Claudio Iglesias: Cosa de gringos / Laura Estrin

 “Verás: un pintor manco, perdida la mano diestra en una guerra, y al cabo pintando con la siniestra frisos de guerra para siempre. Pequeñas figuras despavoridas en medio del humo y las llamas, una explosión aquí, el agua del río deteniendo el incendio mientras hombres y caballos en la noche salvan o no salvan el pellejo en desbandada… Un punto de observación ¿implica intervenir? Sino sostener el implacable ojo que ve.

Soportar ese dolor, sostener para dar cuenta después.”

“Teniente Lopez.” (Claudia Schvartz, “Cándido humor”)

 

 

No releo. Hace años un prólogo a una Antología del decadentismo me sorprendió. Alguien decía algo. Se ponía solo. No releo.

Para cambiar algo, para hacer algo, hay que ir para atrás. Para el futuro van algunos genios.

Un pequeño librito amable es Cosa de gringos. Una frase que lleva. “En el limbo: así comienza el arte argentino”, esa es la primera. Como con una violación dijo Viñas empieza la literatura argentina y como con un ensayo la vio hacerse Rosa.

El libro repite incansable lo que va inventando, lo que saca de notas y libros viejos, del viejo San Isidro y de los traspatios y sótanos de algunos pocos museos. Y repite: “el limbo es lo que antecede a la existencia plena del arte”.

El origen es un vacío, siempre, un limbo. Palabra que alguna vez usó Leónidas Lamborghini para decir dónde quedaba colgado un poeta. Así lo recuerdo, puede que lo haga mal.

Y Claudio Iglesias va poniendo personajes de la trama histórica argentina: Inercia es uno, Impaciencia, otro. Y Claudio Iglesias con una lírica (a veces incluso antepone los adjetivos al sustantivo) en desuso pinta con palabras los cuadros del origen del arte nacional. Y así hace varias políticas: una de la crítica, una de historia crítica y una de la nación inventada que tenemos. Dice “Ausente el estado y sus programas de estudio, la única memoria cultural es la doméstica, que suele fallar”. En la Argentina por años memoria nacional, memoria artística y memoria familiar coincidirán: ahí Mansilla tutor general.

Poco a poco, después, el librito va hacia el gusto, la educación del gusto, la política del gusto. Si no hay arte nacional, habrá gusto nacional –parecen haber predicado nuestros críticos de arte de antaño según Iglesias. Previamente habrá otros momentos de ´iniciación´, la salida del limbo –aclara. También se marca una política de amigos: “De hecho, no pueden existir artistas que no tengan amigos de algún tipo y en algún lugar. Es artista aquella persona que hace de sus afinidades más íntimas, y de su reconocimiento mutuo con otras personas, un problema crucial y omniabarcador… Amigos. Lo demás viene solo”.

Pertinentes acuarelas van jalonando el libro. Un libro que, como el de Larreta en La Gloria de Don Ramiro, inventa una lengua yendo para atrás. La inventa con tonos propios, palabra original y pasado. Se van sumando “feble, tropeles, cotorrear, gurrumín, jetean, chiquitaje, colorinche, bacana. Berrinche, balaustre” y más. A veces un poco de repeticiones de sonidos y sílabas hacen otro canto (cotorrear y conspirar, monomaterial y mancomunado…)

Y el libro pone en el centro el arte del retrato, su uso, su función, su funcionamiento, su historia, sus personajes, su comercio, su oscura vida en viejas casonas o arrumbado en museos argentinos. Los retratos pertenecen al limbo, pueden seguir en él: “En el limbo, los cuadros sueñan”. Los retratos tienen variantes, el retrato de aparato aparece una y otra vez en Cosa de gringos. Luego el retrato serio de un pintor de estado.

La historia del arte argentino es sorda pero Iglesias escucha, mira, lee. Y así escribe esta interjección en otra historia del arte nacional. Y el arte antecede a la historia nacional, incluso hay arte antes del arte, hay arte antes de lo instituido como tal, eso lo sabemos. Y lo hay después. Eso no lo quieren saber algunos. Y hay Schiaffino y hay Pueyrredón. Y hay máscaras y desenmascaradores: Iglesias lo va diciendo, lo va escribiendo tranquilo, a su letra y a su paso.  Así se puntúa: “Schiaffino, para mejor describir el limbo como limbo, como indeterminación previa a la organización del estado, necesitaba un testimonio histórico del rosismo, pero no uno que lo identificara con el aparato y con el poder público, con nociones como las de soberanía y representación.”

Hay libros que se entienden cuando uno ya sabe algo. Porque los mejores libros no andan explicando. Hay libros que los entiende el que puede y quiere. Son los libros que despejan mitos: “El limbo le hizo así una mueca a la historia y consagró a un pintor que prefería los temas privados a los temas grandes, las señoritas rubicundas a los grandes líderes, y que dio muchos retratos sin aparato, vida privada sin oropeles”. Y entonces caído el canon, la historia se desarma en pinturas, en descripciones, en cosas concretas, “mirada directa”: “Es deliciosa la descripción del subdesarrollo: apenas unos palos deformes marcan una verja, a falta de alambrado. Esta obra, de tema pícaro encanastado en una descripción costumbrista”.

Claudio Iglesias en Cosa de gringos hace otra historia, pequeña, bien escrita, recorriendo decires de Sarmiento (“civilización del cuero”) y bultos de la costa. Así marca la transición de Malharro a Fader. Así puede ser genial cuando un cuadro le permite decir: “El cielo cae, la caravana se entretiene” volviéndose casi Shklovski! Y, por supuesto, puede afirmar que lo local es siempre lo de afuera, lo que se vio y aprendió afuera: “el pintor nacional extrañaba la vegetación del cafetal”.

Iglesias parece hacer una historia en el subgénero de la pintura que quizá nació con Goya “el capricho”. Subjetividad objetiva máxima, lo que sabe un autor y le permite escribir “obra barrosa, El arte de los argentinos” (la de Pagano). Y no quiero contar todo. Hay contrasentidos marcados, encargos incómodos, gauchos sueltos y chinas. Lengua vieja y nueva a piacere. Y autores canónicos bien metidos, como Ruskin o Quentín de Latour aunque el salto se hace mortal con Niels Bohr y Alexander Blok (por lo que acá me permití sumar al ruso de las historias sentimentales). El saber hace esas cosas, mezcla bien y da de nuevo. Entonces se pueden encontrar juntos el género que Francia llamó “Bambochade” y al “escrutador de caracteres”, Pueyrredón.

Cosa de gringos tiene un autor que le habla a un lector: “Abra usted el libro editado…, vaya a la página 101. ¿Qué encontró?… Verá lo que pasa cuando un pintor se divierte, lejos de los encargos de las sociedades políticas”. Cosa de gringos, su autor, se enhebra a una tradición de la crítica argentina que hoy no abunda, perfecta lírica política,  pequeñas y potentes lecturas que van del arte a la historia, descripciones que por sí solas constituyen análisis, anécdotas sociales que mueven la escritura y lo cristalizado del canon. Iglesias, como Rojas, va para atrás trastocando, si “Los Coloniales” preceden a “Los Gauchescos”, aquí el dibujo jesuita es ciencia nacional primitiva pero luego de que el capítulo central del librito se sitúe en el XIX. El tercer y último segmento incluso ensaya una teoría: “Porque identificar el arte con su esfera de acceso equivale a subsumirlo a su propia industria. Pero privarlo de su esfera de acceso conduce a algo peor para los intereses del arte: ausencia de un ámbito en el que pueda ser recibido… ¿puede el arte escapar de su aparato de acceso, que lo reduce a sus propis esquemas, y en última instancia: que reduce el arte a la burocracia del arte? ¿Puede, en cambio, prescindir de su aparato de acceso sin recaer en el limbo, en la erosión?”.

Iglesias pudo pasar del género, retrato de aparato, a la forma crítica, aparato de acceso. Quizá del ´aparato de la corte´ al de Deleuze (un aparato como máquina). Pero sabe volver y decir que “la selva del tiempo se lo traga todo” y volver a Sarmiento y tal vez a una historia biológica con gérmenes y fiebre amarilla y Blanes. Pero por sobre todo al color rojo, el que le permite ir de los “estereotípicos soldados de Urquiza” a Delacroix. Y vuelta al ruedo a decir: el arte nacional es cosa de gringos. Y Luis Thonis podría haber cruzado y peleado este libro singular que puede ir del pesimismo de Wilde (“Pero la historia tiene sus vueltas. El limbo a la larga iba a tomarse venganza”) a lo sanidrisense. Es evidente que para renovar las lecturas, también el arte, claro, hay que ir a veces para atrás, a los pioneros, al vacío de origen, donde aún no hay mito porque ese es “el limbo al que el arte siempre vuelve como a la querencia”.

Laura Estrin

Cosa de gringos / Claudio Iglesias / Palabras amarillas