1- ¿Desde hace cuánto tiempo está la Argentina en crisis? Desde su comienzo. Sin embargo, hubo en el siglo anterior un impulso animal, por así decirlo, que llevó al país adelante a pesar de sí mismo. Y hubo también, a fines del siglo pasado y principios de éste, la ilusión de que se había plasmado una comunidad. La crisis latía entonces muy cerca de la superficie. Pero eran lapsos de crecimiento. Ahora, desde hace unas décadas, desde hace tres décadas, estamos en la crisis de la crisis. ¿Qué se hizo del ímpetu “animal” de donde, sin duda, salía el famoso «optimismo vacuno»? De algún modo se fatigó, concluyó, aunque aún exhale unos pocos convincentes mugidos. Y lo único capaz de sustituirlo, el espíritu de comunidad, no se formó. La prueba: el país está sumido en la parálisis. El enfermo ha caído en cama, finalmente. Lo mire por donde lo mire, estadísticas, estilo de vida, prestigio internacional, veo lo mismo. Por supuesto, gravita la situación mundial. Existe también una crisis económica. Muchos dicen que hay que buscar por allí. Pero yo no puedo dejar de pensar en el Brasil: ha afrontado los problemas generales y otros, particulares, casi idénticos a los de Argentina. Sin embargo, no está paralizado. Es más, logró pasar a la cabeza de los países latinoamericanos.
2- La Argentina figura ahora con frecuencia en la primera plana de los diarios extranjeros. Es por los golpes de Estado militares. Quiero no descuidar esta trivialidad: indica que nos hemos revelado como lo que nos jactamos de no ser: sudamericanos. Desde 1930, los golpes militares – triunfantes, derrotados o abortados- pasan las tres decenas. Una cifra digna de que se la llame significativa. En realidad, todo período post-revolucionario es para una de las mitades o un sector importante del país solo un nuevo período pre-revolucionario. Las llamadas revoluciones lo son porque todo está revuelto, pero no son revoluciones. Las revoluciones, por provocar un trastorno radical en las ideas y formas de vida de un país, no pueden estallar más que con largos intervalos entre sí. Si acaecen una tras otra, no se trata de revolución: se trata, sencillamente, de que el poder cambia, con violencia, de manos, hay golpe de Estado. Cualquiera sea el nombre que se les dé, la ejecución de estos actos de violencia corre a cargo de los militares. Por hallarse asociados a los síntomas más estrepitosos de las crisis, los militares se ven a veces acusados de ser los culpables de la crisis.
3- Las acusaciones abundan. Naturalmente, pues acusarse es uno de los vicios característicos de cualquier crisis. El odre estalló y salpicó a todos. Cada uno trata ahora de limpiarse: hay una culpa en estado salvaje a la que es preciso exorcizar, darle un nombre, domarla, alejarla de nosotros. Cada uno se la echa encima a los demás. Ahí están los tres partidos políticos de más larga tradición —el Conservador, el Radical, el Socialista: los tres quebrados en forma vertical y horizontal, izquierda y derecha, juventud y vieja guardia. Es la rúbrica de la culpa. Lo que los separa se ha tornado de improviso más fuerte que lo que los une. Y esta situación se extiende al resto de las actividades, agrupaciones, al país entero. Cada acusación se halla sustentada por una interpretación de la crisis. Las interpretaciones se basan en el error de ver causas en lo que no pasa de ser consecuencia. Así, las que inculpan a los militares. Los militares entran en (la) crisis, no hacen la crisis, pues solo salen cuando —según se dice en la jerga al uso— «la calle está caliente». Lo que enardece la calle son algunas de las demás expresiones de la crisis: caos administrativo, crecimiento del costo de vida, corrupción, etc. Atendiendo exclusivamente a estos síntomas, se forjan las explicaciones político-sociales de la crisis. Las acusaciones procedentes de este orden polarizan a la ciudadanía entera. ¿Es posible, entonces, determinar en este plano quiénes son los culpables de la crisis? No. Las explicaciones político-sociales no pasan de ser la entrada en (la) crisis de los políticos. La ciudadanía los sigue porque en los esquemas simplistas que le presentan hallan un pasajero respiro para su inquietud. Por otro lado, no hay, en suma, más que dos grandes bandos. ¿Cómo desdeñar un mecanismo que sirve para drenar con tanta facilidad el odio y echar la propia culpa sobre los otros?
4- La oligarquía es un estado de ánimo. Muchos obreros socialistas podrían dialogar más cómodamente con el patrón conservador que con otro obrero peronista. La baja clase media ascendente y parte de la población rural son también filo-oligárquicos. Bajo los nombres de diversos partidos políticos, las fuerzas oligárquicas tuvieron largo tiempo el poder en sus manos. Hicieron lo que hicieron: mucho bueno, mucho malo. Pero en 1943, uno de los candidatos conservadores afirmaba con desparpajo que en su futuro gobierno «por fin se haría un Gobierno de clase». Sí: «para un peronista no hay nada mejor que otro peronista». Así fue como la oligarquía probó el gusto del polvo. Se ha afirmado que fue una de las creadoras más activas de Perón, y gran parte de verdad se esconde en esa frase de aire exagerado. El problema de Perón debe dividirse en dos aspectos: Perón como persona y Perón como momento histórico. En cuanto al primero, es razonable emitir una sanción moral terminantemente negativa. En el segundo, las sanciones morales son impertinentes. Significa lo mismo que decir que la historia es una ramera. Un período histórico es el punto de concurrencia de muchas fuerzas; la oligarquía fue una de las fuerzas que modelaron el peronismo. Con pecados de omisión y comisión, la oligarquía presionó hasta engendrar una tensión pública que no tenía otra salida que el peronismo. Desoyó a la mitad del país, se burló de ella pasándola por alto. No por avidez, como se pretende, sino por una soberbia que asumió la máscara bondadosa del «patriarcalismo». Generosa con aquellos que estaban de su lado, no toleró a los que decidían no necesitar de ella. Insegura en su puesto, necesitó una confirmación total, acatamiento: ¿no suena aquí un acorde idéntico al que fue leitmotiv del peronismo? La diferencia radica en que por lo general, en lugar de apelar a la persecución de los que no la reconocían, optó por dejarlos morir en silencio. Sólo un matiz que no sirvió para salvarla.
5- Lo que más me impresiona en el colapso de la oligarquía es que no supo educar a sus hijos para que conservaran el poder que tenía en sus manos. Pocas generaciones atrás había gobernado el país con estilo, con un vigor espiritual que indicaba que lo estaba representando en su integridad. La firmeza de sus gestos decía que incluso sus adversarios se reflejaban en ellos. Dio a la Argentina un prestigio del que gozamos durante largos años. Después dejó de oír a sus antagonistas, se limitó a expresar a los que compartían su estado de ánimo. Al fin, se durmió. Mientras sonaba el estallido perentorio de los primeros reveses, la oligarquía llegó a olvidarse de sí misma: educó a sus hijos para llevar una vida regalada, les permitió creer que el país era una casa en la que los amos por derecho propio eran ellos. Así confesó su enajenamiento de la realidad, se volvió indigna de la realidad que estaba manejando. Perón solo apuñaló a un suicida en agonía.
6- Pienso en lo que era la neutralidad argentina de Yrigoyen y en qué se convirtió como tercera posición de Perón. Se trata de la síntesis caricaturesca de un dramático descenso. La neutralidad es una actitud moral. Era incluso un gesto no exento de cierto matiz religioso negativo que llama la atención en el mundo de las conveniencias políticas. Cuando reflexiono sobre ella, no puedo dejar de ver hasta qué punto se acerca a la expresión de la singularidad de la supuesta alma argentina: una negación en busca de una afirmación que no es la que le ofrece el orden mundial constituido. Como tercera posición se transformó en una triquiñuela, por otro lado ineficaz. Pues con ese pretexto y con esa amenaza se busca poder comerciar con la órbita norteamericana y con la órbita rusa y arrancar además ciertos beneficios perdidos a causa de la nueva postura. Lo único que se logró fue perturbar en buena medida las relaciones con ambas órbitas. Este ejemplo dice que la trayectoria de las fuerzas populares, de las fuerzas no oligárquicas, del otro bando, ha sido igual a la oligarquía, aunque de ritmo más acelerado.
7- Las fuerzas populares tampoco implican una clase: son por igual un estado de ánimo. Grandes industriales han pagado sus campañas electorales, capitalistas y clase media las apoyaron. Ni siquiera faltaron nunca en sus filas representantes de la crème de la crème oligárquica. Pero en el impulso que los hizo desertar de su mundo, qué diferencia entre el candor de Marcelo T. de Alvear y el torvo rencor de sus paralelos de la época peronista. En todos los órdenes se vio la misma descomposición. Se repararon injusticias sociales, se ayudó, se ayudó sobre todo psicológicamente a una masa sumergida, que sintió que le hablaban (aunque le hablaran mentiras) y que de tal modo pudo respirar (aunque fuera aire viciado). Pero en el lapso yrigoyenista a esas fuerzas les bastó con sentirse representadas en el gobierno; no necesitaron exasperar una cuestión de clases o económica cuya existencia reconocían. Mientras que bajo el peronismo se pretende organizar una justicia social que a lo que más se parecía era a una venganza. En un país en formación, sin clases sociales estratificadas, las clases más bajas pugnaron por esa satisfacción. Se podía ascender socialmente sin demasiado esfuerzo, y los que podían ascender lucharon para cerrar todas las posibilidades de ascenso. Se sacrificaba la perspectiva de un progreso real, con tal de practicar un odio de facción que se encubría bajo el transparente velo de un problema de clases.
8- Las fuerzas populares ejercieron asimismo el poder durante años, bajo los rótulos de yrigoyenismo y peronismo. Se divorciaron de la realidad con mucha mayor rapidez que la oligarquía. Su ascenso al Gobierno estaba vinculado fundamentalmente a un problema moral, de sentimientos, de reconocimiento por parte de los otros. Las fuerzas populares querían paliar la humillación de que su existencia no hubiera sido reconocida por las fuerzas antagónicas. Ahí estaba el recuerdo de la mirada de un amo que no los veía más que cuando se ponían díscolos, y que entonces inmediatamente dejaba de verlos, los convertía en inexistentes. Ese anhelo fue azuzado por el peronismo a que buscara su satisfacción en un plano social y económico. Pero allí no podía desahogarse, pues su raíz era moral, sentimental. Ya podía el toro correr por esa arena solitaria, ya podía bufar y dar cornadas y destrozar, que no hallaría la salida. El toro enloqueció, esto es, las fuerzas populares se resistieron al no encontrar el alivio que buscaban y contrajeron el mal de la agresividad. A su turno, igual que la oligarquía a la que habían barrido, confesaban ser indignas de la realidad: no la entendían ya. Y aconteció lo que aconteció.
9 – Ergo: la crisis no es un problema económico. ¿Cómo podría serlo en un país que cuenta con uno de los niveles de vida más altos del mundo? Hay problemas económicos, pero el problema no es económico. Por otro lado, está la prueba negativa: ¿para qué sirvió el mejoramiento económico de las clases menos dotadas? Solo para exasperarlas. Y ergo: la crisis no es un problema social. No es un problema de determinada clase, que le ha sido infligido al resto del país. Es un problema de todas las clases, porque todas fracasaron ante él, todas lo crearon. Es, en consecuencia, un problema común. Un problema de la comunidad, siento la tentación de decir. Pero sé que debo contenerme, pues sé también que estamos justamente ante el problema de la falta de comunidad.
10- Los planteos políticos son, entonces, radicalmente falsos. Los planteos políticos no son capaces de aportar ninguna solución a la crisis. Quod erat demostrandum. Pero los políticos subsisten. Seguirán vociferando, contribuyendo al error general, títeres de la crisis que de pronto se creen titiriteros. Cuando no me irritan con su vanidad y su estrépito, los políticos argentinos me dan pena. Claro que la mayoría de ellos no pasan de ser una máquina de distribución de puestos públicos. Pero incluso así, son como gentes obligadas a volar a quienes sólo les han dado una bicicleta para hacerlo. Pues, si se mira a fondo, ¿qué quiere este país? Un rey, una monarquía, un poder absoluto que represente al bando al que se pertenece y aplaste a los contrarios. La otra mitad del país fomentará la anarquía hasta que logre deponer a ese rey y montar en el trono al que ella sostiene. Y así. Monárquico anarquistas: eso somos, por darle un nombre. Todo el caudillismo público y privado en nuestra existencia apunta a lo mismo. Frente a ese monstruo, los pobres políticos, encargados de reducirlo, de domesticarlo, de presentarlo en el salón mundial de la democracia, para que haga algunas de las piruetas de moda. Forzados desde hace un siglo y medio a hablar de democracia, cuando su auditorio no tiene nada que ver con la democracia, no quiere saber nada de ella.
11- Los pueblos suicidas constituyen una especie curiosa. Ignoro si existen muchos ejemplares de ella. Pero hay por lo menos uno: el argentino. Al día siguiente de conocerse el resultado de las elecciones por las cuales Perón fue llevado por segunda vez al poder, las mismas gentes que una semana antes habían votado por él estaban manifiestamente deprimidas. Esto era claro en los barrios obreros. Por así decirlo, se sentían abrumados por el triunfo. Es que percibían oscura pero firmemente lo que habría de venir; y vino. Sin embargo, votaron por Perón. Prestaron su acuerdo para que así fuera: se suicidaron. En la era postperonista, los argentinos continuaron haciéndolo al negarse a remediar su malestar económico. En el curso de los dos años transcurridos desde la caída de Perón, la explotación del petróleo hubiera significado la rehabilitación económica total del país. No obstante, el honor nacional ha acudido rápido y tumultuosamente a concentrarse en un punto: la no explotación del petróleo. Soberanía o muerte. Claro que, cuando mediante un contrato puede estipularse con claridad que ni la soberanía ni la economía nacionales se verán afectadas, sino beneficiadas por esa explotación, salta a la vista que en dicha alternativa ha sido suprimido uno de los términos, para dejar solo el de muerte, una muerte elegida con vindicativa voluntad adolescente. No bien la Diosa Fatalidad asoma la punta de la nariz a través del cortinado histórico, el pueblo argentino hipnotizado, corre a echarse en sus brazos, la llama ardientemente, ya sea con el nombre de Perón o con el menos galvanizante de los políticos que procuran sustituirlo. Un agravante: esos suicidas están siempre alimentados con exceso. Viajo a menudo en tranvías y ómnibus abarrotados y tengo que palpar demasiadas barrigas. Demasiadas barrigas para tantos suicidas. Pues no hay nada más letal que un suicida obeso que pervive. Y un atenuante: solo un furioso amor por la vida es capaz de arrastrar al suicidio. Cuando los obstáculos que halla ahora desaparezcan, ese amor podrá acaso manifestarse como amor y no como voluntad de muerte.
12- No hay comunidad en la Argentina. No formamos un cuerpo, aunque formemos un conglomerado. Nos comportamos como si cada uno fuese el único y estuviera solo, con las desdichadas consecuencias que ello tiene cuando la situación no es tal. La mano procede con olvido de la cabeza, la boca, sin tener en cuenta el estómago, etcétera. Pienso en una de las funciones primordiales de la comunidad: la división. En una comunidad real tiene que haber partidos que pugnan en sentidos diversos: de ello depende el movimiento, la vida misma de la comunidad. Pero esos partidos perciben que forman parte de un todo, o sea que el movimiento no es caos ni anarquía. Cuando una situación no es resoluble dentro del cuadro de la comunidad, se apela a una revolución, para modificar dicho cuadro. La pugna partidaria y la revolución son los recursos que aseguran la vida de la comunidad. En lugar de esa vida, la Argentina tiene un enconado caos faccioso, iluminado periódicamente por los golpes de estado. Es que no hay un organismo al que todos se sientan pertenecer. Cada órgano cree ser el todo, funciona con prescindencia del conjunto: ¿existe una definición más exacta de enfermedad? ¿Y quién es culpable? Nadie. Todos.
13- La memoria argentina es feroz en su debilidad. Que yo sepa, hasta el presente ha retenido un solo nombre vivo: el del cantor-héroe-vate nacional, Carlos Gardel. He aquí otra trivialidad significativa. Pues la memoria desempeña en una comunidad un papel capital como instrumento de fusión, de cohesión. Mediante el recuerdo vivo de personas y acontecimientos, la comunidad mantiene y prolonga sus ideales, su energía espiritual. La memoria es el registro más veraz respecto a si existe, y la medida en que existe en un pueblo algo superior a cada uno de sus integrantes. Y nuestra memoria no recuerda más que a Carlos Gardel. No sin sarcasmo nos enrostra su nombre, como si quisiera enseñarnos lo que valen las obras y los hombres ante ella. No hay prócer de los que se agitan desde la escuela elemental ante los ojos, que sea cosa viva. Nombres y fechas de nuestra historia no pasan de ser espantajos cuya imagen retienen solo estudiantes y académicos para evocarla en sus respectivos exámenes y olvidarla al minuto siguiente. La otra cara de la misma moneda es que constituimos el país donde se conmemoran más aniversarios. Porque ninguno es real. ¿Cómo puede haber memoria en un pueblo en el que nadie reconoce nada superior a sí mismo? No hay comunidad: tal problema es acaso lo único que tenemos en común.
14- Una comunidad se constituye con la parte de sentimientos y esperanzas que cada uno de sus miembros delega en los demás. Si vivo en una comunidad real, respiro como su atmósfera la noción del organismo general que integro, y procuro realizar a través de los demás todos los anhelos que no puedo cumplir por mí mismo aisladamente. Soy acaso trabajador manual, pero soy también dirigente político a través del dirigente político que he elegido para que me represente. Soy poeta a través del poeta a quien admiro y que me presta así su voz. Soy héroe a través del héroe en cuya historia vivamente creo. Incluso en el triunfo de mi antagonista hay algo mío que se cumple: esa parte no formulada con claridad en mí, no predominante, pero que de cualquier manera existe. Me las arreglo: siendo raíz, soy a la vez cierta forma flor, tronco, hojas. Hay un árbol vivo.
15- El argentino arquetípico parte del supuesto de que él debe y puede ser superior a todos, de que nada hay que lo sobrepase. Esta cándida certidumbre podría resultar simpática si no estuviera destinada a descomponerse inmediatamente, como le acontece. Pues cuando con el correr de los años la realidad le arroja al rostro las pruebas de su fracaso, el argentino se encoge de hombros y niega la realidad: la desfigura, la censura. Herido por los desmentidos que el mundo lanza sobre sus pretensiones infinitas, el argentino niega todo lo que está allende el círculo de ese yo en el que se encasilla, detesta lo otro. Este veto llega a contaminar su idea del tiempo: quien cree sólo en sí y nada más que en sí, únicamente cree en el instante que está viviendo. Pereat qui crastina curat. ¿Por qué sorprenderse entonces ante la incuria de la oligarquía en cuanto a educar a la generación que debía sucederla en el poder? Pues por cierto no se imaginaba que nadie fuese a sucederla: al no existir una comunidad a través de la cual pueda prolongarse idealmente más allá de su efímera vida, el argentino pervive con la recóndita, imborrable persuasión de que con su muerte personal terminará el mundo entero. La conducta de la oligarquía fue coherente. Y también lo es la falta de memoria colectiva. Quien supo que podía ser superior a todos fracasó, quien negó luego todo para no reconocer su fracaso, quien no aceptó más que el mísero segundo en que se agitaba, ¿cómo puede ceder una parte de sí al recuerdo de otro, cómo puede reconocer que alguien que no es él triunfó, cómo puede, en fin, prestar vida al ofensivo tiempo, en el que no perdurará? Solo recordará a un cantor que expresaba el fracaso y cuya vida terminó con una tragedia. Esta demoníaca religión del presente absoluto cobró con Perón un matiz militante. Cuando recuerdo el odio a la cultura, el desprecio de la historia, la liquidación de las reservas económicas, la incitación desenfrenada a las diversiones deportivas y de otras índoles, casi cualquiera de los rasgos del período peronista, veo las imágenes de la exasperación progresiva de ese demonismo del presente absoluto con que se embriagó un pueblo decidido a no creer en nada porque había creído con soberbia infinita en sí mismo. Esa es la religiosidad del pueblo argentino: una religiosidad al revés. Perón la entendió y organizó su culto activo: fue una versión sudamericana del nihilismo de los cultos órficos y tuvo sus saturnales en la quema de edificios, la persecución y la tortura de todo lo «apolíneo». Perón se insertó en esa religiosidad y de ahí su supervivencia actual. Que sus seguidores lo recuerden hoy con actos de terrorismo no constituye una casualidad: es la prolongación del culto de esa religión cuyo sentido su gran sacerdote había calado hasta el punto de llegar a sentir por ella el terror secreto que lo impulsaba a cubrir con su nombre y su imagen el país entero.
16- En 1945, la Unión Democrática contaba con todos los medios disponibles, incluso la prensa, para triunfar en las elecciones. Las circunstancias históricas mundiales, la reciente derrota de las potencias del Eje, el hecho de que acabara de abandonar el poder y aún manejase muchos de sus resortes: todo la favorecía. En aquella turbulenta campaña preelectoral habló largamente. Pero fue como si no hubiese hablado, porque estaba divorciada de la realidad. Utilizaba un lenguaje que súbitamente la mayoría ignoraba. Lo cierto es que no existía: se había tornado irreal, fantasmagórica. De tal modo, fue a parar al cajón de los trastos. Diez años después, en 1955, Perón contaba con todos los medios para defenderse, partidos, prensa, opinión pública, la mayoría de las fuerzas militares. Sin embargo, tuvo que huir. Su violencia previa, sus amenazas, habían sido el indicio de que ya no veía la realidad. Tiraba esos grandes golpes tratando de tocar otra vez los límites, para orientarse. El violento está desesperado porque le falta la guía de la realidad y agrede para que se la devuelvan. Pero de tal modo se aleja y se extravía cada vez más. La realidad es la esfinge, y quien pierde la serenidad ante ella se ve devorado. Lo mismo le acontece al que se duerme. Tal fue el destino común de las fuerzas oligárquicas y las fuerzas populares. Ahora no hay nadie. Dos fantasmas luchan entre sí en la sombra levantando nubes de polvo. Es lo que, con terminología eufemística, se califica de «crisis de personalidades». Pero en verdad se trata de la repetición en el macrocosmos de la política nacional del ciclo típico que se cumple en el microcosmos del hombre argentino.
17- La convicción general de que cada uno debe y puede ser superior a todos tiene dos implicaciones obvias. La primera es la de que quien la sustenta no se conoce a sí mismo. La segunda es la de que no conoce a los que lo rodean. La segunda, a su vez, implica la primera, pues para conocerse a sí mismo hay que tener el punto de comparación que son los otros. Sólo llego a mi verdadero ser a través de los demás. Pero esto exige que salga de mí: no puedo conocer a los otros mediante la simple observación, estirando el brazo para examinarlos. Es menester que me dé. El argentino no sale de sí: está ensimismado. ¿Por qué? Por algo cuyo nombre más exacto me parece el de miedo histórico. Está en el aire que aspiramos y termina por metérsenos en la sangre. Los extranjeros lo padecen enseguida de llegar y no tiene ninguna relación con la valentía personal: es una categoría a priori. Entre sus expresiones se cuentan el desorbitado nacionalismo político y el célebre compadrito. Es el miedo a las tierras nuevas: es una condición del alma americana. Está formado por imponderables: el recelo a las personas desconocidas, la prevención por falta de referencias respecto a cosas y entidades, la carencia de garantías que significan las vastas extensiones despobladas, la tradición de inestabilidad, la sospecha, el reconocimiento final de que las viejas leyendas europeas respecto a los «indios sudamericanos» son verdades que de improviso se encarnan en la conducta de seres de piel blanca, etc. Sin embargo, es muy concreto y se muestra en cada uno de nuestros gestos cotidianos cuando calculamos el precio de un producto que hemos fabricado, cuando nos enamoramos, cuando leemos, cuando cumplimos nuestra jornada de trabajo, cuando pensamos. Por lo demás, la conciencia de este miedo histórico engendra una disposición de inferioridad ante todo lo proveniente de los países historizados. Llegamos así al simulacro de la salida del ensimismamiento: nos hinchamos, queremos simular un ser que no poseemos, aspiramos a borrar de nuestra apariencia los rictus del miedo que no ignoramos padecer. Es un sustituto, que Ortega percibió vivamente. Ese ersatz parecía calmarnos. Su voz fue la que durante tanto tiempo proclamó jactanciosamente por nuestras bocas que no éramos americanos. Ahora esa voz ha callado.
18- La sudamericanización reciente de la Argentina es un fenómeno que ha causado la estupefacción de muchas personas respetables. Gentes bien educadas, se guiaban por lo que veían. Veían seres de piel blanca, ciudades de edificación europea, incluso rascacielos. ¿Cómo pensar que estaban en Sudamérica? Estaban en un país europeo. Y no se trataba de ir a espiar lo que ocurría en las casas ajenas. Pero sí se trataba, por lo menos, de tener la vista y el oído alertas para lo que ocurría en la propia, en uno mismo. Pues, en efecto, sobre la inestable arena sudamericana habíamos levantado una estructura europea. Pero los espíritus telúricos, los fantasmas de la tierra trabajaban permanentemente esa estructura y las almas de sus constructores, les infundían la inestabilidad del suelo. Nosotros decidimos olvidar lo que sabíamos, desoír lo que estábamos oyendo: procedimos de acuerdo con la apariencia. Así, hemos presenciado el derrumbamiento de esa estructura, de un día para el otro. América es un problema espiritual, no racial. El mestizaje que en ella se produce no es el de la raza blanca con otras, sino el del espíritu occidental trasladado a nuevas tierras. Apologia pro opera mea: hace algunos años escribí un libro sobre problemas americanos tomando como pretexto ejemplos argentinos. Le puse como título El pecado original de América, y la mayoría de los críticos arguyeron que no era lícito dar una vigencia americana a problemas argentinos. Se me dijo que la Argentina era un caso aparte de América, porque no había en ella una proporción significativa de indios o negros, no había mestizaje. La Argentina, como me dijeron, no es Sudamérica. Cuando, justamente, por hallarse el mestizaje concentrado en el orden espiritual, los problemas americanos —que en algunos países asumen la forma del mestizaje racial— se dan en la Argentina con mayor intensidad que en el resto de América y a veces con gran anticipación. Pero ahora ya todos lo han visto. Sí: la Argentina también es Sudamérica.
19- La crisis es lo único que tenemos en común. Pero es una valiosa posesión. No sé hasta qué punto no la hemos buscado, así como no se puede saber en qué medida un organismo con voluntad de vivir no concierta la convulsión que obliga a la enfermedad larvada a presentar el rostro. El monstruo que componemos tiene una obstinada voluntad de vivir, una robustez digna de tratamientos drásticos. Su crisis es un motivo de optimismo: a riesgo de que se me tache de alentar una alegría de sepulturero, confieso que ningún acontecimiento de los que han agitado este país me ha resultado más estimulante que la crisis actual. Pues ella puede ser el ariete que comience a quebrar la caparazón de miedo tras la cual nos hallamos emboscados. El miedo no se quiebra con consejos. Cede sólo ante un peligro superior a aquel que lo engendró, un miedo capaz de hacer salir a cada uno de sí en procura de un alimento que ya no le llega: lo real. La conciencia de la crisis —que actúa ahora en mayor o menor grado en todos— puede llegar a ser la primera célula de este tejido llamado sentimiento de comunidad.
20- Pero los políticos subsisten. Y los políticos tratan de adormecer nuestra conciencia de la crisis, intentan escamoteárnosla. Cada partido dice a sus partidarios que ellos son inocentes, que los culpables son los otros. Cada partido, incapaz de hallar una solución radical para la crisis, busca paliarla, sin sacarnos de la enfermedad, hundiéndonos más en ella. Así hemos venido a recaer en ese tipo de política que es un característico mal sudamericano. Es un mal, porque en lugar de servir para establecer el marco dentro del cual se desarrollarían las restantes actividades del país, tiende a perturbar el cumplimiento de esas actividades.
21- Nuestra era es a la vez trágica y superficial. Su cariz superficial se manifiesta, por ejemplo, en su voluntad de interpretar exclusivamente la vida humana y la vida social como economía. ¿Acaso Marx, al pretender curar una herida de la comunidad en el plano económico, no daba por supuesta la existencia de una comunidad, o sea, de un orden moral —sano o corrupto— que era la base de la estructura económica? El aspecto trágico reside en que, por querer ignorar luego ese orden moral que le había servido de base, el marxismo necesita siempre de la violencia para mantenerse en el poder. Pero ¿qué acontece cuando por el contagio de los tiempos se busca aplicar la interpretación marxista a un conglomerado que aún no constituye una comunidad? Acontece lo que acontece en nuestra Argentina, donde los políticos, empeñados en la aplicación de un marxismo sui generis, nos guían a través de un dominio en el que no sucede nada trágico porque todo es lastimoso, pero donde en cada recodo puede sobrevenir lo brutal, lo monstruoso. ¿Es que no salta ante sus ojos el claro ejemplo del Partido Socialista, que, para no perder todo sentido, se ha visto obligado a renunciar casi totalmente a sus premisas marxistas, se ha convertido en un partido de la burguesía y recluta sus adherentes en un centro no proletario, como lo es la Capital Federal, y ello gracias a su prestigio de honestidad, a un factor moral, y no por teorías que escandalizarían a su grey si las esgrimiese de verdad? Sudamérica es un desafío nuevo y exige soluciones nuevas. La Argentina forma parte de Sudamérica y su problemática no es económica ni social, sino moral. Pero los políticos subsisten, subsistirán.
22- Recuerdo lo que pasó con los escritores al día siguiente del golpe de Estado de 1955. La irrupción de una ráfaga política favorable los arrancó de cuajo de las que habían sido sus actividades específicas. Los dispersó en el periodismo, en la burocracia, en las canonjías. Salvo diversas excepciones, dejaron de escribir, postergaron el menester que en apariencia constituía su profesión. La mayor parte de los que continuaron escribiendo tomaron como tema la política, desde el punto de vista inmediato del periodismo, a veces con un gran sentido oportunista, otras como si estuvieran llevando a cabo una campaña preelectoral. ¿Qué se había hecho de los poetas, de los filósofos, de los novelistas? Entre las cátedras, el periodismo y las misiones al exterior diezmaron de la mañana a la noche las vocaciones. Fue un espectáculo lamentable. No faltaron quienes dijeron que los escritores, que con tanta entereza habían resistido al peronismo, estaban más contaminados que nadie por el peronismo. Sin embargo, no era así. Escribir exige bajo estos cielos un esfuerzo sobrehumano; quiero decir que la falta de comunidad incide también en la tarea del escritor, igual que en otras actividades; y más, porque el escritor debe proceder constantemente con el punto de referencia que es el sentimiento de comunidad. Al no existir este, el escritor trabaja a tientas y en el vacío: habla y le responde el silencio. Es menester ser un héroe o un santo para no desalentarse. La mayoría se desalienta y trabaja muy poco; pero la labor que cumple así, aunque limitada, resulta esencial para sentar los cimientos de una posible literatura argentina. Y se cumplía, hasta que irrumpió la política. La política ofreció a esos escritores una salida fácil y ellos la aceptaron. Tal es la política como enfermedad: es la que actúa sobre un conglomerado humano que carece de un sentimiento de cohesión, un sentimiento que impida que la política vaya más allá de donde debe.
23- Tuve compañeros, mientras estudiaba filosofía, que decidieron que en la Argentina, bajo el peronismo, no se podía vivir. Lo sentían de verdad. Recuerdo en especial a dos de ellos. Eran inteligentes, apasionados. Les dolía lo que estaba ocurriendo, ese culto a un hombre, el ámbito de miedo. Escribían, ensayaban sus primeros borradores, publicaron algunos. Era una tarea dura. Al fin dijeron que con el peronismo los tiempos no resultaban buenos para escribir. Lo cierto es que los tiempos nunca son buenos para escribir. Y bajo el peronismo todo el que quiso escribió casi todo lo que quiso. ¿Por qué no reconocer que la autocensura sobrepasó a la censura? Claro que ése es el índice de la falta de libertad. Pero muchos contemporáneos hicieron parte importante de su obra bajo el peronismo. Mis amigos se fueron a Francia. Estudiaron en la Sorbona. Vieron, meditaron y comprendieron. ¿Qué hacen ahora? Han fundado, con otros, un comité político destinado a exaltar las virtudes preelectorales de un candidato. ¿Escriben? Muy poco. Artículos en los cuales la dialéctica aprendida en la Sorbona les sirve para desahogar un resentimiento curiosamente favorable al peronismo. Son artículos políticos, para los cuales el saber de la Sorbona sobra. La filosofía que se proponían tratar no aparece. Obtienen cierto éxito de escándalo y parecen amargamente contentos. Esto es lo que la política ha hecho con ellos. Les ha proporcionado una coartada, una disculpa. Sé que con el tiempo su resentimiento irá creciendo hasta volverse feroz. Por ahora llaman a su actitud «comprometerse». Como si alguien que estudia a Platón o escribe un poema sobre la forma de las nubes no estuviera comprometido con la creación entera. Como si un artista o un filósofo pudiera ser un faccioso. En realidad, mis amigos se extravían porque el contorno social les permite lo que se les ocurra: tal como si no existieran. Incluso los aplaude. La atmósfera politizada encuentra excelente esta prostitución, este sordo aniquilamiento de los mejores. Aplaude a unos escritores que con su tarea insinúan que el escribir solo tiene por objeto la redacción de panfletos y brulotes: que la literatura y el arte constituyen una perversión innecesaria.
24- Lo que les ocurrió a mis amigos y a los escritores en general en esta época postperonista, en esta época en que la política sopla a favor de ellos, ocurrió en los restantes gremios en el período en que el peronismo hacía soplar la política sobre ellos. Y sigue ocurriendo ahora. La política perturba, desquicia y altera el trabajo: en la cantidad y en la calidad. Aunque los políticos no tengan la culpa, aunque no hagan más que dejarse llevar por la fatalidad histórica.
25- Pero es necesaria una resistencia a la política. Suena a antipatriótico, a anticívico. Sí. Sin embargo, es imprescindible esa resistencia a la política. Desoírla, darle la espalda: que se coloque en su lugar. ¿Y cómo? ¿Para enfrentar el vacío y la soledad? Por lo demás, podría estar a nuestras espaldas el tesoro de los tesoros, la panacea, que no nos volviéramos. En ningún orden se encuentran tan a la mano chivos emisarios, evasivas, pretextos, como en el de las argumentaciones sociales, económicas, políticas. ¿Cómo, entonces? Solo la crisis podrá tomarnos por el cuello y arrojarnos de bruces sobre lo real. Cuando el fracaso sin precedentes de las excusas que la política proporciona haga que todo se torne angustiosamente inseguro, cuando en el fondo de nosotros mismos la falsedad de nuestras posiciones se nos abra como una trampa, entonces es posible que nos volvamos hacia nuestro quehacer cotidiano para buscar allá un refugio y un nuevo punto de partida. El trabajo personal: será preciso que empecemos desde allí a conocer lo que es la realidad y lo que somos nosotros mismos.
26- En el trabajo el hombre se inclina sobre la materia. Mi alma inmortal se arrodilla ante la materia: es un esfuerzo doloroso. Pero ese esfuerzo es el hombre: quien no lo practica solo puede ser un santo o un inútil. Recuerdo un proverbio ruso que dice que «por el trabajo nos salvamos». Sí. Pues trabajar significa ser humilde, reconocer la culpa, la finitud. El trabajo es arrepentimiento: incluso las obras pérfidas llevan en sí una oración, cuando son obras. Mientras trabajo digo que no soy un Dios. Pero además toco el corazón de la materia. Palpo los límites de mi persona y los límites del mundo: encuentro la guía. Conozco la realidad, ese complejísimo fenómeno que formamos el mundo y yo. La realidad es mi alimento, el peso de la sentina que impide que el barco zozobre. Si con las manos, el corazón y el cerebro he aprendido esto, nunca intentaré desembarazarme de la realidad. Quiero decir que no me resentiré. Pues el resentimiento consiste en la errónea suposición de que se puede borrar un sector de la realidad y en el vano esfuerzo por lograrlo. La realidad no se me enajenará, no enloqueceré, no me tornaré irreal: seré.
27- Nos repugna inclinarnos ante la materia. Como artistas y como terratenientes, como comerciantes y como obreros. Superiores a todos, ¿cómo no sentirnos superiores a esta tierra? De desprecio y miedo está hecho nuestro con-descender hacia ella. Por eso, con solo tocarla la defraudamos. Un contacto es la posibilidad de hacer un don de sí. Nosotros arrancamos. Mejor dicho, pretendemos arrancar. Es el espíritu de rapiña que ha hecho que muchos turistas afirmaran que somos una factoría. Pero lo que somos es una mala disposición, una negativa a dar: naturalmente, los primeros que hemos perdido hemos sido nosotros mismos. Porque solo se posee lo que se da. El desdén, el temor, la soberbia ante esta tierra decían en definitiva una sola cosa: queríamos irnos de aquí. Logramos convertir a esta tierra en un problema tal que estamos más hundidos en ella que si no hubiéramos buscado huir. ¿Quién negará que se trabaja mucho? Se han forjado fortunas grandes y pequeñas. Hay artistas con obras considerables. ¿Pero con qué espíritu se trabajó todo eso? Para huir, para terminar cuanto antes con el contacto con esta tierra enigmática, ambigua, que nos derrota y nos devora silenciosamente. Miro en torno a mí: el comerciante trata de enriquecerse de súbito, el obrero se dedica a las chapucerías, el terrateniente desea irse al extranjero sin pérdida de tiempo, el artista quiere gozar de renombre de la noche a la mañana. ¡Rápido! Todo o nada. También los resultados están a la vista: inflación, explotación, imitaciones, objetos burdos. Queremos irnos de esta tierra: por el dinero, por la fama, por el ocio, de cualquier modo pero cuanto antes. Y nos vamos. Quedan solo unos fantasmas: los fantasmas de nuestra obra y los fantasmas de nuestras vidas. Fantasmas vociferantes, con aspecto próspero y reluciente a veces, hinchados, pero fantasmas. Porque todo es hurtado a la realidad. ¿Qué pueden hacer esos fantasmas ante la prueba de la realidad? Entran inmediatamente en crisis.
28- La crisis es un intento de establecer con la realidad un contacto menos defectuoso, más enriquecedor. Entre tanto, los políticos exclaman que la culpa la tiene la oligarquía, el peronismo, el izquierdismo, el imperialismo, el conservadurismo, el nacionalismo, etc. Pero la crisis no ha llegado aún a su culminación. Tal vez el barco se haya hundido ya: desciende ahora con más lentitud porque va bajo agua. Es posible que haya menos sacudimientos, menos convulsiones, lo cual hace decir a los optimistas que todo va bien. En efecto, todo va bien. Pero porque marchamos hacia el fondo, porque quizás esta vez no nos quedemos entre dos aguas. Aún no hemos tocado la plataforma submarina. Cuando acontezca, habrá un ligero temblor y después la quietud, una quietud alarmante: entonces es posible que nos decidamos a recomenzar, a dar un nuevo sentido a esa primordial forma de comercio con la realidad que se llama trabajo. Y entonces la política hallará en todos una resistencia natural, se verá puesta en su lugar. En ese momento la política tendrá el sentido que debe tener.
29- No somos una factoría. Por desdicha o por fortuna. A pesar de que en el rostro nacional —considerado desde lejos— no falta alguno de los repulsivos rasgos del explotador, del expoliador, no lo somos. Todo hubiera resultado mucho más fácil en ese caso. Oh, los comerciantes no hacen tanta cuestión, resuelven las querellas con astucia, sin llevarlas al extremo. Hubiéramos logrado plasmar un sentimiento de comunidad por lo menos en el superficial plano de los intereses económicos. Como ha ocurrido —según todos los síntomas— en Estados Unidos. Perón quiso de algún modo eso. Paradójicamente, este nacionalista, este antinorteamericano, quiso norteamericanizarnos. Nosotros, curiosas gentes, nos hemos resistido siempre con firmeza a ello. Todo o nada, otra vez: pero en este caso resulta estimulante. Es que el demonismo que periódicamente irrumpe en la vida argentina no se alimenta con trivialidades. Al cabo, es una forma de religiosidad. Y el espíritu religioso se resistirá siempre a los consuelos de lo relativo, que a la larga no son más que una exaltación de lo mundano. ¿Triunfará finalmente ese impulso absoluto, es decir, se purgará, terminará por constituir esa comunidad en cuyo extremo ideal está Dios, esa comunidad por cuya nostalgia se ha enfermado? Eso quiero y le deseo, aunque mis ojos no hayan de verlo.
H.A. Murena
Publicado en Sur, n.248, set.-oct. 1957
Ph / Aaron Siskind, Pleasures and Terrors of Levitation, 1953-65