Jorge Pirozzi: Diletancias / Sofía González Bonorino

Diletancias es, como uno de los cuadros de Pirozzi, presencia.

Los ojos mis ojos se detienen en las letras que dibujan formas, metáforas de lo inaccesible. De eso que imagino eterno y que la mirada no alcanza.

Lo eterno en Pirozzi está muy cerca, él casi puede tocarlo, por momentos. Ahí,  donde “el estar del ser” echa raíces en la ignorancia.

No ser mirado duele, dice.

Sin embargo, la mirada que ansía, insobornable, está quieta, “animal yace detrás de párpados que,  como diques,  sostienen océanos”.

“Todo donde haya ojos es buscado por lo invisible”, escribe Pirozzi.

Así, en el tren, al ver las acacias, las bestiales formas que amenazan salirse de su límite, él cambiaría la pena de existir por “la perpleja angustia de lo incomunicable”.

Desde esa angustia, se atreve a lo desconocido, a romper con  lo que ya sabe, para  buscar  la palabra que no existe.

La mirada,  dice Pirozzi, “va de aquí para allá. Por el piso, por los atardeceres.”

Un lugar terrible, la mirada, un no lugar al que es mejor llegar  “amparado por la piedad de la costumbre.”

Diletancias está habitada por la  amenaza de una totalidad que quiebra y hace explotar en fragmentos cualquier yo posible.

Pirozzi medita, sin lamentos ni afectaciones.

Escribir (pintar): un modo de estar lejos, de ausentarse.

“Más allá de la mano y la herramienta, dice, hubo el hombre,  meta de sí mismo”

Como su Turner,  él descree de las respuestas, del método que fija,  de lo ya resuelto, de  eso posible conocido.

El mundo de los otros aparece como  tormento turístico. Mortal aburrimiento. La irrupción de almas sin deseo,  que inauguran, dice, “la no tan imaginaria frontera llamada purgatorio.”

Cierta miseria que cree en los recuerdos, con su inmovilidad de museo, piezas de la memoria ancladas en un tiempo ya escrito.

Contra ese mundo estereotipado,  sin colores, se impone  lo animal que, en Diletancias, es fuerza viva, salvadora.

“La mirada es un animal que pasa”, escribe Pirozzi .

Para existir hay que atreverse.

“Fui carcomido por esos ojos y transformado en otra cosa que trata de explicarse. Ellos me masticaron hasta el cansancio”.

El ojo: condición de la poesía.

En Diletancias, el tiempo ocurre, está sucediendo.  Se mueve, como en olas,  bajo la forma del subte de la línea B, que une Chacarita con el microcentro.

Entonces, la existencia huele, duele, se malforma.

El poeta se abandona, a veces, a la distracción de vivir. Pero la angustia que paraliza pasa, y la mirada revive, y las manos se ponen en movimiento nuevamente. Porque la vida que se nos ofrece, desde el exterior, no es vida.

Pirozzi está implicado en su existencia. Pinta, escribe, hace música, transforma la madera en un universo de sonidos.  Meta de sí mismo, inasible para sí, de cara al olvido, como al borde de un abismo ciego, rebosante de posibilidades.

La interioridad  se derrama, oleaje de amor, se fusiona al afuera, como le ocurría a Tsvietáieva,  en un empatía intensa y dolorosa.

“Yo desde mi aquí, no importa donde pose, no sé si observo o soy lo que parece fuera”  escribe Pirozzi.

Y eso otro que se vuelve uno, la  pérdida del límite: (o la demostración de lo convencional del límite):  “la bocina que sale de mi oído”.

Luego: “a veces aturde lo que realmente oye”

Y en la pasión: “Respiro la calle que nos une” o  “Te acaricio y me escucho por tu boca. (El cuerpo me escucho por tu boca)”.

“Pareciera que vivo en esa casa, pero es la casa viviendo dentro mío” escribe Pirozzi en Triunvirato 2835.

El hombre es la casa que lo habita. Hombre y exterioridad se funden al estar del ser (movimiento), y es un noyo. Así se adivina el dolor de las cañerías rotas, la desnudez de los pasillos, los recovecos del cuerpo…

“Lo invivido se presenta, se obsesiona-  dice Pirozzi- y vuelve a su perpetuo anonimato”.

A eso perdido para siempre.

Deslumbramiento fugaz, la otra cara de la derrota.

“Creo que yo no existe” escribe. “Al menos en una forma segura, reconocible”

Mira a su alrededor. Extrañeza: “Algo denuncia que estuve aquí”  Y luego: “Enumero mirando hacia el fondo pájaros y costumbres que quedaron pegados en capas de pintura….”

Cansancio, agobio:  a veces, “le da por desinteresarse”:

“… paso de un sitio a otro”…  “soy un desconocido”

“La calle no es destino ni paisaje, es algo de mi yo donde llovizna y padece lo eterno” dice Pirozzi .

El tiempo, en Diletancias, sólo sucede en las cosas. Hay una eternidad alrededor de la cual respira el presente.

El tiempo, ese que le interesa al poeta, es el del principio, el del olvido, “donde- afirma- nos escindimos por primera vez”.

Escribir: dar forma a la invalidez.

 

Sofía González Bonorino, 2019.

 

 

TURNER (1983)

 

William Turner buscaba , un miedo animal,

No el pánico alienante de la muerte

Sino el miedo sublime de extinguirse

Simple miedo de abeja

Atado a la tormenta

Herido de glaciación y de infinito.

William Turner descreía de lo posible

De lo resuelto como método, del método

Y casi no hizo más que pintar, que ausentarse

A pesar del museo que lo tiene y lo trae,

que lo condena y perpetúa

Pero William, cuidado,

Es solo la imagen la que inmuta en presidio

En el sopor del aire, en el mar que disuelve

Las posibles e imposibles

Formas de la vida, (dice de lo otro)

Aquí hubo el hombre

No la pieza museica sino el acto

Más allá de la mano y la herramienta

La obra es apenas otro límite táctico y prevé:

“Yo soy meta en mi propia nostalgia

Para otra y otra meta de mis ojos”

William Turner: el tenue animal.

La luz abandonada.

 

Jorge Pirozzi, Diletancias,  Ediciones Leviatán, 2013

Ph/ Pirozzi, Seedy González Paz