo toleraron. Se lo diputaron por un tiempo, es verdad, lo reclamaron para ellas, intentaron reclutarlo para la defensa de sus causas; pero al ver que sus posicionamientos no se adecuaban a la comodidad de un programa ideológico sino a su singular obsesión –nunca predecible y, a veces, incluso, contradictoria– con la verdad y con la justicia, empezaron a atacarlo. Su ensayo sobre Kipling es una muestra, de las tantas que hay en su obra, de esa lucidez tan suya para escaparle a los lugares comunes de la ortodoxia, al canto siempre triste de las sirenas de la ideología. “La ideología es siempre reaccionaria”, escribió Cabrera Infante. Orwell a un costado, escamoteándose; o en el medio, solo, entre los imperialistas nostálgicos, en duelo por el Imperio que ya empezaba a decaer, y la izquierda culposa, algo cínica, avergonzada de su nacionalidad.
Al igual que, años más tarde, le iba a suceder a Raymond Aron, la izquierda no le perdonó que sus opiniones anticolonialistas carecieran del “lenguaje ideológico”, que no condenara con solemnidad la colonización y considerara, en cambio, el problema en toda su dimensión y complejidad, tanto del lado de los colonizados como del Imperio. Simon Leys: “En efecto, si la experiencia colonial le había enseñado por un lado el odio al imperialismo, por el otro le había inculcado el respeto por los hombres que construyen cosas”. “Era joven y no sabía que el Imperio británico está muriendo, y mucho menos sabía que es muchísimo mejor que los jóvenes imperios que van a reemplazarlo”, escribió premonitoriamente al comienzo de “Matar a un elefante”. Ese ensayo, junto con “Un ahorcamiento” y Burmese Days, su novela anticolonialista, no son tanto retratos de la opresión, el racismo o la injusticia coloniales como diagnósticos descarnados de la estupidez y el sinsentido que, bajo un máscara civilizatoria, “altruista”, escondía la llamada “responsabilidad del hombre blanco”.
Los intelectuales, los highbrows, sobre todo los de izquierda, lo deprimían “horriblemente”. Lo dijo en una carta. Lo que más le molestaba de ellos no era tanto que defendieran una ideología completamente contraria a la libertad, a ese socialismo democrático, liberal, por el que abogó toda su vida, sino, fundamentalmente, su “superficialidad emocional”, como la llamó, el hecho de que vivieran encerrados confortablemente en el frasco narcisista de sus propias ideas, en la “pomposa masturbación doctrinaria” (Céline), desconectados completamente del mundo de las personas comunes. “Lo que me enferma en relación con la gente de izquierda, especialmente los intelectuales”, escribió, “es su absoluta ignorancia de cómo las cosas suceden en la realidad. Eso me chocaba ya cuando todavía estaba en Birmania y leía su literatura antiimperialista.”
Todavía hoy, ya entrado el siglo XXI, el nombre de Orwell provoca entre gente perteneciente a la izquierda ortodoxa “un escalofrío de repulsión” (Hitchens). O por lo menos de desconfianza. O de desdén. O de indiferencia. Salvo 1984 y Animal Farm, libros que forman parte de los programas escolares y desde hace 70 años se siguen vendiendo como el primer día, se lo lee muy poco. Lo fecharon. Le pusieron, para sacárselo de encima como a Aleksandr Soljenitsin o a Reinaldo Arenas, el cartelito perezoso, condescendiente, de escritor anticomunista. O mejor, más inofensivo aún: de escritor antitotalitario. Lo que es evidente es que, con sus tomas de partido contrarias al murmullo único, adocenado, de su tiempo, Orwell gravó su obra de una hipoteca que, pasen los años que pasen, nunca le será del todo condonada.
Los ataques de la estupidez instruida continuaron después de su muerte. Se llegaron a editar, incluso, libros enteros en su contra. En 1984, la editorial Lawrence & Wishart, vinculada al Partido Comunista inglés, publicó Inside the Mith, una colección de ensayos contra Orwell en los que, con la supuesta intención de “desmontar” el mito, se lo atacaba “con el claro motivo de dañar todo lo posible su reputación” (John Newsinger).
La mejor de todas esas ofensivas es relativamente reciente. Está detalladamente contada en el libro Orwell ante sus calumniadores. En 1996, en un artículo de The Guardian, se dio a conocer que en 1949, pocos meses antes de su muerte, Orwell, a pedido de Celia Kirwan, amiga suya y cuñada de Arthur Koestler, le había entregado a ella, que en ese entonces trabajaba para el Information Research Deparment –una sección del Foreign Office que había sido creada en 1948, al comienzo de la Guerra Fría, por el gobierno laborista para contrarrestar la propaganda de la Cominform recién fundada por Stalin–, una lista de escritores criptocomunistas o fellow travellers que, según él, no eran adecuados para producir propaganda antisoviética. Orwell le entregó el listado de 38 escritores, subrayando al final de la carta que lo hacía “a título estrictamente confidencial”, y agregando: “La lista no es ninguna maravilla, seguramente no les diga nada a tus amigos que no sepan ya”. El artículo de The Guardian, como era de esperar, levantó los chillidos de las mediocres erinias, ansiosas por “hacerle pagar la sangre vertida”. A él, que en su momento había defendido con firmeza los derechos civiles y protestado, a pesar de su rabioso anticomunismo, contra la purga de comunistas emprendida por la administración pública británica por considerarla antidemocrática, se lo acusó rápidamente de soplón, de desempeñar el papel de Gran Hermano y de traicionar a sus amigos y sus propios principios socialistas. Se llegó a decir, incluso, que no había entendido su propia novela (1984). “A los que admiramos a Orwell nos habría gustado que ese episodio nunca hubiera existido”, sentenció un hipócrita. Nada nuevo bajo el sol. Siempre ha sido así. “Más que la belleza artística”, escribió Simon Leys en “El imperio de lo feo”, “la belleza moral parece tener el don de exasperar a nuestra especie. El deseo de rebajar todo a nuestro miserable nivel, de manchar, de burlarse y degradar todo lo que nos domina con su esplendor es probablemente uno de los rasgos más desoladores de la naturaleza humana.”

Mariano Dupont, 2023.

Ph / George Orwell