Murena y el fuego del verbo / Luis Thonis

En la contratapa de Las leyes de la noche leo una opinión acerca de H. A. Murena por parte de Octavio Paz: “Murena: imaginación en medio de la anemia generalizada, claridad en las tierras de la máscara y el equívoco, valentía en un continente de leones disfrazados de borrego (Y a la inversa)”.
Un juicio, éste, que transcribo aquí sólo como una opinión y que traigo a cuento no porque provenga del escritor mexicano sino a causa de que está muy a contracorriente de lo que es posible considerar como la leyenda negra de un nombre de autor, la cual pesa sobre sus textos como un impedimento de lectura a priori, y que aceptado el placer de la dificultad a que convoca la frecuentación de cada una de sus páginas, basta para tornar deleble.

Si se leen sus ensayos de Homo atomicus, particularmente La irrupción del futuro y El ultranihilista, escritos en los años sesenta, no tardan en surgir esos modos retrospectivos de la memoria que pueden percatarse falseados o resultar verosímiles, toda vez que en la memoria se afianza la ley de contradicción a modo de único arbitrio entre lo enunciado por el autor y lo cumplido por la historia, lo cual hace, cierto, que sus textos suenen a oráculos, no sólo en cuanto a los enunciados que pueden considerarse en el estatuto de proféticos, premoniciones más que proposiciones, y que parecen acertar en mucho respecto de las líneas mayores de implicación, en la casualidad histórica entre antecedente y consecuente.
Sin embargo, no es el caso de un profeta, sino de una escritura que a veces profiere y no precisamente a favor de la linealidad de lo implicado, la que reniega que un acontecimiento es interpretación; así, por ejemplo, “Mayo” pudo ser hablado, traducido por la Revolución Libertadora, o, de otra manera, invocado por el “Proceso” en el interior de una historia. Ni la Libertadora ni el Proceso han sido revoluciones. Han sido un “movimiento cívico” según expresaban los que adhirieron a la primera, un golpe de Estado, el segundo: una dictadura con rasgos totalitarios que suprimió como nunca en la historia las garantías individuales.
Sin embargo, esto no marca con un signo positivo las “revoluciones”. Pese a su aire progresista en el siglo XX se constituyeron en dictaduras despóticas.

La Historia no basta para probar que éstas suelen ser peores pero sí su pesadilla; así, “la verdad” aun no reconocida de la revolución francesa se la puede hallar en Sade, la de la revolución rusa – el golpe de estado dado por Lenin – en la obra de Soljenitsyn, la de la revolución cubana en Palabras contra tiranía, el poema de Carlos Franqui y en su crítica del proceso revolucionario cubano. La historia no basta para formularlo ya que su linealidad está marcada por la ilusión progresiva, el apacible sol del progresismo.
Murena trata de hablar desde el centro de la pesadilla. Invoca un “don” y según una concepción del nombre que reaparecerá en La metáfora y lo sagrado por el cual la metáfora atrae un nombre perdido, una epífora, y donde esas versiones etimológicas del nombre con las cuales jugaba San Agustín –nomina, numina, “deuda”- son el tiempo de un nuevo nombre que abrirá otro futuro, el de un sujeto de cuya complejidad y exigencia hablan sus ensayos.
El texto de Murena, luego, lejos de ser vagamente profético, es un análisis de las utopías sin el cual no se entiende esa invocación de un nombre. Es en La irrupción del futuro, una lectura del faustismo occidental, de las utopías perfeccionistas y optimistas de aquellas ciudades de Campanella o Bacon:
“¿Qué sentido tuvieron las utopías en su época de aparición, en el Renacimiento? La Ciudad del Sol, Utopía, la Nueva Atlántida, constituyen la formulación del programa que Occidente se propuso cumplir a partir del Renacimiento: son la imagen del futuro ideal que por entonces se acuñaba en los corazones y que, por tal razón, actuaba como fuerza a la vez crítica y motriz de la sociedad viviente que la alentaba.”

El “futuro” tiene, pues, varias referencias en los textos de Murena; en ningún caso se trata, cierto, de un nuevo edén por venir, sino más bien de un futuro pasado que escribe, reinventándose en bifurcación respecto del presente, ahí donde se esbozan para él las “falsas uniones”, la estandarización por el fetiche o la idolatría, y a las que responde con el amor del ultranihilista, pasión que se dice exterior a los nihilismos. Así, el ultranihilista es “un ser que se da por perdido de antemano; busca más bien perder, empuja a perder todo lo que ya en él y en torno de él está perdido, lo ayuda hacia su fin”.
Este pensamiento imposible exige más que una interpretación. Si la civilización ha llegado a una etapa terminal donde distintas formas de caos y nihilismo luchan y se conjugan entre sí, ese sujeto viene a situarse en un lugar exterior a los delirios sexuales y políticos de la humanidad que las novelas del Sueño de la Razón cuentan en su dimensión más grotesca, donde lo cómico y lo trágico coexisten, se separan y se mezclan.

La luz que brota del ultranihilista no resplandece en presencia; no puede, luego, ser apropiada, asimilada a universos de discurso donde el “valor” se dice en términos de nivelación, relacionado a una escritura cuyo fuego devendrá inconsumible –para la historia y, como leeremos, el mito- en el cuerpo múltiple de su texto: “La luz del ultranihilista, en cambio, procura quebrantar, destruir esa superficie social e individual, con el objeto de arribar a la conciencia del otro: esa luz no lleva ilusiones ni promesas, sino decepción y dificultad porque disgrega los lazos mediante los cuales el otro cree auxiliarse aferrándose a la negatividad”.
Aquí encontramos el motivo del rechazo casi visceral que Murena tenía de sus contemporáneos. Era una exigencia en demasía. Lo que no se consume es la energía donde la escritura asume una diversidad de muertes y de duelos propios de una modernidad huérfana, expósita.
Esa luz no forma parte de un programa, no puede ser sino decepción de un programa para estos años de utopías de nuevo cuño; irá desprendiendo otro tiempo que es siempre el de un escrito en retorno, el resplandor de una escritura que bifurca la misma relación casual que enuncia el “futuro en bruto” desde el presente de una superstición gramatical, apoyándose en un pasado, concebido a través del principio de identidad, de una ley de contradicción que regula esa “administración” tan afín y necesaria al síntoma comunitario y para el cual el escritor es un hacedor de tiempo en la lengua.
La escritura de Murena profiere pero siempre en tiempo suplementario ya que su futuro no contempla los tiempos lineales de la historia y / o circulares del mito.

Es un futuro abierto en la letra, en el fuego del verbo mismo.

Así, Murena lleva a la literatura argentina a ese lugar donde sólo quien fuere tocado por ese fuego habrá de leer, atravesar. Hablo de ese ciclo in progress: Epitalámica (1969), Poliscuerpón (1970), Caína Muerte (1971), y Folisofía, summa de excepciones (1976), aventura sin lugar entre las convenciones vigentes, sin “valor”, en sentido estricto, valor el suyo que se abre en diferencia máxima, exterioridad en curso que tiene el lugar de un testamento sin firmante (Murena muere antes de concluirlo) y sin herencia, más bien es un trazo que firma un nombre de autor en un límite que interroga desplazándolas –del mismo modo que su nombre en devenir no es nombre negativo, nihil, o el amor es fuego inconsumible– las zonas más marcadas -fosilizadas– de la tradición, fundadas, reiteradas, gastadas en paradigmas de complementariedad: religión o muerte, civilización-barbarie, etc., teniendo como referencia no sólo esa mutación constante en el verbo, ahí donde la palabra quema. Lo suyo habla de una perpetua salida del síntoma comunitario que pierde encontrando a la literatura argentina: una mutación de fronteras, una firma del nombre, nomina, con irrecuperable exterioridad a las cadenas y los paradigmas que articulan los nombres de “estado”, estatizados, inmóviles, la serie que viene de lo arcaico, ahí donde violentando la fundación democrática, “Mayo”, el “origen colonial retorna siempre”, porque esa fundación ha sido, ha devenido en la textura de los acontecimientos algo endeble y que exige siempre una nueva y fallida fundación que reproduce la lógica del campamento.

Murena postula una fundación pero a través del nombre que pasa por el fuego del verbo.
Y del otro lado de la serie arcaica –ese lugar paranoico de las inscripciones donde la palabra se confunde con un dictamen de muerte, y que descifraron, cada uno a su modo, un Nietzsche o un Kafka-, también el escrito es escisión para la serie presente de las identidades públicas, los registros del nombre y el cuerpo para abrir otra mira, artística, algo que está vedado a estas formas de nominar comunes al símbolo en un caso y al signo en otro. Un lugar decididamente innombrable para esa lógica que entreabre la creación del nombre en el tiempo de lo escrito.

El nihilismo y el caos tienen diversas caras. El nihilismo desemboca inevitablemente en el totalitarismo que ya es en germen, entendido por el poder absoluto del poder del estado sobre todas las actividades de la vida de los ciudadanos. A diferencia de las dictaduras de derecha que reconocen su ilegitimidad y tienen que comprometerse para retornar a la democracia aun si mienten, la totalitaria presenta al Jefe como el legibus solutus que encarna a la misma Sociedad. Murena sigue el proceso que en Rusia comienza con organizaciones terroristas como la Voluntad del Pueblo y culmina, a través de un proceso sangriento, en el golpe de estado de 1917 de Lenin y Trotsky. Se ha pasado de dos formas primitivas de nihilismo, del martirio iconoclasta de Pisarev, que no apuntaba a ninguna reforma social sino a sembrar el pavor, o del “catecismo revolucionario” de Nechayev, quien matando a uno de sus secuaces fundaba la unidad de los conjurados, a una “etapa superior”, la del terror administrado por el estado totalitario que se hace cada vez más fuerte a través de las purgas de los propios elementos y el exterminio de todo lo que no entra en su órbita.

Criticar al anarquismo como nihilismo y ver en éste la esencia del comunismo ruso, en la década del sesenta eran perspectivas insólitas para el entusiasmo organizado como anestesia de la época.

Leer por tanto estos textos de Murena, implica a la “vida” no como regulación, presencia, sino a la vida como diferencia máxima; lo cual supone un cruce y no una negación de la muerte, que forma parte del juego. Murena es, también, la fulguración por vez primera de la disidencia en la Argentina. Me refiero a un tipo de disidencia que excede los programas de las sucesivas vanguardias “ al servicio de la revolución”· y que han dado a luz delirios que están lejos de haberse atenuado, y que la cultura a través de figuras de recambio, presenta siempre como algo inédito a las nuevas generaciones.

¿A qué se debe, preguntamos hoy que no pocas cosas han retornado de la década del sesenta y chapotean las más de modo pintoresco, que las obras de Murena no vuelvan a ser publicadas, y no diría a falta de la tan anhelada actualidad, el tiempo único, que supone en cuanto a la escritura una delimitación?
Una de las razones –aunque no se trate sólo de eso-, yo creo, no reside en el desgarro de su escritura o las necesidades del campo editorial: sucede que basta con leer a Murena para entrever cuán extemporáneo era respecto de su época y cómo lo sigue siendo hoy día; cómo leerlo nos permite olvidarlo, evitar esa cotidiana marcha en columnas alienadas que va convirtiéndose casi en el único hábito de la cultura; es decir, leerlo impide toda manipulación animista, demagógica, la socorrida práctica de la nostalgia, la necrofilia sentimental y otros patetismos.

Tampoco importa en demasía, no es sólo el caso, si el “país” había de ser o no en su período dictatorial “república de los cerdos”, el tema específicamente orwelliano que veía surgir en la degradación o, mejor dicho, nivelación de todos los valores, su inversión en puras negatividades, en regímenes que Murena, obrando como astuto Ulises, interpretaba como descenso hacia la porcherie, a propósito de las sociedades comunistas, pues en escena de la promiscuidad total, terror mediante, y según una aguda y punzante metáfora de la Erótica del espejo (1959) entre cierto tipo de homosexualidad contenida, común al pacto social que excluye la mujer y la vida privada en tanto lugar de singularización del otro y argüir si tal realizativo no ha tenido lugar con signo contrario y hora según el tema de la nostalgia del déspota, antigua encarnación de esa antinomia mayor pero donde todavía había la mediación de un Verbo sin el cual la encarnación es idolátrica.

Algo que viene siempre con algún consenso en una historia vivida a través de paradigmas míticos y ahí surge la creencia consenso, que ha posibilitado en el país los golpes de Estado que suprimen la separación de poderes, el retorno colonial –degradación y no incorporación, ya que a diferencia de Europa el monarca no tiene cuerpo- (los dos cuerpos del rey que Kantorovich ha podido leer en Shakespeare) que subyace según una anáfora en retorno contra el mito, fuera del mito, en una escritura que separa la relación, lineal, entre el acontecimiento y la fecha.

Los escritos de Murena, pues, no son actuales en el sentido de que retornan al presente sin subordinársele. Siguen y seguirán siendo exteriores a toda una historia. El asombro literario no es la menor de sus magias parciales. Su escribir la diferencia en otras fronteras a la de los paradigmas tutelares, contrasta con las obras de muchos intelectuales de su generación porque en él no se trata de comentarios sociales que acentúan el mal que dicen solucionar, sino de una relación no dada, que exige ese plus, ese suplemento fuera de lo negativo, impensable desde la sociedad y del individuo en tanto se los viene a situar fuera del verbo y el nombre que los atraviesan.

Murena –mejor lector de Freud que sus adversarios,  que terminaron acudiendo a Lacan para intentar reencontrar un “resto” sartreano – no sólo piensa que la sociedad está fundada en un crimen cometido en común; lo constata como un enunciado de dicto porque “lo dijo”, lo descubre, abre su escritura en diferencia máxima recordando ese crimen ya fosilizado, olvidado de sí, memorado por animismos, y que deriva en un luto perpetuo por negarse a reconocer la muerte.

En la escritura de Folisofía estalla la erótica del espejo, la traza de un “nuevo amor” como quería Rimbaud en esa exigencia imposible de ser absolutamente moderno y que en él supone distancia con las “artes negativas” de la vanguardia a causa de que como hombre de letras, toma ciertos puntos de la tradición que están lejos de haber perdido su dimensión artística, textual, vital.
En el caso de Folisofía son ciertas tradiciones medievales anteriores a la conformación del castellano; en el las novelas del Sueño de la Razón, Quevedo surge según el tema del precursor reinventado.

Murena en una época previa a la que estará ya definitivamente marcada por el terror – y que concluye en el terrorismo de Estado – se anticipa a éste no como terapeuta u oráculo sino como escritor, es decir, como cualquier mortal que hace proposiciones generales sobre el futuro del tipo “mañana lloverá”. Indaga en cierto modo, como los nihilismos con sus delirios asesinos intentan establecer una equivalencia idolátrica con la “vida” pero situándose más allá de la muerte misma, ahí donde lo peor es lo seguro.
Murena advierte ese futuro en bruto que constata en soledad intelectual con un especial detenimiento en lo que habrá de ser una no poco inflada dramatis personae, que tendrá un papel decisivo en los conciertos autoritarios, el efecto “Poliscuerpón” de la psicología de masas donde es permanente la ilusión de la cultura: “Pues la cultura, en la medida en que se alienta en ella una chispa de verdad, lo que transmite a sus atribulados súbditos es un resplandor de la abismal luz del futuro en bruto que constituye aquello que todos procuran no ver. La llamada cultura de masas con su mendacidad esencial resulta insustituible en el interregno porque además de proporcionar una ilusión de cultura –aunque sus productos sean lo más arteramente anticultural que se haya concebido- implica una segura protección de ese futuro en bruto no neutralizado que provoca horror.”
Aquí es ostensible que no se trata de una diferencia “entre apocalípticos” e “integrados”.

Murena acaso pensaba que si verdaderamente la cultura, no sus sermones chapuceros sino los libros peligrosos , fueran difundidos –en tanto transmisión, algo que supone otro estilo que el de la publicidad – nadie soportaría la “vida” tal como está regulada y cuya síntesis es esa ilusión prometida en el futuro, que en el extremo conduce al estado totalitario.

La división del tiempo entre trabajo y entretenimiento uniformiza a los sujetos, siendo lo económico, según el dicho que el dinero no hace la felicidad pero contribuye a ella, el único y comprensible motivo de inconformismo. Lamentablemente también el nihilismo parece haberse instalado en la economía: la Argentina a partir de los años setenta ha entrado en una franca involución a diferencia de otros países. El ministro de economía que presenta Poliscuerpón es un actor recurrente en nuestra última historia.

Pero la lectura de Murena se sitúa en el espacio de la cultura y la de la civilización. La interpretación de Murena interfiere en esa superstición que, haciendo de la necesidad toda virtud, da gato por liebre, camuflando lo “más arteramente anticultural que se haya concebido” por la cultura en vivo,  de modo que esta valoración no deja a quien todavía no ha perdido el tono sino en la alternativa de, o bien sucumbir a las formas de protección y simplemente mentir, o desgarrar el velo, atreverse por esa vía que sólo trae “decepción y dificultad”, y que exige “dolorosos esfuerzos individuales”. Todo lo que el filisteísmo quiere evitar como si fuera posible el ahorro en ese lugar no saturable del sujeto, donde comienza la satura y una escritura ultranihilista como Folisofía.

Sin embargo, tampoco la cuestión reside en la cultura en abstracto, iluminada, su discutible transmisión en líneas específicas, el contraste, en nuestro tiempo, huérfano de iguales sobreabundancias. Reside en que la sociedad no puede prescindir del lenguaje, quiere en sus mentores utilizarlo en función de unas pocas consignas, las grandes palabras que abrumaron a Joyce: la palabra se ha vuelto indisociable de las formas de la propaganda que queriendo compulsar los cuerpos no hacen sino incrementar el tópico contemporáneo de la muerte de los sujetos. Si traduzco, luego, “segura protección” o “ilusión de cultura”, los confronto en términos de verdad y falsedad, el oráculo de Murena parece cumplirse, el sueño de la razón no ha terminado todavía.

Lo que ayer, por los años sesenta, Murena llamaba el filisteísmo hoy ha cambiado de registro para peor, favorecido por esa psicología de masas subsistente durante la dictadura –en la cual hoy todavía coinciden ideologías aparentemente dispares, comunes en su nihilismo-, la idea de cultura que cree detentar el deber ser de lo popular, que se confunde con la traducción al espectáculo como única medida.

El filisteísmo, habiendo perdido la vergüenza, se presenta como espectáculo orgulloso de sí, tal vez con la confianza que le da esa misma psicología de masas, la política para con los cuerpos por parte de tecnócratas que buscan sucedáneos de las literaturas que multiplican los problemas y arrancan al lector de los discursos monolíticos.
Estos sucedáneos pueden ser la historieta o el cine no ya considerados específicamente como lo hiciera la poética formal o un Pasolini, sino en tanto formas tanto más tediosas cuando se le suma un “mensaje” que ya no es ideológico sino comodín para los que comparten el culto.

Se tacha como “elitista” a los modos y estilos que tienen en cuenta la complejidad del sujeto cada vez más sometido a la jibarización de los multiculturalismos reblandecidos. Lo que Joyce evocaba como santo oficio se agota en suprimir el arte de leer, apartar al posible lector del “peligro que representa todo libro”.
Por eso en el ciclo de novelas del Sueño de la Razón engendra el humor de un sujeto imposible de remitir a la insatisfacción masiva, la cual es tensión idealizante. Busca ante todo el buen objeto que agudiza la posterior decepción y acentúa la negación de que nunca nadie tuvo algo que ver en eso.

El mito y la historia no están totalmente separados. Se encuentran para conformar utopías que a diferencia de las del Renacimiento, son marcadamente negativas –la sustitución del saber por las formas masivas de violencia, del humanismo por la cultura de masas-, configuraciones cerradas del lenguaje que se disuelven en la pasión que habita el estilo de Murena.
Las suyas son criaturas del límite que pueden ser –en los ensayos- el juvenis atomicus o el ultranihilista- criaturas –en tanto creadas, y que con el avance de la técnica sustituyen a las figuras del humanismo tradicional – que desplazan en su lógica toda posición de objeto “bueno” o “total”, evitando la toma, la inscripción complementaria en los paradigmas, los binarismos que hacen a la “historia” y el “mito”, espejándose en una “ilusión de cultura”, el erotismo manchado por la muerte de la política de masas, las redundancias maniqueas que pueden querer fundarse en la historia, en el siglo XIX, donde el peso de lo histórico vuelve innecesaria la literatura, ilustración antes que otra cosa del signo de eficacia.

Estas nuevas figuras en sus múltiples caras suponen una trama inédita entre la vida y la muerte que el pensamiento tradicional no asume y suele dejar en lo impensado.

Disyunciones tipo “religión o muerte” o “civilización o barbarie”, las cuales, arrancadas de su lugar histórico, el siglo XIX, retornan como palabra de orden en mitos de complemento y, de otra manera, más cercanamente, fuera de una historia literaria que se ha querido fundar –programar- literariamente a través de una versión de la obra de Roberto Arlt: la civilización o la traición –el “no soy civilizado, soy traidor”, del Rufián Melancólico-, articulada en un dogma de terror, ahora literario, exterior a su obra, que tiende a recuperar un disidente, Arlt, “completarlo”; o traducir los juegos borgeanos con la ficción a una reducción que consiste en  oponerlo a su supuesto adversario.
Artl y Borges están en ese sentido del mismo lado: enfrentan la estupidez como sistema literario. Se lo reduce a los mismos paradigmas que Borges ironiza con sus simetrías invertidas del traidor y el héroe. Se lo enfrenta absurdamente y se lo coloca ante Arlt como si fuera un enemigo político. La “forma de la espada” deviene el motivo de un contenido sin reversibilidad. Borges trabaja en torno a las simetrías invertidas, Artl lee en sus rupturas el advenimiento del terror y la guerra biológica, sin equilibrio ni simetría posible. Ahí hay que situar la reflexión de Murena sobre el homo atomicus.

Esa lógica es la misma que remite a lo ilegible escrituras como Folisofía que resisten por su volumen a ser traducidas a los términos rectores de la prescrita eficacia, a los que no puede sino decepcionar: Folisofía, recurso barroco a formas arcaicas de la lengua para enunciar algo insólito, sustrae a la literatura el contexto con que se suele abusar de ella sin exceso.

Vivimos todavía en el interregno… como viendo un falso duelo con un monarca muerto que nunca existió… estamos como dicen los filósofos en una etapa de transición… esa aporía que ha surgido tantas veces en la Argentina, la transición que no parece tener fin y que como profecía temida pero alentada termina fortaleciendo un discurso de los fines, la llamada solución definitiva, el golpe de Estado. Esa mano dura asoma inevitablemente en el “estado de naturaleza” que Hobbes describe como lucha de todos contra todos, algo que Murena ve en la “la fiebre del oro” en medio de la anarquía que aplasta las intenciones republicanas de los padres fundadores.

La violencia irrumpe echando mano a los paradigmas no elaborados de la cultura, los mitos asentados de referencia que han cumplido y cumplen su papel en distintos dispositivos, en los cuales se piensa encontrar la curativa eficacia, porque hay en ellos una teoría de la cura por impopulares o populares, según convenga, se quieran, y de tal modo que permiten pensar en dos tiempos buena parte de la historia del país: la ruptura del orden jurídico-político por un lado, complementaria al recurso de paradigmas míticos, flotantes por bien enraizados para cualquier uso demagógico y que presuponen en su misma estructura algún Poliscuerpón y su Ministro de Destrucción : el ministro de economía que a partir de esa novela reaparece puntualmente en nuestra historia como sacerdote de un Templo más que como un simple empleado público, aumentando las apuestas, apelando a la economía no para “ gobernar la casa” sino para destruir sus mismas ruinas.

Si Joseph Schumpeter caracteriza al capitalismo como un proceso de “destrucción creativa”, podría decirse que el criollo es una destrucción conservadora que guarda para sí los peores aspectos de este modo de producción, cuya solución – el socialismo totalitario como cura o salvación – se ha revelado peor que la enfermedad: la posesión total del Estado de todos los medios de producción impide la destrucción creativa – lo que ha llevado a las mayores hambrunas de la historia, como en Ucrania o en China – y esto se extiende a las vidas de los ciudadanos, la negación de las garantías individuales y las libertades de asociación y expresión. Pero en su límite, el capitalismo ha dado lugar a un tipo de sujeto que consume todo tipo de placeres que no parecen nunca suficientes y que coexiste con universos de la droga o el crimen en serie, conformando un nihilismo de la sobreabundancia.

Al respecto cabe notar que lo jurídico político es intemporal en el orden del sujeto de derecho, de otro modo, el paradigma que trata el tiempo a modo de mito es temporal, el tiempo apocalíptico de una linealidad que no tiene a su otro como un doble sino como decepción: me refiero a la literatura, a la escritura como diferencia máxima, tiempo de retorno respecto de los otros y tiempo de la ausencia de una palabra última, definitiva.Y al punto que El sueño de la razón o Folisofía, escritos antes de la dictadura, pueden leerse como una anticipación histórica pero que no es tal: lo que Murena hace es socavar los paradigmas tutelares, no sólo los viejos sino los que van a venir a través de la cultura de terror y utopía que coexistirá con él en una nueva complementariedad, aunque lo hará involuntariamente, de modo artístico. Por el cuerpo de un escrito cuyas antífrasis, metaplasmos, sinécdoques, oxímoron, dan a leer lo monstruoso en una hipérbole despojada de eficacia, no reincorpora ningún paradigma, los reelabora por risa, llevando a la sátira a su posibilidad de satura: mezcla, plato de frutas, satur, lleno, barroco en él próximo al tradicionalmente considerado conceptista, pero sin una alegoría que se traduzca a lo moral, haciendo de la alegoría parcial su incompletud, otro de sus procedimientos.

Para Murena, el lenguaje es real realitas, un cruce a muchos encuentros entre lo literario y lo religioso, supone un sujeto íntegro – en vez de integrista – pero que puede acceder a su disolución, en vez de desdibujarse en las formas culturales donde las técnicas de comunicación y las “oportunidades” son la mejor manera de no poder encontrarse nunca. El blindaje de los sujetos mediante la estupidez los vuelve inmunes al fuego del verbo – a la literatura que reinventa la vida y la muerte – , a un ponerse a prueba que se trata de evitar y por tanto, no asombra que el ciudadano vaya a buscar la “realidad” ahí donde ésta es más ilusoria, es decir, menos real en cuanto a su dimensión numérica, vibración musical entre la escritura y el infinito que asume lo real como un agujero que el realismo tradicional y formas aberrantes de demagogia tienden a eludir, a declarar inexistente. Los que hablan desde ese lugar son fracasados, locos, expósitos, precisamente porque hacen retornar algo silenciosamente que con sonido y furia se quiere acallar.

El fuego del verbo está antes y después de la presencia apocalíptica y es doble decepción del kronos –la linealidad cronológica- y su correlato, el kairos, el momento del advenimiento –, tiempo que funciona como dominante a escala mundial, regulando la lectura –para que en él se abran unas métricas que resisten la apropiación mediante coordenadas niveladoras tipo “a cada tiempo su espacio”, que no hacen sino instituir el Mismo, la regulación de un espacio de signos que asisten de por sí antes de ser convocados, lo que se adormece a la sombra de los paradigmas tutelares: todo lo que hoy habla sin voz y ya no responde a tal o cual imperativo o espíritu de la época sino a una escena de reproducción, cuyo primer signo de atisbo se insinúa en el control previo de toda palabra, en la esmerada voluntad de los cuerpos por volverse definitivamente homólogos, en el ahogo común que es dable entrever en los feligreses de los nuevos cultos.

La irrupción del futuro trata de la inversión de todos los valores que tiene como parte  un nihilismo de diversas caras que expone a los sujetos ante un futuro en bruto, del cual hay que protegerse negando. Murena lo asume en su complejidad haciendo una lectura singular de la historia universal que se coloca en un lugar distinto al del historicismo – el de las sucesivas duraciones – y a las filosofías modernas que postulan el fin de la metafísica o que tratan de demostrar que los problemas filosóficos son falsos problemas.
Se pregunta por el tiempo en que le ha sido deparado vivir y la pregunta se transforma en la pregunta de por qué pregunta. No se muestra conforme con las respuestas vigentes ni con las abundantes voces proféticas. Ve en el psicoanálisis el peligro del determinismo y la formulación científica del pavor religioso “que el Occidente secularizado padece ante un futuro que se le presenta con los atributos de lo aterrador”.

El psicoanálisis va hacia el pasado para abrir el futuro pero constata que en los resultados más habituales, el paciente que sufría el pasado en forma larvada pasa a padecerlo en forma crónica y total, ahora producto de la racionalización, es decir, que se constituye en una suerte de nueva enfermedad: esto a mi entender no tiene que ver con Freud pero es cierto que abunda la gente que está “enferma” de psicoanálisis y confirman el diagnóstico de Murena en tanto protección contra un futuro en bruto, tanto más angustiante que la angustia como sentimiento inconsciente de culpabilidad. Pasa a estudiar diversas cancelaciones del futuro en la filosofía, por ejemplo, el Esquisse de Condorcet, que incluso en la cárcel y a punto de ser ejecutado sostenía el futuro como un progreso indefinido: se avanzaba pese a los retrocesos a la perfección, prefigurando la “nueva religión” de Auguste Comte o el ejército del progreso descrito por Renán. El progreso sin duda existe desde los tiempos de la rueda o las formas precarias de medicina. Pero cada avance está tentado de neutralizar el futuro proyectando parcialmente el presente y sumándole una expresión de deseos.

En la guerra de los imperios que se dio entre 1914-1918, Occidente se aplicó a ella “para terminar con todas las guerras” sin saber que en plena civilización entraba en un periodo de destrucción, de guerra total como no se había conocido en las guerras napoleónicas.

La Segunda Guerra colocó en el centro de la escena el genocidio y el crimen de masa. A partir de 1945 hay en Occidente un deseo de paz arcádico interrumpido por la invasión de Stalin a los países bálticos y a toda Europa del Este. Los intelectuales europeos en masa ven en esto un signo de progreso: millones de personas son asesinadas, deportadas, encarceladas en la Unión Soviética, Europa del Este, Asia y África, y apenas hay una leve sospecha a partir de la insurrección húngara de 1956 aplastada por los tanques soviéticos. [2]

Murena examina la excepción americana, referida a Estados Unidos, que ha violentado el recinto europeo de la historia con el american way of life y lo ve no como un ascenso de EEUU sino como el descenso de Europa a nivel americano. No cree en la amplia espiritualidad que se suele atribuir a EEUU porque es una “potencia sumida en la materia, materialista, para emplear esta equívoca palabra”. Lo que ha hecho es equilibrar lo imposible de una espiritualidad absoluta con un materialismo que tampoco puede ser total, salvo para la filosofía del soviet y su materialismo elemental.

Europa ya no es el centro del mundo y se aproxima a los países de América Latina que por otra parte continúan los procesos que vienen desde la independencia interrogando sus singularidades, o dan lugar a estrechos nacionalismos, destinados a perecer según Murena, en el universo unificado que se anuncia y que supone un llamado a pensar el futuro, no el bruto que se teme sino otro futuro cuyos nombres busca, encuentra a pura pérdida.

La posición de Murena no es nacionalista ni universalista, ambos efectos del Iluminismo sino transuniversal, pensada no como el mundo está conformado y hecho sino desde un futuro que no sería en bruto, y que se iría construyendo a través de decepciones y caídas.

El primer efecto que Murena le produce al lector es el de un despertar no querido por la cultura vigente, incluyendo a gran parte de las posiciones contestatarias. Nadie puede medrar entre la lectura y lo leído, nadie puede sustituir el trabajo y la aventura fértil que lleva a encontrar las palabras en un límite, como quien las palpa en la cabecera de un lecho de muerte, ahí donde uno suele preferir permanecer en un cómodo status vivendi del lenguaje.

Tal lo que molesta, lo que “no se podía perdonar”, como escribió cierto señor Funes, no el Memorioso, en la revista Los libros (nº 1), a propósito de la aparición de Epitalámica, obra que sin duda no se acomoda a la memoria administrativa del futuro en bruto. El fuego no se deja devorar por el modelo del alimento que estipula una simetría entre el “comer” y el “leer”, instituir como momento de la historia literaria, ser traducido a la moral o la ideología, invita al más sensual de los banquetes luego de pasar por sus distancias de verbo: disimilaciones en retorno hacia la memoria de la lengua –mío vuelve a meus, Dios a Deus-, agregados, epéntesis paródicas, “ultracorrecciones” en regreso al castellano antiguo donde todo se nivela insólita, imprevisiblemente.
La paradoja de nivelación que no es sólo la del volgare con el lunfardo sino la de la sociedad con la tribu, las palabras retornan a un estado tribal –en la inminencia de un crimen compartido donde hay uno que está afuera -, en el deseo tribal del incesto total, que toma a la letra el nihilismo del “todo es igual”.

El “a mayor igualdad, mayor diferencia” sólo puede ser una máxima al respecto porque en Folisofía se desborda la lógica de los predicados como si el “todo es igual” se enrostrase a su locura de nivelación generalizada.

Asistimos a un delirio cuya locura reside en el hecho de “enloquecer” la voluntad de cura vigente. Se trata de hacer aparecer una violencia más artera que la explícita y descarnada, el dominio de la estupidez que multiplica gendarmes: todos los hermanos tienen ahí el mismo nombre, Dagoberto, el nombre propio es a la vez un colectivo.
Está la madre, un “agujiero”, imposible de cerrar; el resto abunda en inquietantes extrañezas, los hermanos son en potencia una progresión infinita.
El narrador se separa por diminutivos y aumentativos y pasa por todas las fases –la educación, el aprendizaje de la lengua, el trabajo, la actividad política, el robo, la cárcel como lugar infernal donde se asiste al trastrocamiento de todas las funciones corporales, la iniciación homosexual, la sodomía, el ser la mujer de un hombre y un hombre del otro, la histeria porcina, el descubrimiento de la máquina, de que puede ser otro, hacerse una máscara, mirarse: “Contemplábame en el especo et con vere la mi aira folminante setíuame inorme, osoluto, un Deus”, el “miráculo suave”, todo lo que cada quien puede añadir según su capacidad de escándalo y una carcajada que no puede no ser sublime en ese proceso que va desde el nacimiento en lo indiferenciado, atraviesa el infierno carcelario –”los más manyábamos nuestra propia merd, que es familiare e adapta”, en la deriva de un “martín folisófico” por lo cual deviene mago de la tribu, poeta. Una tribu que no se asimila a la comunidad (la que ha extraviado su nombre secreto en referencia a las divinidades de la Ciudad) sino que es la comunidad misma en su estado de ebullición criminal, su gran sueño de exclusión del “otro” que este siglo ha elevado a la máxima potencia con sus falsos infinitos.

Poner sobre la escena del escrito el núcleo homicida enmascarado de ideal es intolerable y sin embargo, esto supone una renovación, un efecto de alegría, la comunidad deja de ser letra que mata, lengua enlutada, no tiene lugar, está siempre por escribirse en este caso en una escenificación de las tensiones agresivas, creadoras, que recuerdan el “insultar es alabar” de Eckhart. O, como en Kafka, que la escritura se modula en la forma de la plegaria y dicha travesía no se invierte en otro sacrificio que el poético, sin otro efecto que esa risa tan difícil de reír y donde lo común religa a los hipotéticos lectores y al sujeto que escribe en una actualidad sin presencia: satura interminable, diría Quintillano.

Los humores de su sátira son parte de un arte combinatoria –muchas mónadas que no se complementan en una imago mundi.

Murena arranca al lector de los ídolos de la clase, la profesión, que cuando se hiperbolizan en los paradigmas de complementariedad confluyen de un modo u otro al juego de las facciones que el nihilismo alienta para inscribir un sacrificio que no es el religioso (la repetición de la muerte de Cristo en la religión), la negatividad entre el productor y el producto, su regulación del tiempo, o el ideológico, ahí donde se prescribe morir en función del futuro, que abre otra frontera, la real realitas en sus palabras.

Atraviesa los reactivos mitos de referencia: la imagen arquetípica de un “hombre argentino” (retomado en Las Leyes de la noche, en la figuras de Achard y Nicolás) que ha sido apoyatura, el tipo de identidad sostén de la escenografía autoritaria, la formulación niveladora de un síntoma comunitario tenaz, que sigue desesperando de no encontrar el remedio que es ya su propio veneno.

En el ciclo de novelas de El sueño de la razón la orfandad de las criaturas es total. El universo no se crea y renace desde cero sino a partir de ciertos deshechos. Murena dice haberla escrito para perder lectores, lo que significa apelar a un arte de la lectura. Ahí nace el lugar de sátira, el “canto”, cabrío, auroral , apertura que excede las antinomias, vía de iniciación para una tribu que abre los juegos reidores de la lengua más allá de la oposición simple, negativa, entre significado y sinsentido, poniendo en curso esa singularidad que toda una tradición reconoce en el género, como lo ha notado Arnold Whitehead, para quien la sátira surge en una época que culmina, y redunda lo gastado y fatigoso: “En este caso el último destello de originalidad lo representa la supervivencia de la sátira. La sátira no implica necesariamente una sociedad decadente, aunque se nutre con los rasgos ya gastados del sistema social. Es un hecho característico que naciera el satírico Luciano precisamente al terminar la edad de plata de la cultura romana”.
Y lo mismo es posible referir de Voltaire, Gobbin, Rabelais, Swift, Butler, Quevedo, en cuanto el género propiamente dicho hasta llegar a obras como Bouvard y Pecuchet que suponen una mutación todavía impensada, postsatírica, una novela que no enseña nada a través de una monumental arqueología del saber novelesco, esa obra que nos hace habitar la paradoja de que mientras la leemos somos infinitamente más inteligentes y más estúpidos que esas criaturas del límite, también ultranihilistas, que Flaubert presenta en Bouvard y Pechuchet, portadoras de una lucidez al revés, culminación, según Murena, de la mot juste, que él trata de inscribir como palabra inconmensurablemente injuste.

No era, pues, un oráculo aunque no ignorase los ritos eleusinos donde el iniciado debía transitar los deixomena (cosas mostradas), los drómeda (cosas actuadas) hasta una lluvia de insultos que invitaba a una afirmación de sí.

El aspecto hipotético no ha sido, luego, el único en el que ha incurrido el autor de sus ensayos, hay siempre el retorno de ese proton seudos, la mentira inicial, ese lugar donde se funda la comunidad y que ésta ha olvidado y no puede sino recordar como síntoma comunitario, el que alienta la ilusión del soberano absoluto que diga “la Sociedad soy yo” para rehuir responsabilidades, ese constante machacar qué somos del reconocimiento convertido pronto en caricatura, que omite la diferencia que la funda, perdido su nombre secreto, el cual el escritor, tal es su tarea, tiene que reinventar a riesgo de sucumbir a ese fuego que es mero cúmulo de ceniza: el fuego consumible del cliché, su reproducción fetiche, obstáculo para el engendramiento en el ver y el oír. Ese fuego que no es riesgo, más bien su evitación, común a la escritura que se limita a hacer eco con lo esperado y consabido, privando en tal certeza la palabra de esa otra frontera: una “x” que no es prima, que ni el intuicionismo como forma a priori ni el formalismo pueden describir por modelos previos, mentales y verbales. Una x que es complementaria de aquella otra que abrió la comunidad al lenguaje ahora es paradigma en un escrito marcado por la ausencia de un origen simple.

Tal es el caso de los Borges, Murena, Lezama Lima, Joyce, escritores que “cumplen” con su comunidad al devolver la lengua a ese lugar donde el placer de la dificultad invita a un juego más riesgoso de la diferencia. Son ellos, por difíciles, arduos, oscuros que parezcan, los que nos enteran, sin necesidad de noticia, de que no se puede no ser reformista en cuanto a la comunidad, ya que por su constitución misma excluye la verdad, y porque en la mejor de las sociedades, la que no conocemos por cierto, si la hubiere, el arte también será allí disidente, hará jugar su diferencia sobre el mejor de los lenguajes posibles, lugar donde no hay ganancia ni pérdida en sentido estricto, sólo el sentido que se abre en diferencia máxima, frontera que nombra en lo innombrable.

Flor o Florens: amor era el anagrama de Roma, el nombre secreto que estaba en relación con las festividades, revelarlo era pena mortal; era la revelación total que la literatura moderna retoma en otras estructuras, donde la revelación supone la muerte del que escribe, esa otra muerte, repetición de lo irrepetible, donde Eros y Thánatos, el erotismo y la muerte, no se infieren en términos de positivo y negativo, ambos obrando en diferencia máxima, en los humores de la sátira, el efecto “folisófico” que responde a esa interrogación de qué debo hacer formulada en La Irrupción del futuro: “En medio de los torbellinos traicioneros de un caos y un nihilismo que se disfrazan de conformismo, ¿en qué se afianzará, se orientará mi disconformismo, un disconformismo que siento ineludible pero al que exijo una capacidad creadora y no simplemente letal?”.

Ahí pasamos del juego del antecedente y consecuente, de lo factual a lo hipotético, a la apertura del tiempo disidente, de escribir, a un desvío de todo ese futuro en bruto que se ocupa de pensar en sus reflexiones acerca del nihilismo, como si nos dijera que el nihilismo no es nihilista por apelar reiteradamente al futuro sino por ser ante todo esa apelación “bruta” que reclama en nombre de lo social, y entregando todo a lo social, la eficacia de una vez y para siempre, obviando con palabras grandilocuentes lo que describe.

Es simplificar decir que Murena era ajeno a la historia a la que no niega, al contrario, ve los efectos del caos y el nihilismo que la producen, y trata de inscribir otra frontera sin otro poder que un verbo siempre sometido a prueba. La dificultad de su lectura responde a que la novela como género artístico no hace en nuestra cultura un corte con el mito, más bien se sostiene en él, acusa afinidad con los paradigmas rectores, reactivos, las falsías de reunificación comunitaria que finalmente revelan estar en función de lo negativo, del “único sacrificio” en y por el presente de la religión de nuestro tiempo, la del tiempo único, la que instituye la “administración del tiempo en una comunidad”.
Ahí el “don” es sólo uno de los nombres del intercambio en el corpus de los columbarios tutelares, todo cuanto la escritura de Murena viene a desplazar y por el cual los aciertos para con el futuro son casi involuntarios.

El don sería en Murena un futuro reconciliado con el nombre- que en última instancia es Dios -, el cual el futuro en bruto no deja de asesinar en el mismo presente, anticipando ese mismo futuro con ideales letales que los profetas de la mentira venden como espejitos de colores. El nihilismo sustituye a Dios por la manifestación de la voluntad social: este pensamiento de excepción basta para excluir a Murena del pensamiento contemporáneo.

Al volcar todo en lo social en nombre de los oprimidos, el nihilismo vacía las instituciones: la dictadura de una clase sobre las otras es una falacia, porque nunca una clase gobernó en la historia sino un pequeño grupo que sustituye el derecho por la fuerza a través de una nomenclatura. ¿Pero que queda de la voluntad de Dios? ¿De su tantas veces anunciada muerte?

En su ensayo La Muerte de Dios, tal vez el más complejo que se haya escrito en la argentina sobre las relaciones entre la teología, la filosofía y la política, Murena lleva las interrogaciones a una complejidad tal que se hace difícil responderlo de una sola vez. Murena recuerda que no pocas veces la Iglesia católica se comprometió con los poderes políticos en alianzas en la que buscaba lo que es del César y para conseguirlo no vacilaba en entregar lo que es de Dios, algo que terminó en cisma y afectación de la fe. Murena describe como fe falsa a una forma de soberbia: se llega a creer que alguien está salvado por ser miembro practicante de una iglesia cristiana. Hasta el mismo ritual – exterior – basta para que uno se crea entre los elegidos. Este fenómeno no es excepcional sino generalizado: a través de él millones de sepulcros blanqueados han encontrado un modo de resistirse a Dios a través de esa caricatura bienpensante. Murena recuerda que es fe de tipo burocrático. Está en las antípodas de la fe verdadera, la del santo, que nunca se considera salvado, algo que ninguna criatura puede decidir por sí misma. Esta falsa fe se que alienta, no es sino certidumbre, un tipo de conocimiento que pertenece a las ciencias de la naturaleza y no a las del espíritu. Esta certidumbre aniquila la fe y tiene que ver con las formas de absolutismo intolerante.

En el cristianismo coexiste una teología gloriae – que tiene que ver con la exaltación – y una teología crucis – que pone el acento en la mortificación, en sus tendencias católica y protestante. Ambas reconocen un origen común: la ley talionis, la ley del talión del rescate por la sangre: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente, según Moisés. El rescate por la sangre evoca una forma de pago. Cristo cambia la forma misma de la transacción: si uno te abofetea la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Hay un excedente que se llama amor: el pecado original es ínfimo en relación a la gracia recibida, dice San Pablo. Pero en la cruz la sangre continúa corriendo, aunque no sea la del enemigo, sino la nuestra: Cristo, que, dice, estaba presente antes de Abraham sin que el hombre lo percibiese, no ha abolido la ley talionis sino que la ha interiorizado, hay que buscar ante todo el ofensor en uno mismo y no en el prójimo. Cristo lo formula para una comunidad que ya ha aceptado al Dios único y verdadero, que no era el caso de las tribus a las que se dirigía Yahveh. El acento se desplaza de la comunidad al individuo, ya no es el “ojo por ojo” sino “ si tu ojo te escandalizare, sácalo: más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios, que no con dos ojos ser arrojado a la gehena”, en función de una nueva comunidad donde el bien puede derrotar al mal separándolo o incluso empleando el mal contra el mal. La cruz no puede prescindir de la sangre, ni la supresión del mal de la mutilación. A través de la cruz el hombre entra en una nueva relación respecto del Todo. El hombre natural quisiera no sólo no renunciar a un ojo sino tener uno de más para entrar en una Arcadia donde sea dueño y señor de todos los placeres. La cruz le habla de un sacrificio que tuvo su comienzo en el “conócete a ti mismo” del filósofo mártir que bebió la cicuta. La cruz es un giro en la procesión del hombre hacia Dios que ha culminado por encarnar en una figura humana y enterarlo a través de la crucifixión que hay que renunciar al ego como condición de expulsar el mal que retorna de muchos muchas máscaras, la falsa fe, por ejemplo, es una de sus abundantes justificaciones. “Si ese ojo te escandalizare, sácalo”, dice la cruz. Hay que abdicar del ego que lleva a la perdición. Se entiende por qué a los hombres antiguos la cruz les parecía una locura y a los modernos ateos un absurdo. Prescindir de lo que naturalmente se considera más precioso es algo impensable. De ahí que el mensaje de Cristo tomado a la letra tenga por destinatarios más a los santos que a los comunes mortales que han secularizado el paganismo, retornado con toda su fuerza en la modernidad, en el nihilismo que vuelca todo en lo social, agravándolo.

La ley del talión persiste a través de esa cruz psíquica llamada arrepentimiento, por el cual el hombre mira hacia atrás y reniega de la trasgresión cometida, ante la comunidad en el ámbito judío, ante el confesor en el cristianismo. El arrepentimiento- del odio, el error, la indiferencia, el robo, el crimen – tiende a resolver la distancia tensa entre el ego y el corazón central que hablan de las malas relaciones que el hombre tiene ante todo consigo mismo.

El cristianismo continúa la concepción judía de la creación ex nihilo: el hombre y el universo han sido creados desde la nada suscitadora de existencia: “Por haberlo creado como criatura en un mundo, por ser el punto a partir del cual se congrega y se yergue el hombre, la nada es el centro del hombre”, escribe Murena para quien “ la nada es Dios, que se halla como herida vivificante en el centro más hondo de cada humano” y que le permite pensar la noción budista de nirvana que extinguiendo el ego alcanza el verdadero ser. Podríamos afirmar desde esta perspectiva que el nihilismo tiende a hacer un fetiche de esta nada, a no encontrar nada en ella a fuerza de querer materializarla: así se entiende a Nietszche cuando habla al respecto de voluntad de nada. También respecto de la lectura nihilista de la muerte de Dios: no es que haya muerto un ser semejante a nosotros sino ha acontecido algo por el cual ese nombre ya no está en casa y se aleja cada vez más.

La renuncia al ego no significa el fin del hombre sino saber que nunca llegaremos a ser nosotros mismos porque no podemos ser Dios. En la medida que nos aproximamos a la nada y la aceptamos, deja de aparecer como muerte para transfigurarse aunque nunca de un modo total: la inmortalidad del ser tiene ahí su asiento pero como subrayan los evangelios la certidumbre ahí no cuenta, es imposible, y el mismo Cristo en el momento de la encarnación padece un instante de duda donde se siente abandonado en el momento donde se precipita hacia su propio Padre central.

A través de sus análisis, Murena le reprocha al cristianismo su visión exterior de la culpa, que atenta contra una concepción verdadera del mal y se vuelve un obstáculo para un mayor acercamiento a Dios. El arrepentimiento es para él un talión último que concluye en un autoengaño, una droga con la cual se elude el enfrentamiento verdadero con la culpabilidad fundamental. Pero el abuso de esta droga termina dejando sin efecto a esos actos retrospectivos: la confesión y el arrepentimiento hoy han perdido la verdad que suponía volverse hacia atrás y son otros tantos nombres de la fuga respecto al ego que se diluye para engrosar la sociedad de masas.

Hay en el cristianismo una hostilidad hacia una parte de la existencia que para Murena responde a una visión parcial de Dios que en muchos casos es una imago mundi esquizoide avivada por la cruz, proceso que viene a cerrar el anhelo paulino de liberación del cuerpo de la muerte – eco de la doctrina pitagórica del cuerpo como tumba del alma – y desemboca en los dualismos teológicos o racionalistas – San Agustín, Descartes, Leibnitz, Kant, Hegel – donde el hombre es pensado como la incomprensible unión de un cuerpo y un alma, o el inquietante híbrido compuesto entre la res cogitans y la res extensa, tan difíciles de conciliar que se opta por reducir una a otra. Hay esperar a Nietzsche para poder encontrar una versión del hombre que no quiere ser solamente hombre sino un puente, que no se limita a ser un huésped desdichado de la res extensa y luego de esa luz del marxismo y el psicoanálisis, o de los voceros totalitarios- que expresan la venganza, el talión científico de la res extensa- luz que buscaba descubrir al hombre en su plenitud.

El marxismo y el psicoanálisis, los expositores más brillantes de la res extensa, se constituyen y son causados por dos actividades que la cruz había relegado a las sombras de lo secundario o lo interdicto: la sexual y la económica, calificadas como malas por esa misma cruz, produciendo un agujero negro en el interior de Occidente por el que hubo que pagar un precio impensado de guerras, abusos e injusticias imposibles de justificar desde la cruz que, indirectamente, contribuyó a eso. La cruz es responsable de la aparición de esas entusiastas anti-iglesias que son el marxismo y el psicoanálisis. No es casual que se los haya mezclado hasta el absurdo porque tienen en común su lucha contra el dualismo cristiano. Pero no nos ofrecen una visión del hombre pleno sino un monismo donde los elementos que no son sexuales o económicos quedan anulados o considerados como meros reflejos o ejemplos. La sobrevaloración de la res extensa por parte del marxismo y el psicoanálisis, ha seguido el mismo destino que la cruz: una idealización pálida del pasado glorioso de sus falsos profetas que contrasta con los magros logros del presente que se diluyen en anti – iglesias cada vez más pequeñas y en algunos casos fanatizadas, llegándose al ridículo patetismo de que a menudo muchos de los crímenes cometidos por el marxismo – el Gulag, que asesinó a millones de personas- suelen ser negados o absueltos por psicoanalistas por el solo hecho de no perder su clientela de crédulos [3]

Dios vuelve crédulos a los farsantes, decía Baudelaire, y tanto la vía crucis del marxismo, con su reino de los cielos que acentúa el infierno en la tierra, con su idea de justicia que necesita de la opresión de las libertades más elementales para supuestamente realizarse – como el psicoanálisis – en su tentativa de retorno al pasado, sus recursos para provocar el arrepentimiento y liberar de las culpas – son dos caras del renovado conflicto de la cruz con la ciencia que el cristianismo motejó en su momento de impía.

La historia de estados como la Alemania nazi y la Unión Soviética hablan de una necesidad de la siniestra resacralización que los hombres tienen del Estado que se hace desembozadamente en contra de las iglesias. Y la irrupción desmesurada del sexo y la ola de erotismo en sus muchas variantes, es una señal punzante de una res extensa a la cual la res cogitans consideró negativa al extremo, limitándola a la procreación.
La homosexualidad en clave moderna significa una abierta rebeldía hacia Dios que ha comenzado a sustituir en su exaltación de una sexualidad autónoma de la procreación a una larga historia de dominio espiritual de la res cogitans.

El arte no es ajeno a estos avatares porque si la cruz significaba una exaltación de la figura humana como en la pintura renacentista, la no figurativa habla de un abandono de la Weltanschauug cristiana, es decir, que ésta ya no expresa lo que los sujetos perciben, desean o sueñan. Del mismo modo, en la poesía hay una crisis del sentido tradicional de la palabra que ya no está sometida a ninguna imago mundi. La narrativa tradicional es sustituida por técnicas estructurales disociadas, comunes a la nueva sensibilidad. El fondo común es la desvalorización del cristianismo que no se considera nunca cumplida y que está a la espera de la irrupción del futuro En cierto modo, Cristo ha muerto porque el cristianismo se ha consumado, pero esto sólo trata de la faz negativa de su historicidad, contra la cual Pascal afirmaba que Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo y que tiene eco en el logion de los Evangelios – antes que Abraham fuese, yo soy- que da por sentado que Cristo estaba en agonía desde el principio de los tiempos.

El cristianismo para Murena se ha cumplido en sus grandezas y miserias y por eso mismo su historia se repliega al campo de lo potencial. El hombre ha perdido a Dios pero esa es su misma condición, la de animal perditrix nominam Dei: el único capaz de perderlo porque es el único capaz de encontrarlo. El tiempo deteriora los nombres y reanuda la tensión en la búsqueda del nombre que acaba de perderse. Los falsos profetas pasan, la experiencia recomienza, cada vez más en la noche oscura e incierta. No hay que entender según Murena en el enunciado Dios ha muerto a la palabra muerte en un sentido demasiado humano. La muerte de Dios puede ser el preludio a su otro nacimiento, tal vez cuando el hombre termine por olvidar definitivamente a Dios, entonces habrá, quizá, alcanzado a reconocer el nuevo nombre de Dios. El duelo parece interminable y el psicoanálisis lo calificaría en la especie de lo patológico. En efecto, lo que consideramos realidad por momentos parece el sueño de un esquizofrénico, y la casa, el reflejo de una imago mundi donde el planeta es un gran manicomio regenteado por sus más graves enfermos.
“Dios ha muerto” significa que no está en la casa y erramos inermes en el desamparo de una noche oscura. Dios, por otra parte, sigue siendo el sujeto de los pueblos monoteístas portadores de narración. En la tradición judía, por ejemplo, la chekhina responde más a una vecindad que a una presencia de Dios, todavía más insoportable que su ausencia.

El Dios a que se refiere Murena no es el Dios-presencia del que habla un Heidegger, homónimo de un Dios-ausencia pagano que habría estado en un tierra natal perdida, imagen inversa del paraíso. Es un Dios que responde a las religiones monoteístas – no paganas – pero que no está dado ni presupuesto. Exige una entrega y un excedente de amor que suena a imposible a causa del tipo de sujeto–  el de un resentimiento sofisticado y de un nihilismo por sobreabundancia-  que produce la cultura actual.

Para Murena no se trata de retornar al Origen, a la prehistoria: en El Nombre secreto analiza cómo esto conduce al campamento en referencia a los primeros conquistadores. En el Origen no están los dioses y los hombres. Están los primeros fundadores que llegaron a estas tierras para enriquecerse sin importarles otra cosa: es el campamento originario, el puerto de Buenos Aires era más un lugar de paso entre los productos, que un nombre que como en el caso de Roma supone un acto de amor. El campamento– metáfora retrospectiva de golpes de estado y múltiples formas de saqueo y corrupción – retorna de modo cíclico en la sociedad argentina y configura la historia como un círculo vicioso. Dicho de otra manera: se trata de desplazar los orígenes creativamente, encontrando sus nombres para sortear la involución progresiva o la reiteración circular que se perpetúan hasta convertirse hoy en un estilo de vida.

El acuerdo del hombre consigo, reconocer que nosotros somos la casa, sería para Murena la condición previa a un nuevo nombre de Dios: es que lo teológico político es intrínseco al género humano, y no es el caso de ceder a Dios a los fundamentalismos. Este es el motivo por el cual de buena fue muchos que adhieren a la democracia en un sentido laico ven en Murena un reaccionario, incluso un esotérico pese a su repudio por Anny Besant. Es aquí donde hay que situar las aventuras complejas de sus personajes de ficción, sacudidos por un presente que vive los efectos del eclipse de la cruz en un presente que no puede dar a luz un nuevo nombre de Dios y vive en la espera de un futuro en bruto y de ese modo lo produce en una noche sin ley que son las leyes de la noche.
El don como forma del amor, eso que Elsa no puede encontrar en el imperio de las leyes de la noche, no se reduce al intercambio narcisista – yo soy el otro o viceversa – ni sólo a lo sexual – la trama de perversión y masoquismo sobre el fondo del incesto – sino a una separación de sí que metaforiza su caída en el vacío donde a riesgo de morir se hace posible la resurrección.

En Folisofía, última novela del Sueño que se presenta como honda pesadilla, escuchamos una risa desfondada, nunca oída, que nos vuelve inmunes a la estupidez colectiva y nos quema con el fuego del verbo, “ilegible”, cierto, para los que se alimentan de ceniza.
La ficción escribe fuera de la historia y el mito, del caos y el nihilismo que culmina en la “plusvalía del terror”, una forma de resolver la etapa final de la mercancía, ese terror que a veces se presenta intimidatorio como “compromiso social” o “solidaridad” para obrar en sentido contrario. Tener en cuenta a otro sería crear las condiciones para que algo de esta obra puede transmitirse.
Murena escribe la disolución de sí en unas voces que desplazan las fronteras, los registros, hay que inscribir solamente el nombre, no la cifra que entreabre los nomina, y concede ese otro don- no sé si el mejor, pero no el menor- de quien ha sido “tocado” por el fuego del verbo, don que hace que sus escritos parezcan escritos heri vesperi, ayer por la tarde, tan ausentes.
En ese desplazamiento de los paradigmas reguladores, también excede, inscribe en una línea no cuantificable por éstos, otros signos, el de una fundación que presupone “Mayo”, no su añoranza arcádica, proponiendo una democracia “espontánea y jerarquizada” – aunque suene a imposible – porque no ignora que la sola democracia como caos uniformado –y no hay otra cosa fuera de la literatura, las periódicas repeticiones- termina por suscitar el despotismo que la fundación democrática quiso abolir aunque se diga en su nombre.

Murena trata de detener esa máquina de producción de lo falso, donde la democracia–caos lleva al nihilismo y culmina en la plusvalía del terror.
Propone otro juego de la diferencia donde lo jerárquico supone otra visión del valor-  no el valor como fuerza, negatividad en curso-  correlativo a ese lugar donde no puede haber un programa.

Es de lamentar que esta democracia “espontánea y jerarquizada” esté cada vez más lejos y el país vaya confluyendo a una suerte de monarquismo anarquista que analiza en sus notas sobre la política argentina: cuando una parte del país gobierna, se vuelve monárquica y la otra mitad anarquista, la cual, cuando accede al poder hace lo mismo que lo que criticaba, y los que ayer eran oficialistas comienzan su trabajo de anarquía, y el perpetuo intercambio de máscaras no alcanza a cambiar un rasgo del rostro cada vez más rígido a fuerza de consignas.
La palabra democracia, que Aristóteles veía propicia a las clases medias, ha sido bastardeada por las llamadas democracias populares- la Albania de Enver Hodja, por ejemplo, que asesinó y encarceló a sacerdotes y prohibió hasta la oración, fundando el primer estado ateo de Europa – pero también por formas masivas de democracia que socavan desde adentro las instituciones y la separación de poderes. Ayer Hitler proclamaba yo soy la constitución y Stalin yo soy la sociedad.
Los dos estaban orgullosos de ser dictadores. Hoy, en cambio, los dictadores más aberrantes se proclaman más demócratas que nadie, como si no pudieran resistir la tentación de ser figuras del star system de la sociedad de masas.
En ella pone el acento Murena y de tal modo que su obra literaria excede los registros de la reproducción de lo mismo. Se recuerda su defensa por la libertad en el arte, cuando la censura de Lolita de Vladimir Nabokov –”uno de los corruptores del habla”- se refiere al peligro que “representa todo libro” para una demagogia que quiere a los cuerpos “derechos y humanos”.

Murena no se niega a un programa: permite pensar que en el orden societario pueden coexistir varios programas, incompatibles sólo desde la mira estrecha de los paradigmas. Por ejemplo, que lo cultural- que algo se diga “popular” a través de la demagogia- no supone por cierto y con obligatoriedad su supresión del corpus de la literatura clásica para condenar a las masas al folletín que se lee en las prisiones u otras formas arteras que niegan la complejidad del sujeto: lejos de haberse disipado, esto se ha ido acentuando, y hoy se aceptan estas técnicas como una naturaleza.

Murena, al respecto, como Joyce, el vetado Joyce del poema El día del populacho donde cita a Bruno, “nadie puede amar la verdad si no aborrece la multitud”, como Nabokov –sus ácidos contra el Kremlin, contra los comentarios sociales, contra sus “freudianos”, contra todos los débiles sucedáneos de la literatura en la que hay para él una sola tradición, la del talento, como decía Pasolini-  escritores tan diferentes entre sí concurren en una defensa de una cultura sin espíritu de reducción, sin temor a que otro pueda hacer la travesía que uno no ha hecho, remiten no a las elites ni a las distintas ideologías sino a un señalamiento en cuanto a una palabra intransferible que en el Sueño de la razón y Folisofía celebra su aniquilación, su creación, su fin, su otro recomienzo.

Murena habla, pues, desde muchos lugares, en el “error de escribir”.
Los aciertos históricos hoy tangibles hasta para sus adversarios, son mera gracia, cortesías del artista; habla como tal, como quien habla en lengua y a sí mismo se edifica arrancando al otro de ese fuego que es tan sólo mera ceniza, edificando a diferencia de Caín –es uno de los temas de Caína muerte, la diferencia del gato independiente ante la comunidad de perros- sus construcciones despojadas de eficacia, escribiendo el epitálamo que dice que no habrá nunca buena sexualidad, “natural”, por liberada que se quiera, en ese lugar, lecho de letra, donde se disuelven los paradigmas reactivos.
Lo que hoy se lee desde ahí es calificado de “ilegible”. Una sombra de sospecha pesa sobre quien habla sin querer convencer del todo, no arraigando en el suelo común, el de los sueños colectivos, esa voluntad que exhiben vanguardias “pegadas” a ellos: nos damos cuenta de esto cuando habitamos ese tiempo que sólo se da en la ficción y que hace que la historia a veces sea imitación de la literatura, mala literatura hecha de buenas intenciones.

Una idea de historia es el sueño del fin de la escritura, convertida cada vez más en oficio de difuntos.

Murena ante esto es un expósito. Alguien que está expuesto. La ruptura que escribe para con los paradigmas hipostasiados –religión o muerte, civilización o barbarie, alpargatas o libros- también hiere el tópico conformado a través de Roberto Arlt de la civilización-traición.
Por un contratiempo entra en intersección con las versiones que multiplica su obra respecto de “la herencia de Arlt”. Poco tiene que ver con los apólogos rituales de sus faltas de ortografía y que no de una geometría de la falta. Quien lea con detenimiento Las leyes de la noche en relación a Los Siete Locos habrá de enterarse de una carta expuesta que es la clave de la cultura argentina y que pocos se atreven a leer. Arlt, cabe decirlo también anticipa descifrando la llegada del estado total y “guerra biológica” pero en una lógica que se subordina a la efectividad de su enunciación profética. Su texto es el análisis excepcional de esa eficacia que invoca, su imposibilidad. En Los siete locos es la tensión entre los quiero y no puedo llevada a la hipérbole, esa ensoñación de los personajes que sólo alimenta el lanzallamas en un odio que depende en demasía de lo odiado.

Arlt trató de desmontar como pudo el síntoma comunitario, abdicar del recurso al Jefe. La cultura fascista de sus años no es sólo la de la Liga Patriótica; hoy, es curioso que “Arlt” sea uno de los lugares no menos fortalecidos de ese síntoma que descifraba en las letales recurrencias de un orden cultural al cual llamaba Mecanismo como hubo de escribirlo, como es legible en un Arlt vetado por las concepciones idólatras, el del Amor brujo: “Sociedad, escuelas, servicio militar, política o hembras modelaban sí un tipo de hombre de clase media, alcahuete, desalmado”, un sujeto al cual no le tiene mucha simpatía y que su texto trata de analizar en el “crepúsculo de la piedad”.

Los siete locos es un acta donde se trata de inscribir en el cuerpo femenino el rosario de fuego de unos mandamientos letales, donde la inscripción es el desciframiento de un veredicto mortal, mejor dicho, la revelación de que alguien, el asesino, estaba desde siempre muerto- de la cual es a la vez el sufriente y el hermeneuta, lo que no deja de tener correlación con la ilusión del “futuro en bruto”, lanzallamas o luna roja, que Murena, tal lo que no se “perdona”, se encarga de desviar, interpretar, disolver: la ilusión que comporta el nihilismo nada menos, y que la ficción de Arlt –Los siete locos- al hacer jugar la antinomia mayor –clase de clases- en el interior del conjunto elegido –los locos- responde a un desborde de los paradigmas, incluso el de la civilización –traición que se construye, reproduce, instituye desde su obra y que está en función de una utopía despótica, la que la misma obra pone de manifiesto en esa Unidad que subyace, late en las divisiones binarias: la idolatría que apunta a la fundación de la Felicidad Humana donde el hombre vuelve a una sola línea de tierra que lo aplasta, así, escribe, en la voz del Astrólogo, según él, el hombre “restituido al primitivo estado de sociedad se dedicaría como en el tiempo de los faraones a las tareas agrícolas”, una vez que el Rayo de Muerte a modo de “futuro bomba” haya cumplido sus oficios, su cometido.

Esta fantasía de aniquilación es complementaria en el texto de la ejecución de la mujer porque ella en su diferencia y su enigma es obstáculo por su sola existencia (su no completud, el enigma que es su deseo para ella misma) para la restauración de ese litoral fenicio, la tierra única y “asiática”, que recorre, hipotética, el discurso del “conjunto elegido”, los locos, y donde se desprende un odio marcadamente obsesivo hacia ella, como si se quisiera “matar” en la novela la alianza de la mujer con Dios que escribe la religión y dado que ella es para la ideología utópica un resto, incompletud, algo inasimilable de decir por la ideología que la mujer tiene respecto de toda comunidad.

Con exterioridad a la ficción donde las ficciones del astro-logos de Arlt se resuelven en el crimen o el suicidio tras la busca del paradigma final, la traducción hermenéutica de “la obra de Arlt” al paradigma histórico de la civilización-traición no ha sido sino una versión política donde el “futuro en bruto” apunta a la toma del poder por el terror. Se ha hecho de la obra de Arlt la justificación de las utopías de los años setenta que su obra marca con un signo negativo, ya que tienden a la supresión final de la política en nombre de ella, algo común a los nihilismos.

Más allá del paradigma que se forma en el siglo XIX a través de las guerras civiles- el de la civilización/barbarie- y el de la civilización/traición en el cual los “locos” son una de las versiones de una modernidad huérfana que aspira a redimirse a través de la toma del poder total del Estado, se abre el interrogante en pleno vacío en bruto: ante la ausencia de paradigmas hay que comenzar hablando como expósito, como si los verdaderos herederos de la promesa fueran convertidos en huérfanos, desheredados y abandonados al pie de las iglesias, y en vez de quejarse, asumieran el precio que tienen que pagar los que todavía fecundan el verbo con el fuego.

Los personajes de Las leyes de la noche son herederos de los de Artl pero la orfandad es total: ya no aspiran a participar de una nueva elite sino a participar de sus migajas, como Nicolás. Murena deja leer que ese estado de los sujetos es propicio a la demagogia que acompaña las pasiones colectivas. La diferencia está dada por el contraste evidente entre la megalomanía triunfalista del Astrólogo orientada a dominar la sociedad, y el melancólico plan de Achard de robar un banco para salvarse de la jungla. Traiciones y abyección se multiplican aunque sin el ideal que ciega a los otros. Murena introduce entre ellos a una mujer:
Elsa, expresión de una orfandad suprema, una bella y desesperada criatura de la noche que esparce la muerte y la catástrofe alrededor sin saber a ciencia cierta si ella es la causa de tantos desastres.

En Arlt la escritura no invoca un nombre enigmático, nunca escrito, y que hace deriva en la escritura, sino un Amo. De ahí que sea recuperado por la literatura militante. En el texto de Arlt la esperanza en cuanto al enunciado está en los “soviets”, los “bolcheviques”, enunciado que unas veces es del autor y otras de los personajes.
Ahora bien, la enunciación recorre otra frontera, en la voz del Astrólogo es el lugar equívoco de la “ensalada rusa”, mezcla pero no satura, ya que ahí no juegan humores heterogéneos sino la búsqueda de una plena eficacia según una típica antinomia de clases de clases: el “Seremos bolcheviques, católicos, fascistas, ateos, militaristas, en diversos grados de iniciación” dicho por parte del Astrólogo es el lugar del malentendido cuya traducción fuera del texto y su paradoja puede bien reducirse a una iniciación al terror en busca del dogma único y que a outrance se sostiene en Muerte como amo absoluto.
Por esa reducción, esa unilateralidad, los siete locos han podido ser interpretados como “revolucionarios” aunque fuera en germen –había tan sólo que educarlos, bajar la buena línea- antes de la dictadura militar, y luego, al hacerse imperiosa para ese discurso cierta coloración democrática, como “fascistas” por ese mismo discurso, de muchas maniobras pero de una misma sintaxis, la que postula que lo peor es siempre lo seguro.

El tópico de la civilización–traición ha funcionado como intimidación política en la literatura empezando por “comprometerla” mediante la servil consigna para el arte de que “todo es político” y que culmina promoviendo como modelos las obras que se ajustan al paradigma de complementariedad soñado entre política, letras y terror; así, no sólo la obra de Murena sino novelas excepcionales como Cómico de la lengua de Néstor Sánchez devienen ilegibles para las linealidades de una escena de autopromoción que aspira a la posesión del “total literario”, la “medida” del contralor político en las letras que todavía alimenta el mito de la “revolución”,  sinonimia de inmunidad.

Nadie quiso enterarse de algo que ya desmentían los comienzos de la dictadura de Fidel Castro en Cuba cuando aún Reynaldo Arenas no había escrito El central, descentramiento, con la obra de Carlos Franqui y otros críticos de primera hora de una dictadura más feroz que la que cayó y ese pintoresquismo uniforme basando en una nomenclatura, fachada de un “campo”( nombre de los centrales descritos Arenas), intolerante para toda disidencia.
Murena ya predecía todo esto para el juvenis atomicus de nuestro tiempo, criatura nacida a imagen y semejanza de la Bomba y el crimen de masa que supone, a contracorriente de toda una intelectualidad acomodaticia. Ahora resulta más verosímil entender por qué “no se podía perdonar” una obra marcadamente artística como Epitalámica.

Por otra parte, Arlt pone en escena el resentimiento del hombre de clase media que no quiere serlo, y coloca a sus iguales como blanco de todo “lanzallamas”. Es, en términos de Murena, el hombre del caos ( democracia) que a través de sucesivos fracasos, mediante el resentimiento desemboca en el nihilismo ( adhesión a la causa totalitaria), a veces involuntariamente. La cultura vigente lo mantiene en la ignorancia de lo que es. En el caos y el nihilismo aflora como denominador común el despotismo pequeño burgués. Si la teoría marxista convierte a la clase obrera en una hipóstasis – heredera de toda la civilización y de la clase enemiga burguesa- el despotismo pequeño burgués a lo largo del siglo veinte ha asumido ese proceso planteándose como la iluminada vanguardia de ese proletariado: el Partido siempre tiene razón es la consecuencia de ese proceso que recorre el siglo veinte. Los otros encarnan el tópico del infierno sartreano; ellos, la conciencia luminosa de clase elegida de la historia, con lo cual la clase que ha ido sustituyendo a la raza y de la cual no pueden sino reírse el mendigo y el aristócrata –a veces se entienden, uno lee a Crísipo, otro a Epicuro, ambos descansan de sí leyendo Folisofía– más que la propia clase media que todavía se toma muy en serio la culpabilidad calculada por una ideología de la miseria que en su terrorismo más pueril predica que los ricos son los malos y los pobres son los buenos y que no tiene, cierto, como objeto, favorecer a los necesitados, ya que su reformismo quiere ser total, utópico, definitivo, y para un grupúsculo que a viva voz proclama el futuro en bruto, que fracasa. Esa pasión fallida retorna como resentimiento en el presente.

En Las leyes de la noche, en acordes aforísticos, la escritura separa y lleva a un máximo diferencial, por trayectos no saturables, la diferencia posible de escribir entre la mujer y unos paradigmas que remiten al tópico de la promiscuidad, nombre sexuado de la nivelación y degradación de Eros.

Elsa no está inscripta en una comunidad donde la violencia es signo de orfandad espiritual, donde todos están alienados en el toma y daca fraterno; la cadena de muertes, traiciones, humillaciones tiene lugar después del suicidio de los padres, padres que son niños, niños que deciden porque sí ahogarse en la bañera, la muerte gélida por agua, correlativa a las muertes, tantas, por fuego, y en correlación con la muerte, la del doble, su apariencia de tal, la del hermano, Víctor, “único amor” que los otros amores van a calcar y duplicar pero con menor intensidad, una vez abiertas las series del incesto y la dote, y según un tópico traído como cita por el abuelo, otra criatura, el de la ciudad doliente (Dante), puerta de infierno que habla del nombre secreto que se ha perdido, que sólo es posible reinventar: la dote deviene universal, ella se ve potencialmente entregada a todos, la pensión deviene el espacio del incesto –la casa se convierte en pensión, la sociedad palpita comunitariamente, en ella vibra una tensión mortífera, inminencia de un incesto colectivo. Ella se vuelve amante de García, atacado gratuitamente por una patota peronista porque se niega a hacer lo que le piden y al que va conociendo cuando lo cura y protege. Está casada con Achard, que la fuerza a ello compulsivamente: entre ella y él hay un reconocimiento que nunca escapa a una relación masoquista al extremo de que no se sabe quién es el que atormenta al otro.

Está entre dos hombres, Achard, clarinetista fallido que una y otra vez con autocompasión confiesa que su vida ha sido una equivocación y sueña con dar un golpe de timón que revierta las cosas. Elsa, dice, es la cómplice ideal para su proyecto. Pero ella se enamora de García, de su bondad y su entereza: “ Comenzó así a llevar en cierto modo una doble vida, aérea y luminosa con García, espesa y abismal con Achard. Estaba como dividida en dos. Cuando se preguntaba cuál de las dos sería en verdad ella, no sabía qué responder y se turbaba.”
Por un lado, con García, hay un intento de salir de la noche y construir el entre dos de una historia de amor, pero eso parece imposible sin la recaída en Achard y la misma noche: “Le resultaba extraño, pues había deseado con intensidad a García. Pero no podía negar que el deseo había venido a mezclarse esa noche con el rencor contra Achard. Y ahora parecía que había hecho el amor porque Achard la había impulsado, le había ordenado en forma indirecta que lo hiciese.”
El amor y el deseo por más intenso que sea no pueden existir sin ese goce que hace de Elsa un animal de tiro. El goce masoquista- atormentar/ser atormentado – es más fuerte. ¿Dónde está el “naturalismo” con el cual la mayoría de los críticos han calificado la novela despectivamente?
Ese aire de superioridad habla de la evasión ante el enigma del goce femenino que en Las leyes de la noche encontramos mejor que en otras obras de corte “psicoanalítico”. Elsa recuerda algunas descripciones de la histeria según Freud: el fantasma de la paciente que con una de sus manos imita al violador, mientras que con la otra emula el llamado de auxilio de la víctima, siendo ella el violador y la joven violada, jugando los dos papeles, el sádico y el masoquista, más cambiantes que fijos.
Si algunos han dicho que el sádico es más ingenuo que el masoquista es porque ésta figura no tiene peso: el sadismo es otro nombre de un masoquismo de distinto grado. Elsa es la última posibilidad para que Achard se constituya como sujeto, un límite que evita su derrumbe definitivo: “Entonces había dado con Elsa. Elsa tenía dureza, una consistencia que él no podía traspasar: era un límite. En suma, era lo real. Y Elsa no había podido figurarse el alivio que esto había significado para Achard, ese respaldo. Quizá por eso le pegase: para continuar estando seguro, para no perder la certidumbre que su guía seguía allí.”
Entre los dos conforman un “monstruo particular”, es decir, un fantasma, que no es una simple imagen del otro sino que anida, dice Achard, en las mismas células. A esa figura que surge entre los dos ella puede darle su cuerpo pero no su amor, que permanece en reserva y apenas se anuncia en su relación con García.
Para Elsa eso es la posibilidad de liberarse de su imagen fundamental, la de Víctor, “único amor”, donde el amor está prisionero del incesto y la imposibilidad que la prematura muerte de Víctor acentúa. Ella está prisionera de ese goce que explica su relación con Achard, que es un “hermano”, pero de signo negativo, la cara oscura y sórdida de Víctor. Las leyes de la noche están hechas de gritos y de lágrimas, se llora y se grita la rabia de un dolor que nunca llega a tener nombre.

Un niño con la cara manchada de tierra se acerca a Elsa y la saluda con afecto: “De pronto le dijo: Hola. Y se fue a pasitos lentos. Elsa alcanzó a susurrarle también: Hola. Pero sintió que la cara se le endurecía. Sintió que se hubiera puesto a llorar. Todas las lágrimas de su vida parecían agolpársele en los ojos. Pues descubría que se hallaba ante un mundo al que había querido volver y que le estaba vedado para siempre.”
Elsa llora ante ese rostro sucio de tierra que evoca un nunca resignado paraíso de infancia, en palabras de Baudelaire. Ahí fuimos niños maravillosos y en ella es la tierra de su fusión con Víctor cuya muerte lonenuncia como definitivamente perdido. Sufre el peso, la carga de un goce congelado y que endurece el rostro. La relación de corte masoquista la va endureciendo, reduciendo a la existencia más elemental: no es más que un cuerpo expuesto a los caprichos del Otro, que emerge en distintas figuras. Y la devuelve a la interminable noche: “ Advirtió entonces, más allá de los cristales, la oscuridad de la noche. Asemejábase a una enorme boca y las luces remotas y dispersas parecían sus dientes. Dijo: es la noche. Hubiérase pensado que volvía a su ser tras un larguísimo viaje a una región sin nombres. Y reconocía aquella sensación anuladora. Era el vacío, el enemigo que había descubierto el día de la muerte de los padres. Los nombres eran un conjuro contra el vacío.”

Elsa se pierde a sí misma, olvida su propio nombre y lee el título de un diario: “La democracia triunfará”. Es el momento de las elecciones: se vota en relación a ese hombre que vocifera por la radio y se llama a sí mismo el padre de los humildes, anticipado por la serie de sucesos violentos que García sin tener nada que ver sufre en su propio cuerpo. En la pensión García y Achard hablan de los sucesos políticos: “Charlaban sobre política y García se mostraba locuaz. Comentaban la renuncia de Perón. La ciudad estaba, al parecer, convulsionada. Pero García se mostraba lleno de optimismo: su punto de vista era que la “opresión estaba liquidada”. Pese a las dificultades, empezaría en el país un período de libertad. Achard no opinaba lo mismo. Dijo que él como “observador neutral”, no lo veía todo tan claro para los “partidarios de la libertad”. Ni siquiera sabía si la libertad “tenía algún sentido para este pueblo. García comenzó a rebatirlo. Pronto Elsa vio que las caras estaban enrojecidas, en parte por el vino, en parte por el entusiasmo de la discusión.” La discusión cambia de tema y ante un suceso donde un amigo dispara contra otro que antes de morir se venga, García insiste en el hecho de perdonar hasta que Achard se da por vencido aunque sin convencimiento.
Esta escena que trata del perdón y la venganza resuena cuando Achard sorprende a Elsa y García como amantes en el departamento que les facilita el extravagante Menken. Achard permanece unos minutos contemplándolos desnudos como un autómata, luego lanza un aullido, después, calmo y frío, gatilla sobre García el revólver con silenciador y se va. Elsa no se conmueve, con una sorprendente frialdad sale del departamento y llama como anónima a la policía, dando el nombre de Achard. Es como si el amor que sentía momentos antes se hubiera disipado en un relámpago oscuro. En la calle ve camiones cargados de hombres y mujeres, uno se detiene en un baldío para recoger a muchachos que están jugando al fútbol: “Los autos particulares parecían huir, a gran velocidad en dirección contraria a la que tomaban los camiones. Pero una columna de ciclistas con flores artificiales entretejidas en los rayos de las ruedas marchaba en el mismo sentido que los camiones: hacia el centro de la ciudad. Al fin Elsa vio carros, cargados también de gente. Y las gentes tenían aire cada vez más belicoso a medida que pasaba el tiempo. Casi todos los comercios estaban ya cerrados. No obstante, Elsa pudo presenciar como le destrozaban los vidrieras a pedradas a una florería que se mantenía abierta; luego introdujeron palos en los agujeros de los cristales e hicieron trizas los floreros. Entretanto habían aparecido largas caravanas de hombres y mujeres, que marchaban agitando los brazos y lanzando gritos hostiles. Aquellas caras torvas y congestionadas amedrentaron a Elsa. Pero ellos no le prestaban atención. Debían venir más allá de los límites de la ciudad. Pues muchos arrastraban los pies con una fatiga que indicaba la larga distancia recorrida. Golpeaban cacerolas y tachos. Por momentos alcanzaban un acuerdo y gritaban unánimemente: ¡Perón! ¡Perón! Un hombre de anteojos, con aspecto de empleado, observaba desde la vereda. Elsa se acercó y le preguntó ¿Qué pasa?. El hombre la consideró con prevención. Se alejó sin responderle.”

Elsa está en pleno 17 de octubre y no puede descifrar un hecho político nuevo: un hombre de piel oscura, pelo grasiento y renegrido le sonríe con complicidad como si satisficiera un deseo refrenado largo tiempo de entrar y poseer a la ciudad donde se sentía humillado y ella concluye que “ ese deseo parecía haber sido el de violarla, vejarla de cualquier modo.” Elsa tropieza con la imagen de alguien por mucho tiempo ignorado por las clases dirigentes que ahora aparece con el rostro poco amable del resentimiento.

A partir de ese momento, luego de la detención de Achard, Elsa comienza una fuga entre diversos y circunstanciales protectores, siempre perseguida por Nicolás que de cómplice en el robo al banco planeado por Achard pasa a convertirse en policía del nuevo régimen que persigue a los opositores, entre ellos quien la emplea como mucama y es localizado por la insistencia de Nicolás que siempre trabaja servilmente – por un sometimiento de tipo psíquico – para su amigo Achard pero que a la vez está dispuesto a traicionar porque se declara enamorado de ella: en realidad lo que quiere es participar del supuesto botín que es ella, tomar lo que cree disfrutan otros y le pertenece a él también.
Las Leyes de la noche conforma un texto ambiguamente iniciático, que desplaza la literatura gnómica en cuanto al lugar del héroe –libros de viajes sacros como la Eneida– y no es extraño al tema de qué es una mujer, correlativo al lugar de ésta en lo simbólico.

Elsa ama a Víctor: lo desea intensamente, aunque lo sexual no llega a concretarse y queda situado en un nimbo ideal. Lo imagina como un ser puro, algo que su prematura muerte acentúa. A partir de su muerte y el suicidio de los padres Elsa se constituye como una criatura de la noche, arrastrada por un goce ciego que es un mudo padecimiento. Ella puede ser la huella de una modernidad que ha extraviado las vías de iniciación y deriva en relaciones autodestructivas en lo personal o en delirios colectivos masivos. Es una figura de la contra iniciación que según el autor está ausente en las sociedades modernas. Murena se ha interesado en vías como la de los tantristas donde el iniciado debía experimentar todos los placeres para acceder a una dimensión religiosa que no concibe la realidad en términos de “mala” o “buena”. Recibir el soplo del hara que atraviesa todos los poros como fuerza cósmica, llegar al límite del shunyata, un vacío irreductible para el nihilismo que suele interpretarlo en su horror al vacío como no lleno, o también, la real-realitas, un continuo en fuga. Según él, ha de jugar un papel determinante, indeterminado en la época de los nihilismos respecto del Padre (religión ortodoxa) y del Hijo (acentuado por el humanismo tradicional o por herejías como las de Joaquim de Fiore) y que está en ese rayo de sol, la apertura sinfónica de ese vuelo de mariposas, esa fulguración solar, la alegría de “haberlo perdido todo” que Elsa puede entrever, en el extremo del desamor, a través de su suicido – resurrección.

Elsa se sitúa en una posición masoquista donde es instrumento del goce del otro. Y encuentra en el clarinetista, Achard, el ejecutante más adecuado. Vive al extremo la separación entre el amor y el deseo. El amor queda reducido al culto de Victor, el deseo a la necesidad de ser castigada por Achard, a sus golpes no demasiado violentos pero que le son necesarios para atenuar un sentimiento de culpabilidad inconsciente, un duelo nunca elaborado con Víctor que por un lado habla del deseo de una relación prohibida (incesto) y por otro la culpa inconsciente ante cualquier ser prematuramente muerto, lo que pudimos hacer por no haberlo evitado.

Achard pese a aparecer como un amo perverso depende de ella más que ella de él, que lo necesita para atenuar la angustia, pero que la angustia a su vez.

En el llamado sadomasoquismo los roles nunca están del todo definidos, lo evidente es que el deseo entre ella y él excluye el amor y da lugar a un goce perverso que en el límite se vuelve intolerable.

García tiene cualidades semejantes a Víctor: es un ser bondadoso en todos los sentidos y la ama sin reservas. Achard es su negativo, como si el incesto se dividiera entre estos dos personajes. Elsa a pesar del amor por García sigue necesitando a Achard y ese circuito se corta cuando por los oficios de su espía, Nicolás, éste descubre a los amantes y asesina a García. El modo casi indiferente con que ella abandona su cuerpo – del mismo modo que parte de otros, como ese buen hombre que es Sertia, que son una suerte de refugio – muestra hasta qué punto ella se considera víctima de una fatalidad que no es ajena a su amor por Víctor del cual los otros hombres son pálidos sustitutos. Ser castigada y estar sometida a Achard atenúan angustia de ser culpable. Pero hay algo en ella que se resiste y lucha contra esa fatalidad y persiste a lo largo de la novela donde aparecen diversos personajes de la realidad argentina del momento.

Al final del viaje, del encadenamiento ordinario de hechos marcados por la repetición – ella se ve siempre perseguida o expulsada – tiene que enfrentar la disyuntiva tipo la bolsa o la vida planteada por Achard: volver con él o tirarse por el balcón. Opta por lo último: se salva milagrosamente.

Sólo a través de ese acto loco puede separarse de Achard – que concentra en sí lo peor de la sociedad – y de su instrumento – Nicolás, suma de la abyección – pero también del fantasma incestuoso de su hermano, del incesto individual y del masivo que está siempre en curso y tener un nombre en las leyes sin ley de la noche. En los personajes de esta novela, empezando por Elsa, hay algo no dicho que atraviesa subterráneamente a la sociedad argentina: una imagen que no se quiere asumir. Alberdi en su personaje Luz del Día presentaba la constitución y la ley vapuleada, abusada y violada por los mismos que la pregonaban. Su polémica era contra los caudillos de frac, y se mantenía en el campo de las ideas. Murena continúa esa vía pero por algo que trabaja los cuerpos, leyes no escritas de la noche, que la hipocresía o el autoengaño mantiene en un estado de animación vegetativa: Elsa, el más “inocente” y el más “malvado” de los personajes, se recorta de ellos, llevando las leyes de la noche hacia el final, culminando un duelo a través de sus sinonimias y encontrando en un rayo de sol un punto indestructible.

En los años setenta la Argentina tenía todavía un sistema productivo que estaba a la altura de países como Brasil – que logró completar el ciclo de sustitución de importaciones – o Canadá que fue inclinándose hacia tratados de libre comercio. Apenas había desocupación y la indigencia era desconocida.
Nadie sospechaba la agudización de los males y la catástrofe posterior que sacudiría por décadas la sociedad.
Había algunos intentos de políticas de estado – con al salud, por ejemplo – pero la política en manos de los militares que interrumpían los gobiernos democráticos iba a entrar en una crisis definitiva. La sociedad estaba en un potencial estado de guerra civil: liberales aliados a dictaduras, populistas nostálgicos del viejo estado proteccionista, y la izquierda que tenía su modelo en Cuba eran ismos que iban a entremezclarse y llevar, vertiginosamente, luego de la guerra interperonista, al golpe del 76.
Con la vuelta de la democracia se ha anunciado el fin de los males del pasado que persistirán si no se toma en cuenta sus advertencias en cuanto al caos que promueve a pesar de sí y de los cuales la cultura es un signo.

La clase dirigente argentina ha continuado a través del proceso iniciado en la devaluación de 1975 un trabajo de zapa sobre las instituciones financiándose a sí misma a través de expropiaciones y devaluaciones de las mayorías que alcanzan su apogeo en la pesificación de 2002. Siempre los gobiernos populistas – el actual es el mejor ejemplo- terminan apelando a economistas liberales para que los salven, quienes hacen todo lo contrario de lo que aprendieron. La mezcla de todos los ismos conforma el fetiche de la “ideología argentina”, el signo según Henry Meschonnic. Es a través de ella que se lee y se reescribe la historia.

No basta decir que este caos se evita con instituciones no corruptas y transparentes- aunque es una condición necesaria – ya que éstas son a veces las promotoras del mismo caos, sino con una cultura jerarquizada que se oponga a la tentación colectiva de nivelar hacia abajo, algo que se dice “popular” pero que el pueblo termina sufriendo en carne propia. Muchos demócratas de buena fe, por la referencia de Murena a Dios lo consideran “reaccionario” y hasta “esotérico”, pese a, como ya dije, su repudio de Anny Besant.

“Dios” significa que lo teológico político es intrínseco al género humano y es algo que no hay que cederles a los fundamentalistas. La constitución norteamericana, donde Dios precede a los derechos, es un ejemplo de que una democracia jerarquizada no es contraria a la igualdad y que preserva las diferencias. La francesa, que tiene por centro a la República, dio lugar a la lucha de todos contra todos que tuvo que esperar a un De Gaulle para fundar una república estable.

Sin embargo, la diferencia de Murena con estas formas de democracia republicana es que su sujeto no es el burgués tradicional ni tampoco el despotismo pequeño burgués de derecha o de izquierda. Su sujeto supone una exigencia que sólo puede ser asumida por pocos. Es un tópico que permanecerá abierto: exterior a los nihilismos, ante la desigualdad de fuerzas tiene como primera y ardua condición de existencia no sucumbir al canto de las sirenas.

Habituarse a vivir en una permanente crisis sabiendo que no habrá solución final para ella. La misma literatura enseña eso.

Se me ocurre un anhelo más que una utopía: una sociedad que sea una democracia jerarquizada,  donde el sujeto de la constitución sea no el ciudadano de las democracias tradicionales sino el “ultranihilista”, una criatura que tendría que ver con lo posthumano en tanto podría jugar como don el fuego del verbo. De lo contrario la democracia tradicional sucumbirá a los embates de los nacionalismos fanáticos que llegan inevitablemente luego del caos.

Murena no anuncia los males del futuro, constata en acto las sensibilidades y los fantasmas que trabajan a todos los niveles de la sociedad. La solución que da es “interior”, es decir, imposible, ya que supone la asunción de la propia responsabilidad, algo que la sociedad está de acuerdo en negar. A veces es el único acuerdo entre los enemigos más jurados.

Esta obra, apenas aquí recorrida, luego de abordar una trama de perversiones y resentimientos, además de anticipar las pasiones grotescas de El Sueño de la Razón, abre en su diferencia una vía donde el amor está presente por ausencia y no tolera réplica, espejo, semejanza, sólo el eco de un efecto de escritura innombrable: se trata de una literatura expósita- expuesta- que habla de la orfandad de los sujetos contemporáneos ante una ley que los postula como seres morales, pero que se niega a ver el reverso que esta literatura revela y que la cultura actual no se da por enterada.

Luis Thonis / del blog Libros Peligrosos

ph/ Héctor A. Murena

[1] Este ensayo fue publicado en Innombrable en 1985 y luego en Analecta Literaria en junio de 2009. En esta versión precisé algunos tópicos como el de la muerte de Dios. Entonces me preguntaba por qué no volvían a publicarse las obras de Murena. Posteriormente esto ocurrió parcialmente y algunos escritores y críticos reflexionaron sobre su obra, aunque no con Las Leyes de la Noche que la crítica calificó de naturalista – en sentido despectivo – a secas, sin notar que se trata de una novela decisiva en la literatura argentina . En otros trabajos me he detenido en la poesía de Murena o en la lectura de el ciclo último de sus novelas – Epitalámica, Caina Muerte, Poliscuerpón, Folisofia – que la lectura de vanguardia ha desconocido y a la obra poética del autor.

[2] En la Invention démocratique – un ensayo de 1981- Claude Lefort reflexiona sobre los dichos de la última obra inconclusa de Trotsky a propósito de Stalin que su crimen le impidió seguir escribiendo: “ El Estado soy yo! es casi una fórmula liberal en comparación con las realidades del régimen totalitario de Stalin. Luis XIV no se identificaba sino con el Estado. Los Papas de Roma se identificaban a la vez con el Estado y con la Iglesia, pero solamente durante épocas de poder temporal. El Estado totalitario va mucho más lejos que el césaro papismo, pues abraza la economía entera del país. A diferencia del Rey Sol, Stalin puede decir con firmeza: ¡la Sociedad soy yo!” Está demás decir que esta reflexión última de Trotsky ha sido pasada por alto por parte de sus propios seguidores. La inmensa y prematura reflexión de Lefort sobre el estanilismo y las complicidades de la gauche también fueron silenciadas por intelectuales hechizados por el sartrismo.

[3] Sé que muchos me objetarán no sin motivo que no es posible atribuir al marxismo los crímenes del comunismo ni de los regímenes totalitarios como las llamadas democracias populares del Este, etc. Dejando de lado que Marx dijo no ser marxista, uso el término en el sentido de anti- iglesia que tiene en el texto de Murena.