Hugo Savino: El paso del Noroeste (III) / Los cuadernos de notas de Jack Kerouac, (1947-1954) Editores Argentinos

“Todo está ya en el arte. Es como una gran sopera. Todo ya está adentro. Basta con meter las manos adentro para encontrar algo para uno. […] pero cada uno debe hacerlo solo.” (Willem de Kooning)

Ya está escribiendo lo que lo llevará a un desierto de ocho años. Confirma que es su mejor lector: “Creo que una de las mejores reglas para la escritura de la prosa hoy, es escribir, en la medida de lo posible, en el extremo opuesto de la prosa contemporánea –– es una regla útil en sí… verdaderamente.”

Empieza a escribir esbozos en prosa. Ya los incrustará en sus novelas.  También se escribe salmos y se los murmura. Lee La reina de las hadas. Lo preocupan las virtudes. Y las no-virtudes. Una no-virtud que escucha como peligro a evitar es la de De Quincy: “De Quincy es consciente de su reputación en tanto que De Quincy está tan absorbido por eso que su obra se vuelve inútil.”

Viajar en “la noche roja, roja.”

“Con mis cuadernos de apuntes podría haber sido Rubens y todo esto ser mi Holanda.”  Podría haber sido es una manera de decir que es Rubens. Kerouac no vacila en tomar esas fuentes y seguir el impulso. Esa no es su timidez. “Escribir es mi oficio ahora, a la vez en el mundo y en la «landa de mí mismo» –  así que  tengo que avanzar.”

Y lee novelas baratas del Oeste, y se pregunta por qué las lee. Y se responde: “por las hermosas y auténticas  descripciones de las mesetas, el calor del desierto, los caballos, las estrellas por la noche y todo lo demás; las caracterizaciones desde luego no son auténticas.”  Kerouac no lee lo cultural. Lee y sabe por qué lee algo.

En el optimismo beato del Progreso, Kerouac (se) recuerda que está Kafka, está su “maquinaria penitenciaria.”

Jack Kerouac está inventando su leyenda. Con lo que tiene. No se enreda en el sentido de las palabras, sigue la onda de su expansión legendaria.

No padece de esa mitomanía llamada subjetividad absoluta, ese invento de misa poética, él está del lado de la subjetivación: “Y esta noche reexaminé mi vida literaria y me preocupa un poco perder el contacto con ella en esta atmósfera de vida natural. Después de todo, el gran arte solo florece en una escuela… incluso si esa escuela es solo la amistad de poetas como Allen, Lucien, Bill, Hunkey & Neal y Holmes y Van Doren & [Elbert] Lenrow también, por supuesto.”

Estudiar “lluvia y ríos” y escribir ese infinito movimiento.

Kerouac a la lluvia: “Llueve atorranta.” Céline en Viaje al fin de la noche: “Dejemos a la naturaleza tranquila, esa atorranta.” Mallarmé a la luna: “La luna, esa atorranta”.

Jack Kerouac: “Necesito mi máquina de escribir.” 1 de junio de 1949.

Estudiarse en el Diario: “No estás realmente escribiendo un libro hasta que no empiezas a tomarte libertades con él. He empezado a hacer esto ahora con En el camino.

El cine, o la literatura es un antídoto contra “los científicos  sociales.”

Kerouac instala campamentos furtivos. Y ahí registra sus invenciones. Y después se preocupa por publicarlas. Y sabe que está en inferioridad de fuerzas, por eso, entre otras razones, estos Diarios, para llevar el registro de su trabajo, inventariar la cantidad de palabras que escribe, saber situarse y estar siempre en la ofensiva para que la desventaja de su posición no lo arrastre a mendicidad.

Una nueva figura, que ya es una nueva fuerza, que será un nuevo poder, que ocupará todo el terreno, la pedagogía del curso creative writing, aparece en esos años, y Kerouac la agarra en el huevo, en el cacareo de nácar. Se mueve entre posición y decisión.

Ya casi no queda gente sin títulos universitarios, tipos que lean sin dar clase, sin contar lo que leen, sin poner mensajes  arañas con sus listas de libros, sin enfoques, que lean, solo que lean, sillón y lámpara, esa cosa anacrónica, me hago un repaso, y solo está Rafael, nada más, no fue a dar el último examen, se rescató. Kerouac se ganó el odio de todos los profesores de Estados Unidos, y de los poetas de la poesía, y eso no le impidió hacer su trabajo –– insiste, deja registrado que no se deja educar, que hay una edad en que hay que cortarla con la enseñanza que es “una conspiración forjada en la seguridad del poder social establecido.”

La América corporativa, como la llama Val Wilmer, con sus instituciones corporativas, le achica el espacio a Kerouac y a Sunny Murray. Que no fue el osito peluche de ninguna capúa.

Y están los perezosos del presente: tres rasgos pegados a la suela de los zapatos: «ambigüedad, ignorancia e indiferencia.»

Preservar en Arden :

los viejos profetas

los escribas de las Escrituras

el Cordero

la infancia

la parábola

el Verbo

las fábulas

“Ayer, también, garabateé cerca de mil palabras de material preparatorio.” (Jack Kerouac, miércoles 30 de agosto de 1949)

Comentario para mí : mantener juntos la línea Arden y el Mundo.

Kerouac evoca varias veces a Céline en estos Diarios, y, como Céline, nunca será de esos escritores que quieren alcanzar la notoriedad justa para que nadie más los lea. Tiene el vicio de lo desconocido, de no entregar la voz. De no dejarse corregir. Los otros, en el Mundo, pueden seguir con sus delirios ilógicos sobre la repetición, o insultar a Joyce, o decir que Kerouac es un escritor beat, y nadie los refuta, ese público literario serio les da toda su confianza, y así pueden dormir en ese estadio ideal de la repetición,  sus seguidores compran sus libros que no leen, los profesores hacen tesis que los directores de tesis no leen, el escritor de esa notoriedad las alienta, es condición no molestar a su público, a lo sumo les regala el golpe teatral de una marginalidad perfectamente «académica» e insípida que deja en paz a ambas partes,  y finalmente todos celebran el consenso de la legibilidad. Es la poesía realizada.

La diferencia entre Arden y el Mundo es que Kerouac en Arden lee, y se renueva y no le asusta leer,  y en el Mundo, los otros, acomodan su mundanidad a lo que escriben. Y leen estética y libros permitidos, y así es fácil, así la chifladura megalómana del escritor llega a la cima.

Algo que ofende a la sociedad educadora es que Jack Kerouac no es ni guerrero ni pedagogo. Solo es un creador de Leyendas. La sociedad ama a los escritores pedagogos.

Kerouac se entrena en oír las visiones fugitivas.

Del diario de Sigbjørn Wilderness, diciembre 3 de 1947 : “La tragedia de alguien que salió  de Inglaterra para poner unas cuantos miles de millas de océano entre él y los matones estériles y los profersocillos homosapientes de literatura inglesa para venir a encontrarlos más poderosos y más firmemente atrincherados en América para cuando llega (piensa Martín) y que son responsables de la misma dictadura de opiniones que nunca se funda en una experiencia o en un sentimiento compartido o en la identidad con un escritor particular o en el amor a la literatura o ni siquiera en un conocimiento intrínseco del arte de escribir, y que tampoco se formula independientemente, sino que es  por entero una cuestión de camarillas que tienen además, el objeto de cortar en botón cualquier florecimiento competitivo del genio contemporáneo original, que de ninguna manera serían capaces de reconocer si lo vieran.” (Malcolm Lowry, Por el canal de Panamá)

Pregunta: “¿Soy en realidad privadamente serio ahora? Creo que sí.”  Tiro del privadamente porque ahí está la dificultad. Privadamente es  siempre en el bosque de Arden. Y ahí se escribe  y se estudia. Y uno se hace preguntas. Pero Kerouac no rechaza el Mundo. No juega a la subjetividad poética absoluta. El frotamiento al mundo está, es inevitable. La impostura de ser anónimo no está en su Leyenda. Por algo lee “al increíble Balzac.”

La visión en el oído. Y el control de la “propia vanidad.” Su manera de no perder contacto con “la mayor cantidad de cosas posibles (y con toda clase de gente).”

Pero pierde el tiempo –– pierde el tiempo y en ese tiempo en el que trata de recuperar el ritmo de 25.000 palabra por mes, lee La Vita Nuova.

Tener cuidado con la influencia de “las ideas poéticas pretenciosas y la falta de disciplina que hay en eso.”

Y en esa velada de ballet, ahí en un grupo que ya tiene su estilo, con su “intelectual siniestro de recepción” descubre, ve, que tiene que terminar con ese “estar de acuerdo con todo el mundo”, tiene que “empezar a ser selectivo.”  El Mundo empuja a pereza, a intelectual siniestro y funcional a la poesía pretenciosa.

Escuchar a Lennie Tristano, no perder el tiempo con gente que simula leer, escuchar la visión de Neal, escribir cartas, retomar la escritura de En el camino.  Y sí, todo esto solo lo puede hacer en Arden. No abrirle la puerta a cualquiera en Arden.

Decide “que no es uno de esos hipsters, por lo tanto [es] libre”, por lo tanto ya sabe que pasó a escribir libros no permitidos, y por lo tanto ya no es contemporáneo de nadie.

No ser contemporáneo de nadie es de cada día. El miércoles 5 de octubre de 1949 pone en futuro lo que vive en su presente. Una larga oración cómica de una página y media: “Así que pienso que además me habré transformado en un comediante. ¡Oh santos! ¡Oh arlequines! ¡Oh poetas! ¡Oh monjes! ¡Oh bailarines! ¡Oh necios!” Así va terminando, con el reconocimiento de que “Hace falta talento para ser comediante. Así que asistiré a la Escuela de Comediantes ahora, el secretario de inscripciones es cómico, y los cursos son locos, y los estudiantes gimen.” Se programa cómicamente para sí mismo una escuela imposible, en ese entonces, pero el futuro dirá que no tanto si le hacen algunos retoques, si se excluyen algunos profesores, sobre todo a Jack Kerouac: su lista de profesores:  William Burroughs, Allen Ginsberg, Neal Cassady, Lucien Carr, Herbert Hunckle, Joan Adams, él mismo. Se llamaría The New School for Comedians. Años después, cuando llegó la hora de la subversión subsidiada por el Estado, con la contribución de algunos rockers y compañía, se hicieron algunas de esas escuelas. Con otros nombres. Comediante era excesivo para los poetas de la poesía. De esa lista apenas dos llegaron a profesores. Kerouac, no. El programa de la New School for Comedians está en la entrada de los Diarios que van del jueves 6  al domingo 9 de octubre de 1949.

Jack Kerouac: “Debo dejar de mentirme, debo parar esta máquina.” Y está el conocimiento: “el puro conocimiento es importante para mí, pero quiero aplicarlo a mi trabajo al cual pertenece verdaderamente en un sentido formal, por consiguiente voy a trabajar sobre mi libro ahora.”  Y están los alelados de la naturalidad, de algo vago como ser natural,  que critican a los escritores que “estudian”. Esa crítica está ligada a la propia impotencia, al hecho de que solo conciben un cuerpo como universitario, pedagogizado. Un cuerpo que solo sería un momento de la universidad, o de la filosofía, y que finalmente todo lo que uno escribe les está destinado. Kerouac rompió ese círculo ratonil, y nunca se lo perdonaron. No conciben un cuerpo libre, por ejemplo un cuerpo que estudie al Dante. Adonde vayan, digan lo que digan siempre llevan a cuesta la mueca del naturalismo: “«evanescente», porque el rostro del naturalismo es grave y por lo tanto engañoso.”  Es octubre del 49. Jack Kerouac sigue su guerra. Sigue en la preparación.

En Kerouac el conocimiento está relacionado a un “¿Por qué?” infinito. Parece obvio, pero hay que leer En el camino para tener alguna respuesta que rápidamente será otra pregunta. Kerouac lleva la visión en el oído. Al mundo hay que bajarle los pantalones, pero ese momento  hay que  prepararlo.  Y no se lo hace cantando los estribillos de la época. Hay que atravesar el estado de relato, las repeticiones, para encontrar ese «momento bizarro» donde “el sortilegio del misterio muestra su presencia.” Kerouac escucha el rostro. Y Cézanne está ahí porque lo ayudó a reinventar su paisaje. Un poco como Lacámera que te enseña a escuchar las voces del patio.

Kerouac descubre que  escribe y si escribe ¿por qué tiene que andar intercambiando mensajitos  con estos lunáticos, sean hombre o mujer? Finalmente tal vez haga otro descubrimiento,  que los que lo rodean tarde o temprano van a profesor. Y un profesor, ya en la época de Kerouac, y  hoy, salvo excepciones,  tiene el límite de los programas, y digan lo que digan cuando cacarean en la mesas redondas, solo son fieles a ese realismo de programa.  No tienen oído para escuchar la obra. Solo pueden escuchar la literatura. No digo nada nuevo, Claudel fue el primero que vio la deriva de la gallareta : “Me gané el odio de todos los profesores de Francia. Ahora hago mi enorme trabajo tranquilo.”

Tanto la obra de Kerouac como la de Claudel resisten al realismo de programa.

“El sortilegio del misterio muestra su presencia” y Kerouac quiere escribir ese “sortilegio del misterio”, la visión de “su presencia”, “tu esquina, tus parientes deambulando como fantasmas, tus luces, oscuridad, veredas …”

La palabra estudiar está siempre ahí en Kerouac.

Está el vacío, y los puentes que los héroes de la Leyenda construyen por encima, nadie niega ese derecho, menos Kerouac, él mismo los construye. Pero también está “la exigencia llorona de respuestas superficiales”. Kerouac escribe estos Diarios para desarmarse ese lugar común. Y entonces,  uno puede arriesgar y “mirar fijamente el vacío y conocerlo.”

Un poco de repaso a lo números – Gurdjieff el 3,7,4 y Dante el 9 (Kerouac prefiere a Dante) y se da cuenta de que no tiene “ninguna matemática para ofrecer. Todo eso es una vieja cantilena.” Entonces ya no tiene excusas. Estos  Diarios son el día a día de la asunción de su ritmo irreversible.

Un camino  es más que mochila y auto-stop :

“Recordar para En el camino :

Si no puedes conseguir una chica en la

primavera

no puedes conseguir una chica

en absoluto.”

En una entrada del mes de julio de 1949 pone esta cita de Céline, de Muerte a Crédito : «Hay que desalentar a la gente de que se ocupe de nosotros. El resto es puro vicio.» Se desalienta contra la propia vanidad.

Gran admiración por W.C. Fields. Retrato, esbozo en la entrada del viernes 14: “Shakespeare nunca estuvo tan triste. Un  viejo réprobo y acosado, un payaso, un borracho de la eternidad y un «hombre».”

Hacer algunas duplas argentinas. Macedonio Fernández–Fortunato Lacámera, Ricardo Zelarayán–Sixto Palavecino, Leónidas Lamborghini–Armando Discépolo, Néstor Sánchez–Raúl Berón.

La preparación :

“ser libre de ir a estudiar a Europa y tomar notas para Doctor Sax […]–– Leo la confesión de Thomas Merton. También he vuelto a la tesis de Joyce sobre Shakespeare en Ulises y estoy leyendo Hamlet línea por línea (también decidiendo cómo podría actuarlo yo). También leo los Sonetos Sagrados de Donne y los magníficos discursos  de Ahab en Moby Dick. Lleno de inquietudes. La novela está a punto de arrancar, además; lo percibo. Ya desarrollados  están  Red y Smitty ahora, y Pomery por venir.”

Kerouac se dice que debe leer más, después de un día de lecturas intenso. Es notable esa frase, eran otros tiempos,  hoy  los escritores cancherean con el no leer.

La acción implica saber de la inacción y arrimarse al abismo y pintarlo.

Kerouac : “y me quedé con mi Hopkins y mi Yeats. Mi biblioteca siempre será pequeña y elegida y útil.”

Kerouac no escribe un cuaderno de penas, o al menos solo de penas.

Y está la entrada del 30 de octubre de 1949. La poética de Kerouac entra en el desacato. Escribir “lejos de las leyes de la novela como fueron fijadas por las Austen y los Fielding”, ir hacia donde están “los Wm. Blake y los  Melville, e incluso Celine con sus capítulos cortos y de líneas punteadas. Quiero decir cosas que solo Melville se permitió decir en “La Novela”. Y Joyce. No estoy interesado en la novela, sino en aquello sobre lo que quiero escribir.”

Kerouac está en el Mundo. Y ahí están los editores, además de la crítica organizada en estribillos de época. Las dos patas editan. Y está Bob Giroux : “Es algo terrible contemplar el hecho de que editores como Giroux, con su vasta experiencia de lectura, son capaces de seleccionar aquellos aspectos de la novela que mejor se leen, y en consecuencia se sientan con la conciencia libre para eliminar cualquier cosa que en el crisol de los hallazgos desgarradores del autor parece central, pero de los más morosos para el lector en su pecado devorador de «querer saber lo que pasa después».”  El lector devorador de ese después fija el marco, quiere saber exactamente de qué va la cosa. Cataloga, lo hace desde hace mucho, pero ahora  tiene una nueva exigencia, quiere que el escritor se catalogue a sí mismo, que sea testigo de sí mismo.

Desertar de las Austen y los Fielding en Arden : “No hay ninguna razón en este mundo para que yo no tenga la libertad de hacer eso incluso ahora.”

Ya en este cuaderno, y será en toda su obra, Kerouac le hace señas al lector no devorador de finales, y lo hace entrar en su Arden, y como dice de Kooning : “no estamos locos, pero no podemos separarlo del… nos hace entrar en su cultura y, desde ese momento, naturalmente, formamos parte de su vida. Dicho de otra manera, no hay modo de mirar una obra de arte fuera de su contexto. La obra no se hace evidente por sí misma. Hay que conocer su historia, hay que hablar mucho de ella.”

Jack Kerouac fue irreversiblemente desertor a las austenerías dominantes, que no se fueron nunca, apenas un respiro para que algo distinto aparezca, y lo Austen se rehace con otras maneras, y esta vez con más precisión en la ocupación del terreno. Aprovechó que la sumisión lectora  tragó tanta trama, tanta novela rancia, tanto “querer saber lo que pasa después”, tanta serie, que perdió toda capacidad de resistencia, la regresión entró como el pata de lana en la casa del vecino. La bestia negra de lo Austen es el ritmo irreversible de los desertores. Los novelistas austen ya no quieren que haya un espacio para los Melville, los Mansilla, los Macedonio Fernández. los Kerouac, o los Jarry.

Alfred Jarry escribió el manual estratégico del desertor.

Céline le da a Kerouac el viento que necesita para lo que  empezó a escribir. La Ciudad y el Campo, con las pruebas listas para corregir e imprimir, la siente más del lado de la historia que del lado de la poesía.

El desertor no le cree a ningún almirante Nelson. No quiere cumplir con su deber. Está muy abajo para deberes.

Kerouac es ya un futuro Melville en Liverpool que tendrá muchos Hawthorne que dirán que tenía la cabeza llena de «preocupaciones literarias demasiado constantes». El padre de Sigbjørn en Rumbo al mar blanco cuenta que “Melville estaba convencido de que había hallado en Hawthorne un aliado espiritual.” La nota al pie de página dice que eso no es exacto. Pero le tomo la figura a Lowry. Creo que Kerouac en estos Diarios, en esos años, tiene esa sensación de haber encontrado sus secuaces, sus aliados espirituales : “Son mis hermanos. […] Cassady, Carr, y Ginsberg.” Insistir : “No voy a dejarme joder como lo jodieron a Melville.” Sigbjørn Tanmoore y Jack Kerouac comparten la misma sensación.

El Diario es un registro del trabajo. La lista de lecturas. Y la vida. No entra todo. Va paralelo a las novelas y los poemas. Están los cambios de humor. Un día Bob Giroux es un editor, otro día un hermano.

Pero nunca falta esta pregunta  : “¿Cuál es mi tradición? En cuanto a la forma, el Melville de El estafador & algunas partes de Moby Dick ; el Joyce de la madurez ; monólogos poéticos & obras de teatro de Eliot. En cuanto al fondo: todo lo que la mirada necesita, desde el Esqueleto hasta Pim Pam, desde Blake hasta Pum. El fondo siempre está allí, es el Recipiente de la Historia lo que cambia, & el hombre debe enrollar sus vestimentas alrededor de él.”

Pero en Kerouac la tradición no es un canon, es una historicidad. Se mueve. Puede llegar Céline y borrar a Melville : “Estaba leyendo El Estafador de Melville cuando de pronto Muerte a Crédito de Céline me lo borró totalmente de la cabeza. Solo recién me acordé de que hace unos días estaba enfrascado en El Estafador. No necesito  ninguna prueba más para saber que en el sentido más profundo Céline está muy por encima de Melville. Céline no es el artista, el poeta que es Melville – pero lo inunda hundiéndolo por el peso mismo de la furia trágica. No hay  más vuelta que darle, en absoluto. Cada hermosa oración de Las encantadas no es más que una perla pálida empapada por las tempestades de Céline, de Shakespeare, de Beethoven, de Homero también.”  Todos estos cambios, efectos de lecturas y relecturas (están los sabihondos de la no-relectura) se viven y se escriben en los Diarios, no en la opinión. Kerouac es un escritor que lee y se confronta a lo desconocido. Sus lecturas no lo ponen en el círculo del saber y la repetición. De lo hecho. Lee para seguir. En la noche del be bop.

Las diferencias, no los géneros, y las notas siempre: “Un artista no puede traducir la intensidad pasional de la vida sin trabajar con pasión él mismo. El erudito es el erudito, el crítico es el crítico, pero el artista arde y da el compás y sopla y brinca y corre. Todo es un asunto de virtud, es decir de virtuosismo. ¡Qué importa! La mierda no es rosa.

Más notas luego.”

Balzac siempre ahí.

Cuidarse de los Trilling, esa especie edificante, vampiro que te chupa a su “campus-club imaginario”, se cruza de vereda cuando ve venir a un Kerouac. La solemnidad los arrincona en el ratoneo de los libros permitidos.

Alguien dijo: “Publicado el libro, empieza la represión.” En el sentido policíaco.  Kerouac, de repente, publicado su primer libro, se encuentra acusado de corrupción, le ponen el ejemplo de escritores jóvenes incorruptibles. No falta nunca «el joven incorruptible». Es la jauría idólatra. Siempre creen tener el poema justo, pero solo tienen la declamación y la poesía. Todo muy de época.

Un novelista soliloquea con los hechos.

Jack Kerouac se revisa, volver a su origen para funcionar, no para ser auténtico:  “Déjenme ir más lejos, en francés traducido al inglés––”  Seguir la línea de “Ginsberg, Meyer Shapiro y Kazin [que] no intentaban dejar de ser judíos y en consecuencia yo no debería dejar de ser francés. Así de simple.” Salir de la “vergüenza de ser un “canuco”. No seguir en la línea paterna de ser un no-francés. “Pronto resolveré la cosa angliciando mi francés, o afrancesando mi inglés, lo que resulte mejor.” El trabajo dirá.

“Las influencias son fuertes –– (una clave).” Transformadas a impregnación, transformadas a inglés traducido del francés, transformadas a visiones.

Hugo Savino

ph / Jack Kerouac