Yorgos Lanthimos: La favorita / Sofía González Bonorino

ARLT1

 

El otro día conversamos con una amiga acerca de  lo contemporáneo.

Pero hablábamos de cosas diferentes. Ella sostenía la importancia de estar al tanto de lo que sucede, acercarse a lo actual, dijo, no quedarse afuera del movimiento y los efectos de lo que se está produciendo.

Yo dije que seguramente lo contemporáneo no es lo que se ve. Ese ruido y esa inmensa, poderosa banalidad, que se lleva todo por delante.

Los grandes artistas vienen del futuro, escribió Tsvietáieva.

Lo que está al alcance de todos,  lo que se comprende enseguida, ya es pretérito. La última obra de Lanthimos, en este sentido, no nos abre a lo desconocido. Todas las puertas ya están abiertas, ya las atravesamos- guardamos la experiencia en la memoria-  aunque fuese con el mínimo gesto de asomar la cabeza para espiar qué hay del otro lado.

Quedarnos con hambre, ojalá pudiéramos. No ir hacia la satisfacción, siempre, como ocurre hoy, salvo cuando nos aprisionan nuestros síntomas, a los que no dominamos y que nos esclavizan con su sorda sabiduría.

Quién sabe qué será lo contemporáneo.

Los temas de La favorita hablan de lo que ya sabemos. El arte no es la historia, hecha de repeticiones. Es otra cosa. Un pasado vivo, lanzado al futuro.

La favorita es una película deslumbrante en su aspecto formal, construida con talento. Su ritmo, sus colores, sus escenarios amplios,  la consistencia de personajes que entienden su papel  y que se mueven dentro del argumento con gran seguridad. Son de una sola pieza, a pesar del clima claustrofóbico en el que se mueven.  La reacción de Lady Malborough al despertar en la sordidez del burdel, luego de su accidente, es casi obvia en su intento de ubicarnos. Como para que nos quede claro. A la grande del reino no se le mueve un pelo. Ni aunque la violaran sin piedad ella perdería su compostura, tanto es el poder que le da su nombre. Lady Marlborough domina a través de los que pueden ejercer abiertamente la autoridad- su marido / el hombre-  y de su relación con la reina, que plantea lo más interesante de la película. La amistad que las une viene de una infancia compartida.  Entre aristócratas se entienden, las palabras están de más. No sirven.

Por el orden casi ascético en que transcurre la película, uno la pasa bien. No hay peligro de angustiarse. A pesar de la crueldad de sus escenas, se muestra la condición humana como una planicie sin sorpresas, geografía en el que el amor es el gran  ausente, para tranquilidad de todos.

En la corte,  un hombre es acribillado por otros con tomates o frutas. Diversiones, como la caza, que se da sólo entre nobles. Esta vez, nobles decadentes. Los otros, los guerreros, están lejos, en el campo de batalla. Quedan los afeminados, para entretener el ocio. De la escena sólo recuerdo el cuerpo gordo, desnudo, fofo y  blancuzco, las manos tapando los genitales mientras el grupo de amigos ríe. La víctima que no es víctima, que no goza- parecería que no hay nada en juego para él- también se ríe, mientras acepta los disparos orgánicos de sus pares.  Ríen, ríen, no hay ese padecer tan humano del masoquista y el sádico. En el mundo de La favorita estamos a salvo de la conmoción que resulta del contacto entre prójimos.

Hay una gélida soledad en cada personaje encerrado en sí mismo. Y esta soledad no nos quema ni nos duele, como si se tratara de un mundo ajeno, no del nuestro.

Mundo máquina, la reina, me plantea el alivio ser un desecho y nunca, ni por un momento, ser otra cosa.

El alivio de la totalidad, de lo que nunca se fragmenta.

Lo absoluto es el deseo al que aspira este film. Nadie cambia, nadie está expuesto a la vida.

La mujer, ya sin conflictos acerca de su diferencia, ignora al hombre y lo relega al lugar que desde  hace tiempo (¿desde siempre?) debería haber ocupado, esta vez, sin ambigüedades. Vemos que la joven esposa, en la noche de bodas, como cumpliendo un deber, sentada en el borde de la cama,  estira el brazo y satisface al marido, dándole la espalda, preocupada por los problemas que verdaderamente significan algo para ella. Problemas con otra mujer, por supuesto.  Porque de eso trata La favorita. De la lucha por el poder. Que sólo se da entre mujeres.

El hombre es menos que un objeto. El objeto entra dentro del ámbito de la mirada, y nuestra  mirada implica nuestra memoria también,  nuestras manos, nuestro estómago, nuestra cadera y nuestro corazón. El hombre es expulsado de la mirada femenina. Si existe es para usarlo, de un modo eficaz, burocrático,  y desecharlo enseguida.

Voy poco al cine, pero da la casualidad que en este último tiempo, es la tercera película en donde veo la misma escena. Mientras en las anteriores, la mujer, con el cuerpo lejos y un profundo desprecio, manipula el sexo del  hombre para conseguir algo, un favor, un dato crucial, (a qué hora el cómplice va a asaltar el banco, por ejemplo) en La favorita, la escena de la noche de bodas muestra  sin disimulo la tachadura que, en este film, hay sobre el hombre desde la mirada de la mujer.

La mujer no sólo debe satisfacer al hombre sino que sabe cómo hacerlo. Objeto de un trámite aburrido, él,  parece,  la había amado. Un noble que se casa con una sirvienta. Encerrado en una cápsula, sin verla tampoco, no queda claro si un matrimonio tan dispar fue producto de la idealización,  o simplemente suicidio.

El hombre está sometido, pero sin partenaire. Muerto, tanto él como los demás personajes masculinos.

Las mujeres en cambio están vivas. Pero vivas como animales, en un camino hacia la deshumanización, hacia una pura cabeza parlante, en la que las ideas, las ambiciones, los deseos,  son como un mar sin lecho marino, sin soporte.

Si lo que nos diferencia de los animales es la palabra, en este film (y en los anteriores del mismo director) uno se pregunta: ¿Qué relación tienen los personajes con ella?

Me parece, quizá, que la palabra en ellos es lo que es. Y en ese sentido hay una involución de lo humano. Yo diría una pobreza inmensa del sentido. Si es que uno toma- como escribió Brodsky-  la idea de evolución desde el punto de vista de la lengua. Lo humano, lo que habla, lo que nace y se desarrolla envuelto en el lenguaje, cae, se diluye en este cuadro de intrigas básicas y elementales.

Y quizá en esto consista lo actual.  La palabra no remite más que a lo que nombra. En este sentido, La favorita es lo contrario de la literatura. Habla del mal, pero del mal de los que pertenecen a otra especie. Habitantes de un planeta vacío, donde las formas deambulan como sombras mudas.

Nosotros, que hacemos lo que debemos, consumir arte, estamos a salvo. Nos volvemos a casa, como después de un concierto en el que, fuera del tiempo, nos olvidamos de nosotros mismos.

Algunos dicen que el hombre va hacia la máquina. Hacernos uno con el gran Ojo que mira y que no se pierde nada, como en Odisea 2001, mientras el nuestro, por ahora,  es un pobre ojo humano que, sólo para empezar a hablar, dependería de la rotación de 360 grados del cuello- capacidad que lamentablemente no tenemos- para ver todo a su alrededor.

El poder. En La favorita no se trata, parece, de otra cosa. Convertir al otro (al hombre no: a la mujer más poderosa) en un desecho: la reina, la más humana del film, la que se niega a ser parte de ese tablero social hecho de piezas rígidas que, de pura furia, ella patearía muy lejos, en busca de amor.

La reina Anne, minusválida, rota, pervertida. Su mirada nunca se levanta del piso, donde deambulan sus hijos-conejos, a los que ella envuelve, con sus últimas fuerzas vitales, en una intensa oleada de algo parecido a la pasión.

Arbitraria, déspota, repugnante. La última de las Estuardo es un monstruo al que todo le sobra y todo necesita. Excedente corpóreo del que se alimentan los cadáveres que pululan a su alrededor.

Este planteo del desecho absoluto llevando en sí el máximo poder es una visión muy reconfortante de ver, imagino, para un mundo lleno de resentimiento como el que vivimos. Resentimiento del autómata – cadáver hacia el que está vivo.

Y esa incomodidad, la de un mundo domesticado- construcción vacía cayendo sobre mis espaldas- es la que me llevé a casa al salir del cine.  Y la que me mueve ahora  a escribir estas líneas.

 

Sofía González Bonorino

ph/  La favorita