L-F. Céline: contra la literatura, con la vida. (Una entrevista, una carta, un rumor)

En una época en la que las revistas culturales se dedicaban a algo más que traficar influencias a cambio de limosnas, los autores podían aparecer y salir de las columnas de diarios de prensa popular como Paris-Soir (fundado en 1923 por el anarquista Eugène Merle y, tras su compra por el industrial Jean Prouvost en 1930, el periódico de mayor tirada de Francia) como quien entra y sale de la sitcom de la cultura humana. Los tres textos aquí reunidos, inéditos en español, son apariciones silvestres de Louis-Ferdinand Céline (Courbevoie, 27 de mayo de 1894 – Meudon, 1 de julio de 1961) durante su época de mayor popularidad y prestigio, los años que van de la publicación de Viaje al fin de la noche a la de Muerte a crédito. La oportunidad es leer lo que la prensa popular reúne del autor del Viaje, presentado al público masivo de lectores franceses de entreguerras.

Los textos reunidos son una entrevista del 10 de noviembre de 1932, apenas un mes después de la publicación del Viaje y un mes antes del escándalo del premio Goncourt, época en la que Céline todavía ocultaba su identidad: es una de sus primeras presentaciones a la prensa y al público en general. La firma Pierre-Jean Launay, redactor del diario desde 1931, que en 1938 ganaría el Renaudot, el mismo premio con que se compensó a Céline en diciembre del 32. Luego tenemos una carta de Céline al dramaturgo Pierre Wolff —que lo trata de «colega y amigo»— como intervención en apoyo de la campaña contra la vivisección que Wolff llevaba adelante en el periódico. Al adjuntarla, la figura de Céline se invoca en su doble autoridad de escritor y de médico, imposible de separar una de la otra. Finalmente, tenemos una pequeña miscelánea sin firmar, aparecida en la sección «Pêle-Mêle» el 20 de mayo de 1936, ocho días después de la salida de Muerte a crédito, en la que se refuerza la figura de Céline como personaje público en medio del debate sobre el lenguaje de la novela. A disfrutar… o no.

Thomas Rife, 2026

Louis-Ferdinand Céline, el rebelde.

Cuando un autor se esconde tan cuidadosamente como Louis-Ferdinand Céline, la entrevista deviene un deporte. Para llegar a conocer, primero, el verdadero nombre del escritor, su dirección (en la cual nunca está) y por fin sorprenderlo en pleno trabajo, tuve que emplear mañas de indio.

De un hombre así, yo temía una gran desilusión. ¿Cómo sería ese rebelde que, durante 600 páginas, nos expone las peores miserias de nuestra sociedad?

Él es, afortunadamente, el hombre de su libro. 

«Ya que me encontró, no tendré la crueldad de echarlo. ¿Qué se le va a hacer?. Pero es el primer periodista que me sorprende, y será el último. Mañana parto.»

Por lo tanto, tuve que dar mi palabra de no revelar nada de la personalidad de Céline. Y lo lamento.

«¿Qué importa mi libro? No es literatura. ¿Entonces? Es la vida, la vida tal como se presenta. La miseria humana me subleva, sea física o moral. Esta miseria existió siempre, de acuerdo; pero en otros tiempos se ofrecía a un Dios, no importa cuál. Hoy, en el mundo, hay millones de miserables y su desamparo no va a ningún lado. Nuestra época, además, es una época de miseria sin arte, es despreciable. El hombre está desnudo, despojado de todo, incluso de su fe en sí mismo. Eso es, mi libro.»

Y Céline me describe largamente algunas de las miserias y vilezas de las que es espectador cotidiano, pero una pregunta me obsesiona, porque junto a su nombre yo asocio los de Vallès y Léon Bloy. 

«¿Por qué escribió Viaje al fin de la noche en una lengua tan voluntariamente “arrabalera”?»

«¡Voluntariamente! ¿Usted también? Eso es falso, yo escribí como hablo. Esa lengua es mi instrumento. Usted no le impediría a un gran músico tocar la corneta. ¡Y bien! Yo toco la corneta. Y después, yo soy del pueblo, del verdadero. Hice todos mis estudios secundarios y los dos primeros años de mis estudios superiores siendo repartidor de un almacén.

Las palabras están muertas, diez de doce son inertes. Con eso, uno hace más muerte que la muerte.

Y después, la literatura importa poco frente a la miseria que nos ahoga. Todos se detestan… Si tan solo supieran amarse.»

Los ojos de Céline expresan una tristeza tal que no quise preguntarle más.

En el umbral, insiste una vez más:
«Déjenme en la sombra. Mi propia madre no sabe que escribí ese libro, eso no se hace en la familia»

(Pierre-Jean Launay, en Paris-Soir, gran diario de informaciones ilustradas, año décimo, n.º 3323, jueves 10 de noviembre de 1932)

Los crímenes ignorados.

Esta campaña contra la vivisección debe hacer sonreír, en sus adentros, a los vivisectores, convencidos como están de que hablamos en el vació, de que nuestros escritos son inútiles, que las cosas continuarán como en el pasado y que ellos podrán seguir, en completa independencia y con total tranquilidad, sus atrocidades. Es evidente que nunca suprimiremos la vivisección por completo porque, mientras haya hombres y bestias, siempre serán ciertos hombres los más bestiales y, por lo tanto, los más feroces.

No, no pretendemos corregir a la humanidad. Simplemente deseamos poner un freno a estos asesinatos, que se cuentan en millares; deseamos obtener de las autoridades la clausura de los laboratorios clandestinos, donde chapotean en sangre; deseamos obtener por fin el control total sobre los otros laboratorios donde se abusa de los animales para dar clase.

En 1932, la perrera entregó 4650 perros a los señores vivisectores.

En 1933, 4652. Me faltan las cifras de víctimas de 1934.

«Pasame ese spaniel… No, ese lulu de Pomerania… o tal vez ese todo chiquitito, que se disimula detrás de ese gran pastor. Y ponele un bozal, un bozal, un bozal.»

Es a mi viejo amigo Lucien Descaves, de la Academia Goncourt, a quien debo recordar aquí por el célebre deseo formulado antaño por Alphonse Karr:

«Que los señores vivisectores comiencen: que practiquen las operaciones sobre ellos mismos, y que las bestias sean las beneficiadas. Ya es su turno.»

*

Les anuncié el sábado pasado la carta de un médico, de ese escritor magnífico a quién le debemos Viaje al fin de la noche, me refiero a Louis-Ferdinand Céline. Aquí tienen:

«Mi querido colega y amigo,

Cien, mil veces, un millón de veces, tiene razón. Estoy con usted con todas mis fuerzas y con todo mi corazón en la campaña que dirige contra lo inmundo, lo abominable, la atrocidad, creo, la más execrable, la menos perdonable de todas: la vivisección.

Estamos en el alma misma de la pesadilla que nos acosa y embruja, aquella de la cual terminaremos, y muy justamente, por reventar, purulentos y, también, babosos. La vivisección es el pequeño espejo de bolsillo del alma humana. Toda la podredumbre de los sucios instintos de nuestra sucia raza, todo el increíble sadismo de nuestra constitución íntima se derrama, reluce allí, libremente, en la impunidad, el secreto, el sucio fariseísmo de los laboratorios. Ninguna vivisección es jamás útil, para nada esencial, le diré. La humanidad puede muy bien prescindir de los preciosos -se supone- datos fisiológicos (¡oh, cuán discutibles!), perfectamente superfluos, arrancados del sufrimiento inaudito de algunos pobres mamíferos, reducidos a un estado de completa anarquía fisiológica. No hay nada que extraer de semejantes experiencias, ellas no son más que la prueba de la perfecta demencia de aquellos que la emprenden y pueden soportar, insensibles, o mejor aún con placer, el espectáculo abyecto hasta el final. La fraseología de defensa del vivisector no es más que el penoso balbuceo del perfecto maniático. Vergüenza para nosotros también, querido amigo, que aún podemos dormir un poco mientras estas cosas suceden.

Afectuosamente.

Louis-Ferdinand Céline.»

Así es, vergüenza para nosotros, Céline. ¡Vergüenza para nosotros que sabíamos todo esto y no habíamos dicho nada!

(Pierre Wolff, en Paris-Soir, gran diario de informaciones ilustradas, año decimotercero, n.º 4164, domingo 3 de marzo de 1935)

Una palabra de Céline

L.-F. Céline, vuelto célebre apenas apareció su famoso Viaje al fin de la noche, se vio pronto invitado a una cena literaria ofrecida por una aristocrática dama cuya especialidad era justamente esa.

A lo que el feroz autor respondió:

«Señora,

Es un principio mío no aceptar este tipo de invitaciones. Lo lamento, todavía más, porque usted vive en el barrio de los Estados Unidos, y no es sin emoción que habría vuelto a ver esas esquinas encantadoras donde durante tres años me arrastré, antaño, a título de repartidor.»

(en Paris-Soir, gran diario de informaciones ilustradas, «Pêle-Mêle», año decimocuarto, n.º 4712, miércoles 20 de mayo de 1936)

Traducción: Thomas Rife

1 Quartier des États-Unis: la zona que rodea a la plaza homónima, en el distrito XVI de París, entre el Trocadéro y los Campos Elíseos. Urbanizada a fines del siglo XIX con hôtels particuliers, era y sigue siendo uno de los barrios más ricos de la ciudad. El remate de Céline depende de esa geografía: la dama lo invita a cenar exactamente donde él, de adolescente, repartía paquetes. [N. del T.]