Notas sobre EL IDIOTA / Sofía González Bonorino

En alguna parte hay una gran luz que  brilla en los ojos de los seres bondadosos

como si emanara de obras de arte puras y perfectas.

 Annemarie  Schwarzenbach

 

 

I

En Dostoievski: Príncipe Myshkin

En Kurosawa:    Kameda

El idiota no es de este mundo, es de la eternidad.

Dostoievski quiere  escribir sobre “un hombre perfectamente bello (bueno)”

Myshkin-Kameda:  pesadillas,  en el umbral de la vigilia.

El rugido del tren en la noche gélida. Primer plano de una locomotora que se aproxima, envuelta en humo, vértigo que quiere detenerse, el ojo del espectador se endurece, metal contra metal.

Inocente, lejos de la tentación del miedo a lo diferente, el idiota tiene el don (fatal) de ponerse en el lugar del otro: comprende lo intraducible de esa exterioridad arrogante, impura.

Se humilla, (¿se borra?) para saber.

Su crimen pasa por esa debilidad santa: el dolor del otro lo abruma, lo acosa, lo envuelve, lo inunda, lo requiere con ansias amorosas, impostergables.

El  idiota se entrega. Y en su caída ciega, desesperada, bien y mal se fusionan en el cuerpo lacerado del que sufre, él y el otro, indiferenciados.

Desajuste social. El que ama,  ama a su igual. El lacayo es un confidente fuera de lugar: … “Un príncipe listo y ambicioso no se pone a hablar de buenas a primeras, de sus asuntos, con un criado”.

Igualitarismo cristiano, escándalo social: Myshkin  incorpora el sirviente a su ser mientras suelta una larga digresión sobre la pena de muerte.

El lacayo, que no comprende ni una sola palabra,  sonríe,  burlón.

Idiota: separado de los otros por un saber que es empatía por todos y por cada cosa: la naturaleza no es excluida de su amor (superior). Aquel perro al que apedreé siendo niño…me pregunto por qué no pude haber sido amable…

Ippolit, y esa incomodidad existencial: hasta una mosca encuentra un lugar en el mundo y está contenta… yo, en cambio soy y siempre seré un proscrito.

Ippolit acusa a Myshkin:

-Le están haciendo la cama, príncipe… Se la están haciendo sin ninguna compasión… y hasta da pena verlo a usted tan tranquilo. ¡Pero, ay, de usted no puede esperarse otra cosa!

-¡Esto es lo que le da a usted pena!- el príncipe se echó a reír- ¿Cree usted quizá que sería más feliz si me inquietara más?

– Es preferible ser desdichado pero saber, que ser feliz y vivir… en la luna.

Se ríen del príncipe, desconfían.

Lo que me conviene es quedarme quieto y callar.

Inadaptación social, desmesura: ¿Por qué te exaltas de ese modo?- repuso indignada la princesa Belokónskaia- Eres bueno, pero ridículo; te dan algo que casi no vale nada y lo agradeces como si te hubieran salvado la vida. Te crees que esto es digno de alabanza, pero no, es muy desagradable.  

Estaba ya a punto de enojarse muy en serio, pero de pronto se rió, esta vez con bondadosa risa.                                                                                                                                

Kameda habla.

Duele, al escucharlo, la sospecha del mal que anida en el egoísmo de cada uno.

La revelación, que se abre paso en el asombro, de una redención inesperada, no merecida.

Vergüenza.

El idiota cautiva a todos con su ingenuidad, infantil, seráfica.

Su inocencia, plena de candor, apunta a eso verdadero del otro: la bondad.

(¿Somos buenos por el solo hecho de estar vivos?)

Nuestro destino es trágico: inevitablemente vamos a morir.

Apasionada compasión por el sufrimiento humano.

Una continua entrega del ego, una crucifixión del yo, místico buscador del absoluto.

El idiota es un hombre marcado por la muerte.

Kurosawa toma lo esencial del personaje de Dostoievski. Y ahí empieza, duro, inesperado, como el golpe en la cara de un enemigo invisible: el grito de Kameda en el tren.

La pesadilla que retorna.

Mi sueño se repite… Me están por matar….

Yo era un criminal de guerra.

En 1849 Dostoievski fue sentenciado a muerte por el asunto Petrashevski. Pocos minutos antes de la ejecución,  llegó el indulto de Nicolás I. Tenía 27 años.

… fueron terribles la incertidumbre y la aversión a esa cosa nueva que sería y no tardaría en llegar…

El príncipe Myshkin y el Kameda de Kurosawa tienen los rasgos de ese Dostoievski nuevo, vuelto a nacer,  la muerte como peso y como liberación: trascenderse a sí mismo, más vivo que nunca: Cuando contemplo el pasado, pienso en el mucho tiempo desperdiciado, en lo mucho que se perdió en esfuerzos desencaminados, en errores y en ociosidad, viviendo de la manera más errónea, y, por mucho que yo atesorara la vida, cuánto pequé contra mi corazón y mi espíritu!… La vida es un don, la vida es felicidad, y cada minuto podría ser una eternidad de gozo…  (Carta a su hermano)

El idiota tiene de Dostoievski esa marca del condenado a muerte que ve la realidad transfigurada, más brillante quizá, más profunda, más rica.

La vida, eso que está por perderse, parece afirmarse, nos requiere.

Sin embargo, cómo soportar su falta de vanidad social, que excluye cualquier tipo de respeto a sí mismo.

Idiota: diferente de sí mismo.

Estar y no estar y esperar siempre otra cosa. Cierta desgarradora insatisfacción.

Transfiguración de la carne.

El cuerpo de Kameda: materia viva extrañamente fija, icónica, como fuera del tiempo.

Sus pasos, cortos, rezagado el caminar,  torturas de la carne-alma, obsesiones.

Incómodo con uno mismo.

Sólo cuando la naturaleza del hombre se haya transformado radicalmente, al fin de los tiempos, en la de un ser asexual y seráfico, será posible la realización total del ideal cristiano del amor.

(Dostoievski, Notas)

 

II

 

Myshkin-Kameda-Idiota.

Desgarrado por sus aspiraciones de amor universal  y sus  limitaciones terrenales.

Sus ojos, ciegos hacia todo lo que es externo y (por lo tanto) falso: lo mundano, lo ajeno.

Él muestra al desnudo lo que todos se esfuerzan por ocultar.

Visionario.

Los  locos santos de Rusia.

Las excentricidades del príncipe tienen un no sé qué de religioso.

Príncipe-Cristo.

Me pesa la humanidad.

El  Kameda de Kurosawa ya no tiene fuerzas para expresar deseos.

Captación escatológica de la vida.

La vida vivida bajo la sombra inminente de la eternidad, a veces se ha atribuido a los primeros cristianos y se ha considerado como la fuente de la ética cristiana del amor.

(Joseph Frank, Dostoievski)

El idiota de Kurosawa ya está muerto.

Lejos de la carne, ángel-niño en el mundo.

La infancia atormentada.

Vivir fuera del tiempo (ineptitud para la acción) sin participar en la historia: cada minuto es el último.

Resplandor moral.

Lo rodean.

Su presencia permite al otro existir de una manera nueva, reveladora, bella.

Por un instante, ser Uno con el universo.

Enamorado del absoluto, desprecia el poder terrenal.

Ataque de Myshkin a la Iglesia Católica.

El problema es éste:

¿Cómo conciliar sus anhelos totales con las exigencias de la vida mundana?

Amenaza de tragedia.

¿Existe otro camino que el autosacrificio?

Esa capacidad única para adoptar el punto de vista de su interlocutor: la identidad se fragmenta como un espejo roto: buscar en  el reflejo lo que los otros tienen de uno y así saber, del modo apocalíptico en que saben los idiotas.

El don de responder desde la posición del otro.

Quedar perdido en el sufrimiento ajeno, no recuperar-se jamás.

Cuando se transforma la experiencia ajena en interior.

(¿no es acaso lo propio del artista en el sentido de Marina Tsvietáieva: para él (artista) no existen los acontecimientos exteriores?)

Al borde del abismo.

Ardiente insoportable pasión.

Amenaza de idiotismo, destrozo.

Kameda: pérdida completa de la identidad.

Expulsado de las palabras, incrédulo,

La mirada es fuente de conocimiento.

Kameda encarna la anomalía del hecho de existir.

Agobiado por eso que sabe y que no nombra,

el idiota representa el asombro que nos produce ser hombres.

No puede ser cierto que vamos a morir.

Y sin embargo…                                                              

Es mil veces preferible hacer un voto de locura o de destruirse en Dios, que prosperar a favor de los simulacros (Cioran)

Idiota: entre el paraíso y la historia.

La desolación (ausencia total de dicha) es una experiencia extremadamente frecuente en los santos (Michel de Certeau)

Ausencia de todo gusto sensible:

La voluntad central se adhiere a Dios, mientras el cerebro y el corazón se encuentran  en la oscuridad.

Padecer el silencio de Dios.

En ese vacío interior está oculto un secreto: una Presencia, retirada en el silencio.

Eckhart: “Querer hacer y haber hecho son, delante de Dios, la misma cosa”

El crimen en Dostoievski: somos todos culpables.

Como Jesucristo, Kameda asume el pecado de su prójimo y lo hace carne.

Este es su crimen.

Un solo fin: consolar esas almas.

De un modo extraño, terrible quizá,  el Kameda de Kurosawa parece libre, como si le diera lo mismo vivir que morir.

Libre de la tentación del miedo.

Ya no hay nada que perder.

Pero, al mismo tiempo, se mueve, arrastrado por la alegría de estar vivo.

El miedo, entonces, que creía apagado, lo persigue desde afuera:

ojos como cuchillos,

Akama, la muerte en ciernes.

El movimiento ¿es imperfección?

Dios, instalado en sí mismo, no desea.

El idiota, fuera del tiempo, es.

 

III

 

Myshkin- Kameda- Dostoievski:

unidos por la epilepsia.

 Enfermedad sagrada.

 Marginación y amenaza de locura: la vida es una experiencia extática. Que el rebuzno de un asno te vuelva a la realidad.

Y con la realidad, las montañas de Suiza, el sol, ese atardecer que te parte en mil pedazos, la risa de los chicos, y el corazón que explota: la felicidad. Tan intensa que aterra.

Intuición de la eternidad. Un instante de felicidad absoluta, devastadora.

La vida, plena, se percibe como un éxtasis.

El lugar de los niños en el Evangelio y en Dostoievski.

El asombro.

En el momento que precede al ataque:

Fusión universal de Todo. Un anticipo de la inmortalidad.

 Epilepsia: visitación divina.

¿Cómo retornar después?

Kameda:

Peligro de hundirse, definitivamente, en un estupor idiota.

 

IV

 

Las mujeres:

En Dostoievski: Nastasya Filíppovna – Aglaya

En Kurosawa:    Taeko Nasu – Ayako

El otro:

En Dostoievski:  Rogozhin

En Kurosawa:    Akama

 

Akama: un habitante del subsuelo.

Ella lo ama a usted, Kameda, pero ha decidido arruinarse conmigo.

Sin ti, muerte.

Rogozhin está enfermo de ausencia: el fantasma de lo Único parece revelarse por momentos en los rasgos perfectos de Nastasya Filíppovna.

Miedo. Ruidos en la cabeza. Kameda se tapa los oídos pero el dolor viene de adentro.

El mundo se vuelve amenazante: visiones en la nieve.

La premonición del  asesinato lo aterroriza.

Los ojos ardientes de Taeko miran al idiota desde la fotografía en blanco y negro colgada de una vidriera. Hay como un derrumbe, la ruptura de un orden que se demuestra falso, inconsistente.

Kameda siente que la verdad se le revela una vez más, desgarrándolo. Si fuera posible permanecer en silencio. No necesita mirar a su nuevo amigo. Lleva en sí, desde las primeras palabras que cruzaron en el vagón del tren,  el cuerpo de Akama. Tenso, roto de amor.

Si fuera posible el silencio…

El mundo, una carga insoportable para los que saben ver.

La mirada ardiente de  Taeko que suplica, aferrándose a la vida.

Ojos desesperados atraviesan, partiendo en dos, su pecho abierto, desnudo.

Bastó esa mirada para que él (idiota) la amara con la más pura compasión.

Una obsesión: la muerte.

Kameda vuelve a ver en los ojos de Taeko los de aquel condenado frente al batallón de fusilamiento, no tenía más de veinte años… atado a aquel árbol, parecía estar en trance… de repente, comenzó a temblar, nos miró, como si fuera a quejarse… eran los ojos de alguien que ha padecido soledad durante mucho tiempo… parecían decir: por qué tengo que pasar por este dolor? Sufría demasiado. Sus ojos parecían a punto de estallar y salpicar sangre.

A Taeko:

Usted… cuando me mira… a veces, sus ojos son casi exactos a los de aquel soldado…

Mujer pública, a la que todos nombran con un nombre muerto, de mujer caída.

Y sin embargo, ese deseo suyo  loco de libertad, arrasador: el Mal toma la forma de un ataque vertiginoso contra sí misma: una especie de enloquecimiento.

 Myshkin: fascinado, anclado en el horror:

-Yo no puedo soportar el rostro de Nastasya Filíppovna… ¡Ese rostro me da miedo!

-¿Le da miedo?

-Sí; ¡está loca!- susurró, palideciendo.

La soberbia de Nastasya Filíppovna consumida por el odio a sí misma: mujer degradada y pura, capaz de profundidades insospechadas.

Desafiante,  la cabeza en alto, la mirada arde en un fuego que quema pero del que no existe salvación: fuego quieto, eterno, como venido del infierno. La torturante conciencia de haberse sometido a la violación de su naturaleza más íntima me compran y me venden y soy una cosa perdida. Y nunca la felicidad. Y siempre la destrucción: introducir muerte en la vida.

Kameda se rinde ante aquella mujer, que será su perdición:

Ha sufrido demasiado en soledad, no se siente cómoda si no sufre. Está realmente enferma… Precisa un enfermero… yo cuidaré de usted…

Trata de explicar a la arrogante Ayako su amor  por Taeko:

 ¿Qué pasaría  si a un amigo muy querido lo encerraran  en una jaula y lo golpearan sin parar con una vara… ¿no sentirías que te golpean también a vos?

 ¡Ay, la belleza me da miedo!

El encuentro entre las dos mujeres.

Taeko tiembla, con Akama  a su lado: un  Mifune oscuro,  el cuerpo  firme, de una sensualidad atormentada.  Se detienen las palabras en sus labios, que parecen morder el aire que ella respira. La blancura perturbadora de su kimono. Dan ganas de acariciar la seda, atravesar la pantalla y hundir la cara en la suavidad del entramado que parece despedir luz propia. Uno desea a ese hombre, cerca de la chimenea. Ir hacia él, salvarlo de ella: Taeko, envuelta en una túnica negra, como una aparición medieval,  incrustada en un presente ajeno, hostil. Atenta sólo al ruido de las pisadas que se acercan: Ayako es mi ideal. Ella representa todo lo que yo dejé en el camino… Tengo miedo, mucho miedo de verla, de escucharla…

Miedo de perder eso, que aunque imaginario,

la sostiene.

Se disputan a Kameda:

El no la ama a usted, sólo la compadece!- grita Ayako a su rival.

¿Acaso la compasión no es también amor?- la enfrenta Taeko, segura de su poder.

Todos viven, excepto Kameda.

Para él, la soledad, el aislamiento.

Nunca tendrá familia, ni  lazos amorosos.

Demasiado diferente para ser amado.

Silenciarlo:

el que se atreve, avanza, sigiloso, por detrás,  y le tapa la boca con las manos.

Para el idiota, esa pureza de espíritu que es su don y su ruina;

para nosotros, el  alivio del crimen.

 

 

Sofía González Bonorino

Publicado originalmente en Libros peligrosos