No soy de extrañar a los muertos. A veces, cuando me vienen lindos recuerdos de ciertas personas queridas que ya no están más, que se fueron para siempre, me detengo en ellos, en la memoria, reconstruyo con paciencia las imágenes y las palabras, y, si estoy acompañado, las comparto (o no) con la persona que esté en ese momento. Si estoy solo, me las guardo para mí. Eso es todo. Nunca, o casi nunca, me vienen ganas de que esa persona regrese del reino de los muertos, ni siquiera por un rato, para estar nuevamente con ella.
Hace muchos años, después de que un amigo querido muriera, muy joven, en sus veinte, de una manera absurda y sorpresiva, entendí, al principio con vaguedad pero con el paso de los años de un modo cada vez más claro y patente, que la muerte es un corte, una amputación, una separación trágica y definitiva, y que así –como eso que es–hay que entenderla. Y aceptarla, de ser posible. Frente a la tragedia, frente a lo irremediable, frente a lo que nunca va a poder ser reparado, tal vez el único consuelo posible sea el “consuelo metafísico”, como lo llamó Nietzsche. El consuelo de sentirse parte de algo mucho más grande, de una fuerza o estirpe planetaria, universal, digámoslo así –esa tranquilidad, o sea, que nos da saber que, después del último adiós, ¡del último suspiro!, la Vida, olvidándonos más o menos rápido, dejándonos a sus espaldas, continuará desenvolviéndose con total normalidad. Sin nosotros, claro. Siempre me gusta citar una frase que solía repetir un viejo amigo: “Somos un pedo en la galaxia”. Un pedo de cuis, de laucha, podríamos agregar, completamente insignificante, chiquito, inane. Pero que sin embargo es parte del todo.
Odio la nostalgia y sus “trampas caritativas”. Y sobre todo la idealización del propio pasado. Me molesta, incluso, cuando algún amigo me manda fotos viejas de un pasado supuestamente idílico; fotos que vienen, claro, con el consabido subtexto: qué jóvenes fuimos, qué felices, qué bellos, etc. Bullshit. Nunca fuimos jóvenes, ni felices, y creo que tampoco bellos. La juventud, la felicidad y la belleza son cosas que llegan de grande, pasados los cincuenta años. ¡Si es que llegan! No es una boutade. No quiero volver ahí, a ese pasado “feliz”, edénico, no me interesa en lo más mínimo. No solo porque ese pasado, como la mítica Edad de Oro, nunca existió, sino también porque la experiencia, por más boluda que sea, es siempre irrepetible. Prefiero la tristeza sem fim del presente. La tristeza de los trabajos y los días, del aquí y ahora. La tristeza de envejecer y de la soledad indecible. ¡Del hombre solo en casa sola! Prefiero l’aprê vérité a la palmadita en el lomo. ¡Siempre fría!
Lo que murió, murió, me digo. No quiero que vuelva. Ni siquiera para reparar los errores cometidos –que fueron infinitos. Después de enterrar a los seres queridos hay que seguir adelante. Orfeo bajó al Hades para intentar traer de vuelta a su amada Eurídice al mundo de los vivos. Y así le fue, pobre Orfeo. A partir de ahí su vida fue un desastre. Hay que dejar a los muertos en paz, incluso a los hijos que partieron antes. La tarea más difícil. Pero también la más elevada.
Para variar, me derivé. Quería hablar de un muerto célebre: Luis Thonis. Célebre, por supuesto, para los que tuvimos la dicha de conocerlo, de tratarlo, de ser sus amigos. En el mundo en el que se desenvolvió –el mundo de la literatura, de la poesía, del ensayo– son poquísimos los que hoy saben quién fue. Y cada vez van a ser menos. Cuando muera el último que lo conoció en vida, el último que lo amó y lo “padeció” en partes iguales, seguramente termine de desaparecer completamente. ¡Quedan sus libros!, grita uno, optimista. Sus libros no los va a leer nadie. Ya nadie lee, de hecho, y los poquísimos que leen no leen a Luis Thonis. ¡Yo lo leí!, grita otro. Te felicito, lector, ahora dejame seguir. ¡Déjenme seguir! No juzgo a las personas por lo que leen o no leen. O sí. Pero no viene al caso ahora. Con la edad entendí que no leemos lo que nos gustaría leer (para sentirnos mejores, para impresionar a los demás, etc., etc.), sino lo que podemos leer. Lo que nos permite nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad, y sobre todo nuestra pereza, el mayor enemigo de la lectura. Pereza que, en nuestros días, se excusa en el “algoritmo”. La culpa de todo la tiene el algoritmo. ¡Maldito algoritmo! ¡Las redes sociales! ¡Nos quitan el tiempo! ¡No nos sueltan! Ah, los perezosos, los perezosos. Son legión. El mundo literario es un mundo de perezosos, de gente sin curiosidad. ¡Los lectores de novedades! Hay que estar al día. ¡Divertirse! En fin. Qué se le va a hacer. No hay que pedirle peras al perezoso. ¡Los tiempos cambian! En unos años más, para el mundo literario, Luis no va a ser ni siquiera un recuerdo porque no habrá nadie que se acuerde de él (vamos a estar todos muertos). Es más: ni siquiera va a ser un nombre. Nadie va a tener idea de quién fue Luis Thonis. Por si eso fuera poco, sus libros, permítanme vaticinar, no van a ser reeditados. No solo por las razones que voy a deslindar en seguida en esta laudatio, sino también porque los libros de Luis Thonis nunca van a estar del todo “agotados”. Siempre va a existir en alguna librería perdida, en un estante olvidado, algún libro de Luis que el dueño de esa librería va a intentar vender en Mercado Libre por chaucha y palito. Libro que, a pesar del precio ridículo, nadie va a comprar y, claro, mucho menos leer. Antes de que me tilden de agorero, aclaro: ¡ojalá me equivoque! ¡Ojalá un día aparezcan los lectores que Luis nunca tuvo en vida! Ojalá, dentro de cien o doscientos o mil años, Luis Thonis tenga los lectores que siempre se mereció. Pero no lo creo. El paso del tiempo nos vuelve irremediablemente pesimistas.
Sin embargo, eso que dije al principio de los muertos cercanos, de no extrañarlos, no me pasa con Luis. A eso iba. O al menos no me pasa de la misma manera que con los otros muertos. Desde que Luis murió, hace ya diez años, el 19 de junio de 2016, no pasan demasiados días sin que piense en él, sin que se me vengan a la cabeza frases o “conceptos” suyos. No tanto imágenes o anécdotas (a veces, sí, también, imágenes y anécdotas, de más está decirlo) como palabras suyas, conceptos thonisianos, elaboraciones teóricas –políticas, literarias, filosóficas, o simplemente de la vida común y silvestre: uno de los grandes temas de estudio de su vida fue, por ejemplo, el otrora llamado “sexo débil”–, casi siempre geniales, y muchas veces desopilantes; elaboraciones conceptuales que Luis fue creando a la largo de los años y que volcaba, con una pasión y un fervor como yo nunca había visto -ni volvería a ver– en mi vida, en sus escritos y en sus discusiones. Y digo discusiones, y no simplemente conversaciones, porque Luis, como buen hijo de Marte, amaba discutir, polemizar, pelearse. Era el típico enano calentón. En una charla en el bar, por ejemplo, cualquier frase anodina pero que él, por algún motivo muchas veces indiscernible para su interlocutor, consideraba desafortunada, sobre todo si tenía un contenido político, podía hacerle subir la mostaza y soltar con furia, mientras escupía pedacitos de maní o de palito salado que estaba masticando en ese momento, una serie de imprecaciones y de censuras. Si el interlocutor que –distraído, candoroso, fuera de tempo– había dicho la frase “inapropiada” era un jovencito que estaba haciendo sus primeras armas en el mundo de las letras (yo, afortunadamente, ya tenía más de cuarenta años cuando lo conocí), lo más probable es que se comiera una enérgica reprimenda. Un “correctivo”, digamos. Porque Luis te educaba. Más que heredero de Alberdi, al que admiraba reverencialmente y sobre el que escribió un libro que nadie leyó, fue heredero de Sarmiento. Un “liberal inteligente”, Luis (así lo definió, según su propio relato, Osvaldo Lamborghini), que creía en la ilustración (con minúscula; aunque también con mayúscula), en “iluminar”, en transmitir; pero que al mismo tiempo era “ateo del Estado corporativo” –una de sus frases de cabecera era “Máximo individuo, mínimo Estado” de Macedonio Fernández.
En varias oportunidades lo vi aplicando su “método” pedagógico, que consistía fundamentalmente en “sopapear” a su educando. “La cosa sana”, digamos, old school. Le encantaba teatralizar sus enojos, “bajar línea”. Era hermoso verlo enfurecido, todo un espectáculo, te morías de risa. Durante un tiempo con un par de amigos lo llamamos “Gas Mostaza” (y más tarde “Gas”, a secas). No solo por su temperamento arrebatado, sino porque cuando se ponía a discutir era un “arma letal”. Según su propio testimonio, nunca había perdido una discusión en la arena intelectual (afirmación que, por supuesto, habría que chequear).

“Se ha renunciado a la vida grande cuando se renuncia a la guerra”. A Luis le gustaba esa frase de Nietzsche. ¡Otra vez Nietzsche! Es que anduve con Nietzsche últimamente. La guerra, en todas sus formas, era para él el tema de los temas. Tenía un respeto total por la figura del soldado. Uno de sus superhéroes favoritos era el general Patton, con el que, en su fuero íntimo, le gustaba identificarse; yo, sin embargo, lo vi siempre más parecido al bello y trágico general Gordon, el eminent victorian asesinado en el Asedio de Jartum por los mahdistas.
Siguiendo a Casanova, le gustaba considerarse “guerrero, amante y artista”. La guerra, para él, no era solo un tema de reflexión sino también una práctica cotidiana. Le gustaba guerrear. Muchas veces amistosamente, como un juego -otras no tanto. Escribir o hablar eran para Luis dos caras de la misma operación: prácticas performáticas, exhibicionistas, instancias de las que se valía para desplegar –sin filtro: al igual que los niños, con los que tenía tantas cosas en común, no tenía “dique psíquico”– su esgrima de visteos. Esgrima en la que era realmente un artista. Al menos para mí. Y para todos aquellos que no se sentían amilanados por sus pantomimas, por su retórica vociferante, taxativa, bravucona, y que entendían que todo ese despliegue verbal y gestual era parte indisociable de su inocente manera de estar en el mundo. Para no sentirse abrumado por Luis había que conocerlo bastante. Y sobre todo conocer sus obsesiones, sus leitmotivs. ¡Sus ritornelos! Más que con los demás, con los otros, Luis conversaba con sus propias ideas. Era el personaje del poema de Leónidas Lamborghini: “Como el que va de una esquina/ a la otra/ camina y habla solo/ porque trata de entenderse/ con ese otro/ que es él mismo”. Así, para leer el mapa de sus elucubraciones, de sus recorridos mentales, de su divagatio, había que meterse en su cabeza, trasladarse por un rato a su psiquis, no perderle la pista, seguirle la corriente. Había que ser su cómplice, su compinche. Si no lo hacías –si te defendías–, te quedabas afuera. ¡Y te perdías a Luis!
Por otro lado, si uno buscaba ganarse su simpatía, su respeto, cautivar su atención, lo mejor que podía hacer era interrogarlo sobre las cosas del mundo que le preocupaban en ese momento (que eran siempre más o menos las mismas), y, en el caso de que eso fallara, preguntarle directamente, con inteligencia, sobre algo relacionado con su vida o sus escritos, preferentemente en un tono manyaoreja –esa táctica era infalible para que se rindiera a tus pies. Al mismo tiempo, como contrapunto, para que te respetara verdaderamente había que saber también pararle el carro, enfrentarlo con autoridad, con decisión, cuando se le soltaba la cadena, que era bastante seguido. Es más, no estaba del todo conforme si nadie de la mesa lo contradecía, o incluso lo peleaba. No creo que él lo hubiera reconocido, pero discutir para Luis no era solamente una de las formas de la amistad, sino también una de las formas del amor.
Sus “enemigos” (uso comillas porque esos enemigos muchas veces no solo ni siquiera se enteraban de que Luis los tenía por enemigos, sino que a veces incluso llegaban a ignorar la existencia misma de Luis), si bien eran legión, encarnaban todos en una única figura que acuñó, si no me equivoco, durante los festivos años del primer kirchnerato (el Festilindo): el zombi terminal. Primo hermano del Festibus festibus de Philippe Muray (un autor que a Luis le gustaba mucho): el hombre que festeja que festeja. El zombi terminal es el sujeto que, voluntariamente, dejó que su espíritu fuera colonizado por la ideología, y que, por si eso fuera poco, en lugar de lamentarse por esa servidumbre, lo festeja. El zombi es el sujeto parasitado. El replicador de eslóganes. El hablado que ignora que es hablado. Hay miles de ejemplos. No los voy a dar ahora.
En cuanto a sus bestias negras, Luis, como cualquier persona decente, como uno, tenía muchísimas. Algunas vivas, otras muertas, tanto en el ámbito intelectual argentino como en el de afuera. Las elegía cuidadosamente, no tanto por sus obras o por sus redituables trayectorias como beatos de “izquierda”, como “rebelócratas” (Muray), sino sobre todo a partir de alguna frase, de palabras que esa persona había dicho o escrito y que él consideraba ideológicamente nefastas. Desgraciadas. El dueño de esas palabras se había, para él, des-graciado –había perdido la Gracia. Nada más y nada menos. Para toda la eternidad, encima. Era imposible hacerlo cambiar de opinión sobre alguien a quien él en algún momento le había bajado la caña.
Pero decía que lo extraño, ¡de eso quería hablar! Extraño a Luis. Sin embargo, lo curioso, e incluso paradójico, de este asunto de extrañarlo, es que no extraño tanto a Luis en tanto “Luis”, a Luis como la “voz revelada”, como augur o “gurú”, a Luis en su papel de “Thonis” –sus palabras, sus “consideraciones intempestivas”, orales o escritas, podían llegar a ser muchas veces agotadoras, por no decir soporíferas. Mientras corregía, hace algunos años, el original de Un guante para Osvaldo Lamborghini –un libro extraordinario, genial, pero lleno de solecismos, de ripios, etc., escrito a los borbotones– a pedido de los amigos de Editores Argentinos, me vino a la mente eso que Thomas De Quincey dijo sobre la escritura de su admirado Charles Lamb: “Ni el legendario Regulus, con sus párpados arrancados y los ojos desnudos expuestos al resplandor meridiano del sol cartaginés, debe haberse horrorizado ante la dolorosa tortura más de lo que nosotros nos horrorizamos ante ciertas frases y oraciones en las que Lamb no notó ninguna falta”. No es fácil la prosa impetuosa y deshilachada de Luis Thonis (su poesía, a mi juicio, a pesar de las referencias eruditas, es mucho más accesible). No es para todos. Lo dije recién: como con todo gran escritor, para leerlo hay que salir del “confort intelectual”, acompañarlo en sus devaneos, en su delirata. Sin ese acompañamiento no hay lectura posible de sus libros, y sobre todo de su persona; de su persona en tanto singularidad. Porque Luis fue eso: una singularidad. Por encima de todas las cosas. Una singularidad no tanto en el sentido corriente –algo o alguien que se aparta de la norma, de lo convencional– sino en el sentido que le da a esa palabra la astrofísica: un sujeto límite frente al cual la teoría no sirve para nada.

Lo que más extraño de Luis, entonces, no son tanto sus reflexiones, ni sus intervenciones, ni su pensamiento, ni nada que tenga que ver con el mundo intelectual. Ni siquiera sus amonestaciones, sus reconvenciones, siempre inspiradas, hiperbólicas, hermosas. Lo que más extraño de él es su oído. Por más raro que esto parezca. Extraño su oído. Paso a explicarme. No es que Luis fuera un gran escucha, nada de eso. De hecho, por regla general, escuchaba muy poco, casi nada. Como dije, más que con el otro, conversaba con él mismo. La primera vez que me encontré con él fue en un bar en La Recova de Belgrano. Los dos solos. No me olvido más. A lo largo de una hora, hora y media, fui Bagdad bombardeada por la Air Force de los Estados Unidos durante la llamada Desert Storm. Osvaldo Lamborghini, peronismo, liberalismo, islamismo, comunismo, ecofascismo, el Rodrigazo, Perón, Alfonsín, Alberdi, desaparecidos, triple A, Isabelita, Walsh, Israel, sionismo, Palestina, Yasser Arafat, pacifismo, Churchill, Reagan, Stalin, Borges, las mujeres, el entre-dos, las vanguardias, Cantor y los números transfinitos, el doble-bind… Me paseó por todas sus obsesiones, me cacheteó, me dejó knock-out. Lo odié un poco, me acuerdo. Había llevado un par de libros míos para darle. Durante un momento, mientras Luis no paraba de hablar, mientras me preguntaba qué hacía tomando un café con ese orate, pensé en llevármelos de vuelta conmigo. Pero no lo hice, a Dios gracias. A partir de ese día fuimos amigos. En la medida en que uno podía ser amigo de Luis. Porque Luis no era un amigo en el sentido convencional. Ya hablé de esto cuando falleció, no quiero repetirme. Un ser excepcional, Luis. Una de esas poquísimas personas que te cambian la vida. Que te ayudan a visitar ese lugar tuyo en el que nunca habías estado. Que te enseñan a desconocerte. No son muchas, por supuesto. Una o dos en la vida, tres como mucho. Luis fue una de esas personas. Un Virgilio entrañable –aunque también disfuncional.
“Habla continuamente. El pensamiento de los otros no detiene ni un instante el suyo. Un cañonazo no lo desviaría. Para conversar con él no hay más remedio que interrumpirlo. Aguarda cortésmente que uno termine la frase, luego vuelve al punto, a la misma palabra en que estaba y prosigue como si el otro no hubiese dicho nada”. Eso que André Gide escribió en su Diario sobre Paul Claudel podría decirse de Luis. Con la salvedad de que Luis, a diferencia de Claudel, no aguardaba “cortésmente” que el otro terminara de hablar. Si lo que uno decía no iba a favor o en contra de lo que él acababa de decir –las dos opciones eran válidas para captar su interés–, dejaba de escuchar, se impacientaba, te interrumpía y retomaba su homilía. Hablaba ininterrumpidamente hasta que ya nadie lo escuchaba. Así y todo, la ausencia de una audiencia no lo amedrentaba: en varias ocasiones lo vi hablando solo. Más de una vez pensé que a Luis, al igual que a Joyce, la figura que mejor le calzaba era la del obispo. Pero la de un obispo sin grey, sin diócesis, in partibus infidelium.
¿Y el oído? ¡Ahí voy! Primero que nada, antes que “guerrero, amante y artista”, antes que un irredento polemista con el que por momentos se hacía dificilísimo conversar, Luis era un espíritu libre. Libre como pocos. Uno de sus libros de referencia de los últimos años, uno que nombraba a menudo, era el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie. Un libro del siglo XX escrito en el siglo XVI. “Hay, no obstante, una cosa, una sola”, escribe en un momento de su libro el amigo de Montaigne, “que los hombres, no sé por qué, no tienen siquiera la fuerza de desear: la libertad, ese bien tan grande y placentero cuya carencia es la causa de todos los males”. Luis veía que todas las tragedias políticas del siglo XX –los totalitarismos clásicos, el comunismo y el fascismo, con sus derivas sesentistas y setentistas– y de comienzos del siglo XXI –la izquierda antisemita europea y de los campus universitarios norteamericanos abrazando la causa nihilista del islamonazismo (Luis prefería hablar de hitleroislamismo, término de su propia invención, que creo que acuñó a raíz de la gran circulación que tiene desde hace varias décadas Mein Kampf en los países árabes) y justificando los crímenes diseñados y exportados por el VEVAK iraní– tenían su raíz en el rechazo a la libertad y en esa servidumbre voluntaria –zombi– de los “súbditos” para con sus líderes que describe Étienne de La Boétie en 1548.

Después de un viaje que hice en 2015 a los Estados Unidos, me encontré con él en el Down Town Matías de Belgrano (su bar); me acuerdo que lo primero que me preguntó cuando le empecé a contar algo del viaje, fue: “¿Y? Se respira libertad, ¿no?”. Él, a quien no le gustaba viajar y que, según tengo entendido, nunca viajó al exterior, se figuraba los Estados Unidos como la panacea del individualismo y de la libertad, del hombre libre, encarnado para él en la figura del cowboy –o mejor: del sheriff. Una de sus películas favoritas era A la hora señalada, en la que Kane/Gary Cooper, después de liberar a la comunidad pusilánime de los forajidos que la habían sojuzgado, arroja al piso la estrella de alguacil –el símbolo de la autoridad– y abandona el pueblo con su mujer Amy/Grace Kelly. Un país –los Estados Unidos imaginados por Luis– que, si existió como tal, no tenía nada que ver con los Estados Unidos de las últimas décadas.
Ese amor a la libertad estaba también en su modo de escuchar. Era muy poco, poquísimo lo que escuchaba, ya lo dije; pero eso que escuchaba lo escuchaba a la perfección. Se podría decir, incluso, que, al menos metafóricamente (la música nunca fue uno de sus temas), tenía oído absoluto –pero un oído absoluto hiperselectivo. En toda mi vida, no conocí a nadie que escuchara con un oído menos prejuicioso y menos pacato ideológicamente que el de Luis. Ni siquiera mi madre, una auténtica santa que falleció hace poco, escuchaba (al menos a mí) con esa apertura y esa magnanimidad. Un oído, el de Luis, abierto, libre, inocente, ajeno a los remilgos ideológicos, así como al resentimiento y al cálculo. Porque si hay algo que nunca fue Luis es un moralista. Fue una persona moral, sí, por supuesto, pero nunca un moralista. Y mucho menos un moralista ideológico. Al conocerlo, al encontrarte con él por primera vez, no le importaba en lo más mínimo quién eras, de dónde venías, tu origen, tu background o tu prestigio académico o social. Únicamente le importaba lo que eras en ese momento, lo que decías (o callabas) cuando estabas con él. O lo que escribías. Cualquier persona que se acercaba por primera vez a su vida era una tabula rasa, un sujeto que, para ganar su amor y su amistad, tenía que demostrarle simplemente que no era un idiota o un cobarde, o, en sus palabras, un zombi terminal.
Esa liberalidad, esa ausencia de santurronería ideológica, inquisitorial, policíaca, es lo que más extraño de Luis. Son poquísimas las personas así que habitan el mundo. Son muy pocos los que escuchan con un oído de niño. La mayoría son canas, en el peor sentido de la palabra “cana”. La mayoría de la gente se pasa la vida tocando el pito, haciendo multas. O dirigiendo el tránsito. Aclaro por las dudas, para los distraídos: no tengo nada contra la policía como garante del orden, como protectora de la comunidad, todo lo contrario; en ese sentido soy pasoliniano.
Termino con una frase de Luis que a mi juicio condensa como ninguna otra suya lo que él fue, no solo como “artista” sino también como “guerrero” y “amante”. Se encuentra en “La sobrina de Bacon”, uno de los grandes relatos de Milagro infame. “Los poetas verdaderos”, le dice el personaje del tío Roberto a su sobrina, “son los que devuelven las palabras al vértigo, quitándoles el peso culpable que llevan consigo”. Con sus palabras, con sus actos, eso fue lo que hizo Luis Thonis a lo largo de su vida: intentar quitarle al mundo su peso culpable y devolverle su vértigo.
Mariano Dupont, 2026
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